Carlos IV de España

Datos biográficos

Dinastía: Borbón
Rey de España: 1788-1808
Nacimiento: 11-IX-1748
Fallecimiento: 20-I-1819
Predecesor: Carlos III
Sucesor: Fernando VII

Índice

Introducción
Guerras con Francia, Portugal e Inglaterra
El Escorial, Aranjuez y Bayona
La Familia de Carlos IV

Introducción

Carlos IV de España por Francisco GoyaCarlos IV de España por Goya

[Portici-Roma]. Hijo de Carlos III y de María Amalia de Sajonia, ocupa el trono por muerte de su padre (14-XII-1788) y mantiene de primer ministro a Floridablanca, que lo era con aquel. Se caracteriza y determina este reinado por la proyección de la Revolución francesa y por la privanza de Godoy. En su primer despacho con el secretario de Guerra, Carlos promueve al empleo de cadete garzón de guardias de Corps a Manuel Godoy y Álvarez de Faria.

Inicia parecida política a la practicada por su antecesor: perdón de atrasos a los contribuyentes, baja del pan destinado al consumo de los pobres, etc.; y organiza, también como Carlos III, expediciones marítimas para el reconocimiento de las tierras descubiertas y conquistadas por los navegantes españoles de los siglos XV y XVI. Así, dispone la expedición de Malaspina y Bustamante, comenzada en 30 de julio de 1789 y terminada en 21 de septiembre de 1794.

En las Cortes de aquel año, convocadas para el reconocimiento y jura del príncipe de Asturias, se pidió el restablecimiento de la ley de Partida referente a la sucesión de las hembras en el trono cuando son de mejor línea y grado que los varones, ley que habla sido anulada por el auto acordado de 1713. Aprobada la petición por Carlos IV, las Cortes convinieron en guardar secreto sobre este asunto «hasta que se verificase la publicación de la pragmática en el tiempo que S. M. tuviese por conveniente» Cuaderno proceso de las Cortes de 1789, Madrid. La no publicación de aquella fue causa de la ulterior guerra civil a la muerte de Fernando VII.

Claro que por entonces lo único que preocupaba a Carlos y sus ministros era la actitud de la Asamblea Nacional francesa, que, si por un lado amenazaba seriamente los principios monárquicos, por otro ofrecía a España cumplir el Pacto de Familia en caso de que nuestro país tuviera que combatir con la Gran Bretaña, hecho que estuvo a punto de producirse. La política represiva de Floridablanca contra la propaganda de carácter revolucionario, se acentuó tras el atentado de que él mismo fue víctima al entrar en el palacio de Aranjuez, siendo herido, aunque no de gravedad, por un individuo de nacionalidad francesa (18-VI-1790).

El conde de Aranda, consultado por el rey. «marco de impolítica, de inepta y temeraria la conducta de Floridablanca. Los amigos de este ministro eran raros: la grandeza, a quien tenía humillada, ansiaba su caída; los altos funcionarios, reducidos por él a una entera nulidad en materias de Estado, participaban del mismo descontento. Del clero estaba aborrecido. Todos los informes que tomó el rey desaprobaban la conducta del ministro» Memorias del Príncipe de la Paz, t. I, pág. 129. Madrid.

En febrero de 1792, Aranda sustituye a Floridablanca, que fue procesado y encarcelado, acaso porque trató de aminorar la influencia de la reina María Luisa y Godoy en el ánimo de Carlos IV. Gómez de Arteche lo asegura, y añade: «Repugna el pintar con los verdaderos colores el cuadro que en aquellos días ofrecían la corte de España y el palacio mismo de nuestros reyes. La regia cámara se hallaba invadida por un insolente explotador de los favores de la reina, abusando con el mayor escándalo de la bondad, de la inocencia podremos decir, de un soberano que calculaba las virtudes de los demás por las suyas propias» Reinado de Carlos IV, t. I, págs. 79 y 80.

Guerras con Francia, Portugal e Inglaterra

Aranda se mostró más transigente que su antecesor, con el Gobierno francés, permitió a nuestros vecinos entrar en España con la escarapela tricolor, que antes suscitaba tanto sobresalto, y logró estrechar más las relaciones con Francia. Pero al ver hundirse a esta en la demagogia, propuso a Carlos IV la guerra. La Convención amenazó con la ruptura de relaciones diplomáticas si el Gobierno español no reconocía abiertamente la República francesa. Aranda no supo decidirse, y entonces el rey le relevó como ministro, nombrando en su lugar a Godoy (20-XI-1792) que, arrastrado por los acontecimientos y la muerte de Luis XVI, se vio envuelto en la guerra, llamada de la Convención o de los Pirineos.

Se formaron tres cuerpos de ejército: uno en la frontera de Guipúzcoa y Navarra, al mando de Ventura Caro; otro, en la de Aragón, al mando del príncipe de Castelfranco, y el tercero, en la de Cataluña, a las órdenes de Ricardos. Este obtiene algunas victorias en el Rosellón, pero los otros dos ejércitos sufren importantes reveses en Figueras, Pasajes, Fuenterrabía y San Sebastián, La paz de Basilea (22-VII-1795) puso fin a la guerra con Francia. Esta restituyó a España todas las conquistas que había hecho en territorio español, y España cedió a Francia la parte que le correspondía en la isla de Santo Domingo. Godoy fue nombrado Príncipe de la Paz, y, sin duda, su intervención para ajustarla fue un triunfo diplomático y político, «Francia concedía mucho por una ventaja ilusoria, porque Santo Domingo ya no pertenecía a nadie» Thiers, Historia de la Revolución francesa, t. IV, cap. X.

Poco después (18-VIII-1796), acordó el Gobierno español la alianza ofensiva y defensiva con el Directorio francés, alianza que entraría en vigor solo en caso de guerra con la Gran Bretaña. Dicha guerra no tardó en estallar, declarándola España el 7 de octubre de aquel año; y durante ella se produjo la derrota de nuestra escuadra en el cabo de San Vicente, la conquista de la Trinidad por los ingleses, la heroica resistencia gaditana, el fracaso de Nelson en Santa Cruz de Tenerife, donde perdió un brazo (1797).

Sustituido Godoy por Saavedra y Jovellanos (28 V-1798), y estos, antes de los tres meses, por Urquijo y Soler —a los que sucedería Ceballos, puede decirse que la política de Carlos IV estaba determinada por las intrigas francesas y la enemiga británica. Los ingleses se apoderaron de Menorca (XI-1798). Nombrado Napoleón primer cónsul, se firmó el tratado de San Ildefonso (1-X-1800) y poco después de la paz de Luneville (8-1-1801), en virtud de cuyas estipulaciones España cedió la Luisiana a Francia y se creó el reino de Etruria para el príncipe de Parma, yerno de Carlos IV.

Prosiguiendo su hostilidad con Inglaterra, Napoleón arrastró a S. M. Católica a la guerra con Portugal, y Godoy fue nombrado generalísimo de las armas de mar y tierra. Esta fue la llamada guerra de las Naranjas, a la que puso fin el tratado de Badajoz. En 1802 (27-III) se suscribió la paz de Amiens entre España, Francia, Inglaterra y Holanda, por la que la primera recobraba Menorca y adquiría la plaza de Olivenza, cediendo a los ingleses la isla de Trinidad.

No duró mucho la paz, a pesar de que la situación de la Hacienda era pésima, aunque los reyes habían renunciado a la mitad de lo que les correspondía para gastos secretos, se habían aumentado los impuestos, emitido un empréstito cuyo interés anual importaba más de 87 millones de reales, y otro en vales, de 53 millones de pesos al 4 por 100. Firmada entre España y Francia una convención por la que aquella podría permanecer neutral, mediante el pago de un subsidio de seis millones de libras, en la nueva guerra de coalición contra Bonaparte, la Gran Bretaña no aceptó tal actitud del Gobierno de Carlos IV, y dio orden a sus cruceros de que atacasen los buques españoles cuyo tonelaje no excediera de las 100 toneladas.

Se apoderaron de tres fragatas —la Fama, Medea y Clara— y otra, Mercedes, fue destruida, Carlos IV declaró la guerra a los ingleses (12-XII-1804), y Godoy, a quien se encomendó su dirección, lanzó una proclama a la nación española, ocho días después. Se convino una alianza marítima con Francia (4 y 5-1-1805). Tuvieron efecto los combates de Finisterre y de Trafalgar, desfavorables a nuestra armada, y en los que la marina española se batió con heroico esfuerzo. Cisneros, Uriarte, Valdés, Gravina, Alcalá Galiano y Churruca honraron con su arrojo y valor los reveses sufridos, así como varios jefes de la escuadra aliada, y el almirante inglés Nelson murió a consecuencia de las heridas recibidas, como Churruca, Gravina y Galiano. Villeneuve, jefe de la escuadra francesa, se suicidó.

Carlos IV y Godoy, entregados casi por completo a Napoleón, convinieron en suscribir el tratado de Fontainebleau, por el que España y Francia y el nuevo reino de Etruria se repartirían a Portugal —que, si bien neutral en apariencia, estaba al servicio de los ingleses—, y el rey de España sería reconocido emperador de las dos Américas. Como anexo al tratado, se convenía en que las tropas francesas destinadas a la campaña de Portugal tendrían libre paso por el territorio español.

El Escorial, Aranjuez y Bayona

Por este tiempo se acusa publicamente la descomposición interior de la corte, primero con el llamado proceso de El Escorial, en el que el príncipe de Asturias y su camarilla aparecen envueltos en una conspiración contra los reyes y Godoy; unos meses más tarde, con el motín de Aranjuez (17-III-1808), a consecuencia del cual el favorito fue exonerado de sus empleos, reducido a prisión, herido, y su casa saqueada por el populacho. Carlos IV se vio obligado a abdicar la corona en el príncipe de Asturias (19-III-1808), de lo que luego se retractó. El acta de abdicación se publicó en la Gaceta de Madrid cuatro días después, y con esta misma fecha Carlos escribió a Napoleón la siguiente carta:

«Señor mi hermano: V. M. sabrá, sin duda con pena, los sucesos de Aranjuez y sus resultas; y no verá con indiferencia a un rey que, forzado a renunciar a la corona, acude a ponerse en los brazos de un grande monarca aliado suyo, subordinándose totalmente a la disposición del único que puede darle su felicidad, la de toda su familia y la de sus fieles vasallos. Yo no he renunciado en favor de mi hijo sino por la fuerza de las circunstancias, cuando el estruendo de las armas y los clamores de una guardia sublevada me hacían conocer bastante la necesidad de escoger la vida o la muerte, pues esta última se hubiera seguido después de la de la reina. Yo fui forzado a renunciar; pero asegurado ahora con plena confianza en la magnanimidad y el genio del grande hombre que siempre ha mostrado ser amigo mío, yo he tomado la resolución de conformarme con todo lo que este mismo grande hombre quiera disponer de nosotros y de mi suerte, la de la reina y la del Príncipe de la Paz. Dirijo a V. M. I. y R. una protesta contra los sucesos de Aranjuez y contra mi abdicación. Me entrego y enteramente confío en el corazón y amistad de V. M., con lo cual ruego a Dios que os conserve en su santa y digna guarda. De V. M. I. y R su muy afecto hermano y amigo, Carlos» Ortega Rubio, Historia de España Madrid, 1908; 1. V, pág. 427, Apéndices.

Reunida la familia real en Bayona con el emperador de los franceses (30-IV-1808), esperan lo que este decida acerca de sus personas y del pueblo español. Madrid se levanta gloriosamente contra los invasores (2-V) y el 5 de este mes se firma en Bayona un tratado por el que Carlos IV renuncia a la corona de España en favor de Napoleón. Reside luego en Compiegne, Marsella, Roma, Verona (aquí, durante el imperio de los Cien Días), y nuevamente en la capital del orbe católico, donde muere.

De Carlos IV nos ha dejado Villalba Hervás esta semblanza: «Hombre de corto entendimiento, pero de intachables costumbres; rey de las más sanas intenciones; amigo consecuente hasta el sacrificio; marido ciego o tolerante hasta el vilipendio. En circunstancias normales y con una esposa inteligente y honrada, Carlos habría sido un excelente padre de sus vasallos, como se decía entonces; en momentos tan difíciles y dominado por la Mesalina que el destino en sus rigores le deparara, su reinado fue uno de los más ignominiosos que nuestros anales registran» Introducción a un estudio sobre la Historia contemporánea de España, pág. 27, Madrid.

Durante el reinado de Carlos IV se decretó la venta, con autorización pontificia y con destino a la extinción de la deuda, de los bienes de los maestrazgos, de las encomiendas de las órdenes militares, de las memorias, obras pías, cofradías y patronatos laicales, como también de la séptima parte de los bienes del clero, de las catedrales y colegiatas, medidas que insinúan ya el principio de la desamortización eclesiástica. Esta fue una de las causas que atrajeron más enemigos a Godoy. Se quebrantaron los rigores del tribunal de la Inquisición, y en cambio, se protegió a hombres como Moratín, autor de las famosas Notas al auto de fe celebrado en Logroño el año 1610. Se abrieron las puertas de España a los jesuitas arrojados por Carlos III, y a Pablo de Olavide, que había sido condenado por el Santo Oficio.

Hijos de Carlos IV y María Luisa de Parma fueron: Carlos Clemente (1771-1774); Carlota Joaquina (1775, Madrid-1830, Queluz); María Luisa (1777-1782); María Amalia (1779-1798, casada con su tío don Antonio Pascual); Carlos Eusebio (1780-1783); María Luisa (1782, La Granja-1824, Luca); Carlos y Felipe (gemelos, 1783-1784); Fernando, príncipe de Asturias; Carlos María Isidro, el pretendiente; María Isabel (17891843; su paternidad se ha atribuido a Godoy; fue madre de María Cristina, la cuarta esposa de Fernando VII); María Teresa, muerta poco después de nacer; Felipe María, muerto también en seguida, y, finalmente, Francisco de Paula (1794-1865; también presunto hijo de Godoy).

VEGA, José, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo A-E, págs. 706-709.

La familia de Carlos IV