Nubeluz

Fernando el Católico

Autor: Jaime Vicens Vives

Fernando II de AragónRetrato de Fernando II de Aragón por Michel Sittow

FERNANDO II DE ARAGÓN Y V DE CASTILLA, (1452-1516; 1479-1516 / 1474-1516) El Católico. Los astrólogos creyeron observar prodigios en el cielo; se iluminó bruscamente el sol, y a su vivo resplandor una corona real, formada por los brillantes colores del arco iris, apareció en el firmamento. En Nápoles un religioso carmelita se acercó al trono de Alfonso el Magnánimo y le anunció la feliz nueva. Un infante de su linaje, le dijo, había nacido en la España citerior; sus obras serían grandes, muchas y santas, en tal forma que descollaría sobre todos los príncipes y entre ellos sería llamado el Mayor.

Sin embargo, nada en su nacimiento hacía presentir su destino, a no ser que este seria duro y arriesgado. El infante don Fernando vivió sus primeros días en medio de la guerra civil que enfrentaba a su padre don Juan II de Aragón y a su hermanastro el príncipe Carlos de Viana. En el fragor de la lucha entre agramonteses y beaumonteses, doña Juana Enríquez —valor, intrepidez, energía— abandonó precipitadamente Navarra para dar a luz el hijo esperado. Y nació el infante de Aragón, en la villa fronteriza de Sos, cuyos enhiestos muros vigilaban de tiempo inmemorial las agresiones de los navarros. Nacimiento sin pompa ni festejos, en una modesta alcoba del palacio de Sada. Nadie se preocupó de dar lustre y brillantez a la ceremonia, cuando el padre se jugaba el reino a diario en lucha contra su hijo y sus fieles. Nació y se crió —comenta Baltasar Gracian —; no en el ocio ni entre las delicias del rey don Juan II, su padre, sino en medio de sus mayores aprietos. Las luminarias de su nacimiento fueron rayos de las bombardas, y los regocijos de la corte, triunfos de multiplicadas victorias.

De ahí que su educación resultara muy sumaria. Fue su preceptor, desde los siete años, el humanista Francisco Vidal de Noia, elegante traductor de Salustio; de él recibió el gusto por las lecturas históricas, casi su única afición literaria; y de la Historia recogió las máximas de su vida política, que luego fueron completadas por la experiencia personal de los hombres y de los pueblos. Porque en la escuela de la vida halló don Fernando sus más diestros maestros en política, gobierno y conducta social, así como en el guerrear completó, desde muy mozo, las lecciones de armas y caballería de sus preceptores.

A los nueve años don Fernando interrumpió sus diversiones infantiles para vivir como un hombre. La muerte en Barcelona de su hermanastro don Carlos (1461) le llamaba a la capital del Principado para desempeñar el cargo de lugarteniente del mismo, tal como prescribían las capitulaciones de Villafranca que habían sido arrancadas por la fuerza a Juan II. En Barcelona el príncipe, gracias a la habilidad de Juana Enríquez, fue jurado heredero y lugarteniente el 20 de noviembre de 1461.

Heredero y lugarteniente a los nueve años. A los diez aún no cumplidos, fugitivo, con su madre, de Barcelona, y poco después, en junio y julio de 1462, sitiado en la ciudadela de Gerona por las huestes del conde de Pallars. Allí conoció el niño las privaciones del asedio y la visita cotidiana de la muerte, pero también supo apreciar el valor y la fidelidad de los campesinos que le ayudaron en su lucha Después de esta intervención pasiva, muy pronto la intervención activa en la lucha entre el rey y el General de Cataluña. A los doce años, ejerciendo la lugartenencia de Aragón; aun no cumplidos los trece, capitán general de los ejércitos realistas por incapacidad física de su padre. Aunque en la batalla y victoria de Calaf (febrero de 1465) los laureles correspondieron al conde de Prades general efectivo de las huestes de Juan II, el príncipe se glorificó al correr en el campo del honor el mismo riesgo que sus partidarios.

Poco después, en 1467, asistimos a la primera operación que dirige personalmente. Dispuesto a socorrer Gerona, sitiada por el duque de Lorena, parte de Vich, escala los ásperos collados de las Guillerías, desciende al llano del Ter, acude a recibir a su padre en Ampurias y marcha luego a introducir un convoy en aquella plaza. Sorprendido en Vilademat, está a punto de caer prisionero de las tropas del General. Esta rota es para él tan aleccionadora como la victoria de 1465.

En la encadenada y fulgurante sucesión de los hechos de su vida, muy pronto se presenta al joven príncipe una oportunidad única, que su padre ha venido preparando con cuidado desde 1461: su enlace con Isabel de Castilla. Para prevenirlo todo, Juan II le da la corregencia de Sicilia con el título real (Zaragoza, 27 de marzo de 1468). Poco después, acaece la muerte de Alfonso de Castilla (julio) y el reconocimiento de Isabel como heredera del trono por el tratado de Toros de Guisando (diciembre). Los hechos se precipitan. La princesa castellana se decide por el joven rey de Sicilia —un año más joven que ella—, y este se apresta a la boda a pesar de que le consta la oposición de Enrique IV. Después de varios preparativos, don Fernando sale de Zaragoza disfrazado de arriero, se da a reconocer en Burgo de Osma (7 de octubre de 1469), se presenta en Valladolid y el 19 de octubre contrae matrimonio con la adorable infanta castellana.

Para un muchacho de diecisiete años —aunque este el mejor mozo de España— la tarea que recae sobre sus espaldas es tan ingente como para doblegarlas. En Castilla, defender los derechos de su esposa ante las veleidades de Enrique IV; en Aragón, ayudar a su padre a rematar felizmente la campaña contra los rebeldes de Cataluña En estas circunstancias se revela plenamente la capacidad y el dinamismo del rey de Sicilia. En 1472 firma un tratado de alianza con el rey de Inglaterra y lo atrae al partido de doña Isabel.

En 1473, ya apaciguada la insurrección catalana, acude con buen golpe de lanzas en socorro de su padre, puesto en situación peligrosa por las huestes de Francia en la guerra del Rosellón. A fines del mismo año se entrevista con Enrique IV en Segovia para tratar de la concordia entre este monarca y su esposa. Luego, regresa de nuevo a Aragón, preocupado por el mal cariz de la contienda rosellonense. Mientras celebra Cortes en Zaragoza, le llega la noticia de la muerte del rey de Castilla (diciembre de 1474).

El 2 de enero de 1475 se halla ya en Segovia, donde, después de unas intrigas que duran meses, logra imponerse como corregente de Castilla y efectivo monarca de este reino al lado de doña Isabel. Desde este momento, y por espacio de veintiún años, su nombre se vinculará, como Fernando V, a las grandes proezas realizadas por los castellanos, a los cuales conducirá en más de una ocasión a las más resonantes victorias.

Entre 1475 y 1477 se halla absorbido por la guerra de sucesión planteada por Juana la Beltraneja y Alfonso V de Portugal. Con impetuosidad explicable en su juventud, se lanza al ataque contra el invasor que acaba de apoderarse de Toro y Zamora. En julio de 1475 fracasa ante los muros de aquella ciudad, en la segunda edición del error de Vilademat. Pero no tarda en sacarse esta espina. Ardiendo, como decía, en deseos de pelear, aprovechó una ocasión más favorable para echarse sobre su adversario y derrotarlo ante los mismos muros de Toro (1 de marzo de 1476). Aquí se decidió la campaña, aunque esta se prolongase todavía otros tres años.

En el transcurso de 1476, dando prueba de su acostumbrada actividad, acude a las Vascongadas y obliga a los franceses a levantar el sitio de Fuenterrabía. En 1477 pelea de nuevo en la región de Zamora, pasa luego a Extremadura para contribuir con su esposa a la pacificación de la región, va de un lado para otro, aprestando refuerzos, levantando los ánimos y coadunando voluntades. En marzo de 1479 la guerra con Portugal halla un término favorable en las negociaciones de Alcántara, a las que asiste muy de cerca don Fernando. Es en Extremadura que el rey de Castilla y de Sicilia recibe la noticia de la muerte de Juan II en Barcelona (19 de enero precedente).

En el verano de 1479 don Fernando toma posesión de sus reinos patrimoniales. En este momento se realiza la efectiva unión política entre Castilla y Aragón. En 1480 celebra Cortes a los castellanos en Toledo, y nuevamente pasa a Cataluña para liquidar la época de las turbaciones de este Principado (Cortes de 1480-1481), lo que realiza con sin igual tacto. Luego, se traslada al Sur, donde se ha encendido la guerra de Granada. Con escasas escapadas hacia el Norte —una de ellas en el invierno de 1484—, don Fernando vive de 1481 a 1492 entregado a la dirección de la campaña granadina. En esta dura lucha, consolida su fama de esforzado general, ya ganada desde su heroica mocedad en Cataluña y Castilla.

En uno de esos raptos de bravura impremeditada, fracasa en el ataque a Loja (julio de 1482). Pero luego rehace su fortuna en las tomas de Coín y Ronda (1485), Loja y Moclín (1486) y Málaga (1487). Auxiliado por grandes generales, apoyado y alentado siempre por su esposa, Fernando V despliega en la contienda no sólo sus dotes militares sino sus sutiles y refinadas redes políticas, en cuyas mallas quedó prendido en 1483 el desdichado Boabdil de Granada. Igualmente, la rendición de Baza, Guadix y Almería (1489) fue obra más de la diplomacia que de las armas. Rodeada Granada por las huestes de Castilla, encendidas estas en su valor combativo por la presencia de sus monarcas, la importante plaza se rindió a los Reyes Católicos el 2 de enero de 1492.

Libre del peso de esta durísima contienda, fortalecida su posición en Castilla, alentada la expedición descubridora de Cristóbal Colón, don Fernando se dispone a desplegar sus formidables alas de político por toda Europa. De su padre tiene la sagacidad profunda, la sutilísima habilidad de maniobra, la rápida percepción de las intenciones del adversario, la despreocupación ante el rival para lograr un bien positivo para el Estado. Pero, además, su visión política es de una envergadura sin igual y su capacidad de trabajo es enorme. En Barcelona, a donde se ha trasladado a fines de 1492 y en donde su vida es objeto de un gravísimo atentado por parte de Juan de Cañamás (7 de diciembre de 1492), el Rey Católico empieza a desarrollar su plan político internacional, cuyo artículo básico es el establecimiento de la hegemonía española —heredera del imperialismo mediterráneo catalán— en Italia.

En Barcelona Fernando V alienta la quimérica empresa italiana de Carlos VIII a cambio de la restitución inmediata de los condados de Rosellón y Cerdaña (19 de enero de 1493). Luego, cuando el rey de Francia parece a punto de triunfar en Italia, suscita una liga contra el invasor so pretexto de defender los intereses del Papado, tal como rezaba una de las cláusulas del tratado de Barcelona. Así España interviene en la Liga Santa, que hace fracasar los proyectos de Carlos VIII en Italia (1495) y prepara la futura política anexionista en Nápoles Al mismo tiempo, y al objeto de aislar a Francia de sus relaciones internacionales, los Reyes Católicos ponen en juego en el tablero de Occidente las personas de sus hijos, a las que enlazan con las coronas de Portugal, Inglaterra y Borgoña (1497).

En 1498 se firma una paz con Francia. Luis XII y Fernando V, antes de engañarse mutuamente, se disponen a unir sus fuerzas para acabar con la dinastía aragonesa en Nápoles. En 1500 conciertan un pacto secreto en Granada para repartirse este reino. El rey de España no se equivoca sobre el futuro. Logrado el propósito de destronar a Fadrique de Nápoles, franceses y españoles se disputan la total posesión de sus estados. En la guerra, inevitable, la proximidad de la base de Sicilia y la pericia militar del Gran Capitán dan la victoria a don Fernando (1501-1503).

En este momento, sobreviene la muerte de doña Isabel (26 de noviembre de 1504), con la que el rey se había identificado hasta formar una sola voluntad en la ejecución de los planes estatales (reorganización de la administración central y de la justicia, establecimiento de la Inquisición, expulsión de los judíos, etc.). La muerte de la Católica plantea un grave problema político, pues aunque por el testamento de la reina don Fernando es nombrado regente de Castilla, las ambiciones de su yerno don Felipe I, espoleado por la nobleza castellana, provocan una situación inestable que se resuelve a favor del de Borgoña en la entrevista de Villafáfila (27 de junio de 1506).

Abandonado de todos, amargado por la recompensa que daba Castilla a sus servicios, el rey de Aragón partió para sus reinos, donde le esperaba su nueva esposa, doña Germana de Foix, matrimonio que acababa de ser concertado en Blois con Luis XII de Francia (12 de octubre de 1505), no sólo para atraerse el favor de la corte francesa en la pugna con su yerno sino para resolver diplomáticamente el asunto de Nápoles.

El Rey Católico se embarcó para esta ciudad, puso aquí coto a las exageraciones del Gran Capitán y espero con confianza el porvenir, En Castilla, la rápida muerte de Felipe I el Hermoso (25 de septiembre de 1506) hacía temer que el reino recayera en la anarquía de la época de Enrique IV. Reclamado por Cisneros, don Fernando aceptó volver a encargarse de la regencia, lo que hizo en 1507. sujetando de nuevo a los nobles más levantiscos a la legítima autoridad de la monarquía.

En esta última fase de su reinado, de unos ocho años de duración, don Fernando patrocinó las empresas llevadas a cabo por el cardenal Cisneros en África, intervino activamente en los conflictos italianos provocados por Luis XII y Francisco I de Francia, el Papado y Venecia, y aprovechó la oportunidad que aquellos le depararon para completar la unidad de España anexionando a la corona de Castilla la Navarra cispirenaica, operación que se llevó a cabo en 1512. Fomentó asimismo los descubrimientos oceánicos, mantuvo a sus reinos en estado de gran prosperidad y perfeccionó la administración pública.

La muerte le sorprendió en Madrigalejo el 25 de enero de 1516, cuando se trasladaba a Andalucía para ver de hallar alguna mejoria en una dolencia que le aquejaba hacía algunos años. Este fue el fin del mayor monarca que conoce la historia de España, no quizá por sus virtudes ni por sus grandes dotes militares, pero sí por sus geniales condiciones de estadista y por su vida sacrificada por completo al servicio de los altos ideales de la nación.

VICENS VIVES, Jaime, Mil Figuras de la Historia, Ed. Instituto Gallach, 1944, T. I, págs. 205-207.