Felipe IV de España

Datos biográficos

Dinastía: Habsburgo
Rey de España: 1621-1665
Nacimiento: 8-IV-1605
Fallecimiento: 17-XI-1665
Predecesor: Felipe III
Sucesor: Carlos II

Índice

Introducción
El reinado
Época de Olivares
Muerte del rey

Introducción

Felipe IV (c. 1627-1628), cuadro de Gaspar de CrayerFelipe IV por Gaspar de Crayer

Rey de Portugal, Nápoles, Sicilia y Cerdeña, duque de Milán, soberano de los Países Bajos y conde de Borgoña. Hijo de Felipe III y de Margarita de Austria, nació en Valladolid el 8 de abril de 1605, subió al trono el 31 de marzo de 1621, al morir su padre, y falleció en Madrid el 17 de septiembre de 1665. Reinó por consiguiente, cuarenta y cuatro años. Felipe III casó harto prematuramente, el 18 de octubre de 1615, a su hijo el príncipe don Felipe con Isabel de Borbón, hija primogénita del difunto rey de Francia, Enrique IV de Borbón, y de María de Médicis. En Burgos, organizó Felipe III la casa o alta servidumbre de los príncipes.

Don Gaspar de Guzmán, conde de Olivares, que estaba casado con doña Inés de Zúñiga, dama de la reina doña Margarita, aceptó en ella un oficio modesto, el de gentilhombre. En él, luchando con el recelo del valido Lerma y aun del rey, y con la antipatía inicial del mismo príncipe, comenzó hábilmente su labor de captación, hasta convertirse en privado del futuro rey. No podía, a pesar de la boda, darse por terminada la educación de Felipe, aunque estuviera ya cimentada. Poco se sabe de sus primeros maestros.

Tuvo Felipe III buen cuidado de evitar que los príncipes, unos niños, hicieran vida marital. En abril de 1619 los llevó con él en su viaje a Portugal. En noviembre de ese año estaba el rey con sus hijos en el Pardo. El día 22, Isabel cumplió diecisiete años y solemnizó la fiesta poniéndose chapines. A Felipe, que tenía quince años y medio, le había imbuido Olivares el deseo de hacer vida marital con su graciosa mujer. El rey cedió, y en la noche del 25, los esposos, que estaban casados desde hacía cinco años, consumaron su matrimonio. Los hijos no tardaron en llegar.

La reina Isabel de Borbón dio a su marido seis hijas y un hijo, en los veinticuatro años que duró su matrimonio. El primer parto, prematuro, sobrevino el 14 de agosto de 1621 y su fruto malogrado fue la princesa Margarita María, que no vivió más que veintinueve horas. El 25 de noviembre de 1623 nació la segunda hija de los reyes, Margarita María Catalina, muerta el 22 de diciembre de aquel mismo año. Del tercer parto (21 de noviembre 1625) nació otra princesa, María Eugenia, que aquel mismo día recibió el bautismo de gracia; el 21 de julio de 1627, al cumplir veinte meses, murió. Después de un aborto (5 de noviembre 1626), la reina Isabel tuvo oro parto prematuro, del que nació Isabel María Teresa, que vivió veinticuatro horas.

Con gran alegría fue recibido el príncipe Baltasar Carlos. El 16 de enero de 1635 había nacido otra infanta, María Antonia Domínica Jacinta, que murió el 5 de diciembre del mismo año. Por fin se logró una hija, María Teresa, que nació en Madrid el 20 de septiembre de 1638. La bautizó el cardenal de Borja, y sus padrinos fueron el duque de Módena y la princesa de Carignan. Esta infanta casó en 1660 con el rey de Francia Luis XIV. La reina Isabel de Borbón falleció en Madrid el 6 de octubre de 1644.

Tres años después la muerte de Isabel y dos después de la del príncipe Baltasar Carlos, Felipe IV pasó a segundas nupcias con su sobrina la archiduquesa Mariana de Austria, Felipe IV la esperaba en, Navalcarnero, donde entró Mariana el 3 de octubre de 1649, y por la noche fue obsequiada con músicas, fuegos y luminarias, y antes de la cena con una comedia.

Isabel de Borbón, by Diego VelázquezIsabel de Borbón. Reina de España, Portugal, Nápoles, Sicilia, Cerdeña, duquesa consorte de Milán, duquesa titular consorte de Borgoña y soberana consorte de los Países Bajos. Hija de Francia. Retrato de Velázquez

Por la mañana, a las 10, salieron los reyes, cada uno de su habitación para dirigirse al oratorio, donde les esperaba, vestido de pontifical el cardenal de Toledo don Baltasar de Moscoso y Sandoval, que los casó. Desde el oratorio volvieron los reyes cada uno a su habitación. Entonces fue Felipe IV, por primera vez a visitar a su nueva esposa. Comieron los reyes juntos y en público, cosa rara vez practicada. Por la tarde hubo toros, y a continuación los reyes marcharon a pasar su primera noche de bodas en el Escorial, desde donde se trasladaron a El Pardo.

De este palacio se trasladaron al el buen Retiro (2 de noviembre), donde hubo doce días de continua fiesta. Finalmente, el 1 de noviembre, pasó la reina del Retiro al Alcázar, con la pompa habitual. El año 1650 hicieron los reyes las jornadas acostumbradas de Aranjuez y El Escorial.

Tuvo la reina doña Mariana cinco hijos, tres varones y dos hembras, que enumeraremos por el orden en que nacieron: el 12 de julio de 1651 vino al mundo la infanta Margarita María, que llegó a ser emperatriz de Alemania por su matrimonio con el emperador Leopoldo. El 7 de diciembre de 1655 doña Mariana dio a luz otra infanta, llamada María Ambrosia de la Concepción, que vivió dos semanas. El 20 de noviembre de 1657 nació el príncipe Felipe Próspero; después, nació Fernando Tomás, pues nació el 21 de diciembre de 1658 y murió el 23 de octubre del año siguiente. Cinco días después de la muerte del príncipe Felipe Próspero, el 6 de noviembre de 1661, tuvo Felipe IV el ansiado heredero varón, el príncipe don Carlos II

Descendencia ilegítima

Fuera del matrimonio procreó Felipe IV no pocos hijos, de los cuales no es fácil hacer relación completa, como tampoco de las mujeres que amó. Se dirá algo de las dignas de especial recuerdo y de los hijos en ellas habidos. Probablemente fue la primera una hija del conde de Chire, casi una niña, que fue madre del primer bastardo de don Felipe, nacido en 1626 y bautizado con el nombre de Fernando Francisco de Austria

Para que don Felipe, que tenía entonces veinte años pudiera satisfacer su capricho se dio al conde el mando d elas galeras de Italia. La condesa conoció y toleró los amores de su hija, muerta prematuramente. El fruto de esos amores murió en la villa de Eibar en casa de su ayo Isasi el 12 de marzo de 1634 a la edad de ocho años y su cuerpo se llevó a El Escorial. La casa que había cobijado esos amores fue transformada por el rey en convento, llamado de la Concepción Real у entregado a las monjas calatravas de Madrid.

Felipe IV no quiso, al parecer, añadir a la lista de sus amantes, muchas veces momentáneas, a la duquesa de Cheuvieuse, que llegó a España con la aspiración de ser conquistada por el rey. Siguió a don Fernando Francisco la serenísima señora doña Ana Margarita de San José, que fue monja agustina en el Real Monasterio de la Encarnación, en el que murió a la edad de veintiséis años, siendo superiora.

Tras esta, viene el más conocido: don Juan José de Austria. Fue su madre la famosa comediante María Calderón, la Calderona. Menos conocidos son otros hijos de Felipe IV: el dominico Alfonso de Santo Tomás, que fue obispo de Málaga; Carlos; Fernando Valdés, general de artillería y gobernador de Novara, muerto en 1702; Alonso Antonio de San Martín, obispo de Oviedo y después de Cuenca, habido, al parecer, en una dama de la reina llamada doña Tomasa Aldama, y el famoso predicador fray Juan del Sacramento, de la Orden de San Agustín, llamado también Juan Cosío, por haberle criado en Liébana don Francisco Cosío.

El erotismo morboso de Felipe era compatible con un fervoroso catolicismo, y nunca se dejó vencer por el enfermizo deseo de conocer el amor de una monja, el amor sacrílego, pecado muy de su época. El doctor Marañón El Conde-duque de Olivares, Madrid, 1945, págs. 204-209 niega la veracidad, con buenas razones, a las leyendas madrileñas de los amores de Felipe IV con Sor Margarita de la Cruz o Sor María Beatriz, y a la del ofrecimiento al convento, en expiación del pecado, del famoso Cristo de San Plácido, obra magistral de Velázquez.

El reinado

El reinado de Felipe IV, llamado el Rey Planeta y el Grande, con adulación sarcásticamente explicada por Quevedo —más grande cuanto más tierra le quitan—, puede dividirse en dos épocas. Durante la primera, que llega hasta la caída el conde duque de Olivares (17 enero 1643), el gobierno estuvo absolutamente en las manos del valido.

Durante la segunda, casi de la misma duración, el rey se interesó algo más por la política Interior y exterior, pero tampoco acertó a vivir sin valido, y, en realidad, tuvo otro, don Luis de Haro, el cual dio, al menos, la muestra de discreción de disimular el valimiento. Muerto don Luis en 1661, Felipe IV ya no encontró valido; pero si consejeros, y el más influyente fue la monja de Agreda, Sor María de Jesús, con la que sostuvo correspondencia muy frecuente sobre asuntos de conciencia y de gobierno.

Es difícil, por tanto, hablar de un reinado propiamente dicho: el monarca estuvo, prácticamente, al margen de la política de su reino, y se limitaba a sancionar los actos de sus vasallos. Su nativa indolencia no se animaba más que con espectáculos, fiestas bulliciosas, comedias y cacerías, y su sensualidad enfermiza no hallaba satisfacción en las incontables aventuras amorosas que corrió.

La residencia de Felipe IV en Madrid, hasta la construcción del Buen Retiro (1630-1640) fue el viejo Alcázar, que él mejoró, a la vez que embellecía sus salones con pinturas de Lucas Jordán y con cuadros de Tiziano, Rubens, Velázquez y Murillo. En el Alcázar vivían los reyes con su servidumbre. Los bufones u hombres de placer, parásitos insolentes más numerosos en la de Madrid que en otras cortes europeas, formaban parte de la familia, y Felipe IV quiso que Velázquez, que en la estimación del rey no pasaba de ser un criado que pintaba, retratase para colgar sus retratos en los mismos muros que sostenían los de las reinas, los de sus hijos y los suyos propios.

Las meninas.Las meninas o La familia de Felipe IV.

El famoso cuadro Las meninas es el mejor documento de la familiaridad que gozaban en Palacio estos grotescos personajes. Justo es recordar que también se reunía en el Alcázar una Academia poética, cuyas reuniones continuaron después en el Buen Retiro. Felipe IV viajaba muy poco; España le era casi desconocida, y a Portugal no volvió desde que estuvo allí con su padre; pero frecuentaba los cazaderos, incluso el de Doñana, y los sitios reales.

La privanza de Olivares comenzó el mismo día en que Felipe IV subió al trono (31 marzo 1621) y tuvo fin el 17 de enero de 1643. El nuevo rey tenía dieciséis años y treinta y cuatro Olivares, al que consumía la pasión de mandar, pero no la sed de riquezas, tormento de su predecesor, Lerma. Con entusiasmo sirvió Olivares más que al rey a la pasión que le dominaba. Era en el trabajo puntual, incansable; pero con graves defectos que finamente señalaron los embajadores venecianos de su tiempo: impetuosidad, megalomanía, terquedad y soberbia. Anunció Olivares reformas revolucionarias y justicia inflexible, palabras siempre gratas a los oídos candorosos del pueblo.

La justicia pedía alguna víctima y lo fue don Rodrigo Calderón. Menos irreparables fueron las sanciones impuestas a Lerma y a Uceda, aunque también les costaran la vida. A esos castigos de la corrupción hubo de añadir Olivares la promesa de atajarla. Los remedios se indicaban en el programa» de gobierno dirigido al rey el 28 de noviembre de 1621 y difundido por toda la nación G. Marañón, El conde-duque de Olivares, cap. XV.

Época de Olivares

Ni Olivares ni Felipe IV podían tener otra política que la trazada por Carlos V y Felipe II. España había sido y debía seguir siendo la primera de las potencias católicas, a costa de sacrificios, que en este reinado fueron todavía más ruinosos que en los anteriores.

Conflicto con Inglaterra en Cádiz (1625)

Para que continuara la negociación del matrimonio del príncipe de Gales y la infanta María, con Bristol, el embajador extraordinario de Jacobo I, Felipe IV llamó a Madrid al conde de Gondomar, enviando a Londres al general e historiador don Carlos Coloma. El príncipe de Gales llegó a Madrid acompañado de Buckingham. Fracasaron las negociaciones y, ya rey, Carlos I de Inglaterra envió contra España una poderosa escuadra, cuyo almirante, lord Vinbledon, después de amagar a Lisboa (1625, noviembre), entró en la bahía de Cádiz y desembarcó 10.000 hombres.

Conflicto con Francia en la Valtelina (1625)

Al margen de la vida del monarca, la política española, dominada por Olivares, sorteaba sus diferencias con Francia e Inglaterra. Las tropas francesas irrumpieron por sorpresa en la Valtelina y comenzaron a ocupar los fuertes españoles, que tenían ya guarniciones pontificias. A las reclamaciones de España y del nuevo pontífice Urbano VIII (1623-1644) contestó Richelieu que el rey de Francia no podía consentir que, con pretextos religiosos, el rey católico se apoderase de Italia y oprimiera a sus aliados. Insistió el nuncio en sus reclamaciones, pero Richelieu, fingiendo avenirse a un armisticio de dos meses, no dio orden de suspender las hostilidades, para dar a sus soldados tiempo de acabar la ocupación de los castillos que guarniciones pontificias entregaban sin lucha (febrero 1625).

Conflicto con Francia por Mantua (1631)

Si la intervención de la cuestión de la Valtelina fue inevitable y se resolvió dignamente, en cambio, la intervención en el pleito sucesorio del ducado de Mantua era innecesaria, y constituye una torpeza de Olivares, que hizo perder a España fuerza y prestigio (1628-1631), mientras su rival Richelieu ganaba para Francia el territorio de Pignerol y con él una fácil comunicación con Italia (tratado de Ratisbona, 6 de abril y 19 de junio de 1631).

Responsable es también Olivares de la renovación de la guerra en Flandes, y ya en su tiempo se lo reprochó Siri, quien con bastante exactitud señala los cuatro pecados del conde-duque: la ruptura de la tregua de Holanda; la del matrimonio de la infanta María; la guerra de Mantua y las guerras de Cataluña y Portugal. Siri, Il Mercurio…, Casale, 1644-1652; referencia de G. Marañón, ob. cit., página 306

En 1621 expiraba la Tregua de los Doce Años. Las opiniones acerca de su renovación estaban divididas tanto en España como en Flandes; pero el Consejo de Indias como el de Portugal no eran partidarios de la prórroga porque la libertad de tráfico que en la tregua se dio a los holandeses dañaba al comercio de España y Portugal con sus respectivas Indias.

El conde-duque no pudo o no quiso oponerse a esa corriente y eligió la guerra, explicando los motivos de su resolución. El prestigio de España —dijo al rey— sufre mucho con la tregua.

Es V. M. el principal apoyo y defensa de la religión católica, y por esto ha roto la guerra con los holandeses y con los demás enemigos de la Iglesia que los asisten...

Aunque Cánovas Estudios del reinado de Felipe IV, Madrid, 1SSS, t. 1, Pág. 158 y Sánchez de Toca, Felipe IV y sor María de Agreda, 2.° ed., sin año, Pág. 74 trataran de justificar esa resolución de Olivares, no puede menos de verse en ella, con Marañón Olivares, Pág. 306, sino un rebrote de imperialismo territorial y religioso, como él escribe, una vuelta al imperialismo tal como lo entendía Carlos V, puesto que con la guerra de Holanda se enzarzaron otras muchas.

Fernando Girón, gobernador de Cádiz.Defensa de Cádiz contra los ingleses, de Zurbarán, 1634. Representa a don Fernando Girón, gobernador de Cádiz.

Antes de que las armas hablasen, el archiduque Alberto, como príncipe de Flandes, requirió a las provincias holandesas a reconocer su soberanía. El requerimiento fue desdeñado y España respondió al desdén con soberbia. El gobierno de Madrid ofreció socorros al archiduque y dio órdenes a sus generales de abrir la guerra con vigor, cuando ya el almirante del océano, don Fadrique de Toledo, destrozaba en aguas de Gibraltar una flota holandesa de treinta buques.

Los holandeses buscaron la alianza de Dinamarca; la de Inglaterra y Francia no necesitaban buscarla, pues Richelieu no tenía otra política más querida que la de arruinar a la casa de Austria, y Jacobo I Estuardo era enemigo de Olivares y de todo lo español desde el fracaso del matrimonio de su hijo Carlos.

En ese mismo año 1621 murió el archiduque Alberto y, como no dejaba sucesión, Flandes revertía a la corona española. La infanta Isabel Clara no puso dificultades, y de soberana pasó a ser gobernadora. En 1625 murieron Jacobo y Mauricio de Nassau, pero esas muertes no trajeron ninguna ventaja para España: A Jacoco le sucedió su hijo Carlos I, el desairado en Madrid, y a Mauricio su hermano Federico Enrique, no menos patriota.

En tierra , la lucha presentaba un аsрeсto, en general, favorable a España. El marqués de Spínola se apoderó de Breda en 1626. Como en el mar se hacía también con fortuna la guerra a los herejes y a los musulmanes, el valido estaba lleno de satisfacción. Menor era el contento en Flandes, obligado, como España, a sostener al emperador en la guerra de Treinta Años, reanudada en 1625, cuando Cristián IV de Dinamarca, aliado con Inglaterra y Holanda, toma el mando del ejército protestante.

España consumía en esa guerra sus recursos y de nada le servían los triunfos de los generales católicos Wallenstein y Tilly, un valón formado en la escuela militar española. Gustavo Adolfo de Suecia, vencedor, invadió Baviera y entró en su capital, Munich (1632). La muerte de Tilly obligó al emperador a llamar otra vez a Wallenstein. Cuando este tuvo reorganizado su ejército, Gustavo Adolfo creyó prudente retirarse hacia Sajonia.

Allí, en las llanuras de Lutzen, cerca de Leipzig, se dio una gran batalla que, si bien fue otra victoria de los suecos, costó la vida a su rey (1632). Durante el reinado de su hija Cristina (1632-1654), la guerra continuó. El 10 de diciembre de 1633 murió la infanta Isabel Clara, y Olivares designó para el difícil cargo de gobernador de Flandes al cardenal-infante don Fernando.

Entonces fue cuando Richelieu decidió intervenir directamente, firmando en París una alianza con Suecia y declarando la guerra a España. Este periodo final de la guerra de Treinta Años, llamado periodo francés (1635-1648), es el último, el más largo y el que ofrece más incidentes y alternativas.

La campaña de 1640 fue para nosotros francamente desgraciada: se perdió la plaza de Arras, sin que pudiera socorrerla el cardenal infante, y en Portugal y Cataluña se produjeron temibles movimientos separatistas, atizados por Richelieu.

El deber de atender a tan graves peligros internos no permitió a Olivares enviar al cardenal-infante las fuerzas que se necesitaban para impedir que los franceses penetraran en Flandes. En revancha, el cardenal-infante se alió con los nobles franceses enemigos de Richelieu. Mayor desgracia para la casa de Austria fue la muerte del cardenal infante, el 9 de noviembre de 1641.

Desintegración en la Península

También Olivares es el principal culpable el movimiento desintegrador que se produjo en la Península y fuera de ella. Ni el rey ni conde-duque debían olvidar que Aragón, Valencia y Cataluña, como Navarra y Portugal, tenían con el Estado español obligaciones que no eran las de Castilla y que estaban reguladas por sus leyes y aceptadas por el soberano común.

Esas leyes, como todas, podían modificarse, pero con tacto y comprensión, nunca con violencia. No puede sorprender, por tanto, el grito de protesta del Corpus de Sangre, en Barcelona (7 de junio de 1640), y no debe olvidarse que ese no era el primer gesto violento contra el poder central, pues diez años antes se había producido otro en Bilbao. Con los alborotos de Barcelona se inicia la guerra de Cataluña, que Olivares creyó poder yugular.

Seis meses después del trágico Corpus de Barcelona, el 1 de diciembre de 1640, estalló en Lisboa el alzamiento que puso en el trono portugués al duque de Braganza, con el nombre de Juan IV. El levantamiento de Portugal se atacó con menos energía que el de Cataluña, porque Olivares encargó de hacerlo al duque de Medina Sidonia, hermano de la duquesa de Braganza. Los dos eran parientes del conde-duque, y estaban ya complicados en la conspiración de Andalucía.

Las guerras de Cataluña y Portugal y la conspiración de Andalucía precipitaron la caída del conde-duque, cuyo crédito estaba ya muy menguado a los ojos de Felipe IV que ya no esperaba otra cosa que la fórmula digna de él y de los dilatados servicios del leal pero equivocado ministro. El 17 de enero de 1643 Felipe IV accedió a dar a Olivares el descanso que necesitaba y había pedido.

Desde la caída de Olivares hasta la muerte del rey

Felipe IV anunció que, mientras durase la licencia de Olivares, él mismo llevaría los negocios con la normal cooperación de los Consejos. Pero en cuanto se vio sin el apoyo de Olivares, buscó el de don Luis de o Haro, y, como no le bastaba, el de Dios, que a él le parecía que le hablaba por la boca y por la pluma de sor María de Jesús, monja en Agreda (Soria).

Se encontró don Luis de Haro planteadas una serie de guerras que desangraban a España, y su papel fue irlas liquidando con el menor daño posible. En esa tarea pueden distinguirse dos periodos; el primero termina con la paz de Westfalia (1648); el segundo, con la de con la de los Pirineos (1659).

La Paz de Westfalia.La Paz de Westfalia se refiere a los dos tratados de paz de Osnabrück y Münster, firmados el 15 de mayo y 24 de octubre de 1648, respectivamente, este último en la Sala de la Paz del Ayuntamiento de Münster

La más grave de esas guerras era la de Treinta Años que había entrado en el periodo decisivo, el francés. Con ella se enlazaban todas, y muy especialmente la de Cataluña.

Por el lado de Francia parecían vislumbrase posibilidades de inteligencia. A la muerte de Richelieu (4 de diciembre de l642) había seguido la de Luis XIII (13 de mayo 1643). Como su heredero Luis XIV no tenía más de cinco años, hubo de encargarse de la regencia la reina madre, Ana de Austria, hermana de Felipe IV.

En Francia como en España empezó a hablarse de paz; pero ni de una parte ni de otra se inició la menor gestión diplomática. España, por el contrario, se dispuso a continuar la lucha en Cataluña nombrando un nuevo capitán general, Felipe de Silva; en Portugal , poniendo en estado de defensa las plazas fronterizas, y en Flandes cuyo gobierno tenía, desde poco después de morir el cardenal-infante, un leal portugués, don Francisco de Melo, conde de Azunar.

Habia este dirigido la guerra en 1642 con bastante fortuna; pero como se esperaba que Francia buscase la revancha en 1643, se le ordenó que tomara la iniciativa. Y Melo llevó a los soldados a la desgraciada batalla de Rocroi (19 mayo 1653). La capitulación de Thionville (2 agosto 1644) acabó de quebrantar el prestigio de Melo, cuya destitución se hizo inevitable.

Pero el viejo soldado, mientras llegaba su sucesor, el conde Piccolomini, acertó a rehabilitarse parcialmente, contribuyendo con oportunidad al triunfo de Tuttingen, en Alsacia, triunfo decidido por la caballería española. De esta victoria no se sacó mayor partido porque la diplomacia francesa supo estrechar sus relaciones con Holanda mediante una nueva alianza (La Haya, l de marzo 1644).

Paralela a esa lucha en las fronteras del norte de Francia se sostenía otra en la frontera Sur, esto es, en Cataluña, donde España hizo nuevos esfuerzos. Su resultado fue la liberación de Monzón y Lérida (6 de agosto 1644), donde Felipe IV fue recibido con aclamaciones. Allí juró el rey respetar los fueros catalanes, juramento que había de cumplir. El rey se volvió satisfecho a Zaragoza, pero allí tuvo el dolor de ver morir a su heredero, Baltasar Carlos, el encantador príncipe que Velázquez retratara a pie y a caballo (9 octubre 1646). Felipe IV regresó a la corte, donde había muerte la reina Isabel de Borbón.

Tal era la situación cuando el imperio concertó paces con todos sus enemigos (Westfalia, 1648), abandonando a de Portugal, permitiendo que el gobierno de Juan IV se afirmarse.

Muy otra cosa fue en estos años 1643-1648 la guerra de Flandes. Francia y las Provincias Unidas, en estrecha alianza, querían borrar de aquellos territorios el nombre español. España hacía supremos esfuerzos por mantenerlo. Después de la campaña en 1646, en que se perdieron Courtray y Mardik, la corte de Madrid resolvió pedir ayuda a la de Viena.

El emperador Fernando III la condicionó al nombramiento previo como gobernador de Flandes del archiduque Leopoldo, con las mismas atribuciones que antes tuvieran el archiduque Alberto y el cardenal-infante don Fernando. Así se acordó. El archiduque Leopoldo hizo en 1647 una enérgica campaña frente a Condé, pero una derrota final, la de Lens, anuló todas las ventajas conseguidas.

La casa de Austria española, abandonada por la imperial, tuvo que renunciar a su papel de directora de la lucha contra el protestantismo, para poder continuar la lucha con Francia no ya por la causa católica, sino por la integridad española.

En Münster (1648) hizo la paz con Holanda, a la que cedió dos provincias del norte del Escalda, las ahora llamadas Brabante y Limburgo holandeses, y se retiró del Congreso.

Abandono de Mónaco

No fueron esos los únicos motivos de inquietud que tuvo España en esos años desdichados. Francia minaba en Italia el influjo español. La capital del principado de Mónaco tenía guarnición española desde los tiempos de Carlos V; en 1641, el príncipe Honorato Grimaldi, ganado por Richelieu, abrió las puertas de su ciudad a las tropas francesas, y los soldados españoles, sorprendidos, se vieron obligados a abandonarla, no sin defenderse con valor.

Pérdida de Niza

Los príncipes de Saboya, Tomás y Mauricio, atraídos igualmente por el astuto cardenal francés, se unieron a los franceses y arrebataron a España Niza y otras plazas (1643). El cardenal Mazarino siguió en Italia la misma política que Richelieu.

Crisis en Sicilia y Nápoles

En Sicilia se produjo, en 1646, siendo virrey el marqués de los Vélez, un grave levantamiento antiespañol, en cuya preparación está probada la intervención del intrigante Mazarino. Por fortuna quedó sofocado al año siguiente. Mayor importancia tuvo la sublevación de Nápoles en 1647, producida por la impopularidad del virrey, duque de Arcos, y alentada igualmente por Francia.

La rebelión degeneró en una verdadera guerra, en la que se mezcló Francia; pero don o Juan José de Austria, asesorado por su consejo de guerra y el nuevo virrey, conde de Oñate, vencieron. Y como don Juan recobró también los puertos toscanos de Piombino y Portolongone, la autoridad de España quedó restablecida.

Desgraciadamente para el rey de España, Oliverio Cromwell, el protector de Inglaterra, optó por la amistad de Luis XIV, con el que hizo un tratado de alianza (15 marzo 1657). La acción militar franco británica en Flandes fue rápida y afortunada. El segundo combate de las Dunas de Dunkerque (14 junio 1658) fue un nuevo desastre para España, que había perdido también una de las Antillas, Jamaica. España cambió los mandos y se preparaba para la campaña de 1659, pero, sin que empezara, llegó la paz

Francia comprendía que había perdido Cataluña, pero quería conservar el Rosellón, aunque su población anhelara la vuelta a la tolerante dominación española. Por eso fue una torpeza sacar tropas de Cataluña, para enviarlas a Portugal, y conferir el virreinato a don Juan de Austria. Los franceses renovaron la lucha que se prolongó hasta 1658. En Portugal, donde las tropas españolas se movían en medio de la general animadversión no se podía lograr nada y nada se logró o definitiva, aunque don Luis de Haro en persona tomara el mando del ejército de Extremadura.

La entrevista de Luis XIV y Felipe IV en la isla de los Faisanes, de Jacques Laumosnier (1660).La entrevista de Luis XIV y Felipe IV en la isla de los Faisanes, de Jacques Laumosnier (1660).

La paz de los Pirineos, negociada en la isla fluvial de los Faisanes, fue resultado de largas conferencias entre don Luis de Haro y el cardenal Mazarino (28 agosto a 17 noviembre 1659). Aunque el ministro español fuera premiado con el título de Príncipe de la Paz, las ventajas fueron para Francia, que adquirió los condados de Rosellón y Conflet, el Artois y no pocas plazas de Flandes, Henaut y Luxemburgo. Dio Francia a España algunas compensaciones y prometió no ayudar a Portugal en su guerra de independencia, pero olvidó pronto su promesa y no solo envió tropas selectas a Portugal y un gran general para mandarlas, sino que sugirió a la regente Luisa de Guzmán, alma de la rebelión y de la guerra, el medio de conseguir la cooperación de Carlos II de Inglaterra (1661).

El 9 de marzo de 1661 murió Mazarino, y el 17 de noviembre del mismo año, don Luis de Haro. Felipe IV, viejo y desilusionado, tuvo que proseguir la guerra de Portugal. En 1662 don Juan de Austria ocupó Jurumeña, y en 1663, Évora y Alcacer do Sal; pero el signo de la guerra no tardó en cambiar.

El 8 de junio perdió don Juan a batalla de Amegial o de Estremoz, y, en consecuencia, evacuó Évora. En la campaña de 1664, el duque de Osuna llevó en Beira la lucha con tal torpeza que don Juan de Austria renunció el cargo de generalísimo y se retiró a su casa de Consuegra.

Se quejaba don Juan, no sin motivo, de que su padre el rey no le daba hombres ni recursos para sostener dignamente la lucha, mientras enviaba sus soldados a las llanuras de Hungría, por complacer a la reina doña Mariana, que acababa de darle el suspirado heredero varón. No renunciaba, sin embargo, el rey Felipe a su ilusoria corona portuguesa. De Flandes vino el marqués de Caracena, que invadió Portugal con un ejército de 21.000 hombres. Su objetivo era Lisboa, pero imprudentemente ofreció combate a los generales Marialva y Schomberg y de él salió vencido. En la batalla de Villaviciosa o Montes Claros (junio 1665) se dice que España perdió Portugal y su imperio colonial. Bien perdidos estaban desde 1640.

Aquella desgracia le parecía a Felipe IV la síntesis de su reinado. Enfermo de alma y de cuerpo, hizo testamento en el que determinaba claramente el orden de sucesión, a la que llamaba, en primer lugar, a Carlos II, el hijo enclenque, que iba a necesitar la regencia de su madre, Mariana de Austria, mujer inexperta que odiaba a la figura más fuerte de la dinastía, don Juan José de Austria, y no oía más que a su confesor, un jesuita alemán. Felipe IV murió cristianamente el 17 de septiembre de 1665.

En Westfalia había perdido España la consideración de primera potencia del mundo, que pasó a Francia; en la paz de los Pirineos, territorios tan españoles como el Rosellón y el Conflent; en la batalla de Villaviciosa, Portugal. Sin embargo, no sería justo considerar agotado a un país que producía genios como Velázquez y Quevedo, ni inútiles las construcciones del Buen Retiro, cuando los cuadros que decoraban sus salones son lo mejor del Museo de Prado, y sus jardines el descanso de Madrid.

AGUADO BLEYE, Pedro, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo F-M, págs. 29-35.