Batalla de Pavía

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La Batalla 24-II-1525

La Batalla

La batalla de Pavía (24-II-1525) puso fin a la primera guerra hispanofrancesa (1521-1526) entre las tropas de Francisco I y las imperiales de Carlos V. Supuso para los franceses la pérdida y expulsión del Milanesado y acabó con sus pretensiones en el N. de Italia. Con un ejército victorioso de cincuenta mil hombres el rey Francisco I atravesó los Alpes en X-1524 para ocupar Milán. Ante esta maniobra, Antonio de Leiva, con siete mil quinientos alemanes y españoles, se refugió en Pavía y defendió la ciudad de los ataques franceses durante todo el invierno. Mientras el ejército imperial se reorganizaba, Francisco I enviaba parte de sus tropas a Roma para atraerse al Papa. A mediados de enero las fuerzas de Carlos V se agruparon bajo el mando del marqués de Pescara, Lannoy —virrey de Nápoles—, Fernando de Austria y el duque de Borbón; intentaban romper el sitio de Pavía.

Los franceses, conociendo las penurias económicas por las que estaba pasando el emperador, aguardaban, en el Parque de Mirabello, a que las tropas enemigas se desmantelasen. La noche del 23 de febrero salió Leiva de la fortaleza y también atacó el ejército imperial. Los españoles hicieron una brecha en el Parque de Mirabello e incendiaron sus tiendas para hacer creer a los franceses que huían; el muro fue roto por tres sitios por los que pudo introducirse Pescara. Borbón atacó a la vanguardia francesa, y Pescara a los lansquenetes alemanes al servicio de Francia y a la caballería gala.

La superior artillería francesa tuvo que cesar de disparar porque el propio Francisco I irrumpió en el combate y temían herirle. Las tropas de Antonio de Leiva rompieron el puente sobre el Tesino para cortar la retirada enemiga. El rey francés fue hecho prisionero por Juan de Urbieta y entregado a Lannoy; salvó su vida por muy poco, y una vez apresado su sayo y jubón fueron hechos pedazos como recuerdo por parte de los soldados españoles. Las tropas francesas se retiraron con gran confusión. Murieron cerca de ocho mil franceses y fueron capturados los principales nobles. Esta victoria no pudo culminar con la invasión de Francia dadas las dificultades económicas de Carlos V.

Asimismo, el gran poder que obtuvo el emperador a la larga le perjudicó, pues hizo temer a Europa por la hegemonía de los Habsburgo y su dominio sobre Italia, lo que llevó al rey francés, al papa Clemente VII, al rey de Inglaterra y a los príncipes italianos a formar una liga contra Carlos V: la Liga Cognac o Clementina (1526). El emperador negoció el tratado de paz directamente con su prisionero Francisco I; ambos firmaron el Tratado de Madrid (1526), en el que se establecía la devolución al condestable Borbón de todas sus posesiones francesas, la devolución a Carlos V del ducado de Borgoña, la renuncia a Italia por parte de Francia y la alianza matrimonial entre Francisco I y doña Leonor, reina viuda de Portugal, hermana de Carlos. Quedaban como rehenes en España los dos hijos del francés. Este pacto, sellado de modo caballeresco, fue roto una vez que Francisco I recobró la libertad.

CEPEDA GÓMEZ, Paloma, Enciclopedia de Historia de España, dirigida por Miguel Artola, Ed. Alianza Editorial, 1991, tomo V Diccionario temático, págs. 931-932.

Batalla de Nördlingen

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La Batalla 1634

La Batalla

Enfrentamiento bélico ocurrido en 1634 en la c. homónima (Alemania) durante el tercer periodo de la guerra de los Treinta años, comúnmente conocido como periodo sueco (1630-1635), y que decidió su desenlace en favor del partido católico. Tras la muerte de Gustavo Adolfo de Suecia (1632) y el asesinato del general bohemio Wallenstein (1634) quedaron al frente de las tropas protestantes el sueco Horn y el alemán Bernardo de Sajonia-Weimar, mientras que el archiduque Fernando (futuro emperador Fernando III, 1637-1657), hijo del emperador Fernando II (1619-1637), se colocaba al frente de los católicos. Éstos lanzaron una contraofensiva que permitió reconquistar Ratisbona (22-VII-1634) y, continuando en su avance, pusieron sitio a la ciudad suaba de Nördlingen. Amenazadas de este modo las comunicaciones entre Italia y los Países Bajos por la ocupación sueca del palatinado, se envió desde España un ejército de 15.000 hombres al mando del cardenal infante Fernando que se unió el 2 de septiembre en los Alpes a las tropas imperiales.

El 23 de agosto se presentó delante de la ciudad el ejército protestante al mando de Horn y Bernardo de Sajonia. Las tropas católicas estaban formadas por 35.000 hombres y el ejército protestante cometió el error de atacar solo con 27.000, sin esperar refuerzos. El primer ataque se produjo durante la tarde del 5 de septiembre y pretendió romper la línea de trincheras que tenía cercada la ciudad; cuatrocientos españoles se bastaron para contener la acometida, terminando por la noche la primera fase del combate. A la mañana siguiente se confió a Horn el asalto definitivo a las trincheras españolas; tres veces fueron rechazadas sus fuerzas. En el último ataque la línea estuvo a punto de ceder, pero la oportuna intervención de la caballería, al mando de Juan Werth, decidió la situación. Cundió el pánico en el ejército sueco-alemán y empezó la huida; Horn fue hecho prisionero, mientras Bernardo huía en un caballo prestado. Nördlingen se rindió y el ejército enemigo quedó hasta tal punto diezmado que la Confederación protestante se vio obligada a aceptar la paz, que se firmó en Praga en 1635.

VARIOS AUTORES, Gran Enciclopedia de España, Ed. Enciclopedia de España, 2003, tomo XV pág. 7145.

Batalla de las Dunas

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La Batalla 1639

La Batalla

Ante la difícil situación que atravesaba Flandes en 1639, en guerra simultánea con Francia y Holanda, el conde-duque de Olivares decide un desesperado socorro de hombres y dinero por vía marítima. En agosto se reúnen en el puerto de la Coruña setenta naves, ocho mil tripulantes y seis mil soldados con destino a Flandes —en su mayoría campesinos sin armas ni vestuario— al mando de don Antonio de Oquendo. Al llegar al Canal se encuentran con una pequeña flota holandesa, a las órdenes del almirante Van Tromp, dispuesta a estorbarles en su arribada a los puertos flamencos.

El 16 de septiembre se entabla combate, en el que los holandeses suplen su inferioridad numérica con una certera artillería. El 18 se vuelven a repetir los combates, en los que Tromp maniobró con arte muy superior a su adversario, y la artillería causó fuertes daños a la escuadra de Oquendo. Ante la falta de pólvora y municiones, ambas escuadras se retiran. Tromp se refugió en el puerto aliado de Calais y recibió del gobernador quinientas toneladas de pólvora. Rehechas sus naves y tras veinte horas de permanencia en Calais, salió para reanudar el combate. Oquendo, con su nave y otras muchas desaparejadas, se refugió en las Dunas o Downs —rada en la costa inglesa de Kent, al norte de Dover, frente a Deal—, ya que confiaba en la seguridad del asilo en puerto neutral.

En la costa se encontraba la escuadra inglesa de Pennington, encargado de velar por la neutralidad de su jurisdicción. Oquendo, tras laboriosas gestiones, obtuvo por parte inglesa una pequeña cantidad de pólvora y balas y, burlando la vigilancia enemiga, logró hacer llegar a Flandes, en barcas pesqueras de Dunkerke, los hombres y caudales que llevaba. El 21 de octubre, al verse bloqueado por una imponente escuadra enemiga de 105 naves, decidió salir a alta mar. Ya sea por la niebla o por la impericia, muchas naves vararon en la costa o en los bancos.

Los holandeses, con la neutralidad amistosa de los ingleses —que abrieron fuego sobre ambas escuadras—, —aunque las balas cayeran en su mayoría en buques españoles—, hundieron el Santa Teresa, de don Lope de Hoces. La Real de Oquendo —con 1.700 balazos en el casco— y ocho naves más consiguieron refugiarse en el puerto de Mardique. Ya no me falta más que morir —dijo Oquendo—, pues he traído a puerto con reputación la nave y el estandarte. España perdió 43 navíos y seis mil hombres, por diez naves y mil hombres los holandeses. Este desastre era consecuencia del evidente declinar del poderío naval español.

BALDUQUE, Luis Miguel, Enciclopedia de Historia de España, dirigida por Miguel Artola, Ed. Alianza Editorial, 1991, tomo V Diccionario temático, págs. 430-431.

Batalla de Rocroi

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La Batalla 1643

La Batalla

Decidido a explotar el éxito de la batalla de Honnecourt y la desorientación en el campo francés por la desaparición de Luis XIII y de Richelieu, el gobernador de los Países Bajos, Francisco de Melo, envió sus tropas a ocupar Rocroi, plaza fuerte que cubre la ruta del Oise hacia Paris, en la frontera norte de Francia. Pese al asedio español, el duque de Enghien (futuro príncipe de Condé), que contaba por entonces con veintidós años, conseguía introducir refuerzos en la ciudad y situar su ejército (veintitrés mil hombres, de los que seis mil eran de caballería) frente al español (veintisiete mil hombres de los que ocho mil eran de caballería, con una fuerte artillería para cubrir el sitio y que esperaba, además, la llegada de un refuerzo de seis mil soldados.

Al alba, Enghien decide atacar por las alas y entablar solo escaramuzas por el centro, defendido por los veteranos del conde de Fontaines (conocido, pese a su condición de flamenco, por conde de Fuentes). Por la izquierda el ataque se torna incierto, pero por la derecha Enghien hace huir a los españoles para, después, rodear con la caballería el centro del enemigo y replegarse sobre la retaguardia del ala derecha española, que se bate en retirada.

A continuación concentra todas sus tropas, salvo aquellas que estaban destinadas a retardar la llegada de refuerzos enemigos, contra el centro del ejército español. Después de tres encarnizados asaltos, y tras la muerte del viejo conde de Fuentes —que dirigía el combate desde una silla de mano—, los españoles se rinden. Los franceses perdieron cuatro mil hombres y los españoles siete mil, más seis mil prisioneros. En Rocroi triunfa la maniobra de envolvimiento, unido al espíritu de decisión y ofensiva.

Rocroi, éxito indiscutible de las armas francesas sobre las españolas, ha adquirido fama legendaria como la mayor derrota jamás sufrida por la hasta entonces imbatible infantería española, y a menudo se considera que señala el final del poder militar español en Europa. No fue, sin embargo, la batalla decisiva que suelen ponderar las historias. No supuso pérdidas territoriales de importancia y las humanas fueron repuestas, aunque por tropas de inferior calidad.

BALDUQUE, Luis Miguel, Enciclopedia de Historia de España, dirigida por Miguel Artola, Ed. Alianza Editorial, 1991, tomo V Diccionario temático, pág. 1065.

Batallas de Menorca

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La Batalla 1706-1798

La Batalla

Durante la guerra de Sucesión los menorquines se alzaron a favor del pretendiente austracista el 19-X-1706, al mando del caballero don Juan Miguel Saura. Pero las guarniciones del castillo de San Felipe y Fornells, que permanecieron fieles al pretendiente borbónico, Felipe V, aplastaron la revuelta, tras lo que se desató una dura represión de los partidarios austracistas, ejecutados por el gobernador, Leonardo Dávila.

Así estaban las cosas cuando el 19-IX-1708 llegaba al puerto de Mahón una flota angloholandesa al mando de Stanhope, que ocupa la isla en nombre del pretendiente archiduque Carlos, pero que en realidad suponía conquistar la isla para Gran Bretaña; conquista ratificada en el tratado de Utrecht (1713). Comenzaba la primera dominación británica (1708-1756), en la que destaca la figura del primer gobernador, sir Richard Kane, constructor de la Mane´s Road, carretera que unía la isla de un extremo a otro; también ordenó la traída de nuevas especies vegetales y animales, y la unificación de pesos y medidas.

Enfrentadas Francia e Inglaterra con motivo de la guerra de los Siete Años, el 18-IV-1756 llegaban a Ciudadela 12.000 soldados franceses traídos desde Tolón por una potente flota a cardo del almirante La Galissonnière y mandados por el cardenal duque de Richelieu. Ocupada la ciudad sin resistencia, se puso sitio al castillo de San Felipe el 19-IV, donde resistía el gobernador Blakeney al frente de tres mil quinientos soldados, cuya única esperanza era la flota del almirante Byng, que se enfrentó a la de La Galissonnière en combate confuso y disputado, para finalmente retirarse.

Esto supuso el golpe de gracia para los sitiados, que mostraron bandera blanca el 28-VI. El desgraciado Byng fue condenado a muerte en consejo de guerra y comenzó la ocupación francesa (1756-1763), que fue breve en el tiempo, ya que por el tratado de París (1763) los franceses devolvieron Menorca a su majestad británica.

Esto dio lugar a una segunda dominación británica (1763-1782), ocupando de nuevo los casacas rojas la isla. Aprovechando la insurrección de las colonias norteamericanas contra al Metrópoli, Francia y España se unen contra Inglaterra, fijándose Floridablanca dos objetivos factibles: Gibraltar —a la que se pone sitio— y Menorca, donde se envía el 21-VII-1781 al francés duque de Crillon, desde Cádiz, con una fuerza de siete mil quinientos soldados en un convoy de 73 buques.

El desembarco tuvo lugar el 19-VIII en la cala Mezquida, y, a continuación, se puso sitio al castillo de San Felipe, que albergaba la exigua guarnición inglesa de mil setecientos infantes y seiscientos marineros mandados por el general Murray. No obstante, no se rindieron hasta el 4-II-1782, concediéndoseles honores militares. De esta forma comenzó el breve periodo español (1792-1798). Apenas posesionados los españoles de San Felipe, se ordenó demoler la fortaleza.

Esta orden, absolutamente desconcertante, dejaba a la isla totalmente indefensa ante cualquier ataque hostil. Al firmar España las paces con la Francia republicana, en 1795 (Paz de Basilea), se enemistó de nuevo con Inglaterra, que por tercera vez tomaba la isla el 7-IX-1798. Esto dio lugar a la tercera dominación británica (1798-1802), que concluyó con los tratados de Amiens de 1802, por el que Menorca quedó definitivamente española.

BALDUQUE, Luis Miguel, Enciclopedia de Historia de España, dirigida por Miguel Artola, Ed. Alianza Editorial, 1991, tomo V Diccionario temático, págs. 799-800.

Motín de Aranjuez

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La Batalla 1808

La Batalla

Insurrección que se produjo en la noche del 17 al 18-III-1808, y que motivó el encarcelamiento de Godoy y la abdicación de Carlos IV en favor de su primogénito, Fernando. Godoy comenzó a desconfiar de las intenciones de las tropas francesas que habían penetrado en España, y convenció a los reyes de que debían retirarse a Andalucía, para, en caso necesario, pasar a las Baleares o a la América española. Pero el partido del príncipe de Asturias hizo correr la noticia de que Godoy pretendía secuestrar y destronar a Carlos IV y que temía a las tropas de Napoleón, porque estas entraban como aliadas de Fernando. El conde de Montijo, disfrazado de campesino manchego y ocultando su personalidad bajo el nombre de el tío Pedro recorrió los alrededores de Aranjuez para reclutar unos cuantos paisanos.

A la una de la madrugada se oyó un disparo de pistola en el palacio real y el príncipe salió de sus habitaciones con un grupo de guardias. Se organizó un tumulto que permitió dominar a los guardias fieles a Godoy; pero este no fue hallado hasta el día 19 por la mañana, oculto en un desván de su palacio. A las siete de la tarde de aquel mismo día, Carlos IV convocó a sus ministros para abdicar en favor de su hijo Fernando. Godoy parece tener razón al decir que el motín de Aranjuez fue organizado por unos cuantos nobles, valiéndose de las jaurías de lacayos, de cocheros, galopines y chusma advenediza que tenían asaliarada; pero lo cierto es que los sucesos del real sitio hallaron en Madrid un auténtico eco popular.

VARIOS AUTORES, Enciclopedia Larousse, Ed. Planeta, 1993, tomo 2 pág. 728.

Batalla de Wad-Ras

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La Batalla 1860

La Batalla

Esta acción, reñida el 23-III-1860, se distinguió por la dureza de sus episodios y el valor de los combatientes, que se empeñaron a fondo y en gran número cerca de 50.000 los marroquíes; por la amplitud de la maniobra española y el objetivo de nuestras tropas —forzar el difícil paso del Fondak y allanar el camino a Tanger—, y por las grandes bajas que costó a ambos bandos —las propias, inferiores en mucho a las del adversario, se elevaron a 137 muertos y 1.124 heridos.—

Pero su mayor importancia consistió en que señaló el final de la Guerra de África, pues, vencidos rotundamente los moros, su caudillo, el príncipe Muley al Abbas, solicitó al día siguiente la paz, firmando con O´Donnell las bases preliminares para concretarla y el armisticio con que cesaron las hostilidades. Salvo la división Gasset, el primer cuerpo, que guardaba el campo de Ceuta y cubría su línea de fortificaciones, y las fuerzas precisas para guarnecer Tetuán y sus campamentos y el río Martín y sus fuertes, en la mañana del día dicho el ejército expedicionario emprendió la marcha en dirección al puente Busceja.

El primer cuerpo (Echagüe), aumentado con una brigada provisional, que marchaba en vanguardia, comenzó la acción ocupando posiciones al frente y destacando fuerzas a la izquierda para oponerse a un intento de envolvimiento. Luego, el segundo cuerpo (Prim) reforzó con unas unidades la línea constituida por el anterior, mientras su general con otras pasaba el puente, empujaba al adversario hacia los montes Amsal y Beni Ider y, aprovechando que parte del terreno reforzaba y daba solidez a los elementos avanzados, progresó para posesionarse de las primeras alturas citadas, que, a poco, fueron perdidas, recuperadas prontamente, vueltas a perder a continuación, y, al fin, definitivamente reconquistadas.

Sin embargo, la situación de los batallones que personalmente mandaba el conde de Reus, muy avanzados y ante un enemigo que no se limitaba a defenderse, sino que atacaba con fiera saña, era muy comprometida, por lo que el general Ros de Olano, que ya tenía una división de su cuerpo, el tercero, embebida en la lucha, cañoneó al adversario y lanzó en auxilio de aquellos a la brigada de Cervino, que, con su heroísmo, evitó fuesen envueltos por la derecha, siendo tal la violencia del combate, que en uno de sus batallones, Ciudad Rodrigo, fueron bajas su jefe, 17 oficiales de los 25 que formaban su plantilla, y más de la mitad de la tropa.

En el comienzo, una división del cuerpo de Reserva (De los Ríos) y la de los Tercios Vascongados a él afecta, ocuparon Samsa y Sadina, y en el curso de la batalla guardaron el ala derecha; la otra división, en la retaguardia, tuvo que contribuir a la defensa de la impedimenta, escoltada por los escuadrones de la caballería (Alcalá Galiano), que el valiente enemigo llegó a atacar. Hasta entonces, aunque apoyándose en momentos arriesgados, la actuación de las fuerzas no estuvo ligada y la acción principal pasó sucesivamente, como se ha expuesto, de uno a otro de los cuerpos.

Después, los esfuerzos se coordinaron y unificaron al disponer el general en jefe (O´Donnell) un ataque simultáneo y articulado de todas sus tropas, ante el cual el adversario temeroso de ser envuelto, abandonó el campo en rápida retirada. El ejército español quedó vivaqueando ante la entrada del Fondak, en tierras de la cabila de Uadrás o Wad-Ras, de la que tomó nombre la batalla, para regresar al día siguiente, una vez firmado el armisticio a sus campamentos de las inmediaciones de Tetuán.

RAMOS CHARCO-VILLASEÑOR, Aniceto, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo N-Z, pág. 1037.

Batalla de Irún

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La Batalla 1874

La Batalla

Tuvo lugar esta batalla el 10 de noviembre. En la madrugada de este día se hallaban las tropas de la derecha liberal concentradas en Rentería. A las ocho se inició el ataque contra las posiciones de San Marcos. Loma se trasladó de Rentería a Pasajes con seis batallones para embestir la parte de Oyarzun, Portilla por la izquierda y La Serna y Blanco por la derecha. pero los carlistas no habían fortificado debidamente la altura de Jaizquibel y este solo punto sirvió para decidir la batalla. Portilla vio con sorpresa que solo dos compañías carlistas defendían esta posición; la tomó sin encontrar gran resistencia y, descendiendo por la vertiente opuesta, hizo retroceder a sus enemigos, que, para no caer prisioneros, abandonaban las posiciones, huyendo hacia Arichulegui. Entre tanto, Loma se apoderaba de Oyarzun, y Blanco, simulando un ataque hacia el collado de Gainchurizqueta, permitió a Portilla un amplio movimiento envolvente, obligando de nuevo a retroceder a los carlistas. Solo estaba defendido el alto de San Marcial, y poco después era tomado por La Serna.

El triunfo dice Pirala, Historia Contemporánea. Anales, 1879, tomo V, pág. 80 fue completo para los liberales, y no a mucha costa, y si no fue grande tampoco la pérdida material de los carlistas, padeció mucho su fuerza moral ante los franceses, que presenciaron la embestida a Irún y la retirada. El comandante general carlista, Cevallos, que protegió hábilmente la retirada, fue procesado poco después y, aunque absuelto (Estella, 29-IV-1875), fue sustituido en la comandancia general de Guipúzcoa por don Domingo Egaña.

PUENTE O´CONNOR, Alberto de la, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo F-M, pág. 492.

Batalla de Cavite

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La Batalla 1898

La Batalla

En el Pacífico, el almirante Montojo salió el 26-IV-1898 en busca del enemigo, cuya escuadra al mando de Jorge Dewey hacía tiempo que estaba preparada en Hong Kong. Fue primero Montojo a la bahía de Subic, en la Costa Oeste de Luzón y bajó luego a Cavite, colocando su escuadra, compuesta por los cruceros protegidos Isla de Luzón e Isla de Cuba, los cruceros sin protección Reina Cristina, Antonio Ulloa, Juan de Austria y Marqués del Duero y el de madera Castilla en las ensenadas de Bacor y Cañacao.

A todo esto, Dewey, que se había puesto de acuerdo con Aguinaldo, jefe de los insurrectos filipinos (levantados desde 1896, sometidos luego y acogidos al pacto de Biacnabató, de diciembre de 1897, por el que se reformaba también la administración de Filipinas de acuerdo con las aspiraciones de los insulares), prometiéndoles la independencia bajo la protección americana, cruzó el Mar de la China, llegando a Bolinao el 30-IV-1898, y bajó después hasta la Bahía de Manila.

El 1 de mayo, a las 5,15 de la madrugada, comenzó el encuentro de las dos escuadras. Las piezas de nuestros cruceros quedaban cortas de alcance y los navíos yanquis, a salvo de sus disparos, hacían en cambio, buena carne en nuestra desdichada escuadra, que inútilmente intentaba abordar a la contraria. A las dos horas y veinte minutos cesó el fuego mortífero de la escuadra yanqui. Ya no era preciso: toda nuestra escuadra ardía o se iba hundiendo poco a poco. El balance de bajas dio, del lado de España, 150 muertos y 90 heridos, y del americano tan solo nueve heridos.
Al día siguiente, el 2 de mayo, se rendía el arsenal de Cavite, y el día 3, la plaza. En el resto de las islas, el general Agustín intentó resistir, pero los norteamericanos, desembarcados en contingentes muy considerables al mando de los generales Anderson, Mac-Arthur, Greene y Merry y ayudados por los insurrectos, tomaban la isla de Luzón apresando más de tres mil españoles y, amenazando Manila, la intimaron a la rendición.

Al fin, el 12 de agosto, la capital bombardeada por la escuadra yanqui, capituló también, firmando la rendición el general Jaúdenes; con lo que concluía la rápida conquista. No obstante, aún continuó un año más en Luzón la heroica y obstinada resistencia, conservando Baler para España hasta el 2 de julio del 99, un puñado de españoles comandados por Enrique de la Morenas y, muerto este, por Saturnino Cerezo.

GÓMEZ DE LA SERNA, Gaspar de la, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo A-E, págs. 1135-1136.