Felipe II de España

Datos biográficos

Dinastía: Habsburgo
Rey de España: 1556-1598
Nacimiento: 21-V-1527
Fallecimiento: 13-IX-1598
Predecesor: Carlos I
Sucesor: Felipe III

Índice

Introducción
El reinado
Países Bajos e Inglaterra
Política peninsular
La muerte

Introducción

Primogénito de Carlos V y de Isabel de Portugal, nació en Valladolid el 21 de mayo de 1527, en las casas que tenía junto a San Pablo don Bernardino Pimentel, y fueron luego del conde de Rivadavia. Fue bautizado el 5 de junio en la magnífica iglesia dominicana de San Pablo por el arzobispo de Toledo. El 19 de abril de 1528 fue jurado sucesor y heredero de los reinos en las Cortes de Madrid no solo por los prelados, los grandes y los procuradores de las ciudades, sino por la reina de Francia, doña Leonor, hermana de Carlos V, la cual dos años antes había casado en Illescas con Francisco I.

Philip_II_of_Spain_by_Sofonisba_AnguissolaFelipe II por Sofonisba Anguissola

Compartió Felipe II con su hermana María, un año más joven que él, los cuidados y el amor de la emperatriz Isabel y de sus damas de honor doña Leonor de Mascarenhas, portuguesa, y doña Ana Manrique, española, que fue aya de este príncipe. El carácter dulce y afable de la emperatriz influyó en Felipe, que desde niño se hizo notar por su docilidad y por una gravedad sorprendente. La melancolía de la madre, a causa de la ausencia casi constante de su marido, no podía menos de ser notada por aquel niño inteligente. Don Carlos tampoco escribía mucho: a la emperatriz y a sus hijos les faltaba, casi siempre, la alegría de leer las cartas del marido y padre, consuelo que Felipe II prodigó, en cambio, a sus hijos, por lo mismo que él lo había echado de menos en su niñez José M. March, S. I., Niñez y juventud de Felipe II, Madrid, 1941, 2 vols., L. I., pág. 17.

El primer ayo del príncipe, en realidad ayo interino, fue don Pedro González de Mendoza. El primer maestro fue Juan Martínez Silíceo, elegido por el mismo emperador, cuando Felipe contaba siete años. Silíceo tuvo luego por colaboradores en la instrucción del príncipe a los humanistas Honorato Juan y Juan Ginés de Sepúlveda (notable historiador). Mostró Felipe II especial disposición para las matemáticas y la arquitectura, y poseía un talento artístico nada común. Aprendió a escribir el latín y comprendía el francés y el italiano, aunque nunca pudo hablar estas lenguas con soltura. Las que más estimaba eran la española y la portuguesa, las lenguas de su madre; pero tampoco usándolas era elocuente, pues es en él muy característica la predilección de la palabra escrita.

El preceptor o ayo de Felipe fue don Juan de Zúñiga y Avellaneda, elegido para ese cargo difícil en 1535, es decir, cuatro años después de que Silíceo comenzara la instrucción literaria. Como en 1539 fue nombrado mayordomo mayor del príncipe, Zúñiga ya no se separó de él hasta 1546, año de su muerte. Conforme a las instrucciones del emperador, don Juan se aplicó particularmente a combatir lo que de sombrío y taciturno había en el carácter del príncipe, enseñándole el manejo de las armas, la caza, la danza y demás prácticas del caballero.

En 1542, Carlos V llevó a su hijo primogénito Felipe a Monzón y Barcelona, con el fin de que fuese jurado heredero de Aragón por las Cortes aragonesas y catalanas. En Barcelona dieron fiestas su ayo el comendador, en el Palau, y el almirante de Nápoles, en su alojamiento. El príncipe, que tenía quince años cumplidos, asistió a ellas, pero no debió danzar, pues no hubiera dejado de consignarlo el criado del emperador que anotaba minuciosamente los viajes y estancias de su señor Foronda, Estancias y viajes, págs. 529-530 para elogiar su gracia, como observa un historiador reciente J. M. March, op. cir, t. pag. 86.

Estaba ya acordado su matrimonio con la infanta portuguesa Maria Manuela, y la educación podía considerarse terminada. Por eso el ayo, que estaba realmente enfermo, pidió permiso para retirarse; pero el emperador no se lo dio, sin duda por creer que su hijo necesitaba todavía la tutela de aquel gran caballero, que siguió a su lado con el oficio de mayordomo hasta que murió en 1546, Tenía entonces Felipe diecinueve años.

A los dieciséis, Felipe, físicamente, recordaba mucho a su padre. Bien proporcionado y de complexión delicada, parecía bajo. En su rostro, de color frío y un poco pálido, brillaban los ojos grandes y azules, a los que correspondían los cabellos rubios, la nariz era recta, pero la boca resultaba menos atrayente, pues los labios eran demasiado gruesos y el de abajo caía demasiado el belfo, marca originaria de los Habsburgo), aunque la mandíbula inferior fuese menos saliente que la de su padre y las de sus descendientes.

Vestía el príncipe de España con sencillez distinguida. Los años trajeron las variaciones naturales: la barba brotó rubia, como se ve en el retrato de Tiziano (Prado), pintado cuando Felipe tenía veintitrés años. Pasan los días; la sobriedad elegante del vestir se acentúa (retrato por Antonio Moro); la palidez del rostro aumenta y resalta en la madurez, cuando el vestido se hace invariablemente negro (retrato por Pantoja de la Cruz).

Carlos V dirigió personalmente la preparación política y diplomática de su primogénito, iniciándole muy pronto en la complicada situación política de la época. Cuando Felipe no tenía más de dieciséis años (1543), su padre, obligado a salir una vez más de España, le confió la regencia de estos reinos, señalando como consejeros al cardenal Tavera, al secretario Francisco de los Cobos y a Fernando Valdés, que más tarde fue arzobispo de Sevilla e inquisidor general. También quedaban al lado del príncipe regente el duque de Alba, el cardenal arzobispo de Sevilla, García de Loaysa, el ayo y el preceptor.

En el momento de abandonar España, Carlos V envió a su hijo, desde Palamós, cartas e instrucciones autógrafas secretas caracterizando sagazmente a todos estos consejeros y previniéndole para que ninguno adquiriese demasiada influencia. De estas instrucciones publicadas por J. M. March, obra citada, tomo II, págs. 11 y ss. dijo Gachard Biographie nationale de Belgique, t. III, Bruselas, 1872, col. 656 que bastan ellas solas para colocar a Carlos V a la cabeza de los políticos de su siglo, y, más recientemente, Brandi Carlos V, vers. esp., Madrid, 1943 afirma que ganan en intensidad, en franqueza y en afectuosa solicitud a cuanto jamás haya escrito príncipe y padre alguno. De los consejos que el emperador da a su hijo, son muy de notar los siguientes:

deberá asesorarse para examinar los dictámenes del Consejo Real, del cardenal de Toledo, Tavera, del presidente y de Cobos; en las cosas de guerra, del duque de Alba. En cuanto a las cosas de Aragón, le encarga que proceda con sumo cuidado, pues la gobernación de ese reino es más expuesta a errores que la de Castilla. Para los negocios extrapeninsulares, ningún consejero mejor que Granvela.

Son muy notables también las advertencias del padre al hijo relativas al gobierno de su propia persona. Mando don Carlos a su hijo que se case pronto y le ruega que, pues no habrá tocado a otra mujer que a la suya, no se meta en bellaquerías después de casado. Como es joven, deberá usar del matrimonio con continencia, obedeciendo en esto los consejos de don Juan de Zúñiga. Debe pensar don Felipe en seguir estudiando y le recomienda especialmente el estudio del latín y del francés. Si hubiese atendido mejor este consejo de su padre se habría librado de la situación embarazosa de Bruselas el día de la abdicación de su padre, cuando tuvo que encargar al obispo de Arras que hablase por él.

En 1546 el emperador dio al príncipe la investidura del ducado de Milán, y, para preparar su sucesión en la dignidad imperial, dispuso el viaje de Felipe a Alemania. Vino a buscarle el duque de Alba con una instrucción del emperador para su hijo (18 enero 1548), en que le mandaba organizar la corte a la borgoñona, con muchedumbre de cargos nuevos, confiados por lo común a la alta nobleza. Este viaje octubre 1548 a julio 1550) fue de importancia capital para la formación política de Felipe II, aunque no se alcanzaran los fines que con él se perseguían. Su desconocimiento de la lengua flamenca у la dificultad de expresarse corrientemente en francés y su carácter frío le impedían mostrarse afable con los señores flamencos у alemanes, que le tachaban de orgulloso.

Fue, en efecto, Felipe II el mejor discípulo de su padre, en política y en diplomacia. Lo que no recibió de él fue la vocación guerrera, el temple heroico. En el Campo de San Quintín se presentó por primera y última vez vestido de arnés; pero no se aproximó a la línea de combate. Con precipitación ordenó el cese de la lucha, exclamando: ¿Es posible que de esto le gustase a mi padre?

Felipe casó en 1543 con María Manuela de Portugal, que murió de sobreparto en 1545, después de haber dejado en el mundo a su desdichado hijo, el príncipe don Carlos. En 1554 casa Felipe, en Winchester en María Tudor, que muere sin hijos, en 1558. En 1559 contrae matrimonio el rey con Isabel de Valois, en quien tiene dos hijas: Isabel Clara Eugenia y Catalina Micaela (1567-1597). Murió la reina en 1568, y Felipe contrajo cuartas nupcias con Ana de Austria en 1570; de este matrimonio nacieron Fernando (†1578), Carlos Lorenzo (muerto muy niño), Diego (†1582), Felipe [III] y María, que, al nacer, causó la muerte de la madre, (1580).

El reinado

Si de Felipe II ha podido decirse que, de hecho, era rey de España desde 1541, de derecho no lo fue hasta 1556, el año de las abdicaciones de Carlos V. Fue Felipe el monarca más poderoso de su tiempo, pues, con los reinos de España —Castilla, Navarra y Aragón, con sus dependencias el Rosellón y las Baleares— poseía inmensos territorios en América, desde México o Nueva España hasta el Paraguay y el Plata, más algunos de Oceanía —las islas Filipinas y las Molucas— dependientes directamente, tanto los americanos como los oceánicos, de la corona de Castilla.

Dominios europeos y norteafricanos de Felipe II hacia 1580.Dominios europeos y norteafricanos de Felipe II hacia 1580.

En África era señor de las islas Canarias y reconocían su autoridad Orán, Bugía y Túnez. Era también Felipe II rey de Nápoles, Sicilia y Cerdeña y señor de Milán, y su padre había abdicado en él la soberanía de los Estados hereditarios de la Casa de Borgoña, es decir, de los Países Bajos y el Franco Condado, Esperaba, por otra parte, Felipe II que el reino de Portugal, con sus colonias africanas, asiáticas y americanas, entrara pronto a formar parte de la monarquía española, y así ocurrió en 1580.

Felipe II no llevó el título de emperador, pero existía más que nunca un imperio español; él lo rige, le dota de una máquina administrativa adecuada, y los españoles tenían conciencia de su existencia. Felipe II regía, además, un imperio, espiritual, católico, en cumplimiento de un deber que su padre le había transmitido. Para justificar esa que algunos podían considerar injerencia pensó en obtener del Pontífice el vicariato del imperio en Italia y el título de emperador de las Indias, lo que hubiera resuelto la cuestión espinosa de las precedencias entre soberanos E. Braudel, La Mediterranée et le mone méditerranéen à l'époque de Philippe II, París, 1949.

La debilidad del magno imperio español estaba en su economía. La Península Ibérica, con cuyos recursos había de sostenerse, estaba poco cultivada y tenía pocas industrias. Carlos V había dejado el tesoro exhausto y comprometidos los ingresos futuros, la carga que Felipe II había de sostener era, pues, muy pesada, pero tenía conciencia de su responsabilidad y de su deber. Todos los negocios, grandes y pequeños, pasaban por sus manos; por eso se le llamó el rey papelero. Los consideraba con calma, pero pecaba de lento e irresoluto. Esa irresolución ocasionaba retrasos que, en definitiva, favorecían a sus enemigos. El título de Prudente, que se le daba en vida, se le regatea ahora, por las mismas razones —lentitud, indecisión— que entonces parecían justificarlo, y, sobre todo, por tener a su lado personas indignas de confianza, como Antonio Pérez.

Carecía Felipe II de temple heroico. Esta carencia justificaría la teoría del profesor Aurelio Viñas conferencia en la Universidad de Verano de Jaca, 1950, según la cual Felipe II poco o nada tendría de español. Claro es que otros escritores le tuvieron por españolísimo. Así, Baltasar Gracián El héroe, cap. V, quien aduce como argumento la necesidad que tenía este gran rey de no contentarse más que con maravillas.

El ideal de Felipe II, como el de su padre, fue conservar su imperio territorial, no aumentarlo, y defender el Catolicismo frente a la Reforma y frente al Islam. En su mente se identificaban los intereses de la corona con los de la religión católica. Por eso los intereses nacionales quedaban subordinados a los del catolicismo, cuando las circunstancias, como dijo el abad de Silos, don Luciano Serrano, hubiera aconsejado proceder al contrario.

Aunque, al empezar el reinado, aparezcan al lado del rey el príncipe de Éboli y el duque de Alba, ni estos personajes, ni otros a quienes Felipe II confió el mando de las flotas y ejércitos, ni los mismos príncipes de sangre real, fueron colaboradores del soberano en la tarea diaria de estudiar y resolver asuntos de gobierno, sino otros hombres de origen modesto y hasta turbio. El primer secretario de Felipe Il fue Gonzalo Pérez, que le sirvió desde 1545 hasta su muerte en 1566. Su puesto lo ocupó su hijo Antonio o Pérez, que llamaba a Eboli maestro de privados, aunque propiamente Felipe II no tuvo ninguno. También fueron secretarios de Felipe II Mateo Vázquez, clérigo como Gonzalo Pérez, y Gonzalo Zayas.

Política francesa

El matrimonio de Felipe II con María Tudor era una grave amenaza para Francia. Si de él nacía un hijo, heredaría Inglaterra y los Países Bajos: Londres y Amberes estarían en una sola mano. Enrique II de Francia no podía permanecer impasible ante semejante peligro, y se alió con el Papa y con el Turco. Los aliados obraron rápidamente: el ejército francés, a las órdenes del duque de Guisa, avanzaba por Italia con el propósito de conquistar Nápoles; el virrey de Argel trataba de arrebatar Orán a España; Antonio de Borbón bajaba hacia Pamplona; Isabel Tudor conspiraba contra su hermana María.

Vista de la toma de San Quintín en 1557.Vista de la toma de San Quintín en 1557. Grabado en madera publicado en la Cosmografía de Sebastian Münster.

Felipe II, que estaba en Flandes, se mantuvo sereno; al duque de Alba, virrey de Nápoles, le ordenó invadir los Estados pontificios, a Manuel Filiberto de Saboya, entrar en Francia al frente de un ejército español. El papa Paulo IV firmó la paz (1557). Enrique II no tardaría en negociarla. El de Saboya venció en San Quintín (10 agosto 1557) a los generales franceses Coligny y Montmorency, y, por orden del rey, sitió esa plaza. La resistencia dio tiempo a que Guisa viniera de Italia a defender el suelo francés. San Quintín se rindió (27 julio 1558), pero Guisa se habla apoderado de Calais (8 enero 1558), la más importante de las plazas que los ingleses conservaban en Francia, y entrando en Flandes, amenazaron a Bruselas, que salvó el conde de Egmont.

El desenlace de la guerra no se hizo esperar: el progreso del calvinismo hacía desear la paz tanto a Felipe como a Enrique, y la firmaron en Cateau Cambresis el 3 de abril de 1559. Esta paz se ha llamado la paz católica, pues fue, en realidad, una reconciliación del rey católico con el rey cristianísimo para hacer frente a la herejía, con una especie de Santa Alianza L. Ronnier, Les Origines politiques des guerres de réligion, París, 1916, vol. II.

Desde 1559 a 1598 Felipe II dedicó atención preferente a la política interior de Francia, sobre cuyos reyes (Francisco I, Carlos IX y Enrique III) ejercía una especie de tutela, no sin cierto derecho, pues el padre de estos, Enrique II, se lo había pedido. Esta intervención es el ejemplo más típico de la persistencia de Felipe II en un política, sin abandonarla ni resolver los problemas que de ella se derivan. Momentos que pueden servir de hitos son el tratado de Cateau Cambresis, en 1559, las entrevistas de Bayona de 1565, en que intervienen Catalina de Médicis, Isabel de Valois y el duque de Alba; la presentación de la candidatura de Isabel Clara Eugenia para el trono francés, en 1590, y, finalmente, el tratado de Vervins, en 1598.

En 1570 la influencia española en Francia había decaído. La corte francesa firmó con los calvinistas la paz de Saint-Germain de Laye (8 de agosto) y el almirante Coligny propuso en el Consejo Real negociar una alianza con los protestantes ingleses y alemanes y con el Turco. El matrimonio de Margarita de Valois, hermana de Enrique II, con Enrique de Borbón (París, 18 agosto 1572) marca otro avance en esa política de alejamiento de España.

Masacre de la noche de San BartoloméMasacre de la noche de San Bartolomé por François Dubois

La trágica matanza de calvinistas en París, conocida universalmente por la Noche de San Bartolomé (24 agosto 1572) no puede tener por causa inmediata los acuerdos de Bayona, cualesquiera que estos fuesen, ya que desde entonces habían transcurrido muchos años, y la política interior de Francia no estaba en 1572, ni mucho menos, inspirada por Felipe II.

En 1584 Enrique III declaró heredero a Enrique de Borbón. Felipe II no podía tolerar que en el trono de San Luis se sentase un hereje. Su embajador en París Juan Bautista Tassis no veía otro medio de evitarlo que el fuerte brazo del duque de Guisa. Entre el rey de España y los Guisas se firmó un tratado que dio origen a la Liga por antonomasia (Joinville, 31 de diciembre 1584).

Felipe II se comprometió a ayudar a los católicos franceses con 50.000 escudos mensuales (otros tantos gastaba en pensiones individuales), y al día siguiente les anticipó seis meses. La suerte de Francia estaba otra vez en manos del rey de España. Enrique III, humillado y vencido, no por la Liga, sino por Felipe II, se resignó a firmar un tratado en el que prometía nombrar lugarteniente general del reino al duque de Guisa (11 julio 1588).

La derrota de la Armada Invencible dio alientos al apocado Enrique III que hizo asesinar al duque de Guisa. Este asesinato encendió de nuevo la guerra. Cuando Enrique III, unido a Enrique de Borbón, sitiaba a Paris, ciudad de la que se había adueñado Mayena, un joven dominico le hirió mortalmente (1 agosto 1589) y al día siguiente murió, después de designar como heredero a Enrique de Borbón. Con las fuerzas inglesas enviadas por Isabel de Inglaterra, Enrique de Borbón hacía grandes esfuerzos por entrar en París. Pero París se salvó por la llegada de tropas españolas al mando de Alejandro Farnesio.

Ante los Estados Generales (París, enero 1593), el embajador español duque de Feria pidió oficialmente la proclamación como reina de Francia de la infanta Isabel Clara, que, por ser hija de Isabel de Valois, era nieta de Enrique II. Aunque los Estados Generales se negaban a derogar la ley sálica, Felipe II, para impedir que reinase en Francia un calvinista, estaba resuelto a defender los derechos de su hija con las armas. Pero el 25 de julio de 1593, Enrique de Borbón abjuró la herejía; el 27 de febrero de 1594 fue consagrado rey de Francia en la Catedral de Chartres, y el 22 de marzo hacía su entrada solemne en París, a la vez que la guarnición española salía a banderas desplegadas y con todos los honores. En la paz de Vervins (1598), porque estaba ya convertido, Felipe II reconoció a Enrique IV como rey de Francia.

Lucha con el Islam

Felipe II luchó contra los musulmanes en España, en el Mediterráneo, en África y en Hungría.

De la presencia de grandes núcleos de moriscos en la Península se derivaban graves problemas religiosos y políticos o de seguridad. En los dos aspectos podría hablarse de una persistencia del frente musulmán, a pesar de la rendición de Granada, si no se prefiere hablar con Mr. Defourneaux Clavileño, 1950, núm. 6, pág. 71 de una quinta columna musulmana. Felipe II se consideraba obligado a no tolerar la apostasía y a batir ese frente infiel.

El 1 de enero de 1567, terminado el concilio de Trento, renovó el decreto de su padre Carlos V que mandaba a los moriscos abandonar las costumbres musulmanas, sus vestidos y su lengua. Los moriscos comenzaron a conspirar, y en 1568 se sublevaron los de la Alpujarra, donde se cometieron sacrilegios y crueldades, c uya represión comenzó el marqués de Mondéjar. Felipe II encargó de someter a los rebeldes a su joven hermano don Juan de Austria. La guerra duró dos años (1569-1570), y los rebeldes, aunque contaron con la ayuda directa de turcos y berberiscos, fueron vencidos y distribuidos por otros reinos de España, a excepción de los de Valencia y Murcia, donde había muchos, así como en Aragón. La tierra granadina fue poco a poco repoblándose de cristianos viejos.

Justamente observa Fernand Braudel op. cit., págs. 899-901 que la toma de Túnez por el rey de Argel Euldj Alí (19 enero 1570) fue una consecuencia de la guerra de Granada, con la que también se relaciona la guerra de Chipre entre turcos y venecianos, y pesó mucho, por consiguiente, en los orígenes de la Santa Liga. No debe, sin embargo, olvidarse que entre España y Turquía las hostilidades eran permanentes, especialmente en el mar.

Por orden de Felipe II, el virrey de Sicilia, Medinaceli, se apoderó en 1560 de la isla de los Gelves (Djerba) que Dragut había arrebatado a los caballeros de Malta. Pronto se perdió de nuevo. En 1563, el virrey de Argel pretendió, en vano, cobrar Orán y Mazalquivir. En 1567, el marqués de Villafranca expulsó del Peñón de Vélez de la Gomera al corsario turco Kara Mustafá.

Solimán el Magnífico planeó en los últimos años de su vida la conquista de Malta. Para realizarla, salió de Constantinopla, en abril de 1565, la gran flota turca, a las órdenes de Pialy. La situación de los defensores de la isla era ya muy apurada cuando acudió en su socorro el duque de Alcalá, virrey de Nápoles. Ante la flota y los soldados españoles, el almirante turco optó por retirarse. Solo Felipe II comprendió el valor militar y espiritual de Malta.

Selim III se desentendió de la guerra de Hungría, donde su padre había buscado la revancha de Malta, porque proyectaba arrojar de Chipre a los venecianos. Llegó entonces a Constantinopla una embajada de moriscos granadinos en demanda de ayuda (primavera de 1565). El gran visir Sokolli era partidario de atacar discretamente a Felipe que entonces se debatía con graves dificultades. Al sultán, obsesionado con la idea de Chipre, acabó de decidirle un accidente fortuito: el incendio de los arsenales de Venecia. La ocasión le parecía a Selim única. El 1 de febrero de 1570 llegó a Venecia el portador del ultimátum de Pialy: si Chipre no se rendía, sería tomada por la fuerza. La respuesta de la Señoría de Venecia fue firme: confiaba en la justicia de Dios y defendería la isla (27 marzo). En los primeros días de mayo la gran flota de Pialy navegaba hacia Chipre.

Venecia esperaba la ayuda de la poderosa España, pues, aunque todavía no hubiera dado su placet, Felipe II había tomado en consideración una iniciativa del pontífice Pío V para constituir una liga antiturca.

El 25 de mayo de 1571 quedaron, al fin, firmadas las Capitulaciones, largamente discutidas, de la Liga Santa. La noticia de la firma llegó a Madrid el 6 de junio, y antes de que don Juan marchara a tomar el mando, Felipe II le dio orden de no firmar disposición alguna concerniente a la flota si la censura de don Luis de Requesens, e instrucciones secretas. Cualquiera que fuese el resultado, don Juan retiraría hacia Italia todas las fuerzas a principios de otoño, sin exponerlas a los peligrosos temporales de Levante.

La batalla de Lepanto, por Paolo Veronese.La batalla de Lepanto, por Paolo Veronese.

Don Juan de Austria salió de Barcelona el 20 de julio de 1571; el 24 de agosto llegó a Messina, el 5 de septiembre pasó revista a todas las fuerzas de la Liga, y el 15 la orden de salida. El Combate de la flota cristiana con la turca se libró a la entrada del golfo de Lepanto, el 7 de octubre de 1571. La victoria produjo en Europa fuerte emoción. Francia, Inglaterra, todos los reformistas temían que Felipe II aspirase a imponer su dominación a toda la Europa occidental; a desalojar de la oriental a los turcos, creando en tierras de Grecia, Albania y Dalmacia un reino para don Juan o para otro príncipe español, y a ocupar luego todo el norte de África.

En Francia, de acuerdo con Turquía, se fraguó un amplio plan ofensivo contra España y en él empezaban a comprometerse el Dux de Venecia, el duque de Toscana, Luchalí, la reina de Inglaterra y los príncipes alemanes. En la primavera de 1572, el Dux entró en negociaciones directas con el sultán. Felipe II, que las conocía, hacía esfuerzos por cortar la ruptura de la Santa Liga, ofreciendo doblar para las jornadas de 1573 las aportaciones que le correspondían. Las nuevas capitulaciones se firmaron el 27 de febrero, pero a los pocos días, el 4 de abril, se hizo público que la señoría de Venecia había hecho la paz con el sultán, sometiéndose a condiciones humillantes, inspiradas por el embajador francés, a cambio de unas pequeñas ventajas económicas.

Como no parecía razonable que se perdiesen los preparativos hechos, Felipe II autorizó a don Juan para dirigir la escuadra a Túnez. La falta de dinero retrasó la empresa, pero, al fin, el 1 de octubre de 1573 don Juan salió de Sicilia para La Goleta, donde cambió soldados bisoños por veteranos, y se encaminó a Túnez, que le abrió las puertas, lo mismo que la Alcazaba. En lugar de proclamarse rey de Túnez, se contentó con liberar la ciudad y su tierra de la tiranía de Luchalí, poniendo en lugar. de este a Muley Hamet.

Para mayor seguridad de Túnez, don Juan ocupó a Bicerta y pasó a invernar a Nápoles. Tal fue el brillante epílogo español de la Santa Liga. La Goleta y Túnez se perdieron, porque Pedro Portocarrero no pudo ni supo rechazar los ataques de Luchalí y Sinau (1574); pero no por esas desgracias habrá de pensarse que la victoria de Lepanto fuera vana. Bastará recordar que el encanto de la potencia naval turca quedó roto aquel día.

Países Bajos e Inglaterra

La defensa del catolicismo contra los reformistas determina otra fase de la actividad de Felipe II: ayudó a su esposa María Tudor a restaurar el catolicismo en Inglaterra, con Francia hizol a paz católica, y en las guerras de Religión ayudó a los católicos; en España y en Italia arrancó los brotes de protestantismo y sostuvo en los Países Bajos guerras tan largas como costosas, cuyo resultado fue conservar el catolicismo en el Sur, ya que se perdiera el Norte para la Iglesia y para la Corona. Al rey español, por otra parte, se debe que el Concilio de Trento terminara felizmente sus tareas, y se redactaran las bases de la Contrarreforma.

El problema más difícil que Carlos V dejó a su hijo Felipe II fue, sin duda, el gobierno de los Países Bajos.

En virtud del tratado de Cateau-Cambresis (2 abril 1559), el duque de Saboya entró en posesión de sus Estados hereditarios, dejando vacante el gobierno de los Países Bajos que Felipe II confió a su hermana natural Margarita de Parma. La gobernadora estaba asistida por tres Consejos, el de Estado, el de Hacienda y el Privado o Consulta. La Consulta anuló a los otros dos por lo que el conde de Egmont y el príncipe de Orange dimitieron en 1561 sus sillones de consejeros de Estado.

La Reforma había hecho muchos adeptos en los Países Bajos. La Inquisición pontificia y la episcopal imponían a los herejes penas que los tribunales seculares se resistían a ejecutar. En 1562 viene a España el barón de Montigny, uno de los más obstinados en la resistencia. En marzo de 1563 Orange, Egmont y Horn dirigieron una carta a Felipe II pidiendo la destitución de Granvela. Contra la opinión de Alba, Felipe II decidió sacrificar a Granvela, con la fórmula de una licencia para retirarse a Besançon. Orange, Egmont y Horn volvieron al Consejo de Estado.

El 18 de agosto de 1564 Felipe II firmó una orden imponiendo a los Países Bajos el cumplimiento de los decretos del Concilio de Trento. El Consejo de Estado y el Privado pidieron al rey que revocase esa orden, por ser contraria a los privilegios de los Países Bajos. Como Felipe II se mantenía inflexible, de acuerdo con la gobernadora se resolvió que Egmont viniera a España para informar al rey de la verdadera situación del país.

El conde de Egmont.El conde de Egmont.

Egmont llegó a Madrid en los primeros días de marzo de 1565. El rey bien claro le dio a entender que en la cuestión religiosa nunca cedería en lo esencial. Margarita pidió a su hermano que hiciera algunas concesiones o al menos, que fuera a Flandes. Al cabo de muchos meses, Felipe II envió a la gobernadora orden de cumplir estrictamente los edictos y de publicar en todas las ciudades y aldeas la Inquisición y los decretos del Concilio (5 noviembre 1565).

El rey, aunque tarde, había hablado; no quedaba otra solución que obedecer o rebelarse. Egmont y Orange vacilaban. Otros nobles, menos ricos, más jóvenes e inclinados al calvinismo, tuvieron algunas reuniones secretas de las que, en los primeros días de 1566, salió el documento conocido por compromiso de Breda. Los firmantes del compromiso se reunieron en un banquete, donde adoptaron el nombre de gueux, que enviaron una representación a Madrid. La gobernadora escribió a su hermano rogándole que hiciese a los comisionados las concesiones adecuadas para calmar la tempestad que amenazaba. El 6 de mayo Felipe escribió a Margarita una carta en que reiteraba su propósito de visitar los Países Bajos y prometía no implantar en ellos la Inquisición a la manera española y moderar los castigos por transgresiones de los edictos.

Los misioneros protestantes, especialmente los calvinistas, eran cada día más numerosos y más audaces en los Países Bajos. El canto de los salmos alternaba en los campos y hasta en las plazas con el grito de ¡Vivan los mendigos! Precipitándose los acontecimientos -Amberes, etc.—, se inicia la sublevación de los Países Bajos, adonde Felipe II decidió enviar al duque de Alba, con instrucciones para reprimir la rebelión y aniquilar la herejía.

El conde de Egmont.El triunfo de la Muerte (c. 1562), por Pieter Brueghel el Viejo, refleja el tratamiento severo que las Diecisiete Provincias recibieron en el siglo XVI.

El 8 de agosto de 1567 entró en aquellos países y en ellos permaneció hasta el 29 de noviembre de 1573. Muy pronto tuvo que hacerse cargo de la gobernación, por haberse retirado a Parma doña Margarita. Como general y como gobernador, Alba sirvió a su rey con lealtad hasta el sacrificio, y la enérgica dureza que de él se esperaba, hasta que Felipe II, que, según frase de Antonio Pérez, se cansaba de hombres como de viandas, le relevó. El duque de Medinaceli iba a ocupar su puesto, pero no llegó a tomar posesión.

El nuevo gobernador fue don Luis de Requesens, que llevaba órdenes de llegar a un arreglo mediante negociaciones directas; pero como Felipe II no podía aceptar las condiciones cuya aprobación previa exigía Orange (libertad de cultos y de predicación, restauración de las antiguas libertades del país y retirada de todos los españoles y demás extranjeros de todos los empleos del Estado), la guerra resurgió (1574). La falta de dinero paralizó las operaciones durante casi un año, al cabo del cual Felipe II ordenó negociar de nuevo, aunque sin resultado.

Las dificultades económicas heredadas se agravaron a extremos tales que en 1575 hubo necesidad de decretar una suspensión de pagos, con el fin de evitar la quiebra. Durante la interinidad que siguió a la muerte de Requesens (1576) se hizo cargo del Gobierno el Consejo de Estado, cuya autoridad se extendía, más o menos teóricamente, al antiguo Estado de Flandes, pues los de Holanda y Zelanda, unidos por el acta de federación de 25 de abril de 1576, habían elegido por soberano y jefe a Guillermo de Orange.

Alegoría de la Pacificación de Gante.Alegoría de la Pacificación de Gante, por Adriaen van de Venne.

El Consejo, cuyos miembros eran todos menos uno, Jerónimo de Roda, naturales de aquellos países, pidió a Felipe II que enviase por gobernador a una persona de su familia. El rey designó a don Juan de Austria. El nuevo gobernador entró en los Países Bajos el 4 de noviembre de 1576, casi a la misma hora en que los veteranos españoles, en abierta insubordinación por falta de pagas, saqueaban Amberes con violencia que tiene un nombre en la historia: la furia española. Ante tales hechos, los Estados Generales de Flandes acordaron unirse a los Estados federados de Holanda, a fin de arrojar del país al ejército español (pacificación de Gante).

Don Juan, obedeciendo a su rey y hermano, negoció con los rebeldes el Edicto Perpetuo (12 febrero 1577) y envió a Italia todas las tropas españolas.

Antes de morir, don Juan entregó el mando a su sobrino Alejandro Farnesio. Felipe II confirmó la designación. Con Farnesio, conocedor del país y de sus hombres, empieza una nueva época que pronto había de desembocar en la división de las 17 provincias de los Países Bajos en dos grupos distintos, germen de dos nacionalidades: Bélgica y Holanda.

Los católicos del Sur constituyeron el partido de los descontentos y buscaron el apoyo de Farnesio (19 mayo 1579), mientras los protestantes del Norte constituían la Unión de Utrecht. Felipe II puso precio a la cabeza de Orange, que fue asesinado en Delft (10 julio 1584). La depresión que esta muerte produjera en los holandeses fue aprovechada por Farnesio para hacer una enérgica campaña que culminó en el sitio y rendición de Amberes (agosto 1585).

La pérdida era tan grave para los rebeldes que la reina Isabel de Inglaterra decidió enviar en su ayuda un ejército a las órdenes del conde de Leicester. Contra este y luego contra Mauricio de Nassau luchaba con maestría y fortuna Alejandro Farnesio; pero tuvo que abandonar el país por dos veces, con sus mejores tropas, para intervenir en Francia (1590 y 1592).

Farnesio murió en diciembre de 1592, y le sucedieron en el gobierno el conde de Mansfeld (1592), el archiduque Ernesto 1594), el conde de Fuentes (1594) y el archiduque Alberto, que llegó a Bruselas en febrero de 1596. Alberto, como antes Farnesio y Fuentes, tuvo necesidad de acudir con sus tropas a Francia. Cuando Felipe II firmó con Enrique IV la paz de Vervins (2 mayo 1598) tenía ya pensada la solución del difícil problema de los Países Bajos: abdicar su soberanía en Isabel Clara Eugenia y su futuro marido Alberto, y así lo hizo el 16 de mayo de 1598. Las provincias del Sur aceptaron la abdicación; pero las del Norte, las Provincias Unidas, cuya independencia habían reconocido en 1596 Inglaterra y Francia, la rechazaron resueltas a persistir en la defensa de su libertad.

Política con Inglaterra
Elizabeth IRetrato de Isabel I, hacia 1575

El reinado de Isabel I (1558-1603) coincide casi exactamente con el de Felipe II. Isabel provocó en Inglaterra la reacción protestante y con ella la irritación de los católicos ingleses y escoceses, que pusieron sus esperanzas en el rey español. Sin embargo, tanto Felipe como Isabel evitaron la ruptura, aunque no dejaran de darse recíprocamente motivos para llegar a ella: Isabel, ayudando a los súbditos protestantes del rey español, y Felipe a los súbditos católicos de la reina inglesa.

En 1572 se produjo un grave incidente diplomático: el embajador español Guerau de Espés fue expulsado de Inglaterra. Durante los siete años que estuvieron cortadas las relaciones diplomáticas, España e Inglaterra se hicieron una guerra sorda y a ella contribuyeron con sus piraterías los navegantes ingleses Juan y Guillermo Hawkins y Francisco Drake. El nuevo embajador español don Bernardino de Mendoza fue igualmente expulsado en 1584.

La expulsión reiterada y los daños causados en América (1585 1586) por Drake llevaron al indeciso Felipe a considerar la posibilidad y conveniencia de vengarlos invadiendo Inglaterra. Aunque al marqués de Santa Cruz le pareciera fácil, la empresa quedó aplazada, ante la perspectiva de que ascendiera al trono inglés María Estuardo, acreciendo con ello el poder de los Guisas. La ejecución de María Estuardo (1587) cambió el panorama; la conquista de Inglaterra podría hacerse en nombre de Isabel Clara Eugenia. Estos proyectos cristalizaron en la frustrada empresa de la Invencible, cuya derrota recibió Felipe II con su característica frialdad.

Política peninsular

Como en todo su imperio, Felipe II luchó en la Península contra el protestantismo y el Islam y cuidó de afirmar su autoridad cuando surgió alguna amenaza contra ella.

La propaganda reformista comenzó en España muy pronto. En Castilla sembró las doctrinas, heréticas el doctor Cazalla, capellán y predicador de Carlos V, al que acompañó en sus viajes a Alemania. Sería, sin embargo, equivocado suponer que Cazalla se contagió allá de luteranismo. Cazalla se había forjado en Alcalá, cuando la Universidad cisneriana era un foco de erasmismo, y sus ideas como las del doctor Constantino Ponce de la Fuente, las del doctor Juan Gil (Egidio), canónigos predicadores en Sevilla, o el del arzobispo de Toledo fray Bartolomé de Carranza, los tres también formados en Alcalá, tienen sus raíces en España, en el iluminismo erasmista M, Bataillon, Erasme et l'Espagne, París, 1937, pág. 556.

El error que a todos se atribuía era su doctrina de la justificación por la fe. La Inquisición había intervenido reinando Carlos V, y cuando subió al trono Felipe II había muchas personas procesadas, tanto en Valladolid como en Sevilla y otras ciudades castellanas y andaluzas. Son famosos los o autos de Valladolid.

Durante todo este reinado la Inquisición procesó a muchos reformistas, en su mayoría extranjeros. La vigilancia en las fronteras y en los puertos, para impedir la entrada de libros heréticos, era muy cuidadosa, y los familiares del Santo Oficio cometían, a veces, picarescos abusos. Los de Bilbao se quedaron con tres barriles de lampreas que enviaba a Simón Ruiz, banquero de Medina, su corresponsal en Nantes. También en las Indias la Inquisición vigilaba. En España como en Portugal, no podía haber judíos de religión, y de los conversos se recelaba. La cuestión de los moriscos islamizantes era más grave y dio origen a una cruel guerra.

Tres procesos ruidosos hubo en tiempos de Felipe II: el del príncipe don Carlos, el del arzobispo Carranza y el de Antonio Pérez. Ni la prisión ni la muerte del príncipe tienen nada que ver con su supuesta herejía (18 enero 25 julio 1568). El proceso de Antonio Pérez por la Inquisición fue un recurso de Felipe II con el fin de evitar, y no lo consiguió, que su peligroso secretario huyera de Aragón al extranjero, amparado por los fueristas aragoneses. El recurso dañó por igual al rey y a la Inquisición que le sirvió en sus habilidades políticas.

Este proceso descubrió, además, las resquebrajaduras de la unidad española. Aragón no se sentía cómoda supeditada a Castilla. En esa tierra, que era como un montón de yesca, cayó Antonio Pérez como un tizón, según frase del conde de Luna. No le faltaban, pues, razones a Felipe II para lamentarlo. Las alteraciones de que Zaragoza fue teatro durante los meses de mayo a octubre de 1590 determinaron la entrada en Aragón de un ejército real. El justicia mayor, Juan de Lanuza el Joven, fue degollado y otros comprometidos tuvieron fin no menos trágico. Por obedecer al rey, la Inquisición enredó en sus mallas a cerca de 500 personas.

En junio de 1592 se reunieron en Tarazona las Cortes aragonesas. Labor principal de estas Cortes, y para hacerla habían sido convocadas, fue la adaptación de los fueros aragoneses a las circunstancias, conforme al proyecto de reforma redactado por el gran jurisconsulto aragonés Micer Martín Bautista de Lanuza. En Tarazona se derogó el fuero o costumbre que exigía la unanimidad para ciertas leyes y para otorgar tributos, aceptando como suficiente la mayoría de votos: se reservó al rey la designación y separación del justicia mayor; si no se resolvió el pleito del virrey extranjero, se declaró que, hasta la reunión de nuevas Cortes, el rey podría conferir el virreinato a naturales de otros reinos, si lo tenía por conveniente. Estas modificaciones del régimen foral aragonés no afectaban a su esencia, y con ellas Felipe II no destruyó radicalmente los fueros aragoneses.

La incorporación de Portugal a la corona de España, aunque necesitó la intervención de un ejército, no obedeció a ideas imperialistas de Felipe II. El rey español, como su padre en el tratado de Madrid, exigiendo la Borgoña, defendía un derecho hereditario que las mismas cortes portuguesas reconocieron.

En Portugal existía un fuerte sentimiento de nacionalidad, y se temía la absorción de Castilla. Para vencer la esperada resistencia, Felipe II tenía prontas las armas: una flota de la que era almirante don Álvaro de Bazán, marqués de Santa Cruz, y un ejército cuyo mando confió a don Fernando Álvarez de Toledo, duque de Alba. El ejército, con fulminante rapidez, venció al prior de Crato, que se había proclamado rey de Portugal, y la flota le venció otra vez cuando volvía con una escuadra francesa para hacer de Azores base de la reconquista.

Las Cortes portuguesas reunidas en Tomar declararon rey legítimo, a Felipe II (15 abril 1581), y el 25 de julio hizo este su entrada solemne en Lisboa. Dos años permaneció don Felipe en su nuevo reino. Hablaba portugués, que era su lengua materna; halagaba a la nobleza, y no nombró ni un solo funcionario es español. Cuando salió para El Escorial (11 febrero 1583) dejó por virrey a su sobrino el cardenal-archiduque Alberto de Austria, y los consejeros que le dio eran portugueses. Todo fue inútil. La unión no llegó a durar sesenta años.

La muerte

Real Monasterio de El Escorial, Madrid.Real Monasterio de El Escorial, Madrid.

El 30 de junio de 1598, Felipe II, enfermo y sintiendo venir la muerte, dio orden de salir para El Escorial, donde quería morir. El 22 de julio, fiesta de la Magdalena, el confesor del rey, fray Diego de Yepes, le descubrió la gravedad de su estado. El rey quiso hacer confesión general, que duró tres días. El cirujano Juan de Vergara le sajó un apostema de la rodilla. El rey no exhaló una sola queja. La hidropesía hinchaba el vientre, los muslos y las piernas del gran monarca, y la gota llagaba los dedos de su mano derecha y el dedo gordo del pie del mismo lado.

Sufría don Felipe más que con sus propios padecimientos con los de quienes le rodeaban. Pero no eran esos dolores los que más le atormentaban, sino el recuerdo de sus propios pecados y el porvenir de sus reinos a los que había evitado un rey indigno, don Carlos, pero que iban a caer en manos de un rey abúlico e incapaz, don Felipe.

El 1 de septiembre recibió la Extrema Unción. El 11 de septiembre concedió audiencia a su hijo el príncipe y a su hija la princesa de los Países Bajos; se despidió de ellos y les dio su bendición. El 13 de septiembre, a las cinco de la mañana, mientras el arzobispo de Toledo le leía la Pasión según San Juan, Felipe II sostenía en una mano el crucifijo que Carlos V había tenido en Yuste durante su agonía, y en otra, un cirio de Montserrat, también de su padre, expiró.

En El Escorial, su gran creación, descansa en un sepulcro majestuoso, igual al de su padre.

AGUADO BLEYE, Pedro, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo F-M, págs. 16-24.