Batalla de Montjuich

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La Batalla 1641
Guerra de Cataluña

La Batalla

La batalla que las tropas de Felipe IV libraron por la posesión de Barcelona, en la primera época de la Guerra de Cataluña, suele llamarse batalla de Montjuich, porque los episodios más dramáticos y decisivos de ella tuvieron por escenario esa famosa montaña, que domina el puerto y la vieja Barcelona. El 26 de enero de 1641, en un amanecer claro y sereno, el marqués de los Vélez, general en jefe del ejército real, comenzó a mover sus fuerzas, que pronto, por la Cruz Cubierta que miraba al portal de San Antonio, dieron vista a Barcelona.

Los defensores de la ciudad, el catalán Tamarit y los franceses Du Plesis y Serignan, recorrían los puestos animando a sus soldados. A las nueve de la mañana, el conde de Tirón, maestre de campo de irlandeses, subía, por el lado de Castelldefels, a Montjuich, cuya defensa se había encomendado al francés Aubigny. El valeroso general irlandés murió de un tiro de mosquetón recibido en el pecho. El portugués Simón Mascarenhas, que tomó el mando, murió allí también con no pocos soldados, perdiéndose, en consecuencia, todo lo que por aquel lado se había ganado. Otra desgracia, no menos grave para el ejército real, fue la muerte del valiente general de caballería, San Jorge, frente al portal de San Antonio, seguida de la de Filangieri, cuando acudía a socorrerle.

La lucha se llevaba temerariamente. Montjuich fue ocupado en dos tercios de su perímetro por el ejército real; pero, cuando los soldados ascendían, quedaban descubiertos y eran diezmados por las baterías y los mosquetes. Con igual ardimiento se luchaba frente a las murallas de la ciudad. Ni en la ciudad ni en el monte se sabía para quien sería, al fin, la victoria, aunque las bajas fuesen, lógicamente mayores entre los atacantes que entre los defensores. A las tres de la tarde se combatía en Montjuich con más ardimiento que nunca y los sitiadores de la ciudad arreciaban en sus ataques. Los de Montjuich comenzaban a quejarse de que se les llevaba a la muerte sin una finalidad concreta. Y no les faltaba razón, porque hasta entonces el maestre general, Torrecusa, no pidió instrumentos de escalar y cubrirse.

No tardó un sargento catalán en percibir vacilaciones en el ejército real y, seguido de otro sargento francés y de unos cuarenta soldados, se descolgó de la muralla de la fortaleza al campo. Los soldados reales que estaban más cerca, sorprendidos por semejante audacia, instintivamente huyeron. Su miedo se generalizó, se hizo pánico. Los esfuerzos de algunos oficiales para contener a los alocados fugitivos fueron vanos. Los sitiados salieron en masa de la fortaleza, para cebarse en aquella tropa desordenada. El hijo de Torrecusa murió, y, desde aquel momento, el maestre ya no quiso oír ni mandar.

La parte del ejército del marqués de los Vélez, que daba frente a las murallas de la ciudad, veía con dolor el desastre de sus compañeros de montaña. Vélez, informado de que el maestre de campo don Fernando de Ribera, conde de Torrecusa, jefe del sector de Montjuich, había abandonado el mando, resignó el suyo en Juan de Garay, quien desde aquel momento tuvo el mando de todo. No se podía hacer más que lo que este viejo soldado hizo: mandar a la caballería que contuviera a las turbas que bajaban huyendo de Montjuich, sableándolas si era necesario, y retirar ordenadamente, más allá de Sans, a las tropas que atacaban la ciudad.

Más sereno y experto que todos, Garay ordenó el ejército y dispuso acertadamente la retirada del ejército real hacia Tarragona, antes de que los catalanes se dieran cuenta exacta de su derrumbamiento y ocuparan los pasos de Martorell y Congost. El ejército llegó a Tarragona.

AGUADO BLEYE, Pedro, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo F-M, págs. 1117-1118.