Nubeluz

Iberos y Celtíberos

Iberos y pirenaicos en Francia

Como terminamos de ver, las invasiones celtas de los siglos VII y VI antes de Cristo introducen en España notables cambios. Durante dos siglos por lo menos, la Meseta Central presenta una fisonomía tan acusadamente céltica, que sin duda justifica el nombre de Céltica con que Aristóteles y Timeo la designan.

Pueblos prerromanos de la península ibérica.Pueblos prerromanos de la península ibérica.

Pero no es solo ese el único movimiento importante de pueblos en la Península y el Sur de Francia que la Arqueología y la Historia nos consienten registrar en los siglos VII y VI. Los iberos propiamente dichos, que mediado el eneolítico se distribuían por lo que luego fue el reino de Murcia, las provincias de Alicante, Valencia y Castellón, el Bajo Aragón y el valle del Ebro hasta sus tramos altos en la Rioja, con leves infiltraciones en la Montaña santanderina y en los Pirineos, a principios de la Edad del Hierro, tenían su frontera por el nordeste en las montañas del Occidente y Mediodía de Barcelona.

Tal situación sufre trascendental mudanza a mediados del s. VII, cuando se cree que debido al aposentamiento de los primeros celtas, los de los campos de urnas, en la planicie barcelonesa, los iberos, a manera de reacción, dilatan sus dominios por el nordeste en dirección a Francia. A fines del siglo VII o principios del VI habían traspuesto ya los Pirineos.

El avance de los iberos desde sus domicilios prehistóricos de las costas de Garraf, el Llano de Urgel y las montañas de Monserrat asesta un golpe mortal a la cultura de las urnas y liquida, absorbiéndolas, a las poblaciones celtas, que no debían de ser muy numerosas. Las tribus primitivas catalanas de la costa Nordeste y, en cierta medida, las vecinas del interior caen bajo la dominación ibera, y quedan sometidas al influjo racial que la ocupación había de aparejar.

Dentro de Francia, los iberos derriban el próspero reino celta levantando en el distrito de Narbona por los connacionales de los Urnenfelder, y desde el Rosellón a las bocas del Ródano imperan sobre los ligures.

De igual modo, yuxtapuestos a las tribus indígenas —entre ellas las de los pirenaicos vascos, o gascones—, los iberos dominan luego los vastos territorios del Sudoeste de Francia, conocidos por Aquitania, probablemente, al principio, desde el Loira a la cadena pirenaica. Pero la zona por excelencia de su señorío parece haberse contraído a las tierras entre el Garona y los Pirineos.

En el capítulo que precede hicimos mención de la ola de los volcos tectosages que hacia el 400 antes de Cristo irrumpió en el valle del Ródano y paulatinamente se extendió hasta el Rosellón. Son estos celtas quienes parecen poner violento término a la dominación ibera en el Sur de Francia, del mismo modo que dos siglos antes los iberos habían arruinado el reino de los celtas de Narbona. Mas ya se había producido imborrable fusión de razas, y allí quedaban, en estaciones innúmeras, las huellas imperecederas de la raza y cultura ibéricas. Se ignora en que circunstancias fueron barridos de la Aquitania los iberos.

Los pueblos del Este

Las noticias históricas que han llegado hasta nosotros en relación con los pueblos, tribus y comunidades primitivos de España, provienen de dos grupos de fuentes: uno, griego, integrado principalmente por los textos del Periplo salvado por Avieno, y los de Hecateo, Herodoto, Herodoro, Escilax, Eforo, Aristóteles y Timeo. De esta literatura se ha extraído la información concerniente a las poblaciones peninsulares en los ss. VI, V y IV antes de Cristo.

La situación de las tres últimas centurias precristianas ha sido reconstruida sobre la basa de un segundo grupo, grecorromano, de la paternidad de Erastótenes, Catón, Polibio, Posidonio, Estrabón, Plinio, Mela, Diodoro, Livio y Ptolomeo, entre otros. Los textos más antiguos —llamémoslos de la primera época— poco o nada dicen del interior de España, donde por aquellas edades precisamente hubo de haber un estado de cosas en extremo fluido, sobre todo por lo que se refiere a los bordes de la meseta.

Desde el s. III —fuentes de la segunda época— la faz étnica y demográfica de España tiende a fijarse, y los viajeros y geógrafos que se acercan a la Península sorprenden ya a los pueblos en sus domicilios verdaderamente históricos, escena y ámbito donde acaecen los sucesos que por primera vez se incorporan a la experiencia humana gracias a la Historia.

En la primera época —ss. VI-IV— habitaban en las zonas montañosas del Noroeste de Cataluña tribus descendientes de las comunidades prehistóricas que procedían de los pueblos capcienses y pirenaicos. Eran esas tribus las de los ceretas (certanos en la literatura de la segunda época) que vivían en el distrito que más tarde recibió el nombre de Cerdaña, y la de los ausoceretas (luegos conocidos por castellani, pobladores de la región de Olot-Basalú. Al sur, en la cuenca del Ter, con Vich y Gerona, tenían su domicilio los ausetanos. Tribus asimilables a las anteriores, por su antigüedad tanto como por su posición geográfica, eran los bergistanos, congregadas en la actual zona de Berga.

Esos pueblos debieron ser afectados por la dominación ibera, pero menos hondamente que sus vecinos al oriente, las tribus de la costa, parte de los indigetas, ocupantes del Ampurdán y la Costa Brava, pueblos de planta no ibérica, como aquellos, más severamente dominados, primero por los celtas de la cultura de las urnas, y a continuación por los iberos que señorearon estos territorios y el sur de Francia.

Oscurecidos bajo el gobierno de los iberos, los indigetas se extienden en la primera época a lo largo de la costa hasta Barcelona. En el s. III este pueblo aparece dividido en varias tribus, entre las que se cuentas los laietanos y lacetanos. Los primeros moraban en la Maresma de nuestros días, ocupando las tierras entre el Norte de Barcelona y la cuenca del Tordera. Los segundos estaban al poniente de ellos, en el interior de Cataluña, en las vertientes meridionales de las sierras de Pinós y Llussanés, que los separaba de los ausetanos.

Se supone que entre los indigetas de los ss. VI-IV debieron de hallarse las gentes que en el III se llaman cossetanos y habitaban en el campo de Tarragona, con Tarraco (Tarragona). Los cossetanos eran semejantes a los indigetas, no enteramente ibéricos, y probablemente se desprendieron de ellos y se trasladaron a Tarragona por razones y en momento que se desconocen.

Pueblo ibero por los cuatro costados era el de los ilergetas, antiquísimo habitante de una vasta región catalano-aragonesa, que, comenzando en la llanura meridional de Huesca por el Noroeste, se extendía por el Norte hasta la Sierra de Guara, continuaba por los territorios de la comarca montañesa del Montsech, limitaba por el oriente con los indigetas del Norte de Barcelona (lacetanos) y se asomaba al mar en el sur de Barcelona. Por el sudoeste los ilergetas tenían el límite en la Sierra de Alcubiierre, y por el Mediodía en de la Llena y el Ebro.

En el s. III, la penetración de los cossetanos en Tarragona y su campo habían escindido a los ilergetas, y quedaron a un lado los de Urgel, con Lérida, y a otro los llamados ilercaones o ilergavones de la tierras de Tortosa y la plana de Castellón.

Los ilergetas-ilercaones confinaban por el sur con otro pueblo ibero, el de los edetanos, también numeroso y sobremanera propagado. Los edetanos se prolongaban ya en los ss. VI, V y IV hasta el Norte de la provincia de Alicante, al decir de Schulten, pero según Bosch solo hasta el Júcar, en el Mediodía de la provincia de Valencia. Sus masas se congregaban en la llanura valenciana y seguían hasta Zaragoza, con tope al norte en la margen derecha del Ebro. Al poniente los edetanos limitaban con los beribraces (celtas), acampados en las serranías que separan a la Meseta del levante.

Al sur tenían a los gimnetas, insertos entre iberos y mastienos o tartesios en las montañas que forman la divisoria geográfica entre las provincias de Valencia y Alicante. Más tarde aparecen en el territorio de los gimnetas las tribus de los contestanos, la misma gente, quizás solo que con el nombre griego trocado en latino. Se desconoce a que raza pertenecían.

Los pueblos del Sudeste y Mediodía

De la frontera de los gimnetas arrancaba en el s. VI el celebrado reino de tarteso, que comprendía todo el Sudeste y el Mediodía y parece haberse hallado constituido por buen número de pueblos heterogéneos, enlazados por un nexo político.

Esos pueblos constaban, a su vez, de tribus diferentes. De oriente a occidente, el primero era el de los mastienos, con su centro político en Mastia (Cartagena). Los mastienos se extendían por el sur hasta el Criso (Guadiaro), es decir, casi hasta el Estrecho. Los límites de los mastienos estaban en los ríos Segura y Guadiaro. Avieno no da nombres de tribus para el territorio mastieno entre los gimnetas y Mastia. Después del s. III este vacio quedó cubierto con la aparición en la costa del golfo de Alicante de los deitanos y a occidente de ellos, en el territorio ocupado antes por los gimnetas —recordémoslo— surgieron los contestanos.

En la costa, desde Mastia hasta el cabo de Gata, el periplo nombra fenicios, y desde el cabo de Gata hasta el Guadiaro sitúa a los libio-fenicios. (La ausencia de Mainake o Ménaca, griega, en esa fuente ha dado que pensar a los tratadistas, y es un problema dependiente de la cronología del texto.) Entre los mastienos, por el interior, estarían las tribus de la planicie murciana, de las provincias de Almería, Granada y Málaga, sobre todo las que habitaban en los valles y montañas próximas a la costa.

En las dos primeras provincias se ha hallado una incomparable caja de piedra con pinturas jónicas y vasos de figuras rojas de la segunda mitad del s. V y del IV, más objetos cartagineses de adorno en número desusado.

En las fuentes clásicas de la segunda época, que reflejan la situación en el s. III, ya no se habla de los mastienos, cuyos territorios, en el sentir de Costa, habían sido desmembrados por los heleno-tartesios en el s. VI, y en sus dominios andaluces se presentan los bastetanos. El cambio se debe —creen otros— a la destrucción del reino tartésico por los cartagineses, ocasión en que desaparece Mastia y sobre sus escombros se levanta Cartago Nova. La aparición de los bastetanos pudiera representar la liberación de las tribus locales, antes sometidas a la hegemonía política de la poderosa casta mastiena.

Los pueblos del Occidente

Parvo es el conocimiento que se tiene de las gentes primitivas domiciliadas con anterioridad a la dominación celta en las tierras que llegaron a ser en el decurso de los siglos territorios de Portugal y Galicia. El texto massaliota de Avieno hubo de ser compuesto por lo menos cincuenta o cien años después de las primeras grandes invasiones celtas. En la costa portuguesa cita dos pueblos que los autores modernos diputan célticos: el de los sefes, entre Lisboa y el Duero, y el de los cempsos, distribuído de oeste a este, a partir de la desembocadura del Sado, por el centro de Portugal, y las Extremaduras hasta la mitad meridional de la Meseta castellana. Los sefes hubieron de extenderse por el litoral portugués en detrimento de los oestrimnios, reliquia de la primitiva población autóctona.

En el Mediodía de Portugal, entre el Sado y el Guadiana, con el Alentejo y el Algarbe, tenían sus poblados los cinetas, asimismo indígenas, que se concentrarían en estas latitudes a causa del avance celta, y de los que dan noticia Avieno y Herodoto. En textos posteriores se les denomina conios. Los cinetas serían, antes de la llegada de los celtas, la población de toda la mitad meridional de Portugal. Pudieron haber sido teñidos de iberismo si el “pueblo de Almería” conquistó el Algarbe en la Edad del Bronce, de la misma suerte que se iberizaron indigetas y ceretas, ausoceretas y ausetanos mientras dominaron los iberos el Nordeste de Cataluña a partir del siglo VI, pues los griegos filiaban a los cinetas entre ellos.

Igualmente, los oestrimnios parecen haber sido los primitivos habitantes del Norte de Portugal y Galicia, anulados luego por los sefes celtas, que acaso ocuparan la región del Miño y otras tierras galaicas.

Desde el siglo VI al III antes de Cristo el Occidente de la Península Hispánica estuvo seguramente en continua transformación étnica y toponímica. En la época de la conquista romana ya no hay cempsos: sus territorios los ocupan, en general los celtici, quienes, además, dominan el Algarbe, oscureciendo a los conios. Entre el Duero y el Tajo, instalados en muchas ciudades de nombre céltico, se nos dan a conocer por primera vez los lusitanos, y aparecen en Portugal ciudades turdetanas. La contextura étnica del Mediodía de Portugal era ya superlativamente complicada. Múltiples elementos raciales: descendientes de los capsienses, celtas, lusitanos, turdetanos (tartesios) —a los que hay que añadir las matizaciones fenicia, griega (?) y cartaginesa—, hacían de Portugal, en el umbral de la conquista romana, un conglomerado de pueblos muy dispares. Con razón sonreirá escépticamente el historiador Herculano ante el orgullo con que sus compatriotas pretenden fundar la nacionalidad portuguesa en una unidad étnica inexistente.

Los celtici o célticos se distribuían dentro de límites muy irregulares en la mitad Sur de Portugal. Vivían en las cuencas del Tajo y el Guadiana y en el Mediodía de la provincia de Badajoz, con la vecina región montañosa de la provincia de Huelva. Una parte de la Lusitania romana pertenecía, pues, a grupos célticos. Por el Este tocaban con los oretanos en la zona de Almadén. Rememoremos, en fin, que había célticos en la región del Bajo Betis y en las Sierras del Norte y el Oeste de la provincia de Málaga; pero en rigor, como masa, no pasaban del Sur de la Sierra de Aracena.

Entre las ciudades habitadas por los celtici se mencionan Nertóbriga (Fregenal de la Sierra), Segida o Segeda, cerca de Zafra, Contributa Julia (Fuente de Cantos), Curiga (Monasterio), al sur de la provincia Badajoz), Vama (Salvatierra de los Barros provincia de Badajoz), Miróbriga (Capilla de Almadén), Laconimurgi (Puebla de Alcocer y extremo oriental de la provincia de Badajoz) y Acinipo, Arunda (quizás Aracena), Arunci y Turobriga, cerca de Aroche, en Huelva.

En las guerras con los romanos se revela el pueblo de los lusitanos. Tribus pastoriles, su presencia, dentro de los límites del moderno Portugal, parece haberse reducido en un principio a las comarcas montañosas de la Beira Alta. Autores de nuestro tiempo disciernen en los lusis del Periplo los antepasados de los lusitanos que ya vivirían en la Sierra de la Estrella en el siglo VI.

Predominó hasta aquí entre los autores modernos el criterio de que los lusis fueron en su origen un grupo de lusones que se desprendió de la tribu, tenida por ibérica, de este nombre domiciliada en la zona de Calatayud desplazado por el avance arrollador de los celtas. Hoy se acepta otra teoría, de la que es autor el arqueólogo portugués Mendes Correa, según la cual los lusitanos de Portugal, como los lusones de la Celtiberia, pertenecían a la población llamada de la cultura de las cuevas. Los lusitanos serían también el pueblo de la cultura megalítica, sólo matizado por las invasiones célticas y sin mezcla ibérica. Con ello viene a reducirse cada vez más el área de la Península Hispánica de población ibera en sentido estricto. En el siglo III los lusitanos se extendían por la costa, entre el Duero y el Tajo. Tierra adentro ocupaban, en torno a islotes célticos, las actuales Extremaduras, salvo el Mediodía de la provincia de Badajoz, que, como sabemos, era de los celtici. En la centuria siguiente habían pasado el Tajo y llegaban al cabo Espichel.

Intrusos en los dominios y ciudades célticos, los lusitanos vivían en lugares en gran parte célticos. Entre el Duero y el Tajo, en la faja litoral, se les atribuyen, entre otras, Verurium (Aveiro), Velladis (Avelhaes), Aritium (Alvega), Tacubis (Abrantes, o Montemuro, o Novo), Aeminium (Coimbra), Chretina (¿Cintra?), Talabriga (Souza), Arabriga (Alemquer), Olisipo (Lisboa), Scalabis (Santarem).

Otras ciudades lusitanas en Portugal eran: Ebura (Evora), Ammaea (Portalegre), Evandria (entre Campo Mayor y Estremoz).

En la Extremadura española poseían los lusitanos Caurium (Coria, provincia de Cáceres), Rusticana (Galisteo), Turmogum (Garrovillas), Norba Caesarina (Cáceres). En el valle del Guadiana, en la provincia de Badajoz, se cuentan como lusitanas Lavares (Talavera la Real), Emerita Augusta (Mérida), Caecilia Metellina (Medellín).

En conclusión, la mitad septentrional de Portugal y Galicia tendrían en la protohistoria un mismo género de población, o razas, si no idénticas, muy semejantes: los oestrimnios, sofocados política y territorialmente por los celtas, habitarían en ambas regiones por igual. Y se conjetura, que los sefes pudieron tener también sus domicilios en la comarca del Miño y más al norte, en Galicia. Si desde el ángulo de mira étnico, Portugal y Galicia constituyeron de antiguo cierta unidad, la entrada de los celtas no quiebra la tradición, por cuanto todo el Occidente se vuelve céltico.

Eso es cuanto se pretende saber de los pueblos de Galicia con anterioridad a la era de la conquista y dominación de España por Roma.

Los autores romanos agrupan a los galaicos (Callaeci, Gallaeci) en dos conventos jurídicos, el de Lucus (Lugo) y el de Bracara (Braga). Los galaicos lucenses poblablan la mayor parte de Galicia. Por el Este eran vecinos de los astures en el Rañadoiro. Por el Sur llegaban hasta Nemetobriga (Trives el Viejo). A Poniente, su frontera se ceñía al límite de la provincia de Orense, por las montañas al norte de Túy y al sur de Vigo.

Tribus o gentes lucenses eran las de los capori, con Lucus (Lugo) e Iria Flavia, identificada con El Padrón; las de los cilini, con Aquae Calidae (Caldas de Reyes); las de los lemavi, con Dactorium (Monforte de Lemus); las de los baedyi, con Flavia Lambis, cerca de Betanzos; las de los seurri, con Aquae Quintinae, en la región de Fonsagrada, y Talamina (Villartelín, cerca de Neira de Jusá), y finalmente las de los artabri o arotrebal, con Novium (Noya), cerca del Tambre, y Claudiomerium, (Claudio, cerca del cabo Ortegal) y el puerto de los ártabros, el golfo de La Coruña y El Ferrol refugio de Flavium Brigantum (La Coruña).

Los galaicos brácaros ocupaban el Mediodía de Galicia y el Norte de Portugal (Miño y Tras os Montes) y las comarcas inmediatas del Sur del Duero. Confinaban con los lucenses en las montañas del Norte de Túy y la confluencia del Miño y el Sil. Por el este y el sur sus límites no han podido ser suficientemente aclarados.

Pueblos brácaros, esto es, asimilados a Bracara (Braga) eran los de los caelerini, con Caeliobriga (Castelho de Calabre); los de los bibali, con el Forum Bibalorum, en la región de Viana del Bollo; los de los limici, con el Forum Limicorum (Ginzo de Limia) y los quacerni, con Aquae Quacernorum (Baños de Bande); los de los turodi, con Aquae Flaviae (Chaves, en Portugal); los de los nemetati, con Volobriga, en la cuenca del Ave; los de los gruii o grovii, con Tudae (Túy); los de los luanci, con Merna, en Tras os Montes; los de los lubaeni, con Cambaetum (Cambezes, en la frontera portuguesa, entre Túy y Orense), y los de los narbasii, con el Forum Narbasorum (Orense).

Los pueblos del Norte

A oriente de la actual Galicia y sur de Asturias fija el Periplo contenido en el poema geográfico de las Costas Marítimas, de Avieno, la comunidad étnica de los dragani. Se creyó hasta aquí que eran una avanzada de los astures de época posterior, mas hoy se piensa que dragani significa lo mismo que sefes y que eran celtas.

Se tiene al astur por pueblo antiquísimo, fuertemente matizado por la raza capsiense. Inafectado y enterizo en sus montañas y valles al norte de la imponente Cordillera Cantábrica, conserva su personalidad a través del eneolítico y las Edades del Bronce y el Hierro. Solo en el Sur, en las comarcas leonesa y zamorana -habitadas por la raza astúrica— se mezclan con los celtas e incluso, quizás, sufren por algún tiempo su ley, pues este es el camino natural de penetración en el Noroeste y los celtas lo siguieron en su marcha hacia Galicia. A partir del siglo III se descubren en aquellas regiones las tribus astúricas de los brigaetti, con Brigaetium (la zamorana Benavente) ; las de los zoelae de Castro de Avelhaes, en Portugal; las de los gigurri del Forum Gigurrorum (El Barco de Valdeorras), lindantes con bibali, tiburi y lemavi de Galicia; las de los superati, con Bergidum Flavium, al oriente de Villafranca del Bierzo, que se prolongan hasta el norte del Puerto de Piedrafita y poseen Interamnium Flavium (Ponferrada) y Petavonium (Benuza) al sur del Bierzo. En la comarca de Astorga (Astúrica Augusta) estaban los amaci; y entre los amaci y los brigaetti se encontraban los baedunenses, con Baedunia (Cebrones), en la zona leonesa de la Bañeza. Cerca de Sahagún, los baedunenses habitaban en Maliaca. Vecinos de ellos por el Norte, hasta las eminencias del Puerto de Pajares, eran los lancienses, con Lancia (Castro de Villadabariego) y Legio VII Gemina (León).

En el territorio de la Asturias moderna, esto es, al norte de la Cordillera Cantábrica, se señala la tribu de los lungones, con Paelontium, cerca de Pola de Lena. Los paesici, importante pueblo astur, tenían Flavionavia (Pravia) y se cree que se extendían por toda la mitad occidental de Asturias desde Oviedo hasta el Rañadoiro, donde comenzaban los galaicos. La mitad oriental la ocupaban al norte los selini, con Nardinium (Gijón, quizás), y al sur estaban los orniaci.

Los astures terminaban al Saliente, por la costa, en Noega Ucessiа, tenida por Villaviciosa.

Entre los astures y los vascos vivían en la época romana, como hoy, los cántabros; pero pertenecía a los cántabros el valle del Sella, y ocupaban, por consiguiente, una parte de la actual Asturias.

En un principio abarcaron los romanos con el nombre de cántabros a todos o casi todos los pueblos del Norte, hasta el Pirineo. Mucho más tarde quedó restringido el nombre de Cantabria a la moderna provincia de Santander y un trozo de la de Asturias.

La Historia considera iberos a los cántabros, fundándose los autores clásicos para decidir tal cuestión en la aparente hermandad de temperamento y hábitos —en especial militares— de ambos pueblos. La arqueología admite la posibilidad de una infiltración ibérica en la provincia de Santander, donde algunos bronces en corto número denotan probable importación de la cultura argárica, la del pueblo de Almería. Pero los mismos tipos de bronces también en escasa cantidad se han hallado entre los vascos. Prueba física de una importante invasión ibera en la región santanderina no la hay; y el arqueólogo parece mostrarse confuso ante la escasez de prueba documental y la unanimidad con que los antiguos declaran iberos a los cántabros. Para Humboldt no lo parecen, y la toponimia denuncia en la Cantabria sudoriental considerable influencia céltica. También debió de tener cierto valor la penetración en estos mismos territorios de la cultura de las cuevas en el eneolítico, y con ella la de la raza capsiense del centro de España.

Por otro lado, tampoco faltan entre esas tribus indicios de celtización, comenzando por el nombre cantabri, que se ha comparado con el de pueblos celtas, como el de los art-abri en España y el de los vel-abri en Irlanda.

La opinión más prudente admitiría, quizás, que pudo haber habido influjo ibero en los pueblos cántabros, visto que ni la Arqueología ni la Antropología aconsejan que los diputemos iberos cabales. Y todo considerado, en efecto, es de dudar que la provincia de Santander acogiera en algún momento tan copioso número de iberos, que pudieran producir un fenómeno étnico de la magnitud del que se nos propone, raedor de la base racial y cultural primitiva.

Los cántabros se hallaban divididos en la época romana en las siguientes tribus: orgenomescos, a partir del Sella; aurinos, al este del Nansa, que compartían con los orgenomescos; coniscos, en el distrito de Santander capital; vadinianos, en la frontera con los astures por la parte de León; tamaricos, con Tamaria (Velilla del Guardo) ; morecanos, con Moreca, se crée que en la región de Sedano; velegianos, con Velica (Monte Bernorio). Los velegianos tal vez constituyeran un solo pueblo con los iuliobrigenses de Julióbriga, en la comarca de Reinosa.

Los vascos

Ningún fenómeno de la etnología hispánica ha preocupado tanto a los autores modernos como el representado por los vascos. Quizás por eso mismo ningún problema ha venido probablemente a aclararse en igual medida que este. Ya es gran paso que pueda decirse: “Uno de los puntos firmes de la etnología peninsular parece ser el carácter no ibérico ni celta de los grupos vascos.” En esta batallona cuestión nos encontramos hoy ante hipótesis de tanta fuerza científica como sorprendente simplicidad. Las ciencias nuevas minan el enigma con una explicación racional y convincente. De cierto, las teorías que hasta hace poco circularon con patente de corso y, a falta de otras más sólidas, llegaron a imponerse, han caído en descrédito. Las más escuchadas eran, primero, aquella que suponía a los vascos restos de la primitiva población ibérica general de España, arrinconados en los valles pirenaicos y cantábricos por sucesivos movimientos de pueblos, y luego aquella otra que favorecía la idea de la entrada de los iberos en España por el Pirineo oriental, oriundos de Asia. Se fundaban en esencia estas conjeturas en las investigaciones filológicas de Humboldt, cuyo opúsculo representó una revolución en la materia y sirvió de punto de apoyo a la literatura histórica durante todo el resto del siglo XIX y buena parte del XX. Humboldt pretendía aportar pruebas sobre la identidad de vascos e iberos mediante el cotejo de la antigua lengua ibera y el eúscaro. El fruto de su labor se resume y condensa en las siguientes conclusiones:

  1. La semejanza o relación de los nombres antiguos de lugares en la Península Ibérica con la lengua vasca, muestra que este idioma era el de los iberos, y como este pueblo parece que no tuvo más que una lengua, pueblos iberos y pueblos que hablan el vascuence son la misma cosa.
  2. Los nombres vascos de lugares se encuentran esparcidos por toda la Península sin excepción, y por consiguiente, los iberos se extendían por la totalidad de este territorio.
  3. Pero en la geografía de la España antigua aparecen otros nombres de lugares relacionados con la las comarcas habitadas por los celtas y que se dirían de origen céltico; y estos nombres nos señalan, en defecto de testimonio histórico, donde vivían los celtas mezclados con los iberos.
  4. Los iberos no confundidos con los celtas poblaban las regiones próximas a los Pirineos y la costa meridional. En las tierras del interior, en Lusitania y en la mayor parte de las costas del Norte, ambas razas estaban mezcladas.
  5. Los celtas iberos se parecían a los celtas por el lenguaje, del cual provienen los nombres antiguos de la Galia y la Bretaña, así como las lenguas de ese tipo aún vivas en Francia y en Inglaterra. Pero, verosímilmente, no eran estos pueblos de pura estirpe gálica, sino ramas desprendidas de un tronco primitivo; las diferencias de caracteres y las instituciones lo atestiguan. Acaso se establecieron en la Galia en la prehistoria; en todo caso estaban ya allí de mucho antes (¿antes que los galos?). Lo que sí puede decirse es que el fundirse con los iberos, prevaleció el carácter ibero y no el galo que los romanos nos han dado a conocer.
  6. Fuera de España, por el Norte, no se descubre huella de los iberos, exceptuada la Aquitania ibérica y una parte de la costa mediterránea.
  7. Por el Sur, los iberos se habían instalado en las tres grandes islas del Mediterráneo; los testimonios históricos y el origen vasco de los nombres de lugares se coligan para probarlo. Seguro que no llegaron, al menos exclusivamente, de Iberia o de la Galia; ocupaban estos sitios de siempre o vinieron de Oriente.
  8. ¿Pertenecían a los iberos los pueblos primitivos de la Italia continental? Esto es dudoso; sin embargo, se hallan allí varios nombres de lugares de origen vasco, lo que podría fundamentar tal suposición.

La argumentación de Humboldt no está exenta de rasgos brillantes, como cuando escribe: infinita variedad de formas de la lengua vasca (que ofrece dialectos innúmeros, contando ocho por lo menos el príncipe L. L. Bonaparte, intercalamos nosotros), sería inexplicable si este pueblo no hubiera estado constituido por un tiempo por muchas tribus dispersas en un vasto territorio."

La teoría transcrita se nutre, como hemos tenido ocasión de comprobar, de una sola ciencia: la Filología; y es en la Arqueología y en la Antropología donde hoy se cree haber hallado la respuesta decisiva a la cuestión. Aunque se demostrase que el ibero y el éuscaro eran una misma lengua, poco tendríamos probado. Cabría seguir creyendo en dos razas distintas, sobre cuyo origen continuaríamos en la más absoluta oscuridad. Entre los filólogos, unos secundan a Humboldt, otros niegan la identidad del ibero y el vascuence. Schulten estima que son dos idiomas distintos, y emparenta el ibero —no el éuscaro— con las lenguas líbicas indígenas. Schuchardt atribuye los elementos ibéricos que puedan existir en el vascuence a la antigua residencia de los iberos en el valle del Ebro y a sus relaciones con los pueblos vecinos. A. H. Keane discierne cierta remota aproximación entre el vascuence y el bereber, relacionándolo con el cuerpo general de las lenguas camitas; y aun hay filólogos que suponen al éuscaro no extraño a determinados vestigios aislados de lenguajes caucásicos, circunstancia que, aun aceptada, no daría la razón a quienes consideran a los vascos originarios del Cáucaso. El vascuence y esos otros restos de idiomas caucásicos podrían muy bien ser —apuntan otros— supervivencias modificadas y especializadas de grupos de lenguas precamitas, hoy completamente desaparecidas, habladas por pueblos de la raza mediterránea y vivas hace miles de años en la mayor parte de la Europa oriental y occidental. Las lenguas arias las borrarían; y uno de esos grupos precamitas comprendería al éuscaro con el caucásico y el dravidiano de la India.

Las conclusiones de Humboldt en punto a la composición étnica de la Península Hispánica, el Sur de Francia y las islas mediterráneas adyacentes no difieren esencialmente de las de los arqueólogos de nuestros días, salvo en el importante extremo del iberismo de los vascos. Pero la filología moderna no parece admitir la unidad de la lengua ibera, contra lo que sostuvo el sabio alemán. Coincidiendo con la conocida observación de Estrabón, de que los iberos usaban múltiples lenguajes, distinguen hoy los filólogos varias lenguas iberas y diversidad de alfabetos. En el siglo I de nuestra era había dos alfabetos predominantes, uno en el Ebro y otro en Andalucía. Ambos se subdividían probablemente —sugiere Mommsen— en varias ramas y eran análogos al alfabeto griego arcaico, con ciertos tipos idénticos. El otro alfabeto ibérico, el llamado libio-fenicio, tenía origen cartaginés, con formas púnicas, por tanto.

Todo lo que se conoce, y no perfectamente, de las lenguas en que están escritas las inscripciones ibéricas es el alfabeto. Se leen, pero no se entienden.

A pesar de todo, la antigua apreciación de la identidad del ibero y el vascuence, como la que imagina a la raza vasca extendida un tiempo por la mayor parte de la Península Hispánica, tienen aún prestigiosos sustentadores, por más que hayan sufrido frente a las ideas innovadoras. Así, Menéndez Pidal dice de los vascos que conservan hoy la lengua ibérica.

Un vascuence distinto al moderno, pero con algunos de sus rasgos esenciales, debía de hablarse ya en el neolítico o en el eneolítico, esto es, hace, quizás, 6.000 ó 4.000 años, a juzgar por la raíz aits, piedra, presente en las palabras que designan las herramientas. Aunque desarrollado, el éuscaro conserva, sin duda, muchos de sus elementos primitivos. No comenzó a escribirse, sin embargo, hasta el siglo XV de nuestra era, si prescindimos de unas frases manuscritas del siglo IX, que han llegado hasta nosotros, como tendremos ocasión de ver en otra parte de esta obra. La lejanísima antigüedad de esta lengua es, pues, evidente. Se trata de un idioma completamente distinto de las lenguas arias circundantes. Su vocabulario sorprende por la pobreza, resintiéndose especialmente de la falta de palabras generales sintéticas. Más rico es en voces particulares. Pero la ausencia de palabras originales para las ideas abstractas —exponente de la dimensión cultural de una lengua y gloria, por ejemplo, del griego— hacen del éuscaro instrumento negado para una cultura superior.

Insistamos, por lo demás, en que la prueba filológica de Humboldt, aunque nos condujera a establecer la equipolencia del ibero y el vascuence, no desentraña el problema etnológico. Eúscaro e ibero habían de ser un solo idioma, y los vascos podían no ser iberos, ni los iberos, vascos. En suma, considerando a efectos polémicos ambas lenguas como una y filiándola en el grupo precamita caucásico dravidiano poco se habría adelantado en orden al conocimiento de los vascos en cuanto raza, así como en relación con el lugar de su origen, dado que esos lenguajes los hablaban pueblos étnicamente muy diversos. Este es el flanco vulnerable de la teoría de Humboldt. La Antropología y la Arqueología acaban debilitándola con irreparables consecuencias.

Desde otro punto de vista, la cuestión de los vascos es hoy menos complicada, como ya adelantamos. No hay razón para suponer que llegaron de alguna tierra remota. Es el vasco, simplemente, un pueblo pirenaico autóctono, arrinconado en el Pirineo occidental por los pueblos de la cultura de las cuevas del eneolítico, que se ha conservado excepcionalmente (pero no completamente), puro en sus valles y montañas, un tanto al margen del curso natural de los movimientos de tribus y naciones. En los cuatro o cinco mil años que transcurren desde el eneolítico a la época romana, ninguna raza extraña parece haber conquistado y pocas hollado las comarcas del Pirineo occidental. Los vascos se extendieron en el eneolítico por todo el Pirineo y por el Sur de Francia, dejando su lengua en muchos lugares del Pirineo catalán. Los que Humboldt descubre fuera de España pudieran tener origen en la mencionada salida de los pueblos pirenaicos.

El éuscaro se hablaría ya en el País Vasco, si era sólo la lengua de estas tribus, o formaría parte de un grupo lingüístico dominante entonces en buena parte de Europa por encima de las razas. La arqueología y la toponimia confirman, quizás, aquella expanslon de los pueblos pirenaicos; pero no hay señales de un movimiento contrario. Los celtas se limitaron a circular entre los vascos por Roncesvalles, instalándose en fortalezas al sur de las Provincias Vascongadas, donde debieron de constituir importantes grupos de población con ramificaciones hasta la costa en todo el territorio que se disputa autrigón. Antes de los celtas, los iberos que pudieron haber entrado en la región cantábrica, tampoco buscaron acomodo en los valles vascongados. La existencia de un tipo de hombre vasco parecido al hombre ibero no crea problema al antropólogo después de haberse comprobado que este personaje iberizante vivía ya en el país vasco en el neolítico —cuando aún quizás no habían salido los iberos de Almería—, hecho atestiguado por los restos humanos hallados en los sepulcros megalíticos. Además, los vascos tenían a la sazón una cultura pirenaica, no ibérica o almeriense.

Al cabo de todo lo expuesto bueno será consignar que, históricamente, los vascos no existen hasta la época de la dominación romana. Hasta entonces no habían sido diferenciados. Los romanos les dan el nombre: vascones, y se lo dan, al pronto, no a todos, sino a las tribus con quienes estaban más en contacto: las de Navarra y las de la Rioja. Más tarde se extiende el apelativo a los habitantes de las actuales Provincias Vascongadas, que eran de raza semejante y hablaban la misma lengua.

Los vascos cispirenaicos o españoles se dividían en cuatro pueblos. En la región de Santoña comenzaba el de los autrigones, prolongándose de oeste a este hasta la ría de Bilbao; por el sur confinaba el territorio de los autrigones con los de las tribus celtas de los berones de la Rioja y los turmódigos o turmódicos de las montañas de la alta provincia de Burgos. Los autrigones poseían la Bureba, o sea el valle del Oca. Notemos también que estas tribus vascas habitaban en Virobesca (Briviesca), Tritium (Monastir), Segisamunculum (Cerezo del Río Tirón), Vindeleia (Santa María de Riverarredonda), Deóbriga (Puentelarrá), el valle del Nervión, Flaviobriga (Bilbao, u otro lugar cerca de las Urdiales).

Ya advertimos que el territorio de los autrigones como tendría, junto a las tribus de raza pirenaica y lengua euskalduna, gentes de raza céltica en la zona al occidente y mediodía de los vascongados actuales, como denuncian Deobriga y Flaviobriga, nombres celtas, circunstancia de sumo interés para la Historia, según acabaremos de explicar en nuestro estudio sobre los orígenes de Castilla. Se ha llegado a poner en duda por algunos autores el carácter vasco de los autrigones. D'Arbois de Jubainville se inclina a creerlos celtas, fundándose en la toponimia y en el propio nombre de este pueblo, que acaba en ones. Otros los asimilan a los cántabros. Bosch no descarta fuerte influencia celta en su territorio, pero los diputa de indudable naturaleza étnica vasca. La circunstancia de que el vascuence no se hablase ya en la época romana entre los autrigones con igual unanimidad que entre caristios, várdulos y vascones señala, simplemente, un fenómeno comprobado en el Sur de la Vasconia navarra y en el Sur de Álava: el encogimiento del área de la lengua primitiva. En buena parte, de las tierras autrigonas había desplazado al éuscaro el avance de otros lenguajes, pero la constitución étnica del pueblo autrigón continuó siendo esencialmente la misma.

Vecinos de los autrigones por el este eran los caristios, pobladores del territorio septentrional comprendido entre la ría de Bilbao y la cuenca del Deva, y por el sur, de la mayor parte de la provincia de Álava. En definitiva, la frontera de los autrigones y los caristios venía a ser la misma que hoy separa a Vizcaya de Guipúzcoa, al oeste de Motrico. Ciudades de los caristios eran Suessatium (Zuazo), Tullica (Tuyo) y Veleia (Iruña).

De la derecha del valle del Deva arrancaban los domicilios de los várdulos, el pueblo de Guipúzcoa y de la mitad oriental de la planicie de Vitoria. Entre los lugares habitados por los várdulos se cuentan Tritium Tuboricum (Alegría), y Alba (Albéniz).

Los tres pueblos vascongados, —autrigones, caristios y várdulos— se encontraban por el Sur al Noroeste del condado de Treviño.

Los vascones, o vascos de Navarra, se extendían por las tierras navarras de nuestros días. Al Noroeste tenían a los várdulos, y siguiendo el límite con ellos se asomaban al Cantábrico por la margen derecha del Urumea. Por el Sudoeste, los vascones tocaban con los pelendones y los berones de la Rioja, en la que tenían Calagurris (Calahorra), Graecurris (Alfaro) y Cascantium (Cascante). En el Mediodía confinaban con los edetanos y con los celtíberos del Ebro. Por el Oriente se extendían al Alto Aragón hacia la comarca de Jaca.

Sabemos que en ambas vertientes de los Pirineos vivía desde el Paleolítico el mismo género de gentes. El pueblo vasco, esencialmente pirenaico, tenía, en parte distribuidas sus tribus en las raíces septentrional y meridional de la majestuosa cordillera. Esto es, los vascos cispirenaicos españoles eran un pueblo consanguíneo respecto de los vascos transpirenaicos, los gascones. Los nombres Guasconia (Gascuña, Vasconia) y ausci (éuscaros, ause-tanos, vasc-ones) son para los tratadistas decididamente expresivos del parentesco étnico entre todos los pueblos pirenaicos. La dominación ibérica en el sudoeste francés no modificó fundamentalmente la personalidad racial de las antiguas tribus vascas del Sur del Garona y Norte de los Pirineos.

Los pueblos de la Meseta Central

Interesa repetir que los antiguos apenas nos legaron información sobre las gentes que habitaban en el centro de España en los siglos VI, V y IV antes de Cristo. En realidad, cuanto se sabe de ellas se refiere a la segunda época, del siglo III en adelante.

Los carpetanos

El pueblo más céntricamente situado en la Península Hispánica era el de los carpetanos, descendiente del pueblo de la cultura “matritense” del paleolítico, mezclado con capsienses e iberos. Pueblo de la Mancha, del Tajo, de Madrid y de Guadalajara. Su frontera septentrional correría por las estribaciones meridionales del Guadarrama y el Norte de la provincia de Guadalajara al Sur de Sigüenza. Al Este lindaba con los olcades de la cuenca del Júcar. En el Sur sería vecino de los oretanos de Sierra Morena y en Occidente tocaría —en Talavera de la Reina- con los celtas primero y más tarde con los lusitanos.

Ciudades carpetanas eran: Toletum (Toledo), Complutum (Alcalá de Henares), Titulcia (Bayona de Tajuña), Laminium (Argamasilla de Alba, o Rocafría, o Ruidera, en la provincia de Ciudad Real y las fuentes del Guadiana).

Berones y turmódigos

Se identifican en el Norte de la Meseta los pueblos celtas de los berones y los turmódigos, sin duda descendientes de las tribus que se hicieron fuertes en la Rioja y en la alta provincia de Burgos en el siglo VII con la ambición estratégica de tener en la mano las comunicaciones entre Este y Oeste, Norte y Sur en estas regiones. Los berones vivían en la Rioja y los turmódigos en lo más septentrional de Burgos. Limitaban con cántabros, vacceos, autrigones, vascones y celtíberos.

A los berones se les atribuyen, entre otras ciudades, Varea (Varia, provincia de Logroño), Tritium Metallum (Tricio, cerca de Nájera) y Oliva (Leiva, al sudoeste de Haro). Se consideraban poblados de los turmódigos Deobrigula (Tardajos), Segisamun (Sasamón), Ambiona y Auca, cerca de Burgos.

Los vacceos

Al sur de los astures, cántabros, vascos, turmódigos y berones moraba la extensísima nación de los vacceos, diputada celta no sólo por llevar nombre céltico sus ciudades, sino, asimismo, por tenerse por céltico el de vacceos.

Los vacceos eran el pueblo del territorio de la moderna Castilla la Vieja, como los carpetanos lo eran de la Nueva. Habitaban los páramos de la mitad septentrional de la Meseta: tierras bajas de Burgos y provincias de Palencia, Valladolid, faja oriental de León, Zamora y Salamanca y casi toda la provincia de Segovia, donde su lugar más meridional era Coca. De oeste a este, en el Norte, se identifican como vacceas las ciudades de Viminatium (Terradillos, a oriente de Sahagún), Lacobriga (Carrión de los Condes), Avia (Avia de Torres) y Autra o Autraca, sobre el Odra. En la provincia de Zamora se les asignan Intercatia (Villanueva del Campo), Octodurum (Zamora), Sarabis (El Cubo); en la de Salamanca, Eldana o Elmana o Elmantica o Salmatica (Salamanca) y Sentica (Frades de la Sierra); en la de Valladolid, Porta Augusta (Portillo) y Gela (Castil de Vela).

La capital de la nación vaccea era Pallantia (Palencia), en el centro de su territorio.

Los vetones

Entre los vacceos y los lusitanos, con ciudades en las provincias de Salamanca y Cáceres, y en Portugal, vivían en el siglo III los vetones. Este pueblo no es tenido por celta ni por ibero, sino por indígena primitivo, tal vez sojuzgado durante algún tiempo por los celtas, por hallarse en la zona de penetración de la Meseta septentrional a Portugal. De dónde los nombres célticos de sus ciudades.

Por el Norte, los vetones llegaban hasta Ocelum Duri u Octodurum (Zamora). Al este quizás se extendieran hasta Avila (Obila u Oliva). En el sur pasaban de las Sierras de Gata y Gredos. Por último, al oeste ocupaban una parte del moderno Portugal.

En la provincia de Salamanca tenían los vetones Augustobriga (Ciudad Rodrigo), Sentica (Frades de la Sierra) y la propia Salamanca. Estas dos últimas ciudades parece fueron de los vacceos antes de la dominación romana, lo mismo que Zamora. En Portugal les pertenecían Cottaeobriga (Almeida), Lancia Oppidana; y en la provincia de Cáceres habitaban en Capara (Venta de Caparra), Lama (Baños), entre otras.

Los Celtíberos

Para el historiador, la cuestión de los celtíberos es una de las más sugestivas de la etnología peninsular, pues de su acertada clarificación depende, quizás, en buena parte la idónea interpretación de la Historia de España en función de la Etnología.

Para algunos autores antiguos, la Celtiberia comprendía la Meseta Central. Basándose en las observaciones de uno de ellos, el geógrafo español Cortés y López reconstruyó hipotéticamente los límites de la Celtiberia, resultando, en efecto, incluida una porción considerable del territorio peninsular. La opinión que al fin ha prevalecido, como consecuencia del estudio de los escritores clásicos en general y de la documentación arqueológica e histórica posterior, restringe un área de la Celtiberia máxima y divide a sus habitantes en celtíberos ulteriores y citeriores, fijando la frontera entre ambos grupos a medio camino de los ríos Duero y Jalón. Celtíberos ulteriores o superiores eran los arévacos y los pelendones del alto Duero y Norte de la provincia de Soria. Los citeriores moraban principalmente en las cuencas del Jalón y el Jiloca y, en parte, de la del Ebro, es decir, en las tierras que constituyen la salida natural del centro de la Meseta al valle del Ebro, en cuya parte alta, por debajo de la Rioja, tenían los celtíberos (se ignora qué tribus) Belsium (Cortes), Turiasso (Tarazona) y Bursada (Borja).

Lusones, belos y tittos

Por las comarcas del Jalón y el Jiloca vivían las tribus de los lusones, belos y tittos. Belos y tittos figuran confundidos en los textos, con aparente predominio de los primeros, de lo que se ha colegido que los tittos eran una tribu tutelada. Los lusones serían restos de una antigua tribu eneolítica perteneciente al pueblo de la cultura de las cuevas; el grupo de los belos sería celta.

Los lusones habitaban en Contrebia (Daroca, su capital), Mundobriga (Numebriga, al sur de Calatayud), Nertobriga, al este de esta ciudad aragonesa, y Bilbilis, próxima a la actual Calatayud.

La capitalidad de los belos estaba en Segeda, en la comarca de Medinaceli, aparte la cual vivían también en Arcobriga (Arcos), Attacum (Ateca) y Ocilis (Medinaceli).

Arévacos y pelendones

Ya hemos insinuado que al norte y occidente de los celtíberos citeriores se encontraban las famosas tribus de los arévacos y los pelendones, o celtíberos ulteriores, o superiores. Las comarcas de estas gentes eran: por lo que atañe a los arévacos, las estribaciones al sur del gran nudo ibérico de las sierras de la Demanda, Cebollera y el Moncayo, hasta la llanura de Almazán. Por el sudoeste se prolongaban por las Peñas de Cervera, Aranda de Duero, Sepúlveda y Segovia, continuando por la vertiente septentrional de las sierras de Ayllón, la Somosierra y el Guadarrama. De norte a sur por estas regiones centrales, la nación arevaca confinaba, primero, con los vacceos y más abajo con los vetones y los carpetanos, así como a oriente con los belos que llegaban hasta Sigüenza. ¿Se prolongaban más al sur los celtíberos? Arriaca (Guadalajara) se litiga por los autores, no sabiéndose si pertenecía a los belos o a los carpetanos. Se desconoce igualmente las fronteras de los tittos de la Paramera de Molina y las de los lusones de las márgenes del Jiloca.

Los pelendones se nos presentan muy hermanados geográficamente con los arévacos. Se cree que ocupaban las barrancas, valles y tumefacciones al norte de aquéllos y parte de las tierras montañosas que al sur de la Demanda poblaban los arévacos. Por el nordeste, los pelendones serían vecinos de los berones de la Rioja y por el noroeste de los turmódigos de la alta provincia de Burgos.

Arévacos y pelendones eran, fundamentalmente, los pueblos de la moderna provincia de Soria. Tan inciertos se ofrecen los confines de ambos entre sí, que algunas ciudades, como Numantia (Numancia, cerca de Garray) las habitaron en una época los arévacos y en otra los pelendones. Sin embargo, se atribuyen a los primeros, además de Numantia, Aregrada (Agreda), Augustobriga (Muro de Agreda), Visontium (Vinuesa), Savia (Soria), Uxama (Osma), Clunia (entre Coruña del Conde y Peñalba de Castro), Termantia (Termes), Segontia Lanka (Langa de Duero), Velike (Calatañazor), Contrebia Leucada (Cervera del río Alhama).

Conocemos los límites de la Celtiberia por el norte, el oeste y el sur (parte alta de la provincia de Guadalajara). Al nordeste concluyen los celtíberos en la comarca de Teruel y la Sierra de Albarracín, territorio de las enigmáticas tribus de los lobetanos y los turboletas, de quienes se tiene parva noticia, pero están considerados como celtíberos. Por el sudeste, la Celtiberia cubre la provincia de Cuenca y sigue casi hasta la Mancha. Estos son los dominios de los olcades (mencionados por Tito Livio con motivo del sitio de Sagunto), pueblo, asimismo, de oscura prosapia e incierta fisonomía, mas también incluido entre los celtíberos. Ciudades suyas eran Segobriga (Cabeza del Griego), Valeria (Valera de Abajo, en el Júcar) y Laxta (Iniesta).

La constitución étnica de los celtiberos

Se sobreentiende que los pueblos celtibéricos resultaron de la mezcla o fusión de iberos y celtas en los territorios que se acaban de señalar. Pero es de importancia extraordinaria para la Historia averiguar, primero, cuál de las dos razas habitó primeramente esos territorios, y segundo, qué elementos predominaron en la constitución étnica de los pueblos celtibéricos, así como en su cultura, idiosincrasia, etc. Dicho de otro modo: ¿eran los celtíberos más iberos que celtas o más celtas que iberos?

Tradicionalmente se vino creyendo que los pueblos celtibéricos se formaron sobre el cimiento de una población ibera dominada por los invasores celtas, o lo que es igual, que cuando entraron los celtas en esas regiones, los iberos estaban ya allí. Semejante supuesto salió en crisis de los estudios de Niebuhr, remachados por los de Schulten. Se abrió senda la idea de la prioridad de los celtas en la Meseta y quedó confirmada la impresión del predominio del carácter y de la raza ibéricos en el maridaje celtibérico. Niebuhr incluso entendía que los celtas habían llegado a España antes que los iberos. Schulten fechaba el arribo de los iberos a la Meseta entre 350 y 250 antes de Cristo, ligándolo al avance de los volcos tectosages en el Sur de Francia. Los volcos no sólo pusieron término a la dominación ibérica en aquella latitud -pensaba el arqueólogo alemán, con autores antiguos, sino que expulsaron a la raza, forzándola a buscar refugio en España, donde volvió a entrar, desplazándose hasta el centro. Luego de instalados en la Meseta, los iberos comenzaron su expansión hacia el oeste por los valles del Duero y el Tajo. Los celtas tuvieron que replegarse a los ángulos noroeste y sudoeste, o quedaron sometidos. La nueva expansión ibera había concluido ya en el año 218 y había dejado en tierras de Extremadura y Portugal a los lusitanos.

En el sentir de Schulten, el predominio de los elementos ibéricos en los celtíberos tampoco ofrecía duda. El carácter de estas gentes en la guerra con los romanos le parecía corresponder al de los iberos, cosa muy admitida en la antigüedad y en nuestro tiempo. Para que se diese el nombre de Iberia a toda la Península en el siglo III —añade el alemán— hubo de destacarse inequívocamente su perfil ibérico. Finalmente, el mismo nombre de celtíberos denuncia la supremacía de la contribución ibérica, dado que en la formación de los compuestos griegos, el elemento principal es el segundo. Los celtíberos serían, pues, iberos célticos, con lo ibero como sustantivo y lo celta como adjetivo, o sea iberos celtizados.

Estas tesis de Schulten situaron la cuestión en un nuevo plano y obtuvieron fácilmente aprobación casi universal.

Mas hoy torna a imponerse el criterio tradicional: los iberos estaban ya en el centro de España cuando penetraron los celtas; y aun el supuesto predominio del elemento ibérico en los celtiberos está en tela de juicio, a lo que se verá enseguida.

La crítica y refutación de los puntos de vista de Schulten la toma a su cargo Bosch en su Etnología. Comienza confesando que también él participó de la aceptación general de la teoría de Schulten, si bien a reserva de verla respaldada por las investigaciones arqueológicas. Esperaba que la Arqueología mostraría la sustitución, hacia el siglo III, de la cultura posthallstáttica (celta) por la ibérica procedente del Ebro. Ahora bien, ante los hallazgos arqueológicos de Numancia resulta difícil, si no imposible, admitir las tesis de Schulten. Bosch no sólo se resiste a aceptar la prioridad de los celtas en relación con los iberos en el centro de España, sino que supone a estos antecesores muy antiguos, como harto bien sabemos.

"Hasta no hace muchos años —dice el arqueólogo español- la Arqueología de los celtíberos se enfocaba desde dos puntos de vista distintos. Por una parte había el estudio de las necrópolis posthallstátticas que el marqués de Cerralbo, Cabré y otros creían celtibéricas por el hecho de que se encontraban en el territorio celtibérico, aunque ninguna prueba positiva las ligaba a las tribus llamadas de tal manera; la cronología las hacía anteriores a la fecha en que surgen los celtíberos en las fuentes históricas, y por eso nosotros nos limitábamos a atribuirlas a los celtas, creyendo que su falta de elementos ibéricos en general daba motivo para sospechar que representarían el período preibérico del centro de España, según la hipótesis de Schulten y confirmándola. Por otro lado, la arqueología numantina, cuyo carácter ibérico parecía evidente por la atención especial que se había dedicado siempre a los elementos emparentados con la cultura ibérica general, se diría que contrastaba con la cultura de las necrópolis post hallstátticas, anteriores a la cultura de Numancia, y eso parecía también corroborar la hipótesis de Schulten de la prioridad en la región de los celtas respecto de los iberos. El enlace de la cultura posthallstáttica parecía imposible de establecer excepto en puntos insignificantes.

"Las investigaciones de Taracena han cambiado totalmente la posición del problema y han llevado a la posibilidad de resolverlo. Por una parte, mediante el estudio de la cerámica numantina y de su cronología resulta claro que en ella el elemento ibérico es el menos característico y que si bien existe una fuerte influencia ibérica, la totalidad de la cerámica numantina se halla muy lejos del cuadro general de la cultura ibérica.

"La base firme para la etnología del territorio celtibérico —escribe Bosch en otro lugar- es la pertenencia de Numancia a los arévacos en el momento de la destrucción de la ciudad, y, por tanto, el carácter arévaco de la capa con cerámica pintada.

"Pero eso permite deducir, dada la falta de solución de continuidad entre la cultura posth allstáttica y la numantina, que ambas son de igual naturaleza étnica, siendo en realidad la numantina no más que una evolución particular de la posthallstáttica.

"Y si la cultura numantina pertenece a los arévacos, la posthallstáttica de su región cabe que les pertenezca también, y eso es de la mayor transcendencia porque filia a la cultura numantina--y con ella a los arévacos como predominantemente céltica, además de explicar sus elementos ibéricos como una influencia, cosa que se observaba también en las últimas necrópolis post hallstátticas.

"A través de la arqueología numantina parece que hay que conceder el carácter céltico de los arévacos y, por extensión, de los vacceos, cosa que atestiguaban también los indicios arqueológicos de sus territorios.

"Los celtíberos citeriores serían también predominantemente célticos.”

Tras demostrar que la prueba arqueológica se pronuncia en contra de la tesis schulteniana de la prioridad de los celtas en la Meseta, Bosch pasa a impugnar el argumento de la composición filológica del nombre de los celtíberos: “A pesar de que en los ejemplos citados por Schulten, el elemento principal, el indicador del pueblo últimamente llegado, es el segundo: libifénices (fenicios en la costa de Libia), blastofénices (fenicios en la costa de los blástulos), helenogálatas (galos en el territorio griego de Asia Menor), indoescitas (escitas en la India), carpodacis (dacios inmigrados en el territorio de los Cárpatos), en otros casos mentados por el mismo Schulten, como en el nombre de los celtoligis y en el de los celtoescitas (en los cuales veríamos nosotros cierta analogía con el de los celtíberos), el nombre no significa precisamente invasión del pueblo representado por el segundo elemento. Los celtoligures de la costa de Provenza son, ciertamente, ligures, como dice Schulten, pero en ese caso, como en el de los celto escitas, el primer componente no significa un elemento étnico que se mezcla con el representado por el segundo, sino el país vecino: esto es, los celtoligures serían los ligures vecinos de los celtas, como los celtoescitas serían los escitas vecinos de los celtas, que en otros lugares sólo se llaman escitas, así como de los celtoligures se dice que son ligures. Pero el hecho es que en la Provenza el estrato indígena es el de los ligures, y los celtas que allí se infiltraron por todas partes pudieron dar lugar a que los considerasen los galos como el pueblo principal y dominante, por lo cual el nombre de celtoligures, incluso designando un elemento étnico ligur, podría equivaler tanto a ligures vecinos de los celtas como a ligures célticos en el sentido de ligures del territorio dominado en su mayor parte por los celtas.

Asimismo, el nombre de los celtíberos podría designar una población considerada principalmente como ibera por haberse reconocido que el elemento ibero era alli importante, pero a la vez querer decir iberos célticos, esto es, iberos mezclados con los celtas o dominados por los celtas.

El celtíbero, español representativo

Étnicamente, España se prolonga más allá de los Pirineos. Contra lo que comúnmente se piensa, la gran cordillera pirenaica jamás ha sido límite de razas ni de culturas. Desde el paleolítico superior, con la cultura francocantábrica, se domicilian en sus dos vertientes los mismos pueblos y las mismas civilizaciones. Y no sólo han pertenecido siempre a iguales razas y culturas los habitantes de uno y otro lado de los Pirineos, sino que con frecuencia han formado parte también de un mismo estado. Juntos figuraron por algún tiempo bajo la monarquía visigoda. Los sarracenos se establecieron en ambos territorios. Carlomagno incluyó a transpirenaicos y cispirenaicos en la Marca Hispánica. La monarquía de Sancho el Mayor, y el imperio de Alfonso VII fueron soberanos en España y en el Sur de Francia; y, en fin, hasta el siglo XVII tuvo España subditos al otro lado de la gran Cordillera

Los vascos de la Gascuña (Guasconia, Vasconia) se extendían en la época prerromana hasta el Garona, por la Aquitania, que dominaron un tiempo los iberos, como hemos visto. Vascos españoles y franceses son dos ramas de un mismo pueblo pirenaico, pero Broca, Virchow y Argellies descubrieron en los vascos franceses una pronunciada braquicefalia inexistente entre los vascos españoles.

La dominación ibérica en la Aquitania y en el Sudeste francés, la influencia céltica, que acaba con la supremacía ibera en esta comarca, y la presencia de la raza vasca entre los Pirineos y el Garona han impreso a la población francesa limítrofe de la de España una fisonomía étnica en cierto modo española. Este hecho no ha escapado, naturalmente, a la observación de los historiadores franceses. “Notre petite Espagne de France llama Michelet al Rosellón.

La personalidad moral de España ---resultante de su peculiar constitución étnica- era ya en la época prerromana la que ha distinguido a nuestra nación en todo tiempo. Lo accidentado de nuestra Historia, la constante irrupción de pueblos que se cruzan y anegan en la Península Hispánica, no llegan a producir un fenómeno etnológico, es decir, no crean una nueva raza Hemos advertido la heterogeneidad racial que existe ya en esta punta de Occidente cuando la ocupan los romanos. Nuevas masas arribarán sin cesar del Oriente de África y del Norte europeo hasta muy avanzada la Edad Media. Llegarán a ser innúmeros los romanos, los germanos, los árabes, los bereberes, los francos, los judíos. Que esa inaudita diversidad de influencias no produzca el babelismo étnico que ha dado a otras regiones del Globo personalidad desvaída y bastarda se debe con toda seguridad al carácter especial del cimiento racial de la Península, formado por el elemento capsiense y el pirenaico. Estos dos componentes fundamentales son en definitiva del mismo género que los que se les van sobreponiendo desde el neolítico.

Mucho antes de los iberos y los celtas, ya se habían encontrado y chocado en España el Norte y el Sur, África y Europa. Cuanto ocurre después reproduce el proceso primitivo. De ahí que el carácter esencial de la raza hispánica no sufra y que perdure su unidad. La fusión celtoibera reitera el fenómeno del cruzamiento en la Península de las razas septentrionales de las culturas auriñaciense, solutrense y magdaleniense (contemporáneas del arte rupestre del Norte) con las africanas de las culturas “matritense y capsiense (contemporáneas del arte rupestre expresionista del Levante); esto es, de las razas europeas y africanas, arias y semíticas, que es lo típico de nuestra etnología. España se alimenta por igual de ambas corrientes. Tan propio le es un elemento como otro. Si uno de los dos predomina, no está demostrado que sea el africano. Hay en la Península provincias a las que no parece llegaran los iberos, pero rara es la que se hurtó a las invasiones célticas.

Los historiadores que han supuesto a la Península Hispánica desequilibrada en ventaja de la sangre africana, han podido decir, que “el carácter original de la civilización ibérica consiste exactamente en vaciar un genio que en su fuero más íntimo no es europeo en los moldes sociales e históricos del desenvolvimiento de las sociedades arias de Europa.” Pero el genio español, como la raza, no es africano, ni en su fuero más íntimo. España es Celtiberia. Se había subestimado hasta aquí la importancia del celtismo peninsular, que es incalculable. La densidad del celtismo en sentido amplio incluyendo en este término a toda la corriente europea, indogermánica o aria, sea pirenaica, sea helenolatina-, la densidad del celtismo hubiera impedido que España fuese otro Marruecos, aun en el caso de que no hubiese recibido directamente la civilización grecorromana. (Tampoco la recibió directamente Irlanda.) Las razas pirenaicas, autoras de la cultura franco cantábrica, los celtas y los demás pueblos del Norte que arraigan profundamente en la Península, importan el genio europeo y preparan al español para recibir y asimilarse como propias, sin esfuerzo, las civilizaciones del Occidente.

Pero España era ya en parte considerable europea, y su civilización habría de ser europea o “aria”. De la terrible prueba implícita en la invasión y ocupación árabe, el genio español saldría campeón de los llamados valores occidentales (cuyo origen oriental, por lo demás, no debe olvidarse). Tan resuelta y definitiva había sido la ruptura moral de España con África.

No es, pues, de creer que a los romanos se deba el carácter europeo y hasta el propio hecho de nuestra civilización, y que de otra suerte hubiéramos seguido en la vida de tribu, como los pueblos cabileños. La trascendencia de la latinización de España estriba en que nos incorporó al movimiento general del mundo indo europeo o helenolatino de modo más firme y con mayor rapidez que lo hubiéramos sido dejados a nuestros propios medios. Mas cuando eso aconteció, ya había denunciado el arte ibérico la excelente predisposición de la raza hispana a aceptar una cultura de signo occidental. Y la importante modificación que el celtismo introdujo en el cuerpo ibérico hace que el español representativo no sea el ibero, sino el celtíbero, tipo humano muy superior al bereber, más armonioso, capaz de absorber con idéntica avidez y espontaneidad las influencias étnicas, culturales y políticas del Oriente y del Occidente, pues ese dualismo le es consustancial.

RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, T. I págs. 202-234.