Dos de Mayo de 1808

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Dos de Mayo de 1808
Guerra de la Independencia

Los Sucesos

Napoleón había ordenado el traslado a Bayona (Francia) de todos los miembros de la familia real española, con el fin de obligarles a renunciar en su favor a los derechos que les correspondían a la sucesión del trono de nuestra patria. Presentes ya en la indicada ciudad, a fines de abril de 1808, el rey Fernando VII, sus padres y su hermano el infante Carlos María Isidro, todavía quedaban en Madrid el infante Antonio, presidente de la Junta de Gobierno, la ex reina de Etruria y el infante Francisco de Paula, último vástago de Carlos IV, que tenía entonces unos doce años de edad.

Defensa del parque de artillería de Monteleón, obra de Joaquín SorollaDefensa del parque de artillería de Monteleón, obra de Joaquín Sorolla.

Después de tenaz discusión entre Murat y la Junta de Gobierno —que se resistía a autorizar la partida de nuevos miembros de la familia real—, se acordó, el 1 de mayo, que al día siguiente partieran para Bayona la ex reina de Etruria y el joven infante Francisco de Paula. La noticia de la discusión y del subsiguiente acuerdo no tardó en trascender al dominio público, y entre las masas madrileñas —ya soliviantadas por los desmanes de los franceses e indignadas por lo que consideraban un secuestro de las personas reales— cundió el propósito de impedir a toda costa el anunciado viaje. Tal propósito debió de llegar también, sin duda, a conocimiento de Murat, quien tomó, por su parte, las medidas preparatorias para reprimir cualquier desorden que pudiera producirse.

Bajo tan siniestros auspicios, amaneció, pues, el dia 2 de mayo. Desde las primeras horas de la mañana se fue congregando frente a palacio una nutrida multitud, integrada principalmente por gentes del pueblo, entre las que se notaba la presencia de numerosos forasteros procedentes de los lugares contiguos a las posesiones reales. De todo ello parece desprenderse que, al menos, el alboroto frente a palacio se hallaba preparado de antemano, tal vez con la intención de intimidar a Murat y obligarle a desistir de sus propósitos. Pero, si fue así, el desarrollo de los acontecimientos rebasó ampliamente la intención de sus promotores.

La partida de la ex reina de Etruria se efectuó sin incidentes. Pero, Poco después, se profirieron desde la calle y los balcones de palacio gritos de ¡Traición! ¡Traición! Nos han llevado al rey y se nos quieren llevar a todas las personas reales. ¡Mueran, mueran los franceses! y ¡Vasallos, a las armas! ¡Que se llevan al infante! A estos gritos, la multitud se lanzó sobre el carruaje destinado al infante Francisco y, en un momento, lo dejó inutilizado para la marcha.

Enterado del tumulto, Murat —que se alojaba en el palacio de doña María de Aragón, contiguo al lugar de los sucesos—, envió a uno de sus ayudantes a que se informase de lo ocurrido. Pero la llegada del citado ayudante exasperó aún más a los amotinados, que arremetieron contra él y le hubieran hecho víctima de sus iras a no ser por la oportuna intervención de un oficial de nuestra Guardia Walona. Ante tal desacato, Murat no dudó ya en usar de la máxima energía para sofocar el motín, y con ese objeto ordenó que un batallón de su guardia, reforzado con dos piezas de artillería, abriera fuego sin previo aviso sobre la multitud estacionada frente a palacio, causando entre ella numerosas víctimas.

La noticia de esta matanza no tardó en difundirse por Madrid, excitando el furor vindicativo del pueblo, que, en su mayoría, se echó a la calle, provisto de las armas que pudo procurarse, y comenzó a exterminar sañudamente a los soldados extranjeros que, aislados o en pequeños grupos, iban encontrando al paso.

Por su parte, las autoridades militares francesas se apresuraron a poner en práctica las medidas ya previstas para reprimir un alzamiento que las reyertas cada vez más frecuentes entre los paisanos y los soldados de las fuerzas de ocupación permitían barruntar.

Tales fuerzas de ocupación, cuyos efectivos pueden cifrarse en unos 30.000 hombres, se hallaban acantonadas en su mayor parte en los pueblos de los alrededores de la capital, desde los cuales no tardaron en marchar sobre ella en nutridas columnas que, penetrando por diversos puntos y venciendo fácilmente la obstinada pero poco eficaz hostilidad del mal armado vecindario, vinieron a confluir en la Puerta del Sol, en donde los insurrectos se vieron acorralados, para sucumbir finalmente a la superioridad material del invasor, que los ametrallaba sin piedad. Sin embargo, algunos grupos consiguieron huir por las calles de la Montera y Fuencarral y llegar hasta el Parque de Artillería, llamado de Monteleón por estar instalado en el antiguo palacio de los duques de tal título, frente al que se manifestaron, pidiendo armas con que poder hacer frente con más eficacia a los franceses.

Las escasas tropas españolas de guarnición (unos 3.000 hombres) permanecían mientras tanto acuarteladas, en virtud de las severísimas órdenes dictadas por el capitán general don Francisco Xavier Negrete. Pero el capitán de Artillería don Pedro Velarde, secretario de la Junta Superior del Arma, no pudo permanecer insensible a los clamores del pueblo en demanda de armas con que defenderse, y uniéndose a los grupos, se presentó en el cuartel de Voluntarios del Estado, de donde logró sacar una compañía, mandada por el capitán Goicoechea y el teniente don Jacinto Ruiz Mendoza, al frente de la cual se dirigió al Parque de Monteleón, cuya entrada le fue franqueada por el también capitán de Artillería don Luis Daoiz, jefe del destacamento español que custodiaba el mencionado parque. Ya en este Daoiz y Velarde, con las fuerzas a sus órdenes, desarmaron a la guardia francesa allí establecida, permitieron entrar al pueblo que deseaba batirse, le entregaron las armas disponibles y organizaron la defensa del intenso perímetro del establecimiento.

Rechazadas las intimidaciones de rendición de varios destacamentos franceses enviados a hacerse cargo del parque, no tardó en presentarse una columna más fuerte, mandada por el general Lefranc, que fue recibida a cañonazos. Por dos veces repitieron los invasores el ataque, con resultado negativo. Pero al tercer intento, efectuado con mayores medios y previa una corta pero intensa preparación de artillería, los asaltantes lograron llegar hasta las piezas españolas emplazadas frente a la entrada del parque. Se siguió una reñida lucha cuerpo a cuerpo, que terminó con el aniquilamiento de los heroicos defensores. Velarde fue muerto a tiros; Daoiz cayó atravesado por las bayonetas francesas, expirando poco después en su casa de la calle de la Ternera, adonde fue conducido, y el teniente Ruiz recibió también muy graves heridas, de resultas de las cuales falleció más adelante en Extremadura.

A las dos de la tarde, la resistencia en el Parque de Monteleón había terminado, y, con ello, podía considerarse totalmente dominada la rebelión del pueblo de Madrid. Los miembros de la Junta de Gobierno Miguel Azanza y Gonzalo O'Farril se ofrecieron a los invasores para tranquilizar al vecindario, consiguiendo que los grupos que aún circulaban por algunas calles en actitud levantisca se retiraran pacíficamente a sus casas.

Pero los franceses no renunciaron por ello a sus severos procedimientos represivos. Murat dictó, en efecto, un bando rigurosísimo, en el que se condenaba a muerte a todo paisano que fuera hallado con armas, considerándose como tales hasta las tijeras de uso corriente en algunos oficios y en las labores domésticas. Aparte de lo cual, so pretexto de que desde algunas casas se había hecho fuego contra sus tropas, tales edificios fueron saqueados e incendiados, y muchos de sus vecinos asesinados o atropellados cruelmente por las tropas extranjeras. Por uno u otro motivo, numerosos madrileños, en su mayoría inocentes, fueron sacrificados del 2 al 5 de mayo de 1808 al furor vindicativo de los invasores.

No es posible evaluar, ni aún aproximadamente, las bajas de uno y otro bando en esta terrible jornada, pues las diferentes versiones discrepan radicalmente y ninguna se basa en datos dignos de crédito. Pero, desde luego, parece lo más probable que las víctimas españolas —incluidas las de la posterior represión— excedieran con mucho a las francesas, pues, si se exceptúan los soldados asesinados en los primeros momentos y la encarnizada, pero corta, lucha frente al Parque de Monteleón, sus bajas debieron de ser escasas, dada la resistencia poca eficaz que en los demás puntos pudo ofrecérseles.

No por ello se disminuye la importancia del episodio, que constituye el primer acto en el gran drama de nuestra Guerra de la Independencia. Especialmente, la cruel represión efectuada por Murat, en contra de las expresas instrucciones de su emperador, abrió entre invasores e invadidos un abismo de odio que apenas si una lucha a muerte de seis años consiguió colmar.

PRIEGO LÓPEZ, Juan, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo F-M, págs. 1165-1167.