Carlos I de España

Datos biográficos

Rey de España: 1665-1700
Nacimiento: 24-II-1500
Fallecimiento: 21-IX-1558
Predecesor: Felipe I
Sucesor: Felipe II
Dinastía: Austria, Habsburgo
Padre: Felipe I el Hermoso
Madre: Juana I La Loca
Consorte: Isabel de Portugal

Índice

Introducción
El reinado
Primer periodo: 1517-1522
Segundo periodo: 1522-1556
Política antiturca
Antiluteranismo
Política indiana
Abdicaciones de Carlos V
El retiro de Yuste

Introducción

Rey de España, 1556-1598. Hijo de Felipe I y de Juana I; nieto, por tanto, del emperador Maximiliano (por línea paterna) y de los Reyes Católicos (por línea materna), se educó en Gante, donde había nacido el 24 de febrero. En Flandes vivió durante su infancia, orientado en su educación por Chievres y Adriano [VI] de Utrech. Conoció el esplendor intelectual de la tierra flamenca, y admiró en su juventud a Erasmo, a quien invitó a venir a España, lo que hizo el humanista.

Carlos ICarlos I por Tiziano

Aunque don Carlos no se casara hasta 1526, cumplidos los veintiséis años, con Isabel de Portugal, no fue ese el primer proyecto matrimonial. En la paz de Noyon (1515) se había convenido que Carlos contrajera matrimonio con Luisa, hija del rey de Francia, Francisco I, a la que pasarían los derechos que el francés reivindicaba sobre el reino de Nápoles. Hasta que Luisa alcanzase la edad núbil, Carlos debería pagar 100.000 coronas anuales en concepto de renta por el reino de Nápoles, y 50.000 mientras el matrimonio no alcanzase sucesión. En el caso de morir Luisa antes de casarse, la reemplazaría otra hija del rey francés, Claudia. Así ocurrió, pero tampoco este matrimonio llegó a realizarse.

En 1522, Carlos V visitó en Londres a sus tíos, los reyes de Inglaterra Enrique VIII y Catalina de Aragón. Con Enrique VIII hizo un tratado de alianza, dirigido contra el rey de Francia, Francisco, y, para dar más fuerza a lo acordado, se convino que Carlos casaría con una princesa inglesa, María Tudor. Tampoco este convenio matrimonial llegó a ser realidad.

En 1525, las Cortes de Castilla reunidas en Toledo pidieron al rey que se casara, y expresaron su deseo y su esperanza de que la elegida de Carlos para reina de España fuera su prima Isabel de Portugal. Carlos, gracias a su prudencia, no había realizado prematuramente ni un matrimonio francés ni un matrimonio inglés, pues hubiera disgustado a la casa no elegida, llegando así con las manos libres a esta sazón oportuna, por su edad y por su reciente victoria sobre Francia (Pavía), para contraer matrimonio a su gusto, y dio a entender a los procuradores que seguiría su consejo.

Don Carlos casó, en efecto, con Isabel de Portugal, en marzo de 1526, en el Alcázar de Sevilla. Había cumplido el 24 de febrero veintiséis años, y la novia tenía veintidós, edades una y otra excepcionales entonces por lo avanzadas en los matrimonios regios. Con esta boda continuaba Carlos la política matrimonial de sus abuelos los Reyes Católicos.

Si pensó hacer un matrimonio político o ventajoso, pues la novia era rica, fue en él mucho más dichoso de lo que podía suponer. El matrimonio de Carlos V no duró catorce años, pues la emperatriz Isabel murió en 1539, de treinta y seis años de edad. Don Carlos, aunque no llegaba a los cuarenta, y vivió todavía otros diecinueve, no volvió a casarse.

Dio la emperatriz Isabel a don Carlos cinco hijos: tres varones seguidos y luego dos hembras. Los hijos fueron Felipe II, el primogénito (n. Valladolid, 1527), Juan, nacido y muerto en Valladolid en 1528, al que siguió Fernando, también de muy corta vida. Las hijas fueron: María (n. 1528?), que casó con Maximiliano II, al que dio numerosa descendencia, y Juana (n. 1535), que casó con el príncipe portugués don Juan en 1552, y fue madre del rey de Portugal, don Sebastián.

Carlos V, cuya vida privada supera a la de todos los soberanos de su tiempo en honesta dignidad, tuvo una hija, antes de su matrimonio y un hijo estando ya viudo. La hija se llamó Margarita y nació en Oudenarde (Flandes), en diciembre de 1522. Fue el fruto de los amores juveniles, pero no prematuros, del emperador con Juana van der Gheyst, cuyos padres pertenecían a la nobleza de Flandes. Esta hija natural de don Carlos es la mujer ilustre conocida en la Historia con el nombre de Margarita de Parma.

El hijo que Carlos V tuvo después de enviudar fue el insigne y desgraciado don Juan de Austria, habido de Bárbara de Blomberg.

El reinado

Fernando el Católico, que murió el 23 de enero de 1516, había nombrado heredero de todos sus Estados a su nieto Carlos, y gobernador interino de Castilla al cardenal Cisneros. En cuanto la noticia de la muerte de don Fernando llegó a Flandes, Carlos embarcó para España y a los once días pisó por primera vez tierra española en el puerto de Tazones (Asturias), el 17 de septiembre de 1517.

Tenía don Carlos diecisiete años cuando desembarcó en Asturias; el 16 de enero de 1556, cuando abdicó los dominios españoles en su hijo Felipe II, iba a cumplir cincuenta y seis; y hacía siete meses que había cumplido los cincuenta y ocho cuando murió en Yuste, el 21 de septiembre de 1558. Su largo reinado puede dividirse en dos periodos, aunque muy desiguales: uno, que va desde su desembarco en Asturias hasta su regreso a España, el 7 de julio de 1522; otro, desde este, día hasta el de su abdicación. Durante el primero, Carlos siguió los Consejos de sus Cortesanos. En el segundo tomó en sus manos el gobierno y dirigió la política con plena responsabilidad, según sus propias inspiraciones y con mayor acierto.

Primer periodo: 1517-1522

Esperaban a don Carlos en España el cardenal Cisneros que no llegó a verle y su principal maestro Adriano, y con él vinieron el mariscal de su corte, Guillermo Croy, señor de Chièvres; sel canciller Juan de Sauvage, que murió pronto; Mercurino de Gattinara, monsieur Chaulx y un numeroso cortejo de personas menos significadas.

El más influyente, Croy, al que llamaban alter rex, estaba interesado en tener a Carlos apartado de la influencia española. Chièvres y sus compañeros se distribuyeron los cargos civiles y eclesiásticos más lucrativos de Castilla. La mitra de Toledo, vacante por muerte de Cisneros, fue para un sobrino de Chièvres, llamado como él Guillermo de Croy, que no pasaba de los veinte años y era ya obispo de Cambray y de Coria. Ese nombramiento fue el caso más escandaloso del favoritismo y nepotismo que reinaron en los primeros años de Carlos V.

Contra los consejos de Cisneros, los flamencos llevaron a don Carlos a Valladolid, para donde se habían convocado Cortes que abrieron sus sesiones el 2 de febrero de 1518. Había sido designado presidente Juan de Sauvage, pero el procurador de Burgos, Zumel y otros castellanos le expulsaron de la Sala Capitular de San Pablo, y las presidió, al fin, un español, el obispo de Badajoz, don Pedro Ruiz de la Mota. Zumel habló con sensatez y claridad que no supieron apreciar los consejeros de don Carlos, más atentos a recoger el servicio extraordinario que los castellanos otorgaron (mayo 1518) y a extender un tributo impopular, la alcabala, a clases sociales tradicionalmente inmunes, como los hidalgos y los eclesiásticos.

El disgusto de Castilla era lógico, y la ciudad de Toledo tomó la iniciativa de advertir al rey los peligros de semejante política por medio de una embajada, que no fue recibida. Desde Valladolid fue don Carlos a Zaragoza, donde tuvo Cortes de los aragoneses, que le reconocieron por rey y le otorgaron un servicio.

De Zaragoza marchó a Barcelona, donde las Cortes catalanas, abiertas el 26 de febrero de 1519, le reconocieron también por señor. La prolongación de sus sesiones hasta el 19 de enero de 1520 impidió a don Carlos reunir Cortes con los valencianos, pues ya había sido electo emperador de Alemania (28 junio 1519) y necesitaba ir a Galicia, para tener nuevamente Cortes castellanas y embarcar inmediatamente para Flandes y Alemania.

Las Cortes de Santiago se abrieron el 31 de marzo de 1520, bajo la presidencia del obispo de Badajoz. Las sesiones, suspendidas el 4 de abril, continuaron en La Coruña y se dieron por terminadas el 19 de mayo, una vez votado por los Castellanos el considerable subsidio que se les pedía, y al día siguiente don Carlos embarcó en aquel mismo puerto, en la flota preparada por el obispo de Palencia y Burgos, don Juan Rodríguez Fonseca.

Ejecución de los comuneros de Castilla.Ejecución de los comuneros de Castilla por Antonio Gisbert.

Atrás quedaba España, amenazada de graves desórdenes, mientras se alejaba el emperador en plena juventud, que al llegar a Aquisgrán se encontró las tierras de su Imperio hondamente perturbadas por las luchas religiosas y sociales que las doctrinas de Martín Lutero habían despertado. En la última sesión de La Coruña se dieron a conocer dos provisiones de don Carlos. Por una nombraba gobernador de Castilla al cardenal Adriano, virrey de Aragón a don Juan de Lanuza y virrey de Valencia a don Diego de Mendoza, conde de Melito, Por la otra prometía y juraba que, mientras durase su ausencia, no conferiría oficio ni beneficio alguno a extranjeros.

La equivocada política de Carlos y sus consejeros fue el más fuerte incentivo del movimiento político conocido por las Comunidades de Castilla, vencido con facilidad por los representantes del emperador en Villalar, donde quedó deshecho el ejército de la Junta Santa el 23 de abril de 1521, y de las luchas sociales llamadas Germanías (Hermandades) en Valencia y Mallorca, también vencidas, aunque no con tanta rapidez y facilidad.

Segundo periodo: 1522-1556

En mayo de 1521 estando Carlos V en Worms, un ejército francés invadió Navarra en nombre del que se decía rey de aquel antiguo reino, Enrique de Labrit. Los gobernadores de Castilla, con la cooperación de las ciudades castellanas que acababan de ser vencidas en Villalar, rechazaron tan peligrosa invasión, Carlos, dejando por gobernadora de Flandes a su tía Margarita, embarcó en Calais, puerto entonces inglés, y se dirigió a Dover, y de aquí a Londres, donde pasó casi un mes con sus tíos los reyes de Inglaterra, Enrique VIII y Catalina de Aragón.

El resultado de entrevista fue una estrecha alianza contra Francisco I, rey de Francia, y el convenio de un matrimonio entre Carlos y una princesa inglesa, matrimonio que no se realizó (junio 1522). La flota imperial, en la que venían 4.000 soldados alemanes de infantería, salió de Southampton el 7 de junio y a los diez días entró en Santander (7 julio 1522), desde donde los soldados fueron enviados a San Sebastián. En Santander esperaban a don Carlos el Condestable y el Almirante, pues el Cardenal Adriano estaba en Tarragona, dispuesto embarcar para Italia por haber sido elegido Papa.

Después, de liquidar el movimiento de la Comunidades, tras algunos nuevos castigos con la lectura pública de la carta real de amnistía, el 1 de Octubre en Valladolid encomendó la liquidación de las Germanías a doña Germana de Foix en Valencia (1523) y a los jurados en Mallorca (1524). Se inicia así el nuevo periodo del reinado, que fue muy personal, pues Chièvres había muerto, y en adelante no se vio en la Corte ministro ni consejero alguno que pudiera vanagloriarse de ejercer sobre el soberano una influencia decisiva.

Para comprender mejor la actuación de Carlos V conviene tener presentes los múltiples problemas que hubo de resolver y su idea imperial.

Fueron esos problemas, aparte del gobierno interior de tantos y tan diversos países como dominaba, la dirección de las Conquistas oceánicas y la regulación del comercio indio-americano; la Reforma religiosa; el peligro turco; y Francia, representada por su rey, Francisco I, con sus pretensiones a los Países Bajos, al Rosellón, a la Navarra española y a los dominios españoles de Italia.

Desde su juventud alimentó Carlos, en lo más profundo de su alma, una ambición extraordinaria, bien expresada en la divisa Plus Ultra, pero esa ambición no se la inspiró el espíritu de dominación de los españoles. Antes de que don Ramón Menéndez Pidal revisara el alcance y el origen de la idea imperial de Carlos V, Col. Austral, 1941 se aceptaba generalmente que no era suya sino del canciller Mercurino de Gattinara, letrado piamontés que acompañó al joven soberano durante doce años, de 1518 a 1530, en que murió.

Saqueo de Roma.Saqueo de Roma. 6-V-1527, por Martin van Heemskerck.

El imperio que Gattinara quería era la monarquía universal, y lo que el obispo español Mota deseaba y proponía era el imperio cristiano, cuyo fin no es someter a los demás reyes, sino coordinar y dirigir los esfuerzos de todos ellos para lograr la universalidad de la cultura europea, esto es, la dirección de la Universitas christiana. Esa idea se va concretando y definiendo desde 1520 a 1528; ante las Cortes de la Coruña, por boca de Mota (1520); en Madrid , cuando se discutía la suerte de Francisco I y de sus Estados (1526); en la respuesta a Clemente VII, después de Saco de Roma (1527); en el discurso de Madrid, redactado por Antonio de Guevara, anunciando su marcha a Bolonia para ser coronado por el Papa. El emperador afirma en él, una vez más, que no aspira a tomar lo ajeno, sino a conservar lo heredado, y rechaza con menosprecio la idea de la monarquía universal. Enteramente españolizado, mantiene abnegadamente el ideal de cruzada, abandonado hacía siglos por otros pueblos de Europa. Carlos V —dice R. Menéndez Pidal— recibió una sombra de imperio, lo convirtió en una realidad y lo españolizó. Fue, además, el primero y el único emperador europeoamericano.

Rivalidad con Francisco I

Entre Carlos V y Francisco I hubo rivalidad política y hasta personal, que dio origen a guerras que tuvieron perturbada a Europa hasta que ese rey de Francia murió (31 marzo 1547), y aun se continuaron en los primeros años de su hijo y sucesor, Enrique II. Las causas de las guerras entre Carlos V y Francisco son múltiples y viejas.

Carlos, en quien se unen las líneas de Borgoña, Austria, Castilla y Aragón, parece víctima de la hostilidad crónica entre las familias por él representadas, particularmente Borgoña y Aragón, y los reyes franceses de la familia Valois-Angulema.

España y Francia habían hecho su unidad, pero Francia no había renunciado de buena gana ni al Rosellón ni a su injerencia en Navarra. Del mismo modo, Carlos V se creía con derecho al ducado de Borgoña que Luis XI había arrebatado a la Casa de Austria. Los territorios de Artois y Flandes daban también ocasión a rozamientos.

Italia no había hecho su unidad y, si no se unificaba, si no quería ser italiana, había de ser española o francesa. Sicilia y Nápoles, reinos tan disputados entre Aragón y Francia, los había ganado para España Fernando el Católico. Los franceses parecían sólidamente establecidos en el ducado de Milán, al que los reyes de Francia se creían con derecho desde Luis XII, descendiente de Valentina Visconti, duquesa de Orléans.

Cuando la guerra entre Carlos V y Francisco I estalla, el rey-emperador no aspiraba a adquirir territorios, sino a conservar los que en derecho le pertenecían y a dirigir el imperio espiritual católico, aplicando a esa obra todas sus energías y todos sus recursos, Si Francisco I no fue más que un aliado inconsciente de Lutero, de los turcos, mantenedores entonces del frente del Islam contra el Cristianismo, fue aliado consciente y deliberado.

Cuatro guerras sostuvo Carlos V contra Francisco I y una contra su hijo Enrique II. Durante la primera, que se inició con dos invasiones sucesivas de Navarra (1521-1522) y con ataques poco importantes por Flandes y Luxemburgo, tuvo por campo principal el Milanesado (1522 a 1525). En la campaña de 1522, Carlos V obtuvo completa victoria; pero entregó al duque de Milán, a la Iglesia y a los Adorno lo que era suyo, sin tomar para sí una sola villa ni castillo Pedro Mexía, Historia de Carlos V, ed. Carriazo, pág. 312.

En 1523, Francisco I encomendó la conquista del ducado de Milán al almirante Bonnivet, en cuya ayuda fue, al acercarse la primavera de 1525, Francisco I en persona con un gran ejército. Los generales de Carlos V obtuvieron una victoria decisiva en la batalla de Pavía (1525), en la que el rey de Francia cayó prisionero. Carlos V recibió estas noticias en Madrid, donde reunió su Consejo. Opinaban no pocos consejeros que no debía perderse la ocasión de invadir Francia, que estaba sin gobierno y sin fuerzas; pero Carlos no quiso usar de la victoria para su venganza e intereses, sino para el bien común y paz de la Cristiandad.

Francisco I fue traído a Madrid y aposentado en el Alcázar, con tanta libertad, que podía salir al campo o de caza, cuando le placía Pedro Mexía, ob. cit., pág. 395. Tras difíciles negociaciones se firmó el tratado de Madrid (14 enero 1526), por el que Francisco I se comprometió a entregar a Carlos V la Borgoña, compromiso que luego no cumplió. Si Carlos reclamó enérgicamente la Borgoña no fue por imperialismo material, sino porque la consideraba suya antes que la guerra se produjese.

En el intervalo de la primera y segunda guerra, Carlos V contrajo matrimonio en Sevilla, como ya se ha dicho, con la infanta Isabel de Portugal (marzo 1526).

Mientras, su eterno enemigo preparaba con el Papa Clemente VII, Florencia, Venecia y Milán la llamada Liga de Cognac o Clementina (mayo 1526), cuya finalidad era arrojar de Italia a los españoles. Enrique VIII prometió su ayuda a la Liga y Solimán el Magnífico, sin prometerla, se la prestó invadiendo Hungría. Carlos V, aunque en plena luna de miel, atendía desde Granada, donde pasó aquel verano, a los múltiples frentes: Navarra, Flandes, Hungría, Lombardía, Nápoles.

Las tropas del rey emperador asaltaron la capital pontificia el 6 de mayo de 1527 y comenzó el saco de Roma, que duró una semana. Como la guerra se prolongaba sin decidirse, mediaron dos damas, Margarita de Parma, tía de Carlos V y gobernadora de Flandes, y Luisa de Saboya, madre de Francisco I. El tratado de Cambray, llamado también paz de las Damas (29 junio 1529), puso fin a esta segunda guerra. Carlos V desistía de sus pretensiones a la Borgoña y Francisco I renunciaba en cambio, a toda pretensión sobre Italia.

Entonces fue cuando Carlos fue a Bolonia, donde fue recibido con toda solemnidad por Clemente VII (5 nov. 1529) y tuvo lugar la doble Coronación.

Allí mismo el rey emperador devolvió su Estado al duque de Milán, con generosidad nunca superada, y resolvió las cuestiones pendientes con Venecia.

Don Carlos no salió de Bolonia hasta el 22 de marzo de 1530, y marchó al Tirol, donde se reunió con su hermano Fernando, rey de Hungría y de Bohemia, desde la batalla de Mohacz (29 agosto 1526) y con él entró en Augsburgo (6 junio 1530). Francisco había ya recibido como esposa y reina de Francia a Leonor, hermana de Carlos V, y parecía aquietado. Esa calma aparente permitió al rey-emperador atender al frente musulmán. Pero su rival anhelaba la revancha y renovó la guerra, sin declararla.

El pretexto fue la sucesión del ducado de Milán al morir el duque Francisco Sforza (1 noviembre 1535). Irritado Francisco I, invadió la Saboya y despojó del ducado a Carlos III, que estaba casado con Beatriz de Portugal, hermana de la emperatriz Isabel. Ocurría esto cuando Carlos V llegaba a Roma, triunfador en Túnez. El rey-emperador declaró la guerra a Francisco I, y al frente de un ejército importante, entró en la Provenza, a la vez que el duque de Nassau, desde Flandes, invadía la Picardía.

Las reinas Leonor de Francia y María de Hungría intervinieron, y se firmó, por diez años, la tregua de Niza (18 junio 1538). Carlos, invitado por Francisco, acudió a Aigues Mortes, donde los dos rivales tuvieron una cordial entrevista (14-16 julio 1538). Al año siguiente, Carlos volvió a ser huésped de Francisco I. La gobernadora de Flandes, María de Hungría, no acertaba con la solución del conflicto que dio origen al motín de Gante. Carlos se dispuso a resolverlo personalmente, y Francisco le invitó a pasar por Francia. Carlos aceptó (diciembre 1539) fue recibido dignamente en París, y su presencia en Gante bastó para resolver la situación. El rey-emperador acababa de perder a su esposa, y no tenía más de cuarenta años. Francisco I. su cuñado, pudo pensar en alguna nueva alianza matrimonial.

La solución rápida y afortunada de la difícil cuestión de Gante acreció el prestigio del rey emperador en Flandes y en todo o mundo. Francisco, celoso, le atacó diplomáticamente casando a Juana de Albret con un enemigo de Carlos, el príncipe protesto Guillermo de Cleves (17 julio 1540). El rey emperador respondió confiriendo a su primogénito Felipe el ducado de Milán (11 octubre 1540),

No tardó en reproducirse la guerra. El 3 de julio de 1541 fueron asesinados en las inmediaciones de Pavía dos agentes de Francisco I, el tránsfuga español Antonio del Rincón y César Fragoso. De la muerte se culpó al marqués de Vasto. Rincón iba a Constantinopla, y Fragoso a Venecia. Como la alianza entre Francia y Turquía no estaba ultimada, Carlos V proyectó y dirigió el ataque a Argel, con el fin de debilitar a Barbarroja para que no pudiera ayudar a Solimán cuando la guerra empezase. La expedición española se malogró, y Francisco aprovechó el tiempo para firmar la alianza con Turquía y atraerse al duque de Cleves y a los reyes de Dinamarca y Suecia.

Carlos no contaba con más aliado que Enrique VIII de Inglaterra. Los planes, de una y otra parte, eran amplísimos y complicados, y ni uno ni otro beligerante pudieron realizarlos. Cuatro soberanos, Francisco I y Solimán, Carlos V y Enrique VIII participaron personalmente en esta guerra, que empezó en julio de 1542 y terminó el 18 de septiembre de 1544, con la paz de Crespy. Allí acordaron los dos rivales devolverse mutuamente las tierras ocupadas desde la tregua de Niza y hasta unir sus fuerzas para restablecer la unidad de la Iglesia y luchar con el Turco.

El 31 de marzo de 1547 murió Francisco I. Terminaba la rivalidad personal, peto seguía en pie la oposición de intereses entre Francia y el imperio hispano alemán. El 15 de enero de 1552, Enrique II hijo y sucesor de Francisco I, firmó en Chambord una alianza con los príncipes protestantes alemanes, en la que entró también Mauricio de Sajonia, que venía sirviendo a Carlos V. Esta defección fue el más grave contratiempo que Carlos V tuvo en todo su reinado. La guerra empezó en 1552 y se cortó, después le estéril forcejeo, por la tregua de Vaucelles, firmada el 5 de febrero de 1556. La lucha volvió, pero ya no fue el rey emperador el encargado de dirigirla, sino su hijo Felipe II.

Política antiturca

Los turcos otomanos eran, en el siglo XVI, la vanguardia armada del Islam S Montero Díaz, Introducción a la Edad Media, Murcia, 1918, p. 268. Mientras el rey de Francia, el Rey Cristianísimo, y algunos Papas buscaban su alianza, Carlos V, el rey emperador Católico, asumía como un deber más, la tarea de quebrantar el frente musulmán en África y en Europa, y en esa tarea trabajó durante su reinado. En 1522, preparándose a defender la isla de Rodas; cooperando eficazmente a la defensa de Viena (1529); apoderándose de Corón y Patrás (1532); dirigiendo personalmente la afortunada expedición a la Goleta y Túnez (1535), que fue la admiración del mundo, así como la intempestiva y desafortunada expedición de Argel (1541). Triste colofón de esta actividad antimusulmana fue la pérdida de Bugía (1555), por culpa de su defensor Alonso de Peralta, degollado por su torpeza en Valladolid (1557), reinando ya Felipe II.

Antiluteranismo

Otro deber del rey emperador fue la defensa del Catolicismo frente al Protestantismo, y lo cumplió hasta el fin, aunque tuviera que luchar contra sus propios súbditos. Martín Lutero inicia su lucha contra el catolicismo, justamente el año en que Carlos empieza a reinar en España (1517). Los partidarios de Lutero pusieron sus esperanzas en el nuevo emperador. Era un error: Carlos era el caudillo del catolicismo, del imperio espiritual; como tal, citó a Lutero a la Dieta de Worms. Compareció (17 abril 1521) y no se retractó. Carlos le desterró (26 abril 1521); pero el elector Federico de Sajonia le dio asilo en su castillo de Wüzburpo.

Antes de venir a España, donde graves negocios reclamaban su presencia, Carlos transfirió los cinco ducados austríacos (Austria, Carintia, Carniola, Estiria y Tirol) a su hermano Fernando, cuya boda con la heredera de Hungría y Bohemia estaba ya concertada. En esa transferencia y en este matrimonio está el origen de lo que luego se llamó la monarquía dual o austrohúngara.

Nueve años tardó en volver a Alemania el rey emperador, y durante ese tiempo, con el fin de evitar la guerra religiosa, su hermano Fernando, que presidía la regencia del imperio, convocó la primera y la segunda Dieta de Espira (1526-1529), contra cuyos acuerdos se alzaron en protesta seis príncipes y catorce ciudades alemanas, por lo que desde entonces se llamó protestantes a los reformistas. Cuando la firma de la paz de Cambray se lo permitió, Carlos V se presentó en Alemania, intentó un arreglo pacífico en la Dieta de Augsburgo y dio el famoso edicto (1530), al que los protestantes contestaron formando la Liga de Smalkalda (1550) y comenzó una guerra en la que se debatía no solo la unidad católica de Alemania, sino su constitución política.

El rey emperador, amenazado por Solimán el Magnífico y abandonado por Clemente VII, tuvo que aplazar una vez más las cuestiones de Alemania llegando con los príncipes a la paz de Nüremberg (1532). Por primera vez Carlos pactaba con la herejía. Pero cuando los protestantes se negaron a acudir al concilio de Trento, Carlos V. tan tenaz en todas sus empresas, decidió emplear la fuerza para vencer al protestantismo. Al comenzar el año 1517, toda la Alemania meridional y del Oeste, cuya alta burguesía (los Fugger, los Welser, los Baumgarther) se mantenía fiel al catolicismo, estaba vencida.

Después de la batalla de Mühlberg (24 abril 1547), el rey-emperador convocó a los príncipes a la Dieta de Augsburgo, de la que salió el Interin (1548), modus vivendi que no satisfizo ni a católicos ni a protestantes, Carlos V recompensó a Mauricio de Sajonia con el electorado al que Juan Federico, derrotado en Mühlberg, se vio obligado a renunciar; pero Mauricio, que había hecho traición a los protestantes, la hizo también al emperador, dominado por más alta ambición: la de alcanzar el imperio.

Se entendió con el rey francés Enrique II, y mientras este invadía la Lorena (1552), él, con las mismas tropas que el rey emperador le había confiado para sujetar Magdeburgo, se presentó frente a Augsburgo. El rey emperador, enfermo y por primera vez en su vida descorazonado, en la noche del 19 de mayo pasó el Brenna, sin intentar hacer frente al traidor.

Después, viendo los dominios de su hermano Fernando atacados por los turcos y la frontera del Rhin amenazada por Francia, reunió la Dieta de Passau (1552), en la que se mostró conciliador, ya que puso en libertad a los dos grandes prisioneros de Mühlberg, Juan Federico de Sajonia y Felipe de Hesse, y prometió reunir una asamblea para arreglar las cuestiones religiosas.

Esa asamblea fue la Dieta de Augsburgo (1555), que presidió don Fernando, hermano del emperador, y de la que salió la paz de Augsburgo (25 sept. 1555). En ella se acordó la libertad religiosa de los Estados, pero no de los individuos, pues cada uno quedaba obligado a seguir la del príncipe en cuyos dominios vive: Cuius regio eius religio. El tratado dio a Alemania un largo respiro; pero el catolicismo perdió la mitad de Alemania y la unidad del imperio quedó rota.

Política indiana

Admira la amplitud de la actividad del rey emperador; pero el cuadro quedaría incompleto sin recordar las exploraciones y conquistas en Oceanía y en América: el viaje de Magallanes y Elcano; la conquista de México y la creación del virreinato de Nueva España; las exploraciones de la Florida; los viajes de o Vázquez Coronado; las conquistas de Guatemala y el Yucatán; la exploración del Nuevo Reino de Granada; las conquistas del Perú y de Chile; las exploraciones en Quito y el Amazonas y los comienzos de la colonización del Río de la Plata, Podría decirse que el imperio español oceánico y americano quedó hecho por Carlos V .

Los gastos que tales empresas exigían eran enormes, y Carlos V reconoció siempre que le sostenían sus reinos de España; pero ni lo que de ellos sacaba, ni lo que de América llegaba era suficiente y constantemente había de acudir a los empréstitos de los banqueros, no todos extranjeros. Los años que van de 1551 a 1556 fueron los que trajeron Carlos V más dificultades de dinero; esas dificultades y sus últimos fracasos militares y políticos le llevaron a las abdicaciones, haciendo a su patria adoptiva y predilecta, España, un regalo, el de la herencia borgoñona, o sea los Países Bajos, regalo que fue, en realidad una pesada carga (1555, 1556 y 1558).

Abdicaciones de Carlos V

Abdicación de Carlos V.El Emperador Carlos, envejecido, adbica en favor de su hijo Felipe II, ante los dignatarios presentes en el palacio de Bruselas .

El contratiempo de Innsbruck (1552) fue para Carlos V un rudo golpe; pero se repuso y hasta recobró la ilusión, que se desvaneció ante los muros de Metz 1 enero 1553). El alma, siempre animosa, de Carlos, concebía, sin embargo, planes y planes, y de ellos esperaba brillantes consecuencias. Conservaba el título de emperador, pero había dejado los negocios del imperio en manos de su hermano Fernando, rey de Romanos desde la paz de Passau, (1552).

Mucho quería Carlos V a su hermano, pero para su hijo Felipe guardaba a la vez tanto amor como admiración. En 1553 le propuso el matrimonio con María Tudor, reina de Inglaterra desde hacía unos meses (6 de julio). Aceptó Felipe, y su padre, para igualarle en dignidad a su esposa, abdicó en él el reino de Nápoles, a la vez que el ducado de Milán.

Ese matrimonio, celebrado en Winchester el 25 de julio de 1554, abría a Carlos V, deseoso de descanso y decidido ya a renunciar a todos sus cargos y honores, halagüeñas perspectivas. Los hijos que de él nacerían gobernarían Inglaterra y los Países Bajos. Ese gran Estado, o esos Estados reunidos, apoyados en España y en el imperio, tendrían a Francia sujeta, casi ahogada.

El rey francés alarmado, comenzó a sentir deseos de guerra. María Tudor intentó una mediación pero tales fueron las exigencias de Francia (Piamonte. Saboya, Asti y Milán, para el duque de Orleans; Navarra, para Antonio de Borbón) que fue necesario desistir de la avenencia (julio 1555).

En Italia surgió otro nuevo y formidable adversario: Paulo IV, que pretendía expulsar a los españoles reino de Nápoles, para cedérselo a un hijo del rey de Francia, y de Sicilia, que pasaría a poder de los venecianos (tratado franco pontificio, 15 dic. 1555). El horizonte se ensombrecía. De Inglaterra llegaba noticias desconsoladoras: la reina María no daba señales de fecundidad (mayo 1555). Felipe se despidió de su mujer y fue a Bruselas, a reunirse con su padre (8 septiembre). Este le había llamado, pues estaba resuelto a abdicar y entregarle las riendas para que con sus manos jóvenes, asegurase la dominación española en Italia y sacara a España de los malos caminos en que él la había metido.

En compensación de tales daños, Carlos V iba a dar a España los Países Bajos y el Franco Condado. La donación de los Países Bajos a España, en lugar de dejarlos donde naturalmente correspondía, en la herencia de Fernando, era, en realidad, otra pesada carga. Ante la enemiga Francia y la hostilidad protestante, España no podría conservarlos sin la ayuda de Inglaterra. Y ni Carlos ni su hijo Felipe pudieron conseguir esa ayuda.

El 26 de septiembre de 1555, don Carlos convocó a los Estados Generales y las principales autoridades de los Países Bajos para reunirse en Bruselas el 14 de octubre. También invitó a su hermano Fernando, quien envió en su representación a su segundo hijo. Las lluvias y el mal estado de los caminos obligaron a retrasar la asamblea hasta el 25 de octubre.

Ese día el emperador salió de la casita del parque en que solía vivir, y montado en una mula y acompañado de su hijo Felipe y de algunas personas de séquito, se dirigió al Palacio de Bruselas. A las cuatro de la tarde hizo su entrada en el hall donde le esperaban los miembros de los Estados Generales, los gobernadores de las provincias, con los magnates y caballeros del Toisón de Oro.

El emperador subió al estrado y se colocó bajo un dosel, junto a un sillón; y a sus lados su hermana y su hijo. Uno de los consejeros anunció a los Estados el fin para que se les había reunido. Entonces el emperador se sentó, se puso los anteojos y comenzó a hablar en francés, con un papel en la mano para ayudar a su memoria. Recordó las circunstancias que le habían hecho heredero de tantos y tan extensos dominios y sus interminables jornadas. Rememoró sus derrotas y sus triunfos: confesó sus ineptitudes y sus faltas. Pidió perdón para sus errores, en gracia a que nunca se había dejado llevar de la ambición, sino del sentido del deber. Amaba a su tierra natal, Flandes, y le dolía no dejarla en paz.

Pero era llegado el momento de cumplir una resolución ya antigua en su alma: retirarse y transmitir sus responsabilidades a su amado hijo, allí presente, para el que pedía a todos la misma obediencia y el mismo amor que le habían guardado siempre a él. Por las mejillas del emperador, profundamente emocionado, corrían las lágrimas. Y no hubo nadie entre los allí reunidos -dice sir Thomas Gresham, que asistió a la escena—, unos más y otros menos, que no llorase. Felipe se echó a los pies de su padre e hizo ademán de besarle las manos; pero el emperador le levantó, y dirigiéndose a él, en español, procedió a darle la investidura de la soberanía de los Países Bajos.

Sorprendieron las palabras de Carlos en español, y mucho más que Felipe, sentado, se excusara de su poca facilidad para expresarse en francés y encomendara al obispo de Arrás, Granvelle, la misión de hablar a la asamblea en su nombre. La alocución del obispo fue la que el momento pedía: don Felipe obedecía a su padre, pero no había deseado reemplazarle, y prometía respetar las libertades nacionales. Con mayor simpatía se recibieron las palabras de la hermana de Carlos V, María de Hungría, que renunciaba a la regencia de los Países Bajos, después de haberles hecho, durante veinticuatro años, bien que había podido, y anunciaba su propósito de acompañar su hermano en su retiro.

Las otras ceremonias de renuncia fueron menos impresionantes. El 16 de enero de 1776, en su casita del parque Carlos V entregó a su secretario, Francisco de Eraso el acta de abdicación de todos sus dominios españoles en el Viejo y Nuevo Mundo, así como de Sicilia, en favor de su hijo Felipe, ya rey de Nápoles. Presenciaron el acto únicamente las dos hermanas del emperador, María y Leonor, Manuel Filiberto de Saboya y algunos grandes españoles.

El 28 de marzo de este año, Felipe II fue solemnemente proclamado rey en Valladolid, anunciándolo al pueblo su propio hijo el príncipe don Carlos. Secretamente y contra lo que la Constitución imperial prescribía Merriman, Carlos V, instituyó a Felipe II y a sus sucesores vicarios perpetuos del imperio en Italia, tierra que por este acto quedaba para el porvenir sometida a España. El 5 de febrero se firmó la tregua de Vaucelles con Francia, y pudo don Carlos entregar a su hijo el Franco Condado.

El imperio era la carga que Carlos V más ansiaba dejar. Cierto que desde que el emperador salió de él, en 1553, su hermano Fernando era virtualmente el emperador, aunque no llevase el título. Pero la abdicación presentaba no pocas dificultades legales y políticas. Dudaba Carlos si podía abdicar sin consentimiento de la Dieta y le preocupaba la hostilidad implacable de Paulo IV. Al fin, el 3 de mayo de 1558, Carlos V recibió en Yuste la noticia de que la renuncia en favor de su hermano Fernando había sido definitivamente aceptada. El nuevo emperador, reconocido como tal por la Dieta de Francfort el de marzo de 1558, poseía los dominios hereditarios de los Habsburgo en la Alta Alemania y en Austria desde 1552 y era rey de Hungría y Bohemia desde 1526. El reino de Bohemia formaba parte del imperio.

Anhelaba Carlos verse en España y descansar libre de las angustias económicas que fueron uno de los motivos más poderosos que determinaron las abdicaciones y el problema más difícil que dejaba a su hijo Felipe, Pero la salida de Flandes hubo de retrasarse: había que conceder muchas audiencias y, sobre todo, había que pagar deudas y no era llano encontrar el dinero necesario. Al fin, dejando en Flandes a su hijo Felipe, don Carlos embarcó en Flesinga el 17 de septiembre de 1556. En otra nave le acompañaban sus dos hermanas. A una y otra daban escolta barcos españoles, flamencos e ingleses. Desembarcó el rey emperador en Laredo, el 28 del mismo mes. Desde el puerto cántabro salió para el lugar elegido por él mismo para su descanso y retiro: el monasterio jerónimo de Yuste (Extremadura). El viaje fue lento. En Burgos y en Valladolid la nobleza y los regidores le rindieron homenaje. En Valladolid aceptó una comida oficial, y esa fue su última aparición en público.

En Yuste se construía con toda celeridad, desde 1551, un palacio, siguiendo las instrucciones que había dado el mismo emperador, y este esperó en Jarandilla a que terminaran las obras (12 nov, 1556-3 feb. 1557). El 3 de febrero de 1557, el que había sido durante medio siglo el príncipe más poderoso del mundo, ya que no, como escribió su mayordomo Luis de Quijada, el principal de los hombres que ha existido o pueda existir, hizo su entrada en aquel modesto palacio en el que no tardó en llegarle la muerte (21 septiembre 1558).

El retiro de Yuste (1557-1558)

La vida de Carlos en el palacio de Yuste, desde el día de su entrada hasta el de su muerte, se conoce bien y ha sido descrita minuciosamente por varios historiadores españoles y extranjeros, como P. Gachard, que para su libro Retraite et mort de Charles Quint au Monastère de Yuste Bruxelles, 1854 tuvo a la vista la obra de título parecido que dejó inédita el director del Archivo de Simancas don Tomás González, así como el inventario de los muebles, cuadros y otros objetos del uso del emperador, que se guarda en Simancas.

El palacete parece que recuerda en su traza al de Prisenhof, el palacio en que Carlos naciera. Tenía dos plantas y en él no se construyó escalera, que a Carlos, enfermo de gota, le hubiera sido molesto subir, sino una rampa que el emperador remontaba a pie o en silla de manos cuando el mal apretaba. La rampa terminaba en una solana o pórtico desde cual se contemplaba un grato paisaje. El altar de la iglesia de monasterio dispuesto a gran altura, era visible desde la cámara del César, que oía misa unas veces desde una puerta en desviaje; otras, desde la cama.

En la cámara del piso bajo y en todas las habitaciones del piso alto había chimeneas de piedra; pero como el emperador, aunque en los jardines de palacio se daban los limoneros, cidras y naranjos, sentía frío, su mayordomo don Luis Méndez de Quijada, señor de Villagarcía, se desprendió de la estufa que había adquirido en Flandes para su casa del frío páramo vallisoletano y la llevó a Yuste, donde quedó instalada en una pieza especial, antes de que llegara el invierno de 1557.

Al servicio del emperador estaban su mayordomo, Quijada; el secretario, vasco como es de rigor, Martín de Gaztelu, el médico Mathys, natural de Brujas, y con él otro flamenco, Guillermo van Male, y un grupo bastante numeroso de lectores, ayudantes, cortesanos y sirvientes. La servidumbre, como no se disponía de alojamiento para ella en el modesto palacio, tenía que repartirse entre el convento y el vecino lugar de Cuacos. Estaban también al servicio de don Carlos algunos frailes, que se mudaban por orden del prior. El confesor, fray Juan de Regla, fue siempre el mismo, y con él conversaba don Carlos de materias religiosas durante horas enteras.

Las habitaciones del palacio estaban alhajadas con noble gusto, particularmente con cuadros, algunos de Tiziano, Miguel Coxcie y Moro, y con valiosos tapices. Gustaba don Carlos V de los libros, y en Yuste tenía muchos y muy variados: de religión y piedad, como Boecio, San Agustín y la Sagrada Escritura, en francés, que la Inquisición le autorizó a leer; de Historia, los Comentarios, de César, en italiano, y El caballero determinado (hechos de Carlos el Temerario), por Oliver de la Marche, puestos en romance por don Hernando de Acuña, bastantes manuscritos, algunos de Alonso de Santa Cruz, y no pocos paquetes de cartas relativas a las Indias.

Todo fue inventado a al muerte del emperador y llevado a Valladolid y a Madrid, donde se hizo de ello almoneda. La mayoría de los objetos, y, desde luego, los más valiosos, fueron adquiridos por Felipe II, don Juan de Austria, y el príncipe don Carlos. Otros por la princesa doña Juana, don Luis Quijada, don García de Toledo, Ruy Gómez de Silva, don Francisco Gutiérrez de Cuéllar, el regente Figueroa, el escribano Juan Rodríguez, el conde de Benavente, don Francisco de Ledesma, etc. Felipe II adquirió también los libros y papeles predilectos de su padre.

Retrato de Juana de Austria.Retrato de Juana de Austria (1535-1573), que fue infanta de España y archiduquesa de Austria y era hija de Carlos I de España y de Isabel de Portugal.

Si Carlos V buscaba en Yuste descanso y apartamiento de los negocios, ni el apartamiento ni el descanso pudieron ser completos. Felipe en Flandes y la regente de España, doña Juana de Austria, necesitaban su consejo y se lo pedían con frecuencia, por cartas y embajadas. Cuando Enrique II quebrantó la tregua de Vaucelles y Paulo IV tronaba en Roma contra los españoles, Felipe II envió a Yuste a su ministro de confianza el príncipe de Éboli (marzo 1557).

El emperador parecía haber recobrado sus energías. Con su antigua fuerza catalizadora de banqueros, reunió buena suma de ducados y se los envió a su hijo, que con ellos pudo poner en marcha los ejércitos que en Italia y Francia restablecieron la situación y obtuvieron después un ruidoso triunfo, el de San Quintín (10 agosto 1557). Dirigía igualmente don Carlos, desde Yuste, la política portuguesa, casi familiar, encauzándola hacia el paniberismo K. Brandi, Carlos V, ed. española, Madrid, 1943, págs. 529.530.

El mayordomo Quijada pasaba temporadas en su casa de Villagarcía, con su mujer Magdalena Ulloa. Allí vivía el hijo natural de Carlos V, don Juan de Austria, que atendía aún por el nombre de Jeromín. En el verano de 1558, Quijada y su mujer fueron a Cuacos y llevaron con ellos a Jeromín, que hizo cerca del que no sabía que era su padre, oficios de paje. La presencia del gentil mozo fue acaso la postrera alegría de don Carlos que, en un codicilo, se cuidó de asegurar el porvenir de aquel hijo.

Aquel mismo verano se agudizó la enfermedad de gota que Carlos V. venía padeciendo. Los sufrimientos amargaban de tal manera su humor que se negaba o recibir visitas, aun las de tan alta calidad como la regente, el comendador de Alcántara don Luis de Ávila, el arzobispo Carranza y el secretario Gaztelu. Se consiguió, sin embargo, que ante este, habilitado para actuar como notario, formalizase su última voluntad.

En nada insistió tanto don Carlos como en aconsejar a la regente que sofocase los focos de luteranismo aparecidos en Valladolid y Sevilla. En septiembre, el enfermo se agravó. Recibió la Extremaunción con resignada humildad, teniendo en las manos el mismo pequeño crucifijo que la emperatriz Isabel sostenía entre las suyas en la hora de la muerte, asistido por el arzobispo Carranza. El 21 de septiembre expiró. Sus restos descansan en El Escorial.

Cuando estaba enfermo, Carlos V mandó celebrar funerales solemnes, por sus padres y abuelos, dicen unos historiadores; por él mismo, dicen otros, y con ellos el padre Sigüenza, monje jerónimo de El Escorial, cuyo testimonio no parece recusable. Los presenció tranquilamente, y de ningún modo determinaron su muerte.

AGUADO BLEYE, Pedro, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo A-E, págs. 688-697.