Fernando VII de España

Datos biográficos

Dinastía: Borbón
Rey de España: 1808/1814-1833
Nacimiento: 14-X-1784
Fallecimiento: 29-IX-1833
Predecesor: Carlos IV
Sucesor: Isabel II

Índice

Introducción
El reinado
El paréntesis de Valençay
El reinado 1814-1833
La familia de Fernando VII

Introducción

Nace en San Lorenzo del Escorial, el 14-X-1784 y muere en Madrid el 29-IX-1833. El noveno hijo de Carlos IV y de María Luisa de Parma, nació el 14 de octubre de 1784, cuando sus padres eran aún príncipes de Asturias. Juró como heredero de la corona el 23 de septiembre de 1789, en los Jerónimos, de Madrid, a los dos días de haber entrado su padre oficialmente en la corte como rey, aunque ya lo era desde hacía casi un año.

Fernando VII - Vicente LópezFernando VII por Vicente López

Fernando casó, siendo príncipe de Asturias, con María Antonia, princesa Nápoles, hija de los reyes de las Dos Sicilias, en 1802; enviudó en 1806, y diez años después, siendo ya rey de España, contrajo segundas nupcias con María Isabel de Braganza, hija de Juan VI de Portugal y de la hermana de Fernando, Carlota Joaquina. La reina tuvo una hija, María Isabel Luisa, que murió a los cinco meses de nacer —enero de 1818—; el 26 de diciembre del mismo año fallecía la reina en Aranjuez. En octubre de 1819 volvía a casar Fernando; la princesa elegida María Josefa Amalia de Sajonia, que, después de haber compartido diez años el trono de España con Fernando, murió sin sucesión en Aranjuez (mayo de 1829). La cuarta esposa del rey fue su sobrina María Cristina de Borbón, que casó con el monarca en diciembre de 1829. De este cuarto matrimonio nacieron Isabel y María Luisa Fernanda. El nacimiento de Fernando fue recibido con grandes esperanzas para la nación y la monarquía; tuvo por ayos al duque de San Carlos y al marqués de Santa Cruz, y como maestros de primeras letras al escolapio Fernando Scío y a don Francisco Javier Cabrera, obispo de Orihuela y de Ávila. Ambos profesores murieron antes de haber encarrilado a su augusto discípulo, que fue encomendado por Godoy a los cuidados del canónigo Escóiquiz.

Este, nombrado primer sumiller de cors y preceptor del príncipe, interpretó como caída una temporal retirada de Godoy, y dirigió a Carlos IV una Memoria sobre la elección de buenos ministros: salía malparado el príncipe de la Paz, a cambio de un autorretrato del preceptor, en que se presentaba con aires de gran político. En calidad de tal había infundido en el ánimo de Fernando el deseo de asistir al Consejo de su padre el rey; pero este no compartió el punto de vista de Escóiquiz, a quien desterró de la corte. El canónigo, que debía su nombramiento a Godoy, se convirtió en enemigo del valido y de los reyes, y siguió en comunicación epistolar secreta, desde su confinamiento de Toledo, con el príncipe de Asturias.

Viudo este de su primera esposa, Godoy pensó casarle con su cuñada, María Luisa de Borbón y Vallabriga, este enlace no se llevó a cabo porque Escoiquiz intervino en el asunto, concertando una entrevista con el embajador de Francia, Beauharnais; se celebró la conversación un día de julio de 1807, a la hora de la siesta, en el Retiro, y Escoiquiz, con la anuencia de Fernando, solicitaba del embajador que pidiese a Napoleón su consentimiento para que Fernando pudiese casar con alguna persona de la familia Bonaparte; admirador del emperador, Escoiquiz preconizaba una alianza matrimonial entre las dos dinastías.

Beauharnais respondió que sería conveniente que el príncipe de Asturias escribiera personalmente al emperador, exponiéndole sus deseos; tal es el origen de la célebre carta de 11 de octubre de 1807, escrita por Fernando al dictado de Escoiquiz, en términos de admiración y sumisión a Napoleón I. Este, que no respondió prácticamente nunca a la petición de Fernando, jugó, para su política peninsular, dos cartas simultáneas: una, la del príncipe de Asturias, y otra, la de Godoy, con quien firmaba, a través de Izquierdo, el tratado de Fontainebleau de 27 de octubre de 1897.

Ya desde hacía algunos años, y como reacción contra el valido, se había formado en torno al príncipe el grupo de los fernandistas, que en vida de María Antonia tuvieron un matiz antinapoleónico, pero que, después de muerta la primera esposa del príncipe, tomó el giro favorable a Francia, que revela la actitud de Escoiquiz.

Conocida la intriga de este en la corte, de jornada en El Escorial, dio origen al Proceso que lleva el nombre de este Real Sitio. El rey quería perdonar a su hijo —sobre todo por estar mezclado en el asunto el nombre de Bonaparte—, y Fernando escribió sendas humildísimas cartas a su padre y a su madre, cartas que Toreno atribuye a Godoy, pero que este en sus Memorias asegura que son obra del príncipe. El caso es que el proceso concluyó con el destierro de los consejeros de Fernando, y con un gesto de apaciguamiento por parte de Carlos IV, que solicitó del emperador que determinara, entre sus sobrinas, cual debía de ser esposa de Fernando.

Pero Napoleón no tenía prisa en resolver el problema conyugal del príncipe, y sí, en cambio, en dar un giro más positivo a su política hacia España. Talleyrand transmitió a Izquierdo los proyectos del emperador, y el embajador de España en París se trasladó en febrero de 1808 a Aranjuez; Godoy aconsejó que la corte se trasladase a Sevilla o Cádiz, ante la amenaza de una invasión de los franceses, que con el pretexto de garantizar sus comunicaciones con Portugal, habían ocupado ya gran número de fortalezas españolas.

Cuando Izquierdo se hallaba en viaje de regreso a París, para seguir sus negociaciones con Napoleón, y ante el temor del viaje de la familia real, se produjo el Motín de Aranjuez, capitaneaba a nobles y plebeyos el tío Pedro —conde de Montijo—; caía Godoy de la privanza, Carlos IV rogaba a su hijo que perdonara la vida al valido, y Fernando recibía la corona de España por abdicación de su padre (19 de marzo de 1808).

El reinado

El prolongado valimiento de Godoy, la corrupción total de la corte de Carlos IV, el desconcierto del pueblo, divorciado de la política que España seguía al dictado de Napoleón, el natural deseo de un cambio de orientación en la vida pública, fueron factores que aureolaron de tal prestigio, a priori, al príncipe de Asturias, que fue llamado por sus coetáneos el Deseado. Al sobrenombre correspondió también el recibimiento que le hizo el pueblo de Madrid el 24 de marzo; según atestiguan cronistas de la época, revistió caracteres de entusiasmo desconocido hasta entonces, halagüeño pronóstico de identificación entre el rey y los súbditos.

Joaquín Murat, rey de Nápoles y mariscal de Francia. Retrato de François Gérard, en 1808.Joaquín Murat, rey de Nápoles y mariscal de Francia. Retrato de François Gérard, en 1808.

Pero, entre tanto, Murat entró en Madrid, con su ejército de ocupación, y no reconoció al nuevo monarca. El general francés había estado en tratos con Carlos IV, quien le manifestó que su abdicación fue debida a la fuerza de las circunstancias, y que por lo tanto carecía de validez legal. Fernando VII modificó parcialmente el grupo de consejeros de su padre, levantó el destierro de los perseguidos por Godoy —Jovellanos, Cabarrús, etc.—, y nombró para su asesoramiento más directo tres prohombres de la época, el duque de San Carlos, el duque del Infantado y el canónigo Escoiquiz, apartado de la corte desde el proceso del Escorial.

Murat comunicó a Fernando que no podía reconocerle como rey en tanto no estuviera autorizado para ello por el emperador; el general francés no visitó siquiera al monarca español, pero este, para ablandar al representante de Napoleón, le ofreció como obsequio la espada de Francisco I, que el francés había rendido en Pavía a las tropas de Carlos V en 1525 (el conde de Valencia de Don Juan demostró que la espada no era la misma en su Catálogo de la Real Armería de Madrid); portadores de la espada ofrecida sobre bandeja de plata a Murat, eran el marqués de Astorga y el duque del Parque, con mucha escolta; se cambiaros discursos que revelaron la sumisión de Fernando al general francés.

Por otra parte, como Napoleón dejara entrever que iría a Madrid, se creyó entonces que Savary, duque de Rovigo, era anuncio de su próxima llegada. Fernando, había mandado ya antes a Bayona a los duques de Frías y de Medinaceli y al conde de Fernán Núñez, en calidad de embajadores, para pedir a Napoleón la mano de Lolotte, hija de Luciano Bonaparte, con la que quería contraer matrimonio.

El emperador no respondió a la solicitud y, en cambio sus representantes en Madrid instaban a Fernando para que emprendiese el viaje hacia el Norte para salir al encuentro de Napoleón. El rey no se determinó a hacerlo, y envió al infante don Carlos. Parece ser que en su ánimo influyó mucho la opinión de Escoiquiz, y lo cierto es que el 10 de abril emprendió la marcha, acompañado de sus consejeros; llegó a Burgos dos días después, y entró el 14 de abril en Vitoria.

En la capital alavesa se sucedieron las vacilaciones, y hubo repetidos intentos, por parte de los españoles patriotas, de disuadir al rey de que siguiera viaje o de persuadirle a que emprendiera la fuga. Solo Escoiquiz consiguió convencer a Fernando de las buenas intenciones del emperador y de la conveniencia de seguir hasta Bayona; allí esperaba que el emperador le reconociera como rey de España.

El 20 de abril la regia comitiva española pasó la frontera por Irún y, a dos leguas de Bayona se unieron al rey el infante don Carlos y sus acompañantes, que pusieron a Fernando en antecedentes del cariz que iban tomando los acontecimientos. Poco antes de llegar a Bayona fueron recibidos los españoles por dos representantes de Napoleón, que los condujeron a casa del comerciante Duroc, donde debía alojarse el rey de España. Una hora después llegó Napoleón, que abrazó a Fernando; almorzaron los españoles en el palacio imperial, y a la hora de concluido el almuerzo, se presentó Savary con la misión de anunciar a Fernando la decisión de Napoleón:

la dinastía borbónica no volvería a reinar en España y debería ceder sus derechos a la familia Bonaparte.

Se produjeron discusiones, bien con los ministros del emperador, bien entre los consejeros españoles mismos, hasta que el 30 de abril llegaron a Bayona Carlos IV y María Luisa, y el 6 de mayo restituyó Fernando la corona a su padre, quien se la había cedido ya, de antemano -en virtud del convenio firmado por Godoy (también en Francia) y Duroc, por sus respectivos señores- a Napoleón.

Castillo de Valençay en Francia, donde se encontraban encerrados Fernando VII y Carlos IV.Castillo de Valençay en Francia, donde se encontraban encerrados Fernando VII y Carlos IV.

Después, Fernando, don Carlos y don Antonio Pascual de Borbón y de Sajonia, el tío de ambos, acordaron renunciar a cualquier derecho que pudiera corresponderles sobre la corona de España, y aceptaron el 10 de mayo su retirada de Valençay. Fernando dirigió a los españoles —que el 2 de mayo se habían levantado en Madrid para luchar contra la invasión francesa— una proclama (firmada en Burdeos el 12 de mayo) pidiéndoles obediencia a Napoleón y confianza en el emperador, que les colmaría de felicidad.

Escoiquiz, tan terco en todas sus ideas, aún pensaba en la boda de Fernando con una Bonaparte (según carta suya de 17 de mayo), y Fernando mismo, que felicitó a su sucesor en el trono, José I, le escribió diciéndole que se consideraba miembro de la augusta familia de Napoleón, a causa de que había pedido al emperador una sobrina por esposa, y esperaba conseguirlo.

El paréntesis de Valençay

En el castillo de Valençay, que había comprado Talleyrand con dinero de Godoy, estuvieron Fernando, don Carlos y don Antonio hasta 1814. Les acompañaba su séquito y se había agregado a él don Blas Ostolaza (autor de un opúsculo titulado Heroísmo de nuestro deseado rey don Fernando VII en la prisión de Francia, Málaga también Valencia, 1814).

Durante su estancia en Valençay —escribe Villaurrutia—, además de las funciones de su sagrado ministerio, se ocupaba Ostolaza en leerle a S. M. las obras de Saavedra Fajardo, mientras que el rey, que bordaba primorosamente, pasaba el tiempo en labores de aguja, impropias de su sexo, en competencia con su tío el infante don Antonio, de quien dice Ostolaza que se distinguió cosiendo y bordando para la iglesia de Valençay un dosel de glasé de plata con franja y flecaduras de oro.Fernando VII, rey constitucional, 2ª. ed., Madrid, 1942, Pág. 97).

Durante el periodo de Valençay, España, en nombre de Fernando, lucha contra Napoleón, y procura dar una solución legal a su situación mediante la convocatoria de Cortes Constituyentes en Cádiz, que elaboran la Constitución de 1812. Los seis años que dura la guerra de la Independencia, que concluye con la victoria de España e Inglaterra, aliadas en la empresa a la que contribuyen eficazmente las guerrillas, permiten el retorno del monarca, a quien habían representado en España cuatro juntas consecutivas con carácter de regencias. En virtud del tratado de Valençay, el monarca pisó de nuevo tierra de España el 22 de marzo de 1814.

El reinado (1814-1833)

La honda crisis padecida por el pueblo español a raíz del choque de 1808, salvada heroicamente y gracias a la dirección de una minoría ilustrada, que quiso dotar a España de una ley fundamental del Estado y encauzar a la monarquía por la vía constitucional, puso de manifiesto el anquilosamiento de las instituciones tradicionales.

Fernando no era partidario de innovaciones, y siempre miró con recelo cualquier reforma que tendiese a coartar su autoridad real: era un monarca absoluto, o, al menos, pretendía ejercer la realeza con espíritu de tal. Sin embargo, Fernando vacilaba ante la determinación que debía adoptar. Pasó por Figueras, por Daroca y Segorbe, y llegó a Valencia. El embajador inglés, Wellesley, le aconsejó que aceptara la Constitución. El cardenal Borbón, que había salido a recibir al monarca en nombre de la regencia, tenía instrucciones de no reconocer a Fernando como rey en tanto no jurase la Constitución:

Fernando le tendió la mano para que se la besara, en señal de reconocimiento, y el cardenal, obedeciendo la orden violenta que le dio el rey, se la besó.

Con este acto simbólico, Fernando se consideró con derecho a derogar la Constitución de Cádiz. Animaron al rey a obrar de este modo, aparte de su propia inclinación, el manifiesto de los Persas, la actitud del ejército y la caída de Napoleón; en consecuencia, firmó el manifiesto de 4 de mayo, escrito por el ayudante de peluquero de palacio, Antonio Moreno, que fue nombrado consejero de Hacienda.

El Sexenio Absolutista 1814-1820

El 11 de mayo se publicó el manifiesto en Madrid: anulaba la Constitución y la obra de las Cortes constituyentes y de las ordinarias, como si no hubiesen pasado jamás tales actos y se quitasen de en medio del tiempo. Una real orden dispuso la prisión de los regentes Agar y Ciscar, de Álvarez Guerra, García Herreros, Argüelles, Muñoz Torrero, Martínez de la Rosa, Villanueva, Canga Argüelles, Calatrava, Quintana, Máiquez el actor; muchos consiguieron huir, entre ellos Toreno y Flórez. Estrada.

El 13 de mayo entró el rey en Madrid, y de su carroza tiró la plebe en entusiasta eclosión de bienvenida al Deseado. Durante su primera etapa absolutista, Fernando reinó de acuerdo con sus consejeros San Carlos, Salazar, Escoiquiz, Freire, Pedro Macanaz, Lardizábal, Ceballos, Eguía, Echevarri, , Campo-Sagrado, Casa-Irujo; aparte de estos que siguieron en líneas generales las directrices marcadas por el propio monarca, por miedo a perder su favor, hay que destacar la actuación de Martín de Garay, hacendista que procuró sanear con medidas nuevas la situación financiera de España.

Fernando restableció la Inquisición, que había sido abolida por las Cortes de Cádiz, persiguió a los liberales y a los afrancesados, sembró la desconfianza entre sus súbditos y prestó mayor atención a sofocar intentonas de carácter liberal —Díaz Porlier, Lacy, etcétera— que al progresivo desarrollo que iba tomando la emancipación de América. Esta apenas logró preocuparle, pues le absorbía por entero el problema interior —la lucha entre la semilla liberal gaditana y los tradicionalistas partidarios de un sistema político no influido por ninguna savia renovadora.

El Trienio constitucional 1820-1823

El ensayo del trienio constitucional, al que se sometió Fernando por la fuerza de un pronunciamiento —Riego en Cabezas de San Juan (enero de 1820)—, tampoco fue edificante ni para el país ni para el trono. El rey juró la Constitución el 9 de marzo ante una comisión de desconocidos para él. Comenta este hecho el marqués de Miraflores, diciendo que

este acto... será eternamente célebre en nuestros anales; pero por una de las anomalías en que tanto abunda España, este acto, que hubiera en otro país derribado el trono, como consecuencia de su envilecimiento, pasó como un suceso trivial y ordinario.Apuntes histórico-críticos para escribir la historia de la Revolución de España desde el año 1820 hasta 1823, Londres, 1834.
Las Cortes reunidas durante el Trienio liberal.Las Cortes reunidas durante el Trienio liberal.

Y el 10 de marzo de 1820 el rey, voluble y siempre plegable a cualquier circunstancia, lanzó un manifiesto en que reconocía solemnemente errores de la corona; de sus palabras ha quedado como paradigma de astucia política —porque dejó de cumplirla en cuanto pudo, la célebre promesa: Marchemos francamente, y yo el primero, por la senda constitucional.

En medio de un ambiente de sociedades secretas —más o menos propulsoras del movimiento constitucional, como la masonería—, de rivalidades de tendencias políticas —realistas, doceañistas y exaltados—, Fernando VII se avino a las reformas impuestas: restablecimiento de las libertades constitucionales; abolición del Santo Oficio; convocatoria de Cortes (julio de 1820). Pero su colaboración con la nueva situación era forzada, y en 1821 provoca al leer el mensaje de la corona, la crisis de la coletilla.

Por otra parte, los realistas fomentan la oposición a los constitucionales, exponente de esta actitud será la conspiración de Vinuesa. Fernando no se resigna a reinar solo nominalmente y entabla negociaciones con las potencias extranjeras ( Santa Alianza, congresos de Troppau y de Laybach). Los realistas se pronuncian y establecen la regencia de Urgell.

En las jornadas de 1 y 7 de julio de 1822 triunfan los exaltados, que elevan al Poder a San Miguel. Sin embargo, por el congreso de Verona, los realistas consiguen el apoyo de la Santa Alianza, que culminará en el envío del cuerpo expedicionario conocido por los Cien mil Hijos de San Luis, al mando de Angulema, que, en abril de 1823, penetra en España con promesa de restaurar el orden.

Fernando fue declarado incapaz, por demencia, para reinar por sí mismo, y obligado a resignar sus poderes en un Consejo de regencia, llegó el 11 de abril a Sevilla; el Gobierno creía que así se resistiría mejor a la invasión francesa y se evitaría una nueva reacción absolutista. El 23 de mayo entró Angulema en Madrid, y el último día de agosto se rendía el reducto liberal de Cádiz.

Los franceses entablaron negociaciones, mientras seguían las operaciones de limpieza, y el 1 de octubre de 1823, los constitucionales dejaron libre al rey, mientras ellos se refugiaban en Gibraltar. Fernando embarcó en Cádiz y se trasladó al Puerto de Santa María, donde fue espléndidamente recibido por duque de Angulema. Abolió todos los actos de los tres llamados años, condenó a muerte a Valdés, Císcar y Vigodet —que habían ejercido la regencia en nombre de Fernando—, y aprobó los actos de la llamada regencia de Oyarzun, que representaba el espíritu absolutista.

La ominosa década 1823-1833

Un nuevo consejero empezó a influir en el ánimo de Fernando durante el periodo que la historiografía liberal ha llamado ominosa década: Calomarde. Se procedió a la depuración de los elementos liberales (purificaciones), se recrudeció la persecución contra ellos, pero a pesar del absolutismo de Fernando, este no consiguió satisfacer tampoco a los realistas

También estos se sublevaban porque consideraban que Fernando VII no es un hombre: es un monstruo de crueldad, es el más innoble de todos los seres, es un cobarde …, es una calamidad para nuestra desventurada patria (palabras del Manifiesto).Federico Suárez, El manifiesto realista de 1826, en Príncipe de Viana, 30, 1948).

En 1823 es ajusticiado el Empecinado; en 1826 son los hermanos Fernández Bazán los que mueren al frustrarse su tentativa liberal; en 1827 se levantan los agraviados —Malcontents— de Cataluña, y la revuelta obliga al rey a visitar el principado, para alentar la represión, sangrientamente dirigida por el conde de España.

La elevación al trono de Francia de Luis Felipe, consecuencia de la revolución de 1830, hace concebir nuevas esperanzas a los emigrados españoles: Chapalangarra, Espoz y Mina, Torrijos, Manzanares, Fernández Golfín, Mariana Pineda, el librero Miyar, etc., son nuevas víctimas de sus intentos liberales, a pesar de que el absolutismo del rey se ha templado notablemente desde su matrimonio con María Cristina. A ella corresponde, partir de 1832, la dirección política del país.

La Pragmática Sanción 1830

Acto de suma importancia debido a Fernando VII fue la derogación del Auto acordado de 1713 (Ley Sálica) en 1830; por esta disposición se posibilita la ascensión al trono de Isabel, princesa de Asturias. Pero esta misma medida, que fue mal acogida por los realistas —amigos de don Carlos—, fue derogada por el rey cuando, en estado inconsciente por su grave estado de salud, firmó un codicilo, el 18 de septiembre de 1832, que reconocía como sucesor suyo a don Carlos.

El palacio de La Granja fue escenario de violentos sucesos, no bien aclarados en las fuentes:

la infanta Luisa Carlota rompió el codicilo, y el presunto proyecto carlista queda al descubierto.Federico Suárez, La crisis política del antiguo régimen en España, Madrid, 1950, páginas 139 ss.

La política inicia un viraje radical, porque María Cristina busca el apoyo de los liberales, lo que la mueve a dar el primer decreto de amnistía. Regresa de Londres para aconsejar a la soberana Zea Bermúdez, inaugurándose un periodo no muy exactamente calificado de despotismo ilustrado; se decretó también la reapertura de las universidades. Era necesario el acercamiento a los liberales, porque don Carlos, negándose a asistir a la jura de Isabel como princesa de Asturias, se había internado en Portugal.

Se cruzó una correspondencia entre el monarca y su hermano, que puso de relieve la inminencia del pleito dinástico. Portugal apoyaba el carlismo, y cuando amenazaba con producirse la ruptura de relaciones, el rey Fernando moría, víctima de un ataque de apoplejía, el 29 de septiembre de 1833. El 4 de octubre siguiente fue depositado su cadáver en el monasterio de El Escorial. Un día antes se había producido el levantamiento carlista de Talavera.

Corolario

La historia ha juzgado con severidad a Fernando VII, considerando que en él se malogró la posibilidad de un buen reinado. Los liberales le han atacado, y los realistas no le han defendido;

Fernando fue falaz en sus promesas, inconsecuente en sus favores y en sus elecciones vario, hipócrita más bien que religioso, y más superficial que instruido, no solamente en la ciencia del gobierno, sino aun en los conocimientos vulgares; por último, desconfiado y rencoroso, no quiso dejar fallido el pronóstico de la reina madre, que presagió funestas consecuencias a la nación que con tanta idolatría le veneraba... La familiaridad de su trato, la llaneza, tal vez demasiado franca, de sus modales, y otras buenas prendas que le distinguían, no bastaban a compensar sus defectos ni a reparar los perjuicios que experimentó la nación en su larga épocaToreno, Historia contemporánea de la Revolución de España, Madrid, 1843, t. III, Pág. 187).

La política exterior fue desfavorable a España, incluso en un momento tan propicio como la derrota de Napoleón; los embajadores españoles fracasaron en el Congreso de Viena (1815). La política colonial en América perdió interés para la metrópoli, y aparte de que España cedió la Florida a Estados Unidos (1819), perdió todas las posesiones del continente americano; del imperio de Ultramar solo quedaron Cuba, Puerto Rico y Filipinas.

La cultura en el interior sufrió quebrantos, porque Fernando ejerció una rigurosa censura en el orden ideológico, por temor a que se introdujeran en España tendencias subversivas bajo disfraz intelectual. En este último aspecto ha querido rehabilitar la memoria de Fernando don Juan de Arzadun (Fernando VII y su tiempo, Madrid, 1942), que ha publicado una serie de interesantes cartas inéditas del rey y de otras personas de la época.

El monarca se rodeó preferentemente de plebeyos elevados a la camarilla palaciega, frecuentaba barrios bajos, buscaba lances de amor con mujeres del pueblo. Fue protector de toreros, simpático con la gente del pueblo, que llegó a admirar en el rey afabilidad e interés por sus cosas. Como desconfiaba de cuantos le rodeaban, puede decirse que ni Escoiquiz ni Calomarde fueron validos de Fernando VII, y que él solo fue quien reinó y gobernó, salvo en los momentos en que alguna causa ajena a él le obligaba a admitir una cortapisa a su poder real.

Inmortalizada su imagen por Goya, los famosos retratos de Fernando VII revelan, gracias a los inteligentes perspicaces pinceles goyescos, todos los rasgos psicológicos del Deseado, a cuya muerte España, quedó hendida en la primera guerra civil del siglo XIX.

DE LA VILLA, Teodora, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo F-M, págs. 77-81.

La familia de Fernando VII

  1. María Antonia de Nápoles. La primera boda de Fernando VII (siendo príncipe de Asturias), fue con María Antonia de Nápoles, hija de Fernando I de las Dos Sicilias y de María Carolina de Lorena, archiduquesa de Austria. Esta princesa había nacido en Nápoles el 14-XII-1784. Las bodas se celebraron en su ciudad natal el 25-VIII-1802, y se ratificaron en Barcelona el 4 de octubre del propio año. María Antonia murió en Aranjuez, el 21-V-1806.
  2. Isabel de Braganza. La segunda esposa de Fernando VII fue su sobrina Isabel de Braganza, hija de Juan VI de Portugal y de Carlota Joaquina. hermana, esta, del ya monarca español. La reina Isabel, a quien cupo la gloria de fundar el Museo del Prado, había nacido en Lisboa el 19-V-1797. El 28-IX-1816 tuvieron lugar los esponsales en Madrid. La reina murió en Aranjuez, el 26-XII-1818. De este enlace nació una hija:
    1. María Isabel Luisa. Nacida el 21-VIII-1817 y muerta a los cinco meses, el 9-I-1818.
  3. María Josefa Amalia de Sajonia. La tercera boda de Fernando VII tuvo lugar en Madrid el 20-X-1819 con María Josefa Amalia de Sajonia, hija del príncipe Maximiliano de Sajonia y de la princesa Carolina Borbón-Parma. La nueva soberana había nacido en Dresde el 6-XII-1806, y murió en Aranjuez, sin haber dejado sucesión, el 17-V-1829. María Amalia fue mujer poco agraciada, muy devota y aficionada a la poesía.
  4. María Cristina de Borbón. La cuarta esposa de Fernando VII fue su sobrina, hija de los reyes Francisco I de Nápoles (luego de las Dos Sicilias) y de la infanta María Isabel, hermana, esta, del monarca español. María Cristina había nacido en Palermo (donde se había refugiado la familia real de Nápoles durante la ocupación de aquel reino por Napoleón) el 27-IV-1806, y casó con su tío, en Aranjuez. el 11-XII-1829. Tuvieron dos hijas:
    1. Isabel. Nacida en Madrid el 10-X-1830 y que más tarde heredó el trono con el nombre de Isabel II
    2. María Luisa Fernanda. Nacida en Madrid el 30-I-1832. Casó con Antonio Mª de Orleáns, duque de Montpensier (1824-1890), hijo de Luis Felipe I (1773-1848) y de María Amalia de las Dos Sicilias (1782-1866), reyes de Francia. El enlace tuvo lugar en Madrid el 10-X-1840, coincidiendo con el de su hermana Isabel II, con Francisco de Asís de Borbón. María Luisa murió en Sevilla el 1-II-1897. De este enlace nacieron nueve hijos:
      1. María Isabel Francisca, nacida en Sevilla el 21-IX-1848 y muerta en el castillo de Villamanrique el 23-IV-1919. El 30-V-1864 casó en Kingston on Thames, con Luis Felipe de Orleáns , conde de París (1838-1894)
      2. María de la Regla, nacida en Sevilla el 8-X-1850 y muerta el 25-VII-1861
      3. María Amalia, nacida en Sevilla el 28-VIII-1851 y muerta el 9-XI-1870
      4. María Cristina, nacida en Sevilla el 29-X-1852 y muerta en la misma ciudad, el 28-IV-1879
      5. Fernando, nacido en Sanlúcar de Barrameda el 29-V-1859 y muerto en 1875
      6. María de las Mercedes, nacida en Sevilla, el 24-VI-1860, casada con Alfonso XII el 23-I-1878, y muerta en Madrid el 26 de junio del propio año
      7. Felipe, nacido el 12-V-1862 y muerto el 13-II-1864
      8. Antonio, duque de Galliera, nacido en Sevilla el 23-II-1866, casado con su prima, la infanta doña Eulalia (hija de Isabel II) el 6-III-1866, y muerto en París el 24-XII-1930
      9. Luis, nacido en Sevilla el 30-IV-1864 y muerto en 1874.