Pedro Navarro

Militar Uno de los más brillantes generales españoles de la época de los Reyes Católicos fue Pedro Navarro, natural de la villa de Garde, en el valle del Roncal, del reino de Navarra. De origen humilde, se elevó por su esfuerzo y su ingenio a los primeros rangos de la milicia. No fue un caudillo magistral, como Fernández de Córdoba, pero por su arrojo y decisión, y sus conocimientos del arte militar, pudo llevar a sus ejércitos a la victoria en varias ocasiones. Inferior a otros generales de la época en el combate a campo abierto, fue único en el asedio de ciudades muradas y fortalezas, que debeló gracias a la aplicación en gran escala de las minas.

Retrato de Pedro Navarro.Retrato de Pedro Navarro.

Dícese que inventó este aspecto de la ingeniería de guerra; en todo caso lo perfeccionó hasta tal punto que se hizo justamente célebre por su empleo. En 1487 le hallamos en Italia combatiendo al lado de los florentinos contra los genoveses. Su juventud queda envuelta en la oscuridad, aunque es posible que naciera en 1460 en el seno de una familia campesina y que en su niñez se dedicara al cultivo de la tierra. De como pasó a la península Itálica existen pocos informes; los único positivo es que entró al servicio del marqués de Cotrón, caballero del reino de Nápoles, antes de que acaecieran las luchas entre Florencia y Génova. Luego pasó con el marqués a Turquía, y, habiendo renunciado a servirle, navegó durante algunos años por el Mediterráneo, persiguiendo a los piratas, y, quizá, a los no piratas.

Herido en 1499, desembarcó en Italia y se puso a las órdenes del Gran Capitán, con el cual realizó varias fructuosas campañas; la captura de Cefalonia en 1500; la defensa de Canosa en 1502; y las tomas de los castillos Nuevo y del Huevo, en Nápoles, en 1503. Por sus notables hechos de armas, en particular por su inventiva en la voladura de murallas mediante minas, el Rey Católico le confirió el título de conde de Oliveto.

La desgracia de Gonzalo de Córdoba ante don Fernando coincidió con el auge de Pedro Navarro. En 1507, el rey se lo llevó a España, donde muy pronto tuvo ocasión de utilizarlo en la reducción del duque de Nájera. Pero sus mayores éxitos fueron en las campañas africanas. En 1508 tomó el peñón de Vélez de la Gomera, y en 1509, bajo el Cardenal Cisneros, conquistó por asalto la plaza de Orán.

Al año siguiente, revestido de plena autoridad por el monarca, prosiguió sus victorias con la rendición de Bujía, la sumisión de Argel, Túnez y Tremecen, y la expugnación de la ciudad de Trípoli (26 de julio), después de un breve pero sangriento combate. En cambio, fracasó un mes después en el intento de apoderarse de las Gelves. Puede decirse que en este momento se apaga la estrella de Navarro y se inicia su decadencia militar y política.

La fama que había logrado Pedro Navarro sufrió un rudo quebranto en la acción de Rávena (11-IV-1512), en la que, si bien luchó como jefe de la infantería aliada con su brío habitual, no pudo evitar la derrota de sus fuerzas ni el caer prisionero de los franceses. Conducido a Francia por el caballero de Labrit, quien le había hecho rehén, aceptó el cargo de general que le ofreció Francisco I, después de haber solicitado en vano su rescate a la corte española.

Su paso al bando enemigo le ha valido, por parte de los críticos, el calificativo de traidor, aunque esta palabra no sea apropiada a la ideología y costumbres de aquellos tiempos. Al servicio de Francisco I de Francia, Navarro luchó reiteradamente en Italia, tomado parte en la mayoría de las acciones que se libraron entre 1514 y 1527, como las de Marignano (1516) y Bicoca (1522).

Hecho prisionero en este año, cuando llevaba refuerzos a Génova, recobró la libertad en 1526, para volverla a perder al siguiente año en una de las primeras batallas de la Liga clementina. Encerrado en el castillo del Huevo, de Nápoles, murió en uno de sus calabozos en 1528, quizá de muerte violenta que decretó el príncipe de Orange, virrey de aquel territorio.

VICENS VIVES, Jaime, Mil Figuras de la Historia, Ed. Instituto Gallach, 1944, Tomo I, págs. 211-212.

Gonzalo Fernández de Córdoba

El Gran Capitán. Nunca hubo grandes soberanos que no estuvieran rodeados de excelentes servidores. Lo que en el aspecto religioso y político fue para los Reyes Católicos el cardenal Cisneros, lo representó en el aspecto militar Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán. Su figura no solo merece consideración como la del más destacado general de España en la guerras de Italia, sino como la del renovador del arte militar en Occidente.

El Gran Capitán.El Gran Capitán en Retratos de españoles ilustres (1791).

Fue Gonzalo quien aunó el arte de los condottieri italianos del Cuatrocientos con la experiencia lograda por España en la Guerra de Granada, imprimiendo a esta fusión un sello personal e inconfundible, caracterizado por la disciplina y la instrucción de las tropas, la agilidad de maniobra, el aprovechamiento táctico del terreno y la vasta concepción estratégica de las batallas. Además de gran general, Gonzalo Fernández de Córdoba reveló altas dotes de gobernante; fue hombre liberal y, aunque no muy culto, dadivoso con los artistas y literatos. El el aspecto político, sus méritos rayaron a menor altura, lo que le acarreó las suspicacias de don Fernando el Católico y su eclipse como jefe militar desde 1507.

Nacido en Montilla, el 11-IX-1453, hijo del ricohombre castellano don Pedro Fernández de Aguilar, Gonzalo era hermano menor de don Alonso de Aguilar, cuyo nombre tanto había de ilustrarse en las guerras granadinas. Educado desde su juventud en la caballería y en las armas, buscó muy pronto en el campo de batalla la fortuna que le negaba la ley del mayorazgo.

Durante las luchas entre Enrique IV y la nobleza, Gonzalo fue enviado por su hermano a seguir la suerte del príncipe don Alfonso. Muerto este en 1468, fue reclamado por la infanta Isabel, en cuya corte descolló por la elegancia de su porte, la sutilidad de su ingenio, su liberalidad y su trato ameno. Sus primeros hechos de armas corresponde a la guerra contra Alfonso V de Portugal, en cuyo conflicto peleó, al mando de una compañía a las órdenes de don Alonso de Cárdenas, gran maestre de Santiago.

No obstante su fama de caudillo la ganó en la guerra contra los nazaríes de Granada, en la intervino desde los momentos iniciales. Se distinguió en la toma de Loja y de Illora (1486), de la última de cuyas plazas fue nombrado alcaide. Debido a su conocimiento del árabe, se le encomendó la delicada misión de fomentar las rencillas granadinas entre el Zagal y Boadbil. Contribuyó en el ataque contra Granada desde 1490. En trance de rendirse la plaza, fue elegido por los Reyes Católicos para ajustar los términos de la capitulación de Boabdil (diciembre de 1941).

Sus muchos méritos y el favor de que gozaba, le valieron la designación para la jefatura de las tropas españolas que habían de pasar a Italia para combatir a los franceses, según los términos de la Liga Santa. Gonzalo desembarcó en Sicilia el 24-V-1495, y poco después pasaba al continente para luchar contra d´Aubigny en Calabria. Las operaciones militares fueron de éxito vario.

Llamado luego a las cercanías de Nápoles por Fernando II, logró expugnar la plaza de Atella (21-VII-1496), donde se había hecho fuerte el duque de Montpensier. En este hecho de armas consolidó el título de Gran Capitán, que se le había dado como general en jefe de las tropas coaligadas. Poco después reducía la resistencia de d´Aubigny en Calabria. La fama que logró don Gonzalo en Italia fue tal, que a poco que el papa Alejandro VI requirió sus servicios para arrancar Ostia de manos de los franceses.

El esforzado general resolvió la suerte de la ciudad en ocho días, y rescatada Ostia fue aclamado en Roma como libertador. Después regresó a Nápoles, donde el nuevo rey don Fadrique le otorgó el título de duque de Santángelo; pacificó Sicilia que andaba algo revuelta contra el virrey Juan de Lanuza, y, por último, habiéndose firmado la paz entre Francia y España, se embarcó para la península (1498), a la que volvía cargado de laureles.

En mayo de 1500, partió nuevamente a Sicilia con el aparente propósito de hacer frente a los turcos, pero con el real empeño de apoderarse del reino de Nápoles, cuya partición con Francia preveía Fernando el Católico.

Durante su estancia en España, el Gran Capitán había intervenido en la guerra provocada por la sublevación de los moros granadinos, apoderándose de la plaza de Guéjar (Las Alpujarras), en febrero de 1500. Ya en Sicilia, Gonzalo ayudó a los venecianos a recobrar Cefalonia. Mientras tanto, en Granada, Francia y España firmaban el tratado de partición de Nápoles (noviembre).

En cumplimiento de las órdenes recibidas de su rey, el Gran Capitán pasó a Italia, sometió a su poder Calabria y Apulia, y se adueñó de Tarento después de un porfiado sitio. (1-V-1502).

La conquista de Nápoles por franceses y españoles abría ancho campo a sus rivalidades. La guerra no tardó en estallar. Gonzalo Fernández de Córdoba, que estaba en inferioridad numérica ante le duque de Nemours, se retiró a Barleta, donde ofreció enérgica resistencia al ejército sitiador. Después de recibir refuerzos, se lanzó a una atrevida ofensiva coronada por el mayor de los éxitos en la batalla de Ceriñola (28-IV-1503). Esta victoria proporcionó a España el reino de Nápoles, ya que, prosiguiendo la campaña, Gonzalo se apoderó de la capital.

El 27-XII-1503 consolidaba esta conquista venciendo a un poderoso ejército francés de socorro en el Garellano. El 1 de enero tomaba posesión de Gaeta, importante plaza fuerte que se rendía ante el magno triunfador del Garellano. Después de su fulgurante ofensiva, el gran capitán se decidió a reorganizar el estado napolitano. En el gobierno se mostró prudente, activo y justo; pero en la mercedes fue exceso liberal y dadivoso. Esta conducta suscitó los recelos de Rey Católico, que se pusieron de manifiesto una vez muerta la reina Isabel (1504).

El monarca ofreció a Gonzalo Fernández de Córdoba el maestrazgo de Santiago para que regresara a España, pero al rehusarlo este, se acrecentaron aún más sus sospechas de que había entrado en tratos con sus enemigos. Realmente no era así, pero había alcanzado cimas demasiado altas para que no inquietaran a la monarquía. En junio de 1507 acompañó a don Fernando, que volvía a Castilla, honrado con los títulos de duque de Terranova, marqués de Santángelo y de Bitonto y condestable de Nápoles.

Pero su hora histórica ya había pasado. En efecto, el Rey Católico dio pronto pruebas demostrativas de que el conquistador de Nápoles no gozaba de su favor. Hasta tal extremo se sintió disgustado el Gran Capitán, que solicitó permiso al monarca para retirarse a Loja, autorización que le fue concedida junto con el dominio vitalicio de la ciudad.

En aquel agujero de las Alpujarras vivió durante el resto de su vida, en compañía del conde Tendilla y de gran parte de la nobleza andaluza. No se le llamó para la empresa de África, ni para las de Italia o la de Navarra, aunque hubo un instante en que, a raíz del desastre de Rávena (1512), el rey pareció cambiar de criterio.

Profundamente herido por tal conducta, empezó a relacionarse con los bandos opuestos al Rey Católico, cuyos hilos manejaba Maximiliano de Austria. La muerte le salvó de caer en la deshonra. Aquejado por unas cuartanas en Loja, se trasladó a Granada para restablecerse. Pero aquí murió el 2-XII-1515, precediendo pocos días en la sepultura a don Fernando, a quien tanto había servido y de quien se creía tan mal recompensado.

VICENS VIVES, Jaime, Mil Figuras de la Historia, Ed. Instituto Gallach, 1944, Tomo I, págs. 210-211.

Anne de Montmorency

Los hechos del condestable Anne de Montmorency abarcan las páginas de la historia de cuatro reinados de Francia :Luis XII, Francisco I, Enrique II y Carlos IX. Ejerció grandísima influencia en la política y en las guerras de la monarquía francesa, pese a lo cual ni fue un gran general ni un hábil diplomático. Aunque no careció de ciertas facultades, debió su fortuna política a la rancia nobleza de su estirpe y a sus fabulosas riquezas. Montmorency, el hombre de San Quintín, postuló durante su vida una actuación pacífica en el exterior y la lucha a fondo contra la reforma protestante en el interior de Francia. Estas dos características sitúan plenamente su personalidad en el cuadro de la historia francesa del siglo XVI.

Anne de Montmorency, en 1530 por Jean Clouet.Anne de Montmorency, en 1530 por Jean Clouet.

Hijo de Guillermo, barón de Montmorency, Anne (Ana) nació en Chantilly el 12-XI-1493. Recibió su nombre femenino de su madrina, Ana de Bretaña, esposa de Luis de Orleans y futura reina de Francia. Educado muy sumariamente, participó en las guerras de Italia a los diecinueve años de edad. Se distinguió en la batalla de Rávena (1512), y luego, en la de Marignano (1515).

Su nombre empezó a adquirir cierta ascendencia durante los primeros años del gobierno de Francisco I, de cuya madre, Luisa de Saboya, su padre Guillermo era caballero de honor. Con Bayardo se distinguió en la defensa de Mezières (1521). Después de la jornada de la Bicoca (1522), fue nombrado mariscal de Francia.

Hecho prisionero en la batalla de Pavía (1525), recobró muy pronto la libertad e intervino en la negociación del tratado de Madrid (1526), que condujo a término sin preocuparse de sus humillantes cláusulas. Francisco I le distinguió, a su regreso a Francia, con el cargo de lugarteniente general del Languedoc y de grand-maitre de la casa real, lo que le hizo participar en muchos asuntos del Estado.

Montmorency indujo a Francisco I a la Liga de Cognac; fue el responsable de la defección de Andrea Doria y del fracaso de la intervención armada en Nápoles. A pesar de estos reveses y de la paz poco favorable de Cambrai (1529), Anne continuó gozando del favor de Francisco I. En 1531, a la muerte de su padre Guillermo, se convirtió en el señor más poderoso de Francia.

Después de un periodo de desgracia política, Montmorency volvió a ser favorecido por la fortuna con motivo de la tercera guerra entre Francisco I y Carlos V. Derrotó a los españoles ante Narbona (1536) y reconquistó el Piamonte (1537), hecho que le valió la espada de condestable de Francia en 1538. Pese a estos éxitos bélicos, Montmorency sostuvo desde entonces la política de colaboración con Carlos V. El fracaso de las negociaciones de 1541 con el emperador a propósito del ducado de Milán, le acarrearon su desgracia definitiva ante Francisco I.

Retirado en sus posesiones de Chantilly, el condestable se aplicó desde entonces a granjearse el favor de Enrique II. Cuando este ciñó la corona (1547), Montmorency fue reintegrado al poder. Reprimió brutalmente la revuelta de Burdeos en 1548. Tres años después, Enrique II le concedía la dignidad de par de Francia y el título de duque de Montmorency. En este momento, su poder llegó al grado máximo, no obstante la oposición de los Guisas.

Ocupó Metz en 1552. Una serie de reveses militares, que culminaron en la derrota de San Quintín (10-VIII-1557), demostraron su real impericia como supremo general de los ejércitos de Francia. La muerte de Enrique II en 1559 completó el rápido declive de su prestigio. Apartado de la corte, intervino en las primeras luchas de religión. Con el Francisco de Lorena y el mariscal de Saint-André, formó el triunvirato católico para oponerse a los calvinistas (1561). Conquistó Ruán en este año, y al siguiente fue batido y hecho prisionero en la batalla de Dreux (1562).

Como jefe exclusivo del partido católico, dirigió las negociaciones que condujeron a la paz de Amboise (1563). Cuando se inició la segunda guerra de religión, defendió París contra los hugonotes; pero fue derrotado y herido mortalmente en la batalla de San Denís, Falleció dos días después, el 12-XI-1567.

VICENS VIVES, Jaime, Mil Figuras de la Historia, Ed. Instituto Gallach, 1944, Tomo I, págs. 241-242.

Sancho Dávila

Uno de los generales españoles de la época de Felipe II, que llevaron tantas veces a la victoria a los tercios en Flandes y Portugal, fue Sancho Dávila, castellano de Pavía y de Amberes, capitán general y almirante de la Real Armada en Flandes y de la costa del reino de Granada en España.

Retrato anónimo de Sancho Dávila.Retrato anónimo de Sancho Dávila.

Hijo de Antón Blázquez Dávila y de Ana Daza, Sancho nació en Ávila el 21-IX-1523. En sus primeros años siguió la carrera de las letras. Ordenado de menores, pasó a Roma; pero no hallando satisfacción en sus progresos literarios, se alistó en una de las compañías que el emperador Carlos V reclutaba para la campaña de Alemania.

Se distinguió sobremanera en la acción de Mühlberg (23 -IV-1547), al vadear con un puñado de valientes el río Elba. A esta proeza siguieron muchas otras, en particular las realizadas en la toma de la ciudad de África situada en las proximidades de Túnez, uno de los reductos del corsario Dragut (1550).

Más tarde participó en las campañas del Duque de Alba en Italia contra Paulo IV y el Duque de Guisa (1556-1557), y en la desafortunada expedición a las islas Gelves (1560), en la que, como tantos otros soldados españoles, cayó prisionero de los turcos. Habiendo logrado evadirse, Felipe II recompensó sus servicios nombrándole capitán de infantería (15-VII-1561), y poco después castellano de Pavía.

En 1567, cuando el duque de Alba pasó a Flandes, se llevó consigo a Dávila como capitán de su guardia. Fue en esta calidad que le correspondió la misión de arrestar al conde de Egmont. En el campo de batalla, dirigió las operaciones que terminaron en la victoria del Mosa (1568) y se ilustró en la acción de Groninga (1568).

Pero su mayor fama histórica deriva del levantamiento del cerco de Middelburgo, en cuya batalla demostró tanta pericia y valor que desde entonces fue conocido como el rayo de la guerra (1572). Dos años más tarde infligía a Luis de Nassau la severa derrota de Mons (14 de abril). En los azarosos días que siguieron a la muerte de Requesens, tomó al asalto la ciudad de Amberes (4-XI-1576), sin que pudiera evitar los desmanes ulteriores de la soldadesca.

Después de la Pacificación de Gante, regresó a España. Felipe II le creó capitán general de la costa de Granada el 7-XI-1578, al objeto de preparar una expedición contra los berberiscos. Sin embargo, sus servicios fueron utilizados en la campaña de Portugal de 1578, en la que actuó como maestrecampo del duque de Alba. Se distinguió en las conquistas de Lisboa y Oporto (1580). Después de la muerte del duque, quedó adscrito a las órdenes del virrey duque de Gandía. Murió en Lisboa, a consecuencia de una coz de caballo que recibió en el muslo, el 8-VI-1583.

VICENS VIVES, Jaime, Mil Figuras de la Historia, Ed. Instituto Gallach, 1944, Tomo II, pág. 12.