Isabel I de Castilla

Datos biográficos

Reina de Castilla: 1474-1504
Sobrenombre: La Católica
Nacimiento: 22-IV-1451
Fallecimiento: 26-XI-1504
Predecesor: Enrique IV
Sucesor: Juana I de Castilla

Índice

Introducción
Guerras en Castilla y en Granada
Programa de reformas

Introducción

[Madrigal de las Altas Torres-Medina del Campo]. Primera reina de Castilla y Aragón, que, junto con su marido Fernando V, realizó la unidad de España. Hija de Juan II de Castilla y de Isabel de Portugal, sus derechos al trono eran hipotéticos. Un conjunto de circunstancias le dieron la corona. Físicamente la reina era alta, rubia, un tanto gruesa, como una campesina, y de piel blanca lechosa como todos los Trastámara. En lo moral tenía un concepto de la virtud un poco rígido, sentía la corona como el peso de un deber y daba muestras de más tenacidad que inteligencia, con ser esta mucha. Su cualidad más saliente era una «inagotable energía espiritual» Félix de Llanos Torriglia, La reina Isabel fundidora de España, Madrid, 1941, página 187.

Retrato de la reina Isabel I.Retrato de la reina Isabel I

Encontró una Castilla revuelta con guerras civiles, pero en la que precisamente por esa razón muchas de las fuerzas que hubieran podido oponerse a una construcción estaban ya rotas. Isabel fue siempre conservadora. Más que crear, procuró dar desarrollo a instituciones incipientes o apagadas. De esta forma realizó una obra tremendamente sólida. Su matrimonio, en el que, pese a quanto se ha querido poetizar, no hubo amor, sino cálculo político y conciencia del deber, le proporcionó la colaboración de uno de los políticos más sagaces del siglo XV y, además, los recursos económicos de la próspera monarquía aragonesa.

Primeros años y boda

Sus primeros años transcurrieron tristes en Arévalo, al lado de su madre, que comenzaba a presentar los primeros síntomas de locura. Muy pronto Enrique IV la llevó, junto con su hermano Alfonso, a la corte, en Segovia. Podía ser una pieza importante en el juego de la política. Primero se pensó en casarla con Alfonso V de Portugal. Más tarde, el juego de las banderías exigió que su mano se diese a don Pedro Girón, maestre de Calatrava. Era don Pedro un hombre vicioso y brutal. Por fortuna para la futura reina, murió cuando marchaba a Segovia. La corte de Enrique IV no era, por otra parte, un lugar agradable. Por eso para Isabel, la entrada de su hermano Alfonso, pretendiente a la corona, en Segovia, el año 1467, fue casi una liberación. Desde esta fecha acompaña a su hermano. Pero la alegría duró poco tiempo. Al año siguiente (1468) murió este.

Todo el partido enemigo de doña Juana la Beltraneja aclamó a Isabel como reina. Esta mostró por primera vez su rectitud y su prudencia. Refugiada en el convento Santa Ana, de Ávila, se negó a titularse com tal, pero invocó la herencia de Castilla, conceptuando a doña Juana como bastarda. Enrique IV se inclinó ante los hechos consumados y concertó el pacto de Toros de Guisando (18 septiembre 1468).

Inmediatamente surgió un problema. Los adictos a Isabel trabajaban para concertar la boda de esta con el príncipe heredero de Aragón, Fernando, Enrique IV, en tanto, negociaba una doble boda, la de Alfonso V de Portugal con Isabel y la de Juan, hijo del primero, con la Beltraneja. Isabel dudaba entre la fidelidad debida a su hermano y los intereses de su partido, cuando tuvo noticia de que Luis XI enviaba una embajada con la propuesta de casarla con el duque de Guyena. Entonces se decidió por el aragonés.

El arzobispo Carrillo y el almirante don Fadrique Enríquez arreglaron los detalles. Fernando viajó hacia Castilla disfrazado de mozo de mulas, mientras Isabel buscaba refugio en Valladolid. Las tropas del rey no pudieron impedir que los dos príncipes se vieran en el palacio de los Vivero y contrajeran matrimonio el 19 de octubre de 1469, después que Carrillo hubo leído una bula falsa, disolviendo el impedimento de parentesco. La cólera de Enrique IV fue ineficaz. Aun cuando volvió a reconocer a Juana la Beltraneja como heredera legítima, solo pudo dejarle muy pocos partidarios.

A estos (Villena, Arévalo, etc.) y al arzobispo Carrillo, que había cambiado de bando, se unió muy pronto el rey Alfonso V de Portugal. Mientras tanto, Isabel era proclamada en Segovia (12 diciembre 1474). Surgió entonces una enojosa cuestión. Fernando pretendió que él era el heredero legítimo, por ser el varón más cercano al trono de la dinastía, y la reina, solo consorte. Hubo negociaciones. Finalmente se firmó la Concordia de Segovia, por la que se igualaban los derechos de ambos y se acordaba la redacción de los documentos en común.

Guerras en Castilla y en Granada

La guerra fue, pues, comenzada cuando Fernando e Isabel estaban unidos. Alfonso V celebró en Plasencia sus esponsales con Juana la Beltraneja y después penetró en Castilla por Zamora y Toro. Los reyes celebraron Cortes en Medina del Campo (1474), en donde allegaron recursos para la lucha. Isabel se instaló en Tordesillas, para atender al aprovisionamiento del ejército, mientras su esposo, dirigiendo personalmente las operaciones militares, obtenía un gran triunfo en Toro (1 marzo 1476), triunfo que el vencedor definió con estas palabras: «Si no hubiese sido por el pollo, hubiese hecho prisionero al gallo» W. Thomas Walsh, Isabel de España, Madrid, 1943, página 167.

Batalla de Toro.Batalla de Toro

Vencidos prácticamente los rebeldes, Isabel dio un impulso decisivo al reino. Las Cortes de Madrigal (1476) reconocieron como legítima heredera a la princesa Isabel, primogénita del matrimonio. Después, la reina hizo un viaje por Extremadura, para acabar con los focos de rebeldía, en especial para apoderarse de Trujillo, señorío del marqués de Villena, y pasó a Sevilla. Allí líquido las discordias entre el marqués de Cádiz y el duque de Medinasidonia, y acabó con el dominio de este último sobre la ciudad. Nació entonces Juan, el príncipe heredero.

Los años siguientes son los años grandes, en que se hace España. La guerra contra Portugal, que aún se mantenía en puntos aislados, concluye después que Alfonso V es derrotado en Albuera (1479). Puso fin a ella el tratado de Alcoçovas (Alcántara, Vistas de), por el que, tanto Alfonso como Juana la Beltraneja, renunciaron a sus derechos. En 1479 murió también Juan II de Aragón, y se reunieron entonces las dos coronas. Por último, se desarrolla una cruda lucha contra la nobleza, en la que los monarcas utilizan profusamente la Santa Hermandad.

Así, en 1482, cuando comienza la guerra de Granada, Castilla constituye un todo homogéneo. La guerra de Granada es el gran objetivo que los reyes proponen a esta Castilla unida que han creado. Comenzada por una sorpresa mora contra Zahara (1481), a la que replicaron muy pronto los cristianos conquistando Alhama, se generalizó en seguida. Fernando acudió al frente de lucha, mientras Isabel cuidaba de reunir dinero y tropas. Cuando los ánimos decaían, como en Moclín (1486), acudía la reina para animar a los combatientes.

Desde esta fecha participa Isabel con mayor intensidad en los combates, Así estuvo en el cerco de Málaga (1487), en las operaciones que condujeron a la rendición del Zagal y, sobre todo, en el cerco de Granada (1491). Durante este, una imprudencia de la soberana, que se aproximó con exceso a la ciudad, provocó una batalla, la de Zubia, que pudo haber costado cara. Otro día se incendió su tienda, y, en lugar de un campamento, edificó una ciudad. Granada probó su temple. La conquista de la ciudad fue siempre considerada por ella como la culminación de sus empresas guerreras.

Programa de reformas

Al mismo tiempo se procede a una serie de obras nuevas. Aquí se impuso, con sus virtudes y sus defectos, el pensamiento de Isabel sobre el de Fernando: se incorporaron a la corona las Órdenes militares, se cercenaron mercedes, se creó un ejército permanente, se estabilizó el Consejo de Castilla y, en suma, se impuso un régimen absoluto enteramente personal.

Pero las reformas alcanzaron principalmente a la Iglesia, Isabel esperaba encontrar en ella un instrumento de mando, pero quería tenerla en sus manos. Para ello solicitó y obtuvo del Papa el derecho de «suplicación», mediante el cual podían los reyes presentar candidatos para que el Pontífice eligiera. Aún más. En 1478, Sixto IV autorizó el restablecimiento de la Inquisición, y este organismo alcanzó una fuerza extraordinaria cuando, en 1483, fue designado inquisidor general fray Tomás de Torquemada.

Este desarrolló una violenta campaña contra los judíos. Realmente, estos, muy impopulares y nada susceptibles de fundirse con la población española, constituían un problema grave que se arrastraba desde mucho tiempo atrás. La persecución culminó cuando, en 1492, a pesar de haberse garantizado su libertad en la rendición de Granada, se dictó una orden de expulsión contra los hebreos. La expulsión, injustificada, no fue realmente un grave perjuicio. Para hacerla popular se utilizaron toda clase de motivos, en especial el caso del Santo Niño de la Guardia, de quien se dijo había sido asesinado en una parodia de la Crucifixión.

En 1492 se cumple la gran intuición de Isabel. Ella y fray Juan Pérez fueron quienes alentaron a Cristóbal Colón. Aun cuando sea preciso rechazar la leyenda de que la reina hubiese empeñado sus joyas para auxiliar económicamente la empresa, no hay duda de que ella consiguió que se realizase, pues Fernando se mostraba reacio a las aventuras. El 12 de octubre de 1492 Colón descubrió América. Con ello, apenas terminada la guerra de Granada, comenzaba una nueva empresa.

Los años siguientes Fernando dedica su atención a una política internacional de altos vuelos, mientras que Isabel trabajaba en la conversión al catolicismo de todos los musulmanes que aún residían en la Península. Encontró pronto un colaborador eficaz: el año 1494 le fue presentado por el cardenal Mendoza, un fraile franciscano, Francisco Jiménez de Cisneros. Al año siguiente fue nombrado arzobispo de Toledo como sucesor del mismo cardenal Mendoza.

La obra de evangelización en Granada había sido iniciada ya por su primer arzobispo, fray Hernando de Talavera; usaba la persuasión y conseguía algunos buenos frutos. En 1499. Cisneros entendiendo que la conversión caminaba despacio, decidió encargarse personalmente de ella. Su celo era excesivo y estalló el descontento. A punto estuvo de que los moros le asesinasen en un motín. Los reyes ordenaron abrir una información y aplicar severos castigos.

El resultado fue una tremenda insurrección de musulmanes, que sacudió todas las Alpujarras. La guerra duró un año y fue verdaderamente atroz, pues los insurrectos se defendieron hasta la muerte. La capitulación que se les otorgó (mayo de 1501) les colocaba ante la disyuntiva de convertirse o abandonar Castilla. Esta dura medida se extendió un año más tarde a todos los mudéjares que vivían en el reino.

Los últimos años de Isabel fueron amargos. Su hija primogénita, Isabel, viuda del príncipe Alfonso de Portugal, hacía casi vida de monja cuando fue solicitada por el rey Manuel el Afortunado, su cuñado. Casó con él en 1497. Al año siguiente murió al dar a luz un hijo, Miguel. En 1496 se había celebrado una doble boda: la del príncipe don Juan con Margarita de Austria, y la de doña Juana con Felipe el Hermoso. Fernando el Católico veía en ella una combinación política; Isabel, la promesa de una sucesión asegurada. Pero las desgracias vinieron seguidas.

El 4 de octubre de 1497 el príncipe don Juan murió en Burgos. Solo quedaba un vástago varón de su sangre: Miguel. En él había puesto su esperanza. Cuando el niño murió en 1500, la reina recibió un golpe muy duro. Para heredar la corona quedaban doña Juana y don Felipe el Hermoso. Pero este mostraba un desvío hacia su esposa y una liviandad reprobables, y doña Juana comenzaba a padecer ataques de locura.

Estos sucesos contribuyeron a destruir su salud, muy minada por los continuos trabajos. Murió el 26 de noviembre de 1504, a los cincuenta y tres años de edad. Su Testamento, verdadero modelo de humanidad, en cuyo codicilio hay un párrafo dedicado a los indios americanos, señalaba que, en caso de mostrarse en doña Juana incapacidad para reinar, actuaría de regente el rey don Fernando.

SUÁREZ FERNÁNDEZ, Luis, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo F-M, págs. 492-494.