Batalla de Lepanto

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La Batalla 1571

La Batalla

De todos los hechos militares a que dio lugar la formación de la triple alianza llamada Liga Santa, el más importante y también el más trascendental fue el combate o batalla naval de Lepanto, librada el 7 de octubre de 1571, en aguas del golfo de este nombre, que es como el vestíbulo del golfo de Corinto.

El generalismo de la Santa Liga, don Juan de Austria, marchó de España a Sicilia para tomar el mando de todas las fuerzas aliadas. El 20 de julio de 1570 salió de Barcelona y el 24 de agosto llegó Mesina. Allí encontró al general del Papa, Marco Antonio Colonna con las 12 galeras pontificias, y al viejo y terco general veneciano Sebastián Viniero, que tenía ya 48 galeras y esperaba de Creta otras 60 y 18 más de Venecia Las fuerzas españolas que en el plazo de ocho días se juntaron en Mesina fueron 81 galeras de las mejores, otras 20 naves bien artilladas y 20.000 infantes de los cuales 7.000 eran españoles, alemanes otros tantos. 6.000 italianos y 2.000 aventureros particulares.

La batalla de Lepanto, por Paolo Veronese.La batalla de Lepanto, por Paolo Veronese.

El 5 de septiembre, con la llegada de Andrea Doria, don Álvaro de Bazán, y Juan de Cardona, las fuerzas españolas estaban completas. Don Juan pasó revista a la flota, acompañado de su lugarteniente don Luis de Requesens y de su consejo técnico. Ningún reparo podía hacerse a las galeras pontificias ni a las españolas, si se exceptúa a las genovesas, alquiladas a don Juan Andrea Doria y a otros armadores; pero no fueron pocos los que se hicieron a las galeras venecianas y a sus indisciplinadas dotaciones. Don Juan impuso a Veniero la distribución de 4.000 soldados españoles por sus galeras, y que estas fuesen mezcladas con galeras españolas y navegasen abrigadas por estas.

La organización que don Juan dio a las fuerzas de la Liga fue la siguiente: el centro de la flota, «la batalla», como se decía entonces, al mando directo del generalísimo, quedó constituido por una escuadrilla de 60 galeras, entre ellas la capitana veneciana con Veniero y la pontificia con Marco Antonio. Divisa de esta escuadrilla era el estandarte de la Liga enviado por Pio V y en el que se veían bordados un crucifijo y las armas de España, de Venecia y del Papa. En la entena de cada galera ondeaba una flámula azul y una banderilla del mismo color en cada cárcel. La segunda escuadrilla, a las órdenes de Juan Andrea Doria, se componía de 53 galeras, las cuales se distinguían por flámulas y banderillas verdes. La tercera, de 30 galeras, con flámulas y banderillas blancas, era la que mandaba don Álvaro de Bazán, nombrado marqués de Santa Cruz aquel mismo año. De la cuarta escuadrilla, compuesta de 57 galeras con distintivos amarillos, era jefe Agustín Barbarigo, animoso veneciano. Una flotilla muy reducida, compuesta de seis galeras, cuyo distintivo era una flámula con las armas reales, iba al mando de don Juan de Cardona. Su misión era la de explorar, por lo cual debía marchar en vanguardia. En los combates debía unirse a la batalla o primera escuadrilla. La suma de todas estas galeras no pasa de 176, pero a Lepanto llegaron hasta 208, porque en el camino se les fueron uniendo otras, sin contar seis galeras venecianas, artilladas por todos los costados. 30 fragatas españolas y 24 naves de carga, de las cuales 22 eran españolas.

La gente de guerra que embarcó en la flota no podía ser más brillante. Iban en ella 8.160 soldados españoles nativos, es decir, los cuatro tercios de Lope de Figueroa, Pedro de Padilla, Diego Enríquez y Miguel de Moncada. La infantería italiana, a sueldo de España y con jefes italianos, sumaba 5.208 soldados. En Mesina se habían reunido 4.987 soldados alemanes, un millar de los cuales no embarcaron por estar enfermos. Embarcaron, en cambio, unos 1.800 voluntarios, españoles unos, italianos otros, muchos de ellos nobles, que acompañaban a príncipes tan ilustres como don Juan de Austria, Alejandro Farnesio y el príncipe de Urbino. En total, los combatientes españoles eran 20.231, sin contar la marinería y los remeros, que, en caso de necesidad, podían tomar las armas. Por Venecia iban 8.000 soldados y unos centenares de nobles, y por el Papa, 2.000 hombres de armas con algunos nobles, entre ellos un sobrino de Pío V.

Don Juan de Austria, seguro de la victoria se inclinó, en la reunión del Consejo general, a la opinión de Veniero, que halagaba a sus íntimos sentimientos: ir en busca del enemigo dondequiera se encontrase —en Grecia, Chipre o el Archipiélago—, y atraerle al combate. Se aceptó para la dirección de la flota el reglamento vigente en la marina española perfeccionado por don García de Toledo, antiguo general de las galeras de Sicilia, al que don Juan consultó sobre el orden del futuro combate L. Serrano, Espera en Lepanto, Barcelona, 1943, págs. 94-98.

El 29 de agosto llegó a Mesina el obispo Odescalco que, en nombre del Papa, concedió a la armada un jubileo extraordinario, la bendición apostólica y las indulgencias que se otorgaban a los cruzados de Tierra Santa. Llevaba el obispo otras misiones secretas, como la de velar por el prestigio, bastante maltrecho, de Colonna y porque la empresa no se desnaturalizase por parte de España.

Antes de dar la orden general de salir de Mesina, don Juan despacho una flotilla exploradora a las órdenes de Gil de Andrade, con la misión de averiguar la situación de la armada turca. El 9 de septiembre avisó Andrade que la armada turca estaba en aguas de Valona y se dirigía hacia Corfú y Morea. El 15, don Juan dio la orden de salida. La navegación no fue fácil, a causa de los temporales propios del cambio de estación. El 26, don Juan daba vista a Corfú, donde fondeo, mientras Andrade exploraba las aguas de Cefalonia y Santa Maura.

Por un aviso de Andrade se supo, el dia 29, que los turcos se habían internado en el golfo de Lepanto, con intención, al parecer, de esperar allí a la armada de la Liga. Para el día siguiente, 30 de septiembre, dispuso don Juan unos ejercicios de combate, que le dejaron plenamente satisfecho y se repitieron el día inmediato, 1 de octubre, entre la isla de Corfú y el puerto albanés de Gumenizas. El mismo día, los tres generales, asistidos de sus respectivos consejos, tuvieron junta, y en ella se acordó salir para el golfo de Lepanto. Y así se hizo, por pequeñas etapas, para dar tiempo a que se incorporasen a la flota las naves detenidas por vientos contrarios

Ocurrió aquellos días un grave incidente: el general Veniero mandó ahorcar al capitán de infantería Murcio de Cortona, que había sostenido una disputa con el comandante de la galera veneciana en que servía. Tan duro castigo provocó el disgusto de todo el tercio italiano. Ante el peligro de que se produjera una lucha intestina que comprometiera el éxito de la empresa, don Juan reunió a su consejo privado, en el que se impuso el sensato parecer del generalísimo: de ningún modo se debía interrumpir la jornada.

El 3 salió de Gumenizas la flota cristiana en dirección a Cefalonia. El 4 llegó a Santa Maura, donde se recibió un aviso de Andrade, certificando que la flora turca seguía en Lepanto y era menos fuerte de lo que se había dicho. La noche del 4 al 5 de octubre la flota de la Liga navegó en orden de combate. En la isla de Cefalonia se hizo provisión de agua el dia 5. El sábado 6, a la caída de la tarde, llegó la flota al puerto de Petela, situado al norte de las islas Equínadas o Curzolares. Allí volvió don Juan a reunir su consejo particular.

Requesens y Doria opinaron que se debía esperar al enemigo en Petela; si la armada turca no salía del golfo, confesando su inferioridad, el prestigio de la Liga estaba salvado por aquel año. La opinión de don Álvaro de Bazán fue muy diferente: la armada cristiana debía salir de Petela en la madrugada del 7 y ordenarse frente a la boca del golfo, a 15 millas de ella, ofreciendo combate; pasadas dos horas, si la armada turca no se presentaba, la cristiana haría una descarga general de cañones y arcabuces arbolando las banderas. Si el enemigo respondía, debía empeñarse el combate sin vacilaciones, y solo en el caso de que siguiera impasible podría darse por terminada la expedición. Don Juan de Cardona creía preferible dirigir la flota española a Puerto Figuera, al sur de Lepanto, y esperar allí el paso de la flota turca, de retorno a Constantinopla, para atacarla. Alejandro Farnesio se inclinó al parecer de Bazán y por él se decidió don Juan.

Al salir el sol del 7 de octubre de 1571, la flota de la Santa Liga llegó a las islas Curzolares o Equínadas y, al poco tiempo, la guardia de la galera real en que iba don Juan divisó a toda la flota turca que se adelantaba hacia la boca del golfo de Lepanto. En la flota cristiana se tocó alarma; se hizo la empavesada y don Juan mandó enarbolar el estandarte de la Liga. El Turco disparó una pieza de artillería, como ofreciendo combate; la galera de don Juan dio con otro disparo la señal de aceptación. La suerte estaba echada.

Los vencedores de LepantoLos vencedores de Lepanto: desde la izquierda, don Juan de Austria, Marco Antonio Colonna y Sebastiano Venier.

La flota cristiana se ordenó a la entrada del golfo como se había acordado en el consejo de guerra de Mesina. El centro estaba constituido por la escuadra de don Juan. A la derecha de la galera real navegaba la capitana papal con su general Colonna, y a la izquierda, la capitana de Venecia, con el general Veniero. Las galeras de esta escuadra, las mejores de la flota, eran 63, de las cuales 26 eran españolas, 24 venecianas y las restantes pontificias y maltesas. En vanguardia iban dos galeazas venecianas. El ala derecha, que se extendía hasta la costa de Morea, se componía de 64 galeras, 22 españolas, 24 venecianas y el resto de Toscana, del Papa y de algunos particulares, y su general era Juan Andrea Doria. El ala izquierda, que se extendía hacia las islas Curzolares, cerrando la salida a los turcos, iba a las órdenes del veneciano Barbarigo, y se componía de 63 galeras, 40 de ellas venecianas y las demás españolas y pontificias. La escuadra de retaguardia, a las órdenes inmediatas de don Álvaro de Bazán, era menos numerosa: 21 galeras españolas, 10 venecianas y cuatro romanas, 35 en total. Como su función había de ser acudir rápidamente en socorro del centro o de las alas, según pidieran las incidencias del combate, se puso el mayor cuidado en elegir barcos de las mejores condiciones marineras.

Cuando la flota cristiana estuvo dispuesta para la batalla, embarcó don Juan en una fragata y con don Luis de Córdoba, su caballerizo mayor, y el secretario general Juan de Soto, pasó la última revista. Advirtió al comandante del ala derecha que se acercase más al centro, cerrando el espacio de una milla que entre el ala y el centro había, por el cual podrían filtrarse algunos barcos enemigos. Por él pasó, en efecto, por desobediencia del general genovés, una escuadrilla turca, que atacó de flanco a la escuadra de Doria, y por él escapó Luchalí, con 25 ó 30 galeras, al fin del combate.

Otra orden oportuna de don Juan fue alejar de los barcos de combate los de transporte y los bergantines y fustas, para evitar que durante la refriega pensaran en ellos los soldados. A estos les previno contra los gritos e imprecaciones con que los turcos solían iniciar la pelea. Buen acuerdo fue también prometer amnistía a los forzados que se distinguieran por su brío con el remo o con las armas. Terminada la revista, don Juan volvió a su galera, donde, postrado de rodillas, recibió, como todos sus soldados, la absolución e indulgencia plenaria que, en nombre de Pío V, dieron los religiosos franciscanos y jesuitas a quienes el Pontífice había confiado esta misión.

A las diez de la mañana de aquel 7 de octubre de 1571, «la mayor ocasión que vieron los siglos», según frase de Cervantes, la flota de la Santa Liga marchaba en correcta formación en busca de la musulmana, que también se acercaba buscando combate. Pronto se vio que era más fuerte de lo que se decía, pues contaba 260 galeras, esto es, 50 más que la cristiana y que con ellas formaban las del temido corsario argelino Luchalí. Vino al instante a la memoria de don Juan el consejo de don García de Toledo: no dar nunca batalla si la flota enemiga traía más galeras que la propia; pero, tras unos momentos de vacilación, se arrodilló, oró brevemente y se levantó resuelto a batirse.

En la flota turca se habían manifestado las mismas discrepancias que en la aliada. El generalísimo Ali era, como don Juan, partidario resuelto del combate. De opinión contraria era el virrey de Argel, Luchalí, conocedor, por propia experiencia, de la valentía de los soldados españoles y de la capacidad náutica de don Álvaro de Bazán, Juan de Cardona y Gil de Andrade. Alí impuso su criterio, y el dia 6 ordenó la salida de la flota. Cuando llegó a la boca del golfo, la encontró cerrada por la flota de don Juan. Venía la musulmana formada en media luna, según costumbre; pero deshizo esa formación y adoptó la misma que los barcos de la Liga. El mar se serenó y cambió el viento, comenzando a soplar suavemente por la popa de las naves cristianas.

Al mediar el dia las dos flotas estaban ya a tiro de cañón. La galera de Alí fue la primera en disparar; las tres galeras capitanas de los cristianos contestaron inmediatamente. Don Juan subió gozoso a la proa de su galera y ordenó que atabales y clarines dieran la señal de la pelea. Se había convenido, por consejo de don García de Toledo, cortar los espolones de las galeras, para facilitar el funcionamiento del cañón de proa. Con ello se conseguía, además, rebajar el nivel de nuestras galeras, mientras las turcas, más altas de construcción, resultaban más vulnerables a los tiros de los cañones y arcabuces. La operación fue fácil y rápida, porque se había preparado con anticipación.

La batalla comenzó. En vanguardia de la flota cristiana iban, de dos en dos, las galeazas venecianas con su poderosa artillería cuyos disparos turbaron el orden de la flota turca; pero Alí las inutilizó pronto haciendo que su flota, dividida en tres escuadras, pasara entre ellas a toda boga, sin perder más que dos galeras. El plan de Alí era envolver a la flota cristiana, obligándola a guarecerse dentro del golfo, donde quedaría bloqueada. Para ello había que romper su centro o sus costados. Dirigió sus esfuerzos el turco sobre el ala izquierda que mandaba el veneciano Barbarigo, y empleó en el ataque una escuadra de galeras escogidas al mando de Sirocco, gobernador de Alejandría, las cuales debían filtrarse por el extremo, para atacar después a las cristianas por la espalda. Advirtió pronto la intención Barbarigo; pero, temiendo acercarse demasiado a la costa por no conocer el fondo, no pudo impedir que pasaran algunas de las galeras de Sirocco, las que pronto comenzaron a atacarle por la popa, mientras las demás arreciaban por la proa. Barbarigo murió en la popa de su capitana, dando ejemplo de valor y serenidad.

Se hizo cargo del mando y de la capitana Federico Nani, valeroso e inteligente, que acertó a reanimar el combate. Llegó a tiempo el socorro de 10 galeras a las órdenes de don Martín de Padilla, enviado por don Álvaro de Bazán, y el combate se decidió en este ala en favor de los cristianos. Los soldados turcos abandonaban las galeras con gran confusión, anhelando tocar tierra y volver a sus casas, lo que pocos lograron.

El ala derecha de la flota aliada, la mandada por Doria, fue atacada por Luchalí, que tenía análogos propósitos: abrirse paso hacia el mar y atacar luego por la popa. Consiguió Luchalí romper este frente; pero, al verse perseguido, volvió proa cayendo con gran ímpetu sobre la capitana de Malta, cuyo comandante, Justiniano, acabó por rendirse. Se llevaban los turcos a remolque la galera maltesa, cuando se presentó don Álvaro de Bazán. Los turcos cortaron la maroma, sin cuidarse más que de huir, y la galera fue rescatada. El combate se generalizó en este ala, y si Doria no consiguió aniquilar al astuto Luchalí, luchó valientemente hasta el fin de la refriega.

El generalísimo turco no renunciaba a su plan de maniobra envolvente y pretendió realizarla solo, con su escuadra central. Don Juan se adelantó con la galera real. Bien visible era el estandarte, y por ello Alí, con la capitana turca y seguido de otras siete galeras se lanzó contra el generalísimo cristiano. Don Álvaro lo vio, y con la mayor presteza envió a don Juan siete galeras de auxilio. Era a tiempo que la capitana turca embestía a la cristiana y le metía el espolón hasta el cuarto banco. Pero como la galera turca era más alta, los mosqueteros, arcabuceros y artilleros españoles causaban en ella tal destrozo que su proa desapareció, dejando al descubierto al Estado Mayor turco y a una muchedumbre de jenízaros. En cambio, las granadas turcas pasaban por encima de la galera de don Juan, sin tocar siquiera a los palos; por lo que Alí resolvió prescindir de su artillería y buscar el combate cuerpo a cuerpo, sin abandonar su propósito de romper el frente cristiano para atacar por la popa a don Juan y a las capitanas del Papa, Venecia, Requesens y otras de análoga importancia. Don Juan de Cardona se apercibió pronto de las intenciones de Alí y, a costa de no pequeñas pérdidas, impidió que las realizase.

No tardó en llegar Martín de Padilla con 14 galeras españolas de la retaguardia y la amenaza quedó resueltamente alejada. Concentró entonces todos sus esfuerzos Ali contra la galera de don Juan y con 10 fortísimas galeras y dos galeotas la atacó por la proa y las bandas. La amparaban la patrona real, la capitana de Requesens y las galeras de Colonna, Veniero, Alejandro Farnesio y el príncipe de Urbino. La lucha entre los soldados turcos (100 arqueros, 300 arcabuceros y una compañía de jenízaros) y los soldados cristianos (300 arcabuceros y 300 hidalgos, españoles e italianos) fue larga. Los turcos llegaron a entrar en la galera real, a pesar de los esfuerzos de don Juan, que daba ejemplo a todos; de Lope de Figueroa, que guardaba la proa con una compañía de arcabuceros; de Pedro de Zapata, situado en el fogón con otros 50, y de Luis Carrillo, defensor del esquile con otros 50 infantes. Cuando los soldados españoles vieron caer mortalmente herido a don Bernardino de Cárdenas y con una leve herida en un pie a don Juan, reaccionaron como leones.

Llegó don Álvaro de Bazán puntualmente al socorro: un pelotón de jenízaros que subía a la popa de la galera real fue echado al agua, y las galeras enemigas eran asaltadas y sus gentes pasadas a cuchillo. Al lado de don Álvaro cayó herido de muerte el capitán Rutia, lo cual da la medida del peligro que corría sin vacilar el gran marino español. Con igual celeridad y no menos oportunamente acudió con su escuadrilla don Juan de Cardona, cuya capitana trabó combate con la del temible corsario Pertev, que perdió en la refriega la galera y la vida. Cerca estaba la galera capitana de Génova y en ella iba el príncipe de Parma, Alejandro Farnesio, el que con denuedo increíble saltó a una galera turca, seguido del soldado español Alfonso Dávalos, y palmo a palmo la hizo suya.

Jamás se vio batalla naval más confusa. Dos horas de encarnizada pelea iban transcurridas y ni cedía Alí ni aflojaba don Juan. Dos veces habían llegado los soldados españoles hasta el árbol de la galera real turca y las dos veces fueron rechazados. «Al fin, don Juan, tentando un supremo esfuerzo..., ordenó por tercera vez la entrada de la real turca; y con tal ímpetu, casi sobrehumano, se arrojaron sobre ella nuestros soldados, que todo hubo de ceder a sus arcabuces, picas y espadas, Pasaron a cuchillo a la única compañía de jenízaros que la defendía; a sus golpes cayó por el suelo el Estado Mayor de Alí; se deshizo el departamento de proa; el mismo Alí, herido de un arcabuzazo, dio con su cuerpo sobre la crujía, y un remero cristiano, desherrado aquel día por don Juan y que había entrado en la galera armado de tosca hacha, le cortaba la cabeza» L. Serrano, O. S. B., España en Lepanto, pág. 10. La descripción de la batalla ocupa en este libro más de 40 páginas, claras y animadas y, desde luego, de lectura más fácil que las de Cabrera de Córdoba, en las que están inspiradas.

El grito de ¡Victoria!, disparado desde la galera real cristiana, mientras en la real turca se arribaba el estandarte llamado sanjac y se izaba otro con la imagen de Jesús crucificado, se propagó a todas las galeras del centro. Sin embargo, el combate no había terminado. Las capitanas que a derecha e izquierda habían defendido a la real turca no se rendían. Fue preciso embestirlas. Pero, una tras otra, cayeron la capitana del corsario Caracush, que había tomado el mando de la flota musulmana; la capitana de Rodas, una antigua galera pontificia, apresada por los turcos en los Gelbes; otra, en la que iban dos hijos de Alí, casi unos niños, y a la que atacó la capitana de Requesens. El fin: el aniquilamiento de la escuadra central turca fue completo y a él contribuyeron a última hora los 10.000 esclavos cristianos que servían forzados en la flota turca y los muchos galeotes a los que don Juan mandó quitar los hierros animándoles a la pelea con la promesa de libertad.

En el ala derecha, el astuto y experto Luchalí seguía desafiando a la escuadrilla de Doria. Un grupo de 16 galeras turcas tuvo la audacia de bogar aceleradamente hacia la escuadra vencedora que navegaba descuidada y llevando a remolque las galeras presas. Don Juan de Cardona la salvó del peligro, haciendo frente a las 16 galeras enemigas con ocho cristianas, aunque a costa de su propia captura y de las vidas de 150 españoles del tercio de Sicilia, de los 500 que en ellas iban. Y mayor hubiera sido el estrago sin la llegada de las galeras capitanas de don Juan, de Requesens, del Pontífice y de Venecia. Luchalí seguía maniobrando con sin igual maestría. Cuando ya no le quedaban más de 30 galeras, consiguió escapar del golfo de Lepanto, hacia la cota de Morea. Don Álvaro de Bazán le persiguió; ya había apresado algunas de las galeras argelinas más rezagadas cuando, al oscurecer, abandonó la persecución.

En la galera Marquesa, de la escuadrilla de Barbarigo, el soldado Miguel de Cervantes Saavedra, de veinticuatro años, aunque aquel día estaba enfermo, rogó al comandante Pedro de Sancto Pietro que le destinase los 12 hombres de su mando al puesto de mayor peligro, o sea al esquife. Accedió el comandante y Cervantes cumplió su misión con valor, sin retirarse de la pelea, ni cuando recibió una herida en el pecho, ni cuando sufrió otra en el brazo izquierdo. Gracias al valor y al sentimiento del deber del inmortal autor de El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, entonces oscuro soldado, los turcos no consiguieron entrar en la Marquesa. Las hazañas de aquel día fueron tantas que no hay espacio para recordarlas. Hagamos otra excepción: la de una mujer que servía en la flota y manejó el arcabuz con tal destreza y seguridad que se la premió con una plaza de soldado en el tercio de don Lope de Figueroa.

La batalla de Lepanto duró unas cinco horas. De las 300 unidades de la flota turca, como 250 quedaron en poder de los cristianos, la mitad anegadas y deshechas, la otra mitad en buen estado, con sus cañones (unos 400) y sus dotaciones de remeros (3.000 turcos y 15.000 cristianos). Los enemigos muertos pasaron de 15.000 y de 10.000 los prisioneros, pero muchos se escaparon después. Quedaron cautivos los dos hijos de Alí, varios nobles otomanos, el canciller mayor del imperio y muchos capitanes de galeras. La armada de la Liga perdió 14 galeras venecianas, dos papales y una de Malta; cerca de 8.000 soldados, de ellos 2.000 españoles, muertos en el mismo combate, a los que han de añadirse los 4.000 heridos que murieron en pocos días. Hubo otros 10.000 heridos que salvaron la vida, y solo unos 8.000, es decir, menos de la tercera parte de los combatientes salieron indemnes de la pelea. No murió ningún jefe superior del ejército español ni de la marina real, pero sí algunos capitanes como Bernardino y Alfonso de Cárdenas, Montserrat de Guardiola, Juan de Córdoba Lemos, Agustín de Hinojosa, Juan Miranda y Juan Ponce de León. Los venecianos tuvieron pérdidas más significadas, pues murieron el almirante Barbarigo, varios subjefes, el coronel de infantería de la República y algunos patrones de galeras.

Caída la noche, la armada victoriosa se acogió al puerto de Petela, de donde había salido en la madrugada de aquel mismo día. Al siguiente volvió don Juan a inspeccionar el lugar de la tremenda lucha. «Sin él y sin los soldados españoles dijo en 1888 el historiador de la marina francesa Jurien de la Gravière nunca hubiera victoria de Lepanto.»

En Madrid, en Venecia y en Roma las noticias de la victoria produjeron inmensa alegría. Tanto Pío V como el Dux escribieron a Felipe II. Ambos reconocían que la victoria se debía principalmente a España y a don Juan de Austria. El 18 de noviembre llegó a Madrid don Lope de Figueroa, portador de las cartas de don Juan para su hermano y de la relación de la batalla, escrita en Petela por Juan de Soto, secretario del generalísimo Relación, publ. en la Colección de Documentos inéditos, t. III. Traía también don Lope el estandarte sagrado del Gran Turco y la cimitarra y rodela del Gran Bajá, que Felipe II mandó depositar en El Escorial.

En Petela hubo besamanos en la galera real. Don Juan dio en él muestras de grandeza de ánimo. Cuando entraba Veniero, se adelantó a recibirle y le abrazó a la vista de todos. A ruego del generalísimo, comparecieron los dos hijos de Alí; les abrazó con afectuoso ademán, les expresó su sentimiento por la pérdida de su ilustre padre, les regaló ropas suyas y los mejores vestidos turquescos que pudieron hallarse, y ordenó que se les alojase en la cámara de Juan de Soto, que se les proporcionasen alimentos de su gusto y que los caballeros de su cámara les tratasen como a hermanos suyos.

En las galeras hubo toda la noche músicas, cantos y luminarias. Don Juan hizo público aquella misma noche un decreto dando libertad a los cautivos cristianos hallados en la flota turca y a los galeotes de la flota cristiana que habían participado en la pelea, y repartió entre los heridos y soldados más de 100.000 cequíes «monedas turcas de oro» y otras cantidades de su particular peculio.

El 28 de octubre se dio por terminada la campaña de aquel año. Los venecianos quedaron en Corfú y don Juan se fue a Mesina, donde hubo de invernar por orden de su hermano. El joven héroe tuvo que renunciar a sus entradas triunfales en Nápoles, Roma, Génova y Madrid. Y ciertamente las merecía, pues el combate de Lepanto fue una maravilla, tanto en su concepción como en su desarrollo, y honra especialmente a la marina española que lo planeó y llevó a cabo, siguiendo las instrucciones de don García de Toledo, y a sus ejecutores don Juan de Austria y don Álvaro de Bazán.

Las consecuencias políticas del mismo fueron igualmente muy provechosas para España. El Turco no se creyó en adelante dueño absoluto del Mediterráneo, y sus feudatarios de Argel miraron en adelante con más respeto las costas españolas y las de Sicilia y Malta. Ciertamente el poder marítimo de los turcos no se hundió en Lepanto: Luchalí salvó su escuadrilla; en Corinto quedaron 12 galeras; había otras guardando las costas de Egipto y los estrechos, y en los arsenales de Constantinopla no tardaron en botarse 50 más. Las construcciones navales de aquella época pedían mucho menos tiempo que las modernas, y así, cuando llegó mayo de 1572, el Turco había armado un centenar de galeras nuevas. Selim II, después de Lepanto, lo anunció gráficamente: «Habéis afeitado la barba al Gran Sultán, pero esa barba brotará más fuerte dentro de algunas semanas.» Tampoco Selim perdió Chipre, ni un solo palmo de la tierra por él dominada

AGUADO BLEYE, Pedro, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo F-M, págs. 701-708.