La princesa de ÉboliPrincesa de Éboli, duquesa de Pastrana y condesa de Mélito

MENDOZA DE LA SERNA, Ana [princesa de Éboli] (1540-1591) [Cifuentes-Pastrana]. Era doña Ana la hija única de don Diego de Mendoza, príncipe de Mélito y duque de Francavilla, y de doña Catalina de Silva, hermana del conde de Cifuentes. Bisabuelo paterno de esta doña Ana fue el gran cardenal de España, don Pedro González de Mendoza. De él dice el doctor Marañón Antonio Pérez, t. I que parece haber heredado el ímpetu dominador, y de su abuela doña Ana de la Cerda, cierta vena vesánica, peculiar de los Medinaceli.

Cuando nuestra dona Ana tenía doce años, se concertó su matrimonio con el caballero portugués, de treinta y seis, Ruy Gómez de Silva, príncipe de Éboli pero el matrimonio no se consumó hasta siete años más tarde (1559), reinando ya Felipe II, que fue quien lo proyectó. El príncipe murió catorce años después, en 1573, a la edad de cincuenta y siete años. La princesa, al enviudar, tenía treinta y tres. Durante su matrimonio alumbró muchos hijos, y, aunque vivía en la corte, la malicia no encontró resquicio por donde atacarla. Tres damas españolas vivieron en torno de la reina Isabel de Valois: la duquesa de Alba, la princesa doña Juana y la de Eboli. Por su juventud y gentil desenvoltura, la de Eboli hubo de ser la amiga de la reina francesa. El príncipe de Éboli, marido prudente, cuidaba de cubrir las indiscreciones de su mujer. Santa Teresa, que estuvo en Pastrana, llamada por los príncipes para establecer dos conventos carmelitas, uno de monjas y otro de frailes, en 1569, lo dice con su claridad habitual los trabajos que le daba la princesa se los allanaba el príncipe con su cordura, que era mucha.

Cuando murió su marido, doña Ana entró en el convento de Pastrana. Fue una monja turbulenta; Felipe II intervino y la obligó, a los seis meses de su monjío, a renunciar al monjío para ser tutora y administradora de los bienes de sus hijos, como el marido había dispuesto. En 1576 vino de Pastrana a Madrid la princesa viuda. Entonces empieza la etapa novelesca de su vida. Los historiadores modernos dicen que era hermosa, aunque tuerta. Los testimonios de aquel tiempo la describen como una mujer bonita y chiquita, encantadora en suma, y no aluden jamás a la tara física que comienza a atribuirsele en el siglo XVIII, sino muy veladamente. Necesario es, sin embargo, admitir que era, por lo menos, bizca y que se tapaba el ojo defectuoso con un parche, como la representan los retratos conocidos.

Esta mujer, menuda y graciosa, tenía propensión al habla desgarrada y populachera hasta en las cartas. En sus dichos, auténticos o inventados, apunta el aplebeyamiento de la aristocracia española que culmina en los tiempos de Carlos IV. Los hijos de la princesa heredaron esas cualidades de la madre. En el primogénito Rodrigo se manifiestan en matonerías que no le impidieron ser un gran soldado en Portugal y Flandes, igual que el segundo, Diego, también mala cabeza, que murió gloriosamente en Lepanto. Otros, más parecidos al padre, fueron de genio apacible, tales que Fernando y Ana. Fernando renunció al mundo, se hizo religioso con el nombre de fray Pedro González de Mendoza y acabó siendo arzobispo de Granada y Zaragoza. Ana acompañó a su madre durante su prisión y terminó tomando el hábito de monja carmelita.

Se dijo que la princesa de Éboli había sido amante de Felipe II y que el primogénito Rodrigo, duque de Pastrana, era hijo del rey. El doctor Marañón ob. cit., I, páginas 219-25, complace más de lo que quisiera a los que gustan del veaudeville en la historia, pero no lo cree. Pérez alude equívocamente a esos rumores, aunque no afirma nada por su cuenta. Quienes lo afirmaron —Brantôme y Leti — eran folletinistas, no historiadores.

Menos probables son todavía los amores de doña Ana y Antonio Pérez. Entre ellos hubo estrecha amistad; sus haciendas parecían comunes; se conocían de siempre. Pérez y Escobedo se habían formado al lado del príncipe de Éboli, de cuyo testamento y codicilo fueron testigos. Pero de que entre la princesa y Pérez hubiera amores, nada consta y nada se dijo hasta después de la muerte de Escobedo, y hasta 1582, cuando estaban presos los dos, no se lanzó contra ellos la acusación de adulterio. Gregorio Marañón analiza con tanta agudeza como dignidad el problema, para concluir no creyendo en el supuesto idilio.

En realidad, Antonio Pérez no fue para la princesa viuda más que un burócrata vanidoso y débil, del que ella se sirvió hasta perderlo, a fin de satisfacer sus ambiciones políticas y sus necesidades de dinero, montando un tinglado con objeto de sacar provecho de la influencia que Pérez tenía con el rey y los Consejos, y hasta de los secretos de Estado. Uno de los negocios más fructíferos fue la concesión de dignidades eclesiásticas.

Más peligroso y acaso de menos provecho fue el de los tratos secretos con los rebeldes de Flandes o con los portugueses. Felipe II se dejó convencer por Pérez de la necesidad de matar a Escobedo. Cuando este fue asesinado (1578), se vio el rey en la necesidad de decretar la prisión de Pérez y de la princesa de Éboli (28 julio, 1579). Doña Ana, acusada de pródiga, fue encerrada en la torre de Pinto y luego en Santorcaz; pero, al cabo de dos años, el rey la permitió retirarse a su villa de Pastrana (Guadalajara), donde vivió, aunque exonerada de la tutela de sus hijos, hasta su muerte en 1591.

AGUADO BLEYE, Pedro, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, T. F-M, págs. 1006-1007.