Hispania Romana

Campañas de la 2ª guerra púnica

Campañas de la segunda guerra púnica

La Conquista por el terror

Réplica casi automática (no menos genial, militarmente, que la audacia del gran capitán cartaginés) a la invasión de Italia por Aníbal con su ejército de libios y españoles fue el desembarco en Ampurias, en el mismo año 218 antes de Cristo, de Cneo Escipión al frente de numerosa fuerza romana y aliada.

Comenzaba la conquista de España por la república latina como una necesidad estratégica; y probablemente se decidió en nuestra Península la suerte de Roma, pues aunque Asdrúbal logró pasar a Italia con tropas en 208, Aníbal no pudo contar con los inagotables elementos de combate que hubieran reforzado continuamente su ejército de Italia, o al menos reparado sus pérdidas.

Tuvo Aníbal la desgracia de que su propio gobierno le saboteara, desde Cartago, la campaña de Italia. Porque cuando amenaza a un Estado de modo cierto, bien que oscuro en cuanto al tiempo, una guerra de destrucción, los hombres más prudentes, los más resueltos y los más abnegados (que se prepararían inmediatamente para la lucha inevitable, la aceptarían en un momento propicio, y de esta suerte cubrirían su política defensiva con la táctica ofensiva) tropiezan siempre con la masa indolente y cobarde, de los adoradores del becerro de oro, de los ancianos y los débiles, y de la legión de los que solo anhelan ganar tiempo, vivir y morir en paz y aplazar el combate final a toda costa, Así, en Cartago había el partido de la paz y el partido de la guerra, ambos, como es natural, asociados a los bandos, ya existentes, de los conservadores y los reformistas. Mommsen, libr. III, cap, IV.

Mas la verdad es que Cartago no era, en definitiva, enemigo para Roma, cuya superioridad humana le aseguraba tarde o temprano la victoria. Los triunfos de Aníbal en Trebia, el lago Trasimeno y Cannas se debieron en gran parte a los honderos de las Baleares y a la caballería e infantería españolas. Asdrúbal no consiguió establecer contacto con su hermano, y en las márgenes del Metauro halló la derrota y la muerte.

En España los generales cartagineses tampoco supieron sacarle todo el partido que prometía a la privilegiada situación que disfrutaba el dominio púnico; y Roma, tras los graves quebrantos del principio, tuvo la fortuna de rehacerse pronto, gracias a las excepcionales dotes de Publio Cornelio Escipión, quien en cuatro años —había llegado en 210— expulsó a los ejércitos cartagineses, y, pasando a África en 206, desbarató definitivamente en Zama, un lustro más tarde, a la potencia púnica.

Tiene gran interés el retrato de Escipión que traza Tito Livio. Del Ebro había marchado el general romano a Andalucía, para conferenciar con el africano Masinisa, que meditaba traicionar a los cartagineses y pasarse al campo romano. Ambos se vieron cerca de Gades. Masinisa casi perdió el habla, de asombro al contemplar de cerca por primera vez al joven Escipión. La noticia de sus proezas había hecho concebir al númida gran admiración por él, y se lo había imaginado hombre de imponente aspecto. Pero cuando lo tuvo delante sintió por el romano admiración aún más profunda. La natural majestad de Escipión aparecía realzada por el cabello largo y suelto y por la sencillez de su porte, desprovisto de todo adorno, muy masculino y marcial. Se hallaba Escipión en el mejor momento de su vida, y al reponerse de una reciente enfermedad su tez había recobrado la transparencia, y toda su persona el frescor, de la juventud. Tito Livio, XXVIII, 35.

No quedaba en España ninguna fuerza organizada de consideración hostil a la causa romana, ni la hubiese habido, quizás, digna de cuenta, coherente ni dispersa, si el orgullo, la crueldad y la codicia de los gobernadores latinos no la hubieran fomentado. La primera noticia directa que tuvieron los españoles del humor romano espantó a los pueblos. Aun no habían abandonado la Península los últimos cartagineses y ya proclamaba la soberbia romana por labios de Cornelio Escipión que había llegado la hora de dar una lección a las ciudades aliadas de Cartago. Dispuso el general latino expediciones de castigo contra Iliturgi, y Cástulo (Cazlona), en el paso oriental de la Meseta a Andalucía, y contra Astapa (Estepa), en el corazón de la Turdetania, recomendando a sus capitanes que hicieran un escarmiento para que nadie creyeses jamás que se podía maltratar impunemente a un ciudadano o soldado romano, por baja que fuera su condición.

Ya no se trataba (para los españoles) —añade Tito Livio— de que modo escapar a la muerte, sino de dónde hallarla; la espada en la mano, en el campo de batalla, donde la fortuna de la guerra levanta a menudo al vencido y derriba al victorioso, o entre las cenizas de la ciudad, a la vista de las mujeres e hijos propios, prisioneros, y después de haber sido destrozados por el látigo o sometidos a horribles y repugnantes tormentos. Tito Livio, libro XXVIII, 19.

En efecto, Roma penetra en España con una política que pasma al historiador moderno. Los gobernadores romanos —anota Mommsen— pisoteaban en España la ley de las naciones y continuamente arrastraban por el lodo el honor de Roma: con la perfidia y deslealtad sin ejemplo, con el frívolo y perverso sistema de jugar con capitulaciones y tratados, con la matanza en masa de los pueblos que se rendían y con la inducción al asesinato de los generales del enemigo. Y no era eso todo: se hacía la guerra y se sellaba la paz contra la voluntad de la suprema autoridad romana, e incidentes sin importancia, como la desobediencia de los numantinos, se convertían, por una extraña combinación de maldad y torpeza, en una crisis de gravedad fatal para el Estado. Mommsen, lib. IV, cap. I.

Desde 205 hasta 133 antes de Cristo, los romanos llevan la conquista de España por el hierro y por el fuego. Los buenos gobernadores —Tiberio Sempronio Graco (181-178), Marco Claudio Marcelo (152)— eran rarísimos; pero abundaban los conquistadores del tipo del cónsul Lucio Licinio Lúculo y del pretor Servio Sulpicio Galba. El primero llegó para proseguir la guerra contra los arévacos, pero este conflicto lo había resuelto ya felizmente Marcelo con un tratado; Lúculo ataca entonces a los vacceos, pueblo colindante que vivía en pacíficas y aun amistosas relaciones con los romanos.

Las primeras víctimas de la agresiva impaciencia del cónsul fueron los habitantes de Cauca (Coca). La ciudad, que no esperaba este trato ni estaba preparada para resistir, capituló tan pronto como aparecieron las legiones ante sus murallas. El desembolso de una suma considerable —cien talentos de plata— llevó al ánimo de los caucanos la esperanza de que, aunque cara, habían comprado la tranquilidad; pero poco después, sin pretexto alguno, invadió la ciudad el ejército romano, degolló a buena parte de sus moradores, y redujo a esclavitud al resto. Así encendió Lúculo en el Duero medio la guerra que necesitaba para enriquecerse.

Luego que satisfizo su rapacidad despojando a los vacceos, pasó este cónsul a reforzar en la Lusitania al pretor Galba, y entre ambos crearon una situación difícil a los indígenas, que solicitaron la paz. Habiendo prometido Galba en la capitulación tierras para todos los que se presentaran, unos 7.000 lusitanos acudieron a una llanura cerca del Tajo, lugar en que habrían de hacerse los asentamientos. El pretor los distribuyó en tres campos y los desarmó; y al punto cayeron sobre ellos las legiones, y a los que no mataron traidoramente los vendieron como esclavos.

Viriato

Las felonías de Lúculo y Galba hicieron aun más odioso el nombre romano en la Celtiberia y en la Lusitania. Viriato (146-139), que surge a raíz de estos últimos sucesos, viene a ser producto y creación del terrorismo romano operante en un territorio en extremo favorable a este linaje de rebeldía; a la violencia astuta, aconsejada por el instinto de conservación, como recurso desesperado.

Durante ocho años vengó Viriato con ininterrumpidas victorias sobre las legiones los excesos de aquellos desalmados generales. Una vez más pudo haberse restablecido la paz cuando en el año 140, el cónsul Fabio Máximo Serviliano, vencido por los lusitanos, pactó con su caudillo, reconociéndolo como amigo del pueblo romano y como reyezuelo.

Pero, bien porque se impusiera en Roma el partido de la guerra a ultranza, bien porque fuese dogma de la política senatorial no aprobar otros tratados que los nacidos de la rendición incondicional del enemigo, con poco esfuerzo consiguió Q. Servilio Cepión, hermano y sucesor de Serviliano, que el Senado anulara aquella paz. Se reanudó la guerra, ahora con suerte adversa para los lusitanos, pues en la campaña que emprendió Servilio Cepión con el apoyo del cónsul de la Citeria, M. Popilio Lenas, las águilas romanas se repusieron de los desastres recientes.

Aspiraba Viriato a resucitar su pacto con Serviliano, esto es, a que se le admitiera como aliado de Roma, y al efecto, envió al campamento latino a tres emisarios: Aulaces, Ditalcón y Minuro, gente poco segura, que antes había estado al servicio del invasor. Restaba a los gobernadores romanos por ensayar con los lusitanos una ignominia: la de la muerte de su héroe a traición. Como es sabido, sobornados por Cepión, sus propios embajadores asesinaron a Viriato durante el sueño.

La guerra de la Celtiberia

La guerra que por estos años tenía por teatro la Celtiberia —en cierto modo relacionada con la de la Lusitania— se había fraguado asimismo en la intemperancia de las autoridades romanas, hija, posiblemente, del desasosiego con que verían los romanos una paz que duraba ya treinta años. Y un incidente que un Graco o un César hubiera liquidado sin graves consecuencias se convirtió en el principio de una conflagración que humilló y desconcertó a Roma.

Tomó pie el invasor para romper hostilidades en la Celtiberia en la fortificación de Segeda por las tribus de los belos y los tittos, cuyos principales jefes, invitados por la solidaridad de los arévacos, se refugiaron en Numancia (año 153 antes de Cristo). Sobre esta ciudad amurallada fue el cónsul Q. Fulvio Nobilior, y acampado ante ella con su ejército pudo oír que los sitiados pedían la paz.

Pero el general romano optó por el ataque y la agresión, y sufrió una derrota famosa. Más prudente, su sucesor, M. Claudio Marcelo, puso término a la lucha en 152 con un tratado. Siguieron nueve o diez años de paz, hasta que en 143, el prestigio y las hazañas de Viriato avivaron el rescoldo de la Celtiberia y levantaron en esta comarca nuevas llamas de rebeldía.

El cónsul Q. Cecilio Metelo, militar competente y hábil político, sometió a un buen número de pueblos, pero no tuvo tiempo de completar sus victorias con la pacificación de los arévacos. Termancia y Numancia se mantenían firmes. Pareció concluida la guerra con el convenio que suscribió con los numantinos el cónsul Q. Pompeyo Aulo, pero una vez más censuró el Senado la indulgencia de su general. El nuevo cónsul, Marco Popilio Lenas (139-138), también se estrelló contra los muros de Numancia.

Lo que sigue es ya un interminable rosario de derrotas, desgracias y humillaciones para las águilas romanas. El cónsul Hostilio Mancino evacua una noche con 20.000 hombres su campamento fortificado, le alcanzan los numantinos, le asedian y le desmoralizan la tropa, y Mancino tiene que capitular.

A continuación desfilaron sucesivamente por la Celtiberia los cónsules Emilio Lépido (auxiliado por el procónsul de la Ulterior, Decio Juno Bruto), Furio Filón y Q. Calpurnio Pisón. Lépido se encuentra con la tregua a que había dado lugar en Numancia la rendición y pacto de Mancino, y, a imitación de Lúculo años antes, ataca a los vacceos, que le infligen espantosa derrota. Furio Filón trae orden de reanudar las hostilidades contra Numancia, pero prefiere hacer también la guerra a los vacceos. Pisón sigue igual táctica en el año 135.

No se atrevían ya los generales a emplear a las legiones contra los numantinos. Estaba el ejército romano desalentado. Una falsa alarma, la voz, o el simple rumor, de que el enemigo estaba fuera del recinto, hacía temblar a una fuerza que había perdido toda marcialidad. El campamento romano tenía más de feria o de mercado que de cuartel. Unas 20.000 cortesanas y multitud de adivinos y sacerdotes de las más pintorescas deidades, con número no menor de charlatanes y vendedores de baratijas y cosméticos —insólito acompañamiento para una milicia— enervaban la vitalidad y el ardor de las legiones.

Y frente a ese carnaval, se hallaban parapetados unos miles de desgreñados numantinos, resueltos a vender cara su vida.

Numancia

Numancia se había trocado en una pesadilla para Roma. Entonces decide el pueblo romano —como se decía— enviar a España a su mejor general, Publio Cornelio Escipión Emiliano, nieto adoptivo del gran Escipión, el Africano. Con él vinieron 4.000 voluntarios y una cohorte de eminencias: Cayo Mario, Cayo Graco, Cayo Memmio, Yugurta, el africano, con sus elefantes. Si lucida era la representación de las armas, no lo era menos lo de las letras: Lucilio, Rutilio, Sempronio, Asellio, Polibio; poetas, filósofos e historiadores.

Ante Numancia, reunió Escipión Emiliano 60.000 hombres, contra 4.000 combatientes celtiberos.

Los romanos no iban a tomar la ciudad por asalto. Emiliano se había propuesto rendir a los numantinos por hambre. Ocupó al ejército en cavar trincheras, edificar campamentos y construir la implacable muralla. Tendió en torno a Numancia un inquebrantable anillo de hierro, verdadera obra de romanos, y confió al tiempo el remate de su cauteloso plan.

Mas todavía pudieron romper los celtiberos aquel círculo de hierro. Un grupo escaló la muralla, y atravesando los campamentos, se presentó en Lutia, pueblo próximo, en demanda de ayuda. Descubierta la embajada, los romanos castigaron impíamente a los habitantes de Lutia: les cortaron las manos a 400 jóvenes.

El sitio de Numancia duró ocho meses. Había en la ciudad unas 10.000 almas, ancianos, mujeres y niños inclusive. Agotadas las provisiones, los sitiados comieron cuero cocido y otras inmundicias. En vano solicitaron al enemigo que les concediera una capitulación honrosa. En la última extremidad, los numantinos no retrocedieron ante la antropofagia.

Por fin tuvieron que rendirse. Pero cuando los romanos les ordenaron que aparecieran al día siguiente en las puertas de la ciudad, pidieron veinticuatro horas para que pudieran suicidarse aquellos que habían jurado no sobrevivir. Muchos, en efecto, se quitaron la vida. Finalmente, los romanos vieron destacarse del recinto a los que iban a rendirse: miserable condición de harapos, barbas y figuras espectrales. De aquellos desdichados, Escipión Emiliano eligió cincuenta para un cortejo triunfal y a los demás los vendió como esclavos, si hubo quien los comprara.

Análisis de la política de Roma en España

El relato detallado de la conquista de España por Roma no encaja en el marco de esta historia. Más los hechos mencionados, aun expuestos sucinta y fragmentariamente, nos ayudarán a interpretar una empresa compleja, no siempre estudiada sin prejuicio.

Cuando se para atención en el infinito número de ocasiones en que Roma pudo haber restablecido y cimentado la paz en la Península, y no quiso o no supo hacerlo, se evidencia la desorientación de los historiadores que atribuyen al carácter indómito de los iberos la causa de las guerras y los levantamientos.

Otras razones —que analizaremos más adelante— explican la política. o, por mejor decir, la falta de política colonizadora de Roma en España, la causa principal, a mi juicio, de que la lucha se prolongase tanto tiempo. El ejemplo de Tiberio Sempronio Graco (año 178) testifica que no era difícil pacificar a España con una política de atracción, alistando en el ejército romano, con halagos, a los jefes celtíberos, dando tierras a las tribus más necesitadas, recogiendo en poblados a las más levantiscas, y en suma, mediante tratados justos observados fielmente por los romanos.Con sólo conducirse caballerosamente —lo que no excluyó el uso de la fuerza— Graco dio veinticinco años de paz a la Celtiberia. Otros diez años de tranquilidad se debieron a Marcelo, gobernador del mismo corte humano. Y no puede ofrecer duda que si el sentido político y la magnanimidad de estos generales hubiesen informado la concepción oficial romana de la conquista —en vez de responder a un criterio o al carácter personal—, la penetración de Roma en España no hubiera tropezado con los ingentes obstáculos que perturbaron y retrasaron.

Sin embargo, el pensamiento romántico, al invadir la historiografía desde el siglo XVIII, nos presenta la resistencia que ofrecieron los hispanos a Roma durante la república punto menos que como una gesta nacional, y exalta a los caudillos —Indibil y Mandonio, Viriato y Retógenes— como héroes de la independencia nacional. Según ese punto de vista, el alzamiento contra Napoleon en el siglo XIX no haría sino reproducir la situación que embarazó a los romanos en la Península Hispánica en los siglos III y II antes de Cristo. Pero harto claro está que las tribus que desafiaban el rigor y la rapacidad de los gobernadores romanos luchaban por su existencia física, no por la independencia política. El malestar era general; lo mismo afectaba a los turdetanos, la población más pacífica y civilizada de España en aquella época, y a las ciudades fenicias, de proverbial mansedumbre, que a los montañeses lusitanos y a los sufridos celtíberos. A las veces, como en la rebelión del año 197, los turdetanos se adelantaron en la protesta a las demás tribus de la Península.

El grado de cultura variaba mucho de unas regiones a otras. La naturaleza del territorio mantenía aislados en clanes aldeanos a los núcleos de población. No había unidad de ninguna clase. Ni siquiera cabe hablar con propiedad de españoles con referencia a los pueblos que se distribuían entonces la Península. Hispania, que comienza a sonar a la sazón, apuntaba como un concepto geográfico, desprovisto de la significación étnico-política que había de tener, precisamente, a partir de la dominación romana. La conciencia civil, la noción de la soberanía, el nacionalismo, sentimientos completamente desarrollados en la España del siglo XIX, eran valores, o extraños en absoluto a las tribus peninsulares de la época prerromana, o sobremanera débiles y sobornables, como correspondía al estado de barbarie en que vivían.

Si no supiéramos que la región de mayor cultura y ri queza, la Turdetania o Bética, se soliviantó, las pocas veces que lo hizo, o instigada por los cartaginenses o a causa de las cargas inaguantables que sobre ella echaba el invasor, nos sería dado discernir en su protesta el aliento de una conciencia política madura. Pero fue, justamente, en las zonas del Este, Sudeste y Mediodía donde menos oposición encontraron los romanos. Los tropiezos graves tuvieron por escenario, en curioso contraste, las comarcas incapaces de batirse por ideas abstractas, por un ideal político o religioso: la Lusitania y la Celtiberia. Por eso también, la Lusitania y la Celtiberia dieron los mayores contingentes de mercenarios y aliados a Aníbal y a Sertorio, y luego que fueron tratadas con mesura y tacto político, se romanizaron con asombrosa rapidez. Era aún pronto para que medrase el patriotismo que conoce el hombre moderno. (El patriotismo de la Edad Media tampoco tiene relación con el fomentado por el Renacimiento.)

En el año 218, los celtíberos figuraban como mercenarios en el ejército cartaginés. Al año siguiente se habían vendido a los romanos. En 212 se fueron con Asdrúbal, que les ofrecía mejor soldada. Se alistaban con quien les pagaba, con Roma contra Cartago, con Cartago contra Roma; al servicio de los turdetanos contra el invasor; con una tribu contra otra. De los 60.000 hombres con que Escipión Emiliano acordonó a Numancia, 40.000 eran nativos, de ellos gran parte celtíberos. Y la ausencia o la endeblez de lazos patrióticos —aunque en ocasiones hubo ligas y confederaciones— que en cierto modo merecerían esa calificación, autorizaba graves y continuas deslealtades, como la que le costó la vida a Viriato.

Las tribus lusitanas, que tenían indistintamente por ocupación el pastoreo y el bandidaje, contaban entre las más selváticas de la Península. Practicaban bárbaros sacrificios humanos, de los que no se libraban los prisioneros. La justificación moral de Viriato no puede buscarse en la lucha por la independencia, que, dadas las costumbres indefendibles de las poblaciones lusitanas, había de parecernos, como hubiera parecido a los romanos, una aberración. Históricamente, la razón estaba de parte del romano. Pero nuestras simpatías se movilizan en favor del caudillo lusitano y de los héroes de Numancia porque sólo ambicionaban vivir, derecho elemental que nos resistimos a negar a las fieras, pero que los romanos no les reconocían. Si bien se estudia la cuestión, se advierte que lusitanos, vacceos, arévacos, turdetanos, no se oponían a que los gobernaran los romanos, como hoy se oponen los pueblos a que los gobiernen hombres extraños, por benéfica, noble y desprendida que sea su política. Lusitanos, vacceos, arevacos, turdetanos se resistían simplemente a dejarse robar y matar. La civilización que Roma traía a España cohonestaba la conquista, pero no el exterminio de los indígenas.

La resistencia que España ofreció a Roma durante doscientos años nunca se explicará satisfactoriamente por el territorio y el carácter de los iberos. La geografía y la raza no fueron obstáculo para la fácil conquista cartaginesa, ni para que la Península Hispánica, provincia del Imperio, disfrutase luego cuatro siglos de paz y prosperidad inigualados en el orbe romano. España —su geografía y su raza— era la misma en tiempo de Catón el Viejo que en tiempo de Augusto; lo que había cambiado era el gobierno y la política de Roma. A semejanza de los cartaginenses, los bárbaros del Norte y los árabes arrollarían sucesivamente el país sin hallar oposición digna de cuenta.

Llegaban los romanos en condiciones envidiables para imponer en España su ley. Como los árabes, venían con una organización militar superior. La división de los nativos, su indisciplina, sus supersticiones y la falta de un poder centralizado eran otros tantos factores aliados de Roma. La torpe lentitud de la conquista sólo puede ser atribuible a varias causas, exteriores al medio español, y dimanantes de un hecho fundamental: Roma no se propuso conquistar a la Península hasta muy tarde.

La república romana no se planteó la cuestión de sojuzgar a España de punta a punta y anexársela, como hizo el Estado español con los territorios americanos en cuanto supo que existían. La idea de someter a la Península, a toda la Península, es coetánea de los últimos años de la república y comienzos del imperio, idea imperial, no republicana, que indujo a Julio César a someter el Norte de la Lusitania y la Galecia y a hacer a la Galia y a la Numidia provincias romanas; produjo la incorporación de Massilia a la Narbonense, incitó a Augusto a reducir a la Cantabria y la Dalmacia, etc. En esa política se ha visto el plan del aumento territorial del Occidente para que la parte oriental del orbe romano, heredera de las más viejas culturas del mundo, no absorbiera a Roma.

Al principio de la expansión romana, no sólo no entraba en los cálculos del Senado colonizar y civilizar a nadie, sino que instintivamente rehuía la adquisición de territorios fuera de Italia (Mommsen). Los romanos habían entrado en España para evitar que la poseyeran los cartaginenses —sentido también de los pactos anteriores entre Roma y Cartago—, y no podían abandonarla sin correr el riesgo de que se rehiciese aquí el imperio púnico. Este peligro existió aún, vivísimo. mucho tiempo después de expulsados de la Península los cartaginenses, en realidad hasta la destrucción de Cartago (año 145 antes de Cristo). “Es notable —señala Herculano— que todavía medio siglo después de la época en que Escipión (el Antiguo) se jactaba de no haber dejado en España un solo cartaginés, los lusitanos, capitaneados por un hombre de origen cartaginés (se refiere al caudillo lusitano llamado Púnico), desbaratasen sucesivamente a los ejércitos de Manilio y Pison.” Campañas de los años 155 y 154.

El ritmo de la conquista romana de España

Para impedir que España cayera de nuevo en poder de los cartaginenses o —por algún otro azar— se convirtiese en una amenaza para Roma, habían de ocuparla los ejércitos del Lacio; tanto más cuanto que no alentaba en este extremo del mundo ningún poder, Estado o gobierno que pudiera responder de la adhesión de la Península al interés romano. Pero le bastaba a Roma tener sometidas a las ciudades de la faja litoral mediterránea y a las turdetanas, junto con las de las regiones del Ebro y el alto Duero —esto es, con las dos provincias, Citerior y Ulterior—, para sentirse resguardada de peligros. Mandando en las partes de España de mayor importancia estratégica, los romanos no sentían la urgencia de dominarla toda. Eran esas provincias, además, las más ricas, y la posesión de las fecundas minas de plata y de hierro, así como los intereses comerciales que pronto se crearon, constituían el otro imperativo para que la ocupación tuviera carácter permanente. Circunscrito el ideal romano en esos límites militares y económicos, ni el Occidente ni el Norte de la Península merecieron la atención de la gran urbe latina. Por eso, después de alcanzados aquellos dos objetivos, el ritmo del avance romano denota escaso esfuerzo conquistador.

En el año 201 antes de Cristo, al concluir la segunda guerra púnica, el dominio de Roma en España se reducía a las ciudades del litoral, desde Tarragona hasta Gades y Andalucía hasta la línea del Betis. En 197 fue dividida la Península en dos provincias, Ulterior y Citerior, a cargo de sendos pretores. El cónsul Marco Porcio Caton sometió la Celtiberia y extendió la conquista hasta Jaca (año 194). Marco Fulvio Nobilior, pretor de la Ulterior, invadió la mitad meridional de la Meseta, hasta el Tajo (año 192) y señoreó a los carpetanos de esta comarca. Fulvio Flaco conquistó una década más tarde el resto de la Carpetania al norte del Tajo. El noble Tiberio Sempronio Graco prolongó el dominio romano Ebro arriba, hasta la raya de la Vasconia y fundó la población vascona de Graccurris (Alfaro) en el año 178. Graco incorporó a la Citerior a los vascones de la Ribera y por Occidente avanzó hasta Clunia (Coruña del Conde), cerca del Duero medio.

Desde el año 178 hasta el de 154, esto es, en veinticinco años, el avance de la conquista se cifró, por el Norte, en una penetración hasta la costa, a manera de cuña, con salida al Cantábrico en un punto entre Bilbao y Santander. No hay noticia de que este movimiento tropezase con resistencia. La provincia Citerior comprendía entonces la mitad meridional de la Península hasta Sierra Morena. En la Ulterior, el dominio romano se detenía, por el noroeste, en la región de Badajoz, Evora y desembocadura del Sado. (Entonces se produjo el choque más grave con los lusitanos, que vieron que se les cerraba el paso a las tierras ricas de Andalucía y al campo de sus correrías bandoleriles.)

En las dos décadas siguientes, Roma no ganó terreno; antes bien, en algún momento Viriato puso en peligro las conquistas realizadas por los latinos en sesenta años.

Concluida la guerra lusitana (año 136), el cónsul Décimo Junio Bruto dilató la frontera de la dominación hasta el Miño y sometió a unas cuantas tribus galaicas. Se contaban ochenta años desde que el primer guerrero romano puso pie en Emporion. Pasarían otros setenta hasta que Julio César conquistase la Galecia, y más de un siglo hasta que el imperio se resolviera a someter a los cántabros.

Todo parece indicar que una política colonizadora como la que inspiró a los conquistadores de América, y en España, individualmente, a algunos gobernadores romanos hubiera hecho de la Península una verdadera provincia romana en pocos años. Pero le faltaba a la república romana el noble estímulo de un ideal universal. En conjunto, España era para la república romana una carga y bajo esta impresión se despachaban en el Senado y en los comicios los asuntos españoles. Los gobernadores se proponían, por lo común, conquistar Roma en España, en nuestro suelo, a expensas de los hispanos. Su ambición no se remontaba más allá de hacer una fortuna expropiando a las poblaciones de cuanta plata y cuanto oro poseían y volver lo antes posible a Italia a recoger los honores y los ascensos políticos a que la aportación de un tesoro y victorias militares, reales o inventadas, les daban derecho. Aquel linaje de conquista no podía triunfar sin vesania; y ni el propio Catón —que fue, por cierto, quien mayores sumas de oro y plata se llevó para Roma— estuvo libre de crueldad. Por otra parte, Roma no pagaba a sus gobernadores de ultramar y los cambiaba todos los años; de suerte que cuando comenzaban a enterarse de las cosas de España eran relevados y sustituidos por autoridades sin experiencia, en ventaja de la ineptitud.

La corrupción que se había apoderado de la república romana envolvía en la impunidad los crímenes de los generales. Catón acusó a Galba ante el Senado en 199, pero la influencia y el dinero —botín español— echaron tierra al asunto. Estaba el gobierno de Roma en manos de una oligarquía podrida e irresponsable, que se servía de las colonias, ya para alejar a sus enemigos, ya para favorecer a sus secuaces. Semejante estado de cosas ordenaba que en España hubiera una guerra en marcha.

En esas condiciones, las autoridades romanas en la Península Hispánica no concedían, a menudo, la necesaria atención a otros problemas que los militares, con irritante menosprecio del aspecto social y de la rebeldía de los naturales. El bandolerismo debía de estar muy propagado, pero no ofrece duda que los romanos acentuaron el mal con sus bárbaros métodos represivos.

De antiguo tendría importancia en España la cuestión agraria, si es cierto que Aníbal prometía tierras laborables a los soldados hispanos que le acompañaran a Italia. Costa sostiene que “la guerra de Viriato no es una guerra por la independencia, sino un movimiento social”, y el hecho de que ese movimiento arrancase del traidor incumplimiento por Galba de la promesa de facilitar tierras a los lusitanos, infunde solvencia a tal opinión. Recuerda Costa el tributo impuesto por Viriato a los hacendados y la conclusión de la guerra mediante la concesión de tierras a los viriatenses. En general, la pa cificación de un territorio solía ir unida al reparto de tierras, como en el caso de la Citerior durante el gobierno de Graco.

Conquista de España y Conquista de la Galia

Se ha dicho (Menéndez Pidal) que frente a los famosos doscientos años de guerra hispana, bastaron nueve para que César sometiese a la Galia. Mas no hay en España, si bien se mira, doscientos años de guerra con Roma, como no hay ochocientos años de reconquista medieval. Se olvidan los largos períodos de paz hasta el año 133, y que a partir de esta fecha comienza una nueva época, como acontece con la Reconquista antimusulmana después de mediado el siglo XIII. También se pierden de vista la diferencia de época y otras circunstancias de valor. Ya hemos visto qué política lleva César a la Galia: la política del imperio, aún no proclamado, pero ya latente.

Además César era un genio con poderes absolutos, que no fue a la Galia por un año, ni por dos, sino por todo el tiempo que necesitase para pacificarla; y aunque en ocasiones castigó brutalmente a los galos, no comprometió de continuo su obra con injusticias insufribles, como los Galba y los Lúculo en España; terminó tratando a los nativos con desusada magnanimidad; obsequiaba a los caudillos con ricos presentes, no imponía nuevas cargas tributarias y aliviaba las condiciones de los sometidos. Así, "fácilmente atrajo César a su obediencia a la Galia (ya agotada por tantas batallas inútiles).” Era la misma política que le permitió dominar el Norte de la Lusitania y la Galecia en unos meses (año 60 antes de Cristo).

A estas fechas es dudoso el iberismo de Viriato, en quien no hay que ver necesariamente un personaje exclusivamente español. No consta, desde luego, que Viriato fuese un “ibero” (y menos después de puesto en tela de juicio el carácter ibérico de los lusos). Viriato podía ser celta. Su nombre parece ser céltico, derivado de viria (brazalete), voz céltica, muy común en los países de población celta. Las armas que usaban los lusitanos eran, por la mayor parte, tipos tomados de las armas posthallstátticas, celtas.

Igualmente, se ha visto en el heroísmo de los numantinos una manifestación del genio ibérico, expresión típica y cabal del carácter de esta raza de origen africano. Pero hoy comienza también a pensarse de otro modo. Los resultados de las investigaciones arqueológicas del señor Taracena, que Bosch analiza en su Etnología, fuerzan a revisar las ideas que venían imperando sobre la constitución étnica de los celtíberos. Esta probado que el elemento ibérico es en la cerámica numantina el menos característico y que sólo existe como una influencia. Se trata de una cultura evolución de la posthallstáttica, predominantemente céltica. “A través de la arqueología numantina —resume Bosch— parece que hay que conceder el carácter céltico de los arévacos y, por extensión, de los vacceos, cosa que atestiguaban también los indicios arqueológicos de sus territorios."

La Filologia respalda las conclusiones de la Arqueología. La voz arévaco (are-vaci) equivale a vacceos orientales. Denominaciones célticas de ciudades arévacas y vacceas son, entre otras, las de Segontia, Clunia, Lutia, Argaela, Contrebia, Leucada, Visontium, Augustobriga, Segeda y Numantia. Muchos de los nombres de los caudillos celtíberos también son célticos: Leukon, Ambon (Ammo), Retógenes —el más eminente—, quizás Caros, Anaros. En la esfera religiosa, el culto numantino de las Matres Callaicae y el de los lugoveis pertenecen asimismo al mundo céltico. La aristocracia o clase di rectora de los celtíberos era mayormente celta.

En tiempo de las guerras celtibéricas, Numancia tenía una población arévaca, en la que hemos visto predominaban la raza, la cultura y el genio celta. La insinuación de que la plebe fuese ibera e impusiese a la clase directora celta el drama de 133 parece demasiado sutil, forzada por la necesidad de dar satisfacción al prejuicio histórico de que sólo los iberos preferían incendiar su ciudad a rendirse. Esta exaltada conducta no era extraña a los galos (podía tenerse también por típica de los galos), quienes, capitaneados por Vercingetorige pegaron fuego en un día a más de veinte pueblos propios.

Y si ha de buscarse el sentido de la defensa de Numancia en la psicología de los arévacos, se hallará en aquella proeza confirmación plena de las conclusiones de la Arqueología y la Filología en orden al celtismo de ese pueblo. El recurso desesperado de fortificarse en una ciudad y desafiar los sufrimientos del hambre es una de las actitudes militares características de los galos. Julio César fracasa en el sitio de Gergovia ante la tenaz resistencia de los arvernes. Alesia, en el Auxois, es otra Numancia. César levanta en torno de Alesia un cinturón de fortificaciones tan costoso y complicado como aquel con que Escipión Emiliano circunvaló a la famosa ciudad celtibérica. Los alesianos, como los numantinos, aguantan un hambre terrible de preferencia a entregarse.

Dentro de España, el heroísmo suicida de los celtíberos aparece también entre los turdetanos, que eran los españoles más pacíficos y civilizados. Se comprueba asimismo entre los astures, durante el sitio del Monte Medulio (“más abajo de Ponferrada, a la entrada de Galicia”, según el padre Flores) en la guerra cantábrica que dirigió Augusto.

Repitamos que cuando, con Julio César y luego con Augusto, tuvo Roma, al fin, un buen gobierno, la pacificación de la Península no constituyó problema. La causa de las guerras en la Península no había sido, en último análisis, el carácter de los españoles, sino la corrupción y el terrorismo romanos.

La huella de Roma en España

En el marco de una unidad geográfica perfecta Roma pone en España el cimiento de la nación y funda el Estado, La Península recibe una ley, una lengua, una administración, un nombre: Hispania, una religión.

El proceso de la romanización fue en España más rápido y completo que, por ejemplo, en Francia. Sobre la cultura literaria de la España prerromana solo existen noticias parciales y vagas. Ya en los primeros siglos del imperio, todos los españoles usaron nombres latinos, y el latin fue, con las inevitables diferencias de pronunciación, el habla general de los hispanos; un latín que se llamó rústico, cotidiano o vulgar, lengua popular de Roma y las provincias romanizadas, distinta de la de los literatos. En cambio, subsistieron en Francia hasta muy tarde las lenguas primitivas. En 230 de nuestra era, Septimio Severo ordena que los fideicomisos sean admitidos, no solamente en latín y griego, sino también en lingua gallicana. En el siglo IV perduraba todavía el lenguaje céltico en los distritos forestales del Norte de Francia. En 473 el obispo de Clermont, Sidonio Apolinaris, da las gracias a su cuñado, el magnate Ecdicio, por haber conseguido que la nobleza arvernesa abandonara el rudo lenguaje céltico.

Aquella extensa y profunda romanización de la Península Hispánica, cuya aportación a la política y a la literatura del imperio fue considerable, no excluyó la supervivencia de costumbres y tradiciones muy primitivas, que aún hoy continúan tenazmente adheridas en lugares de España al remoto pasado. Además, sin la impronta del genio particular español sobre las instituciones romanas trasladadas a nuestro suelo, España hubiera carecido de carácter propio. Quiere decirse que la unidad que impuso la dominación romana no fue tan cabal y absoluta que llegara a destruir la personalidad peninsular, regional o local, en el orden político. Una parte del Norte se hurtó por entero a la latinización.

Cuando hablamos de unidad tenemos, pues, presente el orden de las instituciones superiores y generales, el Estado. Se ha definido a la nación como una reunión de hombres congregados por un sistema de instituciones fijas y generales, y unidos, no solo por un pensamiento moral, sino también por lazos de orden civil, político, militar e intelectual. Pues bien en ese amplio sentido, Roma unificó a España. Lo mismo durante la república que en el imperio, la visión romana de España era unitaria.

Se reconocieron en España por los romanos límites regionales, y a ello obedeció, sin duda, no la división en Citerior y Ulterior del tiempo de la república, pero sí la reorganización de comienzos del imperio, que dividió a la Península en tres provincias: Tarraconense. Lusitania y Bética. (Otón añadió luego a España el litoral africano próximo, con el nombre de Mauritania Tingitana, dependiente de Cádiz.) En la reorganización de Constantino, España volvió a quedar dividida en siete provincias, cinco en la Península: Tarraconense, Bética, Lusitania, Gallecia y Cartaginense; y dos exteriores: Mauritania Tingitana y la Baleárica.

Nada tienen, sin embargo, de significativas semejantes particiones administrativas, que se aplicaron también a la Galia, dividida en la época de Augusto en cinco regiones o provincias: Narbonense, Aquitania, Lugdunense, Bélgica y Norte; esta última comprendía las llamadas Tres Provincias, las más reacias a la romanización.

En la accidentada e insólita historia de la reunión y separación política de las regiones españolas, o unificación y desmembración del Estado peninsular, no reaparecen los confines administrativos establecidos por Roma. La Lusitania de la república, verbi gratia, cambia enteramente de límites en la división de Augusto, y el moderno Portugal está muy lejos de representar geográficamente a la Lusitania antigua.

Las provincias se hallaban subdivididas en distritos o conventos jurídicos, residencia de los magistrados administrativos, judiciales y militares. La mitad de la moderna Galicia dependía del convento jurídico de Braga, en la actual Portugal. El convento jurídico de Clunia, en la provincia de Burgos, ejercía la jurisdicción sobre País Vasco; pero los vascones (navarros) estaban asimilados al convento jurídico de Caesar-Augusta (Zaragoza).

La falta de fijeza de las fronteras políticas interiores de España prueba la artificiosidad de la división de la Península en más de una nación, o en todo caso, de un Estado pero al propio tiempo confirma persistentemente la existencia de masas o bloques regionales susceptibles de acentuar su personalidad política, esto es, de propender a la secesión, luego que quiebra o se corrompe el Estado y se presentan condiciones favorables dispersión del poder.

RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, T. I págs. 243-263.