María Cristina de Borbón

Datos biográficos

Reina de España: 1829-1833
Regente de España 1833-1840
Nacimiento: 27-IV-1806
Fallecimiento: 22-VIII-1878

Biografía

Marie-Christine_de_Bourbon - Franz Xaver WinterhalterMarie-Christine de Bourbon por Franz Xaver Winterhalter

[Palermo-Sainte-Adresse (Francia)]. Hija de Francisco I, rey de las Dos Sicilias, y de María Isabel de Borbón, infanta de España, casó con Fernando VII en 1829, al enviudar el monarca de su tercera esposa, María Josefa Amalia de Sajonia. Era María Cristina sobrina del rey, y con su enlace, verificado en Aranjuez, se inicia la suavización de los arbitrarios métodos gubernamentales de Fernando VII. La boda fue bien recibida en los entonces oprimidos medios liberales, y a su paso por Francia, la futura reina española recibió el homenaje de los emigrados, para los que tuvo promesas que no tardarían en cumplirse y que cristalizaron en la amnistía de 1832. Es significativo que hombres como A. Lista —afrancesado—, Juan Nicasio Gallego —doceañista— y Quintana —doceañista y del trienio— compusieran poesías con ocasión de su matrimonio en el epitalamio con que se celebró Federico Suárez, La crisis política del antiguo régimen en España (1800-1840), Madrid, 1950, pág 128 y s.).

Ni siquiera Calomarde puso objeción alguna al matrimonio del rey, quien solo halló oposición en el bando apostólico. Especulaba este con la falta de sucesión al trono —por no haber tenido Fernando hijos de sus tres esposas anteriores— y confiaba en que la muerte del rey significaría la coronación de don Carlos M. Isidro; la nueva oportunidad que brindaba el enlace de Fernando VII con su sobrina no pudo por menos de excitar las ambiciones de los carlistas, que se acentuaron en marzo de 1830, al confirmar el rey la Pragmática Sanción de 1789, cuyos principios habían proclamado también las Cortes de Cádiz, y por la cual se reconocía a las hembras el derecho de sucesión al trono. Ya entonces se sabía que la reina estaba encinta —la Gaceta Extraordinaria (8-V-1830) anunciaba el quinto mes de embarazo de la soberana y mandaba vestir de gala a la corte durante tres días—, y mientras en la frontera francesa se desarrollaban unos intentos de penetración en Navarra por parte de algunos liberales españoles emigrados, nació la princesa de Asturias, que había de reinar como Isabel II.

La revolución de 1830 en Francia recrudeció nuevamente el espíritu de intolerancia del monarca español, y aunque en la cámara real luchaban dos tendencias opuestas, la reina no pudo aún imponer su pensamiento. Cristina —escribe Lafuente— mostraba inclinación a favorecer a los liberales; Fernando seguía aborreciendo la libertad y a sus amigos: en favor de la conciliación de los partidos ayudaban a la reina los secretarios de despacho Grijalva y González Salmón; fomentaban el apego del rey al absolutismo Calomarde y el obispo de León, en quien el rey depositaba ciertas confianzas. Se veía en Cristina la tolerancia, la afabilidad, la dulzura y el amor: seguían revelándose en Fernando las inclinaciones y los instintos de la crueldad.

En medio de estas divergencias ideológicas del matrimonio real, Fernando no dejó de intervenir con mano dura contra los intentos liberales, alentados por la revolución de Francia de una parte, y de otra, por la confianza puesta en la reina María Cristina; los anti fernandistas volvieron a sufrir bajas: Torrijos, Juan de la Torre, Torrecilla, el librero; Miyar, Mariana Pineda, etcétera. A pesar de estas sangrientas represiones, la estrella de Fernando se había oscurecido, y el rey se encontraba entre dos fuegos; iba definiéndose cada vez más a favor de María Cristina el partido liberal —aunque no tuviera carácter orgánico— y frente a él se perfilaba ya la tendencia del carlismo, que no cesaba de invocar la ley sálica, para evitar que subiera algún día al trono la princesa Isabel.

Hallándose la corte en San Ildefonso (1832), el rey se agravó en la enfermedad que hacía tiempo venía padeciendo. El 17 de septiembre, Maria Cristina llamó a Calomarde para consultarle las medidas que habría que adoptar en caso de fallecimiento del rey; el ministro informó que el país se pronunciaría a favor de don Carlos; Fernando otorga a su esposa facultades para reinar en su nombre mientras dure su enfermedad, y la reina, dominada por Calomarde, el obispo de León y el conde de Alcudia, que no hacen sino presagiar para España una negra guerra civil, accede a que Fernando firme un codicilo (18-IX-1832) por el que se derogaba la Pragmática Sanción de 1830. Don Carlos se creía ya rey de España, y no faltaron palaciegos que se dirigieron al infante con el tratamiento de majestad, sobre todo cuando empezó a propalarse la noticia de que el rey Fernando había fallecido, lo que naturalmente, no era cierto.

En efecto, Fernando comenzó a recobrar el conocimiento, y cuando supo que había firmado el documento en estado de inconsciencia, anuló el codicilo y exoneró a todos los ministros. La infanta Luisa Carlota, hermana de la reina, al conocer los métodos de que se había valido Calomarde para esta intriga, abofeteó al ministro y rasgó el documento que restablecía la ley sálica.

Con estos hechos que protagoniza la reina María Cristina se inicia en España la división del país en dos grandes fracciones: los partidarios de la reina, que se llamarían cristinos, representantes de la idea liberal, y los seguidores de don Carlos, que toman el nombre de carlistas. Esta división, que tiene como consecuencia la lucha dinástica que azotará a la Península durante más de cuatro décadas del siglo XIX, es una de las causas determinantes de la fisonomía política española contemporánea.

Los actos de gobierno de la reina durante la enfermedad de su esposo, y con el nuevo Ministerio que había sucedido al que podríamos llamar carlista, se iniciaron con el indulto otorgado a los presos políticos (7-X 1832) y con la reanudación de actividades de las Universidades literarias del reino. A estas medidas siguió rápidamente la amnistía:

Guiada, pues, de tan lisonjeras ideas y esperanzas, en uso de las facultades que mi muy caro y amado esposo me tiene conferidas, y conforme en un todo con su voluntad, concedo la amnistía más general y completa de cuantas hasta el presente han dispensado los reyes a todos los que han sido hasta aquí perseguidos como reos de Estado, cualquiera que sea el nombre con que se hubieran distinguido y señalado, exceptuando de este rasgo benéfico, bien a pesar mío, los que tuvieron la desgracia de votar la destitución del rey en Sevilla y los que han acaudillado fuerza armada contra su soberanía. Tendréislo entendido, etc.—San Ildefonso, a 15 de octubre de 1832.-...

Restablecido, el rey volvió a tomar el mando del Estado, pero compartiéndolo oficialmente con su esposa, y Fernando hizo jurar solemnemente a su primogénita Isabel como heredera legítima del trono. Don Carlos, en Portugal, se negó a conceder su juramento, insistiendo, por el contrario, en sus derechos al trono. Los realistas o carlistas, cuyo foco de conspiración se hallaba en Portugal, empezaron a promover algunas revueltas, y en este estado las cosas, falleció el rey (28-IX-1833). Abierto el testamento, la cláusula 11 se expresaba en los términos siguientes: Si el hijo o hija que hubiese de sucederme en la corona no tuviese diez y ocho años cumplidos al tiempo de mi fallecimiento, nombro a mi muy amada esposa doña María Cristina por regenta y gobernadora de toda la monarquía para que por sí sola gobierne y rija…

Pocos días después dr iniciarse la regencia de la reina gobernadora estalla la reacción carlista (4-X-1833), que conduce a la guerra civil llamada de los Siete años. Maria Cristina solo fue reconocida por Francia e Inglaterra: así, su regencia se señala difícil en sus comienzos, tanto por lo que se refiere al interior como al extranjero.

A pesar de las medidas liberales que dictaban sus gobiernos, los progresistas y el pueblo pedían una política cada vez más avanzada; el bando carlista contaba con un caudillo militar que alcanzó fama legendaria: Zumalacárregui, y no por haber caído en el sitio de Bilbao consiguieron los cristinos acelerar el fin de la guerra. Las relaciones de España con el extranjero experimentaron una mejora al firmarse el tratado de la Cuádruple Alianza (1834), pero lo inoperante en la práctica del acuerdo obligó a dimitir a Martínez de la Rosa, cediendo el puesto de presidente del Consejo de Ministros al conde de Toreno. Sucedió a este Mendizabal, con quien llegan a su apogeo las medidas políticas de carácter liberal. Con Istúriz como jefe del Gobierno se produce en La Granja el levantamiento de los sargentos, que obligan a la regente a firmar el restablecimiento de la Constitución de Cádiz.

Sucede a Istúriz el presidente Calatrava, y durante su gestión se advirtió mayor firmeza en las operaciones militares del partido liberal que consiguió apuntarse la victoria de Luchana, obra de Espartero. En 1837 se promulgó la nueva Constitución, aunque no por ello entró el país (ni siquiera en el territorio ocupado por las fuerzas leales a Maria Cristina) en un periodo de normalidad; en la sucesión de ministerios destacan los nombres de Espartero, Ofalia, Frías y Pérez de Castro. Así se llega al Convenio de Vergara, que se firma el 31 de agosto de 1839.

En medio de los azares de la guerra civil, Maria Cristina había ido perdiendo a muchos de sus adictos; se debió ese desafecto creciente a su matrimonio morganático con Fernando Muñoz, de quien la reina tuvo varios hijos. El descontento crece durante la primera mitad de 1840 y culmina en el pronunciamiento de Espartero (4-IX-1840), que aglutina entre sus partidarios a todos los elementos progresistas. Maria Cristina renunció a la regencia (17-IX) y fue obligada a abandonar a sus hijas, la reina Isabel II y la infanta Luisa Fernanda, que permanecieron en España. Durante la regencia de Espartero se produjeron diversos intentos de restaurar en la gobernación a María Cristina, uno de los cuales fue causa del fusilamiento de Diego de León.

La reina vivió en el destierro con Fernando Muñoz, y pudo volver a España a raíz del golpe de Estado de Narváez, que derrocó a Espartero y declaró a Isabel II mayor de edad (1843). Dos años después se publicó su matrimonio con Muñoz, quien recibió el título de duque de Riánsares. Aún no había decrecido la influencia política de la reina madre, ya que fue ella principalmente la que organizó los matrimonios de sus dos hijas, enfrentándose con los propósitos de la diplomacia inglesa.

La vicalvarada (1854) fue un nuevo golpe para la intervención de María Cristina en los negocios públicos, que otra vez hubo de emigrar, y aunque después de 1856 regresó ocasionalmente a España, no participó más en las actividades públicas. Desde el exilio pudo aún conocer los hechos históricos importantes de su siglo: el destronamiento de su hija (1868), la instauración de la dinastía de Saboya, la proclamación de la República (1873) y la restauración borbónica, con la subida al trono español de su nieto Alfonso XII.

DE LA VILLA, Justa, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo F-M, págs. 897-899.
Hijos de María Cristina