Pretendientes Carlistas

Carlos María de Isidro

Borbón y Borbón, Carlos María Isidro de. Conde de Molina. Aranjuez (Madrid), 29.III.1788 – Trieste (Italia), 10.III.1855. Primer pretendiente carlista a la Corona de España.

Segundo de los hijos varones de Carlos IV y de María Luisa de Parma. Al igual que sus hermanos, don Carlos recibió una esmerada educación en la que junto al Latín, el Español, el francés, la Geografía, la Historia —según los libros de Mariana—, el dibujo —bajo la dirección de Carnicero— y la religión se incluyeron nociones militares, aspecto este último que corrió a cargo del general de Artillería Vicente Maturana. En 1808 su biblioteca personal constaba de unos mil quinientos volúmenes, correspondientes a 333 obras, de las que 94 eran de religión, 59 de literatura, 36 de ciencias, 35 de geografía y 23 de historia y arte.

A pesar de la excelente relación que siempre mantuvo con su hermano mayor, don Carlos no tuvo ninguna participación conocida en las maquinaciones contra Godoy. Tampoco parece que el Príncipe de la Paz tuviese contra él especial animadversión, pues en una de las variadas propuestas que hizo a Napoleón a lo largo de 1806 se contemplaba entregar a don Carlos una de las cuatro partes en que se proponía dividir Portugal. En cualquier caso, tras el motín de Aranjuez don Carlos se alineó incondicionalmente con su hermano, y el 24 de marzo de 1808 le acompañó en su entrada triunfal en Madrid. Poco después, compartía con él un episodio mucho menos agradable: el viaje a Francia para entrevistarse con Napoleón y las abdicaciones de Bayona, en virtud de las cuales no sólo Carlos IV, sino también Fernando VII y el infante Carlos renunciaron a sus derechos a la Corona de España a favor de Napoleón. Se ignora qué fundamento puedan tener las afirmaciones de algunos historiadores de que don Carlos se negó a firmar la renuncia, pues lo cierto es que se publicó en su día el documento firmado por él y el infante Antonio. Dado que posteriormente juró también sin mayores problemas la Constitución de 1812 al iniciarse el Trienio Liberal es de suponer que fueran cuales fueran sus convicciones personales en las cuestiones políticas estaba dispuesto a hacer lo que le ordenase su hermano.

Confinado con Fernando VII en el castillo de Valençay, don Carlos no tardó en formar una nueva biblioteca, de cuyos 126 títulos realizó un índice para ponerlos a disposición de su hermano. Al igual que en la biblioteca formada con anterioridad a 1808, las obras predominantes eran las de temática religiosa y literaria, conviviendo entre estas últimas las de los autores franceses, españoles y latinos. Por fin, tras cerca de seis años de cautiverio, y debido a las derrotas experimentadas por las tropas francesas en todos los frentes, el 24 de marzo de 1814 Fernando VII pudo cruzar nuevamente los Pirineos, y unos días más tarde hizo lo propio don Carlos, que había quedado como rehén en Perpignan. El 13 de mayo, después de que Fernando hubiese publicado sus famosos decretos de Valencia, en virtud de los cuales se abolía la obra de las Cortes de Cádiz, los prisioneros de Valençay efectuaban su entrada triunfal en Madrid.

Hombre de plena confianza de su hermano, don Carlos no sólo fue nombrado coronel de la brigada de Carabineros, gran prior de la Orden de San Juan de Jerusalén y hermano mayor de la Maestranza de Ronda, sino que además dirigía la vida política cuando Fernando VII tomaba los baños de Sacedón, si bien consultaba de inmediato todas sus disposiciones con el Monarca. Tuvo un papel importante en el seno del Consejo de Estado, aunque debe incidirse en que de todas sus actuaciones políticas informaba puntualmente a su hermano, y que invariablemente seguía las indicaciones que le diera el Monarca, coincidiesen o no con sus propias orientaciones. Dentro de este organismo se declaró partidario de una amnistía limitada para liberales y afrancesados —más proclive a los últimos que a los primeros— y del programa de Hacienda presentado por Martín de Garay. Asimismo, fueron constantes su oposición a cuantas medidas pudieran suponer una desamortización de los bienes de la Iglesia, las órdenes militares o los ayuntamientos, y su interés por las medidas destinadas a restablecer el control de España sobre sus posesiones americanas.

En 1816 tuvieron lugar las nupcias de Fernando VII y el infante Carlos con sus primas Isabel —fallecida en 1818— y María Francisca de Braganza, hijas del rey de Portugal, Juan VI, y de la infanta española Carlota Joaquina, hermana de Carlos IV. Tres fueron los hijos de este matrimonio: Carlos Luis (31 de enero de 1818), Juan Carlos María Isidro (15 de mayo de 1822) y Fernando María José (19 de octubre de 1824).

Tras el levantamiento de Riego y las posteriores sublevaciones de diversas guarniciones militares, don Carlos fue nombrado presidente de una Junta Reformadora de los Negocios Públicos (3 de marzo de 1820) que no tuvo ocasión de desplegar su actividad, pues aunque en la sesión del Consejo de Estado celebrada el 6 de marzo don Carlos se mostró contrario a que se reimplantase la Constitución de 1812 —“el Trono de S.M. vacilará y con él el Altar”—, Fernando VII, presionado por las circunstancias, juró de inmediato la Constitución y ordenó a su hermano hacer lo propio. No se sabe si Fernando pensó inicialmente en mantenerse leal al nuevo régimen y fueron medidas como la supresión de las órdenes religiosas las que le llevaron a trabajar contra él, o si su aceptación nunca fue sincera. Lo cierto, como puede verse en la Relación de Marcó del Pont, o en la hoja de servicios del general Casasola, es que desde antes de que concluyese 1820 se formó con su consentimiento una Junta Suprema encargada de coordinar las actividades absolutistas, y que su palacio fue el lugar donde muchos oficiales se presentaban a recibir órdenes y unirse a las partidas realistas que con el paso del tiempo fueron alzándose. Aunque es indudable que don Carlos colaboró en dicha política cuanto estuvo en su mano, en agosto de 1820 evitó un enfrentamiento de consecuencias incalculables entre el Rey de un lado y las Cortes y el Ministerio dirigido por Argüelles de otro, pues consiguió convencer a su hermano de que aceptase la dimisión presentada por el marqués de las Amarillas antes de que se pidiese su cese por el Congreso, dimisión que Fernando se había negado inicialmente a aceptar, llegando incluso a insultar duramente a sus ministros.

No consta que don Carlos tuviese nada que ver con los preparativos de la jornada del 7 de julio de 1822, ante la que permanecieron pasivos los batallones de la Guardia que se habían quedado en el Palacio Real, pero jugó un papel activo a la hora de proteger a varios de los oficiales que habían participado en ella, a quienes escondió en sus habitaciones. Entre los allí acogidos parece que estuvo el principal de sus organizadores, Luis Fernández de Córdoba, que omite cuidadosamente cualquier referencia al efecto en su Memoria justificativa.

Al producirse la entrada en España de los Cien Mil Hijos de San Luis, don Carlos acompañó a su hermano primero a Sevilla, y luego a Cádiz. Ante la imposibilidad de continuar la resistencia, el 1 de octubre de 1823 los liberales permitieron que la Familia Real se uniese a las fuerzas sitiadoras en el Puerto de Santa María. Al parecer, tanto la tercera mujer de Fernando VII, como la de don Carlos y su hermana María Teresa, princesa de Beira, se pusieron de acuerdo en la ropa que debían llevar para unirse a quienes consideraban sus libertadores, pero no informaron de sus propósitos a Luisa Carlota de Borbón, esposa del infante Francisco de Paula, que quedó así en situación desairada, lo que probablemente no fue el principio de sus disensiones con las hermanas portuguesas, pero sí un elemento que contribuyó a enturbiarlas aún más.

Tras la restauración del absolutismo don Carlos mostró hacia los liberales la misma animadversión de la que había hecho gala con anterioridad, y en la reunión del Consejo de Estado del 28 de diciembre de 1823 se mostró contrario a que se les concediese una amplia amnistía, tal y como solicitaba el Gobierno francés, pues consideraba que el descontento de los realistas podría dar lugar a que se tomasen la justicia por su mano “y haya muertes y asesinatos, y V.M. se vea precisado, aunque con el mayor dolor, a perseguir a sus más fieles vasallos, y a proteger a sus más encarnizados enemigos”, quienes además no agradecerían la protección otorgada, pues “lo creerán de justicia y más bien resulta de su manejo, que de bondad de V.M.”. Anticipó así el Infante muchos de los sucesos que habrían de ocurrir en la última década del reinado.

Dado su evidente deseo de mantener en cuanto fuese posible el Antiguo Régimen, nada tiene de extraño que el infante Carlos defendiese el mantenimiento de los fueros vasconavarros en cuantas ocasiones se planteó esta cuestión en el Consejo de Estado.

Su postura al respecto contribuyó a que se ganase el afecto de las autoridades locales, que vieron en él a un aliado, y que pronto tuvieron ocasión de devolverle los favores prestados.

En julio de 1826, don Carlos fue consultado por su hermano sobre una posible apertura del régimen a los liberales en la línea planteada por Mata Echevarría siguiendo los dictados de Espoz y Mina. Su parecer fue contrario, pues para el Infante el único medio de hacer frente a los males de España era “buscar el Reino de Dios y su justicia, volver para la causa de Dios con todo tu poder, que es bien grande en el Señor, puesto que tú reinas por Dios, y después arreglar todas las cosas a este mismo fin, de su mayor honra y gloria, deseando agradarle y, temiendo ofenderle en un todo”. Aunque haciendo especial hincapié en el afecto que sentía por el Rey y en que jamás había alentado la menor disensión partidista, don Carlos no dudó en recordar a su hermano que “ya hace más de un año y medio que te he dicho que el camino que llevabas, contemplando a los malos y poniéndote en sus manos, al mismo tiempo, que había un propensión en perseguir a los buenos, fieles vasallos, llegaría el día en que te vieses ligado de pies y manos, y no tuvieses más remedio que sucumbir a la ley que te quisieren imponer y si los buenos te quisieren defender, te vieres en un dura presión y en la injusticia mayor de tenerlos que perseguir de mano armada. Tú ya crees que es llegado el caso de la primera parte. Yo no lo creo, porque todavía hay remedio, pero si das este paso, acaso se cumplirá mi segunda parte”.

Cuando Fernando VII desechó estos planes, los liberales replicaron con la publicación del Manifiesto de la Federación de Realistas Puros, texto que aparentemente era obra de absolutistas exaltados, en el que se criticaba la política del Monarca y se concluía la necesidad de proclamar Rey a don Carlos. Se trataba de una política ya ensayada con anterioridad, y en la que harían hincapié en los años sucesivos, destinada a romper los fuertes lazos afectivos existentes entre ambos hermanos y aumentar las disensiones en las filas realistas, disensiones que estallaron abiertamente en la revuelta de los agraviados catalanes, en cuyas proclamas llegó a mencionarse al Infante, que es evidente que no tuvo nada que ver con su sublevación. En cualquier caso, en enero de 1828 Fernando VII dispuso que en adelante los Infantes y sus familias comieran en sus cuartos y no con el Rey, rompiendo así una costumbre que se remontaba a 1814.

En mayo de 1829, se produjo el óbito de la tercera mujer de Fernando VII, encontrando así cuantos no eran proclives a las posturas políticas de don Carlos una nueva ocasión para desplazarle de la sucesión a la Corona. Propiciada por Luisa Carlota, la candidatura que acabó imponiéndose fue la de su hermana, María Cristina de Nápoles, cuyos esponsales se celebraron antes de que finalizase el año. No tardó en quedar embarazada la nueva Reina, y antes de que se produjese el nacimiento de la primera de sus hijas, la futura Isabel II, Fernando VII hizo publicar la Real Pragmática Sanción en fuerza de ley decretada por el señor Rey don Carlos IV a petición de las Cortes del año 1789 para la observancia perpetua de la ley 2.ª, título 15, partida 2.ª, que establece la sucesión regular en la Corona de España. Esta medida suponía la abrogación del autoacordado de 1713, en virtud del cual don Carlos reinaría en España, como Carlos (V), si su hermano no tenía ningún hijo varón. No consta que el Infante protestara entonces de una medida que, tal como se adoptó, era dudosamente legal, pero tal vez consideró que no era necesario hacerlo, pues si Fernando VII tenía hijos varones la cuestión se resolvería por sí sola.

Como han puesto de manifiesto las investigaciones de Moral Roncal, don Carlos fue un destacado protector de las artes y las letras, desempeñando un activo papel en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando —de la que fue consiliario y académico de honor y de mérito—, apadrinando la labor de diversos pintores e interesándose por la labor de las universidades, así como por las obras educativas de la Compañía de Jesús. Su biblioteca contaba con doce mil volúmenes en vísperas de la muerte de su hermano. Confiscada al iniciarse la Primera Guerra Carlista, constituyó el núcleo fundacional de la biblioteca del Senado.

En septiembre de 1832, durante su veraneo en La Granja, la salud de Fernando VII empeoró de forma repentina hasta el punto de que su muerte pareció inminente. La presión de los embajadores de las potencias absolutistas y los fuertes apoyos con que don Carlos contaba en el Ejército y la opinión pública hicieron que el Gobierno tratase de pactar con el Infante, a quien se llegó a ofrecer la corregencia si aceptaba la sucesión femenina, a lo que se negó de manera rotunda pese a los denodados esfuerzos por convencerlo del conde de la Alcudia. Ante el temor de una guerra civil de resultado incierto, María Cristina accedió a que su marido derogase la pragmática sanción de 1830, lo que suponía el triunfo de don Carlos. No obstante, la decisión de que estos actos no fueran dados a conocer hasta después de la muerte del Rey, y la inesperada recuperación del Monarca, hicieron que todo quedara sin efecto. El 1 de octubre se constituía un nuevo Ministerio, encabezado por Zea Bermúdez, cuyo principal objetivo no era otro que garantizar la sucesión de Isabel II, para lo cual se procedió a separar de sus puestos a cuantos funcionarios civiles y militares podían ser sospechosos de simpatizar con don Carlos. Las prisas del Gobierno, que en dos semanas destituyó a seis capitanes generales, no tuvieron mayores consecuencias por la firme decisión del Infante de no permitir ningún movimiento a su favor en vida de su hermano.

Aunque en los meses anteriores la vida en la Corte ya no resultaba fácil, tras los sucesos de La Granja la situación no podía ser más tensa. Como narra el embajador portugués “es tal el recelo que se ha creado entre esta Real Familia, unos con respecto a otros, que en cada Cuarto de los Señores hay la mayor vigilancia tanto de día como de noche, cerrándose y atrancándose las puertas como si recelasen un asalto del enemigo, y el más pequeño acaso durante la noche es tenido por un atentado a su vida”. Las intrigas a favor de uno y otro bando estaban a la orden del día, y sin duda en ellas tenían un importante papel la mujer y la cuñada de don Carlos, hasta el punto que Fernando VII utilizó su influencia en Lisboa para conseguir que don Miguel llamara a su lado a la princesa de Beira. Para sorpresa de todos, don Carlos pidió acompañarla, y el 16 de marzo de 1833, don Carlos y su familia abandonaron Madrid camino de Portugal. Allí fue requerido el 23 de abril para jurar a Isabel como princesa de Asturias, a lo que se negó en una carta tan explícita como afectuosa hacia su hermano. Este mismo tono se mantuvo en la correspondencia mantenida a partir de entonces, en que Fernando VII insistía en que don Carlos debía abandonar Portugal con destino a los Estados Pontificios, y éste ponía todos los impedimentos imaginables para no cumplir sus órdenes.

En ese año de 1833 fue separado de la insigne Orden del Toisón de Oro, a la que pertenecía desde el 1 de abril de 1788, a los pocos días de nacer, investido por su padre el Rey el 3 de enero de 1799, siendo su padrino su hermano el príncipe de Asturias.

Al tener noticia de la muerte de Fernando VII, acaecida el 29 de septiembre de 1833, don Carlos publicó el manifiesto de Abrantes, en el que reivindicaba sus derechos al trono. Aunque su propósito inicial fue penetrar en España para unirse a sus partidarios, la presencia del Ejército de observación en la frontera le impidió cumplir su designio. No pasó mucho tiempo antes de que las tropas españolas, primero de manera informal, y luego amparadas por el Tratado de la Cuádruple Alianza, cruzasen la frontera con el propósito de hacerlo prisionero. Sin embargo, y aunque la causa de don Miguel ya estaba definitivamente perdida, una hábil gestión del barón de los Valles y del obispo de León impidió que don Carlos cayese en manos de sus perseguidores, pues se consiguió que fuese evacuado por la flota británica y trasladado a Inglaterra, donde desembarcó a mediados de junio. Quince días más tarde, fingiendo que una enfermedad le obligaba a permanecer aislado, don Carlos y el barón de los Valles, debidamente disfrazados, emprendieron un nuevo periplo que, a través de Francia, les llevó a reunirse con sus partidarios de las provincias vasconavarras el 9 de julio de 1834.

El momento no podía ser más delicado, pues coincidía con la llegada al norte del Ejército que al mando del general Rodil había participado en la guerra civil portuguesa, pero la presencia de su Soberano, por más que para Martínez de la Rosa fuera tan sólo “un faccioso más”, restableció el ánimo de sus seguidores en tan crítico momento. Es más, Zumalacárregui le utilizó como señuelo, y mientras buena parte de las tropas cristinas marchaban en su persecución por los más ásperos senderos, el general carlista pudo hacer frente más desahogadamente al resto de las tropas de la Reina. Poco más tarde, el 4 de septiembre de 1834, fallecía en Inglaterra María Francisca de Braganza. Tres días más tarde, don Carlos confirmaba los fueros de Vizcaya so el árbol de Guernica.

A principios de 1835, los progresos de las armas carlistas permitieron que don Carlos se estableciera un par de meses en Zúñiga. Aunque el pretendiente no interfirió en exceso en las operaciones militares, parece que fue una decisión de su Gobierno la que hizo que Zumalacárregui abandonase su plan para apoderarse de Vitoria y se dirigiese contra Bilbao, donde cayó mortalmente herido. Su sucesión hubiera podido crear un grave problema de no encontrarse don Carlos entre sus tropas, pero su presencia sirvió para que ésta se realizase sin mayores problemas, recayendo el mando en el teniente general González Moreno, que debido a su derrota en Mendigorría sería sustituido poco más tarde por el también teniente general Nazario Eguía, que pese a conseguir buenos resultados dimitió a mediados de 1836, encargándose en esa ocasión la dirección del Ejército a Bruno de Villarreal. El 15 de octubre se celebró en Durango, que se había convertido en la residencia habitual de don Carlos, una reunión presidida por él y a la que asistieron los más destacados generales y el ministro Erro, que al igual que Villarreal pensaba que debía sitiarse Bilbao, no tanto para tomarlo, como para obligar a las tropas isabelinas a acudir en su socorro y presentar batalla en los terrenos elegidos por los legitimistas. La ruptura del sitio tras la batalla de Luchana supuso la caída tanto de Villarreal como de Erro, que desde abril de 1836 había actuado como ministro universal. A partir de este momento, la figura política emergente del bando carlista será José Arias Tejeiro, que hasta febrero de 1839 irá ocupando cada vez más parcelas de poder.

En agosto de 1836, la sublevación de los sargentos de la Guardia Real en la Granja para proclamar la Constitución de 1812, y el asesinato del general Quesada, hicieron temer a María Cristina que el liberalismo extremo pudiera desbordarse, por lo que decidió entablar negociaciones con don Carlos a través de la Corte de Nápoles, negociaciones que deberían llevar al fin de la guerra mediante la renuncia de Isabel II a sus derechos y su matrimonio con el hijo mayor de don Carlos. Para que dichas intenciones se llevaran a efecto era necesario que las tropas carlistas llegasen hasta Madrid, y con ese propósito se puso en marcha en mayo de 1837 la expedición real, encabezada por el pretendiente, que tras las más variadas vicisitudes llegó a las puertas de la capital el 12 de septiembre de 1837. Pero en los meses transcurridos, la situación había evolucionado notablemente en la España liberal y María Cristina, sintiéndose más segura, no se presentó en las filas carlistas. La llegada de numerosas tropas en socorro de Madrid obligó a los carlistas a retirarse, y si bien desde el punto de vista militar la aventura no revistió excesivo coste, desde el punto de vista político fue muy diferente, pues resultaba muy duro haber llegado ante la capital del reino y ni siquiera haber tratado de asaltarla. La proclama dada por don Carlos en Arciniega puso de relieve la tensión existente en las filas legitimistas, y numerosos generales del sector moderado del carlismo fueron detenidos y encausados. Para evitar mayores fricciones, el propio don Carlos asumió directamente el mando del Ejército. También fue depuesto el general Uranga, que había quedado al frente de las Provincias mientras duró la expedición, y que a pesar de haber conseguido diversos éxitos había protagonizado un duro enfrentamiento con las autoridades forales.

A partir de este momento, la dirección efectiva del Ejército carlista del Norte recayó en los jefes de Estado Mayor, puesto que fue ejercido por Guergué hasta finales de junio de 1838, en que fue sustituido por Maroto, lo que representaba una apertura hacia el sector moderado del carlismo. Al parecer, su llamamiento fue propiciado por los cortesanos, y más específicamente por Villavicencio, el barón de los Valles y el padre Gil. La inactividad de este general y los rumores cada vez más intensos de que se proponía llegar a un acuerdo con Espartero a espaldas de su Monarca, hicieron que el Ministerio encabezado por Arias Teijeiro, que inicialmente le había apoyado, se colocará en su contra, y que diversos generales pidieran su cese. Según algunos testimonios, el 18 de octubre don Carlos se habría decidido a destituir a Maroto, pero este mismo día se produjo la llegada de la princesa de Beira, con quien había contraído segundas nupcias, y todo quedó pospuesto.

El 18 de febrero de 1839 Maroto mandó detener y fusilar sin formación de causa a los generales que se oponían a sus propósitos. Aunque en la misma tarde del 18 de febrero tuvo don Carlos noticia de estos hechos, no fue hasta el día 21, al tener noticia de que Maroto marchaba con sus tropas sobre el Cuartel Real, cuando dio un decreto en que se le declaraba traidor y trató de tomar las medidas oportunas para hacerle frente. No anduvo muy acertado don Carlos a la hora de designar a los generales que debían defenderle, pues encargó de ello a los mismos que en su día habían sido perseguidos por el partido apostólico, al que Maroto se proponía derrocar. Pero en el fondo ésta parece haber sido una cuestión accesoria, pues al final don Carlos fue convencido para que se aviniera a negociar, a lo que accedió al considerar que una batalla interna entre los legitimistas, a tan poca distancia del Ejército de Espartero, podía suponer el fin de su causa.

Desterrados todos aquellos civiles y militares cuyo alejamiento fue exigido por Maroto, don Carlos estuvo en los meses siguientes en una situación sumamente delicada, pues aunque era consciente de la poca fiabilidad de su jefe de Estado Mayor le resultaba prácticamente imposible destituirle: “Manifestado me ha Maroto sus sentimientos de respeto y decisión por mi y por mi Causa —escribió don Carlos al conde de la Alcudia un par de meses después de estos hechos—, protestando que no llevaba otro interés en cuanto hace; pero él es muy orgulloso, precipitado y atrevido, en todo se quiere meter y que se haga lo que él quiera [...] tiene alucinado y ganado a la mayor parte del Ejército y sobre todo a los jefes que le han ayudado en su temeraria empresa y siempre hay que recelar un nuevo atentado. Entre los suyos no se oye otra cosa que se va a hacer la paz y esto da que maliciar si estará de acuerdo con Espartero de quien ya ha recibido algunas proposiciones que yo no sé cuales ni como han sido. El obra y no cuenta conmigo sino para que haga lo que él quiere [...] Yo siempre espero en el favor de Dios y en su infinita misericordia”. Al final, y tras una serie de vicisitudes que no hacen al caso, las negociaciones entre Maroto y Espartero culminaron en el Convenio de Vergara, en virtud del cual el 31 de agosto de 1839 depuso las armas más de la mitad del ejército carlista. Incapaz de continuar la campaña al frente de unas tropas minadas por la desconfianza hacia sus jefes, don Carlos cruzó la frontera el 14 de septiembre.

Una vez en Francia, el Gobierno de Luis Felipe le obligó a establecerse en Bourges, donde debido a las presiones del Gobierno español le mantuvo confinado impidiéndole que se trasladara a cualquier otro país y vigilando sus actividades. El 18 de mayo de 1845, siguiendo los consejos de Gregorio XVI y de Metternich, don Carlos abdicó en el mayor de sus hijos y adoptó para sí el título de conde de Molina. La medida se debía en parte al deseo de muchos de sus seguidores de propiciar el matrimonio entre Carlos Luis e Isabel II, propuesta apoyada en las filas isabelinas por el marqués de Viluma, pero cuyo fracaso no tardó en producirse. Consecuencia directa de la abdicación fue que el Gobierno francés pensara que ya no era necesario vigilar tanto a don Carlos, a quien permitió abandonar el país para establecerse en Italia.

Favorablemente acogido por Carlos Alberto de Cerdeña, don Carlos fijó su residencia en el palacio Sallicetti de Génova, donde al igual que en Bourges se creó una pequeña Corte legitimista. Allí permaneció hasta 1848, en que el proceso revolucionario desencadenado en dicho año le obligó a trasladarse a Trieste, ocupando parte del palacio que la duquesa de Berry tenía al final de la via del Lazareto Vecchio. En los veranos solía trasladarse a tomar los baños de Baden, donde su presencia se hizo más frecuente tras el ataque de hemiplejia que sufrió en diciembre de 1849 y que le dejó parcialmente paralizado el lado izquierdo. Enfermo de gravedad desde mediados de febrero de 1855, don Carlos entregó su alma a Dios el 10 de marzo de 1855, fecha que luego fue establecida por su nieto Carlos (VII) como día de los mártires de la Tradición, y fue enterrado en la catedral de San Justo de Trieste.

BULLÓN DE MENDOZA Y GÓMEZ DE VALUGERA, Alfonso, «Carlos María de Isidro», en Real Academia de la Historia, Diccionario Biográfico electrónico (en red, https://dbe.rah.es/biografias / 8833/carlos-maria-isidro-de-borbon-y-borbon)

Carlos Borbón Braganza

Borbón y Braganza, Carlos Luis María. Conde de Montemolín. Madrid, 31.I.1818 – Brunnsée, Estiria (Austria), 13.I.1861. Pretendiente carlista a la Corona de España.

Era don Carlos Luis hijo del pretendiente Carlos (V) como rey de los carlistas, y de María Francisca de Asís y Braganza, hija del rey de Portugal Juan VI. En una carta dirigida por el rey Fernando VII, el mismo día del nacimiento de su sobrino, le comunicaba que a las seis y media de la mañana había nacido en el Palacio Real el hijo de su hermano y expresaba su satisfacción por este hecho. En aquel momento Carlos Luis, a quien apadrinó el propio Rey, parecía llamado a serlo en el futuro, aunque la realidad fue que este Infante llevó una vida bastante distinta a aquella a la que parecía destinado.

En marzo de 1833 hubo de acompañar a su padre a tierras de Portugal, donde comenzó su exilio; tenía entonces quince años. El día 2 de noviembre de ese mismo año escribió una carta a su madre en la que le comunicaba el itinerario que había seguido desde su salida de Madrid, un total de treinta y seis poblaciones en poco más de ocho meses y sólo en un lugar, Coimbra, había permanecido de forma continuada veintiséis días. Éste era el signo de su azarosa vida.

En lo que a su educación se refiere, se encargaron de su formación en ciencias y humanidades los jesuitas padres Puyal y Frías. De música, Mariano Lidón y de pintura, Vicente López —que había sido pintor de cámara de la Corte— y que, al surgir el conflicto sucesorio, tomó partido por el carlismo. Junto a ellos estaban asignados al servicio de los infantes los condes de Negrillos y del Prado, el de Ovando y los ayudas de cámara García Martín, Sainz y Cruilles. Todos ellos acompañaron a su padre en el exilio, siendo García Martín uno de los consejeros de Carlos Luis, cuando éste fue nominado como rey carlista, tras la abdicación de su padre. Se conocen testimonios del padre Puyol, capellán de las Salesas Reales, acerca de la buena disposición y aprovechamiento para el estudio de don Carlos Luis, antes de salir de España.

Perdida en Portugal la guerra entre los partidarios de don Miguel y don Pedro por parte de los primeros, hubo de salir el infante junto a su padre camino de Reino Unido en el navío de la Marina británica Donegal.

Allí falleció su madre el 11 de junio de 1834, mientras su padre, Carlos, luchaba en tierras de Navarra.

En Inglaterra, y tras este luctuoso hecho, permaneció el infante poco tiempo, ya que en 1835 pasó a tierras alemanas. En Salzburgo tuvieron su residencia Carlos Luis y sus hermanas, hasta que en octubre de 1838, acompañando a su tía y nueva mujer de su padre, la famosa y decisiva políticamente princesa de Beira, vino a España.

En tierras de Navarra, y en plena guerra, perfeccionó su educación militar bajo la tutela del general de Infantería Bruno de Villarreal. Asistió en Azcoitia a la ratificación del matrimonio de su padre Carlos María Isidro con su nueva esposa la princesa de Beira y finalmente, tras la traición del general Maroto y el Convenio de Vergara, los acompañó al destierro. En la frontera los recibió el legitimista francés marqués de Lalande y aunque intentaron permanecer cerca de la frontera —ya que sus partidarios seguían la guerra en tierras de la Corona de Aragón— fueron obligados a fijar su residencia en Bourges. Allí vivieron, inicialmente, en el Hotel Panette y más tarde, en 1845, en el Palacio Arzobispal, siempre bajo vigilancia de las autoridades francesas. Siguió allí su formación técnicomilitar en Artillería, bajo la supervisión del general Montenegro. Fue precisamente en estas fechas cuando se produjo la abdicación del rey carlista Carlos (V) en su hijo Carlos Luis.

El 18 de mayo de 1845 Carlos (V) dirigió a su hijo la carta siguiente: “Mi muy querido hijo: Hallándome resuelto a separarme de los negocios políticos, he determinado renunciar en ti y transmitirte mis derechos a la corona. En consecuencia te incluyo el Acta de Renuncia que podrá hacer valer cuando juzgues oportuno.

Ruego al Todopoderoso te conceda la dicha de poder establecer la paz y unión de nuestra desgraciada patria, haciendo así la felicidad de todos los españoles.

Desde hoy tomo el título de Conde de Molina, bajo el cual quiero ser conocido en adelante. Carlos”.

Fue en estos días, una vez aceptados los derechos, cuando Carlos Luis tomó el título por el que fue más conocido de conde de Montemolín —título que fue elegido por haber pertenecido este señorío de la provincia de Badajoz a su padre—.

Desposeídos de todas sus posesiones en España y de todas sus rentas, vivían los miembros de la Familia Real carlista de una forma precaria en Bourges y, sólo la ayuda de algunos legitimistas franceses, especialmente del vizconde de Walsh, les permitió vivir dignamente. Precisamente, este personaje francés —parte de cuya correspondencia posee el autor de este artículo— fue el contacto con muchos de los generales y oficiales de la Primera Guerra, como es el caso del general Cabrera. Walsh fue, entre otras cosas, director del periódico francés La Mode.

El primer documento público de don Carlos Luis fue el de su aceptación, publicado en España por Jaime Balmes y que, con sus comentarios, salió a la luz en El Pensamiento de la Nación. En este documento aparecía la frase: “Si algún día la Divina Providencia me abre de nuevo las puertas de mi patria, para mí no habrá partidos, no habrá más que españoles”.

Este manifiesto estaba fechado el 23 de mayo de 1845. Durante algún tiempo y por esta época algunos periódicos españoles, como el antes citado, abogaron por el casamiento de don Carlos con la hija de Fernando VII, doña Isabel, como una manera de acabar con el conflicto dinástico. Aunque parece ser que hubo negociaciones secretas, este enlace no se llegó a producir, casándose doña Isabel con su primo Francisco de Asís en octubre de 1846. Este hecho del casamiento de doña Isabel fue anunciado varios meses antes, y el 17 de septiembre don Carlos Luis huyó secretamente de Bourges. Así lo retrataba el prefecto de Bourges en la orden de detención emitida contra él: “Edad 28 años, estatura 5 pies, cabellos y cejas negros, frente estrecha y abultada, ojos pardos, nariz gruesa y larga y un poco torcida, regular. Barba negra cerrada, cara ovalada, color moreno”. Paralelamente a la evasión del conde de Montemolín se produjo la del general Cabrera. Pocos días antes de su salida de Bourges, el día 12, don Carlos Luis había hecho un nuevo manifiesto a los españoles. Todo apuntaba a que, fracasados los intentos de los partidarios de la fusión dinástica, se abría nuevamente el camino de la guerra.

Los años 1847, 1848 y 1849 vivieron los levantamientos de los partidarios del conde de Montemolín en Cataluña. Tristany y el barón de Eroles fueron dos de los principales dirigentes de los sublevados. Éstos llegaron a ocupar puntos importantes, como Cervera o Guisona, poniendo en jaque a las tropas del general Bretón que fue destituido por el Gobierno de la Reina, siendo sustituido por el general Pavía el 13 de marzo de 1847. Los intentos frustrados del secretario de don Carlos Luis, Romualdo María Mon, por conseguir que el movimiento fuera secundado en Navarra y Vascongadas, determinaron el fracaso de los levantamientos. El conde de Montemolín estaba en Londres acompañado por el duque de Medinasidonia y el marqués de Villafranca. El 17 de mayo, Benito Tristany fue fusilado en Solsona y la causa carlista en Cataluña sufrió un duro golpe. Pese a todo, los cuarenta mil soldados que el Gobierno tenía en la zona catalana tardaron más de dos años en sofocar el levantamiento, lo que da idea de su entidad, que fue general en Cataluña. En 1848, Miguel Vila y Castel eran, por encargo de conde de Montemolín, quienes dirigieron la sublevación de Cataluña, si bien el jefe de más prestigio —ya adquirido en la primera guerra— era José Margoret, al que se deben las principales proclamas dirigidas a los partidarios del pretendiente.

En el país vasco fracasó la raíz del levantamiento: fue el fusilamiento del general Alzan, prendido al pasar la frontera. Este general, junto a Elío, eran los encargados de reactivar el movimiento carlista en el norte. La guerra en tierras de Valencia estuvo dirigida, inicialmente, por el general Forcadell y fue especialmente reactivada con la llegada de Cabrera. Pero todo acabó cuando el 25 de abril, el general Cabrera atravesó una vez más la frontera, siendo conducido preso a Perpiñán.

Por su parte, el conde de Montemolín —pese a intentarlo— no había llegado a cruzar la frontera y había sido hecho preso por las autoridades francesas que lo reintegraron a Inglaterra.

Si esto acontecía en la guerra, fuera de ella hay que resaltar que pese a los obstáculos diplomáticos del Gobierno de Isabel II, el conde de Montemolín casó con doña Carolina de Borbón, hermana del rey de Nápoles, el 10 de julio de 1850, en el palacio real de Caserta. Como consecuencia de este hecho, el Gobierno español llegó a retirar a su embajador el duque de Rivas. Poco antes, el 30 de mayo de 1849, en Londres, Carlos Luis había llegado a abdicar a favor de su hermano Juan, no siendo tal abdicación aceptada por éste ni por lo propios consejeros del conde de Montemolín.

La causa, según la versión del conde de Rodezno, había sido los amores de este príncipe con una ambiciosa y noble dama inglesa —miss Horsey—, y la oposición del Consejo carlista.

En el matrimonio de don Carlos Luis intervino decisivamente la duquesa de Berry, representante del legitimismo francés y hermana del monarca napolitano.

Las Cortes de Rusia y Austria habían dado su apoyo al matrimonio. En 1850, y tras su matrimonio, fijó su residencia en Nápoles, en la quinta Capodimonte, que se convirtió en el centro de refugio y conspiración de los legitimistas. Por allí pasaron, entre otros, Cabrera o Elio. En 1855, murió en Trieste Carlos (V), siendo enterrado en la cripta de San Justo en la catedral, la misma en la que años más tarde serían enterrados el propio Carlos Luis, la princesa de Beira y Carlos (VII).

El hecho más conocido y significativo de la vida política de Carlos (VI) fue, sin duda, el pronunciamiento de San Carlos de la Rápita. Envuelto en la nebulosa, al igual que la propia muerte del conde de Montemolín, ha sido un hecho aún no suficientemente estudiado. Se ha llegado a decir que el propio rey consorte Francisco de Asís estaba complicado en la conspiración, al igual que el conde de Cleonard o el banquero Salamanca, según el historiador Antonio Pirala. Nada es seguro, tan sólo que el intento del general Ortega fracasó. El pretendiente a bordo del Huveaune fondeó en la bahía de Palma. Allí se unió el general Ortega con cinco vapores y dos buques de vela.

La expedición se componía de unos tres mil seiscientos hombres, cuatro piezas de artillería y cien caballos.

El 1 de abril de 1860 zarpó la expedición y arribó por la noche a San Carlos de la Rápita. El supuesto apoyo al desembarco no tuvo lugar, fueron apresados Elio, Ortega y su ayudante Cavero. El proceso de Ortega fue rapidísimo y, con su muerte y el silencio de Cavero, finalmente indultado, todo quedó en el misterio.

La emperatriz Eugenia de Montijo llegó a intervenir a favor de Cavero y Elio, haciendo que se les retirase la pena de muerte. El conde de Montemolín y su hermano, presos igualmente, fueron conducidos al Gobierno militar de Tortosa. El Gobierno optó por una amnistía y el pretendiente carlista renunció entonces a sus derechos.

El 15 de mayo llegó a Londres donde le esperaban don Juan y Cabrera. Allí se retractó, declarando que era nula cualquier abdicación hecha en prisión. Se supone que lo hizo en parte por los movimientos de su hermano don Juan y el rechazo que, a la postura de carácter liberal por él adoptada, dio el movimiento carlista y los periódicos que apoyaban su causa, La Esperanza, La Regeneración, El Diario español o El Pensamiento español, entre otros.

Poco tiempo de vida quedaba a Montemolín en esta época convulsa y misteriosa del partido carlista, que necesita una seria revisión histórica. El lunes, 28 de diciembre de 1860, en el palacio de Brunnsée (Stiria) el infante Fernando caía gravemente enfermo, supuestamente de tifus. Murió el día 7 de enero de 1861, el día 5 don Carlos Luis y doña Carolina tuvieron los mismos síntomas, y los días 13 y 14 de enero murieron ambos esposos, primero Montemolín y más tarde doña Carolina. Así acabó la vida de este nieto de Carlos IV, al que los historiadores han considerado bondadoso pero débil de carácter, que tuvo una vida llena de destierros y acontecimientos oscuros o misteriosos.

ASÍN REMÍREZ DE ESPARZA, Francisco «Carlos Borbón Braganza», en Real Academia de la Historia, Diccionario Biográfico electrónico (en red, https://dbe.rah.es/biografias / 8827/carlos-luis-maria-fernando-de-borbon-y-braganza)

Juan Carlos María Isidro de Borbón y Braganza

Borbón y Braganza, Juan Carlos María Isidro de. Conde de Montizón y marqués de Salvatierra. Aranjuez (Madrid), 15.V.1822 – Brighton (Reino Unido), 18.XI.1887. Pretendiente carlista a la Corona de España.

Nieto de Carlos IV de Borbón y segundo hijo del primer rey de la dinastía carlista, Carlos (V). Utilizó los títulos de conde de Montizón entre 1845 y 1868 y marqués de Salvatierra. A los once años hubo de emigrar con sus padres a Portugal y de allí a Reino Unido. Vivió luego en Salzburgo, donde recibió su educación cultural. Recibió la instrucción militar en el Ejército de Carlos Alberto de Saboya, rey de Piamonte, Ejército en el que, en 1842, se le confirió el grado de general.

Casó en Módena (Italia) el 6 de febrero de 1842 con María Beatriz, princesa imperial y archiduquesa de Austria, princesa de Módena. Tuvieron como hijos a los infantes Carlos María y Alfonso Carlos.

Más tarde residió sucesivamente en Módena, Venecia y Londres y en 1857 empezó una interminable serie de viajes que le llevaron a lugares como Laponia, el Polo, etc. Tenía fama de buen nadador y cazador.

En Londres obtuvo una medalla de honor por sus actividades fotográficas y mostró una gran afición por la náutica.

En el aspecto político la figura de Juan fue muy controvertida dentro del carlismo. Había viajado junto a sus hermanos a España para unirse al levantamiento de los catalanes a favor de su hermano Carlos (VI), pero fue detenido por los aduaneros franceses y encarcelado en la ciudad de Perpiñan. Tras el fracaso del general Ortega en la Rápita se produjo la abdicación del conde de Montemolín, Carlos (VI), el 25 de abril de 1860, y la aceptación de la sucesión por parte de Juan, que con el 2 de junio del mismo año y desde Londres, lanzó un manifiesto a las Cortes españolas seguido de otro a los españoles, con fecha de 20 de septiembre. En estos manifiestos se postuló como aspirante a ser un rey democrático y constitucional.

Entre 1861 y 1868 fue la cabeza de la dinastía carlista, pero —considerado como excesivamente liberal y enfrentado a la mayoría de partidos así como a la línea de María Teresa de Braganza, princesa de Beira—, renunció en París el 3 de octubre de 1868 a todos sus derechos dinásticos. Algunos historiadores han achacado la postura liberal de don Juan a la influencia de su secretario, el famoso aventurero Enrique de Lazeu.

En el texto de la abdicación se decía: “No ambicionando más que la ventura de los españoles, es decir, la prosperidad interior y el prestigio exterior de mi querida patria creo de mi deber de abdicar, y por la presente abdico todos mis derechos a la Corona de España en favor de mi muy querido hijo don Carlos de Borbón y de Este”. Ya antes de la abdicación, había comenzado su hijo Carlos a dirigir la política del carlismo, como lo prueba el hecho de que el 20 de julio de 1868, ya había presidido el Consejo de Londres.

Pese a su constatada separación política del carlismo, no interfirió en la posterior actuación de esta organización, e incluso durante la guerra de 1872-1876 participó como ingeniero general en el Ejército del Norte.

Aunque parece que su actuación militar fue más bien limitada, se sabe también por las memorias de María de las Nieves, que el 1 de octubre de 1873 viajó a Cataluña a visitar a Alfonso, con la intención de limar asperezas entre el infante y el general Savalls. Realizó también diversas gestiones en el extranjero para la obtención de recursos económicos para las tropas carlistas.

Independientemente de las cuestiones ideológicas, Juan aparece como un hombre de gran formación —hablaba siete lenguas— y con conocimientos de ingeniería, náutica y ciencias físicas y naturales.

El 24 de agosto de 1883, por la muerte del conde de Chambord, Enrique (V) de Francia, heredó sus derechos como jefe de la casa de Borbón, y como tal presidió los funerales del conde que tuvieron lugar en Goritzia. Sus restos mortales, junto a los de sus padres y hermanos, y los de su hijo Carlos descansan en la catedral de Trieste desde 1909.

ASÍN REMÍREZ DE ESPARZA, Francisco «Juan Carlos María Isidro de Borbón y Braganza», en Real Academia de la Historia, Diccionario Biográfico electrónico (en red, https://dbe.rah.es/biografias / 26711/juan-carlos-maria-isidro-de-borbon-y-braganza)

Carlos María de los Dolores de Borbón y Austria Este

Borbón y Austria Este, Carlos María de los Dolores de. Duque de Madrid. Liubliana (antes Laibach, Eslovenia), 30.III.1848 – Varese (Italia), 18.VII.1909. Infante de España y pretendiente carlista a la Corona de España.

Hijo primogénito del pretendiente carlista Juan (III) y de la archiduquesa María Beatriz de Austria- Este, nació en la actual ciudad de Liubliana, entonces Laibach, en la provincia de Carniola del Imperio Austro-Húngaro, el 30 de marzo de 1848, siendo su abuelo don Carlos (V), el entonces pretendiente a la Corona de España.

A causa de las desavenencias matrimoniales entre sus padres, que concluyeron en una separación pactada en 1853, fue educado en la piadosa y conservadora Corte de su tío el duque Francisco V de Módena, entrando en el Ejército modenés. Sargento el 30 de marzo de 1855, desde 1856 fue subteniente de Artillería, para pasar a ser teniente en 1859. Hacia 1850 recibió la Orden del Toisón de Oro de su tío, el nuevo pretendiente carlista don Carlos (VI), que también colaboró en su educación al igual que su abuela materna, la princesa de Beira, segunda esposa del pretendiente Carlos (V) y alma del movimiento carlista desde el fallecimiento de éste.

El 11 de diciembre de 1866 fue declarado mayor de edad por decreto del emperador Francisco José de Austria, cuya Corte apoyaba las pretensiones carlistas al trono de España dando soporte político y financiero a aquellos príncipes exiliados. Tras el fallecimiento, en 1861, de su tío don Carlos (VI), los derechos de la dinastía carlista recayeron en su padre Juan (III), quien desde fechas tempranas coqueteó abiertamente con los liberales mostrándose dispuesto a reconocer los derechos de la reina efectiva de España, Isabel II. Las veleidades de don Juan en aquellos años llevaron a una cierta deriva a la causa carlista, debido a las cambiantes y contradictorias proclamas que el pretendiente hacía públicas desde su residencia de Londres. Finalmente, el nuevo pretendiente, de talante y afinidades liberales, reconoció los legítimos derechos de doña Isabel por sucesivos documentos de 1862, 1863 y 1864. Como consecuencia de ello, la princesa de Beira y los adalides del carlismo establecieron un consejo carlista que juzgó oportuno apartar al pretendiente de la causa. Se consideró entonces que, habiendo perdido éste toda legitimidad de ejercicio, era necesario proclamar como nuevo rey de derecho a su hijo, don Carlos, en quien don Juan abdicó sus derechos a la Corona por documento firmado en París el 3 de octubre de 1868. Desde esa fecha don Carlos se hizo cargo del carlismo como rey Carlos (VII), decidiendo utilizar el título de duque de Madrid.

Un año antes, el 3 de febrero de 1867, el nuevo pretendiente había contraído matrimonio por contrato, en el castillo de Froshdorf, en Gorizia, seguido de una ceremonia religiosa celebrada al día siguiente, con la princesa Margarita de Parma, hija del duque Carlos III de Parma. Siendo su esposa sobrina carnal del conde de Chambord, último pretendiente a la Corona francesa de la rama mayor de la Casa Real de Francia, durante años don Carlos compartió vida y credo con este príncipe francés exiliado, que hasta su muerte fue adalid de los principios propios de la Monarquía del Antiguo Régimen, principios afines a los de los príncipes de la rama carlista, que don Carlos supo incorporar en su persona y defender durante toda su vida. Ya convertido en nuevo pretendiente de la causa, don Carlos se estableció en París, donde en 1868 mantuvo un encuentro con su tía la reina Isabel II, que acababa de ser expulsada de España por la revolución de aquel mismo año. Desde entonces, concentró todos sus esfuerzos en reorganizar el Partido Carlista y en defender sus intereses, tanto dentro como fuera de España, protestando contra la subida al trono español del rey Amadeo I, hecho que dio lugar al comienzo de la Tercera Guerra Carlista en 1872.

El 2 de mayo de aquel año don Carlos entró en territorio español al mando de sus tropas, para poco después regresar a Francia y una vez más volver a España. De nuevo en España, el 16 de julio de 1873 instaló su Corte en la ciudad navarra de Estella, con gobierno, administración y territorio propio, apoyado por su hermano el infante Alfonso Carlos, sus cuñados el duque Roberto de Parma y el conde de Bardi, y su primo el conde de Caserta, hermano del último rey de las Dos Sicilias. El 3 de julio de 1875 juró los Fueros Vizcaínos en Guernica y fue proclamado señor de Vizcaya. Durante aquellos años de guerra y presencia en territorio español, creó varias condecoraciones como la Cruz de Hierro, la Medalla de Vizcaya y la Orden Real de Carlos VII, dedicándose su esposa a notables acciones asistenciales y caritativas que le granjearon una enorme popularidad, hecho por el cual las jóvenes carlistas pasarían a denominarse “margaritas”. Pero la Corte de Estella y el auge del carlismo fueron efímeros. Poco después, en febrero de 1876, con Alfonso XII ya restaurado en el trono español, el pretendiente se vio obligado a retirarse una vez más a Francia, dándose por concluida la guerra. Ya en territorio galo, por manifiesto del 1 de marzo de 1876, declaró conservar intactos sus derechos al trono español. Desde entonces, y a pesar del creciente declive del carlismo, no cesó de promover la causa a través de sus delegados dentro y fuera de España. En diciembre de 1876 viajó a la Rusia de Alejandro II y poco después el príncipe soberano de Bulgaria le condecoró con la Cruz del Valor Militar.

El 15 de julio de 1881, el Gobierno francés, inquieto por sus actividades, le hizo llegar un decreto de expulsión, a resultas del cual se estableció de forma definitiva en su palacio de Loredan, en el gran canal de Venecia. En 1885 viajó a la India y Egipto y, a su regreso a Venecia, alzó una nueva protesta contra el Gobierno español por un manifiesto firmado en la ciudad suiza de Lucerna el 20 de mayo de 1886. Unos meses más tarde, en febrero de 1887 viajó a Centro y Sudamérica, visitando Jamaica, Perú, Chile, Argentina, y Uruguay. Poco después, tras el fallecimiento de su padre, el 17 de noviembre de ese año, reivindicó sus derechos a la Corona de Francia, como jefe de la línea mayor de la familia Borbón, con el nombre de Carlos (XI), protestando contra las pretensiones del conde de París, jefe de la casa de Orleans, para lo cual contó con el apoyo de los legitimistas franceses. A ello siguió una proclamación por parte de una delegación francesa, que tuvo lugar en el palacio de Loredan el 14 de diciembre de 1887.

Tras años de separación más o menos oficial de su esposa, la princesa Margarita de Parma, ésta se había retirado a su propiedad familiar, la Tenuta Reale, en la localidad italiana de Viareggio, donde falleció el 29 de enero de 1893. Del matrimonio quedaron cinco hijos, los infantes Blanca, Jaime, Elvira, María Beatriz y María Alicia. Poco después, el 28 de abril de 1894, Carlos contrajo segundas nupcias, celebradas en la capilla privada del cardenal primado de Bohemia, en Praga, con la princesa francesa María Berta de Rohan, nacida en Teplitz el 21 de mayo de 1860. Este segundo matrimonio, fuertemente criticado tanto desde las filas del propio carlismo como desde las del legitimismo francés, por ser considerado de rango desigual, tampoco gustó a los hijos del pretendiente, que siempre mantuvieron una relación más que difícil con su madrastra. Todo ello no fue ajeno al difícil carácter de María Berta, una mujer ambiciosa que en los años siguientes habría de manejar en muchos aspectos a su esposo, generando no pocos conflictos políticos y familiares en la causa carlista. Comenzó entonces un lento declinar de don Carlos y del carlismo, con el pretendiente establecido de forma más o menos permanente en su palacio veneciano, mientras desde España la fuerte influencia de la Reina Regente, María Cristina, minaba su otrora buena posición en la Corte de Viena.

El 6 de enero de 1897 publicó un testamento político en la ciudad de Varese, por el cual mantenía sus derechos a las Coronas de España y Francia, y todavía el 12 de marzo de 1906 protestó contra la separación entre Iglesia y Estado en Francia. Malquistado con varios de sus hijos y víctima de algunos severos conflictos familiares generados por su esposa, la muy conflictiva María Berta, don Carlos falleció en el Hotel Excelsior, en la ciudad italiana de Varese, el 18 de julio de 1909. Sus restos fueron enterrados en la capilla de San Carlos Borromeo de la catedral de San Justo, en Trieste, pasando la sucesión a su hijo don Jaime, quien también heredó el grueso de sus cuantiosos bienes, entre los que se encontraba el castillo de Froshdorf, herencia del conde de Chambord. Su viuda, acusada por algunos de paranoica y de mentirosa compulsiva, heredó el palacio de Loredan, que luego vendió junto con numerosas colecciones y archivos carlistas, y vivió sus últimos años pobre y oscuramente en Viena, donde falleció el 12 de enero de 1945.

MATEOS SÁINZ DE MEDRANO, Ricardo «Carlos María de los Dolores de Borbón y Austria Este», en Real Academia de la Historia, Diccionario Biográfico electrónico (en red, https://dbe.rah.es/biografias / 8884/carlos-maria-de-los-dolores-de-borbon-y-austria-este)

Jaime Borbón y Borbón Parma

Borbón y Borbón Parma, Jaime de. Duque de Madrid. Vevey (Suiza), 27.VI.1870 – París (Francia), 2.X.1931. Pretendiente carlista a la Corona de España.

Hijo del pretendiente carlista Carlos (VII) y de Margarita de Borbón Parma. Durante la Tercera Guerra Carlista (1873-1876) estuvo en España con sus padres. Después ingresó en la Academia militar de Wiener-Neustadt (Austria), de la que salió oficial en 1893, pero no pudo continuar en el Ejército austríaco por culpa del emperador Francisco José y las intrigas de María Cristina. Por ello, en 1896 ingresó en el ejército ruso. Tomó parte en la campaña contra los bóxers (1898-1900) y en la guerra ruso-turca, en la que ganó la Cruz de San Vladimiro. También tomó parte en la guerra ruso-japonesa de 1905.

Carlos (VII) se quejó en varias ocasiones de la misteriosa, ambigua y compleja personalidad de su hijo y heredero carlista, Jaime. En 1904, se atribuyó a Jaime una serie de declaraciones liberales, en las cuales llegaba incluso a aprobar las medidas que contra las órdenes religiosas se daban en Francia. Además, al parecer, Jaime hizo también unas “declaraciones canalejistas” en 1907 —en referencia al ilustre político y líder liberal Canalejas—.

A la muerte de Carlos (VII) el 18 de julio de 1909, Jaime presentó la renuncia de su empleo en el Ejército ruso, renuncia que el Zar no quiso aceptar, concediéndole el nombramiento de coronel de Húsares de Grodno, si bien le autorizó para salir de Rusia.

Los carlistas le aclamaron como el legítimo sucesor de Carlos (VII). El reinado carlista de Jaime (III) brindó a Juan Vázquez de Mella —el orador y parlamentario carlista más importante entonces— una excepcional ocasión para adueñarse, progresivamente, de todas las estructuras más importantes del partido jaimista (denominación del partido carlista) —la Jefatura Delegada y el órgano oficial de prensa del partido, El Correo Español— aprovechando el enorme ascendiente que tenía sobre el mismo como “insustituible” y la actitud proliberal, abúlica, pasiva y manejable —desde luego esta última en lo referente a los asuntos del partido— del pretendiente, cuya propia querencia dinástica carlista era bastante dudosa.

El objetivo de Vázquez de Mella no era otro que marcar al partido el rumbo político que se había propuesto y que consistía en proporcionar una bandera de reunión de los elementos españoles de orden más atractiva, moderna y sugerente que la del carlismo clásico. Apoyo colateral constante de este rumbo fue el periódico propagandista católico El Debate, que tenía puesta la esperanza en un trasvase de dicha línea promellista en su proyecto de unión de derechas.

Al estallar la Primera Guerra Mundial (1914), Vázquez de Mella adoptó una postura claramente germanófila, entrando en contradicción directa con Jaime, por distanciarse de la prudencia neutralista que el pretendiente aconsejó, tímidamente, en instancias no oficiales, aunque sin darle el carácter de orden obligatoria.

El dominio por parte de Vázquez de Mella de cualquier margen de oposición importante a sus actividades políticas, y el logro del control político del jaimismo y de sus principales estructuras de propaganda, fue conseguido con relativa facilidad gracias a una hábil dosificación de amenazas escisionistas, con “recambio” dinástico, por la probable ilegitimidad de ejercicio de Jaime (III) —amplificadas por la prensa derechista liberal—. Estas amenazas dejaron paralizados en la inacción e impotencia, o en la aceptación a regañadientes, al pusilánime y ambiguo Jaime, y al esclerotizado jaimismo ortodoxo, por el temor a un partido dividido que fuera incapaz de levantar cabeza sin el concurso de Vázquez de Mella, es decir, por un auténtico horror vacui.

El confinamiento de Jaime en Frohsdorf (Austria) durante la Gran Guerra dio a Vázquez de Mella y a los promellistas la oportunidad ideal para completar su dominio en el partido, marcando la conducta oficial del mismo en un sentido agresivamente germanófilo y que, una vez acabada la guerra, propiciaría según ellos una futura y plausible ayuda alemana al proyecto político promellista. Lo cual fue favorecido, además, por la persistente actitud de inhibición y ambigüedad de Jaime —además de su desinterés por el futuro de la causa carlista— que esperaba, calculadamente, a vislumbrar el resultado de la guerra para dar instrucciones claras y precisas, y apoyar o desautorizar resueltamente la germanofilia promellista. El proyecto de Vázquez de Mella adquirió entonces una mayor definición, pues, marginando como siempre cualquier alusión dinástica —lo que dio pie a hablar de una “zona neutral dinástica”—, y fomentando, asimismo, las relaciones políticas electorales, mezclándose los fines propagandísticos con los pragmáticos, conceptualizó como extrema derecha, en el terreno religioso, a aquellas fuerzas políticas que se unieran en torno a él para la defensa del mismo.

Eliminada en 1918 la opción política germanófila por la derrota alemana, Jaime (III) se decidió, finalmente, a acabar con la dirección promellista disolviéndola, reorganizando por completo el partido y negando ese vacío de poder que él había creado durante la guerra.

Intentó encarrilar de nuevo al sector jaimista ortodoxo en las tareas directivas no dejando más opción a Vázquez de Mella, si quería proseguir con su proyecto político, que la de romper con el pretendiente. Vázquez de Mella blandió, esta vez pública y realmente, la ilegitimidad de ejercicio del mismo con unas justificaciones no excesivamente sólidas, aunque aprovechando, sin duda, la marea antiliberal y autoritaria que se había despertado en Europa tras la Gran Guerra.

Tras la ruptura con Jaime, en febrero de 1919, Vázquez de Mella, lógicamente, fue el que trazó la línea política ortodoxa del mellismo, que se coordinó desde Madrid y Cataluña, fundamentalmente.

Consistía esta línea en la formación de un núcleo aglutinador católico-tradicionalista cuyo programa tradicionalista condicionaría, o bien la fusión si se aceptaba entero, o bien la federación si se aceptaba parcialmente, pues una adhesión completa al magisterio de la Iglesia bastaba para federarse.

Evidentemente el jaimismo, muy afectado por la captación de campo tradicionalista realizada por las tendencias mellistas, no dejó de aprovechar los “desafueros” de sus extremistas para atacar con virulencia al mellismo por su infidelidad al tradicionalismo.

Para ello distorsionó a veces las formulaciones mellistas ortodoxas y, reivindicando a su vez ser la “verdadera derecha”, intentó recomponer sus maltrechas filas, pues el propio jaimismo también empezó a sufrir a nivel interno de tendencias inconformistas. Estas estuvieron basadas en una posible sucesión real alfonsina —alentada por el hecho de que Jaime nunca se casó— y en un paralelo aperturismo de la relación política, siendo cercanas a las tesis de los mellistas.

Fueron además propiciadas por el ambiente de indisciplina que seguía sin haber resuelto la pertinaz dejadez de Jaime.

Con el objeto, pues, de concretar una orientación definitiva ante el momento político y las circunstancias que se estaban atravesando, y ante la situación creada por el cisma, el secretario político jaimista, Luis Hernando de Larramendi, propuso entonces a Jaime (III) la celebración de una Junta Magna para tratar todos los problemas más urgentes y candentes.

Dicha junta se celebró en Biarritz en noviembre de 1919. A la cita faltaron muchos jefes regionales y provinciales, lo cual demostraba más que las palabras el hundimiento total de los cuadros dirigentes a causa de la escisión mellista. Jaime reconoció, sinceramente, haber sido dominado por la dirección promellista y por Vázquez de Mella durante un largo tiempo y, por tanto, se hacía en parte culpable de la escisión.

Por esto mismo, prometía que no volvería a pasar, y aseguraba que hacía todos los esfuerzos por casarse y dar sucesión al jaimismo, así como de poner todo su empeño y energía en trabajar por la causa.

En enero de 1921, se celebró en Lourdes una asamblea jaimista que, aunque no tuvo el alcance político de la junta de Biarritz, tuvo también bastante entidad.

Esta asamblea fue presidida por Jaime (III). En Lourdes se pudo apreciar, de nuevo, la indisciplina que seguía reinando en el jaimismo. Jaime (III) puso otra vez orden en el partido jaimista y resolvió que no hubiera más jefaturas que la suya. En cambio, a las juntas y a las entidades jaimistas se les concedió atribuciones de organización, aunque supeditadas a la resolución directa de Jaime. Al parecer, el partido jaimista seguía sufriendo de excesivos personalismos —como el de Vázquez de Mella— y se hacía necesario volver a concentrar la autoridad en el Rey carlista.

Poco después de proclamada la Segunda República, Jaime (III) lanzó un Manifiesto desde París en abril de 1931, en el cual hizo un llamamiento a todos los elementos de orden de España para que, integrándose dentro del partido jaimista, se salvara a España de la revolución. Los mellistas escucharon este llamamiento y, tras celebrar una asamblea en Guipúzcoa, acordaron reintegrarse en la Comunión regida por Jaime (III). Dicha integración se consumó en un mitin en Pamplona, en junio de este mismo año de 1931, en el cual también reingresaron los integristas y otras muchas personas retraídas por la escisión mellista desde 1919.

ANDRÉS MARTÍN, Juan Ramón de «Jaime Borbón y Borbón Parma», en Real Academia de la Historia, Diccionario Biográfico electrónico (en red, https://dbe.rah.es/biografias / 15308/jaime-de-borbon-y-borbon-parma)

Alfonso Carlos de Borbón y Austria Este

Borbón y Austria Este, Alfonso Carlos de. Duque de San Jaime y duque de Madrid. Londres (Reino Unido), 12.IX.1849 – Viena (Austria), 28.IX.1936. Pretendiente carlista a la Corona de España.

Hijo de don Juan de Borbón y Braganza y de Su Alteza Real doña María Beatriz de Austria-Este. Utilizó en algunas ocasiones los títulos de duque de San Jaime y duque de Madrid. Fueron sus padrinos don Carlos Luis de Borbón y Braganza y la esposa del conde de Chambord.

Pasó los primeros años de su vida junto a su hermano Carlos en Módena y en la corte de su tío el duque de Módena Francisco V. Más tarde vivió en Praga y Viena junto a su tío el emperador de Austria.

A la vuelta de un viaje realizado a los santos lugares con el duque de Módena, ingresó el 29-VI-1868 como soldado de los Zuavos Pontificios. En el sitio de Roma en septiembre de 1870 y encuadrado con otros españoles en la sexta compañía, segundo batallón, se distinguió como alférez e la defensa de la Puerta Pía. Con la entrada de las tropas garibaldinas fue hecho prisionero y tras ser liberado se embarcó para Tolón (Francia) desde donde pasó a Vevey (Suiza) junto a su hermano Carlos.

El 26-IV-1871 se casó en Kleinheubach (Baviera, Alemania) con María de las Nieves de Braganza, hija del ya difunto rey de Portugal, don Miguel, que reinó entre 1828 y 1834, y de la princesa Adelaida de Löweinstein.

Al iniciarse las guerras carlistas, fue nombrado por su hermano don Carlos [Carlos VII] general en jefe del ejército en Cataluña, adonde llegó a comienzos de 1873. Participó allí, entre otras acciones, en el ataque y toma de Ripoll, la toma de Berga, el ataque a Puigcerdá y la acción de Alpens, donde murió el general liberal Cabrinet. Pasó más tarde don Alfonso Carlos a Navarra para tomar el mando de los ejércitos de Cataluña y el centro a su vuelta. Encomendó el mando del primero de ellos al general Tristán para cruzar de Aragón a Valencia. Allí participó en las acciones de Gandesa y Alcora, en los ataques a Teruel y en la toma de Cuenca en julio de 1874. Organizó las tropas de las provincias de Guadalajara y Cuenca que pasaron a las órdenes del brigadier Villalain.

Intentando seguir los planes que ideara Cabrera en la primera guerra buscó extender progresivamente la lucha hacia otras zonas y así organizó la expedición del coronel Lozano hacia Alicante y Murcia; la del brigadier Villalain que llegó a las inmediaciones de Aranjuez, e intento con regular éxito que el coronel Madrazo —que mandaba las fuerzas aragonesas— obstaculizara las comunicaciones ferroviarias entre Madrid y Zaragoza. Las expediciones tuvieron poco éxito y don Alfonso —tras conferir el mando del Ejército del centro interinamente al general Martínez de Velasco — pasó el Ebro por Flix el 20-X-1874 con el batallón de Zuavos y una escolta de fuerzas del Maestrazgo a las órdenes de Cucala. Desde la Seo de Urgel ocupada por los carlistas pasó a Francia. Acabada la guerra desde Francia se retiró a Gratz (Austria).

Es de destacar que a lo largo de la contienda contó siempre con la presencia de su esposa, María de las Nieves, que recorrió todos los campos de batalla alcanzando gran popularidad entre los carlistas y que dejó escritas unas interesantes memorias.

A partir de los años ochenta, la actividad de don Alfonso se centró en los viajes y en la lectura. Inició en Europa una interesante campaña antiduelista y publicó diversos artículos de política internacional en periódicos como el Correo Español.

A la muerte de su sobrino don Jaime, hijo de Carlos [VII], en París el 2-X-1931 fue nombrado jefe de la Comunión Tradicionalistay sucesor dinástico con el nombre de [Alfonso Carlos I]. En este periodo hubo de solucionar las consecuencias que en el carlismo se habían provocado con la escisión mellista, el integrismo, etc. Habiendo conseguido poco antes del comienzo de la guerra de 1936 la unión de los distintos grupos carlistas, firmó la orden de adhesión y levantamiento carlista en este último conflicto.

Murió en un accidente en Viena el 28-IX-1936 sin sucesor directo abriendo con ello un importante debate interno en el seno del carlismo.

Publicó numerosas proclamas y manifiestos recogidos en su mayoría por Melchor Ferrer.

ASÍN REMÍREZ DE ESPARZA, Francisco, Diccionario Biográfico Español, Real Academia de la Historia, 2010, Vol. VIII, págs. 798-799.

Javier de Borbón-Parma

Borbón Parma y Braganza, Francisco Javier Carlos. Viareggio (Italia), 25.V.1889 – Chaure (Suiza), 7.V.1977. Pretendiente carlista a la Corona de España, ingeniero agrónomo y licenciado en Ciencias Políticas.

Hijo del infante de España Roberto de Borbón y Borbón, último duque reinante de Parma, y de María Antonia de Braganza, infanta de España y Portugal.

Desde su infancia vivió el entorno del carlismo.

Su padre, Roberto, había luchado en el ejército de Carlos (VII) durante la Tercera Guerra Carlista y a su bautizo había asistido la reina Margarita y el príncipe Jaime.

Su infancia transcurrió entre Italia y Austria, junto a su hermano Sixto. Realizó en París sus estudios universitarios que terminó en 1914. Junto a su hermano Sixto participó en la Segunda Guerra Mundial como oficial de Artillería en el ejército belga. Por sus relaciones con Austria —su hermana Zita era Emperatriz de este país— intentó sin éxito una paz austríaca con los aliados. El 12 de noviembre de 1922 contrajo matrimonio con Magdalena de Borbón Bousset, con la que tuvo seis hijos: María Francisca, Carlos Hugo, María Teresa, Cecilia, María de las Nieves y Sixto.

El 23 de enero de 1936 fue designado por el pretendiente carlista Alfonso Carlos (I) como regente de la dinastía carlista “sin perjuicio de su derecho eventual a la corona”. En vísperas de la guerra de 1936 trabajó activamente junto a Manuel Fal Conde en la preparación del movimiento carlista y el 14 de julio de 1936 firmó, en San Juan de Luz, la orden de movilización de las fuerzas carlistas. El 28 de septiembre de ese mismo año presidió el entierro de Alfonso Carlos en el castillo de Puchein (Austria).

Durante la guerra estuvo dos veces en España. La primera, en mayo de 1937, para visitar a su hermano Cayetano —alistado anónimamente con el nombre falso de Gaetán de Lavardin en un tercio de requetés—, que había sido herido en los alrededores de Bilbao.

La segunda tuvo lugar en noviembre de 1937, para protestar ante Franco por el decreto de unificación, firmando la orden de expulsión del partido de todos aquellos que aceptasen este decreto. Esta oposición motivó que fuera expulsado de España por orden de Franco cuando se encontraba en Granada.

Trasladado a Portugal, y más tarde a Francia, continuó desde allí la dirección del carlismo.

A pesar de que en 1941, desde el castillo de Bosta (Francia), publicó un manifiesto clandestino en el que formuló el programa carlista, en realidad, desde el comienzo de la Segunda Guerra Mundial menguó notablemente su actividad relacionada con el carlismo.

Alistado inicialmente en el Ejército belga, tras la ocupación alemana se trasladó a Francia, donde dirigió la resistencia en la región de Allier. Detenido el 22 de julio de 1944 fue conducido a Vichy, donde, tras ser interrogado durante un mes por la Gestapo, fue condenado a muerte, acusado de terrorismo y de trabajar como agente británico. La intervención de Pétain evitó que esta condena tuviera lugar, pero no que fuera trasladado al campo de exterminio de Natzweiler, en Alsacia, y más tarde al de Dachau. Fue liberado por las tropas americanas junto a otros supervivientes el 8 de mayo de 1945.

Retomó posteriormente su actividad con el carlismo y con España, especialmente a partir de 1949. Parece que inicialmente tuvo ciertas vacilaciones antes de aceptar el cambio de regente a representante de la dinastía carlista. Este cambio se fraguó en el Consejo Nacional de la Tradición que tuvo lugar entre el 19 y el 21 de febrero de 1949 y en una serie de movimientos que se sucedieron paralelamente a la publicación de la obra de Fernando Polo ¿Quién es el rey? El 26 de junio de 1950, juró los fueros vascos en Guernica, y el 3 de diciembre de 1951, en el monasterio de Montserrat, juró igualmente los fueros de Cataluña. El 31 de mayo de 1952, ante el Consejo Nacional reunido en Barcelona, don Javier aceptó su proclamación como Rey de la dinastía carlista, lo que le supuso una nueva orden de expulsión y destierro.

Tras el cese de Manuel Fal Conde como jefe delegado del carlismo, en 1955 tuvieron lugar una serie de acercamientos al régimen de Franco, que terminaron en los años sesenta. En 1968, la familia Borbón Parma fue nuevamente expulsada y ello supuso la radicalización definitiva del carlismo, que se intensificó cuando el 20 de abril de 1975 Javier anunció su abdicación en la figura de su hijo Carlos Hugo. Francisco Javier de Borbón-Parma, que había mantenido una estrecha relación personal con Pío XII, falleció el 7 de mayo de 1977 en el hospital de Chaure (Suiza), víctima de un infarto de miocardio.

ASÍN REMÍREZ DE ESPARZA, Francisco «Javier de Borbón-Parma», en Real Academia de la Historia, Diccionario Biográfico electrónico (en red, https://dbe.rah.es/biografias / 8964/francisco-javier-carlos-de-borbon-parma-y-braganza)

Carlos Hugo de Borbón Parma y Borbón Busset

Borbón Parma y Borbón Busset, Carlos Hugo. Duque de Madrid. París (Francia), 8.IV.1930 – Barcelona, 18.VIII.2010. Pretendiente carlista a la Corona de España, duque de Parma.

Nació en el exilio francés, hijo primogénito de Francisco Javier de Borbón Parma y Braganza y de Magdalena de Borbón Busset. Obtuvo la licenciatura de Derecho en la Universidad de la Sorbona, en París (Francia) y el grado de doctor en Ciencias Económicas por la Universidad de Oxford (Reino Unido).

En 1957 inició sus actividades dinásticas y políticas presentándose en el acto nacional de Montejurra (Navarra) de ese año, asumiendo la herencia política y dinástica del carlismo, abriendo con ello la lucha por la titularidad de la Corona española, en pugna con el entonces príncipe de España, Juan Carlos de Borbón y Borbón, hijo del conde de Barcelona, don Juan de Borbón.

En 1964 contrajo matrimonio con la princesa Irene de Orange Nassau, de los Países Bajos, hija de la reina de Holanda Juliana y del príncipe Bernardo; con la que tuvo cuatro hijos: Carlos Javier (1970), Margarita (1972), Jaime (1972) y María Carolina (1974).

El 8 de abril de 1975 su padre, Javier, abdicó los derechos históricos y dinásticos en favor de Carlos Hugo (I) ante la Junta de Gobierno del carlismo, reunida en Arbonne (Francia). El 8 de enero de 1979 el Gobierno español devolvió la nacionalidad española a la familia Borbón-Parma. Ese mismo año, el príncipe Carlos Hugo participó en las segundas elecciones legislativas, presentándose como cabeza de lista del Partido Carlista por Navarra, no obteniendo ningún escaño.

El 28 de abril de 1980 abandonó la presidencia del Partido Carlista y en noviembre de ese mismo año se trasladó a Estados Unidos, incorporándose como profesor de Teoría Económica en la Universidad de Harvard (Boston). Regresó a Europa en el año 1999, fijando su residencia oficial primero en el castillo de Puchheim (Austria) y posteriormente en Bruselas, y reanudando sus actividades dinásticas, tanto en España como en Parma (Italia).

CLEMENTE, Josep Carles «Carlos Hugo de Borbón Parma y Borbón Busset», en Real Academia de la Historia, Diccionario Biográfico electrónico (en red, https://dbe.rah.es/biografias / 8877/carlos-hugo-de-borbon-parma-y-borbon-busset)