Felipe I de Castilla

Datos biográficos

Dinastía: Habsburgo
Rey de Castilla: 1504-1506
Sobrenombre: El Hermoso
Nacimiento: 22-VII-1478
Fallecimiento: 25-IX-1506
Predecesor: Juana I de Castilla
Sucesor: Juana I de Castilla

Biografía

Hijo del emperador Maximiliano I y de María de Borgoña, recibió en herencia de su madre los Países Bajos. Desde 1490 se pactó su matrimonio con Juana, hija de los Reyes Católicos, al mismo tiempo que el de su hermana Margarita con el príncipe de Asturias. Las negociaciones en torno a la Liga Santa aceleraron esta boda. En 1496 una gran flota trasladó a doña Juana a Flandes, en cuya ciudad de Lille se celebró la ceremonia.

Felipe I de CastillaFelipe I de Castilla, por Maestro de la Leyenda de la Magdalena

Felipe era de presencia agradable y gallardo, pero de malas costumbres. Doña Juana concibió por él una pasión ardiente no correspondida, y las frecuentes ocasiones de celos que el marido daba condujeron a la desventurada infanta hacia una progresiva locura. La muerte sucesiva del infante don Juan, de la infanta Isabel, reina de Portugal, y hasta del hijo de esta, don Miguel (1500), pusieron la corona sobre las sienes de los duques de Borgoña.

En 1502 ambos esposos vinieron a España para ser reconocidos por las Cortes como herederos. Al atravesar Francia, Felipe anudó lazos de amistad con Luis XII. Jurado en las Cortes de Toledo y de Zaragoza, emprendió el regreso, y quiso aprovechar la ocasión de su paso por Francia para concordar una paz entre su suegro y el monarca francés. Fernando el Católico le entregó unas instrucciones muy concretas con el encargo de no modificarlas en nada, e hizo que le acompañase en su viaje fray Bernardo Boil, en quien tenía gran confianza. A pesar de todo Felipe el Hermoso traspasó las instrucciones del rey, concertando con Luis XII el tratado de Lyon (1503), por el que se entregaba el reino de Nápoles como dote a la princesa Claudia, hija del rey de Francia, que casaría con Carlos, hijo del archiduque Naturalmente, Fernando no admitió el tratado, y en los meses siguientes sus tropas derrotaron por completo a las francesas.

Felipe el Hermoso se consideró deshonrado y hasta enfermó de indignación. Desde este momento concibió hacia su suegro un odio irreconciliable, fomentado diestramente por alguno de los poderosos señores residentes de Flandes, entre los que ocupaba un lugar importante don Juan Manuel, embajador de Castilla cerca de Maximiliano. La presencia de doña Juana en Flandes, al lado de su marido, no dulcificó las intenciones de este; antes bien, cuando murió Isabel la Católica (1504), concibió el proyecto de ser reconocido como rey propietario de Castilla.

Fernando el Católico había procedido en esta ocasión con acrisolada honradez, haciendo proclamar a doña Juana y Felipe como reyes en Medina y más tarde en las Cortes de Toro. Nada sirvió. Felipe el Hermoso, a quien apoyaban todos los descontentos, proyectó un viaje hacia España y trató de buscar apoyos exteriores, concertándose con Luis XII de Francia.

Un acontecimiento sin importancia, al parecer, estuvo a punto de alterar sus planes. Doña Juana, en quien los síntomas de locura eran cada vez más acusados, escribió una carta a su padre en que le confirmaba su voluntad de que continuase siendo regente del reino. La carta fue interceptada. Desde entonces el archiduque estableció una severa vigilancia en torno a su esposa.

Fernando movió bien su diplomacia: el 12 de octubre de 1505 firmó un acuerdo con Francia, del que era prenda su matrimonio con Germana de Foix. Era una condición terrible que amenazaba hasta con romper la unidad española, tan trabajosamente conseguida. De momento pareció eficaz. Felipe el Hermoso quedaba, al parecer, desarmado y, por iniciativa de su favorito don Juan Manuel, inició negociaciones. Estas cristalizaron en la concordia de Salamanca, que introducía un gobierno de tres personas: Fernando, Juana y él mismo (1505). El Rey Católico creyó que había eliminado la fuerza del partido borgoñón.

Se equivocó. A principios de 1506 Felipe salió con una brillante escuadra camino de Castilla. Una tempestad le arrojó a las costas de Inglaterra, en donde durante tres meses fue huésped de honor de Enrique VIII. Allí dio muestras de una total inexperiencia política al concertar desfavorables acuerdos de comercio y matrimoniales con el monarca inglés. El 28 de abril de este año llegó a La Coruña.

Comenzaron a reunirse con él los nobles descontentos, cuyo número había crecido extraordinariamente desde el matrimonio de Fernando el Católico con Germana de Foix. Sus tropas alemanas aumentaron con las que le trajeron el duque de Nájera, el marqués de Villena y hasta el mismo condestable. Durante dos meses las negociaciones entre Felipe el Hermoso y el rey de Aragón fueron continuas Al cabo cristalizaron en una entrevista que se celebró en Sanabria, en la alquería de Remexal, entre la Puebla de Sanabria y la aldea de Asturianos.

El cardenal Cisneros actuó de mediador. Fernando el Católico renunció a su cargo de regente, conformándose con la administración de los maestrazgos de las órdenes y con las rentas asignadas en el testamento de Isabel. Al mismo tiempo fue declarada la incapacidad de doña Juana. Aún celebró otra entrevista Felipe el Hermoso con su suegro en Renedo, cerca de Valladolid. Cuando este último salió hacia Nápoles, comenzó su breve reinado.

Su mayor anhelo habría sido declarar la incapacidad de doña Juana, para lo que existía el precedente de la concordia de Salamanca. Pero las Cortes de Valladolid se negaron a ello. A pesar de todo Felipe gobernó por sí mismo y se ocupó de dar cargos, prebendas y mercedes a sus favoritos, especialmente a don Juan Manuel. Tan solo en un punto mostró saludable firmeza: en el castigo de don Diego Rodríguez Lucero, inquisidor de Córdoba, quien en sus persecuciones contra los judíos y judaizantes había llegado a atacar a fray Hernando de Talavera.

Todos los esfuerzos del cardenal Cisneros para atajar las donaciones de mercedes fueron inútiles. La muerte truncó en flor el reinado. Un día, en Burgos, acalorado después de una partida de pelota, bebió un vaso de agua helada. Ello le produjo una enfermedad que rápidamente le llevó al sepulcro (25 septiembre 1506). Su cadáver, llevado primero a Miraflores, fue paseado más tarde por toda Castilla, hasta ser guardado en Santa Clara de Tordesillas, en donde su enamorada esposa pasó el resto de sus días.

SUÁREZ FERNÁNDEZ, Luis, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo F-M, págs. 15-16.