Isabel de Portugal

Retrato de la emperatriz Isabel de Portugal por Tiziano (1548), Museo del Prado, Madrid, España.Retrato de la emperatriz Isabel de Portugal por Tiziano (1548), Museo del Prado, Madrid, España.

ISABEL DE PORTUGAL, esposa de Carlos V (1503-1539;1526 1539) [Lisboa-Madrid]. La emperatriz Isabel nació en Lisboa el 25 de octubre de 1503, del matrimonio del rey Manuel de Portugal con la infanta María, hija de los Reyes Católicos Fernando e Isabel, en 1526 casó en Sevilla con el rey de España y emperador de Alemania Carlos V, del que era prima carnal. Las negociaciones para este matrimonio fueron rápidas y fáciles. Las llevaron nuestros embajadores extraordinarios don Juan de Zúñiga y Carlos Popeto, Isabel trajo en dote 900.000 doblas castellanas de oro, de valor de 365 maravedís cada una, y don Carlos V le dio en arras 300.000, aseguradas con la hipoteca de las ciudades de Úbeda, Baeza y Andújar. Los desposorios se verificaron el 23 de octubre de 1525. Trajeron a la emperatriz hasta Elvas, ciudad portuguesa que dista tres leguas de Badajoz, sus hermanos los infantes don Luis y don Fernando, acompañados del duque de Braganza y otros señores portugueses. En Badajoz estaban ya don Fernando de Aragón, duque de Calabria, el arzobispo de Toledo, el duque de Béjar y el de Medina Sidonia, los condes de Monte-Rey, de Aguilar y de Benalcázar y otros muchos caballeros.

La comitiva española se acercó a Portugal el 7 de enero de 1526. A unos treinta pasos de la frontera, Isabel salió de la litera y subió a una hacanea blanca. Los señores portugueses la besaron la mano y se despidieron de ella, y sus hermanos los infantes la condujeron hasta la raya. En esta la esperaban a caballo los cortesanos españoles que, apeándose, la besaron la mano por primera vez, y volvieron a montar, formando un semicírculo en territorio español, mientras otro igual formaban los portugueses en su territorio. En el centro del círculo así cerrado estaban Isabel, y a sus lados, los infantes sus hermanos.

Salieron de su línea el duque de Calabria, el arzobispo de Toledo y el duque de Béjar, rindieron los sombreros, y el duque de Béjar dijo:Señora, oiga Vuestra Majestad a lo que somos venidos por mandato del emperador, nuestro señor, que es el fin mismo a que viene Vuestra Majestad.Y, dicho esto, mandó a su secretario que leyese el poder que traía del emperador para recibirla. Leído en alta voz, dijo el duque:Pues Vuestra Majestad ha oído esto, vea lo que manda.Callaba la emperatriz, mientras el infante don Luis, tomando la rienda de la hacanea, habló por ella diciendo:Señor, entrego a Vuestra Excelencia a la emperatriz, mi señora, en nombre del rey de Portugal, mi señor y mi hermano, como esposa que es de la cesárea majestad del emperador.

Dicho esto, se apartó. El duque tomó la rienda y habló así:Yo, señor, me doy por entregado de Su Majestad en nombre del emperador, mi señor. Sonaron las trompetas y los tambores en uno y otro campo. Los infantes besaron la mano de la emperatriz, que les abrazó, y se despidieron emocionados. El marqués de Villa-Real y algunos otros señores portugueses, designados como servidores de la nueva emperatriz, se unieron a la comitiva española para marchar hacia Badajoz, donde los festejos duraron una semana.

El 3 de marzo de 1526 entró Isabel en Sevilla, que le hizo el esplendoroso recibimiento descrito por Ortiz de Zúñiga en losAnalesde aquella ciudad. El sábado, 10 de marzo, llegó Carlos V a Sevilla, y aquel mismo día, por palabras de presente, se desposó con doña Isabel, cuyos ojos azules, facciones correctas y cabellos rubios a todos admiraron. Tenía las manos de los esposos el cardenal Salviati, legado pontificio, y les asistían otros prelados, grandes y damas. Las designadas para servir a la emperatriz eran la duquesa de Medina Sidonia, la duquesa de Nassau y la condesa de Haro o Faro, señora portuguesa, que era su camarera. Después de la cena y pasada la medianoche, el arzobispo de Toledo dijo misa y veló a los esposos que fueron apadrinados por el duque de Calabria y la condesa de Haro.

La luna de miel la pasaron los recién casados en Sevilla, en medio de grandes fiestas, que hubo que interrumpir durante algunos días, en los que se guardó luto por la muerte de Isabel, reina de Dinamarca y hermana del emperador. Se reanudaron con una gran justa en la plaza San Francisco. Después hubo en la misma plaza una fiesta de toros, seguida de juego de cañas, en el que entraron el emperador y con él todos los caballeros mancebos de su corte. Otra justa famosa tuvo lugar en el Arenal, frente de las Atarazanas, y en ella intervinieron el emperador y algunos grandes señores,todos tan ricamente aderezados de oro, plata y perlas, en tanta abundancia, que los caballeros viejos que habían visto otras afirmaban no haberse hecho en Castilla otra tan rica ni costosa justa.Pedro Mexía, Historia de Carlos V, ed. Carriazo, 1945, p. 426.

En el Alcázar de Sevilla estuvieron los reyes-emperadores hasta el 13 de mayo, día en que emprendieron viaje a Granada. En esta ciudad y en la Alhambra, más grata residencia de verano que Sevilla, estuvo la emperatriz con su marido desde el 4 de junio hasta el 10 de diciembre de aquel año 1526. Estos seis meses hubieron de ser para los regios esposos los más felices de su vida matrimonial, Isabel quedó encinta. Carlos V había olvidado su constante movilidad y lleno de ilusión ordenó la construcción en el recinto de la Alhambra del maravilloso Palacio renaciente, llamado de Carlos V, todavía inacabado, al que soñaba volver con la emperatriz.

De Granada y la Alhambra no salieron los reyes durante esta tranquila temporada más que para pasar algunos días en el Generalife o en Santa Fe. El 10 de diciembre Isabel y Carlos V partieron para Valladolid. En este viaje se invirtieron cuarenta y cinco días, de 10 de diciembre al 24 de eneroMarqués de Foronda, Estancias y viajes del emperador Carlos V, Madrid, 1914.El emperador salía de Valladolid para hacer excursiones, a veces en compañía de la emperatriz, a los pueblos de las cercanías o al convento del Abrojo.

En Valladolid dio a luz la emperatriz Isabel, el 21 de mayo de 1527, en las casas de don Bernardino Pimentel, junto a San Pablo, que luego fueron del conde de Rivadavia, su primer hijo, Felipe II. El parto fue penoso. La delicada emperatriz sufría conteniendo los gemidos. Le rogó la comadre que se desahogase; pero ella le respondió en portugués:Nao me faleis tal, minha comadre, que eu morrerei, mas non gritarei. Y mandó quitar la luz para que nadie viera su gestos de dolor. El príncipe Felipe II fue bautizado el 5 de junio. La emperatriz se levantó el dia 12, y después salió a misa, vestida de blanco, a la portuguesa. El conde de Benavente llevaba la rienda del caballo.

En 1528 parió la emperatriz, en Valladolid, un infante que recibió el nombre de Juan y murió aquel mismo año en la misma ciudad. Recibió sepultura en San Pablo y, más tarde, sus restos fueron trasladados a El Escorial. El tercer hijo de la Emperatriz, Fernando, también vivió poco. La primera hija de los emperadores Carlos V e Isabel se llamó María y nació en Madrid un 21 de junio, según el padre Enrique FlórezReinas católicas, Il página 586, ed. 1761del año 1528.

Conviene aquí advertir que el padre Flórez parece poner en el mismo año 1528 el nacimiento de tres hijos de la emperatriz Isabel, a saber, los infantes Juan y Fernando y la infanta María, cosa imposible, pues no se trata de partos múltiples. Hay en esto un error material, que tampoco aclaran suficientemente lasIlustraciones genealógicasde Garibay. Esa infanta María casó con su primo el emperador Maximiliano II, al que dio muchos hijos, entre ellos Ana de Austria, la cuarta mujer de Felipe II. En 1576, María, ya viuda, volvió a Madrid para entrar en el convento de las Descalzas Reales, en el que murió, después de una vida ejemplar, el 26 de febrero de 1603.

Tras un aborto en 1529, seguido de largas ausencias del emperador, doña Isabel dio a luz en Madrid, el 24 de junio de 1535, la última de sus hijas. Recibió el nombre de Juana, y en 1552, cuando tenía diecisiete años, casó con el príncipe don Juan, hijo de los reyes de Portugal Juan III y Catalina. El príncipe murió pronto y la princesa tuvo un hijo póstumo, el infortunado rey don Sebastián de Portugal, nacido el 20 de enero de 1554. La princesa volvió a Madrid, donde fundó el convento de las Descalzas Reales, de la Orden de Santa Clara. En Alcalá fundó el Real Colegio de San Agustín y favoreció a otras casas religiosas, como el convento de San Felipe el Real, de Madrid, y el Colegio de jesuitas llamado Imperial, en honor de su hermana María.

En 1539, la emperatriz Isabel parió un hijo muerto y falleció de las consecuencias del mal parto el 1 de mayo. Tenía doña Isabel treinta y seis años. El dolor del emperador fue grande y no volvió a casarse. El cadáver de la emperatriz fue llevado a Granada. El encargado de su custodia, don Francisco de Borja, marqués de Lombay y primogénito del duque de Gandía, recibió tal impresión al contemplar los estragos que la muerte había producido en el rostro de la bella y dulce Isabel, que en aquel momento decidió renunciar a las vanidades del mundo, no tardando en ingresar en la Compañía de Jesús, de la que fue General.

Los restos de la emperatriz siguieron en Granada hasta el año 1574, en que su hijo Felipe II dispuso que fueran trasladados a El Escorial. Las más notables representaciones de la emperatriz Isabel son el retrato pintado por Tiziano, que se admira en el Museo del Prado; la estatua en bronce dorado y repujado, por León Leoni y la estatua orante, también en bronce dorado y repujado, de L. Leoni, Pompeyo Leoni y Giácome Trezzo, en el sepulcro de Carlos V, de la capilla mayor de El Escorial.

No puede dudarse del amor de Carlos V a su esposa. Sin embargo, sus deberes le obligaron a vivir lejos de ella largas temporadas, dejándola por gobernadora de los reinos de España cuando su ausencia había de ser prolongada. Así lo hizo en la primavera de 1529, cuando fue a Bolonia, con motivo de su doble coronación. La ausencia de Carlos V se prolongó durante los años 1530 a 1534, con motivo de la tercera guerra con Francisco I. Volvió a ausentarse en 1535, y la ausencia se prolongó otra vez hasta 1538. En 1539, cuando la emperatriz Isabel murió, tuvo el consuelo de tener a su lado a su marido.

Como Carlos V no era muy dado a las cartas familiares, las ausencias del marido eran más dolorosas para Isabel, cuyo humor melancólico se acentuó por una y otra causa, Su hijo Felipe II no dejó de percibir estos sufrimientos de su madre, de los que él mismo participaba, y cuidó de que sus hijos no sufrieran la falta de cartas del padre, escribiéndoles con frecuencia y muy cariñosamente, cuando estaba separado de ellos.

AGUADO BLEYE, Pedro, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, T. F-M, págs. 497-499.