Isabel I la Católica

ISABEL I DE CASTILLA, (1474-1504; 1451-1504) la Católica. Las figuras centrales de la historia de España son los Reyes Católicos: doña Isabel de Castilla y don Fernando de Aragón. Basta este dictado, reconocido por todos los críticos y aureolado por una tradición multisecular, para poner de relieve el destacadisimo valor de sus personas y de sus obras. En las empresas de este glorioso reinar mancomunado —el fin de la Cruzada contra el Islam, la unificación política peninsular, el descubrimiento de América, la afirmación de la potencialidad de España en Europa, el restablecimiento del orden interno, la consolidación de la autoridad monárquica, la defensa de la unidad de credo, el fomento de la economía pública y privada—, es difícil distinguir, a veces, la parte que corresponde a los dos soberanos.

Sin entrar en discusiones prolijas, puede afirmarse que en los asuntos concernientes a Castilla el papel de Isabel la Católica fue en todo punto relevante, demostrando en el gobierno del Estado una entereza sin igual, una energía firme y austera, una largueza de miras y una envergadura de horizontes, que aún puso más de relieve el contraste con la anarquía del periodo enriqueño que venía a cancelar. Animada por una fe inquebrantable en el porvenir de Castilla, espoleada por el ardor de su sentimiento religioso, doña Isabel, culta, afalble, majestuosa y noble, señaló para siempre a las generaciones posteriores el Norte de los destinos de la patria.

Las altas dotes políticas y morales de que estaba revestida, las puso de relieve desde su juventud, que transcurrió en mefítico ambiente político y en la decadencia espiritual de la corte de su hermanastro Enrique IV. Hija del segundo matrimonio de Juan II con Isabel de Portugal, la infanta nació en Madrigal de las Altas Torres el 22 de abril de 1451. A los tres años de edad perdió a su padre, y entonces, al advenir el reinado de Enrique IV, su hermanastro, su madre se retiró al castillo de Arévalo. Aquí se educó Isabel, no en el latín, pero sí en las principales disciplinas de los estudios de la época, y, además, en el bordado, la pintura y las letras, que amó como su padre. A los once años de edad, la princesita se trasladó a Madrid para ser madrina de la hija de Enrique IV y Juana de Portugal, recién nacida (marzo de 1462). Esta ceremonia interrumpió su retiro, pero no eventualmente, ya que al cabo de poco el rey reclamaba a su lado a Isabel y a su hermano Alfonso. Así terminó la estancia en Arévalo, que le imprimió las líneas anchas y melancólicas del paisaje castellano.

Dios preservó a la infanta de la corrupción de la vida del alcázar enriqueño en Madrid. Durante seis años convivió con su hermanastro, completando su educación intelectual y dibujándose sus cualidades morales con rápida precocidad. En mayo de 1463 asistió a las entrevistas que celebraron en el Bidasoa Enrique IV y Luis XI de Francia. Poco después Alfonso V de Portugal, a consecuencia de unas negociaciones entabladas con la corte castellana en Gibraltar, solicitaba su mano. Pero no era este el destino de la infanta de Castilla, y a pesar de las presiones de la reina y de Beltrán de la Cueva no se concertó el matrimonio. Luego, sobrevino el alzamiento de la nobleza (1464) y la proclamación de su hermano como rey en Valladolid y Ávila (1463).

Durante la lucha, Isabel mantuvo una posición neutral entre sus dos hermanos, siempre que no le obligara a otra cosa la bajeza del monarca, como cuando en la primavera de 1466, Enrique IV, para atraerse a su bando al marqués de Villena, la prometió en matrimonio al hermano de este, don Pedro Girón, maestre de Calatrava. Hasta entonces se habían disputado su mano personas de estirpe real: Alfonso V el Africano, el infortunado Carlos de Viana, don Fernando de Aragón, un príncipe inglés... Afortunadamente, la muerte quitó de la escena a don Pedro (mayo de 1466) antes de que pudiera celebrarse la infausta y repugnante boda.

La muerte del príncipe Alfonso, el 5 de julio de 1468, planteó a la princesa un grave problema que resolvió con tacto soberano, precursor de sus más puros aciertos en el gobierno de sus reinos. Los nobles rebeldes, presididos por el arzobispo de Toledo, le ofrecieron la corona en el convento de Santa Ana de Avila. Isabel se negó a aceptar la dignidad real de aquellas manos, y prefirió acatar la voluntad de su hermanastro. Esta decisión tan certera le favoreció en grado sumo, tanto en el porvenir como en los sucesos inmediatos, pues Enrique IV, en una nueva claudicación, la reconocía como heredera de su trono en las estipulaciones de los Toros de Guisando (19 de septiembre de 1468).

Cláusula importante en este acuerdo era que ni Enrique IV podía forzar la voluntad de Isabel para contraer matrimonio, ni esta prescindir cen tan delicada cuestión de la voluntad de rey. Sobre este punto surgieron graves discrepancias. De los tres pretendientes de la infanta, Alfonso de Portugal, Fernando de Aragón y el duque de Guyena, Enrique IV se inclinada por el primero e Isabel por el segundo. El monarca quiso obligarla a aceptar su favorito; por lo que la princesa, juzgándose libre de lo tratado en Toros de Guisando, se decidió por el heredero de Aragón. Después de peripecias novelescas, la boda se efectuó en Valladolid, el 19 de octubre de 1469, a espaldas de Enrique IV.

Este acto, de una trascendencia enorme, implicaba la guerra civil para un futuro no lejano. Enrique IV, considerando violada la palabra empeñada por Isabel, entró en negociaciones con la corte francesa para dar la mano de Juana la Beltraneja al duque de Guyena. Concluidos favorablemente estos tratos Juana fue reconocida heredera y legitimada por su padre. Pero las bodas no se celebraron a causa de la muerte del duque —en lo que se veía que la muerte era una fiel aliada de la rubia princesa de Castilla—. A fines de 1473 se entrevistaron en Segovia Enrique IV y los dos consortes, Fernando e Isabel, al objeto de hacer patente su reconciliación. Pero no hubo acuerdo en firme. Siniestro presagio para cuando ocurriera la muerte de Enrique IV. Esta se produjo el 11 de diciembre de 1474. Al día siguiente Isabel era proclamada reina de Castilla en Segovia.

Al cabo de poco tiempo se le unió su esposo. Don Fernando pretendía ejercer solo el gobierno de Castilla, basándose en su parentesco con Enrique IV. La situación se puso tirante entre los dos consortes, e incluso llegó un momento en que el príncipe aragonés amenazó con regresar a sus estados. Felizmente, se llegó a un acuerdo entre ambos para resolver uno de los pocos asuntos en que discreparon. La concordia de Segovia (15 de enero de 1475) reconocía a Isabel como legítima propietaria de Castilla, pero otorgaba a don Fernando ventajas sustanciales, tales como la mutua ostentación de los títulos y su intervención en los asuntos de la cancillería y en la administración de justicia. Tres meses más tarde, Isabel concedía a su esposo amplísimos poderes para ejercer funciones de gobierno en Castilla. Desde este momento la equivalencia entre los dos soberanos era absoluta.

El acuerdo entre Isabel y su esposo era tanto más urgente, cuanto la nobleza, en busca de una nueva hostilización al trono, apoyaba ahora la causa de la Beltraneja. Con el auxilio de Alfonso V de Portugal doña Juana fue proclamada reina de Castilla el 12 de mayo de 1475. Se inició con este motivo una larga guerra civil, que debía durar unos cuatro años. Los portugueses y los rebeldes desencadenaron una ofensiva que les dio Toro y Zamora. Este éxito alentó el movimiento de rebeldía, que se difundió por Galicia. Sin recursos ni alianzas internacionales más que las de Aragón, pues incluso Luis XI se habla aliado al rey de Portugal, Isabel creó de la nada una administración, una economía y un ejército que puso al servicio de su esposo.

Ella misma dio ejemplo y valor a sus partidarios, dirigiendo la contienda desde Tordesillas, centro de su trepidante actuación en aquella memorable época. En gran parte se le deben los éxitos de la reconquista de Zamora y de la victoria de Toro (1º de marzo de 1476), que realmente decidió la contienda. A partir de mediados de este año los más conspicuos partidarios de la Beltraneja fueron reconociendo a doña Isabel. Por su parte, esta dirigió personalmente la pacificación de Extremadura y Andalucía (1477-1478). La paz con Portugal se firmó en 1479, después de unas negociaciones iniciadas por Isabel con su tía doña Beatriz, duquesa de Viseo, en el castillo de Tercerías de Moura.

Asegurada la estabilidad de la corona en sus sienes, era preciso afirmar la autoridad de la monarquía sobre la nobleza, cuyas ambiciones habían causado el profundo declive político de la época de Enrique IV. Desde 1477 Isabel no perdió ocasión de poner de relieve que ella era la soberana y que su voluntad justa y ecuánime tenía que ser obedecida a rajatabla. En 1477 se impuso valerosamente a la sublevación de Alonso Maldonado en Segovia. Aquel mismo año metió en cintura a los grandes nobles de Andalucía, el duque de Medina Sidonia y el marqués de Cádiz, jefes de poderosas bandosidades. Entre 1480 y 1483 la reina patrocinó la pacificación de Galicia, que se llevó a cabo de modo tan enérgico que puso fin para siempre a las turbulencias de los nobles de aquella región. Por otra parte, en 1481 contribuyó al apaciguamiento de los problemas de Cataluña, mediante un fallo arbitral en las reclamaciones presentadas por las Cortes del Principado a su esposo.

Era ya hora de pasar a la realización de las grandes empresas. Bajo la dirección unitaria de la reina, era imposible que Granada resistiera al choque de las fuerzas castellanas, al servicio ahora de una causa nacional. Iniciada la contienda en 1481, se demostró muy pronto sumamente ardua y costosa. Mientras Fernando dirigía en persona las huestes castellanas, doña Isabel, espíritu de la empresa, allegaba recursos, fortalecía voluntades y alentaba los ánimos en los momentos de aguda crisis, como después del descalabro de Loja (1482) y de la derrota de la Ajarquía (1483). Su presencia espoleó el ardor de los guerreros en la conquista de Moclín (1486), en el duro sitio de Málaga (1486-1487) y en el asedio definitivo a Granada, que ella siguió de muy cerca desde el real de Santa Fe. La caída de la ciudad nazarí en sus manos (2 de enero de 1492) coronó su tenacidad, puesta al servicio de una causa tan importante para España.

Simultáneamente, había emprendido una gran labor de reforma administrativa. En 1487 había sido incorporada a la corona la Orden de Calatrava, preludio de la definitiva integración de las demás en plazo no muy lejano. En 1480 se revocaron todas las mercedes concedidas por Enrique IV en detrimento de la monarquía. Desde 1476 funcionó la Nueva Santa Hermandad para la represión del bandolerismo. También se organizó la administración central de la monarquía y se emprendió la reforma religiosa en los conventos e instituciones eclesiásticas. En la lucha para mantener la unidad de la fe y del Estado son significativas la creación de la Inquisición castellana (1478) y la expulsión de los judíos, decretada en 1492, el año de la conquista de Granada y del descubrimiento de América.

Cristóbal Colón halló en la reina Isabel un ferviente apoyo, aunque no precisamente en los términos concretos que refiere la leyenda. Quizá nadie en aquella época supo prever, como ella, que lo mejor del porvenir de España se hallaba en la ruta abierta por las carabelas colombinas. El año de 1492 marca el apogeo de la política de Isabel la Católica. En este año se traslada con su esposo a Barcelona, y desde este momento los grandes asuntos internacionales son dirigidos por don Fernando, sin que esto quiera decir que Isabel no interviniera en ellos con su siempre acertado y prudente consejo. Su persona se entrega con más ahínco, si cabe, a la tarea de la organización interior de Castilla, siguiendo los rumbos que ya hemos indicado. En el exterior fomenta las sucesivas expediciones de Colón, patrocina la apertura de nuevos descubrimientos oceánicos, tiende su mirada sobre África, vigila a los turcos y procura reducir el espíritu musulmán de Granada, todavía sobreviviente, que da lugar a la terrible rebelión de las Alpujarras (1500).

Su corte, en que se reúnen los humanistas italianos, en que florece un nuevo ímpetu cultural con Cisneros y Nebrija, se ve enlutada por la muerte de sus hijos, amor de sus entrañas y sagrario de sus esperanzas: primero don Juan, luego doña Isabel, más tarde su nieto don Miguel. En fin, los desvaríos de Juana, su heredera, y las ambiciones de su yerno, Felipe de Austria, colman el vaso de sus angustias. Su cuerpo, debilitado por tanto pechar en el terruño de la patria, declina prematuramente. Recibe con santidad la muerte en Medina del Campo el 26 de noviembre de 1504, dejando en su testamento nuevas e inequívocas pruebas de su finísimo espíritu de provisión política para la España de todos los tiempos.

VICENS VIVES, Jaime, Mil Figuras de la Historia, Ed. Instituto Gallach, 1944, T. I, págs. 207-208.