Colonias Griegas

Colonización griega del siglo VIII al IV a. C

Colonización griega del siglo VIII al IV a. C

Creta y Micenas

Por lo que concierne al tiempo de Homero y edades antecedentes, la historia de Grecia estuvo hasta hace poco sumida en brumas. O, por mejor decir, no había historia de Grecia sino a partir del s. X antes de Cristo. Debemos a la tenacidad de un judío alemán con reputación de visionario, Schliemann, y al arqueólogo inglés Arthur Evans, los materiales que obligan hoy al historiador a remontar los albores de la civilización griega a edades muy lejanas.

En 1870, Schliemann decidió excavar el montículo de Hissarlik, en la Tróade, seguro de hallar ruinas de la ciudad de Troya. Y, efectivamente, descubrió, confundiendo a los incrédulos, que aquel lugar había sido asiento de muy antiguas residencias humanas, con ciudades que aparecían yuxtapuestas. La fortuna de Schliemann no se detuvo ahí. Pronto fue desenterrada un arca que contenía diversos objetos de oro o artículos de adorno desemejantes de los que hasta entonces se habían tenido por griegos, aunque no del todo extraños a algunos citados por Homero.

A los desconcertantes hallazgos de la Tróade se agregaron en 1876 descubrimientos aun más portentosos en el espacio tradicional de la antigua Micenas, donde Schliemann exhumó cinco tumbas excavadas en la roca, con extraordinaria copia de oro, marfil, plata, bronce y alabastro. El oro estaba trabajado en mascarillas, brazaletes y multitud de otros artículos de ornato personal. Las excavaciones sacaron también a la luz los restos de un palacio que correspondía al descrito por Homero.

La piqueta de Schliemann desenterró años después, en 1884, las murallas de Tirinto y rastros de tres palacios edificados entre 3000 y 1350 antes de Cristo.

Los hallazgos de la Argólide eran exponente de una civilización que se había propagado, según atestiguaron descubrimientos arqueológicos sucesivos, por el Peloponeso, el Atica, la Beocia y más allá del territorio peninsular, por muchas islas: Naxos, Tera, Milo, Quizás por todo el Egeo, alcanzando la influencia de tan excelsa cultura hasta Egipto, donde aparecieron vasos micénicos en una tumba de la dinastía XVIII (hacia 100 antes de Cristo).

A principios del s. XX, sir Arthur Evans realizó en Cnosos las excavaciones que condujeron a sorpresas todavía más trascendentales, si cabe, que las de Micenas y Tirinto. Se comprobó que Cnosos había sido la planta de un magnífico palacio, con edificios de dos o tres pisos, decorado con frescos —escenas de tauromaquia, el minotauro— y estatuas de espléndido naturalismo. Los objetos de cerámica delataban, asimismo, un pueblo extraordinariamente civilizado y de raro sentido artístico. En igual dirección apuntaba la multitud de inscripciones en escritura lineal, probablemente del tercer milenio y hasta ahora por descifrar.

Todo ello venía en cierta manera a proclamar que las leyendas homéricas se apoyaban sobre realidades evidentes, que la imaginación del poeta había puesto en su obra menos fantasía de lo que hasta entonces se había creído, que el laberinto de Minos, la Micenas que pinta La Ilíada y la guerra de Troya no están, después de todo, tan a extramuros de la Historia.

La civilización minoica se extendería también por la Península griega, hallando su primera sede en la Argólide, después en Esparta, Beocia y el sudeste de Tesalia, así como por el Egeo, hasta la costa de Asia Menor y Chipre, conforme con los rastros que de ella han ido surgiendo en todos esos lugares. Por occidente, alcanzaría hasta el oeste de Sicilia y a Italia —donde un nieto de Minos da su nombre al Golfo de Tarento—, corroborando aquí la arqueología el fundamento de la leyenda del rey del Laberinto.

En seguida se impuso la conclusión de que en tiempos diferentes hubo dos civilizaciones distintas, ambas supremas, en el Egeo. La más antigua era la de Cnosos, en modo alguno posterior a las primeras culturas de Egipto y Mesopotamia, sino, cuando menos, contemporáneas con las del Nilo y seguramente relacionada con ella.

Sir Arthur Evans dividió la civilización minoica en nueve periodos, de los cuales el quinto, sexto, séptimo y octavo representan la edad más brillante, aquélla en que fue levantado el vasto palacio y la thalassocracia cretense imperó bajo la mano del poderoso Minos en el Oriente mediterráneo.

El prodigioso dominio sobre el bronce permitió al poder minoico desplegar, mediante la fabricación de armas, considerable fuerza militar, ante la que se inclinaron los demás pueblos. La ingobernable nación caria, que impuso un tiempo su hegemonía corsaria en el Egeo, fue confinada por la expansión marítima de Cnosos, llamado antes Carat o Cairatos, al territorio de Asia Menor en que la vemos en tiempos históricos.

La dispersión de las reliquias de la civilización minoica soporta el punto más saliente de la tardía leyenda de Minos, a saber, que era este un príncipe navegante y que Creta reinaba soberana en el Mediterráneo oriental; y existen motivos sobrados para suponer que el comercio cretense había adquirido gran desarrollo, pues de otro modo no se explicaría cultura tan refinada. Creta exportaría a Grecia, Siria, Egipto, la Tróade, el archipiélago Egeo, Sicilia, etc., su admirable cerámica, sus utensilios de bronce, sus armas, sus alhajas.

No existen indicios de que hubiera en España una colonia cretense, contra la hipótesis de Schulten. Pero, sin duda, se conocía ya la plata española en Creta y en la Tróade por la época de la cultura minoica. Los puñales descubiertos en Creta, denuncian la comunicación entre Tarteso y la civilización de Cnosos. Los cretenses obtenían el cobre de las ricas minas de Chipre. Menos seguridad, si no completa ignorancia, priva en punto al lugar donde se procuraban el estaño para producir el metal en que su civilización alcanzó tan inigualado esplendor.

El pueblo autor de la civilización minoica (2500-1400 antes de Cristo, aproximadamente), no pertenecía a las razas indoeuropeas, a juzgar por su escritura y su religión, sino a otra originaria de África, cuyo genio artístico despertaría en Creta. ¿Quienes eran los cretenses?, se pregunta García Bellido.

Por exclusión, y ayudados de ciertos caracteres antropológicos bien comprobados, se ha llegado al resultado provisional, generalmente aceptado, de considerarlos como parte de la gran raza mediterránea, camítica, de cráneo dolicocéfalo, cara oval, corta talla, piel morena y cabello rizoso, caracteres que fueron comunes a los pueblos libyos del Norte de África y a los iberos. Obermaier y García Bellido. El hombre prehistórico y los orígenes de la Humanidad, pág. 246

Curtius tiene a los cretenses por base intelectual de la civilización griega. La cultura minoica, se propagó antes de ser destruida, hacia 1700 antes de Cristo, al continente griego, donde sobrevivió, renovándose, hasta alrededor de 900 antes de Cristo. Los objetos de mayor antigüedad hallados en las ruinas de los palacios de Micenas son de factura cretense, o muy semejantes a los de Creta.

Tanto en Creta como en Micenas advierten los especialistas influjo egipcio, mas la personalidad creadora de Cnosos y la Argólide se expresa en el espíritu del arte cretense —desprovisto de rasgos orientales, eminentemente original—, el mismo del arte griego clásico del tiempo de Pericles.

Grecia fue invadida en la protohistoria por tres pueblos principales: jonios, aqueos y dorios. Según Nilsson, los jonios fueron los primeros invasores de lengua griega. Procedían del Norte, se avecindaron en el Peloponeso y adoptaron la civilización cretense. Con ellos comienza la civilización micénica.

Hacia 1700 antes de Cristo, Cnosos y demás ciudades cretenses —la tradición las cifraba en un centenar— perecieron asaltadas en incendiadas. Unos autores atribuyen esta proeza vandálica a los aqueos, otros la consideran parricidio racial, viendo a los autores del arrasamiento de Creta en los cretenses que se habían establecido en Tirinto, Micenas y otros lugares del Sur de Grecia. También se cree que la catástrofe pudo haberse debido a erupciones volcánicas.

Es dudoso que los aqueos aniquilasen la civilización micénica, aunque también se duda de que tales guerreros llegaran a compenetrarse con las ideas y hábitos de esa civilización. El esplendor naval y artístico de Micenas, que disfruta entonces la hegemonía en el Egeo, se debería —sobre todo, la cultura— a la participación de las poblaciones cretenses que pasaron bajo el gobierno de los guerreros del Norte.

La expansión micénicoaquea se tradujo en el establecimiento de las primeras colonias griegas no cretenses en Asia Menor. Los aqueos llegaron a Chipre, a Panfilia, a Lesbos. Eran piratas, realizaban incursiones en tierras remotas; en Sicilia, en Egipto, donde por dos veces fueron rechazados y casi aniquilados.

Desde que desapareció el respetado poder de Minos, la anarquía se adueñó del Egeo y del continente griego, aquí más aguda a causa del aumento de la población. Eran siglos de absoluta inseguridad. Las ruinas de Micenas y Tirinto son restos de fortalezas inexpugnables, que apuntan a una vida dura y sobresaltada, comparable a la Edad Media europea de dos mil años más tarde. Jefes y reyezuelos aqueos se hacían guerra incesante y encarnizada.

Y la tradición recoge, a buen seguro, el eco de estas luchas fieras de la realidad en sus leyendas de los lapitas contra los centauros, la pugna inexorable de Pleucón y Calidón, la doble expedición de los argivos contra Tebas, etc. Robert Cohen, Nouvelle Histoire Grecque, libr. I, pág. 31. Todo este ingente tumulto, al igual que la desenfrenada piratería, tenía por causa la general penuria de Grecia, acentuada por la continua infiltración de los pueblos del Norte. Con razón han visto algunos tratadistas en la guerra de Troya el empeño de los jefes aqueos de dominar la boca del Helesponto para tener libre acceso a las ricas regiones graneras del Norte del Euxino. Eratóstenes fecha la caída de Troya en 1183 antes de Cristo.

Vino a agravar la situación de Grecia la invasión de los dorios (1200 ó 1150 antes de Cristo). Oriundas de Iliria. las tribus dorias se habían detenido por mucho tiempo en el borde de los bosques septentrionales. En su marcha hacia el Sur arrollaron y sometieron a servidumbre, o despidieron hacia la periferia, a cuantos pueblos hallaron al paso. Tras cruentas y prolongadas luchas, en las que fueron arrasadas Micenas y Tirinto, los dorios conquistaron el Peloponeso, expulsando a los aqueos a la costa septentrional, que por este motivo fue llamada Acaya.

En este momento fija la tradición el fin de la civilización micénica y las primeras emigraciones de los griegos. La violencia de la conquista y el súbito crecimiento de la población tornó a Grecia inhabitable para muchas gentes, inclusive para gran número de dorios, y las multitudes desplazadas, confundidas con parte de los invasores, huyeron a las islas del Egeo y a la costa occidental del Asia Menor.

En los albores de la Historia, los dorios tienen todo el Peloponeso, excepto Arcadia, Elis y Acaya; en el Norte de Grecia, ocupan el pequeño territorio de Doris, y en el Egeo pueblan Creta, Rodas y otras islas de menos importancia. Los principales centros de las culturas minoica y micénica eran ahora dorios, como lo eran las antiguas sedes del poder aqueo.

Cuando, asimismo, la Historia proyecta sus primeras luces sobre el litoral occidental de Asia Menor, las colonias griegas están reunidas en tres grandes núcleos. En el Norte aparece la Eólide, o establecimientos de los eolos, que ocupan doce ciudades, por la mayor parte de escasa consideración, y la isla de lesbos, frente a la costa.

En el Sur se encuentra la hexápolis dórica, constituida por Cnido y Halicarnaso, patria de Herodoto, en tierra firme, y las islas de Rodas y Cos. Entre la Eólide y los dorios estaba la dodecápolis jónica, con sus diez ciudades en el continente y en las islas de Samos y Quío, entre las que eran principales Focea, Mileto, Samos, Efeso, Colofón y Quío. Con mucho, esta era la colonia más vasta e ilustre. Los jonios ocupaban también, próximas a la Península griega, Eubea y las Cíclades; y ellos serían los primeros, entre los griegos, que se aventurasen a regiones distantes.

Edad Media y Renacimiento

Para desentrañar el brillante fenómeno de la civilización helénica, menester es llamar la atención sobre un hecho que sólo recientemente --en esta gran era de la historiografía, que se inicia en la segunda mitad del siglo XVIII— han comenzado a puntualizar los historiadores: Grecia, en todas sus manifestaciones vitales: en la economía, en la política, en la cultura, recorre un ciclo parejo al que advertimos en el desenvolvimiento de Europa a partir del siglo IV de la era cristiana. Sabemos que en la edad prehomérica rigen sucesivamente en el Mediterráneo una civilización cretense y otra micénica, que destruyen los aqueos y los dorios respectivamente, no de modo distinto, al parecer, a como los godos aniquilan centurias más tarde la civilización helenorromana. En las invasiones que estrangulan en Grecia y el Egeo el fuerte y centralizado imperio de Minos en el Mediterráneo oriental se da, pues, una manera de precedente de las que desbaratan el imperio romano.

Aqueos y dorios eran los godos de aquellas edades. Bajo los aqueos, como mucho más tarde bajo los godos y los francos en Europa, alentaba una vieja cultura superior que en determinada medida se les impuso. Ello caracteriza, entre otras cosas, a una edad griega que, refractada en la obra de Homero con más o menos fidelidad, se diría una Edad Media cabal, con arreglo a nuestra concepción del tiempo histórico. Homero describe en esencia una edad en la que, como en la Media de Occidente, el rasgo más pronunciado es la concentración de la inquietud intelectual en la esfera religiosa. Y las leyendas de Troya, de Tebas, del jabalí de Calidonia, de Edipo, de Teseo, eran para los primitivos griegos exactamente lo que las aventuras de Arturo, Carlomagno, los Nibelungos, etc., fueron después, en los siglos XII y XIII de nuestra era para los ingleses, los franceses y los alemanes. No hallamos diferencia entre los rapsodas griegos y nuestros juglares y trovadores. Ambos recitan un asunto épico de pueblo en pueblo y de puerta en puerta ante villanos pasmados por las hazañas de los caballeros y la monarquía militar heroica.

La idea de una Antigüedad y una Edad Media griegas, con las que viene a corresponder el ciclo de la posterior civilización occidental, aparece muy elaborada en la Historia de la Antigüedad, de Eduardo Meyer.

En el siglo VII surge en Grecia, junto a los nombres bárbaros, la expresión “todos los helenos”, de origen oscuro. Nace en el territorio de la Hélade, la Tesalia meridional, y al principio la difunde la poesía, que tiene a Héleno por hijo de Deucalión y de Pirra, su mujer. Deucalión es el primer hombre, el único que sobrevivió con Pirra, al diluvio universal, el antepasado más remoto y padre, no sólo de los colos, sino de todos los pueblos de lengua griega.

Semejante concepto unitario de raza denuncia ya la aspiración de los griegos a un destino común, inquietud que a su vez fomenta el ideal de una misión universal. Este impulso fragua en las colonizaciones, con las cuales se presenta el mundo griego en la Historia Universal.

La revolución helénica del siglo VII antes de Cristo tiene su expresión en la economía en la mayor importancia que adquiere cada día el trabajo de los talleres para la exportación. La industria de la fundición de metales y la de la cerámica trabajan para los mercados extranjeros, como en tiempos micénicos, pero sobre una base nueva. La cerámica griega es uno de los artículos más importantes del comercio en el Mediterráneo. Justamente, el comienzo de la colonización coincide con la aparición de nuevos estilos, nuevas formas y nueva decoración.

Italia ofrecía vastísimo mercado para las vasijas de arcilla de Calcis y Corinto. Mégara, Egina, Rodas, los estados eólicos, más tarde Cirene, todos tenían industria propia, que conquistó los mercados extranjeros y rivalizó pronto con el Atica. En lugar de los talleres que trabajaban para cubrir las necesidades domésticas y de la comunidad, se desarrolló una industria exportadora, que impuso una nueva organización y la explotación de recursos de otra clase. La unidad de producción sería en lo sucesivo la fábrica. Pero la fábrica no se satisfacía con la mano de obra libre. Necesitaba mano de obra esclava, que en la Antigüedad desempeñó papel análogo al de la máquina en la revolución industrial moderna; el comercio y el desarrollo de la riqueza interior facilitaron los medios; los países extranjeros, el material humano.

El Asia Menor, Ponto, Tracia, proporcionaban esclavos a las ciudades industriales y mercantiles de Grecia; las colonias de Italia y Sicilia los obtenían entre las poblaciones indígenas oprimidas. Un nuevo elemento de superlativa importancia aparece, pues, en el mundo griego. En tiempos más antiguos no se había conocido el comercio de esclavos, que ahora, con la nueva civilización, se propaga como uno de sus factores más trascendentales e inevitables. Los primeros que importaron esclavos en masa fueron los quiotas. Pero Corinto, Egina, Calcis y demás ciudades industriales tampoco pudieron pasarse sin ellos; cada vez los compraban en mayor número. En ocasiones, los esclavos llegaron a superar en número a la población libre.

Si decisiva fue Introducción de la mano de obra esclava, todavía lo fue más la innovación representada por la economía del dinero. En tiempo de Homero imperaba la economía natural y el comercio de trueque. (Homero, sin embargo, conocía el hierro como medio de cambio.) El valor de los artículos y géneros, incluso el de los más caros, como una armadura de hierro, se cifraba en bueyes, al igual que en la antigua Roma (pecunia). Pero la aceleración del ritmo de la circulación de las mercancías exigía otra medida de valor, que fuese más fácil de transportar, y divisible. Ese medio sólo lo ofrecían los metales. Desde el principio del siglo VII se fueron imponiendo en Grecia los metales preciosos, usados en el Oriente como medida general de valor desde hacía miles de años. Con los metales preciosos se extendió por Grecia el sistema oriental de pesos y medidas.

La moneda parece haber sido inventada en la frontera del mundo griego con Oriente, en Lidia, en el siglo VIII antes de Cristo. De Lidia pasó pronto a las ciudades mercantiles griegas de Asia Menor y a Europa; al romper el siglo VI se propagó a Sicilia y a Italia. Al Oriente llegó más tarde.

La supremacía social de la nobleza griega tenía su fundamento en la tierra y en la ganadería. En el siglo VII se sostenía todavía la propiedad de la nobleza en las ciudades mercantiles. Pero el noble había perdido su antiguo predicamento social. La renta de la tierra era inferior a las ganancias que se extraían de la industria y el comercio, cada día más desarrollados. En la Jonia, en Eubea, en Corinto, en Mégara, el noble dirige la colonización y figura al frente de las empresas comerciales. La aristocracia terrateniente se convierte en aristocracia mercantil. Con frecuencia tiene que aceptar la igualdad de derechos con los comerciantes que han hecho fortuna. Entonces surge una timocracia, orden estatal en el cual los derechos políticos van unidos a la posesión de determinada fortuna personal, incluso cuando, como en la Constitución de Solón, existe la división en clases.

En ciudades como Corinto parece ahora un absurdo el antiguo menosprecio con que se miraba al artesano. Pero también en los estados agrarios influye la nueva situación. Por más que quisieran mantenerse en estados territoriales como Esparta los principios de los tiempos patriarcales y se tratara de seguir considerando deshonrosas para el hombre libre las profesiones del taller y la industria, también aquí deseaban los señores cambiar su trigo, su aceite y su vino por productos y artículos de la industria extranjera.

Desapareció la antigua sobriedad y aumentaron las pretensiones. Más tarde, las clases gobernantes de Esparta dejaron exclusivamente en manos de los perioques de las ciudades súbditas de la costa, por lo menos, el comercio y las manufacturas; pero también apareció aquí, por todas partes, la influencia de los extranjeros y del contacto con la cultura del Asia Menor en formas más ricas de existencia, y en la poesía; y en el Norte, en las fiestas. Esparta también tomaba parte en la colonización. Y lo mismo puede decirse de Argos, Creta, incluso de Atenas, Beocia, Tesalia. Por doquier se desarrollaba una industria, y con la industria, una clase productora, así como la economía del dinero, con todas sus consecuencias; en los estados agrícolas aparecen, incluso, los esclavos comprados.

De esta suerte quedan minados los cimientos del orden estatal de la Edad Media griega. La nobleza no es ya la expresión natural de las circunstancias imperantes. El antiguo orden de vida, del derecho, de las relaciones entre gobernantes y gobernados, pierde sentido y se trueca en obstáculo tenaz del progreso. El griego no permanece ya fatalmente en el círculo social en que nació. Cada cual crea su propio destino; el individuo se emancipa social, espiritual y políticamente. Si no tiene suerte en su patria, busca fortuna en el extranjero. El negocio del dinero y el cobro de intereses (usura) se consideran inmorales; todo el mundo percibe su funesto influjo, pero nadie puede escapar a ellos; y el noble más conservador no desprecia la ganancia que ofrecen.

La divisa de la época es: El dinero hace al hombre. Y sorprende que se ponga esta frase en labios de un espartano Alcaeus, 49, o de un argivo Píndaro, 2, 15. Entre la nobleza y el campesinado se introducen las nuevas clases de industriales y comerciantes, con sus cohortes de obreros, tenderos, marinos, y entre ellos está el aventurero que, cual Arquíloco de Taso, en vano ha buscado en todas partes la felicidad, y siente ahora con doble agobio el mal de la pobreza y la pérdida de la independencia personal. Crecen las ciudades, y los campesinos entran en ellas a ganar mejor su pan.

Extranjeros que no tuvieron fortuna en su patria, o que tuvieron que huir a causa de las luchas de los partidos, vuelven a ella. Todos combaten el poder de la nobleza. Los campesinos luchan por librarse de la intolerable opresión económica; los ciudadanos que se han enriquecido, por participar del poder; los descendientes de los inmigrados, que a veces superan en número a los antiguos ciudadanos, por la igualdad con las clases hereditarias. Todos estos elementos quedan incluidos bajo el nombre de demos, como en tiempo de la revolución francesa bajo el de tiers état.

La fuerza material que adquiere la burguesía desde el siglo VII la emancipa también políticamente de la supremacía omnipotente de la nobleza. De este modo se alza cada día con mayor poder la concepción del orden ciudadano burgués, que limita los privilegios de la aristocracia y conspira contra su modo de vida, propugnando la igualdad de todos ante la ley. Así comienza en el siglo VII, en toda Grecia, la época de la lucha de clases.

El tono lo dará ahora en la política lo que Plutarco llamó la multitud marítima. Solón, hombre de negocios viajero, poeta, reformador político, es el primer estadista engendrado por el tiempo nuevo. Antes de Solón el principio social distintivo entre los atenienses era el nacimiento. Con Solón comienza la era en que el principio distintivo será la riqueza.

Ahora bien, lo que comienza a despuntar en la Grecia del siglo VII antes de Cristo no es una Edad nueva por entero, jamás habida antes, sino un Renacimiento.

Sin duda, fue el renacimiento del comercio agente eficacísimo en predisponer a la sociedad griega para el resurgir moral e intelectual, como la reaparición del comercio europeo en los siglos XII y XIII de nuestra era dando libre base, holgura y movimiento a la existencia, preparó a Europa para la fecunda exaltación espiritual de las centurias subsiguientes.

En la Europa renacentista, la monarquía absoluta vino a paliar temporalmente el conflicto histórico entre la aristocracia y el pueblo. En Grecia ocupó el lugar del rey absoluto el “tyrannis”, que, por cierto, no es por entero desconocido en Europa, pues reaparece en Italia, justamente allí donde no fragua la monarquía absoluta. Ambas instituciones son una forma de la misma circunstancia; y la tiranía se impuso en Grecia como una institución inevitable, puente, entre el sistema aristocrático y el democrático.

Quiere decirse con todo ello que la colonización griega se nos presenta precedida y acompañada de una gran subversión social, y que a la luz de estos cambios precisa verla. No se trata siempre de colonias fundadas con propósitos comerciales. La emigración tiene a veces causas políticas, en ocasiones económicas, en algunos casos es mero afán de aventuras. Ahora, si hubiera que buscar una razón o motivo capital a las emigraciones griegas se hallaría, sin gran esfuerzo, en la fusión de dos factores: la miseria general de Grecia y el prodigioso temple de una raza vital, dotada de singular armonía, que se encuentra a sí misma en ese momento de su historia. El impulso colonizador proviene, en primer término, de la pobreza del país, nos dice Tucídides I, 5.

La penuria hizo de los griegos, piratas osados, con espeluncas tan remotas como Cumas. Dado un alto nivel demográfico en Grecia, solo el mar brindaba salvación a una nación de suelo desfavorable a la abundancia, cultivable únicamente en su quinta parte, con ríos que se cruzan a veces, en verano, a pie; donde apenas llueve 402 mm. anuales en Atenas), y desprovista de materias primas en cantidad suficiente, a no ser para la construcción.

Se comprende, pues, que incluso los invasores del Norte, llegaran a contagiarse de la afición colonizadora.

La expansión marítima de la Hélade

La cronología de la colonización griega plantea al historiador problemas análogos a los de la expansión fenicia; no es posible fijar con exactitud las fechas en que van surgiendo las colonias. Tucídides anota sin vacilar los años y los incidentes de buen número de ciudades griegas en Sicilia, y de esta fuente se alimenta el conocimiento general en el asunto, pero autores hay que no ocultan su escepticismo y creen prudente situar la colonización sistemática y organizada mucho más tarde.

Por regla general los griegos no desplegaron en sus navegaciones la audacia de los fenicios. Los mares inexplorados y misteriosos no se habían hecho para ellos. Circunscribieron sus empresas al Mediterráneo y aguas adyacentes al mar Negro. Pero sus viajes fueron más fructuosos para la Humanidad que los de los fenicios, dado que la curiosidad intelectual y la mayor franqueza y desprendimiento de su carácter hicieron de los griegos los primeros geógrafos; los resultados de las observaciones de sus marinos, que no ocultaban a los demás, como hacían los fenicios, dieron origen a los primeros mapas.

Como los fenicios, los griegos navegaban sin perder de vista la costa, y aun así no eran pocos ni livianos los riesgos que corrían. Las mismas costas eran poco conocidas, y el peligro de encallar, en la bajamar, en rocas y bajíos invisibles en la pleamar, asaltaba con frecuencia al navegante.

Para ir de los ss. VII y VI antes de Cristo desde el golfo de Corinto a Tarteso habían de ceñirse los griegos al litoral de Acarnania y el Epiro; a continuación cruzar a la isla de Corcira (Corfú), y de allí al golfo de Tarento. Después seguían a doblar el cabo más meridional de Italia, se deslizaban pos las fauces del estrecho de Mesina, desafiando los horrores míticos, no por entero infundados en aquel tiempo, de Escila y Caribdis; continuaban luego bordeando las costas de Campania, Tirrenia, Liguria, el Sur de las Galias, la Iberia oriental, y entraban finalmente por las columnas de Hércules a la boca de lo que los propios griegos llamaron espantable Tártaro, más allá del cual no hubieran osado penetrar. Todavía decía Píndaro (nem. 4, 112): Mas allá de la Gaderia, hacia poniente, no hay camino.

Otra ruta elegible suponía la ardua faena de atravesar el mar desde Creta o desde el Peloponeso a Libia, y a seguida costear con rumbo a poniente a lo largo del aleve litoral de las Sirtes, viajando por olas dominadas por los fenicios y los cartagineses, que no estaban para huéspedes de la bandera rival.

En fin, otra posible vía, señalada por Carpenter, acaso utilizada en los últimos tiempos, era el del puente de islas: Cuma, Cerdeña, las Baleares. Pero antes de llegar al Mediterráneo occidental y Tarteso, los griegos de afanarían en la colonización de Sicilia y el Sur de Italia.

El más antiguo establecimiento griego en occidente parece haber sido Cumas, verdadera guarida de piratas en el Tirreno, en la bahía de Nápoles. Se da comúnmente por fundada en 1050 antes de Cristo, y por los eolos de Cime (Asia Menor). que le dieron nombre, en colaboración con los calcidios de Eubea.

La primera colonia griega en Sicilia fue Naxos, fundada en 735 por calcidios y naxios, o sea, en este último caso, por habitantes de la mayor de las Cíclades. Al año siguiente, un grupo de corintios desembarcaba en la pequeña isla de Ortigia, al sur de Naxos, también en la costa oriental de Sicilia, y levantaba la luego turbulenta y famosa Siracusa.

Un lustro más tarde, los colonos de Naxos siciliana expulsaron a los indígenas siceles de un punto entre su primer establecimiento y Siracusa, y acaso, en parte, con nuevos emigrantes, ocuparon los lugares donde florecían Leontini y Catana. Poco después, un contingente de megarianos (de Mégara, en el istmo de Corintio) se aposentó en otro territorio entre Leontini y Siracusa y fundó la colonia de Mégara.

La próxima fundación en Sicilia es de cuarenta y cinco años después y está a a cargo de los emigrantes de Rodas y Creta, cuyo esfuerzo alumbra la ciudad de Gela en el litoral sudoeste de la isla (690 antes de Cristo). Poco se sabe de la fundación de Zancle, si no es, a lo que parece, que fue primeramente dependencia de los corsarios de Cumas, quienes abrieron las puertas a emigrantes de Calcis y otras ciudades de Eubea.

Las distintas colonias griegas ya arraigantes en Sicilia, pasaron luego a distribuirse la isla, creando, en un desdoblamiento fisíparo, varias subcolonias. En 664, los siracusanos fundaron Acrea y Casmena, y en 599 Camarina. Por igual proceso, en 630 los habitantes de Mégara (colonia) pusieron los cimientos de Selinunte, y los colonos de Gela fundaron Acragas y Agrigento en 582. Gradualmente avanzaba la colonización por el Sudoeste de la isla. Himera, en la faja occidental de la costa Norte, nació al impulso de los habitantes de Zancle, con participación de refugiados de Siracusa.

En Italia, la invasión de griegos comenzó casi al mismo tiempo que en Sicilia; a uno y otro lado de la Península, el Mediodía fue pronto otra Grecia, la Magna Grecia, como le apellidaron desde el s. VI. Se conjetura que la ciudad griega más antigua de Italia era Rhegium (Regio), obra de los calcidios. Después surgieron Síbaris, Crotona, en el golfo de Tarento. Para la fundación de Síbaris, patria de Pitágoras, se da el año 720; para la de Crotona, el 710. Ambas eran de origen aqueo.

A ejemplo e imitación de los griegos de Sicilia, los de Italia extendieron sin demora sus dominios. Los sibaritas fundaron en la costa del Tirreno Lao, Escidro y Poseidonia (Paestum); acabaron poseyendo en ambas costas veinticinco ciudades. Los crotenses también se desdoblaron en importantes establecimientos, y a través de la península levantaron Terina y, quizás, Lametini.

La colonia de Locri, establecida en 683 por emigrantes de Lócride, siguió la norma de Síbaris y Crotona, y en el litoral mediterráneo Hiponio, Medma u Metauro testificaron su fuerza expansiva. Entre Locri y el cabo Lacinio se encontraban las colonias aqueas de Caulonia y Esciletio, esta dentro de los dominios de Crotona. Otra ciudad griega en el golfo de Tarento era Metapontio, al este de la cual se alzaba la gran urbe de Taras o Tarento, por rara circunstancia funadada por Esparta después de la primera guerra con Mesenia, tal vez hacia 707 antes de Cristo.

La colonización de las costas del mar Tracio y las márgenes del Euxino (mar Negro) fue, asimismo, principalmente empresa jónica. Calcidios y eretrios establecieron muy temprano dependencias en Tracia. Se tiene a Metone por la más antigua, de los días en que los corintios ocuparon Corcira (Corfú), hacia 730-720 antes de Cristo. Los tres brazos de la península calcídica se cubrieron materialmente, desde el 600, de colonias calcídicas y eretrias, pero nunca alcanzaron gran importancia.

Eneia y Potideo eran de paternidad corintia. En el istmo de Palene se acumularon las ciudades de Mendes, Apitis, Neapolis, Ege, Terambos y Sane, en todo o en parte de Eretria. En la península Sitonia existían Piloro, Singo, Sarte, Torone, Sermile y Meciberna, todas, o casi todas, de origen calcídico. En el seno del golfo Toronaico, entre Sitonia y Palene, radicaba Olintos, primeramente ciudad beocia, más tarde ocupada por los griegos de la Calcídica, un hecho que dio a los calcídicos la hegemonía en esta península tracia.

En la parte oriental de la Calcídica y en la costa Noroeste del Golfo Estrimónico se contaron pronto ciudades griegas muy florecientes: Acanto y Estagira (fundada según se cree, en 654 antes de Cristo); Sane, Argilo, todas colonias de Andro, que a su vez lo fue de Eretria. En el litoral meridional de Tracia, a oriente de la desembocadura del Estrimón, no debió de haber colonias griegas en los primeros tiempos de la expansión. Abdera, patria de Demócrito, es, sin duda, de época posterior y la fundaron los jonios de Teo.

En la larga Península (Quersoneso Tracio) que forma con la costa de Asia Menor el estrecho de los Dardanelos (el Hellespontus de la Antigüedad) hubo alguna pequeñas dependencias griegas primitivas. En fecha oscura Mileto fundó aquí Cardia y la Eólide comenzó la colonización de Sesto. La colonia sámica de Perinto, en la costa septentrional de la Propóntide (mar de Mármara) parece haber sido muy antigua, y lo mismo se presume de Selimbria, Bizancio y Calcedón, establecidas por Mégara en el s. VII ( Bizancio, en 657).

La colonización de las costas de Euxino fue empeño casi exclusivamente de Mileto, que entre 600 y 560 fundó Istria, no lejos de la salida del Danubio, y más a Mediodía, Apolonia y Odeso. El gran sueño griego de tener en la mano las bocas del Helesponto y el Bósforo se había realizado. Grecia podía cargar sus barcos de cantidades fabulosas de grano y abastecer a las metrópolis y las islas, aunque tuviera que hacer frente a los indígenas escitas, siempre en plan de guerra contra colonos y factores en esta región.

Antes de examinar las consecuencias que la expansión griega tuvo para los fenicios en los diversos sectores del Mediterráneo y de pasar a estudiar la presencia de los griegos en el Occidente de este mar y en las costas de España —meta de cuanto vamos diciendo— bien será que dediquemos unas líneas al carácter del imperialismo de la Hélade

El imperialismo griego

La colonización griega metódica y planeada abarca desde la segunda mitad del s. VIII antes de Cristo hasta la primera del VI, ambas inclusive. las colonias. Las colonias griegas nacen bajo la égida de una ciudad-madre, en fecha concreta y con toda solemnidad, fundadas por un oeciste o persona dotada de atribuciones especiales para el caso.

Los establecimientos fenicios eran factorías y estaciones navales, centro de comercio y la industria y a esos fines surgieron. Por el contrario, las colonias griegas nacen en general animadas de un sentimiento político, civil; son otras tanta ciudades-estados, copia y calco de las ciudades madres metropolitanas.

Su independencia es absoluta. Nada las liga a los estados ni a los gobiernos griegos, si no es el afecto, la solidaridad familiar, el interés, los lazos de común origen, la religión; un nexo moral, en suma. Hay que exceptuar las colonias de Mileto en el Euxino, meras factorías de la clase de las fenicias. Más tarde algunas dependencias ultramarinas de Atenas se apartaron también de aquel molde, pues más se parecían a las colonias romanas del imperio.

El griego, exento de complejos, hombre sin prejuicios, y por tanto esencialmente educado, carecía de conciencia de raza, bien que estuviese persuadido de su superioridad y prendiera del nombre de helenos cierto orgullo no injustificado. No sentía empacho en mezclarse y cruzarse con los indígenas, que en las democracias de las colonias eran una fuerza política admitida como cosa natural.

Los griegos de Sicilia, los de Italia o italiotas, los de Chipre fueron, en consecuencia, transformados moral y étnicamente por su íntima comunicación con los nativos. Pero el colono y el mercader griegos carecían del metal del conquistador y seguían pegados a la costa. Por eso fue limitada la helenización en las naciones en que pusieron pie.

Naturalmente, la expansión griega progresó a costa de la hegemonía fenicia. La thalassocracia o supremacía marítima de Tiro comienza a resentirse del naciente poder helénico en el s. VIII. Cuando los primeros jonios llegaron a Sicilia con resolución de fundar establecimientos permanentes, los fenicios eran dueños de innumerables isletas y factorías en la periferia de la isla. En ellas tenían las tiendas y los mercados, que atraían a los siceles y sicanos, o tribus autóctonas del interior.

Confrontados con los griegos, los mercaderes de Sidón y Tiro se corrieron prudentemente a la extremidad sudoeste de la isla, y se concentraron en tres grandes ciudades: Motia, Soloeis y Panormo, y en la isla de Malta, donde estaban más próximos a la protección de Utica y Cartago. Eran días aciagos para Tiro, apretada por los asirios, y los fenicios, de natural dados al pacifismo, como buen pueblo comerciante, no se sentían en situación de medir fuerzas con los nuevos rivales.

Lo acaecido en Sicilia reflejaba un estado de cosas común al Egeo y a todo el Mediterráneo. Probablemente, ya no les quedaba a los fenicios en el Egeo posición alguna de importancia. Poco a poco se habían ido retirando del Archipiélago, o los habían expulsado violentamente los griegos. En la isla de Thasos, casi unida a la costa de Tracia, debieron rezagarse un tanto los colonos fenicios, reacios a separarse de sus ricas minas de oro —de las que más tarde sacó su fortuna el padre de Tucídides—, pues hasta el s. VII no lograron los griegos apoderarse de ella.

La asaltaron los helenos de Paros, que expulsaron a los colonos de Tiro, abandonados a su suerte por la angustiada metrópoli; y allí vemos, entre los primeros colonos griegos, al aventurero y mordaz Arquíloco, uno de los héroes de la conquista. Iguales mudanzas tuvieron lugar en las estaciones fenicias de la costa meridional de Asia Menor, frente a Chipre.

En Chipre ocurriría lo propio con la mayor parte de la isla, si es cierto, como indica Josefo, siguiendo a Menandro, que en tiempo de Salomón pertenecía por entero a los tirios. Sin embargo, los fenicios debieron de continuar en posesión de Citio y dos o tres ciudades más al Sur. El resto: Salamis, Paphos, etc., estaría bajo los helenos, como de antiguo, por cuanto es muy de dudar que los fenicios llegaran alguna vez a dominar toda la isla, cuya población predominante tendría raíces étnicas en las primitivas colonias ce Creta y Micenas.

Es de suponer que en Creta habían colonizado los fenicios, por lo menos Itano, después del derrumbamiento de Minos, o más tarde, en tiempo de la expansión impulsada por Ithobaal. Tampoco restaría en esta isla dependencia tiria alguna; mas los mercaderes fenicios no serían expulsados, si hemos de discernir en Corobio —de quien ahora hablaremos— uno de ellos.

Por algún tiempo fue Creta la posesión más meridional del helenismo en el Mediterráneo. La desconfianza o xenofobia de los egipcios tuvo cerrado virtualmente el delta del Nilo a las embarcaciones extranjeras. Los griegos, luego que se interrumpió el tráfico marítimo de Creta, perdieron toda conexión con Egipto. Su contacto con la monarquía de los faraones quedó reanudado bajo Psamético (671-656), quien admitió entre sus tropas mercenarios griegos que le prestaron grandes servicios en la guerra con Asiria.

En prueba de reconocimiento, dio tierras a los soldados griegos en los alrededores de Daphnai, y la guardia griega se convirtió en una institución confirmada por sus sucesores. Los mercenarios de la Hélade siguieron a Psamético II a Nubia. El faraón Apriés aumentó el contingente de las compañías de hoplitas; y las excelentes relaciones entre griegos y egipcios culminaron en el reinado de Amosis (570-526) con la fundación de la ciudad griega de Naucratis en el delta del Nilo.

El nuevo comercio marítimo de Egipto estuvo desde el primer instante en manos de los griegos, particularmente de los jonios de Asia Menor, pues a la sazón los fenicios ya no podían competir con ellos.

El especialísimo carácter de la ciudad de Naucratis no nos autoriza a hablar de colonización griega en Egipto. En cierto modo, con el tiempo, los colonizados (intelectualmente) fueron los griegos, porque la apertura del Nilo a las flotas griegas se acompañó de consecuencias trascendentales para el pensamiento helénico, por la corriente mística que inundó el intelecto especulativo de la Hélade, corrompiéndolo según Grote.

En la costa de África, la única colonización griega fue la de Libia, donde los dorios fundaron Cirene hacia 630 antes de Cristo. Ello dio lugar a la primera mención que registra la Historia de la llegada de los griegos a España.

Samios y focenses en Tarteso

Cuenta Herodoto (IV, 150, 151, 152) que Grino, rey de la isla de Tera, colonizada por los dorios de Ladecemonia, se trasladó a Delfos con un grupo de súbditos, a fin de ofrecer una hecatombe al dios. Consultado el oráculo sobre varios extremos, respondió la pitonisa que debían fundar una ciudad en Libia y no hicieron caso del mandato. La deidad castigó tan irreverente olvido con una racha de sequías, y durante siete años no llovió gota en Tera. Todos los árboles, menos uno, se secaron.

Consternados, los terenses volvieron a Delfos, donde oyeron el reproche de que todavía no habían colonizado Libia. Hubieron, pues, de averiguar donde radicaba esta tierra, y a tal propósito enviaron mensajeros a Creta, con el encargo de descubrir algún cretense, o extranjero entre ellos, que hubiera realizado el viaje a Libia. Errando por la isla pararon en Itano, antigua colonia fenicia, donde dieron con un mercader de púrpura apellidado Corobio, quien, en efecto, dijo que vientos contrarios le habían llevado en cierta ocasión a Libia, donde desembarcó en la isla llamada Platea (la pequeña isla de Bomba, se conjetura).

Los terenses tomaron a su servicio a este hombre, a quien podemos sospechar fenicio, pues era de Itano, comerciaba en púrpura y había navegado con atrevimiento, y regresaron con él a Tera. Corobio condujo desde allí a un grupo a la isla de Platea, y se quedó el guía con provisiones para unos cuantos meses. Se volvieron los terenses a su isla y dieron cuenta a sus compatriotas de la situación de Platea. Pero tardaron más de lo supuesto en regresar, y a Corobio se le acabaron los víveres.

Salvó oportunamente al Robinsón fenicio un buque de Samos mandado por un tal Coleo, que camino de Egipto se vio forzado a tocar en Libia. Corobio explicó a los recién llegados lo sucedido y le obsequiaron con provisiones para un año, levantando pronto el ancla, impacientes como estaban de llegar cuanto antes a Egipto con su carga. En tal dirección tomaron rumbo, pero un vendaval de Levante los desvió de curso, arrojándolos pasadas las Columnas de Hércules.

Al fin, de la mano de una alta providencia llegaron a Tarteso.

Esta ciudad mercantil —concluye Herodoto—, era a la sazón un puerto virgen, no frecuentado por los mercaderes. Los samios, por consiguiente, amasaron en su viaje de retorno una ganancia mayor que ningún otro griego alcanzara antes que ellos, exceptuado Sóstrato, hijo de Loadamas, un egineta, con quien nadie podía compararse

Con el diezmo de los beneficios, montante seis talentos, los samios consagraron a Juno una ofrenda consistente

en una crátera de bronce, de grandes dimensiones y labor exquisita, ajustada en su forma al rito argólico, adornada de cabezas de grifo en bulto redondo y asentada sobre un pedestal, de bronce también, que se componía de tres estatuas arrodilladas de siete codos de altura

La llegada de los samios a Tarteso acontecería, según el aproximado criterio de los historiadores, a mediados del s. VII. Igualmente existe general acuerdo en interpretar la observación de Herodoto de que Tarteso era un puerto virgen, no frecuentado por los mercaderes, en el sentido de que los fenicios no lo visitaban ya por haber caído —acaso circunstancialmente— en poder de los indígenas. Curtius vincula el éxito de la inauguración del comercio griego con Tarteso con la ruina de Tiro.

Se ignora si la aventura de los samios fue el principio de una comunicación griega regular con el litoral español del Mediodía. Sí cabe imaginarse que tendría consecuencias en ese sentido el retorno a Samos del buque de Coleo repleto de riquezas y cuando la locuacidad griega añadiese de comentario entusiástico sobre la fecunda y metalífera región de Tarteso. Pero ninguna información nos han legado los antiguos sobre este particular.

Del conocimiento que Estesícoro muestra del bajo Guadalquivir ha inferido Costa que los griegos de Sicilia estaban en relación con Tarteso en las postrimerías del s. VII antes de Cristo.

Herodoto nos dice (I, 163) que los focenses fueron los primeros griegos que realizaron largos viajes y los que dieron a conocer a los griegos el Adriático, Tirrenia, Iberia y la ciudad de Tarteso. El barco que usaban no era el mercante redondo, sino la larga pentecontera, buque de cincuenta remos por banda. A su llegada a Tarteso agradaron sobremanera al rey de país, cuyo nombre era Argantonio.

Este monarca reino en Tarteso ochenta años y vivió ciento veinte. Vio a los focenses con tal simpatía, que primero les rogó que abandonaran la Jonia y se establecieran en la parte que más les gustara de su nación. Más tarde, persuadido de que no podía convencerlos, y oyendo que los medos se iban fortaleciendo en la vecindad de la Jonia, dio dinero a los focenses para que edificaran una muralla alrededor de su ciudad, y, ciertamente, se lo daría con mano larga, porque Focea tiene —anota Herodoto— un circuito de muchos estadios y la muralla está hecha toda de grandes bloques de piedra cuidadosamente ajustados.

En esas líneas se compendia cuanto, en síntesis, sabemos de cierto por las fuentes literarias de la relación de los focenses con Tarteso, así como sobre la personalidad de Argantonio. Las penteconteras focenses tocarían por primera vez en Gádir en la segunda mitad del s. VII antes de Cristo, no mucho después del viaje de Corobio, y en ese mismo periodo, o en las primeras décadas del s. VI —coincidiendo con los primeros conflictos entre los jonios y los persas— realizarían los focenses el viaje como consecuencia del cual obtuvieron auxilio económico para fortificar Focea. La amenaza que se cernía sobre esta ciudad no era todavía la más grave la de Ciro, sino la de Ciaxares y otros sucesores de Giges.

Entre la primera aparición de los focenses en Tarteso y aquella expedición a la corte de Argantonio se sobrentiende una estrecha y constante relación entre los griegos y los indígenas de Tarteso, durante la cual tendría sobrada ocasión Argantonio de informarse de cuanto acontecía en el Mediterráneo y en el Egeo, percibiendo la identidad de intereses que el medro del poder persa en Asia Menor, por un lado, y el de Cartago en el Mediterráneo occidental, por otro, establecían entre focenses y tartesios (Costa).

La longevidad de Argantonio —120 años de vida y 80 de reinado, según Herodoto— ha sorprendido siempre, como es natural, a los historiadores; pero algunos no consideran en modo alguno imposibles ambas circunstancias. Sabemos por el propio Herodoto que en 540 había muerto ya el celebradísimo rey de los tartesios. Se ha supuesto que debió nacer hacia 662 y comenzar a reinar hacia el 620. Algún autor considera que la edad y los años de reinado suman los de dos reyes del mismo nombre. Una existencia de 120 años parece difícil de aceptar. Pero no así un reinado de 80.

En tiempos próximo a nosotros, abundando menos el hombre de longevidad bíblica, la reina Victoria I de Inglaterra vivió 82 años y reinó cerca de 70. Argantonio reinaría en Tarteso en las postrimerías del s. VII. Los frecuentes viajes de los focenses entre el año 600 y el 570 (cuando fundan las colonias de Andalucía y el Levante) caerían todos dentro del periodo en que reinó Argantonio. Así se explica el duelo que causó en Focea la noticia de la muerte de este monarca, ocurrida, justamente, cuando más necesitaban su favor aquellos griegos, conforme veremos más adelante.

Las ideas tradicionales sobre la colonización focense en España han padecido bastante recientemente con la interpretación de las noticias literarias a la vista de los datos toponímicos y arqueológicos. Sobre este cimiento se levanta la tesis de Carpenter, que ha juicio de Bosch constituye el primer trabajo certero, sugestivo y convincente en torno a la colonización griega en España. La reconstrucción de Carpenter se funda en la estela de nombres de lugares terminados en el sufijo ussa —privativo de los focenses— que arranca desde las costas del golfo de Nápoles y se pierde en el Oeste de la Península Hispánica.

La ruta del movimiento focense se inicia cerca de Cuma, donde existe una isla con el nombre de Pithecussa; cruza el Mediterráneo y pasa a Cerdeña (isla de Ichnussa), en cuyo ángulo nordeste se encontraba la colonia de Olbia (Terranova), tenida también por focense. Por las Baleares continua la derrota focense en Melussa (Menorca), Cromiussa (Mallorca). Pitiussa (Ibiza), Ofiussa (Formentera); desde aquí se prolonga el camino a la Península, en el cual abundan los nombres con el sufijo de referencia en las costas del Sudeste y del Sur e incluso del Oeste, llamado Ofiussa.

Frente a las Baleares, al sur del cabo de la Nao, la costa se hiende en un gran golfo del que avanza la Punta de Ifach, lugar, según Carpenter, de Hemeroscopion (que quiere decir ( Vigía del Día), colonia focense. Otra escala en el mismo camino sería la colonia de Mainaké o Ménaca, cerca de Torre del Mar, en la boca del Vélez, provincia de Málaga, al este de la colonia fenicia de Malaca (Málaga). Más a occidente se conjeturan griegas las estaciones de Heracleia (luego Carteia, Algeciras), antes de pasar el Estrecho, y pasado el Estrecho, el puerto de Menesteo (el Patrón de los Navegantes), cerca de Puerto de Santa María y de la desembocadura del Guadalete, en la bahía de Cádiz.

La información toponímica resulta apuntalada por los descubrimientos arqueológicos (bronces arcaicos griegos del s. VI) en las islas y en el camino del Sudeste y Sur de España a Tarteso.

No se sabe con exactitud en que años se establecieron los focenses en el litoral español, Por el Periplo de Avieno tenemos noticias de que a principios del s. VI explotaban las colonias de Ménaca y Hemeroscopion ya citadas; en el lugar conocido hoy por Denia tenían el santuario de Artemisión. Esas colonias parecen haber surgido en la primera mitad del s. VI, entre 590 y 570 antes de Cristo, periodo en que los focenses disfrutan holgadamente la hegemonía en el Mediterráneo.

Hacia mediados de esa misma centuria, quizás en 550, debió de tener lugar la fundación de la primitiva colonia de Emporion (Ampurias) en una isleta, asiento de la Paleópolis (San Martín de Ampurias), formándose la Neápolis más tarde, aunque dentro seguramente de igual siglo, tal vez entre 510 y 500.

Desde Emporion (Ampurias) y Hemeroscopion (Punta de Ifach) fundaron los focenses otra colonias y factorías menores en la costa ibérica. Se tiene a Rhode (Rosas) por establecimiento de Emporion; con menos certidumbre se mencionan otras dependencias griegas en este litoral y en la costa gallega.

La aparición de la ilustre y próspera Massalia (Marsella) se fecha casi unánimemente por los tratadistas hacia el año 600 antes de Cristo. Quiebra, sin embargo, la coincidencia cuando se trata de fallar si este gran emporio focense del Ródano surgió antes o después que Hemeroscopion y Ménaca. Generalmente se conjetura que los focenses tuvieron sus primeros contactos con Tarteso en la segunda mitad del s. VII, y con ello se afirma o da por cierto que Massalia nació con posterioridad a Ménaca y Hemeroscopion.

Mas otras autoridades en el asunto se imaginan a los focenses tomando aliento y pie en la crisis histórica más grave de Tiro para disputar a los fenicios la supremacía comercia en Occidente, avanzando al principio por aguas de Tirrenia y el sur de las Galias —donde fundan Massalia hacia el 600— y por las costas de iberia a Tarteso.

En todo caso, predomina el punto de vista de que Massalia y las colonias de España fueron de fundación independiente. Entre Massalia y las colonias del Sudeste, el Sur de España y Tarteso, parece haber habido constante y afanosa comunicación con fines mercantiles, por manera que con el tiempo saldría Massalia trocada en una suerte de metrópoli, dominante entre las dependencias griegas de esas latitudes.

Las colonias griegas en España

Queda hecha mención de las colonias griegas en España cuya existencia se halla testificada, ora por el Periplo de Avieno (en el que no figura Emporion), ora por fuentes literarias posteriores a las utilizadas por el poeta romano, o por hallazgos de la arqueología. No se puede asegurar, sin embargo, que Ménaca en el Sur, Hemeroscopion en el Este y Emporion y Rodhe en la costa catalana fueran suma y total de llas dependencias griegas en nuestro suelo. La costa Este y Sudeste de España debía de contener innumerables escalas comerciales. Por otro lado, cualquiera que fuese su número, es indudable que no todos los establecimientos tenían el mismo carácter.

Hemeroscopión, Ménaca y los establecimientos que pudieran existir en el territorio de Tarteso heredaron, en orden a la industria y el comercio, los monopolios que habían disfrutado los fenicios, y las actividades griegas se orientaron en igual dirección. En primer término explotaron los metales: oro, plata, cobre, estaño. Curtius manifiesta que los focenses sucedieron a los calcidios en el comercio del bronce y que a ellos se debió que se generalizara por toda la Hélade el cobre de Tarteso, el más estimado del Mediterráneo [Curtius, lib. II, cáp. 3, pág. 3]. El estaño se lo proporcionaban los tartesios, trayéndolo de Galicia, donde, a lo que parece, abundaba también, según consta en el Periplo, de las islas Oestrimnidas, identificadas comúnmente en las Británicas.

Otra industria que los griegos atendieron en sus colonias de Levante y el Mediodía de España fue la del esparto, de creación indígena, sin duda, y muy desarrollada ya cuando la adoptaron los focenses.

La empresa de salazón de pescado, que en toda la costa andaluza había alcanzado bajo los fenicios inusitada prosperidad, no decayó en las dependencias de los nuevos colonos; antes bien, continuó progresando y sosteniendo en el Mediterráneo la indiscutida fama de los grandes peces tartesios; y crédito tan bien ganado perduró muchos años bajo el dominio cartaginés, pues todavía después de la guerra del Peloponeso se estimaban y vendían de ordinario en los mercados de Atenas las salazones de Gadeira [Grote, t. II, pág. 64].

De otro linaje eran las colonias situadas al Norte de Hemeroscopion, en la actual costa catalana. Tenían carácter más circunscrito, y se alimentaban del comercio más que de la industria. Fundadas para servir de refugio a los mercaderes navegantes, o como depósitos de mercancías, en la ruta de Massalia a Tarteso, a tales necesidades respondía el lugar poco hospitalario en que nacían: una punta de tierra o una isleta próxima a la costa. No fue otro el origen de Emporión, en un principio punto de escala o amparo para las embarcaciones que doblaban el cabo de Creus.

Los griegos, como antes indicamos, se establecieron primeramente en una pequeña isla (San Martín de Ampurias) hoy unida a la Península. De allí se extendió la población a tierra firme, creando un pueblo nuevo, la Neápolis. La expansión urbana de la factoría pudo deberse bien al rápido aumento de los habitantes de la isla por la afluencia de nuevas gentes, bien a un fenómeno harto explicable, como es que el lugar de la costa donde comenzaron comerciando frente a frente griegos y nativos se convirtiera en establecimiento fijo, quedando del lado del mar el barrio de los griegos y más al interior el de los indígenas.

Gran número de colonias y factorías hubieron de establecer los focenses de Massalia en la costa meridional de las Galias. Sería, no obstante, arriesgado tratar de decir cuales fueron y más aventurado aún señalar cuando surgió cada una. Probablemente, tiene aquí la colonización griega dos momentos, como en España, uno anterior y otro posterior a la catástrofe de Alalia.

Por Herodoto tenemos conocimiento de que en 560 los focenses habían fundado en Córcega la colonia de Alalia a instigación de un oráculo. La significación histórica de este hecho se reveló veinte años después, cuando un gran contingente de focenses vino a refugiarse en Alalia, decidiéndose allí el destino político del Mediterráneo.

El poder persa, ganoso de extenderse al mediterráneo, acabó amenazando la libertad y la independencia de la Jonia; y fue Focea la primera población que conoció el peso de las armas de Harpago, general del rey Ciro, resuelto a poner sitio a la ciudad a menos de que los focenses se plegasen a derribar un fuerte y conceder domicilio al monarca persa. Pidieron aquéllos que se les permitiera deliberar sobre la cuestión, sugiriendo que Harpago retirase sus tropas por veinticuatro horas.

Aceptada la proposición, los focenses se lucraron de la tregua para lanzar al agua sus penteconteras y embarcar a sus mujeres e hijos, sus bienes e incluso las imágenes de sus dioses, más todas las ofrendas votivas de sus templos, excepto las pinturas y los objetos pesados de piedra o bronce, que desistieron de transportar. Con todo lo demás se embarcaron y se hicieron a la mar con rumbo a Quío. Los persas se encontraron a la vuelta con una ciudad desierta.

Ya en Quío, los focenses quisieron comprar las islas Oenussas, pero los quiotas se negaron a venderlas, temiendo —aclara Herodoto— que instalaran allí una factoría y excluyeran a sus mercaderes del comercio de aquellos mares. Enfrentados con esta negativa, los focenses, sabiendo que ya había muerto Argantonio, decidieron trasladarse a Cyrno (Córcega), donde veinte años antes, siguiendo la dirección de un oráculo, habían fundado una ciudad llamada Alalia.

No obstante, antes de partir regresaron a Focea, y tomando por sorpresa a las tropas de Ciro, que Harpago había puesto allí de guarnición, las pasaron a cuchillo; hecho lo cual maldijeron a quien asase volver a Focea, y echando un pesado trozo de hierro al mar juraron no retornar jamás hasta que el hierro reapareciera sobre la superficie. Con todo, cuando se disponían a marchar a Cyrno, la tristeza se adueñó de más de la mitad de ellos, y sintieron tales deseos de ver una vez más su ciudad y sus antiguos hogares, que burlaron el juramento y se volvieron.

Mas los que se atuvieron a lo jurado siguieron viaje, y luego que arribaron a Cyrno se avecindaron con los primitivos colonos de Alalia, donde levantaron templos. Durante cinco años estuvieron los fugitivos molestando a sus vecinos, entrando a saco por todas partes. Hasta que, al cabo, los cartagineses y tirrenos o etruscos formaron liga contra ellos y enviaron una flota de sesenta barcos con orden de atacar la ciudad. Por su parte, los focenses alistaron todas sus naves, que eran en número de sesenta, e hicieron frente al enemigo en el mar sardo.

La batalla que se entabló la ganaron los griegos, pero fue una victoria cádmica —continua Herodoto—, (es decir, una victoria en la que el triunfador salió peor parado que el vencido). Los focenses perdieron cuarenta buques, y los veinte que les quedaron salieron de la contienda con las proas tan melladas, que carecieron ya de toda utilidad futura. En consecuencia, los griegos resolvieron volver a Alalia, donde recogieron a sus mujeres e hijos, con todos los bienes que pudieron acarrear, y zarparon de Córcega con rumbo a la Magna Grecia.

Tal fue la batalla de Alalia, una de las más famosas y decisivas del mundo antiguo, en la cual se ventiló sin apelación el conflicto histórico entre griegos y cartaginenses en el Mediterráneo occidental, y la cual dio la supremacía en estas aguas a la codiciosa potencia africana.

Se riñó la batalla de Alalia en 535, un lustro después de la caída de Focea. Los focenses de Córcega se dispersaron, todo hace suponer que en distintas direcciones. Unos pasaron a Regio y otros puntos de la Magna Grecia, conforme acabo de decir. Otros, se refugiarían en Massalia, en cuya vecindad, como en el sur de Italia, brotaron nuevas colonias griegas después de la derrota focense en el mar sardo.

Este ominoso acontecimiento prejuzgaba el destino de las dependencias griegas en el Mediodía de la Península Hispánica. Cartago señoreaba ya con sus naves victoriosas el Sudoeste mediterráneo. La comunicación de Ménaca y demás colonias de este sector con Grecia y Massalia se tornaría por días dificultosa y precaria. El Estrecho quedó cerrado a la navegación focense, fijándole límite Cartago a la altura de Mastia (Cartagena).

Los griegos fueron pasando al Norte, en busca de la protección de la gran ciudad hermana de la desembocadura del Ródano. Finalmente, concluyendo el siglo, esto es, hacia el 500, los cartaginenses arrasan Ménaca, y poco más tarde destruyen también la ciudad de Tarteso de la que ya apenas se vuelve a saber en el Mediterráneo oriental, silencio que da pábulo, a juicio de Schulten, a la leyenda de la Atlántida.

Sin embargo, Boch cree que aun después de Alalia existieron amistosas relaciones entre tartesios y cartaginenses, duda de la destrucción de Ménaca y Tarteso, al menos por lo que se refiere a esta época; supone que la destrucción o abandono de Ménaca acaeció a mediados del s. IV antes de Cristo La Formación de los Pueblos de España pág. 217.

No parece que Hemeroscopion sufriera la violenta suerte de Ménaca, y aun se ha llegado a pensar que continuó existiendo con cierta prosperidad. Emporion fue, en los sucesivo, la colonia más importante, especie de centro jerárquico de los establecimientos griegos en España. Plumas hay que atribuyen el nacimiento o la extensión de la Neápolis a la llegada de gentes de Alalia y, sobre todo, de Ménaca y otras colonias griegas del sur de la Península.

En los restos de Emporion sacados a la luz por las excavaciones se cuenta parte de las murallas, con torres cuadradas en los ángulos y a ambos lados de las puertas. La ciudad estaba situada en superficie escalonada, dividida en terrazas, a las que se ascendía por escalinatas, una de las cuales, la que conducía a los templos, ha quedado al descubierto.

En la Paleópolis (San Martín de Ampurias) se ha recogido un relieve arcaico con dos esfinges, extremadamente significativo, del s. VI. La necrópolis atesoraba, como la de Ibiza, bellos ejemplares de cerámica griega: vasos corintios, calcídicos, chipriotas y otras clases jónicas de la primera mitad del s. VI. Por todo ello ha sido relativamente fácil fechar con cierta seguridad la fundación de esta colonia.

Las esculturas griegas más notables halladas en España son justamente las de Emporion, es especial una estatua representativa de Asclepio (Esculapio), de mármol pentélico, tamaño natural y considerada hoy como un original ático de la segunda mitad del s, V, de la escuela de Fidias. Y una pequeña cabeza de Afrodita, también en mármol, delicadísima, del estilo de Praxiteles. Ambas obras denuncian una relación íntima de los griegos de Emporion con Grecia, incluso después de la batalla de Alalia.

Alcance de la helenización en España

Se supone de ordinario que ni samios ni focenses fundaron establecimientos permanentes en el territorio de Tarteso pasadas las columnas de Hércules; que Coleo no dejó colonia alguna; que los focenses, como indica Herodoto, se resistieron a afincarse en los dominios de Argantonio. Por lo demás, la tradición nos descubre cuan reacios eran los griegos a internarse más allá de las Columnas.

Con todo eso, Costa repudia vivamente la opinión de que no hubo colonias griegas en Tarteso. En resumen, alega las razones siguientes: El tráfico entre los estados griegos y el reino de Tarteso no cesó hasta muerto Argantonio (Curtius, cap. III, p. 111). Este tráfico llevaba consigo el establecimiento de factorías propias. En la antigüedad, Appiano (De reb. hisp. cap. II) creía verosímil la creación de colonias permanentes griegas en los estados de Argantonio.

No tiene duda que alrededor de la bahía de Cádiz se formó una raza mestiza jónicofeniciotartesia bastante numerosa para que todavía en tiempo del viaje de Apolonio Thianeo (s. I de nuestra era) dijeran los gaditanos que traían todos origen griego (Philostrato, Vita Apoll., libr. V, cap. 4).Los jonios no dieron importancia a la pureza de sangre. Tomaron mujeres indígenas donde quiera que se establecieran. Los griegos de Ampurias construyen sus fortificaciones en tierra firme, no solo para sí, sino para los indígenas helenizados.

En el s. II antes de Cristo, en Algeciras, a los cuarenta y siete años de iniciada la invasión romana se contaban por miles los mestizos, hijos de siervas españolas y legionarios romanos ( T. Livio, lib. XLIII, cap. 3). En el siglo I, los gaditanos se decían griegos, tenían instrucción y costumbres griegas, decían que Gadira era voz griega (cuello o cerviz de la tierra). Dos siglos antes de Cristo había aún en Andalucía maestros en letras griegas. El mismo teatro cordobés de la primera mitad del siglo I denuncia influjo directo del arte griego.

Seguía en función al otro lado de la bahía el oráculo de Menestheo (Estrabón, III, I, 9). De añadidura, samios y focenses imprimen huella profunda en las religiones de los pueblos de Cádiz, donde el rey tartesio permitió a los primeros el culto de Hera. Los focenses continuaron la obra de los samios: erigieron templos a Artemis y Athene. Indudablemente, fundaron colonias de mineros y pescadores y emporios comerciales. En fin, el efecto de la colonización jónica en las bocas del Betis fue más duradero de lo que se ha creído.

Cartago arrebató el cetro de Cádiz a Tarteso, pero el genio griego siguió vivo allí. Imperó tan absoluto en la bahía, que sesenta años después —concluye Costa— se atrevieron los indígenas a levantar una estatua de bronce a Temístocles en memoria del triunfo alcanzado sobre los persas y cartagineses en aguas de Salamina (Philost. Vita Apollo).

Por lo que atañe a Andalucía, sin embargo, la arqueología se nos muestra menos explícita y elocuente que la historia en este extremo de la helenización, si bien es cierto que nos ofrece el rastro indefinido de sociedades de cultura refinadísima, entre cuyos elementos pudiera adivinarse el fuerte influjo griego que exalta Costa.

En el arte del Este y Sudeste de España, la helenización está proclamada por los descubrimientos arqueológicos. La escultura ibérica delata la proximidad de los griegos. Carpenter comprueba la influencia focense en diversas obras de esas regiones. El Sudeste, desde la costa alicantina hasta Mastia (Cartagena), se hallaba más despejado que Andalucía a la penetración de las civilizaciones mediterráneas, era el muro donde primero tocaba la ola civilizadora procedente del Mediterráneo oriental y central. Tierra avanzada al Oriente, antes que ninguna otra de España y en mayor medida, recibía la influencia griega.

Andalucía se resintió de la repentina pérdida del contacto con los griegos por haberles cerrado el Estrecho los cartaginenses después del desastre de Alalia. como hicimos notar antes. Objetos típicos de la cultura griega son los del Santuario de la Luz, cerca de Murcia, con bellos bronces; los de Elche, con la famosa Dama, y otras esculturas en piedra y cerámica con decoración ocelada; los de los Santuarios del Cerro de los Santos y del Llano de la Consolación, etc.

Los focenses introdujeron en España el alfabeto jónico

La influencia griega se manifiesta también en monedas iberas con la efigie de divinidades helénicas.

El arte indígena llamado ibérico, cuyas primeras manifestaciones son tan rudas e informes en las regiones centrales y occidentales de la Península —escribió Menéndez y Pelayo (Heterodoxos, I, p. 446)—, tuvo espléndido desarrollo en la costa de Levante, bajo la doble influencia del arte oriental y del arte helénico, incluyendo en este último el arte primitivo de Micenas, el griego arcaico y las primeras manifestaciones del griego clásico. De todo ello dan razón los portentosos descubrimientos del Cerro de los Santos, de Elche, y de otras localidades comprendidas en los antiguos reinos de Murcia y de Valencia.

En suma, es palmario que la vecindad de los griegos ejerció en España considerable influjo civilizador, transmitiendo algo de su espíritu a las poblaciones indígenas con quienes tuvieron relación en Cataluña, el Levante y Andalucía.

RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, T. I págs. 158-192.