Los Fenicios

Mapa de las principales rutas comerciales usadas por los fenicios

Mapa de las principales rutas comerciales usadas por los fenicios

La faja litoral de Siria que se extiende desde el Eleutero (Nahr-el-Kebir), por el Norte, hasta el Monte Carmelo por el Sur, fue en la antigüedad domicilio y metrópoli de un pueblo semítico de traza peculiarísima. Esencialmente marítimo, en flagrante violación de los hábitos e inclinaciones de su raza; incapaz de crear una literatura, y sin embargo, autor, en todo o en parte, del alfabeto, cifra y signo primordial de la prodigiosa lengua griega, así como de la latina y demás idiomas de Occidente.

Se llamaba este pueblo a sí mismo —y le llamaban los egipcios— cananeo o sidonio. Los griegos, que también lo conocían por sidonio, le designaron más a menudo con el apodo de Phoinikes, o sea, fenicios, palabra, a lo que sw cree, derivada de phoinos, o rojo sanguíneo; y por hombres rojos eran conocidos los navegantes cananeos, a causa del vivo color de su piel, herida por los rayos del sol y la brisa marina.

Correspondían los fenicios a la rama cananea de la raza semítica. Eran, pues, parientes étnicos próximos de los hebreos. Les unía a ellos también el idioma, el cananeo, subdivisión del núcleo semítico septentrional, de donde asimismo procedía el lenguaje de los judíos.

No se sabe de cierto de qué latitud eran oriundos los hombres rojos. Creían ellos que habían llegado a Siria de una costa oriental, probablemente de Babilonia. Herodoto, asevera que vivieron antes en las márgenes del mar Eritreo, esto es, el Océano Índico, o mejor dicho, el Océano Índico y el Golfo Pérsico, porque el padre de la Historia no los separaba, por ignorar su forma. En edades posteriores se comenzó a decir que los fenicios tuvieron su primer domicilio en el país de Punt, al sudoeste de la Arabia y oriente de Abisinia y Somalilandia. De ahí que se las llame también púnicos.

La época en que se establecieron en sus lugares históricos del Mediterráneo oriental escapa a la investigación. El propio Herodoto, que visitó a Tiro en el s. V antes de Cristo, recogió de labios de los sacerdotes de Melkart —el Hércules fenicio— la versión de que la ciudad había sido fundada 2300 años antes, es decir hacia 2755.

De todas suertes, la existencia de Fenicia data, para la Historia, de siglos más tarde. A este respecto, las fuentes más antiguas de información se contienen en las tablas de Amarna (siglo XV antes de Cristo), a las que siguen documentos egipcios y asirios y las noticias del Antiguo Testamento. Se sabe por estas reliquias que la antigua Fenicia estaba formada por gran número de ciudades, la mayoría costeras. Destacaban entre todas por su muchedumbre y actividad Arvad (hoy Rua), Acco (Acre), Achzib (ez-Zeb), Tiro, (Sur), Sarepta (Sarafend), Sidón (Saida), Berytus (Beirut), Byblus o Gebal (Jebeil), Arka (Sin), Simira (Sumra), Marathus (Amrit).

Para cimiento de sus ciudades, los fenicios, previsores y cautos, elegían en primer lugar las islas próximas o pegadas a la costa, con el fin de resguardarlas del asalto de los vecinos imperios conquistadores, al paso que de este modo satisfacían su afición y necesidad de vivir al hilo del agua, a poca distancia de las embarcaciones. Sidón, Tiro y Arvad, las más importantes, eran a la sazón ciudades-estados levantadas sobre sendas islas.

A semejanza de todas las naciones vitales dueñas de extenso borde marítimo coincidente con suelo pobre o angosto hinterland, el destino de Fenicia dependió desde primera hora de la aventura marina. La circunstancia geográfica labró pronto la notable diferenciación que hace del pueblo fenicio una extraña excepción entre los de su raza. Hubo de ser navegante, por parejas razones que lo fueron a continuación los griegos y, en tiempos para nosotros familiares, Portugal e Inglaterra, por ejemplo.

El oficio que la geografía impuso a los fenicios con el apremio de la necesidad, fue calificado por rasgos inconfundibles de la raza. Así, en la empresa fenicia, la pasión por la granjería —el negocio— llena de audacia al navegante, incitándole a surcar mares desconocidos, pero al mismo tiempo, el recelo y la astucia que caracterizan a los hombres de su sangre, le aconsejan guardar el secreto de sus viajes y reservarse cuando sabe de lugares, vientos y corrientes.

La piratería y el robo constituyen por lo común la infalible fase inicial del comercio de los pueblos marineros. prueba notoria de que es la necesidad lo que los arrastra al tráfico. El imperio fenicio tendría, pues, su comienzo corsario y bucanero, como lo tuvo el griego y lo ha tenido —a expensas exclusivamente de España— el inglés.

En sus primeros movimientos por el Oriente mediterráneo y las costas griegas, los púnicos se limitaban seguramente a presentar sus mercancías a los indígenas, sin perder de vista los barcos, y comerciaban con ellos a trueque; al cabo de cinco o seis días levantaban el mercado y se hacían de nuevo a la mar. Su misión estribaba en dar a conocer y colocar los géneros o productos de Egipto, y Asiria Herodoto. Comerciaban principalmente los artículos de lujo.

El tráfico entre los países del Eufrates y el Tigris y las naciones del Mediterráneo lo monopolizaban ellos, pues controlaban la caravana árabe que aportaba a Grecia y el Occidente los perfumes y las especias Herodoto Traficaban también en oro, plata, marfil y ámbar, este último producto introducido por ellos en el mercado. Abastecían de vinos a los en modo alguno abstemios egipcios; y acaso no tuvieran empacho, si ciertas tradiciones son de creer, en regalar a los príncipes y magnates del Oriente con bellas y sensuales prisioneras robadas por sorpresa a los griegos.

Los fenicios fueron quienes se apoderaron pérfidamente de Io, hija de Inaco de Argos, suceso que vino a constituir la causa original, a vuelta de represalias entre griegos y asiáticos, de la guerra de Troya Herodoto.

En sus navegaciones se servían los fenicios de dos clases de buques. Para el cabotaje y los mercados próximos usaban barcos panzudos, casi redondos, llamados gaulos. Para el alto bordo, o navegación de Tharsis, embarcaciones muy distintas, aguzadas, rápidas y de gran factura, impresionantes para aquellos tiempos. En rigor, todo el equipo marítimo de los púnicos impresionaba; una de las cosas que más admiración causaban a los griegos era la disciplina y la destreza de las tripulaciones fenicias.

Aparte las mercancías ajenas, que distribuían como intermediarios, los fenicios exportaban su propia producción. Su litoral metropolitano y sus colonias, no solo almacenaban considerables y ricos depósitos de géneros elaborados en otras naciones, sino que, de añadidura, contenían una población fabril especializada en varias industrias, principalmente en la de los tejidos y encajes y en el teñido en púrpura. Tenían fábricas de vidrio en Sidón. Trabajaban los metales. En suma, cuanto pudiera ser objeto de explotación comercial o industrial reclamaba su atención y su esfuerzo.

La expansión marítima de Fenicia

La historia de Fenicia, como la de Israel, nos familiariza con una raza en absoluto desprovista de las cualidades necesarias para alumbrar una nación. Cada ciudad púnica era un estado independiente, que perseguía su propio y exclusivo fin, sin lazos políticos que, uniéndola al resto, permitieran a Fenicia aspirar a tener una verdadera vida nacional. Los intereses mercantiles privaban sobre todos los demás; y cuanto había de vibración civil en los ciudadanos se bastaba apenas para sostener la llama del fervor político en el ámbito concejil.

Semejante dispersión de la lealtad y la disciplina civil, con el factor geográfico, adverso en principio a la independencia, decretaban precaria existencia y continua vicisitud para la libertad del pueblo fenicio. Y, en efecto, desde que esta gente tiene historia es, con breves lapsos de soberanía, el relato de su servidumbre y la memoria de los asedios sufridos por sus ciudades.

En las primeras noticias ciertas que de ella hay, se nos descubre Fenicia sojuzgada por Amosis I siendo una porción del imperio egipcio que incluye también a Palestina y llega hasta el Eufrates. Esta era la situación hacia 1580 antes de Cristo. Thothmes o Tutmosis III (1503-1449) consolidó la conquista de los divididos e inermes estados de Fenicia y Palestina. Al amparo de la caótica e interminable subversión de estas regiones en los ss. XV y XIV, en la que resalta la invasión de Siria por los hititas, con sus hordas de nómadas del desierto en la retaguardia, Fenicia pudo sacudirse la enojosa tutela de Egipto, que solo conservó bajo su férula la ciudad de Byblus.

El descenso en poder de la nación del Nilo dio mayor holgura a la soberanía de Fenicia, y concluido el reinado de Amenofis IV (1376-66 antes de Cristo), Egipto dejó de ser temible para sus vecinos; pero no por eso quedaron libres los fenicios de la amenaza de los faraones, que careciendo de armada propia sentían, al igual que asirios, persas y macedonios después, especial debilidad por procurársela teniendo a los púnicos bajo su yugo.

Los sucesores de Amenofis IV trataron varias veces de reconquistar Siria, sin conseguirlo, hasta que Ramsés II, rehecho en parte y fugitivamente el viejo poder de Menfis, arrolló a Fenicia hasta Berytus.

Otra situación inextricable, creada por nuevas olas de invasores —esta vez procedentes de Europa y Asia Menor—, asestó un golpe decisivo a la dominación egipcia sobre Fenicia y Palestina. Pasado el reinado de Ramsés III (hacia 1200 antes de Cristo), Egipto no tuvo ya fuerzas para avasallar a Canaán. A partir de este momento, y hasta mediados del s. IX —cuando comienza a ser irresistible el avance de Asiria hacia la costa mediterránea— Fenicia disfruta la desacostumbrada y providencial independencia que, coligada con hechos no menos trascendentales, permitirá a Tiro señorear el Mediterráneo.

Probablemente, los fenicios costeaban por las islas del Egeo desde el s. XV, sin duda en conflicto con el poder naval de Creta; y la expansión naval que concluye trocando a los hombres rojos, por espacio de varias centurias. en imperio mercantil sin rival de cuenta, se inicia en el s. XII, paralelamente a la mengua de la ascendencia política y militar de Egipto y al ocaso de la thalassocracia, o hegemonía marítima cretense. El Egeo y el Mediterráneo occidental quedaron a merced de los mercaderes de Sidón y Tiro.

La expansión tiria debió de ser rápida e ilimitada ya en el s. XII. Es de suponer que primeramente afirmaran su posición en el Egeo. Se cree que muy pronto, atraídos por la riqueza minera de la isla de Chipre, fundaron allí Citium, mas no cabe asegurar cuándo. También se supone que establecieron bases navales en Rodas, Tera, Citerea y las Cíclades. En la Península griega menciona Herodoto un enclavamiento fenicio, el de los gephyraeans, descendientes de los fenicios que llegaron a Beocia con Cadmo, el que enseñó a los griegos las letras y otras artes. Quizás fijaran estaciones comerciales a primera hora en el istmo de Corinto, donde se abastecen de múrice, un molusco del que extraían la púrpura para la industria tintorera y que se daba en la islas de Laconia con alguna abundancia y de calidad insuperable. Mas no hay posibilidad de conocer el curso que siguió el avance colonizador de este pueblo, es decir, a qué distancia temporal fueron fundadas las distintas colonias, ni si llegó al remoto Occidente, al Tártaro de Homero, antes o después de haber establecido factorías en Sicilia, Cerdeña y la costa de África.

Para algunos autores, Lixus y Útica aparecerían por los mismos años que Gádir (Cádiz) o lo que es igual, en el s. XII. Generalmente se tiene a Gádir como una de las colonias más antiguas.

Cuando los fenicios se instalaron en Andalucía debía de hacer mucho tiempo que comerciaban con los indígenas de esos lugares, bien que en viajes tal vez raros. Meyer indica que los púnicos visitaban de muy antiguo, quizás desde el s. XV antes de Cristo, las costas de ambos lados del Estrecho de Gibraltar. En el viaje de ida al país español de la plata hacían escala en Sicilia, Cerdeña y las Baleares. Regresaban, siguiendo la corriente, por la costa del Norte de África.

Las ventajosas transacciones con los tharsitas o tartesios daría a los fenicios el incentivo para una relación más permanente. De ahí, posiblemente, la leyenda de que los tirios intentaron afincar en el litoral andaluz en varias ocasiones. Primero llegaron hasta Sexi (Almuñécar), pero los augurios los descorazonaron y volvieron las naves (¿a Útica?). En la segunda expedición pasaron el Estrecho o las Columnas de Hércules, internándose hasta las proximidades de Onoba (Huelva), con idéntico resultado adverso del sacrificio. Al cabo, en el tercer viaje, pudieron fundar Gádir.

Aconteció esto, conforme con aseveraciones griegas comúnmente aceptadas, en el año 1100 antes de Cristo. Las autoridades para este extremo son Veleio y Timeo de Tauromenio.

En el instante de su apogeo, el imperio fenicio poseía multitud de colonias y factorías en el Mediterráneo central y occidental, y aun —pasado Cádiz— en la Libia española, que los antiguos excluían de Europa. En África tenían los púnicos Aoza o Auzia (Aumale), Hadrumentum (Susa), Hippo (Bizerta), Leptis Magna, Lixus, Útica y Cartago. En Sicilia, Panormos (Palermo), Soloeis (Solunto) y Motia. En Cerdeña, Caralis (Caller), Nora, Sulcis, Tarros; y entre Sicilia y la costa africana, Melita (Malta), Gaudo (Gozzo) y Cossyra (Pantelaria).

En España los púnicos debieron colonizar intensamente todo el litoral andaluz, desde Huelva a Cartagena, extendiéndose también por el interior. De fundación fenicia segura se consideran, además de Gádir, Malaca (Málaga), Sexi (Almuñécar) y Abdera (Adra). Huelva pudiera haber sido asimismo de origen fenicio, y, con menos duda, lo propio nos es dado decir de Córdoba.

Se gobernaban las colonias en estrecha relación con la metrópoli, mediante funcionarios llamados suffetes. Contribuían con el diezmo de sus ingresos al culto de Melkart en la ciudad metropolitana, a la que también despachaban embajadores con ocasión de las fiestas anuales. Como más tarde percibiremos, por el régimen de sus colonias, los fenicios se distinguieron asimismo de los griegos.

El sistema sidonio y tirio, que hacía de las dependencias ultramarinas otras tantas provincias del imperio, presentaba la desventaja de ligar la suerte de las colonias a la incalculable circunstancia política de la metrópoli, por manera que la sumisión de Tiro a un poder extranjero aparejaba la sumisión de sus colonias a ese mismo poder, acicate irresistible para la secesión.

Gádir, cuya configuración tanto lo asemejaba a Tiro, debió ser para los fenicios una colonia ideal, la Tiro de Occidente: escalón estratégico, a la vez que fortaleza y centro idóneo desde donde extender el influjo comercial por Andalucía y dominar a los naturales del país. Si se considera la diversidad de industrias que los púnicos ejercieron en España, precisa imaginarse que no dejarían por explotar aspecto alguno de la riqueza que les brindaba el Sur de España, a excepción quizás, de la agricultura.

Ante todo, les atraerían los metales, principal finalidad, según los antiguos Diodoro, de la colonización. Explotaron las minas de oro, plata y cobre ya en uso y abrieron otras, entre ellas las de la Sierra de Gádor, cerca de Almería. Estrabón nos informa de que en la antigüedad existían criaderos de oro en las sierras que separan la planicie granadina del litoral malagueño, y hasta tiempos recientes parece ser que arrastraron pajuelas de dicho metal el Guadalfeo y el Darro.

Con todo, lo que verdaderamente abundaba en este capítulo de los metales era la plata, el metal que confirmó a Andalucía en la imaginación de los griegos como país fabuloso. La tradición, recogida por Diodoro e inserta también en una obra atribuida a Aristóteles según la cual los fenicios retornaban de Tarteso con tan descomunales cargamentos de plata, que hasta las anclas de los buques estaban fabricadas con este metal, no hacía, sin duda, más que exteriorizar el asombro que causó a tirios y troyanos la riqueza de España en yacimientos argentíferos.

Codiciaban los fenicios también el cobre, pues eran los monopolizadores del mercado del bronce, que producían aleando en partes proporcionales el cobre de Palestina de Chipre y de España con el estaño de las Islas Británicas.

Después de la industria metalúrgica sería la pesquera la que más energías solicitase de los colonos fenicios. Era en aquellos tiempos el mar del Estrecho renombrado por sus grandes cetáceos Scymno —una de las condiciones que lo hacía misterioso y temible— y por sus peces gigantescos y suculentos. La fama de los atunes de las aguas de Cádiz y Huelva no se comprendería sin la previa existencia de una industria exportadora del pescado. Se sabe que en Cartago eran estimadísimos; tanto que monedas púnicas halladas en la región de Huelva presentan en el anverso al efigie del Hércules tirio y en el reverso la inscripción y un par de atunes.

Desde luego, los fenicios montaron pesquerías y explotaron salinas en escala considerable en sus colonias de España, y fundaron una próspera industria de la salazón del pescado, que luego continuaron los griegos.

Fin del poder de Tiro

Rememoremos que la mención más antigua de Tharsis (¿Tarteso?) se encuentra en la Biblia, y, por modo curioso, con aspavientos e hipérboles tales, que se diría que Tharsis era una dependencia hebrea. Pero no hay que ver en ello nada chocante, porque Fenicia e Israel convivieron siempre en entrañable amistad. La flota mercante fenicia prestaba a los judíos servicios inestimables, y esta gente se lucraba en alto grado del comercio fenicio; y hasta es probable que viajara en sus naves al Sur de España.

Los fenicios suministraban a los hebreos artículos exóticos y manufacturas propias, que los hebreos pagaban con productos agrícolas: trigo, vino, aceite. Durante mucho tiempo hubo de darse este intercambio regularmente.

Siendo para ellos tan importante el poder de Fenicia, no es de extrañar que los israelitas tuvieran por suyo a Tharsis, como tenían por suyo a Tiro, a juzgar por las endechas de la Biblia.

No ofrece duda que las riquezas de Tharsis acendraron las excelentes relaciones que siempre privaron entre judíos y fenicios. En el reinado de Salomón (hacia 980 antes de Cristo) alcanza su máxima expresión el acuerdo económico entre los dos pueblos semíticos. Salomón de Jerusalén e Hiram de Tiro vivieron en íntima alianza, puesta de manifiesto en varias empresas.

El monarca tirio contribuyó con oro, cedros y abetos y personal técnico y obrero a la construcción del Templo. A trueque, Salomón se desprendió de considerables cantidades anuales de víveres y de un territorio en Galilea a favor de Hiram. Se exteriorizó también la cordialidad entre ambos monarcas en una expedición conjunta, con fines comerciales, desde, Ezion-geber, en el golfo de Akaba, a Ofir, que se cree estaba situada en la costa oriental de Arabia.

En esta la época más próspera y brillante de Fenicia, cuando comienza a dar fruto la independencia lograda desde el fin del mandato de Ramsés III de Egipto, o sea, desde 1200 antes de Cristo. La dinastía XXI pasó desentendida de Fenicia, y el intento del primer rey de la dinastía XXII, Shishak, (alrededor de 928) de resucitar la dominación egipcia en Siria solo puso de relieve la debilidad del Estado del Nilo.

Si bien en el s. X algunas ciudades fenicias tuvieron príncipes propios, la independencia dio enorme impulso al poder de Tiro, cuya historia, en realidad, es desde entonces la historia de aquel imperio de mercaderes. La hegemonía de Tiro, llega a su cénit con Ithobaal I (887-855). El rey de Tiro se llama a la sazón rey de los sidonios. Bajo su pacífico gobierno recibe nuevo empuje la colonización, particularmente —se sospecha— en África. Acaso se inaugura en este reinado la empresa colonizadora de Fenicia en el litoral africano, por donde se extendió a lo largo de todo el s. IX, hasta surgir Cartago en 814, cubriéndose aquella regiones de ciudades púnicas y siendo el lenguaje fenicio el dominante.

Pero desde los días de Ithobaal I se cernía sobre Siria, Fenicia, Palestina y Egipto la amenaza del rampante imperio de Nínive. Ya en 868, Assurbanipal III se asomó al Mediterráneo con el simbólico ademán de lavar sus armas; de paso exigió tributo a los reyes de Tiro, Sidón, Byblus, Arvad y otras ciudades cananeas. Consta que Salmanaser II cobró parias en 842 y 839 de Tiro y Sidón. La tutela establecida por Salmanaser se prolongó, al menos teóricamente, durante un siglo; pero en la práctica, con frecuencia no se hacían efectivos los tributos.

En 741 Tiglapileser III cita entre los príncipes que le pagan parias a Hirum de Tiro, rey de Tiro y Sidón. En 734, Metten, monarca de Tiro, figura como tributario de Tiglapileser. e igual situación sufren Byblus y Arvad. En lo sucesivo, Fenicia no se verá ya libre de la férula y las armas extranjeras. Elulaeo IX (725-690), rey de Tiro, Sidón y otras ciudades, tuvo que soportar, no más iniciarse su reinado, la invasión de Salmanaser IV.

El poder asirio se había ido tornando cada día más insoportable para todo el mundo, y con ánimo de emanciparse, formaron una liga los filisteos —establecidos en la costa de Judea en el s. XII—, Judea, Egipto y Etiopía. A esta confederación se unió Elulaeo de Tiro. Estalló una sublevación formidable. Pero era más temible la fuerza de Asiria, y en la campaña de 701, Senaquerib destrozó a los coaligados y ocupó las ciudades que Eulaleo tenía bajo su cetro. El monarca sidonio escapó a Chipre.

En el vacante trono de Sidón, el guerrero asirio sentó a Tubalu o nuevo Ithobaal, que comenzó a reinar como tributario suyo. Así quedó desecha la alianza de Tiro y Sidón. En cuanto a Tiro, Senaquerib le puso cerco por mar, uno de esos sitios interminables a que los tirios se acostumbrarían pronto.

El sucesor de Ithobaal, Abdmilkat, no tardó en alzarse en armas contra Asiria. Las consecuencias de este acto fueron fatales para la ciudad. Esarhaddón la redujo a escombros y la dio por muerta; al rey lo cargó de cadenas (678 antes de Cristo). De esta suerte feneció en reino de Sidón, que no vuelve a palpitar hasta el tiempo de Ciro y la dominación persa.

Tiro quedó consternada, y, con la espada de Damocles que sobre ella blandía Esarhaddón, amenazada de exterminio fulminante. Sin embargo, en corto número de años cobró ánimos y comenzó a rehacer su moral y su fortuna. El trono de Elulaeo lo había ocupado, en Tiro, Baal; y en 672, el nuevo rey selló una alianza con Tirhaca, monarca etíope de Egipto. Por segunda vez se alzaron contra Asiria ambos estados. Esarhaddón marchó sobre Tebas y la arrasó. Antes había dejado puesto asedio a Tiro, mas no logró que capitulase esta isla inexpugnable.

Assurbanipal, hijo de Esarhaddón, prosiguió la tiránica política de sus antecesores contra la reina de las ciudades. Tiro tampoco pudo esta vez ser asaltada; pero a la postre Baal se dio por vencido y se sometió. Con él se rindieron otros príncipes cananeos: los de Gebal y Arvad, Manasseh de Judea, etc.

Los asirios expugnaron la isla de Chipre devastándola. La ruina de Sidón y los padecimientos de Tiro hubieron de impresionar vivamente a los hebreos, tan de cerca afectados por la tragedia y a pique de perder el apoyo marítimo y económico de los fenicios. Por los textos de Isaías (s. VII) se obtiene una idea, siquiera sea a veces borrosa y enigmática, de la desesperada consternación de los israelitas ante tan ominosos sucesos. Pero bueno será concluir esta somera historia de Fenicia.

El rápido descenso de la vitalidad de Asiria a fines del s. VII no representó, sin embargo, ventaja alguna para los fenicios. Egipto y Caldea se disputaron la presa que se le caía de los dientes al león asirio, y la batalla de Carchemish (605) decidió la pugna en favor del nuevo poder babilónico. En vano trató el faraón Hophra de volver en 588 por la supremacía de Egipto; solo consiguió, en efímera victoria, derrotar a Tiro y aterrorizar a las demás ciudades.

Pero Ithobaal II y otros príncipes púnicos debieron preferir la tutela de Egipto a la de Babilonia, por cuanto luego que se les deparó coyuntura se mostraron enemigos irreconciliables de los caldeos. Ello exasperó a Nabucodonosor, quien, no más rendir a Jerusalén, puso sitio a Tiro. El faraón, incapaz de medir sus fuerzas con el bíblico capitán babilonio, le dejó el terreno libre en Fenicia.

Tiro aguantó el asedio de Nabucodonosor por el increíble espacio de trece años (585-573), pero a la postre capitularía en condiciones aceptables, dado que el reino de Ithobaaal fina con el levantamiento del sitio, y la familia real tiria aparece más tarde en la cautividad babilónica, junto a la realeza y a la aristocracia de Israel.

Nabucodonosor designó rey de Tiro a Baal II (574-564), con cuya suerte desaparece por algunos años la monarquía tiria, que cede el paso a la república presidida por un suffete.

En la historia de Fenicia este es el fin irrevocable de la nación como ente político. Hiram III de Tiro asiste desde un trono sin imperio a la sustitución de los caldeos por los persas (538) en el aherrojamiento de sus estados. El traspaso de poderes se realizó, al parecer, sin violencia; y Amosis II de Egipto se lucró de la ocasión para ocupar a Chipre, la última dependencia, quizás , que le quedaba a Tiro en el Mediterráneo. Sidón, rediviva, heredó bajo los persas una pálida hegemonía sobre las decaídas ciudades fenicias; aunque desde el punto de vista mercantil el hundimiento no fue todo lo completo que pudiera suponerse.

El proceso de liquidación de la thalassocracia tiria había comenzado en el s. VIII, y los agentes que la disolvían eran de dos clases. En primer lugar, las invasiones y asedios asirios, que aislaban a la metrópoli de las colonias, creando condiciones favorables a la separación y estimulando a los indígenas a sublevarse y expropiar a los opulentos mercaderes. Con los Salmanaseres, Assurnipales y Esarhaddones colaboraban implícita y fortuitamente en el desmoche y socavamiento del imperio fenicio los griegos, decididos o forzados por la necesidad, desde el s. VIII a expulsar a los fenicios del Egeo y del Mediterráneo.

La rebelión de los tartesios, acaso instigados por los griegos, contra Gádir fenicia, no se haría esperar.

RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, T. I págs. 145-158.