La Casa de Austria

Se acostumbra en España a llamar Casa de Austria a la dinastía Habsburgo o de Habsburgo-Borgoña, que da cinco reyes: Carlos I (1517-1556), Felipe II (1556-1598), Felipe III (1598-1621), Felipe IV (1621-1665) y Carlos II (1665-1700), los cuales reinan durante los siglos XVI y XVII.

Antes de hablar de lo que España fue bajo los Austrias, conviene tener ideas claras acerca de los orígenes de esta Casa y de lo que los nombres Austria, Habsburgo y Borgoña significan. Austria comenzó por ser una marca, la Marca Oriental (Ostermark), fundada por Carlomagno para proteger a su imperio contra las invasiones de los avaros y otros pueblos de la Europa oriental y de Asia. Los gobernadores de esa marca (margraves), especialmente los de la dinastía de Babenberg (siglos X a XIII), fueron poco a poco haciendo de ella un núcleo cultural y político. Federico Barbarroja elevó a ducado ese dominio, y los duques de Austria (Osterreich), en virtud del Privilegium minus (1156), tenían jurisdicción sobre ella, aunque con la obligación de acudir a los placita regis en Baviera y de contribuir a la defensa de este reino.

Leopoldo V de Babenberg (1177-1194), como heredero del duque de Stiria, Otocar IV que murió en 1192, unió ese ducado al de Austria, cuyo centro era Viena, foco de la poesía alemana medieval en los tiempos de Leopoldo VI (1198-1230). Su sucesor, Federico II (1230-1246) adquirió, por su matrimonio con Inés, hija de Otón IV, duque de Andechs-Merania, este territorio que se extendía por el valle del Inn, la Pusteria y el interior de la penínsulita de Istria.

Federico II murió en la batalla de Leitha (15 de junio de 1246). Con él se extingue la dinastía de Babenberg, pues el rey de Bohemia Otocar II, hermano de Margarita, viuda de Federico II, incorpora a su reino los ducados durante el Largo interregno (1250-1273). Como Ulrico de Sponheim le dejó el ducado de Carintia, Otocar II de Bohemia reunió por primera vez, los países llamados Austria interior (Innerösterreich), o sea las tierras de Stiria, Carintia y Carniola.

Pero el 1 de octubre de 1273 fue elegido Rey de romanos y emperador Rodolfo de Habsburgo, e inmediatamente se dedicó a realizar su pensamiento de crear un Estado patrimonial habsburgués. La dificultad mayor que hubo de vencer fue la rebeldía de Otocar II de Bohemia. En 1276, Rodolfo llegó a Viena y obligó a Otocar a declararse vasallo suyo; pero como el rey de Bohemia tratara de eludir el cumplimiento de sus deberes, Rodolfo le atacó. Otocar murió en la batalla de Dürenkrut, dejando un hijo y una hermana. Al hijo, Wenceslao II (1278-1305), Rodolfo le dio en feudo Bohemia y Moravia y le casó con su hija Guta. A la hermana, Inés, la casó con su hijo Rodolfo. Alberto y Rodolfo de Habsburgo, hijos del emperador, recibieron en 1282, en Augsburgo, la investidura de los feudos de Austria, Estiria y Carniola. La Carintia fue concedida por el emperador al conde Mainardo de Goritzia-Tirol.

Así comenzó en Austria el dominio de los Habsburgo que, con algunas interrupciones, duró hasta 1918, casi seiscientos años. Desde 1526 los Habsburgo reinaron también en Bohemia y en una parte de Hungría, y en toda Hungría desde 1699 (paz de Karlowitz). En 1563, y en virtud de diversos matrimonios, todos los países de los Alpes orientales, es decir, los cinco ducados austríacos (Austria, Stiria, Carintia, Carniola y Tirol) estaban en manos de los Habsburgo.

Ese era su dominio familiar, hereditario; pero su progresivo engrandecimiento se puso en peligro por la división de la Casa en dos líneas: la albertina y la leopoldina, a fines del siglo XIV. Alberto III recibió el Austria superior e inferior, esto es, la parte más pequeña del dominio, y Leopoldo III, todos los demás países hereditarios, y los aumentó por la sumisión de Trieste (1382). Todavía el dominio corrió nuevos riesgos, pero se salvaron, y Austria se afirmó y se engrandeció de nuevo.

El duque de Austria, Alberto V, se casó con Isabel, hija del emperador Segismundo (1411-1437), a la que pasó el patrimonio de la Casa de Luxemburgo, y en 1438 recibió la dignidad imperial, que tuvo poco tiempo, pues murió en 1439. Como emperador se le conoce por Alberto II. Desde entonces, el imperio, aunque era una dignidad electiva, se transmitió por herencia entre los Habsburgo.

Así, el sucesor de Alberto fue su sobrino Federico III (1440-1493), y el de este su hijo Maximiliano I (1493-1517), que en 1477 había casado con María de Borgoña. Maximiliano y María son los padres de Felipe I el Hermoso que de 1504 a 1506 fue rey de Castilla, como marido de Juana I la Loca, hija de los Reyes Católicos. Juana y Felipe son los padres de Carlos I de España y V de Alemania, con el que en realidad empieza a reinar en España la Casa de Austria o de Habsburgo (1517).

Para comprender mejor la significación y la fuerza de la Casa de Habsburgo en ese momento, se hace necesario retroceder un poco. Federico de Stiria estaba destinado a ser el tutor del hijo póstumo del emperador Alberto II, del que era sobrino. El hijo nació el 22 de febrero de 1440, recibió el nombre de Ladislao el Póstumo y fue reconocido como rey de Bohemia y de Hungría. Federico tuvo en sus manos como regente y emperador todos los territorios alemanes; pero era incapaz de dominar las muchas dificultades que se presentaron; así que, en 1457, al morir Ladislao el Póstumo, Hungría y Bohemia aprovecharon ocasión tan favorable para elegir reyes nacionales: Hungría a Matías Corvinos, hijo de Juan Huniades, y Bohemia a Jorge Podiebrad.

El rey de Hungría, con el pretexto de que Federico había dado asilo al arzobispo húngaro Juan Beckenschlager, al que él había arrojado de su reino, y le había nombrado arzobispo de Salzburgo, irrumpió en Austria en 1485, entró en Viena y se hizo rendir homenaje, en tanto que el emperador Federico se veía abandonado. Este no perdía, sin embargo, la fe en los altos destinos de su Casa, y simbolizaba sus esperanzas en la divisa A. E. l. O. U., que se traducía Austrie. Est Imperare Oribe Universo, o también Austria Erit In Orbe Ultima.

Aunque entonces Austria marchaba a remolque de Hungría, no tardó mucho en cambiar la situación, En 1490 la muerte de Matías Corvinos permitió a Federico y a su hijo el archiduque Maximiliano I volver a Austria. El archiduque se había casado en agosto de 1477 con María, hija del duque de Borgoña, Carlos el Temerario. Al morir este, Luis XI ocupó sus Estados, pero María los recobró por el tratado de Arras (1482). En este tratado, los Estados de Borgoña, que nominalmente comprendían desde los Vosgos (Borgoña y Franco Condado) hasta el mar del Norte (Flandes y Países Bajos), sufrieron una merma considerable: Artois y el Franco Condado cedidos a Luis XI.

En Arras los dominios hereditarios de los Habsburgo aumentaron muchísimo, es cierto; pero en ese tratado está justamente la fuente de las más graves discordias entre los Habsburgos y Francia.

No fue ese el único éxito matrimonial de los Habsburgo. Maximiliano, elegido emperador en 1493, casó en 1496, según se ha dicho, a su hijo Felipe I el Hermoso con Juana I, hija de los Reyes Católicos, y a su hija Margarita con el príncipe don Juan, heredero de estos Reyes. Aunque Margarita, por muerte prematura del príncipe, no llegara a reinar, la herencia española pasó a Juana y luego al hijo de Juana y de Felipe, Carlos.

En la dieta de Viena (julio-agosto de 1515), Maximiliano vio aprobado el matrimonio de sus dos nietos Fernando y María, hijos de Felipe y Juana, con los hijos del rey Ladislao, Luis y Ana. De este modo entró en vías de realizarse la vieja aspiración de los Habsburgo: unir a sus dominios los reinos de Bohemia y Hungría.

Se podía con razón repetir: Alii bella gerant, Tu, felix Austria, nube (Que otros hagan las guerras; tú, Austria feliz, cásate).

Y todavía hizo Maximiliano otras pequeñas adquisiciones en dirección a Italia; pero ellas podían ocasionar rozamientos con la república de Venecia. Antes, en 1495, y en virtud del tratado de Senlis, había conseguido de Carlos VIII de Francia la devolución del Artois y del Franco Condado, que habían pertenecido a la Casa de Borgoña, a cambio de dejar en libertad al rey de Francia para intervenir en Italia.

Los Habsburgo en España

En 1517 Carlos, hijo primogénito de Felipe I el Hermoso y de Juana I, vino a España desde Flandes, a tomar posesión de los Estados de sus abuelos los Reyes Católicos. Con él entra a reinar en España la Casa de Austria o de Habsburgo.

Carlos venía de Bruselas, y había nacido en Gante en 1500. Su padre, Felipe, era príncipe soberano de los Países Bajos, como de todos los dominios hereditarios de la Casa de Borgoña, desde la muerte de su madre María, porque así lo disponían las capitulaciones matrimoniales de esta con Maximiliano.

En 1506 murió Felipe, y la soberanía de los dominios de Borgoña recayó en Carlos. En 1519 muere Maximiliano y en Carlos recaen también los dominios hereditarios de la Casa de Habsburgo. El 10 de julio de este mismo año Carlos fue elegido emperador de Alemania. Así fue como Carlos, que como rey de España se llamó I, aunque había habido otros Carlos en Navarra, y como emperador Carlos V, se encontró a veinte años dueño de inmensos dominios. España, con Sicilia, Cerdeña y Nápoles; los dominios de Borgoña, o sea los Países Bajos, Artois, Franco Condado y Borgoña, esta nominalmente; los dominios hereditarios de los Habsburgo, o sea los cinco ducados o archiducado de Austria; los vastos territorios descubiertos y conquistados por los castellanos en América y el imperio alemán.

Este inmenso poderío suscitaba graves problemas. Francia con sus pretensiones a los Países Bajos, al Rosellón, a la Navarra Española y a los dominios españoles de Italia, era opuesta en todo a los intereses representados por Carlos V. La rivalidad entre este y Francisco I en la elección imperial había exacerbado más esta oposición, la cual derivó hacia una lucha armada que dura, conciertos intervalos, todo el tiempo que vivió Francisco I y se continuó en el de su hijo Enrique II.

Un mapa de los dominios de los Habsburgo después de la Batalla de Mühlberg (1547).Un mapa de los dominios de los Habsburgo después de la Batalla de Mühlberg (1547) como se muestra en The Cambridge Modern History Atlas (1912); las tierras de los Habsburgo están pintadas en verde.

Estas guerras, así como las de Alemania contra los príncipes protestantes y el sostenimiento del frente musulmán en el Mediterráneo y en las tierras danubianas, consumieron los recursos de España y de sus Indias. Carlos V, en situación financiera difícil y además fatigado, abdicó en 1556. Carlos V, que tanto amaba a España, le hizo un daño involuntario. Había cedido los dominios hereditarios de Habsburgo a su hermano Fernando (tratados de Worms, 1521, y de Bruselas, 1522); pero en las abdicaciones de 1556 dejó a su hijo Felipe II los dominios de Borgoña, que pesaron en adelante sobre España.

Toda la actividad de Carlos estuvo inspirada por su idea imperial. No deseaba adquirir,, sino conservar y regir un imperio espiritual católico. Esa política fue seguida por sus sucesores y especialmente por Felipe II, su hijo y discípulo. Si Carlos no logró todo lo que se propuso, los efectos de su política fueron grandes y duraderos. No destruyó el protestantismo en Alemania, pero contuvo sus progresos y afirmó el catolicismo, siendo la Contrarreforma en gran parte, obra suya. Para servir al ideal que sustentaba casó a su hijo Felipe con María Tudor. Impidió que Francia conquistara el Rosellón y dominara la Navarra española, y no permitió que extendiera su dominación a los Países Bajos.

Obligó también a Francia a abandonar sus pretensiones sobre Italia, especialmente sobre el Milanesado, pretensiones que habían sido la causa principal de las guerras entre Carlos V y Francisco I. Y, finalmente, si no hizo desaparecer el peligro turco, lo alejó conteniendo su poder. Por lo que a las Indias se refiere, Carlos comprendió el pensamiento de Hernán Cortés, el creador de Nueva España, y acertó al elegir a don Pedro La Gasca como pacificador del Perú.

En suma, Carlos V, que había recibido de sus abuelos una España elevada al más alto rango entre los Estados nacionales europeos, inicia la hegemonía mundial española que conserva, a costa de grandes esfuerzos, su hijo Felipe II y se les escapa de las manos a los otros Felipes.

Felipe II (1556–1598), aunque no fuese emperador, era el representante de la ramo primogénita y principal de los Habsburgo mientras su tío, el emperador Fernando I (1558-1564), era el jefe de la rama secundaria. Felipe II y sus sucesores creían un deber la defensa de la rama segunda, y lo cumplieron con desinterés no siempre agradecido. La política de Felipe II fue la misma de su padre, que había dirigido su formación. Esa política, la del imperio espiritual y católico, le imponía la lucha contra los herejes y contra los musulmanes.

Desde la Paz, de Cateau-Cambresis (1559), liquidación de la rivalidad con Francia, Felipe dirige la defensa del catolicismo frente al calvinismo en ese reino, vecino de España, de Flandes y de Italia. Desde entonces hasta la paz de Vervins (1598), esto es, durante casi todo el reinado, Felipe interviene constantemente en la política interior de Francia, con aires de protector, pero en definitiva con desinterés, pues se retira y retira sus tropas cuando ha conseguido que Francia no tenga un rey hereje, es decir, cuando Enrique IV abraza el catolicismo.

Más dura y costosa fue la política de Felipe II en los Países Bajos. Para perseguir el protestantismo, que había invadido aquellos países, y para implantar en ellos las decisiones del Concilio de Trento, llevó Felipe a los Países Bajos la Inquisición a la española, determinando sublevaciones que no terminaron ni cuando Felipe cedió aquellas tierras (1597) a su hija Isabel Clara Eugenia, que había de casar y casó efectivamente con el archiduque Alberto de Austria.

Las guerras de Flandes consumían todos los recursos, obligaron en 1575 a una ruidosa suspensión de pagos, determinaron una funesta guerra con Inglaterra, durante la cual fue destruida la gran armada española que se llamó la Invencible (1588), derrota que oscureció el brillante triunfo de Lepanto contra la flota turca (1571), y acabaron por minar el prestigio exterior de España. La incorporación de Portugal (1580-1381), en virtud de derechos hereditarios y de la rápida acción militar del duque de Alba, resultaba tardía. El sentimiento nacional portugués era ya muy fuerte, y a los sesenta años, en 1640, la unión con España se rompió.

En el interior, la tranquilidad se turbó no pocas veces y gravemente. La Inquisición bastó para ahogar los focos de protestantismo que se habían formado en tiempos de Carlos (autos de fe de Valladolid, 1559, de Sevilla, 1558, etc.). Pero los moriscos granadinos, musulmanes mal convertidos al cristianismo, se sublevaron (1568); tras larga y cruel guerra fueron vencidos (1568-1571) y fue necesario diseminarlos.

Un incidente, el proceso del Secretario del rey, Antonio Pérez, originario de Aragón, vino a poner en evidencia que ese reino no se sentía a gusto dentro de la monarquía de Felipe II. Por otra parte, el proceso de Antonio Pérez como el del primado fray Bartolomé Carranza y el del príncipe don Carlos, en los de los cuales, los primeros, la Inquisición procedió irregularmente y bajo la presión real, pusieron al descubierto la decadencia de esta institución.

Felipe III

A los reyes del siglo XVII les fue imposible mantener la hegemonía española, aunque ellos querían ser fieles a la política de Carlos V. Por otra parte, los tres fueron hombres sin voluntad y sin amor al oficio de rey, y los tres entregaron el manejo de los negocios a validos mediocres. Felipe III tuvo por valido al duque de Lerma que, aunque ambicioso, no era vulgar y, contra la opinión de la mayoría, eligió una política de modestia y de paz, con Inglaterra (Jacobo I Estuardo), con Francia (María de Médicis) y con Holanda: la tregua de doce años con los holandeses (La Haya, 1609) fue el mayor acierto de Lerma, aunque equivaliera realmente a una renunciación.

Más discutida es la expulsión de los moriscos (1609, 1610, 1611, 1614); pero se ordenó, después de madura reflexión, y más por consideraciones políticas que por motivos religiosos. Al final del reinado, y cuando ya el duque de Uceda había desplazado a su padre el de Lerma, empezó la guerra de Treinta Años (1618-1648). España aceptó con dignidad el puesto que le correspondía en la defensa del catolicismo y de la segunda rama de los Habsburgo.

Felipe IV
Felipe IV por Velázquez.Felipe IV por Velázquez.

La decadencia se acentúa claramente en el reinado de Felipe IV (1621-1665), aunque el primero de los validos de este rey, el conde-duque de Olivares, aspiraba con tanto tesón y patriotismo como torpeza, a elevar a España de nuevo al alto sitial que parecía haber abandonado. En 1621 expiró la tregua de doce años. En lugar de prorrogarla o convertirla en paz definitiva, Olivares eligió la guerra.

Se tomó Breda (1624), y nuestras flotas vencieron a las holandesas en Gibraltar y en América; todo era ineficaz, pues la guerra no era una lucha localizada en Holanda y con los holandeses; era una guerra europea, y el enemigo de los Habsburgos españoles y austriacos era Francia, cuyos destinos regía con maestría suprema el cardenal Richelieu, que movía contra los católicos a Dinamarca, a Suecia y, cuando fue preciso, puso en la balanza todas las fuerzas y todos los recursos franceses, apoyados por holandeses, ingleses, suizos, saboyanos, parmesanos y mantuanos. Si el cardenal infante venció al rey de Suecia en Nördlingen (1634), nuestro almirante Oquendo y el almirante portugués Fernando Mascarenhas son derrotados por los holandeses, que al cortar las relaciones comerciales de España y de Portugal con sus colonias ponen en difícil situación económica a las dos naciones ibéricas.

La guerra exterior se complicó con los graves movimientos separatistas de Cataluña y Portugal (1640), de Andalucía y Aragón (1641 y 1 648), de Sicilia y Nápoles (1646-1647), provocados por la desatentada política uniformadora de Olivares. La pérdida de Arras y los levantamientos de Cataluña y Portugal determinaron, en 1643, la caída de Olivares. Después de la caída del conde-duque, el ejército español de Flandes sufre en territorio francés, en Rocroi, una derrota, más grave por sus consecuencias que por su importancia real (16 mayo de 1645).

España, sin embargo, se mantuvo fiel a su alianza, y cuando el emperador (Fernando III, 1637-1651) la abandona en la paz de Westfalia (1648), España negocia con Holanda (Münster, 1648), y sigue la lucha con la Francia de Luis XIV, esperando una ocasión más favorable para negociar. La paz de los Pirineos se hizo en 1659 y Felipe IV premió a don Luis de Haro, el sucesor de Olivares, con el título de Príncipe de la Paz.

El balance de todas estas luchas no puede ser más doloroso. En Münster (1648), se preparó la paz de La Haya (1661), por la que Felipe IV reconoció a Holanda su independencia y la posesión de las islas ocupadas por los holandeses en Malasia. En la paz de los Pirineos (1659), Felipe IV cedió a Luis XIV el Artois, Luxemburgo y varias plazas de Flandes, el Rosellón y la Cerdaña. Portugal era, en realidad, independiente desde 1640, aunque España no reconociera su independencia hasta 1668, reinando ya Carlos II, y sin otra compensación que la plaza africana de Ceuta.

Carlos II

En el reinado de Carlos II (1665-1700) la decadencia de España se consuma. Los diez años de su minoría (1665-1675) y los veinticinco de su mayor edad (1675-1700) tienen rasgos comunes: gobiernan más que los ministros los favoritos (Nithard, Valenzuela, don Juan José de Austria), y las potencias europeas esperan la muerte de Carlos II, desde el día de su nacimiento, para repartirse en jirones sus dominios. España, débil y empobrecida, fiel a su nombre y a su historia, ha de hacer la guerra, sola o en alianza con otras potencias europeas de Occidente, para hacer frente a las ambiciones del poderoso Luis XIV, con el que Francia alcanza la hegemonía que antes tuviera España.

La guerra de Devolución (1666-1668) costó a España algunas plazas fuertes de Flandes cedidas a Luis XIV en la paz de Aquisgrán (1668). En la segunda guerra con Luis XIV (1673-1678) España ya no luchó sola, pues estuvieron a su lado el imperio, Holanda y el duque de Lorena; pero en la paz de Nimega (1678) perdió el Franco Condado y diversas plazas de Flandes. En la tercera, España volvió a luchar sola, y tuvo que aceptar la desventajosa tregua de Ratisbona. En la cuarta, Luis XIV hizo frente con fortuna a la formidable Liga de Augsburgo (1686) y atacó a España en Flandes y en Cataluña: en Flandes, las armas aliadas fueron vencidas en Fleurus (1690); en Cataluña, los ejércitos de Luis XIV llegaron a Barcelona (1697).

En la paz de Ryswick (1697), Luis XIV, para congraciarse con Carlos II, cuya sucesión disputaba con Alemania, devolvió a España las plazas tomadas en Cataluña, el Luxemburgo y las ciudades de Mons, Ath y Courtrai, en Flandes.

Entre tanto, las potencias interesadas en la sucesión de España iban formando convenios de reparto de los dominios de Carlos II, en 1668, entre Luis XIV y Leopoldo I; en 1698, los dos firmados en La Haya, y en 1699, el de Londres, que tiene grandes semejanzas con el que se hizo realmente después de la guerra de Sucesión, guerra inevitable, ya que las potencias no se avenían a reconocer por rey de España a Felipe de Anjou, nieto de Luis XIV, designado heredero por Carlos II en su último testamento.

En suma, con la Casa de Austria, España conoce su apogeo político y cultural y también su decadencia extrema que, empezando en los últimos años de Felipe II, se acentúa en los reinados de Felipe IV y Carlos ll.

Esa decadencia empieza por ser política y económica y, más tarde, es también cultural; pero en el siglo XVIII España vuelve a elevarse, primero política y económicamente y luego culturalmente. España no estaba, pues, agotada en 1700; era capaz de recobrar su vigor político y económico y de renovar su propia cultura.

Estos problemas interesan y apasionan notablemente a las nuevas generaciones, con lo que esa afirmación de capacidad que es también esperanza, se robustece.

AGUADO BLEYE, Pedro, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo A-E, págs. 413-417.