Fernando VII de España

Datos biográficos

Dinastía: Borbón
Rey de España: 1808/1814-1833
Sobrenombre: el Deseado, el Felón
Nacimiento: 14-X-1784
Fallecimiento: 29-IX-1833
Predecesor: Carlos IV
Sucesor: Isabel II

Índice

Introducción
Las abdicaciones de Bayona
El reinado 1814-1833
La familia de Fernando VII

Introducción

Fernando VII - Vicente LópezFernando VII por Vicente López

Nace en San Lorenzo del Escorial, el 14-X-1784 y muere en Madrid el 29-IX-1833. El noveno hijo de Carlos IV y de María Luisa de Parma, nació el 14 de octubre de 1784, cuando sus padres eran aún príncipes de Asturias. Juró como heredero de la corona el 23 de septiembre de 1789, en los Jerónimos, de Madrid, a los dos días de haber entrado su padre oficialmente en la corte como rey, aunque ya lo era desde hacía casi un año. Fernando, siendo príncipe de Asturias, casó en 1802 con María Antonia de Nápoles, hija de Fernando I de las Dos Sicilias; enviudó en 1806, y diez años después, siendo ya rey de España, contrajo segundas nupcias con María Isabel de Braganza, hija de Juan VI de Portugal y de la hermana de Fernando, Carlota Joaquina. La reina tuvo una hija, María Isabel Luisa, que murió a los cinco meses de nacer —enero de 1818—; el 26 de diciembre del mismo año fallecía la reina en Aranjuez. En octubre de 1819 volvía a casar Fernando; la princesa elegida María Josefa Amalia de Sajonia, que, después de haber compartido diez años el trono de España con Fernando, murió sin sucesión en Aranjuez (mayo de 1829). La cuarta esposa del rey fue su sobrina María Cristina de Borbón, que casó con el monarca en diciembre de 1829. De este cuarto matrimonio nacieron Isabel y María Luisa Fernanda.

El nacimiento de Fernando fue recibido con grandes esperanzas para la nación y la monarquía; tuvo por ayos al duque de San Carlos y al marqués de Santa Cruz, y como maestros de primeras letras al escolapio Fernando Scío y a don Francisco Javier Cabrera, obispo de Orihuela y de Ávila. Ambos profesores murieron antes de haber encarrilado a su augusto discípulo, que fue encomendado por Godoy a los cuidados del canónigo Escóiquiz. Este, nombrado primer sumiller de corps y preceptor del príncipe, interpretó como caída una temporal retirada de Godoy, y dirigió a Carlos IV una Memoria sobre la elección de buenos ministros : salía malparado el príncipe de la Paz, a cambio de un autorretrato del preceptor, en que se presentaba con aires de gran político. En calidad de tal había infundido en el ánimo de Fernando el deseo de asistir al Consejo de su padre el rey; pero este no compartió el punto de vista de Escóiquiz, a quien desterró de la corte.

El canónigo, que debía su nombramiento a Godoy, se convirtió en enemigo del valido y de los reyes, y siguió en comunicación epistolar secreta, desde su confinamiento de Toledo, con el príncipe de Asturias. Viudo este de su primera esposa, Godoy pensó casarle con su cuñada, María Luisa de Borbón y Vallabriga, este enlace no se llevó a cabo porque Escoiquiz intervino en el asunto, concertando una entrevista con el embajador de Francia, Beauharnais; se celebró la conversación un día de julio de 1807, a la hora de la siesta, en el Retiro, y Escoiquiz, con la anuencia de Fernando, solicitaba del embajador que pidiese a Napoleón su consentimiento para que Fernando pudiese casar con alguna persona de la familia Bonaparte; admirador del emperador, Escoiquiz preconizaba una alianza matrimonial entre las dos dinastías. Beauharnais respondió que sería conveniente que el príncipe de Asturias escribiera personalmente al emperador, exponiéndole sus deseos; tal es el origen de la célebre carta de 11 de octubre de 1807, escrita por Fernando al dictado de Escoiquiz, en términos de admiración y sumisión a Napoleón I. Este, que no respondió prácticamente nunca a la petición de Fernando, jugó, para su política peninsular, dos cartas simultáneas: una, la del príncipe de Asturias, y otra, la de Godoy, con quien firmaba, a través de Izquierdo, el tratado de Fontainebleau de 27 de octubre de 1807.

Ya desde hacía algunos años, y como reacción contra el valido, se había formado en torno al príncipe el grupo de los fernandistas, que en vida de María Antonia tuvieron un matiz antinapoleónico, pero que, después de muerta la primera esposa del príncipe, tomó el giro favorable a Francia, que revela la actitud de Escoiquiz. Conocida la intriga de este en la corte, de jornada en El Escorial, dio origen al Proceso que lleva el nombre de este Real Sitio.

Proceso del Escorial. Se conoce con este nombre en la Historia de España la causa instruida contra el príncipe de Asturias, don Fernando y otros cómplices, acusados de querer destronar al rey Carlos IV y dar muerte a la reina doña María Luisa Gaceta de Madrid, 30 de octubre de 1807. El rey otorgó el perdón a su hijo el 5 de noviembre; el proceso se siguió contra los otros encartados, que fueron absueltos por los jueces el 25 de enero de 1808; sin embargo Carlos IV decidió imponerles un castigo gubernativo y desterró a fortalezas y conventos a Escoiquiz, a Infantado y al duque de San Carlos. PUENTE O´CONNOR, Alberto de la, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo A-E, págs. 1291.

El rey quería perdonar a su hijo —sobre todo por estar mezclado en el asunto el nombre de Bonaparte—, y Fernando escribió sendas humildísimas cartas a su padre y a su madre, cartas que Toreno atribuye a Godoy, pero que este en sus Memorias asegura que son obra del príncipe. El caso es que el proceso concluyó con el destierro de los consejeros de Fernando, y con un gesto de apaciguamiento por parte de Carlos IV, que solicitó del emperador que determinara, entre sus sobrinas, cual debía de ser esposa de Fernando.

Pero Napoleón no tenía prisa en resolver el problema conyugal del príncipe, y sí, en cambio, en dar un giro más positivo a su política hacia España. Talleyrand transmitió a Izquierdo los proyectos del emperador, y el embajador de España en París se trasladó en febrero de 1808 a Aranjuez; Godoy aconsejó que la corte se trasladase a Sevilla o Cádiz, ante la amenaza de una invasión de los franceses, que con el pretexto de garantizar sus comunicaciones con Portugal, habían ocupado ya gran número de fortalezas españolas Cuando Izquierdo se hallaba en viaje de regreso a París, para seguir sus negociaciones con Napoleón, y ante el temor del viaje de la familia real, se produjo el Motín de Aranjuez, capitaneaba a nobles y plebeyos el tío Pedro —conde de Montijo—; caía Godoy de la privanza, Carlos IV rogaba a su hijo que perdonara la vida al valido, y Fernando recibía la corona de España por abdicación de su padre (19 de marzo de 1808).

Motín de Aranjuez. Se conoce con este nombre a la insurrección que se produjo en la noche del 17 al 18-III-1808, y que motivó el encarcelamiento de Godoy y la abdicación de Carlos IV en favor de su primogénito, Fernando. Godoy comenzó a desconfiar de las intenciones de las tropas francesas que habían penetrado en España, y convenció a los reyes de que debían retirarse a Andalucía, para, en caso necesario, pasar a las Baleares o a la América española. Pero el partido del príncipe de Asturias hizo correr la noticia de que Godoy pretendía secuestrar y destronar a Carlos IV y que temía a las tropas de Napoleón, porque estas entraban como aliadas de Fernando. El conde de Montijo, disfrazado de campesino manchego y ocultando su personalidad bajo el nombre de el tío Pedro recorrió los alrededores de Aranjuez para reclutar unos cuantos paisanos. A la una de la madrugada se oyó un disparo de pistola en el palacio real y el príncipe salió de sus habitaciones con un grupo de guardias. Se organizó un tumulto que permitió dominar a los guardias fieles a Godoy; pero este no fue hallado hasta el día 19 por la mañana, oculto en un desván de su palacio. A las siete de la tarde de aquel mismo día, Carlos IV convocó a sus ministros para abdicar en favor de su hijo Fernando. Godoy parece tener razón al decir que el motín de Aranjuez fue organizado por unos cuantos nobles, valiéndose de las jaurías de lacayos, de cocheros, galopines y chusma advenediza que tenían asaliarada; pero lo cierto es que los sucesos del real sitio hallaron en Madrid un auténtico eco popular. VARIOS AUTORES, Enciclopedia Larousse, Ed. Planeta, 1993, tomo 2 pág. 728.

El prolongado valimiento de Godoy, la corrupción total de la corte de Carlos IV, el desconcierto del pueblo, divorciado de la política que España seguía al dictado de Napoleón, el natural deseo de un cambio de orientación en la vida pública, fueron factores que aureolaron de tal prestigio, a priori, al príncipe de Asturias, que fue llamado por sus coetáneos el Deseado. Al sobrenombre correspondió también el recibimiento que le hizo el pueblo de Madrid el 24 de marzo; según atestiguan cronistas de la época, revistió caracteres de entusiasmo desconocido hasta entonces, halagüeño pronóstico de identificación entre el rey y los súbditos.

Joaquín Murat, rey de Nápoles y mariscal de Francia. Retrato de François Gérard, en 1808.Joaquín Murat, rey de Nápoles y mariscal de Francia. Retrato de François Gérard, en 1808.

Pero, entre tanto, Murat entró en Madrid, con su ejército de ocupación, y no reconoció al nuevo monarca. El general francés había estado en tratos con Carlos IV, quien le manifestó que su abdicación fue debida a la fuerza de las circunstancias, y que por lo tanto carecía de validez legal. Fernando VII modificó parcialmente el grupo de consejeros de su padre, levantó el destierro de los perseguidos por GodoyJovellanos, Cabarrús, etc.—, y nombró para su asesoramiento más directo tres prohombres de la época, el duque de San Carlos, el duque del Infantado y el canónigo Escoiquiz, apartado de la corte desde el proceso del Escorial. Murat comunicó a Fernando que no podía reconocerle como rey en tanto no estuviera autorizado para ello por el emperador; el general francés no visitó siquiera al monarca español, pero este, para ablandar al representante de Napoleón, le ofreció como obsequio la espada de Francisco I, que el francés había rendido en Pavía a las tropas de Carlos V en 1525 (el conde de Valencia de Don Juan demostró que la espada no era la misma en su Catálogo de la Real Armería de Madrid; portadores de la espada ofrecida sobre bandeja de plata a Murat, eran el marqués de Astorga y el duque del Parque, con mucha escolta; se cambiaros discursos que revelaron la sumisión de Fernando al general francés.

Las abdicaciones de Bayona

Por otra parte, como Napoleón dejara entrever que iría a Madrid, se creyó entonces que Savary, duque de Rovigo, era anuncio de su próxima llegada. Fernando, había mandado ya antes a Bayona a los duques de Frías y de Medinaceli y al conde de Fernán Núñez, en calidad de embajadores, para pedir a Napoleón la mano de Lolotte, hija de Luciano Bonaparte, con la que quería contraer matrimonio. El emperador no respondió a la solicitud y, en cambio sus representantes en Madrid instaban a Fernando para que emprendiese el viaje hacia el Norte para salir al encuentro de Napoleón. El rey no se determinó a hacerlo, y envió al infante don Carlos.

Parece ser que en su ánimo influyó mucho la opinión de Escoiquiz, y lo cierto es que el 10 de abril emprendió la marcha, acompañado de sus consejeros; llegó a Burgos dos días después, y entró el 14 de abril en Vitoria. En la capital alavesa se sucedieron las vacilaciones, y hubo repetidos intentos, por parte de los españoles patriotas, de disuadir al rey de que siguiera viaje o de persuadirle a que emprendiera la fuga. Solo Escoiquiz consiguió convencer a Fernando de las buenas intenciones del emperador y de la conveniencia de seguir hasta Bayona; allí esperaba que el emperador le reconociera como rey de España.

El 20 de abril la regia comitiva española pasó la frontera por Irún y, a dos leguas de Bayona se unieron al rey el infante don Carlos y sus acompañantes, que pusieron a Fernando en antecedentes del cariz que iban tomando los acontecimientos. Poco antes de llegar a Bayona fueron recibidos los españoles por dos representantes de Napoleón, que los condujeron a casa del comerciante Duroc, donde debía alojarse el rey de España. Una hora después llegó Napoleón, que abrazó a Fernando; almorzaron los españoles en el palacio imperial, y a la hora de concluido el almuerzo, se presentó Savary con la misión de anunciar a Fernando la decisión de Napoleón:

la dinastía borbónica no volvería a reinar en España y debería ceder sus derechos a la familia Bonaparte.

Se produjeron discusiones, bien con los ministros del emperador, bien entre los consejeros españoles mismos, hasta que el 30 de abril llegaron a Bayona Carlos IV y María Luisa, y el 6 de mayo restituyó Fernando la corona a su padre, quien se la había cedido ya, de antemano -en virtud del convenio firmado por Godoy (también en Francia) y Duroc, por sus respectivos señores- a Napoleón.

Castillo de Valençay en Francia, donde se encontraban encerrados Fernando VII y Carlos IV.Castillo de Valençay en Francia, donde se encontraban encerrados Fernando VII y Carlos IV.

Después, Fernando, don Carlos y don Antonio Pascual de Borbón y de Sajonia, el tío de ambos, acordaron renunciar a cualquier derecho que pudiera corresponderles sobre la corona de España, y aceptaron el 10 de mayo su retirada de Valençay. Fernando dirigió a los españoles —que el 2 de mayo se habían levantado en Madrid para luchar contra la invasión francesa— una proclama (firmada en Burdeos el 12 de mayo) pidiéndoles obediencia a Napoleón y confianza en el emperador, que les colmaría de felicidad. Escoiquiz, tan terco en todas sus ideas, aún pensaba en la boda de Fernando con una Bonaparte (según carta suya de 17 de mayo), y Fernando mismo, que felicitó a su sucesor en el trono, José I, le escribió diciéndole que se consideraba miembro de la augusta familia de Napoleón, a causa de que había pedido al emperador una sobrina por esposa, y esperaba conseguirlo.

En el castillo de Valençay, que había comprado Talleyrand con dinero de Godoy, estuvieron Fernando, don Carlos y don Antonio hasta 1814. Les acompañaba su séquito y se había agregado a él don Blas Ostolaza autor de un opúsculo titulado Heroísmo de nuestro deseado rey don Fernando VII en la prisión de Francia, Málaga también Valencia, 1814.

Durante su estancia en Valençay —escribe Villaurrutia—, además de las funciones de su sagrado ministerio, se ocupaba Ostolaza en leerle a S. M. las obras de Saavedra Fajardo, mientras que el rey, que bordaba primorosamente, pasaba el tiempo en labores de aguja, impropias de su sexo, en competencia con su tío el infante don Antonio, de quien dice Ostolaza que se distinguió cosiendo y bordando para la iglesia de Valençay un dosel de glasé de plata con franja y flecaduras de oro. Fernando VII, rey constitucional, 2ª. ed., Madrid, 1942, Pág. 97).

Durante el periodo de Valençay, España, en nombre de Fernando, lucha contra Napoleón, y procura dar una solución legal a su situación mediante la convocatoria de Cortes Constituyentes en Cádiz, que elaboran la Constitución de 1812. Los seis años que dura la guerra de la Independencia, que concluye con la victoria de España e Inglaterra, aliadas en la empresa a la que contribuyen eficazmente las guerrillas, permiten el retorno del monarca, a quien habían representado en España cuatro juntas consecutivas con carácter de regencias. En virtud del tratado de Valençay, el monarca pisó de nuevo tierra de España el 22 de marzo de 1814.

El reinado (1814-1833)

La honda crisis padecida por el pueblo español a raíz del choque de 1808, salvada heroicamente y gracias a la dirección de una minoría ilustrada, que quiso dotar a España de una ley fundamental del Estado y encauzar a la monarquía por la vía constitucional, puso de manifiesto el anquilosamiento de las instituciones tradicionales. Fernando no era partidario de innovaciones, y siempre miró con recelo cualquier reforma que tendiese a coartar su autoridad real: era un monarca absoluto, o, al menos, pretendía ejercer la realeza con espíritu de tal. Sin embargo, Fernando vacilaba ante la determinación que debía adoptar. Pasó por Figueras, por Daroca y Segorbe, y llegó a Valencia. El embajador inglés, Wellesley, le aconsejó que aceptara la Constitución. El cardenal Borbón, que había salido a recibir al monarca en nombre de la regencia, tenía instrucciones de no reconocer a Fernando como rey en tanto no jurase la Constitución:

Fernando le tendió la mano para que se la besara, en señal de reconocimiento, y el cardenal, obedeciendo la orden violenta que le dio el rey, se la besó.

Con este acto simbólico, Fernando se consideró con derecho a derogar la Constitución de Cádiz. Animaron al rey a obrar de este modo, aparte de su propia inclinación, el manifiesto de los Persas, la actitud del ejército y la caída de Napoleón; en consecuencia, firmó el manifiesto de 4 de mayo, escrito por el ayudante de peluquero de palacio, Antonio Moreno, que fue nombrado consejero de Hacienda.

El Sexenio Absolutista 1814-1820

El 11 de mayo se publicó el manifiesto en Madrid: anulaba la Constitución y la obra de las Cortes constituyentes y de las ordinarias, como si no hubiesen pasado jamás tales actos y se quitasen de en medio del tiempo. Una real orden dispuso la prisión de los regentes Agar y Ciscar, de Álvarez Guerra, García Herreros, Argüelles, Muñoz Torrero, Martínez de la Rosa, Villanueva, Canga Argüelles, Calatrava, Quintana, Máiquez el actor; muchos consiguieron huir, entre ellos Toreno y Flórez Estrada. El 13 de mayo entró el rey en Madrid, y de su carroza tiró la plebe en entusiasta eclosión de bienvenida al Deseado.

Durante su primera etapa absolutista, Fernando reinó de acuerdo con sus consejeros San Carlos, Salazar, Escoiquiz, Freire, Pedro Macanaz, Lardizábal, Ceballos, Eguía, Echevarri, Campo-Sagrado, Casa-Irujo; aparte de estos que siguieron en líneas generales las directrices marcadas por el propio monarca, por miedo a perder su favor, hay que destacar la actuación de Martín de Garay, hacendista que procuró sanear con medidas nuevas la situación financiera de España.

Fernando restableció la Inquisición, que había sido abolida por las Cortes de Cádiz, persiguió a los liberales y a los afrancesados, sembró la desconfianza entre sus súbditos y prestó mayor atención a sofocar intentonas de carácter liberal —Díaz Porlier, Lacy, etcétera— que al progresivo desarrollo que iba tomando la emancipación de América. Esta apenas logró preocuparle, pues le absorbía por entero el problema interior —la lucha entre la semilla liberal gaditana y los tradicionalistas partidarios de un sistema político no influido por ninguna savia renovadora.

El Trienio constitucional 1820-1823

El ensayo del trienio constitucional, al que se sometió Fernando por la fuerza de un pronunciamiento —Riego en Cabezas de San Juan (enero de 1820)—, tampoco fue edificante ni para el país ni para el trono. El rey juró la Constitución el 9 de marzo ante una comisión de desconocidos para él. Comenta este hecho el marqués de Miraflores, diciendo que

este acto... será eternamente célebre en nuestros anales; pero por una de las anomalías en que tanto abunda España, este acto, que hubiera en otro país derribado el trono, como consecuencia de su envilecimiento, pasó como un suceso trivial y ordinario. Apuntes histórico-críticos para escribir la historia de la Revolución de España desde el año 1820 hasta 1823, Londres, 1834.
Las Cortes reunidas durante el Trienio liberal.Las Cortes reunidas durante el Trienio liberal.

Y el 10 de marzo de 1820 el rey, voluble y siempre plegable a cualquier circunstancia, lanzó un manifiesto en que reconocía solemnemente errores de la corona; de sus palabras ha quedado como paradigma de astucia política —porque dejó de cumplirla en cuanto pudo, la célebre promesa: Marchemos francamente, y yo el primero, por la senda constitucional.

En medio de un ambiente de sociedades secretas —más o menos propulsoras del movimiento constitucional, como la masonería—, de rivalidades de tendencias políticas —realistas, doceañistas y exaltados—, Fernando VII se avino a las reformas impuestas: restablecimiento de las libertades constitucionales; abolición del Santo Oficio; convocatoria de Cortes (julio de 1820). Pero su colaboración con la nueva situación era forzada, y en 1821 provoca al leer el mensaje de la corona, la crisis de la coletilla.

Crisis de la Coletilla. Recibe este nombre la destitución de varios ministros provocada por una coletilla que Fernando VII agregó al mensaje de la corona en la apertura de Cortes el 10 de marzo de 1821. Habíanle preparado [al rey] los ministros, como es costumbre, el discurso que debía preceder a la apertura de sesiones, y el rey comenzó a leerlo con dignidad y soltura; mas al llegar al fin leyó también una adición que había hecho él mismo, y de que ningún conocimiento tenían aquellos. He jurado la constitución —dijo entre otras cosas— y he procurado siempre observarla en cuanto ha estado de mi parte. ¡Ojalá que todos hicieran lo mismo! Han sido públicos los ultrajes de todas clases cometidos contra mi dignidad y decoro, contra lo que exige el orden y respeto que se me debe tener como rey constitucional... los cuales no se hubieran repetido segunda vez, si el poder ejecutivo tuviese toda la energía - vigor que la constitución previene, y las Cortes desean... TORENO, Historia contemporánea de la Revolución de España, Madrid, 1845, tomo I, página 82. La sorpresa de los diputados y del Gobierno fue enorme, y al día siguiente fueron exonerados por Decreto los ministros Argüelles, Canga-Argüelles, Valdés, etcétera. DE LA VILLA, Justa, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo N-Z, págs. 1013.

Por otra parte, los realistas fomentan la oposición a los constitucionales, exponente de esta actitud será la conspiración de Matías Vinuesa.

Matías Vinuesa. EI cura de Tamajón —así llamado por haber ejercido la parroquia en este lugar de la provincia de Guadalajara— se distinguió en la guerra de la Independencia, especialmente en la provincia de Guadalajara; después de la abolición de la Constitución de 1812, se sumó a los principios absolutistas, con lo que se ganó la confianza de Fernando VII; defendió sus ideas desde el púlpito y mediante algunos folletos de contenido político —Preventivo contra la irreligión, entre otros—, recibiendo el nombramiento de capellán honorario de palacio. En 1820 preparó un movimiento, de acuerdo con don Carlos, hermano de Fernando VII, para derrocar el régimen liberal; fue juzgado y condenado a diez años de prisión (I-1821), pero, una vez encerrado en la cárcel, las turbas, considerando leve la pena impuesta, asaltaron el edificio y asesinaron al sacerdote, arrastrando su cuerpo por la vía pública. La reacción absolutista (1823) tomó represalias con algunos de los autores del hecho, a consecuencia del cual tuvo que dimitir Vázquez de Figueroa, ministro de la Gobernación en el gabinete Bardají. BEGUÉ, Olimpia, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo N-Z, págs. 1013.

Fernando no se resigna a reinar solo nominalmente y entabla negociaciones con las potencias extranjeras ( Santa Alianza, congresos de Troppau y de Laybach). Los realistas se pronuncian y establecen la regencia de Urgell.

Regencia de Urgell. Regencia subversiva que establecieron en este lugar los absolutistas, impulsados por el barón de Eroles, dueño de la Seo de Urgel, al que se unieron el marqués de Mataflorida y Jaime Creus, arzobispo preconizado de Tarragona, siendo nombrado presidente el segundo, en virtud de autorización real. Era su lema In hoc signo vinces, con una cruz. Publicó un manifiesto y logró convertir en foco de guerra el principado de Cataluña, con el apoyo de Francia. El gobierno constitucional envió al general Mina con amplios poderes para sofocar la rebelión, lo cual consiguió tras no pequeños esfuerzos y con poca efusión de sangre, haciendo pasar a Francia (26 a 29 de noviembre) a los miembros de la regencia y a varios millares de hombres que lucharon en defensa de la misma. DE LA VILLA, Justa, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo N-Z, págs. 423.

En las jornadas de 1 y 7 de julio de 1822 triunfan los exaltados, que elevan al Poder a San Miguel. Sin embargo, por el congreso de Verona, los realistas consiguen el apoyo de la Santa Alianza, que culminará en el envío del cuerpo expedicionario conocido por los Cien mil Hijos de San Luis, al mando de Angulema, que, en abril de 1823, penetra en España con promesa de restaurar el orden. Fernando fue declarado incapaz, por demencia, para reinar por sí mismo, y obligado a resignar sus poderes en un Consejo de regencia, llegó el 11 de abril a Sevilla; el Gobierno creía que así se resistiría mejor a la invasión francesa y se evitaría una nueva reacción absolutista. El 23 de mayo entró Angulema en Madrid, y el último día de agosto se rendía el reducto liberal de Cádiz.

Cien mil Hijos de San Luis. Se llamó así, redondeando las cifras reales que eran de unos 60.000 hombres, al ejército del duque de Angulema, que restableció en España el régimen absolutista por decisión del Congreso de Verona. El día 7 de abril pasó este ejército el Bidasoa, mandados sus cinco cuerpos por el duque de Reggio, los condes de Molitor y de Bordesoulle, el mariscal Moncey y el príncipe de Hohenlohe. Su entrada fue, en realidad, un fácil paseo militar, uniéndose a ellos 30.000 voluntarios a las órdenes del general Quesada y del conde de España. Ballesteros, en vez de presentar batalla, retiró su ejército desde Aragón a Valencia, y el conde de La Bisbal, jefe del de Castilla, no ocultó su propósito de tratar con los invasores. Fue sustituido por el marqués de Castelldosríus, que, al marchar hacia Extremadura, dejó en Madrid a don José de Zayas. Este, de acuerdo con el Concejo, se apresuró a pactar con los franceses. Los restos de la división de La Bisbal fueron derrotados en Despeñaperros, y algo parecido ocurrió con Ballesteros y Morillo, que capitularon sin resistencia. Solo Mina se defendió en Cataluña, pero pronto quedó bloqueado en Barcelona. Ya ante las puertas de Cádiz, las tropas de Angulema tomaron el castillo de Sancti-Petri el 21 de septiembre. El 30 del mismo mes, Fernando VII exoneró a sus ministros, y el día 1 de octubre, al reunirse en el Puerto de Santa María el rey y Angulema, quedó prácticamente terminada la expedición de este. PUENTE O´CONNOR, Alberto de la, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo A-E, pág. 824.

Los franceses entablaron negociaciones, mientras seguían las operaciones de limpieza, y el 1 de octubre de 1823, los constitucionales dejaron libre al rey, mientras ellos se refugiaban en Gibraltar. Fernando embarcó en Cádiz y se trasladó al Puerto de Santa María, donde fue espléndidamente recibido por duque de Angulema. Abolió todos los actos de los tres llamados años, condenó a muerte a Valdés, Císcar y Vigodet —que habían ejercido la regencia en nombre de Fernando—, y aprobó los actos de la llamada regencia de Oyarzun, que representaba el espíritu absolutista.

Regencia de Oyarzun. Nombre que tomó el grupo absolutista constituido por Eguía, Eroles, Gómez Calderón y Erro, al pasar con los Cien mil Hijos de San Luis, desde Bayona a tierra española; se estableció en Oyarzun, en 1823, y pasó enseguida a Madrid.. PUENTE O´CONNOR, Alberto de la, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo N-Z, págs. 423.
La ominosa década 1823-1833

Un nuevo consejero empezó a influir en el ánimo de Fernando durante el periodo que la historiografía liberal ha llamado ominosa década: Calomarde. Se procedió a la depuración de los elementos liberales (purificaciones), se recrudeció la persecución contra ellos, pero a pesar del absolutismo de Fernando, este no consiguió satisfacer tampoco a los realistas. También estos se sublevaban porque consideraban que Fernando VII no es un hombre: es un monstruo de crueldad, es el más innoble de todos los seres, es un cobarde …, es una calamidad para nuestra desventurada patria (palabras del Manifiesto de la Federación de los Realistas Puros).Federico Suárez, El manifiesto realista de 1826, en Príncipe de Viana, 30, 1948).

Purificaciones. Sistema de depuración que restableció el ministro Calomarde por real cédula de 1 de abril de 1824, y mediante el cual se violaban los más elementales derechos del pensamiento y de conciencia, aplicándose durísimos castigos y penas, incluso la capital, a las personas que se estimaban desafectas al Gobierno absolutista. DE LA VILLA, Justa, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo N-Z, págs. 376.

En 1823 es ajusticiado el Empecinado; en 1826 son los hermanos Fernández Bazán los que mueren al frustrarse su tentativa liberal; en 1827 se levantan los agraviadosMalcontents— de Cataluña, y la revuelta obliga al rey a visitar el principado, para alentar la represión, sangrientamente dirigida por el conde de España.

La elevación al trono de Francia de Luis Felipe, consecuencia de la revolución de 1830, hace concebir nuevas esperanzas a los emigrados españoles: Chapalangarra, Espoz y Mina, Torrijos, Manzanares, Fernández Golfín, Mariana Pineda, el librero Miyar, etc., son nuevas víctimas de sus intentos liberales, a pesar de que el absolutismo del rey se ha templado notablemente desde su matrimonio con María Cristina. A ella corresponde, partir de 1832, la dirección política del país.

La Pragmática Sanción 1830

Acto de suma importancia debido a Fernando VII fue la derogación del Auto acordado de 1713 (Ley Sálica) en 1830; por esta disposición se posibilita la ascensión al trono de Isabel, princesa de Asturias. Pero esta misma medida, que fue mal acogida por los realistas —amigos de don Carlos—, fue derogada por el rey cuando, en estado inconsciente por su grave estado de salud, firmó un codicilo, el 18 de septiembre de 1832, que reconocía como sucesor suyo a don Carlos. El palacio de La Granja fue escenario de violentos sucesos, no bien aclarados en las fuentes: la infanta Luisa Carlota rompió el codicilo, y el presunto proyecto carlista queda al descubierto. Federico Suárez, La crisis política del antiguo régimen en España, Madrid, 1950, páginas 139 ss.

La política inicia un viraje radical, porque María Cristina busca el apoyo de los liberales, lo que la mueve a dar el primer decreto de amnistía. Regresa de Londres para aconsejar a la soberana Zea Bermúdez, inaugurándose un periodo no muy exactamente calificado de despotismo ilustrado; se decretó también la reapertura de las universidades. Era necesario el acercamiento a los liberales, porque don Carlos, negándose a asistir a la jura de Isabel como princesa de Asturias, se había internado en Portugal.

Se cruzó una correspondencia entre el monarca y su hermano, que puso de relieve la inminencia del pleito dinástico. Portugal apoyaba el carlismo, y cuando amenazaba con producirse la ruptura de relaciones, el rey Fernando moría, víctima de un ataque de apoplejía, el 29 de septiembre de 1833. El 4 de octubre siguiente fue depositado su cadáver en el monasterio de El Escorial. Un día antes se había producido el levantamiento carlista de Talavera.

Corolario

La historia ha juzgado con severidad a Fernando VII, considerando que en él se malogró la posibilidad de un buen reinado. Los liberales le han atacado, y los realistas no le han defendido;

Fernando fue falaz en sus promesas, inconsecuente en sus favores y en sus elecciones vario, hipócrita más bien que religioso, y más superficial que instruido, no solamente en la ciencia del gobierno, sino aun en los conocimientos vulgares; por último, desconfiado y rencoroso, no quiso dejar fallido el pronóstico de la reina madre, que presagió funestas consecuencias a la nación que con tanta idolatría le veneraba... La familiaridad de su trato, la llaneza, tal vez demasiado franca, de sus modales, y otras buenas prendas que le distinguían, no bastaban a compensar sus defectos ni a reparar los perjuicios que experimentó la nación en su larga época. TORENO, Historia contemporánea de la Revolución de España, Madrid, 1843, t. III, Pág. 187).

La política exterior fue desfavorable a España, incluso en un momento tan propicio como la derrota de Napoleón; los embajadores españoles fracasaron en el Congreso de Viena (1815). La política colonial en América perdió interés para la metrópoli, y aparte de que España cedió la Florida a Estados Unidos (1819), perdió todas las posesiones del continente americano; del imperio de Ultramar solo quedaron Cuba, Puerto Rico y Filipinas.

La cultura en el interior sufrió quebrantos, porque Fernando ejerció una rigurosa censura en el orden ideológico, por temor a que se introdujeran en España tendencias subversivas bajo disfraz intelectual. En este último aspecto ha querido rehabilitar la memoria de Fernando don Juan de Arzadun Fernando VII y su tiempo, Madrid, 1942, que ha publicado una serie de interesantes cartas inéditas del rey y de otras personas de la época. El monarca se rodeó preferentemente de plebeyos elevados a la camarilla palaciega, frecuentaba barrios bajos, buscaba lances de amor con mujeres del pueblo.

Fue protector de toreros, simpático con la gente del pueblo, que llegó a admirar en el rey afabilidad e interés por sus cosas. Como desconfiaba de cuantos le rodeaban, puede decirse que ni Escoiquiz ni Calomarde fueron validos de Fernando VII, y que él solo fue quien reinó y gobernó, salvo en los momentos en que alguna causa ajena a él le obligaba a admitir una cortapisa a su poder real. Inmortalizada su imagen por Goya, los famosos retratos de Fernando VII revelan, gracias a los inteligentes perspicaces pinceles goyescos, todos los rasgos psicológicos del Deseado, a cuya muerte España, quedó hendida en la primera guerra civil del siglo XIX.

DE LA VILLA, Teodora, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo F-M, págs. 77-81.

La familia de Fernando VII