Juan de Austria

Don Juan de Austria armado, de Alonso Sánchez CoelloDon Juan de Austria armado, de Alonso Sánchez Coello

JUAN DE AUSTRIA, militar (1545-1578) [Ratisbona-Namur] Este caudillo insigne es el hijo que tuvo Carlos V, ya viudo, de Bárbara de Blomberg. Nació el 24 de febrero de 1545, fiesta de San Matías, como el día en que nació su padre. En 1546, el emperador, con motivo de una dieta fue a Ingolstadt, a nueve leguas de Ratirbona, recogió a su hijo y casó a Bárbara con un alemán de su séquito. Carlos V confió el cuidado de aquel niño a su mayordomo, el señor de Villagarcía de Campos, don Luis Méndez de Quijada. En 1550 el príncipe Felipe II había de volver a España. Como don Juan tenía ya cinco años y su salud era firme, el emperador quiso aprovechar esa coyuntura para enviar a Castilla a su hijo natural. Trató del caso con su mayordomo y confidente, quien propuso dos lugares: Vilagarcía, donde ofrecía su casa y los cuidados de su esposa doña Magdalena de Ulloa, o Leganés, donde tenía la cura de almas Bernabé Vela, pariente de un criado suyo.

Como Carlos V pensaba entonces dedicar a la Iglesia a su hijo natural, prefirió Leganés. Para ejecutar la decisión del emperador, Quijada se sirvió del flamenco Francisco Massy,Francisquin, músico de vihuela de arco de don Carlos.Francisquinestaba casado con una castellana, Ana de Medina, y deseaba retirarse al pueblo de su mujer, precisamente Leganés. El músico vino a España en la comitiva de don Felipe II, desembarcó en Barcelona a primeros de agosto de 1550 y, poco después, llegó a Leganés, llevando consigo al misterioso niño, del que no sabía otra cosa sino que erahijo de persona principal, Adrián de Bois (Bues), ayuda de cámara del emperador.

En 1554, Carlos V, que había sabido de la deficiente educación que recibía su hijo en Leganés, pues, como el cura no se cuidaba de ella y el sacristán Francisco Fernández era muy poco lo que le podía enseñar, había de ir a la escuela de Getafe ygastaba buena parte del día en tirar con una ballestilla a los pájaros, convino con Quijada en trasladarle a Villagarcía, ocultando a doña Magdalena su verdadero origen, si bien la mandaría que lo criase como hijo propio, ya que Dios no les había concedido ninguno. Charles Prebost, criado del César, fue a Leganés con cartas para Ana de Medina (Francisquinhabía muerto), y, en una carrocilla, la primera que en aquel lugar se había visto, se llevó aJeromín, que es como allí se llamaba a don Juan, a Villagarcía, donde le entregó a doña Magdalena. De la vida de don Juan al lado de esta señora se sabe poco; pero no hay duda de que le pusieron buenos maestros, entre ellos el capellán Guillén Prieto, doctor por Salamanca, y el escudero Juan Galarza. Doña Magdalena, a la que don Juan llamaba tía, y por la que sintió siempre filial afecto, le inculcó el espíritu de caridad, encargándole de repartir las limosnas a los pobres.

En 1556, después de las abdicaciones, Carlos V vino de Flandes a España. Desde Laredo, donde desembarcó, se dirigió a Valladolid, mandando a Quijada que recogiera en Villagarcía a don Juan y le llevase como paje en el viaje a Yuste. Así lo hizo Quijada, y en Jarandilla (Extremadura) mandó a don Juan que presentase al César un regalo de doña Magdalena. Con los ojos mostró don Carlosel contento que interiormente había recibido en ver a su hijo tan gentil hombre y hermosoL. van der Hammen y León, Don Juan de Austria, Madrid, Luis Sánchez, 1627, fol. 11 v.En el verano de 1558, Quijada y doña Magdalena fueron a Cuacos para visitar en su retiro de Yuste al emperador, y llevaron consigo a don Juan, para que hiciera, cerca del que todavía no sabía que era su padre, oficios de paje. La presencia de este gracioso mozo de trece años fue la postrer alegría y, acaso, la suprema esperanza de don Carlos, que cuidó de asegurar el porvenir de este hijo recomendando a su primogénito Felipe II que lo tuviera siempre por hermano.

Felipe II seguía en Gante (Flandes), donde el 29 de junio de 1559 presidió el capítulo general de la Orden del Toisón, para otorgar los collares vacantes, uno de los cuales reservó para su hermano natural don Juan. El 5 de septiembre de ese mismo año salió para España, después de escribir a Luis Quijada que el día de San Lucas (18 octubre) tuviese a don Juan en el monasterio de San Pedro de la Espina, cercano a Villagarcía, en el mismo traje y hábito que le ordenaría llevase. En efecto, el rey, después del famoso auto de Valladolid de 8 de octubre, por él presidido, marchó al monasterio de la Espina. En él estaba ya don Juan, bien ajeno a la fortuna que le esperaba. Luis Quijada le había instruido sobre la manera de conducirse en presencia del rey, y acertó a producir en él la mejor impresión. La primera merced que en aquel momento Felipe II hizo a su hermanofue ceñirle espada y echarle al cuello el Toisón de Oro.

Desde la Espina, el rey volvió a Valladolid, llevando consigo a don Juan, al que ya había puesto casa, mandando que le diesen el tratamiento de excelencia. Así se hizo al principio, pero no tardaron en darle todos, menos el rey, los títulos de alteza y señor. Compusieron la primera casa de don Juan: Luis Quijada, como ayo; don Fernán Carrillo, conde de Priego, mayordomo mayor, y Juan de Quiroga, secretario. Don Luis Carrillo, primogénito del conde de Priego, fue el capitán de la guardia, mitad española y mitad alemana. La casa era, pues, como la de un infante, y para vivir como tal no le faltaba a don Juan más que estar en la capilla bajo cortina, posar dentro de Palacio y título de alteza, honores que Felipe II le negó siempre.

Dispuso después Felipe II que don Juan y Alejandro Farnesio fuesen a la Universidad de Alcalá con el príncipe don Carlos. Don Juan se alojo con el príncipe en el palacio arzobispal. Alejandro vivía en la ciudad y gozaba de mayor libertad. El rey dio para los tres un severo plan de vida y de trabajo.

Don Juan, nombrado general de los Mares, marchó a Cartagena, a fin de tomar el mando de la armada (1568). En Cartagena le esperaban don Luis de Requesens, don Álvaro de Bazán, don Juan de Cardona y Gil de Andrade. Con ellos tuvo consejo, en el que se acordó enviar algunas galeras a Génova, para que, unidas a las de Andrea Doria, defendiesen Sicilia, mientras el grueso de la armada salía a vigilar la llegada de la flota de Indias. La galera real ancló en Gibraltar con las demás galeras, esperando las noticias que pudieran traer los barcos ligeros enviados a Sanlúcar y a Ceuta. Los de Sanlúcar trajeron las mejores: la flota de Indias había entrado ya en el Guadalquivir. Los de Ceuta trajeron informes alarmantes: 30 galeras y fustas salidas de Argel se acercaban.

Don Juan salió a detenerlas; visitó Orán y Mazalquivir y retornó a Cartagena, de donde volvió a salir para visitar los puertos de Denia, Ibiza, Mallorca, Peñíscola y Barcelona. A últimos de septiembre, muerto ya el príncipe don Carlos, iba don Juan a Madrid para dar cuenta al rey de lo visto y hecho en su viaje marítimo. En el camino recibió la noticia de la muerte de la reina Isabel de Valois. Como en el entierro no se le había de dar el puesto que deseaba y merecía, se detuvo en el convento del Abrojo, a una legua de Valladolid. En él estaba cuando llegó el aviso de la rebelión de los moriscos.

Salió rápidamente para Madrid, y allí, siguiendo el consejo de su secretario Quiroga, se ofreció por carta al rey para servirle en la dura guerra que se anunciaba, Felipe II, en lugar de ir él, como pedían algunos desde Granada, resolvió enviar a su joven hermano don Juan de Austria. Este fue el segundo mando que Felipe II le confió, y en él, asistido especialmente por Requesens, y obedeciendo las instrucciones minuciosas del rey, acertó don Juan a probar lealtad, habilidad y valor personal. Vencida la rebelión y ejecutada la orden real de expulsión y distribución de los moriscos granadinos por otras provincias españolas, don Juan y Requesens volvieron a Madrid.

Se había formado la Liga Santa. Reclamaba Felipe II para los dos vencedores de los moriscos granadinos, don Juan de Austria y don Luis de Requesens, el mando supremo y la lugartenencia de las fuerzas de la Liga. La Liga aceptó por generalísimo a don Juan, pero Felipe II hubo de resignarse a que se reservase la lugartenencia al general de las galeras pontificias.

Don Juan fue de Madrid a Barcelona (5 de junio 1571); de aquí a Mesina (20 julio), donde pasó la primera revista a la flota aliada (5 septiembre). En este mando supremo, cumpliendo las instrucciones privadas de su rey y hermano y las capitulaciones firmadas por las potencias coaligadas, ganó don Juan, generalísimo a los veintiséis años, crédito de soldado valeroso y de gran caudillo, especialmente en la batalla naval de Lepanto (7 octubre 1571), después de la cual la ciudad de Mesina le hizo un recibimiento triunfal, le erigió una colosal estatua de bronce, obra del escultor y arquitecto Andrés Camacho, y dio su nombre a la calle Amalfetania.

En Mesina visitaron secretamente a don Juan dos emisarios albaneses y uno de Morea y le ofrecieron reconocerle por rey de Grecia. Don Juan avisó a Felipe II, que no encontró oportuna la ocasión para disgregar del imperio Otomano aquellas tierras. Don Juan se sometió a la voluntad de su hermano, y dio una admirable prueba de magnanimidad: Fátima Cadem, hija del almirante turco Alí Bajá, escribió al vencedor de su padre para pedirle la libertad de sus hermanos prisioneros. Uno de ellos, Mahamat Bey, había muerto; al otro, Sayn Bony, le puso don Juan en libertad (13 mayo 1573), con ricos presentes para él y para su hermana.

Poco después llegó a Nápoles, como secretario de don Juan, Juan de Escobedo, hechura y confidente de Eboli.

Rota la Liga, don Juan de Austria fue autorizado por Felipe II para llevar la escuadra española a Túnez. En este epílogo de la Liga, que valió a España la posesión temporal de Túnez y Bizerta (octubre 1573) dio pruebas don Juan —y ya no tenía a su lado a Requesens — de gran maestría militar y política.

En 1575 llegó don Juan a Madrid con la doble pretensión de que el rey le nombrase su lugarteniente en toda Italia y le concediese los honores de infante. El rey no se negó a esta segunda pretensión de su hermano, aunque, ni entonces ni nunca, accediera francamente a ella, y le concedió la solicitada lugartenencia, dándole como al duque de Alba en 1556 el título de vicario general, con el poder y autoridad de los antiguos exarcas griegos (15 marzo 1575).

Desde El Escorial fue don Juan al convento del Abrojo, para donde había citado a doña Magdalena de Ulloa y, después de verla, prosiguió viaje hasta Barcelona, y allí embarcó en las galeras de Nápoles. Llegó a esta ciudad el 18 de junio de 1576, y desde ella envió a Madrid a Juan de Escobedo, para solicitar del rey instrucciones acerca de la pacificación de Génova. Escobedo no tardó en volver con ellas. Gracias a la intervención española, bien llevada por don Juan, en Génova se restableció la paz, quedando libres los rehenes, quieta la ciudad, Italia contenta y envidiosa Francia.

Gobernador de los Países Bajos

El 5 de marzo murió de manera imprevista el gobernador de Flandes don Luis de Requesens. El Consejo de Estado comenzó a gobernar interinamente y pidió al rey que enviase por gobernador a un miembro de su familia. Felipe II designó a don Juan y le dio orden de marchar inmediatamente a su nuevo gobierno, desde Milán, donde estaba, por el Montcenis; pero don Juan quería ver, antes de partir, lo que el rey respondía al Pontífice acerca de la pretensión de los católicos de Inglaterra, Escocia e Irlanda que le pedían que les enviase a don Juan, al que servirían hasta la muerte.

No dejaban de preocupar a Felipe II las andanzas de Escobedo en Roma, que conocía por su embajador Juan de Zúñiga, y por ello retiró a don Juan la orden de marcha. Pero don Juan, por primera vez desobediente y noblemente ambicioso, vino resueltamente a España. El rey le recibió en El Escorial y con él fue a Madrid (22 septiembre 1576). El disimulado Felipe agitaba ante el ingenuo don Juan el señuelo de un matrimonio con María Estuardo, con la que reinaría después sobre una Inglaterra católica.

Don Juan, que sentía sincero temor ante las dificultades del gobierno que se le venía fatalmente a las manos, acabó por obedecer. Desde Madrid fue al Abrojo donde doña Magdalena le disfrazó ytiñó la barba y cabello en su regazo, para que atravesase Francia como un criado morisco de Octavio Gonzaga. El 4 de noviembre, don Juan entró por Luxemburgo en el territorio de su gobierno, casi a la misma hora que las tropas españolas, sublevadas por falta de pagas, comenzaban elsaqueo de Amberes.

Las dificultades que don Juan habría de afrontar iban a ser mucho más graves que todas las que pudiera imaginar. Obedeciendo a su rey tuvo que negociar con los Estados Generales elEdicto Perpetuo, por el que se comprometía a hacer salir de Flandes a las tropas españolas y reconocía implícitamente la autoridad de Guillermo de Orange en Holanda y Zelanda (12 febrero 1577). Se había cedido demasiado, y Felipe II resolvió volver a la acción militar, pues la presencia en Flandes del archiduque Matías, hermano del emperador Rodolfo II, llamado en secreto por el partido católico, le inquietó.

Enfermedad y muerte

Mientras Escobedo reclamaba en Madrid recursos y medios para acabar la guerra, sin conseguir otra cosa que ser asesinado de orden del rey (31 marzo 1578). Don Juan se veía reducido a forzosa inactividad y casi sitiado en su campamento de Namur. En el campamento contrajo el tifus. En una camilla de campaña le llevaron a una granja, y en el palomar le arreglaron un pobre aposento, colgando unos reposteros, y sobre ellos unos damasquillos. Le daban los médicos, por consuelo, esperanzas de vida; pero él sentía venir la muerte, y cristianamente se preparó a recibirla. Encargó al confesor que pidiera al rey que mirase por su madre y hermano y que le hiciera la merced de que sus huesos reposaran junto a los de su padre el emperador, con lo que se daría por bien pagado de todos sus servicios, y entregó el gobierno a Alejandro Farnesio, hasta que el rey dispusiera. La familia, sin fundamento, sospechó que don Juan había sido envenenado por su médico el doctor Ramírez.

El cadáver, armado y con el Toisón, calzas bordadas, botas y espuelas, fue puesto en unas andas cubiertas de brocado y llevado en hombros de soldados, por turnos, desde el fuerte hasta las puertas de Namur, donde le tomaron los hombres del Consejo de Estado y los de la Cámara de Su Excelencia, que lo llevaron hasta la catedral, donde, después de las honras fúnebres, fue depositado al lado del Evangelio.

Felipe II, que tantas cosas había negado o regateado a su hermano, atendió su deseo de reposar en El Escorial. El maestre de Campo don Gabriel Niño fue encargado por el rey de traer secretamente los restos hasta el monasterio de Parraces. Allí los recibió el obispo de Ávila, Busto de Villegas, y los condujo con gran pompa a San Lorenzo, donde entraron el 19 de mayo de 1579.

Don Juan, el héroe más popular de su tiempo, murió muy joven, poco después de cumplir los treinta y tres años. Los enemigos, por respeto a su memoria, no hostilizaron a las fuerzas españolas mientras duraron los funerales, repitiéndose el caso de Alfonso XI en Gibraltar. Su madre recibió la terrible nueva en San Cebrián de Mazote. El rey, cuando la conoció, se retiró al monasterio madrileño de San Jerónimo del Paso y despachó inmediatamente para Flandes a don Alonso de Sotomayor con el nombramiento de gobernador para Alejandro Farnesio, comfirmando así la designación provisional que hiciera don Juan.

Don Juan no podía casarse sino obedeciendo a su rey. Pero Felipe II, que tantas veces pareció acariciar proyectos de matrimonios brillantes para su hermano, le dejó morir sin realizar ninguno. Tuvo, sí, don Juan dos hijas naturales; Juana de Austria, habida de Diana Falanga, señora de Sorrento (Nápoles), y Ana de Austria, habida de doña María de Mendoza. Juana casó con el príncipe de Butera, conde de Mazarino, y murió en 1630. Ana fue monja y priora en el convento de Agustinas de Madrigal, del que pasó luego al monasterio de las Huelgas de Burgos, del que fue abadesa.

La reliquia más estimada que don Juan dejara fue el Cristo de la galera real de Lepanto, que se guarda en la catedral de Barcelona, y su retrato mejor, la estatua de Mesina. Retratos literarios hay no pocos. El que trae Van der Hammen en su citadaHistoria(fol. 326) es notable. Nos lo describe como hombre apuesto, a pie y a caballo, y de excelsas cualidades morales:Vencía con clemencia, gobernaba con benignidad...; sabía elegir sus ventajas, medía sus fuerzas, se presentaba a sus soldados con afabilidad y ordenaba con agrado. Con esto y con hablar a cada uno en su lengua materna, tenía obediente... tanta diversidad de gentes. Don Juan, hijo del amor, hereda, mejor que Felipe II, las grandes cualidades de Carlos V: el alma viajera, el don de gentes y de lenguas, el espíritu guerrero.

AGUADO BLEYE, Pedro, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, T. F-M, págs. 497-499.