Nubeluz

Las Invasiones Celtas

Los Celtas en general

Eran los celtas, por su lengua, un pueblo ario, indoeuropeo o indogermánico. La filología les asigna un lugar medio entre los germanos y los itálicos. Central era también la posición de esta raza en la geografía europea, con sus primeros domicilios históricos conocidos en el Sur de Alemania, margen derecha del Rin y fuentes del Danubio. Antropológicamente, constituían los celtas, asimismo, un elemento de transición o núcleo céntrico entre el hombre nórdico y el mediterráneo.

Los Celtas Los Celtas
Territorio de las Hallstatt y La Tène
Territorio del idioma lusitano
Las lenguas celtas en la Antigüedad
Las lenguas celtas en el Medievo
Las lenguas celtas en la actualidad

Algunos autores sostienen que los celtas llegaron a Europa de Asia, donde ocuparon un territorio al norte del Ponto (mar Negro), en la vecindad de los escitas, y que fueron empujados hacia Occidente por la presión de otros pueblos, con los que trabaron enconadas luchas, sin que se nos ilustre sobre la época de estos movimientos. Otros los creen descendientes de un pueblo del neolítico europeo. Seguro parece, en todo caso, que estaban ya en Europa en los comienzos de la Edad del Bronce. Pero ni Avieno ni Herodoto les citan como tales celtas.

Por la pluma de Herodoto nos los da a conocer por primera vez la Historia viviendo, a mediados del s. V a. C., en el área donde brota el Danubio, y, lo que no está desprovisto de interés para nosotros, más allá de las columnas de Hércules, vecinos de los cinesios o cinetas, en el extremo Oeste de Europa, es decir, en el Sudoeste de la Península Hispánica.

Los griegos llamaron a los celtas kelkoi, nombre que los romanos trocaron en celtae y celtici, pero designando al cabo a los celtas del continente europeo con el apellido específico de galli, o galos.

Con el apellido keltoi, los griegos comprendían a todos los pueblos celtas, cuya unidad lingüística nadie discute. Cuestión diferente es la relativa a la integridad de la raza. Se duda con fundamento que hubiera alguna vez una raza céltica pura en Europa. Desde que este grupo humano se instala en los territorios europeos en que se revela a la Historia comenzaría a mezclarse con gentes de raza no indogermánica, indogermánica y nórdica, que ya estaban allí, o en las proximidades, o que se les acercaron.

Así, cuando los celtas rebasan sus fronteras europeas primitivas salen pues, cruzados y barajados, lo que, posteriormente, no deja de causar desorientación al antropólogo, perplejo. a veces, ante los indicios que le aconsejan a veces filiarlos, ora entre los braquicéfalos, ora entre los dolicocéfalos. No llevando las cosas muy al cabo, se advierte, sin embargo, que el hecho de la fusión de los celtas con otros pueblos no disipa su personalidad física, antes, quizás, la decanta y refuerza, acentuando la diferencia que hace de ellos un estrato étnico bien diferenciado entre el tipo nórdico y mediterráneo.

Fácilmente se destacan tres razas. El hombre nórdico, con su principal domicilio en Escandinavia, tiene cabeza y caras largas, nariz aguileña y estrecha, ojos azules, cabello largo y gran estatura. El grupo mediterráneo se define por la cabeza larga, nariz más bien ancha, cabello negro o castaño, ojos oscuros, talle delgado y estatura media. A medio camino de ambos, el celta se distingue en general por su cabeza redonda, la cara ancha, la nariz ancha, los ojos de un avellana con tonos grises o verdosos, el cabello castaño claro, cuerpo ancho y fuerte y estatura media. De la lengua céltica se conocen en tiempos históricos dos ramas o variantes, de cada una de las cuales parten diversos dialectos. Con buen criterio disciernen algunos tratadistas en aquella división la presencia de dos grupos o naciones celtas: la de los goideles o gaélicos y la de los britones. Los britones, que se avecindan en Inglaterra, pertenecen, según las apariencias, al mismo núcleo celta que se establece en lo que hoy es Bélgica.Los goideles —que se supone llegaron a Irlanda en el s. IV directamente desde la desembocadura del Loira— están emparentados con el grupo galo.

Los goideles de Irlanda proyectaron grupos avanzados mucho más tarde en la costa occidental de Inglaterra, en Gales y en Escocia. De la rama goidélica o gaélica se desprendieron el irlandés, el escocés gaelélico y el manx o manois de la isla de Man. De la britónica salieron el kymroegor galés, el bretón o armórico y el cornish. Según ciertas autoridades, la invasión de los anglosajones compelió a algunos grupos celtas de la Gran Bretaña a emigrar a la costa francesa, donde conservaron, con el dialecto, el nombre de bretones. Para otras, las tribus celtas que desembarcaron en Inglaterra formaban parte del movimiento que llevó a los armoricanos a la Bretaña francesa.

La lenguas célticas únicamente perduraron en aquellas naciones que se sustrajeron a la romanización, o que solo parcial y débilmente conocieron la dominación imperial del latín.

Sabido es que se tienen por celtas todos los pueblos o lugares geográficos terminados en dunum y en briga que quiere decir fortaleza.

También disfrutan los celtas su gran época, una edad brillante, de hechos estupendos. Se inicia aproximadamente en el s. V a. de C.. Es la época de la civilización de La Tène y de la supremacía político militar de la raza en Francia y en España. La civilización de La Tène se extiende desde el 500 antes de Cristo hasta el principio de nuestra era. El nombre le viene de la estación descubierta en las márgenes del lago de Neuchâtel, depósito de armas, monedas y utensilios sobremanera representativos y abundantes. Eran estos celtas galos habilísimos metalúrgicos y explotaron con arte admirable los ricos yacimientos de hierro de sus territorios. Nadie les aventajó en la minería, como atestigua Julio César De Bello Gallico. Versión inglesa de W. A. Macdevitt, Londres, libr. VII, 22.. Y es posible que la civilización de La Tène recibiera en su origen la influencia griega que desde el s. VI ejerció Massalia por el valle del Ródano hacia el interior de Francia.

Hasta cierto punto, las expansiones celtas de esta época son conocidas históricamente. Por la mayor parte, las emigraciones desde el Rin y la Europa central responden a la presión de las hordas germánicas. El primer movimiento considerable debió de tener lugar en el s. VII, o quizás antes. En el s. V a. de C. parece que habitaban en las riberas del Rin y tierras adyacentes las tribus celtas de los bituruges, mediomátricos, aulercos, cenómanos, lingones, senones, ínsubres, treviros y boios. Al final del primer periodo de La Tène los boios poblaban la región que de ellos tomó luego el nombre, Bohemia. En el periodo subsiguiente se establecieron los helvecios entre el Rin y los Alpes, desplazándose después paulatinamente a la altura de Berna. La tribu de los volcos ocupó por la misma época la Provenza y el Languedoc hasta el Rosellón, deteniéndose al pie de los Pirineos.

Más tarde aparecen las tribus belgas en la mitad septentrional del Rin, en el territorio conocido hoy como Bélgica y el Norte de Francia. De estos lugares parten algunas tribus para Inglaterra y la Bretaña francesa. Aulercos, cenómanos y lingones conquistan territorios de la costa atlántica. Los senones eligen su domicilio histórico cerca de Lutecia (París), " que es una ciudad —explica Julio Cesar— de los parisii, situada en una isla del río Sena". Los mediomátricos se establecen en los Ardennes. A continuación, hasta el Sena, viven los sequanos. Eduos y alobroges se extienden hasta Suiza, próximos a los helvecios.

Los traslados de los pueblos celtas a causa del apremio de los germánicos en la frontera natural del Rin no cesan hasta muy tarde, dificultando estas subversiones en alto grado la pacificación de la Galia por César.

Harto conocidas son las expansiones de los galos por Italia, la Europa oriental y Asia Menos. Tito Livio nos da cuenta circunstanciada de la invasión de Italia por Beloveso, sobrino del rey celta Ambigato, de la tribu de los bituriges. Tradicionalmente, hubo de atribuirse este movimiento a la superpoblación. "En el reinado de Ambigato —escribe Livio— las cosechas fueron tan abundantes y la población creció tan rápidamente, que parecía imposible gobernar a tanta gente". El rey invitó, pues, a sus sobrinos Beloveso y Segoveso a establecerse, con acompañamiento fuera de las Galias. Consultados los dioses asignaron a Segoveso los bosques Hercinios y el más placentero camino de Italia a Beloveso.

Beloveso marchó con la población sobrante de las tribus de los bituriges, avernios, senones, eduos, ambarros, carnutos y aulercos. Salieron todos con mucho alarde de caballos e infantes. Pasados los Alpes derrotaron en batalla, no lejos de Tesino, a los toscanos, y fundaron a continuación Mediolanum (Milán). Sobre la huella de estos conquistadores marchó después un contingente de la tribu de los cenómanos, capitaneado por Elitovio; concluyó acampado en los territorios de las modernas ciudades de Brescia y Verona. Siguieron otras tribus: libuos, saluvios, boios y lingones, pero hallando tomado todo el país entre los Alpes y el Po, pasaron el río como pudieron y afincaron al norte de los Apeninos. Finalmente entraron en Italia los senones, autores del asalto de Roma, con multitudes, tal vez, de los pueblos cisalpinos arrastradas por ellos.

La invasión de Italia por Beloveso —cualquiera que sea la realidad histórica de este nombre— fue probablemente la primera, y acaecería en el s. V. Poco antes del 400 arribaría la segunda gran ola de galos al Norte de Italia, aniquilando la potencia etrusca y precipitándose, incontenible, hacia el mediodía, hasta Roma, que ocupan después del desastre del Alia (390). En el Norte de Italia los galos se establecieron para mucho tiempo. Sus tribus llegaban por el sur hasta Sena Gallica (Sinigaglia).

Famosas fueron también las correrías y aventuras de estos celtas por el valle del Danubio, los Balcanes, Asia Menor y Rusia. En 280 reunieron en Iliria un fuerte ejército, conquistaron Macedonia, descendieron por Tesalia e intentaron saquear el santuario de Delfos. Los supervivientes, juntándose con los galos que quedaron en Tracia, se dirigieron al Helesponto y una parte acampo cerca de Bizancio. El grueso de la expedición cruzó el estrecho, se adueñó de casi toda Asia Menor e impuso tributo a las poblaciones situadas al oeste del Tauro. Quebrantados en varias guerras por el rey de Pérgamo, se replegaron a una faja de territorio en el interior, donde levantaron el reino de Galacia.

Otra marcha renombrada emprendieron los celtas galos, por el Sur de Rusia, donde penetrando en la Ukrania, hasta el mar de Azov, dieron origen a la población celtoescita.

Reseñadas quedan sinópticamente las migraciones de los celtas en las Galias y fuera de las Galias desde el s. VI o V. Estos movimientos se producen a fines de la civilización de Hallstatt y durante la época de La Tène, y, como apuntamos antes, pueden considerarse históricos, puesto que de ellos hay noticia en los textos clásicos, confirmados a menudo por los hallazgos arqueológicos. Pero es hoy incuestionable que precisa remontar las primeras migraciones celtas por el Occidente de Europa a tiempos muchos más antiguos, a lo menos al comienzo de la Edad del Bronce.

Sobre las invasiones de España por los celtas, las fuentes literarias guardan silencio; en resumidas cuentas, todo lo que sabemos —por Herodoto— es que en el s. V había pueblos de esta raza en el Sudoeste de la Península, con toda probabilidad los sefes y cempsos, identificados como celtas, que cita el Periplo de Avieno, de la centuria anterior. La Arqueología, sin embargo, viene a suplir la deficiencia informativa de que en este extremo se resienten los textos antiguos, y merced a los trabajos de Kraft y de Bosch, unos individuales, otros realizados por ambos en colaboración, nos hallamos al presente ante teorías e hipótesis en torno a los celtas anteriores al siglo V de más alto interés para el historiador.

Nos encontramos ante la sugestión de que los galos de la segunda Edad del Hierro que desarrollaron en el Norte de Francia la cultura de La Tène pudieran proceder de los celtas que habitaron esas regiones en la primera Edad de Hierro, quienes a su vez, descenderían del pueblo —mezclado con razas no indogermánicas primitivas, con las indogermánicas y con las nórdicas— creador de los túmulos de la Edad de Bronce (Hügelgräber-bronzezeit). No ofrece duda que las tribus celtas históricamente conocidas, de los carnutes y avernes del centro de Francia, entre otras, y quizás también las de los sequanos, eduos y mediomátricos, se derivaban de ese pueblo.

Otro núcleo celta, tan mezclado como el anterior, según Kraft, cuanto menos en sus grupos del Rin, de los Alpes occidentales y del Ródano, es el de la cultura de los campos de urnas o Urnenfelder, que está en su auge vital al declinar la Edad de Bronce, instante en que se propaga por el Rin, por Suiza, por el Ródano y por Cataluña. Las investigaciones que Kraft lleva a cabo sobre este pueblo celta en el continente europeo se complementan con las que Bosch realiza a cerca de su paso por España. En el s. IV a. de C. llegan al Ródano los volcos. Pero centurias antes se habían establecido en estas regiones otros grupos celtas. Residentes de larga antigüedad en el Sur de Francia serían los beribraces o bebrices, parientes étnicos y contemporáneos de la tribu verosímilmente celta que con un nombre idéntico o similar existe en España. Unos y otros han de considerarse como reliquias de los Urnenfelder, la avanzada celta más antigua del Sur de Francia y de España.

En el siglo IV antes de Cristo llegan al Ródano los volcos. Pero centurias antes se habían establecido en estas regiones otros grupos celtas. Residentes de larga antigüedad en el sur de Francia serían los beribraces o bebrices, parientes étnicos y contemporáneos de la tribu verisímilmente celta que con nombre idéntico o similar existe en España. Unos y otros han de considerarse como reliquias de los Urnenfelder, la avanzada celta más antigua del sur de Francia y de España.

La primera invasión celta en España

La cultura de los campos de urnas tiene en Cataluña su época de esplendor entre 900 y 650 antes de Cristo.

Los Urnenfelder entran en España hacia el año 900 antes de Cristo en varios grupos. Uno llega a la Península desde el valle del Ródano por los pasos de las Alberas y ocupa los llanos de Urgel, con avanzadas hasta el Ebro e infiltraciones en el oriente aragonés. Otros grupos de los celtas de las urnas penetran por puertos pirenaicos más occidentales y se deslizan entre los pueblos de la montaña catalana.

La influencia de esta cultura sobre las tribus indígenas de las montañas del interior de Cataluña y sobre los grupos indígenas ibéricos del mediodía catalán parece bien establecida.

Se piensa que con los celtas de los campos de urnas llegaron los beribraces (bebrikes o brebiakes en Francia) de quienes quedaron descendientes en las montañas del Oeste de la provincia de Castellón.

Las invasiones celtas en el s. VII a. J. C.

Las más importantes invasiones de la Península Hispánica por los celtas parecen haberse presentado en el s. VII antes de Cristo, entre 700 y 570.

La segunda invasión —que se fija hacia el año 700— trajo a España grupos de la cultura hallstáttica del bajo Rin.

En las proximidades del año 650 penetrarían en España invasores celto-germánicos, desplazados —por presiones de otros pueblos— de Westfalia, de donde pasaron a Holanda y Bélgica, y de allí, por la costa atlántica de Francia, a nuestra Península. Formaban este grupo celtogermánico elementos de las tribus de los cempsos, cimbrios y eburones

Los grupos de la segunda invasión (la de hacia el 700) entrarían en España por Roncesvalles. Una parte permanecería en el valle del Alto Ebro, mientras que otros grupos pasarían al hilo de río al Bajo Aragón, donde ya estaban los iberos, y hasta donde también se prolongaron los invasores celtas de los campos de urnas. Distintos grupos de esa misma invasión se deslizarían a la Meseta castellana, de donde los arrojarían los celtogermánicos cincuenta años más tarde, afincando, al cabo, en los bordes oriental y meridional de la altiplanicie central. Tal sería el origen de los berones de la Rioja y de los pelendones del Duero superior y las tierras altas de Soria.

Los grupos de la tercera invasión (los celtogermánicos) también vivieron durante cierto tiempo en la Meseta Central, pero terminaron eligiendo sus domicilios en el valle del Tajo portugués y en la Extremadura española. Los germanos propiamente dichos se concentraron en la región de las minas de Sierra Morena, infiltrándose entre los oretanos (el Oretum germanorum y los germani de los antiguos). Los cempsos se detuvieron en el Mediodía de Portugal; algunos penetraron en la Baja Andalucía, donde habitaron temporalmente en la isla de la Saltés (Cartare), cerca de Huelva. Otros grupos de estos celtas llegaron a las ciudades de las provincias de Sevilla (Hasta, Salpensa) y de Málaga (Cártima, Acinipo, Arunda). Los cimbrios dieron nombre a Cembricum (provincia de Cádiz). Los eburones penetraron asimismo en Portugal (Eburra, Evora).

La cuarta invasión de España por los celtas fue también lejano eco de una nueva presión germánica en el Rin, que empujó hacia el Sur al núcleo de los sefes. A las de los sefes se adscribieron otras tribus, igualmente desplazadas: los turones, nemetati o nemetes, boios, santones, bituriges, y acaso, volcos.

Se supone que al pasar estos pueblos por el Este de Francia se les incorporaron lingones, senones y lemovices. Hasta el año 600 entrarían parte de ellos en nuestra Península y se establecerían en el Occidente de la Meseta. De aquí pasarían (quizás compelidos por tribus celtas de arribo posterior) a la provincia de León, a Asturias, a Galicia y al Centro y Norte de Portugal. Se distingue a estos contingentes celtas entre los astures (lungones) y en Galicia y en Portugal (nemetates, turoditurones, lemavi-lemovices y sefes).

Una multitud que se detendría en Extremadura formó allí el grupo vetón.

Las presiones germánicas, que continuaron poniendo en apuro a Bélgica durante todo el s. VI forzaron a partir de allí, hacia el 600, a muchedumbres de celtas belgas, mayormente de las tribus de los suessiones y belovacos; también había nervios, posiblemente germanos, ambianos y veliocasses, y otros celtas no belgas de la región del Eure: los autrigones. Estos grupos entraron también en España —quinta invasión— celta y se adueñarían de las regiones entre los Pirineos, la Rioja y el Ebro. Los suessiones se domiciliaron en la ruta Pamplona-Vitoria-Miranda; los autrigones, en la cabeza de puente de Miranda de Ebro, a ambos lados del desfiladero de Pancorbo, en el valle de la Bureba (provincia de Burgos) y en las montañas próximas de Vizcaya y Santander. Otros penetrarían entre los vascos de la costa (origeviones, caristios y nerviones) y entre los cántabros (veliocasses), dominando principalmente el camino de Reinosa al mar.

Los grupos más fuertes de la quinta invasión se extenderían por las tierras trigueras de la alta Meseta. Los belovacos se subdividieron en varios contingentes, con destino diverso: los vascones marcharon a la zona que hoy llamamos Tierra de Campos (Palencia-Valladolid), derivando hacia Salamanca, Zamora, Ávila; los arévacos se dirigirían por el valle del alto Duero a Soria y Numancia; los belos elegirían el alto Jalón, por cuya orilla izquierda se dispersaron. Acompañaban a los belos los tittos, que afincaron en la otra margen de ese río.

Los belos, tras celtizar a los lusones acabaron lindando con los edetanos (iberos) de Zaragoza. Los arévacos rebasarían Agreda por las vertientes del Moncayo en dirección del Ebro. El avance de los belgas hacia el Jalón-Jiloca y el Ebro se traduciría en el confinamiento de grupos de los pueblos celtas de la cuarta invasión (sefes, turones). Los turones o turolense quedarían en Teruel, como consecuencia de la presión de los tittos en la paramera de Molina. También resultarían desplazados, quizás, los olcades (¿volcos?), que primero se extienden por la provincia de Cuenca y acaban penetrando entre los contestanos y los pueblos ibéricos de la costa de Valencia y Alicante.

Se tiene por probable que ya no hubo nuevas invasiones celtas en la Península.

Como concluiremos de apreciar, la entrada de esta raza en España es uno de los hechos más trascendentales de nuestra Historia: apareja una larga y profunda subversión étnica y social. Los celtas no se impusieron sin luchas; se dieron, antes bien, en la mayor parte del territorio peninsular duros choques y continuos movimientos de tribus. Pero de la anarquía surgieron los indogermánicos triunfadores y dominantes. Durante dos o tres centurias señorearon la Península. Fracasaron en su intento de conquistar el Sur y el Levante, por la resistencia que les ofrecieron tartesios e iberos; mas dominaron en el Centro, y el Occidente y algo en el Norte; en muchas de estas tierras borraron todo rastro de la cultura de las poblaciones primitivas, a las que matizaron fuertemente desde el punto de vista racial. En general, impusieron su lengua y su organización política y en la economía fueron emprendedores y progresivos.

RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, T. I págs. 192-202.