Gonzalo Fernández de Córdoba

Datos biográficos

El Gran Capitán
Nacimiento: 11-IX-1453
Fallecimiento: 2-XII-1515

Biografía

Nunca hubo grandes soberanos que no estuvieran rodeados de excelentes servidores. Lo que en el aspecto religioso y político fue para los Reyes Católicos el cardenal Cisneros, lo representó en el aspecto militar Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán. Su figura no solo merece consideración como la del más destacado general de España en la guerras de Italia, sino como la del renovador del arte militar en Occidente.

El Gran Capitán.El Gran Capitán en Retratos de españoles ilustres (1791).

Fue Gonzalo quien aunó el arte de los condottieri italianos del Cuatrocientos con la experiencia lograda por España en la Guerra de Granada, imprimiendo a esta fusión un sello personal e inconfundible, caracterizado por la disciplina y la instrucción de las tropas, la agilidad de maniobra, el aprovechamiento táctico del terreno y la vasta concepción estratégica de las batallas. Además de gran general, Gonzalo Fernández de Córdoba reveló altas dotes de gobernante; fue hombre liberal y, aunque no muy culto, dadivoso con los artistas y literatos. El el aspecto político, sus méritos rayaron a menor altura, lo que le acarreó las suspicacias de don Fernando el Católico y su eclipse como jefe militar desde 1507.

Nacido en Montilla, el 11-IX-1453, hijo del ricohombre castellano don Pedro Fernández de Aguilar, Gonzalo era hermano menor de don Alonso de Aguilar, cuyo nombre tanto había de ilustrarse en las guerras granadinas. Educado desde su juventud en la caballería y en las armas, buscó muy pronto en el campo de batalla la fortuna que le negaba la ley del mayorazgo.

Durante las luchas entre Enrique IV y la nobleza, Gonzalo fue enviado por su hermano a seguir la suerte del príncipe don Alfonso. Muerto este en 1468, fue reclamado por la infanta Isabel, en cuya corte descolló por la elegancia de su porte, la sutilidad de su ingenio, su liberalidad y su trato ameno. Sus primeros hechos de armas corresponde a la guerra contra Alfonso V de Portugal, en cuyo conflicto peleó, al mando de una compañía a las órdenes de don Alonso de Cárdenas, gran maestre de Santiago.

No obstante su fama de caudillo la ganó en la guerra contra los nazaríes de Granada, en la intervino desde los momentos iniciales. Se distinguió en la toma de Loja y de Illora (1486), de la última de cuyas plazas fue nombrado alcaide. Debido a su conocimiento del árabe, se le encomendó la delicada misión de fomentar las rencillas granadinas entre el Zagal y Boadbil. Contribuyó en el ataque contra Granada desde 1490. En trance de rendirse la plaza, fue elegido por los Reyes Católicos para ajustar los términos de la capitulación de Boabdil (diciembre de 1941).

Sus muchos méritos y el favor de que gozaba, le valieron la designación para la jefatura de las tropas españolas que habían de pasar a Italia para combatir a los franceses, según los términos de la Liga Santa. Gonzalo desembarcó en Sicilia el 24-V-1495, y poco después pasaba al continente para luchar contra d´Aubigny en Calabria. Las operaciones militares fueron de éxito vario.

Llamado luego a las cercanías de Nápoles por Fernando II, logró expugnar la plaza de Atella (21-VII-1496), donde se había hecho fuerte el duque de Montpensier. En este hecho de armas consolidó el título de Gran Capitán, que se le había dado como general en jefe de las tropas coaligadas. Poco después reducía la resistencia de d´Aubigny en Calabria. La fama que logró don Gonzalo en Italia fue tal, que a poco que el papa Alejandro VI requirió sus servicios para arrancar Ostia de manos de los franceses.

El esforzado general resolvió la suerte de la ciudad en ocho días, y rescatada Ostia fue aclamado en Roma como libertador. Después regresó a Nápoles, donde el nuevo rey don Fadrique le otorgó el título de duque de Santángelo; pacificó Sicilia que andaba algo revuelta contra el virrey Juan de Lanuza, y, por último, habiéndose firmado la paz entre Francia y España, se embarcó para la península (1498), a la que volvía cargado de laureles. En mayo de 1500, partió nuevamente a Sicilia con el aparente propósito de hacer frente a los turcos, pero con el real empeño de apoderarse del reino de Nápoles, cuya partición con Francia preveía Fernando el Católico.

Durante su estancia en España, el Gran Capitán había intervenido en la guerra provocada por la sublevación de los moros granadinos, apoderándose de la plaza de Guéjar (Las Alpujarras), en febrero de 1500. Ya en Sicilia, Gonzalo ayudó a los venecianos a recobrar Cefalonia. Mientras tanto, en Granada, Francia y España firmaban el tratado de partición de Nápoles (noviembre). En cumplimiento de las órdenes recibidas de su rey, el Gran Capitán pasó a Italia, sometió a su poder Calabria y Apulia, y se adueñó de Tarento después de un porfiado sitio. (1-V-1502).

La conquista de Nápoles por franceses y españoles abría ancho campo a sus rivalidades. La guerra no tardó en estallar. Gonzalo Fernández de Córdoba, que estaba en inferioridad numérica ante le duque de Nemours, se retiró a Barleta, donde ofreció enérgica resistencia al ejército sitiador. Después de recibir refuerzos, se lanzó a una atrevida ofensiva coronada por el mayor de los éxitos en la batalla de Ceriñola (28-IV-1503). Esta victoria proporcionó a España el reino de Nápoles, ya que, prosiguiendo la campaña, Gonzalo se apoderó de la capital.

El 27-XII-1503 consolidaba esta conquista venciendo a un poderoso ejército francés de socorro en el Garellano. El 1 de enero tomaba posesión de Gaeta, importante plaza fuerte que se rendía ante el magno triunfador del Garellano. Después de su fulgurante ofensiva, el gran capitán se decidió a reorganizar el estado napolitano. En el gobierno se mostró prudente, activo y justo; pero en la mercedes fue exceso liberal y dadivoso. Esta conducta suscitó los recelos de Rey Católico, que se pusieron de manifiesto una vez muerta la reina Isabel (1504).

El monarca ofreció a Gonzalo Fernández de Córdoba el maestrazgo de Santiago para que regresara a España, pero al rehusarlo este, se acrecentaron aún más sus sospechas de que había entrado en tratos con sus enemigos. Realmente no era así, pero había alcanzado cimas demasiado altas para que no inquietaran a la monarquía. En junio de 1507 acompañó a don Fernando, que volvía a Castilla, honrado con los títulos de duque de Terranova, marqués de Santángelo y de Bitonto y condestable de Nápoles.

Pero su hora histórica ya había pasado. En efecto, el Rey Católico dio pronto pruebas demostrativas de que el conquistador de Nápoles no gozaba de su favor. Hasta tal extremo se sintió disgustado el Gran Capitán, que solicitó permiso al monarca para retirarse a Loja, autorización que le fue concedida junto con el dominio vitalicio de la ciudad. En aquel agujero de las Alpujarras vivió durante el resto de su vida, en compañía del conde Tendilla y de gran parte de la nobleza andaluza. No se le llamó para la empresa de África, ni para las de Italia o la de Navarra, aunque hubo un instante en que, a raíz del desastre de Rávena (1512), el rey pareció cambiar de criterio.

Profundamente herido por tal conducta, empezó a relacionarse con los bandos opuestos al Rey Católico, cuyos hilos manejaba Maximiliano de Austria. La muerte le salvó de caer en la deshonra. Aquejado por unas cuartanas en Loja, se trasladó a Granada para restablecerse. Pero aquí murió el 2-XII-1515, precediendo pocos días en la sepultura a don Fernando, a quien tanto había servido y de quien se creía tan mal recompensado.

VICENS VIVES, Jaime, Mil Figuras de la Historia, Ed. Instituto Gallach, 1944, Tomo I, págs. 210-211.