Alfonso XII de EspañaAlfonso XII

ALFONSO XII, rey de España (1857-1885; 1875-1885 ) [Madrid-El Pardo]. Hijo de Isabel II y del rey consorte don Francisco de Asís, nació el 28 de noviembre; tanto el país como a Corte -preocupados con la sucesión- recibieron con júbilo su nacimiento. Todos los sectores de la nación participaron de esta alegría que poco después vino a reforzar el buen sesgo de la guerra de África: no tardaría en darse el nombre de Príncipe de Asturias a uno de los regimientos que actuaban en las victoriosas operaciones y a uno de los fuertes exteriores de Ceuta.

La educación de don Alfonso fue encomendada como jefe de estudios, al general Álvarez-Osorio, su instrucción religiosa, al padre Cayetano Fernández, filipense; las primeras letras, a don Antonio Castilla. Antes de cumplir los once años hubo de conocer las consecuencias de la Revolución de septiembre de 1868, que privó a su madre de la corona. El Príncipe de Asturias acompañó a la reina desterrada a Francia. En París asistió a las clases del Colegio Stanislas; más tarde pasó a Viena, donde fue alumno del Theresianum. Por último, cumpliendo instrucciones expresas de Cánovas del Castillo, el príncipe se trasladó a Inglaterra donde ingresa a la Academia Militar de Sandhurst (que dará nombre al manifiesto del 1 de diciembre de 1874; Cánovas, al proponer la estancia de don Alfonso en tierra inglesa, quería que el príncipe respirara el ambiente de una nación bien equilibrada eminentemente constitucional Cf. marqués de Lema, De la Revolución a la Restauración, T. II.

En 1870, doña Isabel abdica la corona en su hijo. El duque de Sesto, ayo de don Alfonso, contribuyó no solo con el consejo leal, sino con su popularidad y gran fortuna, al triunfo de la causa alfonsina, empezando por convencer a la reina destronada para que cediese sus derechos a don Alfonso. El Príncipe que a sazón tenía doce años, era enjuto de cuerpo, fino, estatura regular para su edad, aunque un poco más bajo que yo —escribe el conde de Benalúa en sus Memórias, págs. 36 y ss. —, extraordinariamente suelto de movimientos y con una viveza en la mirada que denotaba ya su pasmosa inteligencia. Sus aficiones, más que de niño, parecían de hombre, y lo que más me extrañaba siempre en él era su carácter reflexivo y, sobre todo, su carácter siempre igual, con una extremada afabilidad para todos, fuera quien fuese.

Se producía la abdicación de doña Isabel en los mismos momentos en que en España se debatía la candidatura para ocupar el trono vacante y sobre Francia se cernía el peligro de la invasión prusiana, que acabaría por liquidar el reinado de Napoleón III.

Entretanto, Cánovas contemplaba, con su bien meditado plan para rehacer la monarquía sobre la base de don Alfonso, cómo iba desmoronándose, en sucesivas etapas, la obra intentada por la Revolución: asesinato de Prim, fracaso y abdicación de don Amadeo, tormentosa y efímera República, guerra civil en variedad de formas, golpe de Estado de Pavía, mandato en precario del duque de la Torre. En 1874 no había otra salida más lógica ni más patriótica que la Restauración.

La noticia del pronunciamiento de Sagunto (29-XII-1874) sorprendió al nuevo rey en la Ópera de París. Don Alfonso se había trasladado de Inglaterra a Francia para pasar con su madre las fiestas de fin de año. El 4 de enero de 1875 parte Alfonso XII de París para Marsella, donde embarca al día siguiente para llegar, en la fragata Navas de Tolosa, el 9, a Barcelona; el 11 se halla en Valencia y el 14 hace su entrada triunfal en Madrid. Cánovas, después de formularia detención, había constituido (31-XII-1874) un ministerio-regencia, compuesto de los siguientes titulares: Estado, Alejandro Castro; Gracia y Justicia, Francisco Cárdenas; Hacienda, Pedro Salaverría; Guerra, general Jovellar; Marina, el marqués de Molins; Gobernación, Francisco Romero Robledo; Fomento, el marqués de Orovio; Ultramar, Adelardo López de Ayala. El primer acto público del monarca fue confirmar en sus cargos a los ministros nombrados por Cánovas.

El reinado

De los diversos problemas que acuciaban a la situación del país, el que más urgente solución requería era el de la guerra carlista. En virtud de ello, el rey salió de Madrid a los cuatro días de haber llegado, dirigiéndose a Zaragoza y Tudela para informarse sobre el mismo campo de batalla de la marcha de las operaciones, a cuyo efecto presidió una junta de generales y ejerció el mando supremo. Con muchos riesgos pudo salvar el peligro de ser capturado por las tropas del pretendiente; llegó a Pamplona; pasó después a Logroño, donde visitó al anciano duque de la Victoria y regresó a Madrid.

En la capital tuvo que afrontar un problema familiar; la reina Isabel deseaba regresar a España, y Cánovas no estaba dispuesto a tolerar un retorno que juzgaba prematuro. Liquidada la guerra civil (desastres carlistas en Olot, Valencia, Estella, Abadiano, etc.), Alfonso XII fue reconocido como rey legítimo por Cabrera, a quien confirmó en su grado de capitán general y títulos de nobleza, de los cuales, simultáneamente, le exoneraba el pretendiente derrotado. La paz del Zanjón puso término a la guerra de Cuba y los republicanos se avenían, por el momento, a la inacción, o se colocaban en situación benévola, si es que no se incorporaban al nuevo régimen. Se inauguraba, sin duda, una etapa de estabilidad política, como no la había conocido la historia anterior del siglo XIX.

Se apoyaba el rey, con toda fidelidad, en la Constitución que firmó el 30 de junio de 1876 y que habían elaborado las Cortes inauguradas el 15 de febrero anterior. El gobierno de los conservadores —que prolonga su gestión hasta el 8 de febrero de 1881— persiste en manos de Cánovas, incluso en las dos ocasiones en que el político malagueño cede la presidencia a Jovellar (12-IX a 2-XII-1875) para que celebrase las elecciones con arreglo al sufragio universal, y a Martínez Campos (8-III a 9-XII-1879).

Algunos comentaristas han querido ver en la interpolación a Martínez Campos una hábil intención de Cánovas: gastar en el poder el prestigio del general de Sagunto. Martínez Campos, que había conseguido cerrar la primera guerra promovida por el separatismo cubano mediante la paz del Zanjón (1878), podía haber desvirtuado la dirección civil que al reinado de Alfonso XII quería imprimir la política de Cánovas. Este cifró una de las aspiraciones propias de todo régimen constitucional en establecer el turno pacífico de los partidos, a cuyo efecto solicitó la colaboración del antiguo jefe de Gobierno con Amadeo I, Ruiz Zorrilla, que prefirió el destierro para conspirar en pro de la República. Pero Cánovas encontró en Sagasta al político necesario para alternar con él en el ejercicio del Poder.

El 8 de febrero de 1881, agotadas las posibilidades de un Gabinete conservador, Alfonso XII encomienda a Sagasta, jefe del partido fusionista, la formación de un Gobierno de orientación liberal. Bajo el Gobierno de Sagasta —escribe Fernández Almagro — Cánovas, Madrid, 1951, pág. 373 se desmandó don Alfonso más de lo habitual, tanto en sus trastadas de señorito calavera como en sus buenas intenciones de rey que amaba a su pueblo.

Es durante la etapa del Gobierno liberal cuando Alfonso XII, por su personal iniciativa, acepta la invitación (otoño 1883) del emperador de Alemania para presenciar unas maniobras militares en Hamburgo; el ministro de Estado dio su conformidad a los deseos del monarca. La visita del rey a Alemania, el mando (coronel de un regimiento de ulanos) que le confirió el káiser Guillermo I, la mala impresión que causaron el viaje y subsiguientes honores, en el ánimo de los franceses, fueron una torpeza de política exterior que el Gabinete Sagasta no había previsto.

Don Alfonso, a su regreso de Alemania, se detuvo en la capital de Francia, donde fue recibido con una silba y gritos hostiles por parte de los parisienses; sin embargo, y este dato revela una faceta de su carácter, el rey de España salió a pasear al día siguiente por los Bulevares, sin escolta, demostrando que no temía absolutamente nada, a pesar de que había sido objeto de atentados en dos ocasiones anteriores: el 25 de octubre de 1878, cuando el rey regresaba a Madrid, después de haber pasado revista a las tropas de Álava, Oliva Moncasí disparó en la calle Mayor su pistola contra don Alfonso sin causarle daño alguno; el agresor fue ejecutado el 4 de enero de 1879; en diciembre de este mismo año, cuando, con su esposa, la reina María Cristina, regresaba de un paseo por la Casa de Campo, Francisco Otero González disparó contra los reales esposos, que salieron ilesos; Otero fue también ejecutado al poco tiempo.

Durante la gestión de Sagasta hubo varias sublevaciones de diversa índole, promovidas por militares republicanos, tales como la de Badajoz, la de Santo Domingo de la Calzada y la de un batallón de Vizcaya en la Seo de Urgel. Tanto el viaje a Alemania, como estos incidentes, contribuyeron a restar eficacia a la situación liberal, y Sagasta fue sustituido en la presidencia por Posada Herrera (13 -X-1883), que carecía de mayoría propia, va que los elementos del partido fusionista obedecían enteramente a Sagasta. Eliminada la posibilidad de que se prolongara la solución de Posada, en enero de 1884 el rey confirió de nuevo a Cánovas la constitución de un Gobierno conservador, reforzado por la colaboración de la Unión Católica, grupo dirigido por don Alejandro Pidal.

El 25 de agosto de 1885 corrió riesgo de alterarse la paz del reinado; en esta fecha, el conflicto de las Carolinas, provocado por Alemania, estuvo a punto de convertirse en una guerra de España contra el Imperio central. Cabe a Alfonso XII y a sus políticos la gloria de haber resuelto pacíficamente este incidente, cuya solución favorable se debió al arbitraje del papa León XIII, gracias al cual Alemania reconoció la soberanía española en aquellas islas.

El rey consiguió captarse, en general, las simpatías del pueblo, especialmente del de Madrid, en los años de la Restauración y primeros de la Regencia. En una capital donde privaban las funciones del género chico y donde el perro Paco consiguió convertirse en personaje, la figura de Alfonso XII, ocurrente y galanteador, encajaba perfectamente en el ambiente. Pero, aparte de lo pintoresco, el rey estaba animado de una sincera bondad y clara inteligencia y sus actos no se apartaron nunca de un nobilísimo anhelo —no poco mérito de él hay que apuntarlo en el haber de Cánovas— de consolidar la obra de la Restauración, dotándola de elementos de buena política, y facilitando, al amparo de la Constitución del 76, la convivencia de los súbditos, cuyas libertades individuales procuró garantizar. Logró, en fin, restablecer la paz en la nación, después de las sangrías interiores, y en Cuba, por lo que fue justamente apellidado el Pacificador.

Matrimonios y descendencia

El 23 de enero de 1878, Alfonso XII casó con su prima la infanta doña María de las Mercedes de Orleáns y Borbón; esta boda fue muy bien recibida por la nación, que celebró con grandes fiestas el enlace; pero la alegría no duró más de medio año, pues en julio el rey perdió a su esposa, cuya muerte fue sentida por todo el pueblo. El 29 de noviembre de 1879, don Alfonso contrajo segundas nupcias con dona Maria Cristina, archiduquesa de Austria, de la que nacieron la princesa doña María de las Mercedes —11 de septiembre de 1880 , la infanta doña María Teresa —12 de noviembre de 1882 y el hijo póstumo, que acto continuo había de reinar con el nombre de Alfonso XIII —17 de mayo de 1886.

Enfermedad y muerte del rey

Don Al fonso XII estaba enfermo, desde hacía tiempo, de tuberculosis. En la última fase de su mal el rey llevaba un pañuelo de seda, rojo, que cuando estaba sentado guardaba en la bota de montar, y con frecuencia llevaba a la boca para enjugar los esputos sangrientosRépide, Alfonso XII, Madrid s. a., pág. 155.Cánovas desesperaba del porvenir de la Monarquía: contribuía a ello la escasa fortuna en la descendencia habida en doña Maria Cristina, que en vida del rey solo le dio hijas, con lo cual cabía el peligro de que se suscitara de nuevo el pleito dinástico que había escindido al país desde 1833. El rey, por otra parte, no cooperaba a su curación, bien por las obligaciones protocolarias que pesaban sobre él, bien por la vida de excesos a que se entregaba.

Aparte del incidente de las Carolinas, ya citado, el verano de 1885 fue bastante movido. Tomó el rey las aguas en Betelu (Navarra), pasó una temporada en el palacio gijonés de Revillagigedo, y el 15 de agosto inauguró el trayecto Busdongo-Puente de los Fierros, del ferrocarril de Asturias. Además, terremotos en Andalucía, como anteriormente las inundaciones de Murcia, reclamaron su presencia para consolar a las víctimas. La generosidad del monarca llegaba a extremos realmente arriesgados en este orden; así, con ocasión de la epidemia de cólera, que azotó a Murcia y Aranjuez, don Alfonso visitó, sin autorización del Gobierno, a los enfermos de este Real Sitio. Si bien tales actos acrecían su popularidad, don Alfonso la ganaba a costa de su salud.

Esta era cada vez más precaria, según se acercaba el otoño de 1885. El médico de cabecera -Camisón - dimitía su cargo; Sánchez Ocaña, eminente facultativo, aconsejó que el rey pasara algún tiempo en El Pardo, adonde llegaban los aires limpios de la cercana sierra, que podrían ayudarle a prolongar su existencia. Aun el 15 de noviembre —festividad de San Eugenio, con romería en El Pardo— el rey salió a pasear por el monte de palacio y conversó con amigos que festejaban el día con una merienda campestre. El 25 de noviembre recibió al conde de Solms, embajador de Alemania; nada hacía prever un desenlace inmediato; se proyectaba incluso una invernada en Sanlúcar de Barrameda, para el 1 de diciembre. Doña Isabel II se hallaba en el Real cuando fue informada de que el rey estaba agonizando. Junto a su lecho de muerte, el 25 de noviembre, cuidaba al enfermo moribundo la reina doña Maria Cristina.

Doña Maria Cristina quedaba encinta, y sobre ella gravitaría la responsabilidad de una nueva y difícil etapa de la política y de la historia española: la Regencia. Temía Cánovas que, por tratarse de una reina extranjera, sin sucesión masculina, surgieran brotes antimonárquicos; adelantándose a posibles maniobras de cualquier índole que pudieran comprometer la seguridad del trono, llega con la oposición, que Sagasta personifica, al acuerdo impropiamente llamado pacto del Pardo, y sacrifica la presidencia del Gobierno en aras de la salvación de la Monarquía. Con la muerte del rey, al liquidarse la segunda fase conservadora e inaugurarse nueva etapa liberal, se inicia la muy difícil regencia de doña Maria Cristina. En Alfonso XII —inteligente, generoso, dinámico— se malogró el mejor rey, hasta entonces quizá, de la Casa de Borbón en EspañaFernández Almagro, Obra citada, pág. 418.

BLEIBERG, Germán, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, T. A-E, págs. 136-139.