Carlos II

CARLOS II, rey de España (1661-1700; 1665-1700) [Madrid-El Escorial].

El rey Carlos II, llamado el Hechizado, nació en el viejo Alcázar de Madrid el 6 de noviembre de 1661, y murió en el mismo palacio, el 1 de noviembre de 1700, cinco días antes de cumplir los treinta y nueve años. Es Carlos un típico fin de raza, como engendrado por un hombre, Felipe IV, más gastado que viejo, en la última cópula lograda con su segunda esposa, doña Mariana de Austria, según él mismo confesara. Carlos nació raquítico y se crió enfermizo, durando su lactancia cuatro años. Desde su nacimiento, las Cancillerías europeas aguardaban su muerte para repartirse en jirones sus dominios. Sin los angustiados desvelos de la reina madre y los atentos cuidados y sagaces previsiones de aya tan bien elegida como doña María Engracia de Toledo, marquesa de los Vélez, parece casi imposible que hubiera salido adelante.

Recibió, en cambio, pésima educación, en parte por el descuido de la reina madre y la mala elección de maestros y directores. Baste decir, en prueba, que Carlos, rey desde los cuatro años, a los nueve no sabía leer ni escribir, cosa que escandalizó grandemente cuando se supo, y la culpa fue achacada a doña Mariana y al preceptor, Ramos del Manzano, catedrático de la Universidad de Salamanca, ya que al rey niño se le atribuía gran inteligencia por ciertos rasgos propios de la precocidad de los degenerados. G Maura (Carlos II y su corte, t. I, cap. III. La crianza recuerda algunos.

En una recepción, el rey, que disimulaba su debilidad agarrado a una cortina para sostenerse en pie, vio a un Grande cubierto sin su autorización. Enérgicamente cogió su gorro, se lo caló, y luego invitó al Grande a cubrirse. Otro día, en El Escorial, entró en la celda del prior, en ausencia de este, y colocó en la carpeta un dibujo obsceno. El prior volvió a su celda, entró entonces Carlos con algunos cortesanos y preguntó al buen jerónimo qué leía. Cuando este respondió, el rey levantó la carpeta y sacó el dibujo. Era más inteligente de lo que estas bromas celebradas indican, y, ante todo, supo mostrarse digno y patriota, como demostró en su mayor edad

Desde mucho antes de que llegara a cumplirla, preocupaba su boda a los españoles, deseosos de que el rey tuviera un heredero, ya que le faltaban hermanos y tíos varones. Después de la paz de Aquisgrán (1668), cuando eran árbitros de la política exterior de España Peñaranda y el marqués de la Fuente, se pensaba en una princesa de la casa de Borbón. Entre las dos disponibles, María Teresa, hija de Luis XIV y de la infanta española María Teresa, y María Luisa, hija de los duques de Orleáns, se prefería a María Teresa, aunque no pasara de los dos años, ya que de María Luisa, aunque tuviese siete, se decía que era de mal carácter. Muerta María Teresa (1672) y rota la paz por Luis XIV, se vuelve a proyectar la tradicional boda alemana. Sin embargo, durante el valimiento de Valenzuela no se trató de boda, y don Juan José de Austria también tuvo descuidado este asunto, dejándolo acaso para el momento de la paz. Convenida la de Nimega (1678), don Juan decidió el matrimonio de Carlos II con María Luisa de Orleans, sobrina de Luis XIV, guiado no por patriotismo, sino por el deseo de tener una reina hechura suya, que separase todavía más al rey de su madre.

Para ultimar el matrimonio, empezado a negociar en 1678, fue a París, desde Bruselas, con el carácter de embajador extraordinario, don Pablo Spínola Doria, marqués de los Balbases (7 junio 1679). La pretensión de Carlos II fue tan bien acogida por Luis XIV que ocho días después (15 junio) ya se supo en Madrid que las capitulaciones estaban en principio convenidas. Aquel mismo día Carlos II fue a dar gracias a Nuestra Señora de Atocha, y por la noche la corte y el pueblo madrileño tuvieron fiestas y regocijos. Los embajadores español y francés en Roma —el marqués del Carpio y el duque de Estré — pidieron al papa Inocencio XI (1676-1689) las necesarias dispensas, ya que la futura reina de España era nieta de Ana de Austria y biznieta de Felipe II, bisabuelo del rey español. Obtenidas las dispensas, se firmaron en Fontainebleau las capitulaciones matrimoniales (30 agosto 1679) y al día siguiente, jueves, se celebraron allí mismo los desposorios, con la magnificencia característica de Luis el Grande, representando a Carlos II el príncipe de Conti.

En Madrid, Carlos II y don Juan —el cual no había de ver a María Luisa, pues murió mes y medio antes de que esta pasara la frontera— se ocupaban de organizar la casa de la reina. Carlos II la esperó a tres leguas de Burgos, en Quintanilla, donde el Patriarca ratificó el casamiento el día 19 de noviembre, entrando los reyes, ya casados, en las Huelgas el día 20 y solemnemente en la ciudad de Burgos el día 21. La capital de Castilla se esmeró en los festejos y en ella vio María Luisa, por primera vez, la fiesta de los toros.

El 2 de diciembre llegaron a Madrid los reyes y se alojaron en el palacio del Buen Retiro, hasta el día 13, señalado para la entrada solemne de la reina en la capital de la monarquía. La reina María Luisa murió en Madrid, antes de cumplir los veintisiete años, el 12 de febrero de 1689, con la amargura de no haber dado al rey y a España el heredero que deseaban.

Diez días después de la muerte de María Luisa, el Consejo de Estado suplicaba a Carlos II que contrajera nuevo matrimonio.

La elección de María Ana de Neoburgo para nueva esposa quedó acordada al mes de morir María Luisa, esto es, el 15 de marzo de 1689.

El rey estaba en Simancas, y el 4 de mayo de 1690, día de la Ascensión, entró en Valladolid y en palacio, donde la reina ya le esperaba. Los días que Carlos y María Ana permanecieron en Valladolid fueron de fiesta continua: ceremonias religiosas, recepciones, mascaradas, cañas, fuegos artificiales, corridas de toros, comedias. El 11 de mayo salieron Carlos y María Ana de Valladolid, y por Olmedo, Martín Muñoz, Villacastín y Guadarrama, lugares en cada uno de los cuales pasaron una noche, llegaron al palacio de El Pardo, donde la reina madre abrazó a su nuera el día 15. El día 16 Carlos II llevó a su esposa al Retiro, desde donde esta escribió a su padre, diciéndole: Marido y suegra me demuestran cariño.

El 20 de mayo hizo la reina su entrada solemne en Madrid. El rey la presenció desde las casas del conde de Oñate. Cuando doña María Ana llegó al Alcázar, ya la esperaba en él su marido. Pronto se convenció Mariana de Neoburgo de que tampoco ella daría a España el ansiado heredero, y se mezcló en las intrigas cortesanas y europeas por la sucesión de España.

Si se cumplia el testamento de Felipe IV, Mariana de Austria debía cesar en las funciones de gobernadora el 6 de noviembre de 1675, día en que Carlos II alcanzaba los catorce años de edad. Doña Mariana presentó a su hijo algunos días antes un escrito, por el cual, reconociendo el retraso de su educación y crianza, prorrogaba por dos años más la regencia, Carlos II la dejó estupefacta negándose a firmarlo. En efecto, instigado por un cuarteto de intrigantes —su confesor el padre Montenegro, su caballerizo el conde de Medellín, su camarero el conde de Talhara y su preceptor don Francisco Ramos del Manzano — parecía firmemente resuelto a encargarse del gobierno de sus Estados, con la colaboración de su hermano bastardo don Juan José de Austria, al que había prevenido que aquel día se hallase en Madrid. Pero en el momento que más falta le hacían, al pobre Carlos II se le quebraron las energías. En la capilla de Palacio se dispuso un Te Deum, por la mayoría de edad, Doña Mariana no asistió a la ceremonia. Terminada esta, Carlos II pasó a las habitaciones de su madre, de las que salió, tras larga conferencia, muy cambiado y con señales evidentes de haber llorado como un niño débil, como lo que era.

Don Juan esperaba las órdenes del rey en el Retiro, pero recibió no la de presentarse en palacio, sino la de retirarse a Aragón.

De 1675 a 1679

Doña Mariana y su consejero, Valenzuela, habían creído hallar una solución intermedia, asesorados por los Consejos de Estado y de Castilla: la Junta de Gobierno proseguiría en sus funciones otros dos años y con ella despacharían juntos el rey y la reina gobernadora. La Junta estaba deshecha y reducida, en realidad, a dos miembros, el sagaz Villaumbrosa y el activo Navarra. Bastaron para imponer a doña Mariana dos nombramientos que no le eran muy gratos: el de un confesor dominico, fray Tomás Carbonell, para ocupar el puesto de Montenegro, y no un jesuita como ella pretendía, y el de Valenzuela como embajador en Venecia, con el fin de alejarlo. Pero esto no se consiguió, pues Valenzuela fue a Andalucía con el título de capitán general del Reino de Granada, cargo que tuvo poco tiempo pero lo bastante para dejar allí recuerdo de su vanidad.

Los dos años convenidos para esa especie de modus vivendi no llegaron a consumirse, pues Valenzuela volvió de Granada y el 22 de septiembre de 1676 fue nombrado primer ministro. La alta nobleza, indignada por el encumbramiento de aquel aventurero, reclamaba su destitución y que se llamara a don Juan de Austria. Como los Consejos también proponían que se le llamase y Carlos II, siempre débil y voluble, parecía volver a su primer pensamiento, Valenzuela huyó de Madrid y se acogió a sagrado en El Escorial. Don Juan, llamado por el rey, hizo su entrada en Madrid, e inmediatamente se encargó del gobierno, que tuvo en sus manos hasta el día de su muerte, 17 de septiembre de 1679.

Durante los cuatro años escasos que van desde el día que Carlos II llegó a la mayor edad hasta el de la muerte de su hermano bastardo, Carlos II se dejó gobernar, primero por su madre y Valenzuela y luego, casi tres años, por don Juan. Nada trascendental se hacía en la política interior y en la exterior tampoco se hizo otra cosa que seguir el camino impuesto por Luis XIV, camino por el que se llegó a la paz de Nimega, en la que hubo dos tratados, uno secreto entre Luis XIV y los Estados Generales de Holanda (10 agosto 1678), en el que se prescindió de España, con gran sorpresa de los negociadores españoles don Pedro Ronquillo y don Felipe Spínola, marqués de los Balbases, y otro entre Luis XIV y Carlos II (17 septiembre 1678), que fue recibido en Madrid con alegría, porque los franceses devolvían Puigcerdá y otras plazas de Cataluña y evacuaban Mesina, donde estaban como protectores de los sicilianos rebeldes, todo ello bien poco, si se considera que en Nimega España cedió a Francia el Franco Condado y numerosas plazas de Flandes, algunas tan importantes como Valenciennes, Bouchain, Cambray e Ypres.

En una sola cosa la intervención de Carlos II fue indudable: al elegir por esposa a María Luisa de Orleáns, sobrina de Luis XIV, bien que con menos libertad de la que él suponía, pues la boda fue preparada por don Juan José, aunque no llegara a verla realizada.

De 1679 a 1685

Desde la muerte de don Juan José de Austria (17 septiembre 1679) se pensaba en la necesidad de sustituirlo, pues no era posible que Carlos II gobernase por sí mismo. No faltaban quienes creyeran que la reina madre, que había estado confinada en Toledo y fue llamada por su hijo el mismo día que don Juan murió, convencería a su hijo de la oportunidad de constituir otra Junta de Gobierno y que esa junta se integraría con hombres adictos a doña Mariana, que volvería a tener el poder en sus manos, ya que la reina joven no mostraba la menor afición a la política. Para ambas soluciones había candidatos.

Para presidente de la Junta se indicaba al duque de Frías y condestable de Castilla, don Íñigo Melchor Fernández de Velasco y Tovar, mayordomo del rey y abiertamente adicto a doña Mariana. Para primer ministro se hablaba del duque de Medinaceli, don Juan Francisco Tomás de la Cerda Enríquez de Ribera, sumiller de corps y antiguo secuaz de don Juan de Austria. Eran los jefes de los dos partidos: el austriaco y el nacional o donjuanista L. Pfandl, Carlos II, Madrid, 1947, pág. 225. Entre esos dos partidos navegaba cauteloso el secretario interino del Despacho Universal, don Jerónimo de Eguía, uno de tantos secretarios vizcaínos, trabajador y honesto, que insinuaba al rey que se dejara guiar por la reina madre y no nombrara ni Junta de Gobierno ni primer ministro.

Al fin, Carlos II eligió como primer ministro al poderoso duque de Medinaceli, jefe de los donjuanistas, que se mostró laborioso, pero ineficaz por falta de energía. Como no había otros ministros o secretarios de departamento, Medinaceli debía auxiliarse de los Consejos, y principalmente del de Estado, cuya presidencia correspondía al rey. El duque de Medinaceli tuvo desde el primer momento una enemiga, doña Mariana de Austria, que le acusaba de inepto, especialmente porque ella cobraba mal su pensión y determinó su destitución y confinamiento en Cogolludo (Guadalajara), pueblo del señorío de Medinaceli, el 11 de junio de 1685. Una ligera revisión de la política interior y exterior durante el ministerio de Medinaceli nos mostrará la escasa parte que en ella tuvo Carlos II, pues la que le correspondía se la repartieron la reina madre y Eguía.

Medinaceli recibió en mal estado la Hacienda y en sus manos no mejora. La vieja práctica de incautarse del dinero de particulares a la llegada de la flota de Indias, dio ocasión a un gran escándalo. Uno de los despojados, el elector de Brandenburgo, se cobró por sus propios medios y con exceso, apresando dos barcos mercantes españoles a la altura de Ostende. A un comerciante de Madrid que se atrevió a reclamar una reducción de los tributos, se le asesinó, dando ese asesinato ocasión a tumultos. Los gremios de panaderos y zapateros de Madrid se manifestaron también tumultuosamente. Algo inaudito fue la huelga de brazos caídos del personal subalterno de Palacio, en julio de 1680, esto es, a los cinco meses de encargarse Medinaceli del gobierno, porque hacía más de un año que no percibía sus sueldos. Convencido Medinaceli de que la mayoría de estos males venía del desorden, pensó hacer un presupuesto. El Consejo de Hacienda se asustó del trabajo y el ministro tuvo que renunciar a su idea.

De España no se esperaba nada internacionalmente, y si el emperador Leopoldo I y Luis XIV no la olvidaban era pensando en la muerte sin descendencia del desgraciado Carlos II. La impaciencia llevó al rey de Francia a inventar un pretexto para mermar, en beneficio propio, los dominios españoles de Flandes. Porque, según él, no se cumplía lo convenido en Nimega, se apoderó de Courtray, a pesar del heroísmo de sus defensores (noviembre 1683), y ocupó a continuación Dixmude. Europa entera vio la injusticia de esta agresión, pero España no hallo quien la defendiera, aunque estaba aliada con Suecia, Holanda y el Imperio. España, si ya no tenía fuerzas, tenía todavía dignidad y declaró la guerra a Luis XIV (26 octubre 1683).

La lucha fue corta y, lógicamente, funesta para España. Los frentes de batalla eran dos: la frontera española y Flandes. El mariscal francés Bellefonds, después de amagar por Navarra (marzo 1684), invadió Cataluña, poniendo en fuga a las tropas españolas que trataron de detenerle en el río Ter, y puso sitio a Gerona. Pero esta campaña no era otra cosa que una maniobra de diversión. La verdadera guerra se hacía en Luxemburgo. La capital fue atacada por el mariscal Créqui y por el gran ingeniero Vauban, y el jefe de la guarnición, compuesta de españoles y valones, príncipe de Chimay, tuvo que capitular después de una defensa verdaderamente heroica (4 junio 1684).

Cuando Créqui tomó otra plaza importante, Tréveris, el emperador y Holanda aceptaron la paz que Luis XIV les ofrecía. España, abandonada, no tenía otra solución que someterse a las exigencias de Luis XIV. Por el tratado de Ratisbona (15 agosto 1684), Luis XIV obtuvo del emperador la posesión pacífica de Estrasburgo, durante veinte años, y de España la renuncia a Luxemburgo, la formidable plaza que era clave de la defensa de los Países Bajos, a cambio de la restitución de Courtray y Dixmude. Tal es el balance de la política bélica de Medinaceli.

En abril de 1685 se produce un cambio importante en el gobierno de España. El duque de Medinaceli había rogado a Carlos II que le sustituyera en los múltiples cargos que tenía y que ya le pesaban. El rey le propuso que conservara los cargos palatinos —sumiller, caballerizo mayor— y compartiera el gobierno con el conde de Oropesa. Accedió Medinaceli, pero el 11 de junio recibió una orden del rey, transmitida por el secretario Eguía, en que secamente se le anunciaba la destitución de todos sus cargos y se le señalaba como lugar de confinamiento Cogolludo (provincia de Guadalajara), donde la casa de Medinaceli tenía un bello palacio. El destierro, bastante semejante al de Lerma y al de Olivares, no se hubiera producido sin las intrigas de la reina madre, amargada —como se ha dicho antes— por la irregularidad con que percibía su pensión.

De 1685 a 1691

Don Manuel Joaquín Álvarez de Toledo, conde de Oropesa, tuvo en sus manos el gobierno del ruinoso Imperio español desde el 11 de junio de 1685, aunque no recibiera el nombramiento de primer ministro hasta 1688, y lo conservó hasta el 27 de junio de 1691. La caída de Oropesa fue obra de la nueva reina, Mariana de Neoburgo, que le odiaba porque había defendido la candidatura de la infanta Isabel María de Portugal, hija del rey Pedro II (1689). El conde de Oropesa comenzó su gestión con reformas en la administración y en la Casa Real, que suponían amplias reducciones de personal. En ese escollo se estrelló Oropesa, y no consiguió mucho más cuando pretendió restringir la importación de manufacturas de lujo. Contra la obra del ministro trabajaban sus mismos colaboradores y la propia condesa que, de acuerdo con ellos, traficaba con los empleos y los víveres.

Las dos reinas, con ayuda del partido austriaco, se propusieron arrojar del gobierno a Oropesa. Los conjurados redactaron un memorial de cargos y por mano del duque de Arcos se lo entregaron a Carlos II. El rey, correctamente, puso el memorial en manos de Oropesa, que no tardó en devolvérselo acompañado de un escrito de exculpación, rogándole que no resolviera sin leer los dos. Carlos II no los leía y dejaba pasar el tiempo. Los conspiradores se impacientaban, por lo que Arcos solicitó una nueva audiencia del rey y en ella pidió claramente la separación del ministro. Como Carlos II no se resolvía a hacerlo, intervino la reina madre, que en la mañana del 27 de junio de 1691 tuvo con su hijo una larga conversación. Aquella misma tarde el conde recibió una carta en que el rey le ordenaba retirarse lo antes posible a su villa toledana de Oropesa. El ministro obedeció. El rey le abrazó en la visita de despedida. La reina madre le habló con aspereza y le recibió con frialdad. Mariana de Neoburgo se negó a recibirle L. Pfandl, Carlos II, pág. 282.

Había dado pruebas, el conde de Oropesa, de cautela y actividad, frente a las ambiciones de Luis XIV, negociando con Suecia, Austria y los príncipes del Imperio una estrecha inteligencia que desembocó en la llamada Liga de Augsburgo (29 junio 1680). Luis XIV trató de deshacerla, ofreciendo a España y Austria convertir en paz definitiva la tregua de Ratisbona, Como no lo lograba, rompió hostilidades contra el Imperio, con fútiles pretextos, la Renania y el Palatinado (1688). Este contratiempo fue compensado por la adhesión a la Liga del nuevo rey de Inglaterra, Guillermo de Orange, y de Holanda (Viena, 1689 y 1690).

De 1691 a 1697. Paz de Ryswick

En 1689, Luis XIV abrió hostilidades contra las potencias signatarias de la Liga de Augsburgo, atacando por tierra en Flandes y en Cataluña y por mar en el Mediterráneo y en el mar de las Antillas. En Flandes mandaba las fuerzas francesas el mariscal de Humieres, las holandesas el príncipe de Waldeck y las españolas el marqués de Gastañaga y en este año hubo combates decisivos. Pero en 1690 el mariscal de Luxemburgo venció en la sangrienta batalla de Fleurus (1 julio) a los ejércitos aliados que hubieron de replegarse a Bruselas.

La campaña de 1691 fue iniciada por el propio Luis XIV atacando con un ejército de cien mil hombres a la plaza de Mons, cuya guarnición, unos seis mil hombres, españoles en mayoría, a las órdenes del príncipe de Berghes, tuvo que rendirse (8 abril 1691). El rey de Inglaterra culpaba de esta pérdida a Gastañaga; pero su presencia en Flandes tampoco sirvió para impedir que el mariscal de Luxemburgo se apoderase de Hall (junio 1691). El duque de Saboya, aliado, llevó también la peor parte en sus encuentros con el mariscal de Catinat. En Cataluña, la guerra también empezó mal para España y para sus aliados. El duque de Noailles entró en tierra catalana y en pocos días se apoderó de Camprodon (23 mayo 1689), plaza que no tardó en recobrarse (25 agosto). Sin embargo, el virrey, duque de Villahermosa, fue destituido. El nuevo virrey, duque de Medinaceli, no parecía tener más espíritu combativo, pues, a poco de llegar, perdió Urgel (12 junio 1691).

Esa era la situación militar cuando Carlos II despidió a Oropesa. No faltaban personajes y personajillos que aspirasen a sucederle. Cada una de las dos reinas tenía su candidato. A falta de primer ministro, se constituyó una especie de ministerio acéfalo que, por llamarlo de algún modo, se decía otra vez Junta de Gobierno. Eran los secretarios o ministros don Juan Francisco Enríquez de Castro, conde de Melgar; el duque de Pastrana, que murió en 1693; el marqués de Villafranca, mayordomo mayor del rey; el conde de Aguilar; don Fernando de Aragón y Moncada, duque de Montalbo, y don Carlos de Este, marqués de Borgomanero. Todos eran adictos al rey y del partido austriaco; pero tenían ambiciones incompatibles.

Frente a esa Junta de embusteros, como la llamaba el pueblo, porque ocultaba los desastres militares, estaba la llamada Compañía de los siete justos, hombres honestos que se proponían salvar a la nación. La formaban tres nobles, los marqueses de Cifuentes, Villagarcía y Ariza; dos hombres de toga, don Francisco Ronquillo, corregidor de Madrid, y don Manuel de Lira, alto funcionario, y dos hombres enérgicos, Delboa y Oretia. Estos hombres tenían lo que faltaba a la Junta: espíritu de unidad L. Pfandl, Carlos II, págs. 286-287. Ronquillo, en nombre de todos, pidió a Carlos II, en 1692, que hiciera una paz separada con Luis XIV. Carlos II le oyó, pero no siguió el consejo.

La guerra seguía en todos los frentes. Luis XIV, en persona, tomó el mando del ejército de Flandes y, con la cooperación de Vauban, puso sitio a Namur (mayo 1692) y la rindió (junio), sin que pudieran impedirlo ni el rey de Inglaterra ni el elector de Baviera, que mandaban las fuerzas aliadas. Por mar, en cambio, la flota inglesa venció en la Hogue a la francesa (1692), perdiendo en aquel combate todas las esperanzas de sentarse en el trono inglés Jacobo Estuardo. En el año siguiente Luis XIV siguió triunfando en tierra (batalla de Neerwinden, 29 julio 1693) y hasta obtuvo una revancha marítima en aguas de Lagos (Portugal).

En las campañas de 1694 y 1695, los generales de ambos campos mostraron su maestría. El mariscal de Luxemburgo murió (4 enero 1695) y Orange recobró Namur. En Saboya y el Delfinado, el duque de Saboya consumió en cuatro años sus fuerzas y las que le enviaba el marqués de Leganés, gobernador de Milán, sin obtener grandes ventajas. En Cataluña, la lucha se llevó torpemente por los jefes españoles.

El virrey duque de Medina-sidonia, en lugar de perseguir por el Rosellón al mariscal Noailles, cuyas fuerzas eran inferiores, se retiró (1692), dejando la iniciativa al francés que, al año siguiente, con la cooperación del conde d'Estrées, se apoderó de Rosas (junio 1693). Medina-sidonia fue depuesto, pero el duque de Escalona, nuevo virrey, fue derrotado por Noailles a orillas del Ter, que sucesivamente ocupó Palamós (2 junio), Gerona (26 junio), Hostalric (17 de julio), Corbera y Castellfollit. Mientras Luis XIV premiaba a Noailles con el título de virrey de Cataluña (9 julio), Carlos II tuvo que destituir a Escalona, poniendo en su lugar al marqués de Gastañaga. Noailles se retiró a Francia, enfermo, y el duque de Vendôme tomó el mando de las fuerzas francesas.

La actitud de Carlos II durante estos años fue de cobarde pasividad. Había pedido la Diputación de Aragón que el rey se trasladara al frente para tomar el mando supremo de los ejércitos, si se hacía preciso, y alentar con su presencia a las tropas, como hacía Luis XIV, Carlos II sometió la petición al Consejo de Estado y escuchó su deliberación tras una celosía. Como la mayoría de los consejeros opinaban que el viaje costaría mucho y aprovecharía poco, Carlos Il corrió presuroso a las habitaciones de la reina, gritando: ¡No vamos a Aragón! ¡No vamos a Aragón! Esa ingenua alegría es bastante significativa Duque de Maura, Vida y reinado de Carlos II, Madrid, 1942, t. III, pá gina 42, aunque el hecho no fuera tan grotesco como lo cuenta L. Pfandl, Carlos II, pág. 302.

La campaña de 1696 tampoco fue afortunada para las armas españolas. En un encuentro a orillas del Tordera, las tropas se desordenaron, pereciendo casi toda la caballería valona con su comisario el conde de Tilly. Se clamaba contra el virrey Gastañaga y su maestre de campo el marqués de Villadarias. Los dos fueron destituidos, ocupando el puesto de virrey Velasco y el de Villadarias el conde de la Corzana. Se hablaba de paz y Luis XIV quería ponerse en condiciones de dictarla. Para ello ordenó al duque de Vendôme y al almirante d'Estrées que tomasen Barcelona.

El virrey Velasco se dejó sorprender por Vendôme en Molins de Rey (14 julio 1697) y fue destituido, confiándose el cargo a otro inepto, Corzana (7 agosto 1697), que a los tres días firmó una tregua (10 agosto), que empezó a regir el 1 de septiembre y durante la cual se dejó sorprender por Vendôme, que ocupó Barcelona y poco después Vich. Carlos II nombró jefe del ejército de Cataluña, que se encontraba en Martorell, al príncipe de Darmstadt, y las negociaciones de paz que habían comenzado en mayo en la ciudad holandesa de Ryswick, por la mediación de Suecia, dieron por resultado una paz general.

Luis XIV reconoció como rey de Inglaterra a Guillermo de Orange; devolvió todas las conquistas hechas en Holanda y los Países Bajos españoles después de la paz de Nimega y todas las plazas que las armas francesas ocupaban en Cataluña (20 septiembre 1697). El emperador se adhirió a la paz y el Rhin quedó como frontera entre Francia y el Imperio. El tratado produjo en España gran alegría. La generosidad de Luis XIV tenía una explicación: deseaba hacerse grato a los españoles, ya que aspiraba a la sucesión de España un príncipe de su familia.

La sucesión (1697-1700)

El problema de la sucesión española era la cuestión más importante de la política española y europea. Pero su solución no podían darla ni la voluntad de Carlos II ni la habilidad de los diplomáticos. La dieron, al fin, las armas en una guerra de Sucesión, larga y complicada. El 15 de mayo de 1696 murió la reina madre. Desaparecida una de las dos mujeres que dominaban al rey, quedaba otra, menos temible, la reina joven. Carlos II, al que no faltaba astucia, arma de los débiles, acertó a burlarla, haciendo que el ministro por ella odiado, el conde de Oropesa, se acercase a Madrid. En Villaviciosa de Odón, a tres leguas de la corte, estudiaba los asuntos y los devolvía despachados al rey. Durante una grave enfermedad de los reyes, el cardenal Portocarrero consiguió que Carlos designara heredero a José Fernando de Baviera (14 septiembre 1698) y se avino a constituir con Oropesa, que fue llamado a la corte, una regencia bipersonal que gobernaría a España si el rey moría. Cuando María Ana de Neoburgo supo todo esto, rompió el testamento y la designación de regentes fue anulada.

El 8 de febrero de 1699 murió el príncipe José Fernando de Baviera, y los dos partidos, el austriaco y el francés, quedaron frente a frente. Los dos personajes más importantes de la corte, Oropesa y Portocarrero, eran rivales ante la gran cuestión: Oropesa se sumó al partido austriaco; Portocarrero, al francés. Los motines que la carestía de los víveres produjo en Madrid (25 abril y 24 mayo 1699) inutilizaron a Oropesa, y Portocarrero quedó dueño de la situación.

Después de no pocas intrigas —la de los hechizos del rey es la más famosa— Portocarrero consiguió de Carlos II, moribundo, un testamento en favor de Felipe [V], duque de Anjou y nieto de Luis XIV (2 octubre 1700). El 1 de noviembre de 1700, entre dos y tres de la tarde, falleció Carlos II. Fue la muerte liberadora de un hombre agotado. El 5 de noviembre, cuando, de vivir, hubiera cumplido cuarenta años, su cadáver fue llevado al Escorial.

SANZ AYAN, Carmen, Diccionario Biográfico Español, Real Academia de la Historia, 2010, Vol XI, págs. 470-479.