Desastre de Annual

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La Batalla 1921

La Batalla

Cuando el 21-VII-1921 sucumbió la posición de Igueriben, tras una agonía llena de heroísmos no bien apreciados por obra de la rápida sucesión de los dramáticos acontecimientos posteriores, la situación en Anual, antes crítica, era ya insostenible. Allí se habían concentrado todas las fuerzas disponibles de la Comandancia general de Melilla, pero su moral era muy baja a consecuencia del desgaste físico de los combates anteriores y de la depresión de espíritu que producía ver fracasar todos los proyectos de ayuda a aquella posición.

Cadáveres españoles en Monte Arruit. La foto fue tomada meses después del desastre, tras volver a recuperar las posiciones el ejército español.Cadáveres españoles en Monte Arruit. La foto fue tomada meses después del desastre, tras volver a recuperar las posiciones el ejército español.

La aguada costaba luchas; las municiones no llegarían a ser bastantes para sostener un combate de cierta importancia; estaban punto menos que cortadas las líneas de abastecimiento con la plaza, donde no quedaba un soldado para socorrer a los del campo; la actitud de las tropas indígenas y cabilas sometidas inspiraba serios temores; los refuerzos solicitados aún tardarían en llegar y los contingentes adversarios aumentaban en número y agresividad.

Por todo ello, el general Fernández Silvestre reunió en la noche del 21 al 22 a los jefes de unidad a los que expuso la desconsoladora realidad de hechos, acordándose en principio la retirada a Ben Tieb. Sin embargo, el conocimiento por despachos radiotelegráficos captados de la preparación o envío de refuerzos, parecía aconsejar el extremar la resistencia; así lo expuso el general en nueva junta convocada en la madrugada del 22 y así, sin duda, se hubiera hecho a no advertirse que acudían contra el campamento masas enemigas en formaciones cerradas.

Entonces el comandante general de Melilla decidió se hiciera la retirada a Ben Tieb, comunicándolo así por radio al Alto Comisario y general en jefe. Este, el general don Dámaso Berenguer, tiempo después Campañas del Rif y Yebala, 1921-1922, Madrid, 1923, p. 82, describía el comienzo de la retirada en los siguientes términos:

«Todo se dispone apresurada e incoherentemente sin esperar siquiera el repliegue de Bumeyan, a dos kilómetros a vanguardia, que, cuando llegó a Anual, se lo encontró ya ocupado por el enemigo; acelerando la salida de las unidades sin dar lugar a formarlas; provocando, por decirlo así, una precipitada huida, pues en media hora se hizo el desalojo del campamento con abandono de material y equipajes y cuanto constituía impedimenta. Las unidades, sin cohesión, sin concierto, sin conocer los oficiales, sorprendidos en su mayoría, ni el objeto ni la dirección de la inopinada marcha, siguen maquinalmente las trazas de las precedentes, atropellándose todas a la salida del campamento, sin orden alguno, instigadas por el mismo mando en la urgencia de la desconcertada evacuación que se transforma en fuga para la mayoría a los pocos centenares de metros de la salida ».

En esas circunstancias, en terreno tan difícil —la pista estrecha y sinuosa discurría a media ladera dominada inmediatamente por las alturas y asomándose a profundo barranco— y con el peligro que siempre implica una retirada, la operación hubiera sido de grave riesgo y de serio compromiso aun para las tropas mejor instruidas y de mayor moral.

Aquel triste día, además, los policías indígenas desertaron y a mansalva asesinaban a nuestros soldados: los aduares se levantaban furiosamente a su paso y al ser evacuadas prematuramente algunas de las posiciones que guardaban el camino dejaron desguarnecidos sus flancos. En la áspera subida a Izumar la confusión general aumentó, sin que luego en el descenso se pudiera remediar la desbandada, a la que cerca de Ben Tieb intentaron oponerse los escuadrones de Cazadores de Alcántara allí situados.

Tampoco en este campamento resultó posible restablecer el orden; no existía un mando que coordinara los esfuerzos parciales, pues Fernández Silvestre quedó en Anual al salir las últimas fuerzas no queriendo sobrevivir a su infortunio —unos dicen que se suicidó y otros que murió a manos de los asaltantes, si bien lo único cierto es que no se volvió a saber nada de tan bravo militar ni se encontró su cadáver y los coroneles Morales y Manella perecieron durante la marcha.

La avalancha, pues, no se detuvo en Ben Tieb y arrastró a su guarnición que abandonó el campamento, Este día, además, cayeron casi todas las posiciones del sector; otras —Axdir, Azuz, Tunguntz, Nador de Beni Ulixek, Halaut— se perdieron el 23 y 24; Sidi Dris, sin poder ser ayudado eficazmente por mar, fue asaltado muriendo bravamente casi toda su guarnición; la de Afrau, de orden superior, se replegó ordenadamente acogiéndose a los barcos de guerra que protegieron el movimiento; la posición intermedia A, aislada, se sostuvo varios días, destacando la abnegación del capitán que la mandaba y el elevado concepto del deber de cuantos la defendían, que perecieron en su totalidad.

A Drius llegó el general Navarro, segundo jefe de la Comandancia general de Melilla la tarde del 22, tomando el mando de aquellas desmoralizadas fuerzas que no pudieron afianzarse allí porque la rebelde actitud de las antes sometidas cabilas forzó proseguir al día siguiente la retirada. Comenzada con orden, en el Gan se desarrolló un durísimo combate con intervención de la artillería y furiosas y reiteradas cargas de los bravos jinetes de Alcántara mandados por el teniente coronel Primo de Rivera; se cruzó el río, aunque en el empeño se perdieran cañones, ametralladoras y material diverso; pero ya a la vista de Batel, de nuevo se desorganizó la gente, entrando precipitadamente en la posición e incluso siguiendo parte de ella sin escuchar las exhortaciones de sus jefes hasta Monte Arruit.

En Tistutin y Batel se establecieron las fuerzas defendiéndose de los rebeldes; el 27 se abandonó este punto para concentrarse en aquel, y el 29 de madrugada, cumpliendo órdenes del mando, continuó el movimiento retrógrado. La columna que transportaba más de 250 heridos y enfermos fue atacada por todos lados; como otros días, cargaron los escuadrones de Alcántara; la retaguardia quiso hacerse fuerte, mas se le agotaron las municiones y ya cerca de Monte Arruit, donde todos creían ver su salvación, un irrefrenable deseo de conseguirla rompió los ya endebles lazos de disciplina.

Se abandonaron las piezas artilleras y hasta los heridos; los jefes y oficiales, que sufrieron muchas bajas, y hasta el mismo general, llegaron a ser desobedecidos y atropellados y desordenadamente se entró en la posición bajo el fuego de los cabileños. En siete días se derrumbó por completo la Comandancia general de Melilla. Unas posiciones se abandonaron sin ninguna gallardía, mientras que en otras se luchó virilmente hasta el último momento; donde había policía indígena, esta se pasaba a los rebeldes o se apoderaba falazmente del puesto; algunas pactaban con el contrario que terminaba por asesinar a su guarnición.

También la columna de Dar Quebdani parlamentó y al entregar el armamento resultó criminalmente aniquilada; si bien hay que destacar la actuación de la compañía establecida en la aguada, cuyo capitán se negó a la rendición, prolongó la defensa cuanto humanamente era posible y terminó por lanzarse con los suyos contra la masa atacante, para todos, en sublime arranque, morir matando. La columna del Zoco el Telata, aunque muy castigada, se acogió al puesto francés de Hassi Mensa. Al finalizar el mes de julio solamente se sostenían Nador, Zeluán y Monte Arruit. En Nador se concentró la defensa en la fábrica de harinas hasta que el 2 de agosto, luego de nueve días de asedio, en los últimos sin agua y apenas sin víveres, capitularon sus defensores que pudieron llegar a las líneas avanzadas situadas a menos de cuatro kilómetros del poblado abandonado.

En Zeluán se sufrió hambre y sed, fueron grandes las bajas y al fin se rindieron el aeródromo, el 2, y la Alcazaba, el 4, ensañándose los indígenas con los maltrechos españoles, a la mayor parte de los cuales asesinaron. Y en Monte Arruit, donde el soldado, por obra del mando y de sus propias virtudes, sufrió con entereza toda clase de privaciones y peligros y defendió animosamente la posición; el 9 del mismo mes de agosto culminó la tragedia de Annual y se consumó la atroz felonía de los secuaces de Abd el Krim y aduareños de aquella comarca; cuando como consecuencia de lo estipulado con autorización del general en jefe se entregaron las armas y la extenuada guarnición confiadamente abandonaba el reducto conduciendo sus muchas bajas, aquella horda dio fin brutal y cobardemente de ella; solo algunos, el general entre ellos, salvaron la vida, pero sufrieron duro cautiverio

RAMOS CHARCO-VILLASEÑOR, Aniceto, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo A-E, págs. 280-282.