Alfonso XIII de España

    Alfonso XIII

    Alfonso XIII

    Biografía

    ALFONSO XIII, rey de España (1886-1941; 1886 (1902-1931). [Madrid-Roma]. Hijo póstumo de don Alfonso XII y de doña María Cristina de Austria, nació el 17 de mayo. Fue proclamado rey el mismo día de su nacimiento, bajo la regencia de su madre, que la ejerció hasta el 17 de mayo de 1902, día en que don Alfonso, al cumplir los dieciséis años, juró la Constitución para reinar personalmente. El rey fue bautizado el 22 de mayo de 1886 en la capilla de Palacio, apadrinado por el papa León XIII, a quien representó en la ceremonia el Nuncio. La educación de don Alfonso corrió a cargo de don José Fernández Montaña (Religión), Arrillaga (Ciencias), Brieva (Historia), capitán Ruiz Fornells (Instrucción militar); el Derecho público fue confiado al catedrático de la Central y político liberal, don Vicente Santa María de Paredes. Además de los citados, participaron en su formación los jefes militares Sánchiz y Lóriga. El monarca llegó a poseer una cultura notable: hablaba alemán, inglés y francés y practicó con maestría diversos deportes.

    Personalmente, don Alfonso fue un español típico, o más concretamente aún, un archimadrileño, con todos los defectos y virtudes de sus paisanos. .. Gran patriota..., amigo de la vida, demasiado ansioso de caras nuevas y especialmente fatigado de las demasiado serias o austeras. José María G. Escudero, Medio s. de historia española, III. Alfonso XIII, Arbor, julio-agosto, 1950, pág. 393

    Es el reinado de Alfonso XIII, a partir de 1902, una prolongada lucha de los hombres públicos por afrontar los diversos pro blemas derivados de situaciones anteriores, cuya culminación puede fijarse, en cierto modo, en el desastre colonial de 1898. Naturalmente, no podían enfrentarse con las consecuencias los mismos hombres que hablan llevado al país al fracaso de la política ultramarina. Sin embargo, sobrevivieron a la paz de París, y fue precisamente Sagasta, jefe del último Gobierno de la Regencia, el del primero del nuevo reinado.

    No era solo la desconfianza que estos hombres pudiesen inspirar a la opinión: era su propia decepción ante el panorama poco esperanzador que ofrecía el país, decepción que les impedía captar la creciente vigencia de espinosas e ineludibles cuestiones que van a caracterizar los veintinueve años de reinado efectivo de don Alfonso: la inquietud social —anarquismo terrorista, socialismo teórico en un principio, dispuesto después a la revolución—; Marruecos —amenaza siempre latente, ilusión costosa y a veces realidad sangrienta (guerra de Melilla, Anual, etc.)—; quiebra del turno de los partidos implantado por Cánovas; creciente separatismo en Cataluña, y naciente, aunque no con escaso vigor y de harta significación, en el País Vasco; descontento en el ejército (exteriorizado en las Juntas de Defensa).

    La renovación de ideas y usos políticos que el país demandaba y que los hombres públicos de la generación recién llegada a la madurez habían de servir, en la medida de sus posibilidades, tuvo dos principales personificaciones: Maura y Canalejas, que, al iniciar etapas de nueva política como jefes de los partidos conservador y liberal, respectivamente, parecían restablecer la normalidad del antiguo juego constitucional, representado por Cánovas y Sagasta. El veto impuesto por las izquierdas a Maura por la ejecución de Ferrer Guardia y el asesinato de Canalejas, frustraron el ensayo regenerador, que con una orientación y con procedimientos distintos trató de reanudar el general Primo de Rivera

    Periodo 1902-1907

    La primera fase del reinado la señala la liquidación de la etapa anterior, o sea de la Regencia. Ya desde el primer Consejo de Ministros, presidido por el rey, y siendo jefe de Gobierno Sagasta, se acusó una posible tendencia del monarca al gobierno personal, según atestigua Romanones Notas de una vida, II, pág. 46, a propósito de ciertos nombramientos relacionados con el departamento de Guerra. Después de jurada la Constitución de 1876, confirmado en el poder el Gabinete Sagasta, el rey emprende el verano de 1902 un viaje por el norte de la Península.

    Entretanto, una huelga, inicialmente de metalúrgicos, en Barcelona, se había convertido en general, y en la capital catalana se declaró el estado de guerra hasta noviembre. El anarquismo, que había prendido hondamente en la región catalana, no dejaba de azotarla con toda indole de agitaciones. La autoridad de Sagasta no era, a todo esto, la menos afectada; iba perdiendo adeptos, señalándose la violenta oposición de Maura, y a pesar de una modificación ministerial que introdujo en su Gobierno, pocas semanas antes de morir tuvo que ceder el puesto a Silvela.

    Tampoco este político podía constituir el hombre ideal para iniciar una etapa de renovación, ya que le faltaban la fe y voluntad necesarias en el programa de regeneración que con buen deseo había adoptado. Este Gobierno Silvela hubo de ser sustituido por el de Villaverde (1903). No pasaba de ser un nuevo trámite, y fue reemplazado por Maura, llamado por vez primera presidir el Consejo de Ministros. La subida de Maura al poder (diciembre de 1903) marca así el primer jalón de importancia en la nueva trayectoria del reinado. Con Maura se perfilan también preocupaciones hasta entonces no sentidas; resolver los problemas más acuciantes, entre los que emergía con peligro cada vez mayor el de la inquietud política y social, para el que Maura había brindado —en sus campañas de oposición— su célebre revolución desde arriba.

    Sin embargo, no había llegado la verdadera hora de emplearse a fondo don Antonio Maura —no demasiado apreciado en Palacio—. Dejó el poder y Azcárraga, Villaverde, Montero Ríos, Moret (en tiempos del cual se celebró la conferencia de Algeciras), López Domínguez (víctima de la crisis del papelito), Moret (en Gobierno relámpago) y Vega de Armijo iban a sucederse en la jefatura del Gobierno (entre diciembre de 1904 y enero de 1907), en inoperante relevo y tanteo de diversas soluciones que iban aplazándose. Por fin, en enero de 1907, Maura es llamado a presidir el que luego se denominará Gobierno largo.

    Viajes y matrimonio del rey

    Fotografía histórica de segundos después del atentado contra el rey Alfonso XIII y Victoria Eugenia.

    Fotografía histórica de segundos después del atentado contra el rey Alfonso XIII y Victoria Eugenia

    Entretanto, don Alfonso XIII había hecho diversos viajes por la Península y el extranjero: a Francia (mayo 1905) —donde fue objeto de un atentado cuando volvía de la ópera con el presidente Loubet, saliendo ilesos ambos jefes de Estado—; a Inglaterra, donde conocería a la princesa Ena de Battenberg, sobrina carnal de Eduardo VII, después llamada Victoria Eugenia, cuando casó con don Alfonso —una vez vencido el obstáculo de su confesión protestante al convertirse a la religión católica— cf. H. R. H . Princess Pilar of Bavaria and Mayor Desmond Chapman. Houston, Don Alfonso XIII, págs. 93 y ss.; a Cataluña, adonde le llevó Maura para establecer el contacto de la Monarquía con la opinión catalana; a Melilla, a Andalucía, etc.

    Recibió, por su parte, la visita del emperador Guillermo II, en Vigo (15 de marzo de 1904), entrevista que se relacionó con la política de Marruecos; en octubre de 1905 le devolvió la visita el presidente de la República francesa, monsieur Loubet, y al mes siguiente, don Alfonso visitó en Alemania y Austria a los respectivos emperadores en viaje oficial dentro del plan propuesto de marcar la normalidad de relaciones cordiales con todos los Estados de Europa.

    El 31 de mayo de 1906 contrajo matrimonio el rey con Victoria Eugenia, en la iglesia de los Jerónimos, de Madrid. Cuando regresaba la regia comitiva a palacio, por la calle Mayor, desde un balcón del número 88 de dicha calle, fue arrojada una bomba que causó numerosas víctimas, aunque los reyes salieron ilesos del atentado. Su autor, Mateo Morral, anarquista de la Escuela Moderna, dirigida por Ferrer Guardia (cuya figura se dibujaba en el fondo de aquel acto terrorista), se había refugiado en el domicilio de Nakens, periodista republicano, y al pretender huir, fue reconocido en Torrejón de Ardoz por un guardia jurado, al que dio muerte y se suicidó acto seguido.

    Desde 1907 a 1909

    Maura se constituye en árbitro de la política española y con aciertos y errores, el jefe conservador procura sacar al país del entumecimiento en que se halla; legisla con actividad, apoyado en su gran mayoría parlamentaria; promueve la acción de España en Marruecos y pretende, en cierto sentido, renovar el dinamismo marcado treinta años antes por Cánovas. A la iniciativa de este Gobierno Maura se deben las leyes de construcción de la Escuadra, la de Comunicaciones Marítimas, la del Instituto Nacional de Previsión, la de Colonización interior, la de Reforma electoral, la de reorganización de Correos y Telégrafos, etc.

    Cifró grandes ilusiones en la de la Administración Local, que no logró pasar de proyecto por la tenaz oposición parlamentaria. Al mismo tiempo procuró vigorizar las relaciones diplomáticas de España con Inglaterra y Francia, con vistas a la acción española en Marruecos por él preconizada y a la política del Mediterráneo, celebrándose en Cartagena una significativa entrevista entre el rey de España y el de Inglaterra (1907).

    Otra de las aspiraciones de Maura, que trató de realizar en esta etapa, fue la del saneamiento de las costumbres políticas y usos administrativos. Este conjunto de medidas parecían robustecerle como jefe de las derechas españolas y como gobernante capaz de estabilizarse en el ejercicio del poder. Pero la impaciencia de los liberales llamados algún día a sucederle, y la natural hostilidad de republicanos y socialistas, fueron causa de violentas campañas contra Maura, que no dejaron de dar su fruto.

    Una denuncia por supuesta prevaricación en la adjudicación de la construcción de la Escuadra fue el comienzo de la ofensiva contra el Gobierno. Especialmente en Cataluña va fermentando la hostilidad, movida, en parte por el separatismo, en parte también —de un modo más directo, desde luego—, por los anarquistas. Desde la calle, agitada por la prensa de izquierdas, y desde los escaños, va formándose un ambiente propicio al desastre de 1909, desdoblado en dos escenarios en íntima conexión; norte de África, reclamando hombres para sostener la guerra de Melilla, con inusitados fracasos castrenses, a los que no fue ajena una inoportuna movilización de reservistas —que temen ir al matadero —, y Barcelona, escenario de la subsiguiente semana trágica, que provoca la represión del Gobierno Maura. Consecuencia de ello es el fusilamiento de Ferrer Guardia, cuya muerte se esgrime en el extranjero como mito antiespañol, acogido por los liberales como oportuna palanca para derribar a Maura cf. duque de Maura y M. Fernández Almagro, Por qué cayó Alfonso XIII, págs. 154 y ss..

    Don Alfonso, sometido a la presión contradictoria de su reconocimiento al gobernante que había sofocado una grave subversión revolucionaria y la coacción ejercida por las izquierdas de toda Europa para que Maura fuera relevado, optó por esto último; así se puso fin a la existencia del Gobierno llamado largo, por que fue el de más dilatada vida constitucional del reinado de don Alfonso. Planteada la crisis, Moret sustituye a Maura, y sirve de puente para dar a Canalejas la presidencia.

    La Situación Liberal

    Canalejas sube al poder en febrero de 1910. No por su tendencia francamente liberal tropezó Canalejas con menos dificultades en el orden público —turbado por las huelgas y diversos conatos revolucionarios— que Maura. Gobernó con energía y habilidad, reprimiendo cualquier intento perturbador y legisló con eficacia en Hacienda y Gobernación sobre todo. Como Maura, Canalejas propulsó la renovación política cf. M. F. Almagro, Historia del reinado de Alfonso XII, págs. 161 y ss. y dio impulso a la acción de España en Marruecos, que visitó con Alfonso XIII en un viaje que contribuyó a sentar las bases del Protectorado, objeto del Tratado de 1912.

    El atentado que costó la vida a Canalejas (1912), privó a don Alfonso del político necesario para alternar en el poder con Maura. Este, que había proclamado su implacable hostilidad contra los liberales, no tardó en verse abandonado de sus partidarios, que siguieron a Dato cuando fue nombrado jefe de Gobierno —octubre de 1913— después de un Gabinete Romanones que sobrevivió a Canalejas en el programa liberal.

    Turno de partidos

    Dato, de acuerdo con el rey, que se avino a prescindir de Maura, gobernó en nombre de los conservadores (1913-1915), decretando la neutralidad, en clarividente arranque, al sobrevenir la Guerra europea. El monarca había prometido a Poincaré, presidente de la República Francesa, que le visitó en Cartagena en 1913, que España garantizaba no atacar por el Pirineo en el caso de una conflagración, Don Alfonso (que había salido ileso de un nuevo atentado, en la calle de Alcalá, abril 1913, cuando volvía de la jura de la bandera, y del que fue autor el anarquista Sancho Alegre ), devolvió en mayo del mismo año la visita al presidente de Francia, donde se ratificó el acuerdo definitivo sobre Marruecos, firmado antes en Madrid.

    La Guerra europea vino a crear una delicada situación en el seno de la propia familia real: la reina madre, como austríaca, parecía simpatizar con los Imperios centrales, mientras la reina Victoria Eugenia se inclinaba, lógicamente, por los aliados. Es precisamente en esta ocasión cuando la figura de don Alfonso cobra especial relieve por su humanitaria intervención. Montó en palacio una oficina que él mismo regía, con el fin de aliviar la penosa suerte de los prisioneros, gestionar su canje, procurarles asistencia de cualquier índole, etc. Al margen de todas las pasiones, equidistante de la germanofilia exaltada de un Vázquez de Mella o del extremado aliadofilismo de Romanones y de los republicanos, el rey dio el ejemplo de una digna neutralidad.

    Sin embargo, en el interior no mejoraban las cosas. Dato fue relevado por Romanones, que prolonga su gestión ministerial hasta 1917. Le sucede García Prieto, pero poco tiempo después ha de chocar con la grave cuestión de las Juntas de Defensa Militares, que en un nuevo Gobierno Dato encuentran algún apoyo. Otros conflictos, de más resonancia popular, como la huelga revolucionaria de julio de 1917 —que afectó a Madrid, Barcelona, Bilbao, Valencia Santiago, etc.—, fueron sofocados con la intervención de la fuerza armada.

    Estos desórdenes pusieron de manifiesto la pujanza adquirida por el partido Socialista y por sus dirigentes más jóvenes, ya que Pablo Iglesias, fiel a su credo, se mantuvo alejado de la acción violenta. Con esta huelga, también el socialismo se lanzaba a la lucha en la calle, que antes solo era practicada por los anarquistas. Coincidiendo con esto, el separatismo catalán arreciaba aún en sus actividades y la Asamblea de Parlamentarios celebrada en Barcelona fue un nuevo contratiempo para el Gobierno Dato. Sustituido en noviembre de 1917 por García Prieto, que presidió una concentración de liberales y conservadores, la política nacional se hallaba en un callejón sin salida, cuando el rey, llevado de su buen deseo, hubo de amenazar con la abdicación para lograr que Maura, en 1918, constituyera el Gobierno Nacional.

    Aún sucedieron a este Gabinete otros once, antes de 1923 (García Prieto, Romanones, Maura, Sánchez de Toca, Allendesalazar, Dato, Allendesalazar, Maura, Sánchez Guerra y dos sucesivos de García Prieto). Era indudable que con tan fugaces permanencias al frente de los ministerios resultara imposible dar cauce eficaz a problemas que requerían urgente atención; huelgas en la Península, con su secuela de atracos, robos, incendios, etcétera; atentados, como el que costó la vida a Dato -marzo 1921-; desastres en Marruecos (Anual, que se atribuyó a determinadas intromisiones del rey, según algunos comentaristas, a través del general Fernández Silvestre ).

    Dictadura de Primo de Rivera

    El rey Alfonso XIII, junto al general Miguel Primo de Rivera (derecha) después de su nombramiento como jefe del Gobierno y presidente del Directorio militar.

    El rey Alfonso XIII, junto al general Miguel Primo de Rivera (derecha) después de su nombramiento como jefe del Gobierno y presidente del Directorio militar

    El inicial personalismo político de don Alfonso, que Romanones creyó percibir en los principios del reinado, volvió a transparentarse en discursos como los pronunciados por él en Córdoba —mayo 1921 y en Barcelona-Las Planas, junio 1922—. No le faltaban motivos para sentirse desengañado del juego normal de los partidos y del régimen constitucional en su conjunto, lo que explica bien su aceptación del golpe de Estado de Primo de Rivera (13-IX-1923), no siendo necesario para comprender la concesión a este del poder el que participase don Alfonso en sus preparativos.

    Con la Dictadura comienza un nuevo y decisivo período para la corona. Los políticos, en general, censuran al monarca la suspensión de la Constitución. Mientras Primo de Rivera gobierna con el aplauso popular (especialmente en la primera mitad de la Dictadura) y con la rúbrica del rey, se dio cima a la pacificación de Marruecos (después del desembarco en Alhucemas, sin duda un éxito castrense).

    El dictador proyectó todos sus afanes hacia la centralización del poder, garantizando sobre todo el orden público y buscando una fórmula financiera para la rehabilitación económica del país. El monarca visitó Italia (1923, noviembre), acompañado de Primo de Rivera, por lo que se quiso atribuir a la Dictadura un matiz filofascista, cuando, en realidad, se asemejaba más a un pronunciamiento muy siglo XIX.

    A pesar de la construcción de carreteras, de las exposiciones de Barcelona y Sevilla, la feliz coincidencia con el brillante éxito conseguido por el vuelo del Plus Ultra, la opinión pública, trabajada por propagandas de toda índole —mantenidas en el extranjero por Unamuno, Blasco Ibáñez y Sánchez Guerra —, iba distanciándose de la gestión de Primo de Rivera. Incidentes con intelectuales caracterizados, encarcelamientos como el de prestigiosos hombres públicos y la Junta del Ateneo, la sanjuanada, con su secuela de sanciones, y conflictos tan graves como el suscitado en el Cuerpo de Artillería, además de huelgas estudiantiles dirigidas por la F. U. E., fueron minando el crédito de la Dictadura que, por otra parte, tanteó su salida a la normalidad mediante la Asamblea Nacional y un proyecto de Constitución. Comprendiendo el rey que la situación era delicada, retiró la confianza al marqués de Estella, y el 28 de enero de 1930 fue sustituido por el general don Dámaso Berenguer, quien no pudo evitar que se desbordaran las pasiones reprimidas durante la etapa anterior.

    Liquidación de la Monarquía

    Primo de Rivera había apurado hasta el último momento las posibilidades de gobernar, sin percatarse de que el remedio podía llegar demasiado tarde; no era solo su prestigio personal el que comprometía: los antiguos políticos, la opinión pública y los periódicos empezaron a acusar al monarca de complicidad. Se hallaba comprometida la Monarquía como institución. Las fuerzas que antes no habían puesto en tela de juicio la legitimidad monárquica, se unieron a los enemigos de la Monarquía. Huelgas casi ininterrumpidas entorpecieron las soluciones propuestas por Berenguer, que se gastó además en la represión del movimiento republicano de Jaca, siendo sustituido por el almirante Aznar.

    El dilema de la lucha electoral en proyecto entrañaba un juicio histórico sobre la persona de Alfonso XIII y lo que él, como monarca, representaba. Efectuadas las elecciones municipales del 12 de abril de 1931, el veredicto de las urnas fue adverso al rey en las grandes capitales. El 14 de abril de 1931, cuando ya ondeaban banderas tricolores en casi toda España y se había proclamado la República catalana en Barcelona, don Alfonso abandonó palacio por la salida del Campo del Moro, y se dirigió por carretera a Cartagena. Embarcó en este puerto el 15 de abril, de madrugada, en el crucero Príncipe Alfonso, que le llevó a Marsella. La reina y sus hijos salieron de Madrid en automóvil para subir al tren en El Escorial, de donde se dirigieron a París.

    No obstante el fracaso político que pudiera representar el reinado de don Alfonso XIII, coincide este período histórico con una evidente recuperación nacional en los órdenes más diversos: la economía, la industria, la ciencia y la vida intelectual y artística. Florece el periodismo, se desarrollan las grandes ciudades, disminuye el número de analfabetos y asciende notablemente el nivel de vida. Contribuyó a ello, sin duda, la neutralidad de España durante la guerra europea, y gracias a aquella se pudo vigorizar la Hacienda nacional.

    En cuanto a la cultura, procuró el monarca mantener contacto personal con Corporaciones académicas y la Universidad. Fue iniciativa de don Alfonso la fundación de la Ciudad Universitaria de Madrid. En 1913, el rey recibió en palacio a Azcárate, a Cossío (don Manuel Bartolomé) y a Ramón y Cajal y en otra ocasión a Unamuno; el monarca quiso imprimir a estas audiencias carácter político y la impresión que de la entrevista dieron los visitantes especialmente —Azcárate— a los periodistas, fue favorable para don Alfonso. También durante su reinado obtuvo España tres premios Nobel; de ellos, sin restar importancia a los literarios concedidos a Echegaray y a Benavente (más sujetos a la modificación de los gustos), merece destacarse el adjudicado al histólogo don Santiago Ramón y Cajal, símbolo de un renacimiento investigador, surgido en una época en que estaba muy viva la polémica sobre la ciencia española.

    El rey, que pasó una etapa de su destierro en Fontainebleau, falleció en Roma sin volver nunca más a España, por él recordada siempre con amor y desinterés, el 28 de febrero de 1941. De su matrimonio con doña Victoria Eugenia tuvo los siguientes hijos: don Alfonso (1907-1938), que fue Príncipe de Asturias; don Jaime (1908), doña Beatriz (1909), doña María Cristina (1911), don Juan (1913) y don Gonzalo (1914-1934).

    BLEIBERG, Germán, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, T. A-E, págs. 139-143.