Juan de Castilla

Sepulcro del príncipe Juan en el Real Monasterio de Santo Tomás en Ávila.Sepulcro del príncipe Juan en el Real Monasterio de Santo Tomás en Ávila.

JUAN, príncipe de Castilla (1478-1497) [Sevilla-Salamanca]. Hijo de los Reyes Católicos don Fernando y doña Isabel y heredero de su corona si la muerte no le hubiera alcanzado en plena juventud. Nació en Sevilla el 30 de junio de 1478, fue bautizado, con gran júbilo, en la catedral por el cardenal Mendoza y apadrinado por el nuncio de Su Santidad Sixto IV, el embajador de Venecia, el condestable de Castilla y el conde de Benavente. El alto destino a que estaba llamado le hizo ser objeto desde el primer momento de serias preocupaciones de razón de Estado. Al año siguiente de su nacimiento se concertaba con Portugal su matrimonio con doña Juana la Beltraneja, a lo que ella renunció, prefiriendo entrar en Portugal. Reunidas Cortes en Toledo le juraban heredero de Castilla y León, en abril de 1480, y en mayo de 1481 era jurado en las Cortes de Calatayud como heredero de los Estados aragoneses. En 1483, al morir Francisco Febo, se negoció su enlace con doña Catalina, heredera de Navarra, proyecto que fracasó por haberse interpuesto los intereses de Francia.

Su educación estuvo a cargo de destacados personajes: fray García de Padilla fue su confesor, le adiestró en las artes caballerescas don Juan de Zapata y fray Diego de Deza fue su maestro en letras divinas y humanas. También debió ser muy aleccionador para el príncipe el trato por correspondencia, y aún verbal, con Pedro Mártir de Angleria, llegado a España en 1487. Siguió en su infancia la corte ambulante de los reyes y fue testigo de los sucesos más destacados del tiempo.

En 1490, cuando las huestes castellanas talaban los campos de Granada, fue armado caballero junto a la acequia Gorda, apadrinado por el duque de Medinasidonia y el marqués de Cádiz. Presenció muchas de las campañas de la vega granadina y la toma de la ciudad. Vio el recibimiento hecho en Barcelona al descubridor de América y apadrinó, con los reyes, a los indios traídos por Colón. A los dieciocho años era un buen jinete y un gran esgrimidor, su educación moral e intelectual era perfecta, pero la continua permanencia junto a sus padres le había impedido desarrollar voluntad e iniciativa. Se apresuraron los reyes a remediarlo poniéndole corte propia en Almazán, cuya organización describe curiosamente Gonzalo Fernández de Oviedo, que formó parte de su casa, en el Libro de cámara del príncipe don Juan publicado por los bibliógrafos españoles, Madrid, 1870.

En 1495 se concertó su matrimonio con doña Margarita de Austria, celebrado por poderes en Malinas por don Francisco de Rojas, embajador de los Reyes Católicos. En abril de 1497 se ratificaba en Burgos, actuando en la ceremonia el arzobispo de Toledo y futuro cardenal Jiménez de Cisneros; fue festejado con suntuosas fiestas. El príncipe, que no era de complexión muy recia, se resiente con el enlace; médicos y familiares instan a la reina para que durante algún tiempo separe a los cónyuges. La ensalcé por constante, sentiría tener que calificarla de terca y excesivamente confiada, escribe Pedro Mártir al cardenal de Santa Cruz.

Pero Isabel no cedió, la emancipación por matrimonio ponía término legal a la patria potestad y prolongarla definitivamente habría resultado injusto y represivo para el emancipado, que debía capacitarse para regir un pueblo. En septiembre de 1497, en medio de las fiestas con que Salamanca celebraba su llegada, enfermó gravemente y, declarándose enfermo de mi cuerpo e sano de mi seso e entendimiento cual Dios me lo dio, otorga su testamento el día 4 de octubre. Falleció dos días después, dando pruebas de gran entereza, pues nunca se vio mancebo en la flor de la edad, rodeado de cuanto puede ser ameno en la vida, morir ni con más sereno valor, ni con resignación más cristiana (Gómez Imaz), Algunas referencias al fallecimiento del príncipe don Juan..., Sevilla, 1890. Se hizo el enterramiento definitivo en el convento real de Santo Tomás de Ávila.

Por disposición de doña Isabel en su testamento, fue construido un mausoleo de alabastro por el florentino dominico Fancelli. El sentimiento por su muerte fue general, los humanistas le dedicaron sus mejores elogios y las villas enlutaron sus muros; el pueblo no se resignó con la tesis sencilla de que su príncipe había muerto de enfermedad natural y cundió en romance la tesis del envenenamiento: Muy malo estaba don Juan, muy malo estaba en la cama — Siete dotores le curan de los mejores de España — Solo falta por venir aquel dotor de la Parra — que dicen que es gran dotor, gran dotor que adivinaba — Trae soliman en el dedo, en la boca se lo echara... Américo Castro, Santa Teresa de Jesús y otros ensayos, Madrid, 1929, pág. 146. La princesa redoblaba el sentimiento general dando a luz en Alcalá una hija muerta.

Despojándole de míticas perfecciones de estadistas y posibilidades monárquicas frustradas, el duque de Maura, en un estudio objetivo de fuentes y textos, resume de esta manera su personalidad: Tuvo cuerpo y alma de criatura mortal, hermoso y endeble aquel, dotada esta de buena memoria y claro entendimiento, aunque escasa voluntad El príncipe que murió de amor, Madrid, 1944, pág. 217.

VILLA, Justa de la, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, T. F-M, págs. 575-576.