Batalla de Alhucemas1925

Datos históricos

Fecha: 8-IX-1925
Localización: Alhucemas
Bando 1 El reino de España / República francesa
Bando 2 República del Rif

Desarrollo de la contienda

De mucho tiempo sentida era la necesidad de posesionarse España del territorio que se asoma a la bahía de Alhucemas y en que se asientan las fuertes cabilas de Bocoya y Beni Urriaguel, cantera esta de los más bravos guerreros del Rif y foco, a la sazón, de la rebeldía.

La playa de Morro Nuevo en los días del desembarco.La playa de Morro Nuevo en los días del desembarco.

Como la ocupación por tierra partiendo de las Comandancias generales de Melilla y de Ceuta-Tetuán ofrecía dificultades de gran monta, el general en jefe del Ejército de África y jefe del Gobierno, don Miguel Primo de Rivera, decidió, pese a los riesgos de esta clase de operaciones, que se efectuara un desembarco para conseguir el dominio de la parte de la costa determinada por la playa de la Cebadilla, Morro Nuevo, Morro Viejo, Espalmadero y Adrar Sedum y, adentrándose hasta los montes Palomas y Malmusi, constituir una base que permitiera posteriormente penetrar en el corazón de la intrincada región rifeña. Además se trataba de la primera operación coordinada con las que en el Alto Uarga realizaba Francia, y en ella colaborarían la marina y la aviación francesa.

La dirección la llevó con entusiasmo y acierto insuperables el general Primo de Rivera, y el mando inmediato de las fuerzas de Tierra, Mar y Aire lo ejercieron el comandante general de Melilla, general Sanjurjo, el almirante Yolif, jefe de la Escuadra de Instrucción, y el director general de Aeronáutica, general Soriano, respectivamente.

Las fuerzas de tierra —unos 20.000 hombres en total— se agruparon en dos columnas principales formadas por tropas de la zona de Ceuta-Tetuán —unidad de carros de asalto; tres tabores de Harca, uno de Mehal-la y tres de Regulares; dos banderas del Tercio, tres batallones de Cazadores, una batería de obuses y dos de montaña; un grupo de zapadores y servicios—, a las órdenes del general Saro, y de la de Melilla —-tres tabores de Harca, tres de Mehal-la y tres de Regulares; dos banderas del Tercio, un batallón de Infantería de Marina, otro de Cazadores y dos de Infantería de línea; una batería de obuses y dos de montaña; un grupo de zapadores y servicios—, con el general Fernández Pérez.

A fin de conseguir mayor flexibilidad, la primera se fraccionó en tres agrupaciones subalternas, mandadas por los coroneles Franco y Martín y teniente coronel Campins, y la segunda en dos, bajo la dirección de los coroneles Goded y Vera.

Para el transporte de estas fuerzas se dispuso de una flota mercante de 21 barcos, con una suma de 34.000 toneladas de arqueo y de un vapor al servicio del ejército. Tres buques-hospitales estaban especialmente acondicionados para acomodar a unos mil heridos.

Las unidades de la Armada fueron dos acorazados, dos cruceros y dos cazatorpederos de la Escuadra de Instrucción, y dos cruceros, seis cañoneros, seis torpederos, once guardacostas, siete guardapescas, cuatro remolcadores y dos algibes, de las fuerzas navales del norte de África, mandadas por el contraalmirante Guerra.

Como elementos de desembarco se contaba con 26 barcazas tipo —K—. Las fuerzas aéreas del ejército reunían tres escuadrillas con un grupo de reconocimiento y otro de bombardeo cada una y un grupo de hidros, y las de la Marina estaban representadas por los elementos que transportaba el buque porta-aviones: seis hidros de reconocimiento, otros tantos de bombardeo, un globo cautivo y un dirigible de exploración.

La cooperación francesa se señaló por la intervención de una escuadra, compuesta por un acorazado, que enarbolaba la insignia del almirante Hallier; dos cruceros, dos torpederos, dos monitores y un remolcador con un globo cautivo, y una escuadrilla de aviones terrestres de bombardeo pesado. En cada una de las Comandancias generales de Ceuta-Tetuán y Melilla, quedaron constituidas reservas de 1.500 hombres, y en la Península de diez batallones, cinco grupos de artillería y servicios.

Perfectamente instruidos tan importantes elementos, la columna Saro, a bordo de los transportes a ella asignados, zarpó de Ceuta en la tarde del 5 de septiembre para encontrarse en la madrugada del siguiente día ante Uad Lau, que bombardearon los buques de las Fuerzas Navales del norte de África que la escoltaban, y donde efectuó un simulacro de desembarco. La columna Fernández Pérez, procedente de Melilla, protegidos los barcos que la transportaban por la Escuadra francesa que disparó su artillería sobre la costa de Sidi Dris, también en la tarde del 6 fingió desembarcar en ella, amenazando luego la de cabo Quilates.

La Escuadra de Instrucción cañoneó, asimismo, Uad Lau, navegando después hacia la bahía de Alhucemas, donde quedó fondeada. Estas fintas desorientaban al enemigo que no podía suponerse cuál sería el lugar elegido para el desembarco, y aquella noche en las cumbres de los montes del litoral ardieron grandes hogueras llamando angustiosamente a las gentes del interior.

La sorpresa, pues, y la rapidez habían de jugar en no escasa medida en el buen éxito del empeño, señalado para el amanecer del 7; pero las corrientes del Estrecho dispersaron durante la noche a la flota mercante, que no pudo reunirse hasta ya muy entrada la mañana. Se suspendió, por tanto, la operación, que quedó fijada para la madrugada siguiente, repitiéndose el cañoneo y los amagos de desembarco en distintos lugares de la ribera rifeña.

Antes de atardecer las unidades de guerra se situaron en la amplia bahía de Alhucemas, delante de la línea de transporte, jugando sus cañones contra la playa de Suani (Beni Urriaguel), como si en ella se hubiera de desembarcar, para durante la noche y con las luces apagadas, unas y otros, trasladarse ante las de Ixdain y Cebadilla, en Bocoya. Sin embargo, del mismo modo y por igual causa que la noche anterior en esta ocasión volvió a desorganizarse el convoy, empujados sus barcos hacia Occidente.

No cabía, sin comprometer gravemente el éxito, un nuevo aplazamiento, por lo que en tanto que desde las 6,30 las escuadras y la aviación bombardeaban intensamente la artillada mole del Morro, los generales Primo de Rivera y Sanjurjo a bordo de un torpedero se esforzaban por reunir los buques que transportaban a las fuerzas de Saro. Al fin lo consiguieron, y pronto las barcazas con la primera oleada de asalto pasaron por entre los barcos de guerra y a remolque de los guardacostas avanzaron hacia las playas de la Cebadilla e Ixdain. A unos mil metros de ellas se soltaron los cabos, quedaron atrás los remolcadores y las —K—, por sus propios medios y ya bajo el fuego de las armas del contrario, continuaron su marcha hasta tocar fondo.

Al caer las planchas restaban todavía más de 50 metros de agua con una profundidad superior a uno, lo que impidió el desembarco de los carros de asalto, mas no fue obstáculo para que al toque de ataque, justamente al mediodía del 8 de septiembre de 1925, se echasen a ella y ganaran tierra las harcas de Tetuán y Larache (comandantes Muñoz Grandes y Villalba, respectivamente) y las dos banderas del Tercio (teniente coronel Liniers y comandantes Rada y Verdu), al mando del coronel don Francisco Franco Bahamonde, cuya decidida e inteligente actuación, junto al valor de sus tropas, resolvió favorablemente momento tan decisivo como comprometido.

Conquistadas las alturas dominantes de la playa y salvada felizmente una barrera de minas en ella colocada, continuó el desembarco, mientras los legionarios en impetuoso ataque se posesionaban de las baterías de Punta de los Frailes y Morro Nuevo.

Formada a costa de solo 14 muertos y 110 heridos una cabeza de puente, allí desembarcaron ya en la mañana del 9 el resto de la columna Saro con su general y el de la división y, en días sucesivos, el material de todas clases y la columna Fernández Pérez, a excepción de las dos banderas del Tercio y un tabor de Regulares de Melilla, que con el general en jefe marcharon para desembarcar en Río Martín e intervenir en la liberación de la posición de Cudia Tahar, donde el cabecilla Abd el Krim, para distraer fuerzas, intentó, sin conseguirlo por la bravura de las tropas españolas y la serenidad de sus mandos, crear una grave situación en la línea de Tetuán y a la misma ciudad.

El período de estacionamiento en el recién conquistado Morro se caracterizó por una gran dureza; la reacción de los rifeños que acudían de las más lejanas cabilas, se manifestó con violencia y su artillería produjo bajas numerosas por la aglomeración de tanto hombre en tan reducido espacio. No obstante, todos los ataques, singularmente impetuosos los nocturnos del 11 y 12 y el diurno del 13, fueron rechazados con bizarría.

A los quince días del desembarco se dio por terminada esa fase de estacionamiento, y en avances sangrientos, en los que ante el valor de los cabileños brilló como siempre el heroísmo español, se ocuparon, el 23 de septiembre, Malmusi Alto y Bajo y Morro Viejo; el 30 los montes Palomas, Tara Mara y Buyibar; el primero en octubre, Adrar Sedum y Amekran y el 2 la Rocosa, con lo que quedó establecida una fuerte base de operaciones pisando terreno de las cabilas de Bocoya y Beni Urriaguel, como decía en la orden general a las Escuadras y división de operaciones de Alhucemas el general Primo de Rivera.

RAMOS CHARCO-VILLASEÑOR, Aniceto, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo A-E págs. 157-159.