Hispania Cartaginesa

Campañas de Aníbal Barca en la meseta central

Cartago, factoría fenicia fundada por Tiro en 814 antes de Cristo en el lugar más favorecido de lo que hoy llamamos Golfo de Túnez, se había constituído ya en el siglo VI en metrópoli rica y populosa de un sub-imperio púnico que se dilataba por la costa africana desde el desierto de Libia hasta el Atlántico. Conforme palidecía la estrella de Tiro y Sidón en Oriente se alzaba la de Cartago en el Occidente mediterráneo con vigor bastante para oscurecer y anular en este orbe de costas y archipiélagos el poder de los enemigos de las naciones púnicas. En el siglo VII (año 654) habían conquistado los cartaginenses la mayor de las Pitiusas y fundado Ebusus (Ibiza). A principios del siglo VI, el general cartaginés Malco llevó con éxito la guerra a Sicilia. contra Pentalos o contra Falaris. A continuación cayó sobre Cerdeña. Durante décadas enteras lucharon en estas islas los ejércitos cartaginenses, primero a las órdenes de Malco, luego a las de Mago y sus hijos Asdrúbal y Amílcar, hasta acabar con la resistencia de los indígenas y someter a la costa. Siguió a estas conquis tas de Cartago su alianza con los etruscos.

Resuelto ya el conflicto histórico entre el poder griego y el fenicio en el Mediterráneo oriental y central a favor de la Hélade, proseguía en el Occidente, con Cartago en el papel de principal protagonista púnico. Para la rampante colonia africana era de imperativa necesidad expulsar a los griegos de estas aguas y cerrarles la boca del Estrecho de Hércules. Como recordaremos, culminó la enconada pugna en 535, en la batalla de Alalia (Córcega). Los aliados no podían tolerar la aparición en Alalia, en pleno eje del dominio de Etruria y Cartago, de una comunidad marítima enemiga. La marina cartaginesa, reforzada por la etrusca, infligió entonces a los focenes la decisiva derrota que erigió a Cartago en potencia hegemónica en la mitad occidental del Mediterráneo.

Cartago venía, pues, a resarcir a la raza púnica de la creciente mengua que desde el siglo VIII sufrían en todo el Mediterráneo el poder y el prestigio fenicios. De esta crisis final de la ascendencia fenicia se resentiría Gádir (Cádiz), la antigua factoría-fortaleza de Tiro. Todo tiende a persuadirnos de que los tartesios nunca aceptaron con entusiasmo el imperialismo utilitario de los mercaderes de Gádir, en cuyas manos llegó a concentrarse parte considerable de la riqueza de Andalucía. Vivieron de continuo los fenicios y sus descendientes en conflicto con el recelo, la envidia y el patriotismo de los nativos, y por consiguiente, su dominio sobre esta región fue siempre débil y precario.

Con frecuencia debieron de chocar la burguesía mercantil de Gádir y las poblaciones vecinas, agrícolas y pastoriles; y en fecha incierta del siglo VI (se ignora si al principio o al final); algunos autores la fijan en el año 500 antes de Cristo) se produjo el más grave alzamiento de los conocidos hasta entonces contra “los opulentos mercaderes” de Gádir. La nobleza rural se sublevaba, al frente de los pueblos, contra la aristocracia mercantil e industrial de la costa. A punto estuvieron los fenicios de perder sus riquezas y la propia ciudad, si no es ya, como conjeturan algunos autores, que los tartesios llegaron a apoderarse de aquel emporio. Justino, XLIV, 5, 1 asegura que Gádir cayó en poder de las tribus vecinas ( populi finitimi). Bosch cree que los fenicios quedaron reducidos de momento a la ciudadela de la islita de San Sebastián. Pero los gadiritanos buscaron y obtuvieron la intervención de Cartago, y fuerzas libias, desembarcando en Gádir, decidieron finalmente la contienda a favor de la amenazada colonia.

Con esta campaña relaciona la tradición el comienzo de la colonización del Sur de la Península Hispana por los cartagineses. Lícito es sospechar que en la segunda mitad del siglo VI, después de Alalia, sentiría ya Cartago viva inclinación a intervenir en el Mediodía España; y la turbulenta colisión de los tartesios y los gadiritanos le ofrecería un pretexto providencial, que sin vacilar explotó la impaciente potencia africana.

Sin embargo, hacia 575, el Periplo inserto en el poema geográfico de Avieno Ora Marítima señala ya población libiofenicia, esto es, cognada de la de Cartago, en la costa andaluza, desde la desembocadura del Guadiaro hasta el Cabo de Gata.

En todo caso, a partir de Alalia intensifican los cartaginenses su comercio con Tarteso y parece persistir en aguas españolas el conflicto helenocartaginés, que da lugar, según Bosch, a la batalla de Artemision (Denia, hacia 493-490) en que los griegos salieron victoriosos, equilibrándose de momento ambas fuerzas.

Dominación cartaginesa

Desde que penetran -pacífica o violentamente, a fines o a principios del siglo VI— los cartaginenses en Andalucía, hasta el año 238 de la misma era anterior a Cristo —fecha de la iniciación de la conquista de España por Amílcar—, las actividades, empresas y política de Cartago en nuestro suelo rehuyen tenazmente la luz de la Historia. La Arqueología, sin embargo, refuta hoy la vieja especie, alentada por las fuentes literarias, de que fueron los cartaginenses feroces e implacables conquistadores que asolaron las tierras y los pueblos de nuestras comarcas meridionales, dispersando cruelmente a sus habitantes. Justamente, cuando se cierra el siglo VI florece en la región sevillana, con pulso firme y espontáneo, una cultura indígena notable; y la abundancia de objetos cartaginenses de adorno, importados, que, con referencia a esos años y las centurias siguientes, descubren las excavaciones, confirman una ocupación blanda e industriosa, con activo y próspero comercio.

Dos actividades, en particular, parecen haber absorbido la atención de Cartago en la Península en los siglos oscuros de que tratamos: la extracción de la plata del Sudeste y el reclutamiento de mercenarios para las guerras de Sicilia. Con la explotación de los yacimientos argentíferos de la región de Almería y Cartagena, los libiofenicios heredaron de los fenicios una industria sobremodo desarrollada; y levantando ejércitos de asalariados, la potencia africana introdujo en Occidente una costumbre que en seguida haría mucho camino en España, y una política que ponía de relieve una de las grandes debilidades del poder cartaginés. La mansedumbre antibélica de los fenicios no tenía equivalente en Cartago, fecunda en grandes capitanes. Había en los cartaginenses más armonía humana que en sus parientes, los fenicios. Cartago sentía ambición imperialista. Pero aun siendo el cartaginés más combativo que el fenicio, su codicia política no se acompañaba, en el pueblo, del temple heroico correspondiente. Ni en los momentos más críticos logró el Senado cartaginés infundir a sus súbditos el espíritu marcial inexcusable en nación tan forzada a medir sus fuerzas con las de otros imperios. (En Alalia fueron los etruscos quienes soportaron el peso del combate.)

El parvo entusiasmo del cartaginés por la profesión de las armas privó a Cartago de un ejército propio y obligó a sus generales a reclutar sus legiones entre los libios y los españoles. En el siglo IV aún podía verse en el ejército de Sicilia una “banda sagrada” de 2.500 cartaginenses que daba escolta al general; en el III no había un solo cartaginés, si se exceptúa a la oficialidad, en ejércitos como el que Cartago mantenía en España; en este mismo ejército, formado por 15.000 hombres, únicamente la caballería, y no en su totalidad, era libio fenicia.

En resolución, la falta de infantería propia fue desde un principio uno de los apremiantes incentivos que llevaron a Cartago, primero, a intervenir en Andalucía y más tarde a conquistar a España. De que muy pronto comenzaron los africanos a movilizar gente en la Península, es testimonio indirecto la presencia de iberos en sus ejércitos de Sicilia en 480 antes de Cristo. En lo sucesivo, hasta que los cartaginenses fueron expulsados definitivamente de España por los romanos, Cartago hizo sus guerras de Sicilia, Italia y España con iberoas y libios por masa combatiente.

Roma y Cartago

Entre la pérdida de Sicilia en 241 y el desembarco de Amílcar en Gades (Cádiz) con el designio de someter a toda la Península, sólo mediaron unos años. La guerra de Sicilia había sido el primer encuentro serio entre Roma y Cartago, dos potencias jóvenes cuyas ambiciones no cabían juntas en el Mediterráneo. La incompatibilidad del interés cartaginés y el romano hacía de aquella guerra el episodio inicial de un drama que tenía que concluir con la desaparición de uno de los beligerantes. Con este sentimiento, Cartago dilataba a toda prisa su soberanía en España por la guerra de conquista. Necesitaba los inmensos recursos de la Península en hombres; y sobre todo, en un conflicto con Roma, la importancia de España aparecía acrecida en alto grado por sus condiciones estratégicas.

Si bien se mencionan en relación con la conquista algunos incidentes sangrientos, sitios de poblados y represalias cartaginesas en distintos puntos del Occidente y Este de España, es circunstancia notoria la sorprendente facilidad con que Amílcar, Asdrúbal y Aníbal, sucesivamente, ganaron a los españoles para la política de colaboración con Cartago. Harto se trasluce que los generales púnicos mandaban en esta empresa fuerzas iberas, cuando menos en parte. Perdonaban a los prisioneros y los incorporaban en gran número al ejército. La muerte violenta de Amílcar y Asdrúbal no llega a desdibujar el carácter de penetración pacífica que tuvo el avance cartaginés. Triunfaba la política de atracción. Significativamente, la tradición presenta a Asdrubal, que tomó por mujer a una española, como luego Aníbal erigido por las poblaciones en jefe de los iberos.

Se ha atribuido la popularidad, o la escasa impopularidad, de los cartaginenses en España, entre otros factores, a que durante su prolongada y benévola colonización hubieron de crear en Andalucía intereses de índole muy especial. Los mestizos del cruce de los colonos libiofenicios y fenicios con las mujeres tartesias allanarían el camino al conquistador en tan amplia medida como los mercenarios, a quienes un trato liberal recomendaba como propia la causa de Cartago. El español vio en el cartaginés un aliado y un amigo más que un invasor. Cuando comenzó en la Península la guerra con Roma, los españoles defendían más la causa de Cartago que la propia (Herculano). Los señores iberos se alistaban con sus mesnadas de esclavos en el ejército con que Aníbal se disponía a pasar los Pirineos (Costa); y el nervio de esta fuerza lo formaban la infantería celtíbera, la caballería andaluza y los honderos baleáricos. La resistencia que los españoles opusieron al dominio romano nos persuade de que las acusaciones de opresión lanzadas contra los cartaginenses son exageradas.Alejandro Herculano, Historia de Portugal, pp.20, 21.

Sagunto

El dramático episodio de Sagunto en 219 es una excepción desconcertante y turbia en la simple historia de la conquista de España por Cartago. ¿Por qué ofrece esta ciudad una resistencia que los cartaginenses no habían hallado en ningún otro lugar de España? Las luchas de los españoles con Cartago y Roma han inducido a algunos historiadores a afirmarse en ciertas teorías sobre el carácter étnico de las poblaciones, y se cita a Sagunto como paradigma de heroísmo ibero. Tito Livio dice que esta ciudad era griega, especie hoy desechada, pero que, no obstante, debía de tener algún fundamento.

Escribe Tito Livio: “Esa ciudad era con mucho la más rica de todas allende el Ebro; estaba situada a menos de dos kilómetros del mar. Se dice que fue fundada por colonos de la isla de Zacinto, con mezcla de rutulianos de Ardea. En poco tiempo había alcanzado gran prosperidad, en parte gracias a su comercio terrestre y marítimo, en parte por el rápido crecimiento de la población, y, también, en virtud del mantenimiento de un alto nivel de integridad política, que la llevó a actuar con una lealtad hacia sus aliados que le costó la ruina.. Estando Sagunto sitiada por Aníbal se intentaron negociaciones de paz. “Dos hombres -agrega Livio - se encargaron de hacerlo: Alco, un saguntino, y Alorco, un español.” Tito Livio distingue, pues, entre españoles y saguntinos.

Este historiador escribía cuando aún no habían transcurrido dos centurias desde que Aníbal tomó por asalto a Sagunto.

Como sabemos, la memorable conducta de los saguntinos frente a Aníbal ha pasado a adornar y definir a la raza ibera. Semejante opinión solo es admisible con ciertas calificaciones.

Sagunto tendría población muy heterogénea, desde el ángulo de mira racial, como pasaba con casi todos los centros urbanos del Este y del Sur de la Península. Y bien que esta ciudad no fuese griega, la influencia helénica sería allí considerable. Menéndez y Pelayo mantuvo que, aunque de origen ibérico y no colonizada por los zacintios, Sagunto entró muy temprano en la órbita del influjo griego. Cita como testimonio el templo antiguo de origen helénico mencionado en una inscripción latina - Dianae cultorum-, templo que estaba infra oppidum, es decir en la parte baja de la población actual (Murviedro). Se ha hallado, por lo menos, una moneda con los tipos de Massalia y Sagunto, “que indica alianzas muy naturales.” La cerámica ibérica aparece allí asociada con la cerámica griega. Cabe dudar, además, de que la prosperidad comercial que destaca Livio se debiera a los iberos.

Esa influencia griega, y no el iberismo de Sagunto, explica que los saguntinos tomaran partido por Roma contra Cartago. Fue el patriotismo español, abrazando la causa de la potencia africana, lo que en los primeros momentos exasperó a los generales romanos, llevándolos a extremos de impolítica vesania, comienzo de la sañuda e interminable guerra. Con su sentimiento antipúnico, Sagunto denunciaba la supervivencia allí de la vieja pugna heleno-cartaginesa. En fin, defendiendo el interés de Roma contra Cartago, la famosa ciudad no hacía sino continuar, o cerrar con una reacción tardía, la lucha secular en todo el Mediterráneo de las colonias griegas con el poder púnico.

Debía de haber en Sagunto dos partidos: uno, que sería el ibero, favorable a los cartaginenses, y otro, que sería el griego, o influído por los griegos, partidario de los romanos; este último impondría la resistencia. Se separa tanto el gesto de Sagunto del sentimiento general del Oriente de la Península respecto de los cartaginenses, que la tragedia se explica con dificultad, a menos que concluyamos que un interés poderoso y nuevo le salió al paso a Aníbal en España, y ese interés no podía ser otro que el griego.

Por lo demás, hoy se piensa que el incendio de Sagunto, la autoinmolación de sus habitantes y otros espantables detalles de aquel cuadro de horrores fueron invención o hipérbole de la propaganda romana contra Cartago.

La influencia cartaginesa en España

Cuando Aníbal levantó el ejército que iba a conducir a Italia (con la genial concepción de dar la batalla a los romanos en su propio suelo), toda España al sur y al oeste del Ebro, salvo la faja septentrional, protegida por la ingente Cordillera Cantábrica, era aliada de Cartago. Los cartaginenses gobernaban militarmente a la Península desde Cartago Nova (Cartagena), fundada por Asdrúbal sobre las ruinas de la antigua ciudad de Mastia. Mas no llegaron a crear instituciones políticas y sociales de algún vigor. Estaban desprovistos los libio fenicios, como todos los pueblos de su raza, del instinto de la creación política. Su genio no era civilizador. En la propia Cartago, a semejanza de Fenicia y de Judea, nunca tuvo el Estado la solidez que en las naciones indogermánicas. Falto de instituciones que lo articularan, el dominio de Cartago en la Península Hispánica no aportó novedad alguna en la esfera política.

Sin embargo, los cartaginenses influyeron en alto grado en la vida española. Su presencia no se sintió "en una u otra provincia particular, sino que comprendió el Centro, el Oriente, el Mediodía y el Occidente de España.” Trajeron, ante todo, una profunda subversión que por primera vez dislocaba y conmovía a una sociedad bárbara, paralizada en el régimen familiar heroico, cimentada por el vínculo consanguíneo y sin más mundo que su poblado. De los pastores, los cartaginenses hicieron soldados. La juventud que vivía del bandidaje recibió un empleo y se sujetó a una disciplina.

Con la movilización de las poblaciones, la apertura de caminos —ya iniciados en Andalucía por los fenicios— el fomento de las hermandades o ligas, Cartago sacó a los españoles de tierra adentro de su sueño milenario; relacionándolos entre sí y con otras razas y naciones fuera de España: en Sicilia, en África, en las Galias, en Italia, les dio la primera noción de la comunidad superior y del Estado. Primeros invasores históricos de la Península Hispánica, son los cartaginenses quienes desencadenan la revolución políticosocial que a vuelta de grandes vicisitudes incorporaría a los pueblos primitivos de este costado de Europa a la vida estatal. Aunque en la faja litoral del Sur, Sudeste y Este de España existía de antiguo una cultura indígena (sólo brillante cuando se asimila la influencia griega) y en el Mediodía, un conato de organización política y barrunto de Estado en el reino de Tarteso (todo ello oscuro para nosotros), en general la faz civil de España era al advenimiento de los cartaginenses, incipiente en extremo.

No llegó ese pueblo con un afán político, sino a explotar a España comercial y militarmente, y, poco después a medir sus armas con los romanos en nuestro territorio. No se propusieron los cartaginenses la absorción de la Península en un imperio africano como el de Cartago, incapaz de irradiar vitalidad cívica. Esta era empresa reservada a Roma.