Continente americano

Introducción

Universalis Cosmographia, de Martín Waldseemüller (1507), fue el primer Mapamundi en denominar «América» a ese continente. El mapa cartografía el océano Pacífico y el istmo centroamericano antes del «descubrimiento» atribuido a Balboa en 1513. El mapa es conocido como el Certificado de Nacimiento de América y se encuentra en la Galería de Tesoros de la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos..

Tres aspectos se pueden considerar en este punto: el desarrollo de los conocimientos científicos que hacen posible el descubrimiento, la expansión comercial y geográfica hacia el Extremo Oriente y las exploraciones en el Atlántico. El primero y el tercero se desenvuelven en la Antigüedad, hasta fines de la Edad Media, y el otro se centra principalmente en esta era.

En Grecia, la madurez del espíritu científico permitió llegar a la idea de la esfericidad de la Tierra, ya con Tales (siglo VI a. de J. C.), sostenida por Pitágoras (siglo VI antes de J. C.) y su escuela; por Arquitas siglos V-IV), Sócrates y su escuela, Platón, Aristóteles y los cosmógrafos alejandrinos y en general, fue noción aceptada definitivamente por el pensamiento griego y por los romanos durante el resto de la Antigüedad. Otra idea, admitida a la larga como teoría fue la de los antípodas, virtualmente la existencia de otro continente además de los conocidos, en el hemisferio meridional, y separado por el océano; la defendió Platón y luego Aristóteles, y reaparece en otros muchos sabios, como Hiparco (siglo II a. de J. C.), Estrabón, Cicerón, Pomponio Mela ( Antichthonia) y aun Ptolomeo, aunque en este, como en Hiparco, no está separado tal continente por el océano, sino que prolonga las tierras del hemisferio septentrional. Crates (siglo II a. de J. C.), Geminos (siglo I a. de J. C..) y Macrobio (siglos IV-V después de J. C.) admitían cuatro continentes, dos en cada hemisferio, separados entre por océanos alargados de los que solo se conocía uno.

Otro problema que intentó resolver la ciencia griega fue el de las dimensiones de la Tierra, y especialmente del ecumene o parte sólida conocida. Aristóteles fija la proporción entre su longitud y latitud en 3 : 2 (Eudoxio, su coetáneo, en 4 : 2), pero en De Mundo —libro probablemente de su escuela— señala aquellas dimensiones en 70.000 y 40.000 estadios el estadio equivalía unos 185 metros, lo que da 12.950 kilómetros para la longitud del ecumene (a la latitud de 39º hay de un extremo a otro de Eurasia 11.800 kilómetros), proporción que siguieron Posidonio (siglo II-I a. de Jesucristo) y Estrabón; Aristóteles daba 400.000 estadios al meridiano, y Dicearco (siglo IV antes de J. C.), 300.000; dimensiones en exageradas.

El gran geógrafo Eratóstenes (siglo III antes de J. C) atribuía al ecumene 80.000 estadios a los 36°, equivalentes a 2/5 del círculo terrestre correspondiente (más de 12.600 kilómetros; su estadio era de unos 158 metros); fue el primero que midió un grado de meridiano y obtuvo para el círculo terrestre máximo 250.000 estadios (39.500 kilómetros aproximadamente, ó 39.690), elevándola luego a 252.000 estadios. Hiparco admitió esta cifra, e introdujo en los mapas el uso de meridianos y paralelos y la graduación del círculo. Posidonio, a pesar de su valer científico, erró en esta cuestión y dio a la circunferencia terrestre 240.000 estadios, y luego 180.000, reduciéndola grandemente (quizá utilizara un estadio de 500 por grado).

Geminos, por los descubrimientos verificados, aumentó la extensión del ecumene a 100.000, y Estrabón volvió a 70.000. Marino de Tiro (comienzos del siglo II d. de J. C.) lo amplió a 90.000, 225º, igual a 5/8 del paralelo de Rodas, pero suponía que más al Oriente se extendían tierras desconocidas, por lo que el ecumene era considerablemente grande y el océano muy reducido; admitía para el círculo máximo los 180.000 de Posidonio, lo que también aceptó Ptolomeo, para quien el ecumene tenía 72.000 estadios, es decir, la mitad —180º— del paralelo medio (el de Rodas), de 144.000, aún más allá al Este, habría tierras desconocidas, con lo que el océano quedaba reducido a menos de la mitad del círculo.

De la gran extensión de las tierras y menor del océano y de la esfericidad del Globo se deducía la idea de la posibilidad de atravesar el mar entre Europa y Asia, la cual aparece teóricamente en Aristóteles, Eratóstenes y Posidonio, y más tarde en Séneca ( Naturales Quaestiones y en unos célebres versos de su tragedia Medea). Estrabón admitía la posibilidad de tierras interpuestas ante Asia.

El Atlántico había sido descubierto por los fenicios, hacia el año 1100 o el 1000 a. de J. C., atraídos por tartesos, cuyos marinos ya navegarían hacia las islas del estaño o Casitérides (Islas Británicas) y a las pesquerías de las costas occidentales de África. Fenicios y luego cartaginesesrecorrieron la parte oriental del Atlántico, hasta Canarias, Madera y quizá Azores, y los viajes de Hannón e Himilcón (siglo V a de J. C.) se efectuaron, respectivamente, por las costas africanas y europeas hasta puntos bastante lejanos (Senegal o Guinea el primero). Dudosa es la circunnavegación de África atribuida a los fenicios a comienzos del siglo VI antes de J, C. Los griegos apenas pudieron penetrar en el Atlántico, cerrado por sus rivales púnicos, pero aun Piteas efectuó un notable viaje al norte de Europa (siglo IV antes de J. C.) hasta Thule, que se cree sea Islandia, aunque no es seguro.

Ya en la Antigüedad se pobló el Atlántico de islas imaginarias, a cuyo frente se sitúa la celebérrima Atlántida descrita por Platón, y cuya interpretación no ha llegado a un resultado satisfactorio, no faltando quienes la emplacen arbitrariamente en América. Las islas Afortunadas, mansión de los bienaventurados, fueron trasunto de las casi desconocidas Canarias, y también de Madera, y vagamente, de unas y otras, las Hespérides. Teopompo (siglo IV a. de J. C.) imaginó una fantástica Merópida en el Atlántico, y Plutarco colocó otra tierra imaginaria en el Occidente.

No hay la menor prueba de que ningún pueblo antiguo haya llegado a América, no obstante cuantiosas fantasías o mistificaciones que no es necesario enumerar, ni de que haya existido relación alguna con el Nuevo Mundo. Una noticia dada por Cornelio Nepote y transmitida por Mela y Plinio sobre la llegada de unos indios a Germania (siglo I a. de J. C.), entregados a los romanos, no está probado que se refiera a americanos.

Al acabar la Edad Antigua, el mundo conocido por los romanos abarcaba toda Europa, menos el norte de Escandinavia y gran parte de Rusia; en África se conocía la costa occidental hasta Sierra Leona aproximadamente, la oriental hasta Zanzíbar, el interior era casi desconocido y las islas Azores y Madera estaban olvidadas. De Asia era conocida la India y las costas de Indochina, muy someramente, siendo el punto extremo el puerto de Cattigara, mencionado por Ptolomeo, límite del comercio grecorromano, y que se sitúa en Singapur o incluso, más probablemente, en el golfo de Tonkín o en el extremo meridional de China; también había una vaga idea de alguna de las islas de Indonesia; el interior de Asia, más allá del Turkestán y del Himalaya, era totalmente desconocido, y de China solo se sabía que era el ignoto país del que venía la seda, la serica.

La Edad Media supuso en algunos aspectos geográficos un retroceso; en general, los escritores cristianos fueron hostiles a la existencia de los antípodas —desde Lactancio y San Agustín —, por creerlos incompatibles con las Escrituras, al no poder ser descendientes de Adán; pero incluso se admitió como dudosa o se rechazó la esfericidad de la Tierra (San Agustín duda, y Eusebio de Cesárea (siglo IV), Prisciliano (siglo VI), Cosmas Indicopleustes (siglo VI), Dicuil (si glo IX) no la admiten), y se volvió a la teoría de la inhabitabilidad de la zona tórrida, contradicha por la experiencia, y que habían combatido Polibio (siglo II a. de J.C.) y Ptolomeo, aunque la profesó Estrabón.

La esfericidad, sin embargo, había sido admitida por algunos padres griegos, con San Basilio y San Gregorio Niseno, y por Juan Filopono (siglo VI), y en Occidente por San Beda (siglos VII-VIII) y el obispo Virgilio de Salzburgo (siglo VIII); San Isidoro no le había sido muy favorable. Pero los árabes, educados en la ciencia griega, admitieron la esfericidad, y Introducción de Aristóteles en la cultura cristiana volvió a poner de moda tal teoría, defendida vigorosamente por Rogerio Bacon y San Alberto Magno (siglo XIII) —que admitieron igualmente la existencia de los antípodas— y seguida por Vicente de Beauvais, Dante y otras figuras de la cultura de la Baja Edad Media, hasta Pedro de Ailly (siglo XV), que recopiló los conocimientos cosmográficos del Medievo; a fines de este era general la creencia en la esfericidad, aunque se rechazase por algunos los antípodas.

Las dimensiones aceptadas fueron las dadas por los griegos, especialmente por Ptolomeo, convertido por los renacentistas en la cumbre del saber geográfico, a partir de su edición princeps en 1475. Pero también había sido muy estimado por los árabes, que tradujeron su obra, con el nombre de Almagesto la astronómica. En el siglo IX el califa Almamúm hizo medir un grado del meridiano y se adoptó el valor de 56 2/3 millas (1=1.937 metros), que el astrónomo Al-Fergani (Alfragano, siglos IX-X) difundió en la Cristiandad a través de sus traducciones posteriores y de su influjo en Bacon, Ailly y Colón.

Se seguía a fines de la Edad Media, el valor del grado de Ptolomeo (180.000 estadios de 500 por grado) pero atribuyéndosele 62 1/2 millas romanas (una milla romana = 1.480 metros), lo que daba un círculo máximo muy reducido. Los portugueses y españoles se fueron acercando al verdadero valor atribuyendo al grado 17 1/2 leguas = 70 millas (así Pedro Nunes Fernández de Enciso, en el siglo XVI; Ruy Faleiro (Magallanes) y el mismo Enciso también le daban 16 2/3 leguas = 66 2/3 millas); Duarte Pacheco Pereira, en plena época de los descubrimientos, subió el valor del grado ecuatorial 18 leguas ó 72 millas (106,56 kilómetros). La extensión del ecumene fue exagerada por Colón, que a la ya considerable que le daba Ptolomeo, y aún más Marino de Tiro, agregó lo revelado por Marco Polo; su mentor. Toscanelli atribuía al océano, entre el occidente de Europa y el oriente de Asia 130º, algo más de un tercio del círculo terrestre.

La ciencia medieval preparó, asimismo, la era de los descubrimientos por sus inventos, sus obras y los mapas. De los inventos aportó la brújula, procedente de China, quizá a través de los árabes, aunque no es seguro; la aguja magnética era ya conocida a fines del siglo XII; el aparato completo o brújula es descrito por Lulio y antes por Pedro de Maricourt (1269), siendo legendaria la atribución de su invento a Flavio Gioia y a la escuela de Amalfi. El otro invento importante fue el de los aparatos para obtener la latitud: los árabes construyeron artrolabios —conocidos, tanto el plano como el redondo desde Grecia— y luego aparece como instrumento más sencillo y aplicable en el mar la ballestilla o báculo de Jacob, precursor del sextante, inventado por el judío Leví b. Gerson (1344); con estos instrumentos se podían medir latitudes con un error de medio grado.

Entre las obras astronómicas o cosmografías de más relieve cabe mencionar las traducciones efectuadas por la Escuela Traductores de Toledo (Alfrgano, Ptolomeo, Aristóteles, Alpetragio y otros astrónomos árabes), que introdujeron en Europa la ciencia griega y musulmana; el Tratactus Sphaera, de Juan de Sacrobosco (Holywood). del siglo XIII, impreso en 1472, que recogió los conocimientos de Ptolomeo y la ciencia árabe, obra muy influyente y muy estudiada en los últimos siglos medievales; sabía con bastante exactitud las dimensiones terrestres, pero caía en el error de la inhabitabilidad de la zona tórrida; el Opus Maius, del gran franciscano inglés Roger Bacon (siglo XIII), decidido partidario de la esfericidad, renovador del pensamiento científico y precursor de muchos inventos; las obras astronómicas de Alfonso X el Sabio, inspiradas y compuestas en gran parte por hombres de ciencia musulmanes y judíos: Libros del Saber de Astronomía, que influyeron mucho en la posterior ciencia portuguesa, y donde, tratando de los astrolabios, se señala un método sencillo para hallar la latitud por la altura del sol, y las famosas Tablas Alfonsíes; la Imago Mundi, de Pedro de Ailly (1420), impresa en la novena década del siglo XV, recopilación del saber astronómico y geográfico de la Antigüedad y la Edad Media, en el que Colón bebió la mayor parte de su ciencia, y donde halló la afirmación de la brevedad del océano entre Europa y Asia y la cifra dada por Alfragano de 20.400 millas para el círculo máximo terrestre; las Efemérides, del astrónomo alemán Regiomontano (Juan Müller, 1476), para calcular la posición de los planetas durante treinta y dos años (1473), y cuyo influjo en Portugal fue menor de lo que se supuso, pues prevalecieron allí el Almanach Perpetuum (Liria, 1496), del judío español Abraham Zacuto, profesor en Salamanca, su patria, y allá refugiado cuando la expulsión (h. 1452-h. 1515), y el Regimento de Astrolabio, reservado a los capitanes y pilotos, para evitar la difusión de los conocimientos náuticos portugueses que habían llegado a gran perfección. Cabría añadir un libro fantástico, obra de un impostor, el Libro de las Maravillas, de John de Mandeville, supuesto gran viajero inglés (en realidad un médico de Lieja, Jean de la Barbe, que no viajó), que obtuvo un éxito extraordinario desde el siglo XIV (impreso en 1480), leído por Colón, y que divulgó las ideas de la esfericidad, de las posibilidades de atravesar el océano, de la circunnavegación y de recorrer los mares australes, y de la habitabilidad de la zona tórrida.

La cartografía medieval pasa de los ingenuos mapas de la Alta Edad Media —como los de los manuscritos de Beato de Liébana — a obras más exactas en medio de fantasías, y culmina en los portulanos o cartas náuticas, del Mediterráneo especialmente, producto de una brillante escuela catalana y mallorquina coetánea de la italiana a la que se ha venido atribuyendo la primacía. Mapas de gran precisión en el pormenor de las costas del mediterráneo —al que dan sus 42 grados, en lugar del alargamiento a 63 1/2 de Ptolomeo — , con escala, rosas de los vientos, red de rumbos, muy prácticos para la navegación (el portulano más antiguo conocido es el magrebí, de la Biblioteca Ambrosiana, copia de uno español de 1266-1290; luego la carta pisana, de fines del siglo XIII; la de Petrus Vesconte, de 1311, primera fechada). Catalanes y mallorquines son los portulanos de Angelino Dulcert, de 1339: de Abraham, y quizá su hijo Jafuda Cresques (1375); el anónimo de la Biblioteca Nacional de Madrid anterior a 1346; el de Guillermo Soler (1385); Meciá de Viladestes (1413); el hermoso de Gabriel de Vallseca (1439) y otro de 1447; Pedro Rosell (1447-89); tradición que se continuó en el siglo XVI (Bartolomé Oliva, Mateo Prunes ).

Las relaciones con Oriente y la ampliación del conocimiento geográfico hacia él proceden del resurgimiento económico del Occidente en el siglo XI, del desarrollo de las ciudades y burguesía y de las Cruzadas. Rama importantísima del comercio eran los productos orientales traídos de puertos islámicos, ricos y de alto coste, y provenientes muchos de zonas tropicales, como la India y el archipiélago malayo; entre los últimos ocupaban el primer lugar las especias, cuyo papel económico en los postreros siglos medievales es difícil de imaginar hoy, y que alcanzaban precios elevadísimos; otros artículos consistían en perfumes, gomas, incienso, alcanfor, drogas, añil, palo brasil, azúcar, marfil, seda, tapicerías, telas de lujo, oro, piedras preciosas, productos de las artes industriales musulmanas, etc.

Tráfico ejercido primeramente por Bizancio y después por las ciudades italianas y la corona de Aragón, y base de su riqueza, y que, no obstante la pérdida de los puertos sirios conquistados por las Cruzadas, se mantenía hasta el siglo XIV, en que lo amenazó el creciente poderío turco y la piratería norteafricana, hechos que, a la larga, contribuyeron a la decadencia del mar Mediterráneo y a preparar la era atlántica. Las dificultades y encarecimiento sufridos por aquellas mercancías en las rutas terrestres hacia el centro y norte de Europa y los citados inconvenientes hacia Oriente, favorecían el trasladola actividad comercial a los países bañados por el Atlántico, y concretamente, entonces a la Península Ibérica.

Además de los mercaderes, recorrieron el Oriente los misioneros, movidos por afanes religiosos y funciones diplomáticas: desde el siglo XII surgió la leyenda del Preste Juan, monarca oriental cristiano, situado más allá de los países musulmanes y enemigo de estos, con quien surgió el deseo de entrar en relaciones. Probablemente se cruzan en la leyenda noticias de dos soberanos distintos, uno mongol y nestoriano —de cristianismo occidental—, y otro, el de Abisinia, de cristianismo permanente y que no fue conocido hasta el siglo XIV y definitivamente en el XV.

Pero, además, hubo el hecho de las invasiones mongolas, desde Gengis-Jan, en el siglo XIII, y afán por entrar en contacto con los nuevos enemigos del Islam y contener su inminente invasión de Europa; a ello responden los viajes del franciscano Juan da Piano del Carpine (1245-47), enviado por el papa Inocencio IV, quien llegó a Karakorum en Mongolia; y la de otro franciscano, Guillermo de Rubruquis (Rubruck), enviado por el rey San Luis al mismo lugar (1253-56). Pero superó a ambos el gran viaje de Marco Polo, el mercader veneciano, al Catay, es decir, a China, de la que fue su revelador a Europa (1271-95), descubrimiento que ejerció profunda influencia en la geografía y en el pensamiento medievales, acuciando el afán de llegar a aquel maravilloso país, en cuya consecución partió Colón. Antes de su regreso envió el Papa a Juan de Montecorvino para fundar una misión en el país del Gran Jan (1291), siendo el primer obispo y arzobispo de Pekín (†1333). Otro misionero y viajero fue Odorico de Pordenone, que también estuvo en China y en Indonesia (1318 -1330).

Cerrado el Extremo Oriente desde el siglo XIV, disminuyeron los viajes a China, pero no cesaron a la India y otras regiones orientales, como el armenio Hayton (fines del siglo XIII) y el italiano Niccolo di Conti, a la India, Indochina y Malasia (1415-39). No faltaron españoles entre estos viajeros de Oriente: el judío Benjamín de Tudela, al Próximo Oriente (1160-70); el franciscano Pascual de Vitoria, a Chagatai (Turkestán oriental, 1338-39); el franciscano anónimo, autor del Libro del conoscimiento de todos los reynos… (siglo XIV), que estuvo, según cuenta, en el norte y oeste de África y hasta en Catay, pero cuya autenticidad es muy dudosa; Ruy González de Clavijo, embajador de Enrique III de Castilla, a Tamerlán (1403-1406), que estuvo en Samarcanda, y el aventurero Pedro Tafur, al Próximo Oriente (1435-39). Todos estos viajes ampliaron el horizonte geográfico, extendieron el ecumene y revelaron nuevos países y pueblos, no incultos, sino con brillantes civilizaciones y prósperos económicamente. Enrique el Navegante, Toscanelli, Colón, Vasco de Gama, Magallanes, marcarían los jalones en la obsesión europea de llegar allí.

Otro precedente del descubrimiento de América radica en el progresivo conocimiento del Atlántico y el desarrollo del tráfico por él, hasta culminar en los viajes de Colóny Gama. Los normandos o vikingos extendieron el ámbito conocido al océano Ártico (siglo IX) y redescubrieron Islandia (861) y la colonizaron; desde allí, Gunnbjörn halló Groenlandia (920) y la volvió a descubrir y colonizar Erico el Rojo (982-986), poblamiento escandinavo que duró hasta el siglo XV; su hijo Leif descubría el Vinland en el continente americano, en el año 1000, siguiendo varios viajes en los primeros años del siglo XI , que fracasaron en sus intentos colonizadores, pero hallaron el Labrador, Terranova, Canadá y la Costa de Nueva Inglaterra.

No trascendieron tales descubrimientos, desconocidos en Europa, olvidados en Escandinavia y no percibida su pertenencia a otro continente. Es legendario el viaje a América del principe Gales Madoc (1170) y apócrifo en parte el de los venecianos hermanos Zeno, de quienes Nicolás habría navegado por el norte del Atlántico en los últimos años del siglo XIV, auxiliado por Antonio Zeno, quien habría regresado en 1405; sospechoso su relato, no publicado hasta 1558 (y reflejado por Cervantes en el Persiles), habla de las imaginarias islas de Frislandia, Icaria, Estotiland y Drogeo, en el nordeste de Norteamérica, a base algunas de nombres o noticias ciertas, pero deformadas.

La imaginación medieval, atraída por el océano misterioso, de límites ignotos y donde se suponía el Paraíso terrenal, lo poblaba de islas fabulosas, consignadas en los mapas durante largo tiempo: San Brandán, poblada por un monje irlandés de este nombre (siglo VI, a quien se atribuían maravillosas aventuras; Siete Ciudades, donde se habrían refugiado siete obispos españoles a raíz de la invasión árabe; Antilia, Brasil, que se aplicaron más tarde a tierras reales; Mano de Satanás, Stocafixa, isla de los bacalaos, probablemente Terranova. El Mar Tenebroso de los árabes no impidió, desde el siglo XIII, expediciones hacia el Oeste y el Sur, iniciadas por marinos italianos y catalanes, prólogo de la gran era de los descubrimientos. Ante la pérdida de Acre, en Siria, organizó Génova el viaje de los hermanos Vivaldi (1291) a la India por el Atlántico, perdiéndose hacia el Senegal.

Las Canarias atrajeron muchas expediciones, a la caza de esclavos, por el tráfico o deseo de conquistarlas. La de su redescubridor el genovés Lanzarote, o Lancerotto Malocello (en 1312 o entre 1325 y 1339), que conquistó la isla a que dio nombre; la del también genovés Niccoloso da Recco (1341), desde Lisboa, y por cuenta de Portugal; la del mallorquín Desvalers (1342) (en 1344 el infante Luis de la Cerda fue titulado por el Papa rey de Canarias); la del catalán Jaime Ferrer a Río de Oro (más bien el Senegal) en 1346, y otras de mallorquines y otros españoles, en el mismo s. , hasta la de conquista por Juan de Bethencourt (1402 ss. ), que aseguró sobre las islas la soberanía de Castilla, a la que intentó tenazmente disputársela Portugal en balde Alemania.

Desde 1393, marinos andaluces iban a Canarias, y luego el tráfico con el África occidental se convirtió en otro campo de áspera contienda con Portugal, no resuelto hasta los Reyes Católicos cf. P. Pérez Embid, Los descu brimientos en el Atlántico hasta el tratado de Tordesillas, Sevilla, 1948. Castilla había creado ya una marina y veía el Atlántico y el norte de África como su línea de expansión, aunque los reyes del siglo XV carecieron de visión y plan, a total diferencia de los portugueses.

La verdadera era oceánica, en efecto, fue inaugurada por Portugal. Sus magníficas condiciones geográficas, que le dieron por mucho tiempo la primacía en el campo de las navegaciones y descubrimientos, no fueron aprovechadas hasta la conjunción de una serie de factores: creación de una marina, con ayuda de italianos; auge de una burguesía urbana y comercial, en parte de origen extranjero, con la nueva dinastía de Avis; deseo de expansión en la dirección ultramarina, única posible, y la potente personalidad del infante don Enrique el Navegante, alma de ella (1394-1460). Sus motivos fueron extensión de la fe, lucha con los musulmanes, alianza con el Preste Juan, curiosidad científica —indicio de la nueva era—, desarrollo económico, y quizá hallar la ruta de la India, como se ha supuesto generalmente y han negado Vignaud y Magalhães Godinho A expansão quatrocentista portuguesa, 1945.

La tendencia a la expansión era anterior a don Enrique, y obra de la burguesía triunfante fue la conquista de Ceuta (1415), punto de partida del imperialismo portugués que se dirigió hacia Marruecos y hacia el océano, con propósitos de monopolio comercial y de mare clausum (línea de demarcación). A don Enrique correspondió la dirección de las empresas atlánticas enderezadas hacia las islas y al descubrimiento de la costa africana: en 1424 envió una infructuosa expedición a Canarias; en 1418, João Gonçalves Zarco y Tristão Vaz Teixeira descubrieron la isla de Porto Santo, y al año siguiente de nuevo la de Madera, cuya colonización se les otorgó en 1420, junto con Bartolomé Perestrello, suegro de Colón; en fecha indecisa —hacia 1427— se volvieron a descubrir las Azores por Diego de Sunis o Silves, colonizadas años después (hacia 1445). Estos archipiélagos se convirtieron en bases para la navegación hacia el Sur y también hacia el Oeste, y con su hallazgo se inició la navegación de altura oceánica.

Las enormes dificultades que ofrecía la costa desde el cabo Nun, por su carácter inhospitalario, sus rompientes y su agitadísimo mar, no fueron vencidas hasta 1434, cuando Gil Eanes logró doblar el cabo Bojador, acumulándose desde entonces los viajes hacia el Sur, que permitieron a los portugueses conocer a fondo el sistema de vientos y corrientes del Atlántico, las zonas de fácil navegación —la de los alisios— y las difíciles —golfo de Guinea, región de calmas tropicales, mar de las Azores—. La adopción de la carabela facilitó la era de la navegación oceánica.

Las bulas en favor de Portugal de 1454 y 1456 mencionan ya la India como objetivo de sus viajes, aunque se ha supuesto que podían referirse vagamente también a Etiopía; la instalación de la base de don Enrique en Sagres (Algarve) permitió concretar allí, y luego en Lisboa, un foco único de marinos expertos, cosmógrafos, cartógrafos y mercaderes que dieron a Portugal la primacía en la navegación, en el tráfico africano y en los descubrimientos y la expansión marítima, convertidos en el ideal nacional.

En ese ambiente se formó Colón, en él aprendió a navegar y en él se originó su gran proyecto. Aparte de lo que se debe a su genio, carácter y tenacidad, el descubrimiento de América encaja dentro del ambiente y de las circunstancias de las navegaciones portuguesas, y probablemente a ellas habría acabado por deberse: el descubrimiento, no los hechos subsiguientes ni el carácter de la colonización americana. La llegada al Brasil de Álvarez Cabral en 1500, revela lo inminente que hubiera sido el descubrimiento, fruto pleno de su época, tanto más cuanto que la proximidad entre el oeste de África y el norte del Brasil, a donde se conducían conjuntamente los alisios y las corrientes, y ambos a las Antillas, predisponían a su realización más o menos casual.

Los historiadores portugueses han planteado el problema del predescubrimiento o conocimiento anterior a 1492 de tierras americanas por sus navegantes, estudio en el que se ha puesto buena cantidad de apasionamiento y de exaltación nacionalista, y como método exceso de hipótesis, de silogismos y de argumentos lógicos y psicológicos y de deducciones audaces de escasos hechos o referencias, sobre todo ha jugado un papel capital el sigilo, política de secreto realmente practicada por los reyes portugueses y exacerbada bajo Juan II, pero que ha concluido por convertirse en un comodín con el que se pretenden explicar toda clase de hipótesis, racionales o no.

No hay prueba alguna positiva ni concluyente de que se haya llegado a tierras americanas antes de Colón, exceptuando los viajes vikingos. Se alegan como prueba de tal conocimiento el viaje de Diego de Teive en 1452, en que descubrió la isla de las Flores (Azores); un segundo del mismo a las proximidades de Terranova o a su banco, habiendo participado en ambos el piloto Pedro de Velasco o Pedro Vázquez de la Frontera, que tanto papel ha jugado en la génesis del plan de Colón; las cartas de Toscanelli, de 1474, en que invitaba a seguir la ruta del Oeste hacia la India, que tanto utilizó Colón, pero cuyo influjo en Portugal se ignora; las islas otorgadas por Alfonso V en 1462 a João Vogado; la Isola Otinticha, del mapa de Andrea Bianco (1448), en la que se ha querido ver el Brasil; la concesión de Fernão Telles en 1475 de islas atlánticas y de la conquista de la de Siete Ciudades; la expedición danesa en 1476 —aunque también se ha su puesto en 1472— con Pining y Pothorst, enviada por Cristián I de Dinamarca a Groenlandia, por instigación de Portugal, y donde se cree fue el piloto polaco Juan Scolvus o Skolno (Colón), y también —sin fundamento— João Vaz Corte-Real, a quien se ha atribuido gratuitamente un viaje a Terranova; la donación de islas o tierra firme, que se creía las Siete Ciudades, a Fernão Dulmo y João Alfonso do Estreito en 1486, de la que no hay prueba de haberse verificado: la de Pedro de Barcelos y João Fernandes Labrador, que se sitúa de 1492 a 1495, en la que se habría llegado a Norteamérica, y el segundo habría dado su nombre a la península así llamada —y viaje que, en todo caso, sería posterior—; por último, entre otros indicios, la terquedad con que Juan II exigió el traslado al oeste de la Línea de demarcación. Hay que añadir el proyecto de Behaim, análogo al de Colón, pero presentado tarde, en 1493.

Hasta ahora no ha aparecido ninguna prueba convincente de tal predescubrimiento y solo muy vagos y oscuros indicios. Y en último término, dado su desconocimiento hasta ahora y su nula trascendencia entonces, históricamente no puede, aún en el caso de comprobarse, disminuir en absoluto el valor de la empresa de Colón, único que ha revelado al mundo el continente americano y ha hecho con ello dar un giro a la historia.

EZQUERRA, Ramón, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, T. A-E, págs. 1114-1120.

Época Precolombina

El descubrimiento de un nuevo continente habitado fue, como se ha dicho repetidamente, el hecho geográfico más importante en la Historia de la Humanidad; los humanistas del Renacimiento buscaron con afán, con múltiples hipótesis, absurdas unas y agudas otras, apoyándose en consideraciones teológicas y científicas, una explicación satisfactoria a hecho tan extraordinario. Así, el poblamiento del Nuevo Mundo fue atribuido a casi todos los pueblos históricos: a los mediterráneos, como egipcios, fenicios, cartagineses, romanos, judíos y antiguos españoles; a los pueblos asiáticos y africanos, sin contar las hipótesis de las Atlántidas.

Estas fantásticas hipótesis han sido sustituidas por modernas teorías científicas. El problema del origen del hombre americano ha sido uno de los de mayor entidad y su solución ha preocupado casi desde las fechas inmediatamente posteriores al descubrimiento. Teniendo en cuenta que en América no se han descubierto hasta ahora restos de prehomínidos evolucionados, es necesario admitir que el hombre llegó desde otros continentes. Las teorías elaboradas en torno a la cuestión han sido numerosas y todas han tratado de contestar a estas preguntas: ¿cuándo?, ¿dónde?, ¿cómo?, es decir, tiempo, lugar y modo. Las respuestas serán: en una sola oleada o en varias, por un solo lugar o por varios, por tierra o por mar.

Una de las vías generalmente aceptada por los investigadores es el estrecho de Bering, aunque Mendes-Correia y Paul Rivet defienden la tesis de un origen múltiple, es decir, que admiten, además de las entradas por Bering, una ruta por Australia, Tasmania, Antártida y, finalmente, Sudamérica. Sin embargo, esta tesis deja muchas preguntas sin respuesta; una célebre teoría, la de Ameghino, con equivocado fundamento sostuvo la prioridad del hombre americano — homo pampeanus — a todos los demás.

En cuanto a la época de llegada de estas oleadas, las primeras pertenecen a épocas geológicas anteriores a la actual, según demuestran los hallazgos de los últimos treinta años. Que el hombre estaba en América durante el último período glaciar, es decir, hacía doce mil años a. d. C., es cosa probada geológica y paleontológicamente. No se pueden dejar de mencionar los hallazgos de Tule Springs cerca de Las Vegas que consisten en hogares, huesos de camello y caballo americanos, una lasca de obsidiana encajada entre huesos y toscos instrumentos de hueso, datados por el carbono 14 en más de veintidós mil años a. d. C. Sin embargo, mientras no haya otros testimonios de antigüedad semejante, no se puede dar por segura una fecha tan remota.

Las diversas tesis sobre el origen de las culturas precolombinas se pueden clasificar en dos grandes grupos: las tesis aislacionistas y las difusionistas. Las primeras sostienen que las culturas americanas se originaron en el mismo continente sin relación alguna con otros. La segundas, que las culturas emigran con el hombre y que, por lo tanto, se originan en el lugar desde el cual se difunden. Actualmente la tendencia es considerar una postura ecléctica, es decir, que algunos elementos han sido importados y otros nacieron en América. En cualquier caso no se puede olvidar que las culturas son el resultado de unas circunstancias ambientales y de unas exigencias locales distintas en cada caso. Según Pedro de Armillas en los Programas de Historia de América, los períodos de la América Precolombina podrían ser:

Culturas preagrícolas (desde la aparición del hombre en América h. el año 4000 a. d. C.).

Dentro de esta época se pueden considerar: las culturas de cazadores y recolectores (sandía y folsom en América Septentrional y otros hallazgos en América del Sur, en la región magallánica, en Patagonia, en la Pampa, en Brasil y en Perú). También pertenecen a este período el Complejo Denbigh, de origen euroasiático, traído por nuevas oleadas venidas a América por Bering, los recolectores de la época pospluvial del suroeste de los Estados Unidos y de México y las culturas de pescadores de América del Sur.

Orígenes de la agricultura (3.000-1.000 años a. d. C.).

Los primeros hallazgos de cultivos se han encontrado en la costa norte del Perú, en la llamada Huaca Prieta, en el Noreste de México, con una cultura llamada de la Perra, en la cueva TM82, con la aparición de los primeros vestigios del maíz, y en Bat Cave, en Nuevo México. A este período pertenece igualmente el comienzo de la domesticación de animales.

En América Central, en esta época, la cultura era quizá de recolectores, representada por los niveles precerámicos de los conchales de Islona de Chanuto, en la costa de Chiapas. En la parte tropical de América del Sur, al este de los Andes, existieron otros centros de formación de cultígenos hacia el año 2000 a. d. C.

En América del Norte la cultura de este período era de pescadores, con arpones de hueso, piedra pulimentada, vasijas de esteatita, etc.

Etapa protoagrícola (1.000 años a. d. C.).

En Perú encontramos la cultura de Chavín, con cerámica decorada con representaciones simbólicas de felinos estilizados y gran florecimiento artístico. Comienza al mismo tiempo la metalurgia del oro y la arquitectura monumental.

En México corresponden a esta época las culturas de Zacatenco y las Charcas de Kaminaljuyú. Tanto una como otra representan un estado avanzado de cultivadores. A este mismo período pertenece el cementerio de Tlatilco. Los testimonios más antiguos de escritura y calendario, típicos de la civilización de Mesoamérica, aparecen en inscripciones del período primero de Monte Albán junto a la arquitectura de piedra.

Orígenes de las civilizaciones (500 años antes d. C.).

A este período corresponde, en el centro de México, el comienzo de la urbanización de Teotihuacán, probablemente hacia el año 200 a. d. C. Arquitectura monumental para templos y palacios; calles pavimentadas y red subterránea de alcantarillado.

En Oaxaca aparecen los más antiguos testimonios de historia escrita encontrados hasta ahora en Mesoamérica.

En Perú, a partir del año 800 a. d. C., aparecen ya todas las plantas cultivadas en los valles de la costa norte. Se construyen sistemas de riego y se utiliza el guano como abono. Se desarrollan las técnicas metalúrgicas y florece el arte (estilo Mochica). La zona del área andina parece haber quedado atrás.

Civilizaciones e Imperios (desde el primer milenio de nuestra Era hasta la conquista).

Desde el año 200 a. d. C. hasta el año 800 d. d. C. es la época de florecimiento de las llamadas civilizaciones clásicas que acabó en una crisis general.

En el área andina la expansión del estilo de Tiahuanaco acabó con el regionalismo del período clásico. Ha sido considerado como una manifestación de una idea religiosa. Sea como fuere, es un precedente de unificación panandina y, por tanto, de la formación del Imperio incaico. Igualmente es precedente de este Imperio la cultura Chimú.

En México se produce la invasión de los pueblos de la familia lingüística nahua, la fundación y la caída de la ciudad de Tollan, la expansión de nuevos grupos chichimecas, la lucha por la supremacía de las ciudades-estados, la formación del Imperio tecpaneca, la destrucción de su capital Azcapotzalco y el establecimiento de la confederación Tenochtitlan Tezcoco-Tlacopan con el triunfo definitivo de Tenochtitlan y la expansión del Imperio azteca.

El hombre americano
Antropológicos

El problema de la unidad o diversidad de tipos del hombre americano vuelve a entroncarse con la unidad o pluralidad de su origen. No cabe duda, sin embargo, de las grandes diferencias antropológicas de los indios americanos, sobre todo en América del Sur, aunque sea posible deducir una serie de caracteres comunes. Según el antropólogo español Manuel Antón, las características comunes serían una frente chica y baja; hundidos, pequeños y oscuros los ojos; grande la boca; dilatada la nariz en sus ventanas y honda en su raíz; largo, grueso y negro el cabello; escasa la barba y depilada la piel; la color oscura, con variedad de tonos, las más veces como la del membrillo cocido; la contextura física robusta y fuerte; el temperamento bilioso y sobrio.

No obstante, observando estas y otras características, se pueden ver grandes diferencias. La estatura y la forma del cráneo son muy diferentes y dentro de las características generalmente aceptadas como comunes hay también excepciones: cabello rizado, ojos claros y otras. No están de acuerdo los investigadores sobre el problema de la unidad o pluralidad del hombre americano, ya que hay argumentos y elementos antropológicos en pro de cada teoría. Sin embargo, hay tales diferencias que parece difícil admitir la total unidad racial.

Lingüísticos

Las dos características más importantes de las lenguas americanas son la polisíntesis y la incorporación. La primera es la unión del sujeto, complementos directo e indirecto y adverbios al verbo formando una sola palabra. La segunda es la posibilidad de modificar profundamente el significado original de la raíz del verbo agregando un número ilimitado de partículas. Otros caracteres comunes de las lenguas americanas son la cantidad de formas pronominales, el empleo del colectivo por el plural, la utilización del género sin basarla en el sexo, etc. Sin embargo, como ocurre generalmente en la América precolombina, dentro de estos caracteres generales las diferencias son muy grandes.

Familias lingüísticas

Las principales familias de lenguas habladas en América de Norte a Sur son:

  1. Esquimal. Zona ártica de Norteamérica.
  2. Atapasca. Al sur de los esquimales, en las selvas canadienses. Esta familia de lenguas estuvo muy extendida, hablándose incluso en California.
  3. Algonquina. Amplia zona del sudoeste, oeste y norte de los grandes lagos, limitando con los atapascos y los esquimales.
  4. Siux. Llanos del Mississipí hasta las Montañas Rocosas, por el norte hasta el Saskatchewan y por el sur hasta Arkansas.
  5. Iroqués. Valle del Mohawk y región de los lagos centrales.
  6. Caddo. Sudoeste de las praderas.
  7. Uto-azteca. Comprende dos grandes grupos: el shoshon (estados de Idaho, Utah y Nevada) y el pima-nahua, dividido a su vez en tres: sonora (septentrional), azteca (central) y nahuas (meridional).
  8. Maya. Yucatán, Guatemala y Honduras.
  9. Chibcha. En Colombia, pero ocupaba también el sur de A. Central y el norte de los Andes.
  10. Quechua. Entre los ríos Angasmayo al norte y Biobío al sur, en el altiplano boliviano y la zona andina de Argentina.
  11. Aymará. Predecesora de la quechua. Ahora en el lago Titicaca, en parte de Perú y de Bolivia, en las zonas de mayor altitud.
  12. Arawak. Es quizá la más extendida e importante: Antillas, Florida hasta el Chaco. Algunas tribus la llevaron hasta el Pacífico, otras hasta el Atlántico.
  13. Caribe. Con la arawak y la tupi es de las más importantes. Antillas, fuentes del Xingú, en la meseta brasileña y en el alto Amazonas.
  14. Tupi-Guaraní. Muy dispersa. Llega desde los Andes hasta el Atlántico y desde las Guayanas hasta el Río de la Plata.
  15. Pano. Orilla derecha del Amazonas, desde Huallaga hasta el Jutahy, al este del Ucayali; también en el alto Juruá y el alto Purús.
  16. Araucano. Chile central.
  17. Yunga-Puruhá. Perú prehistórico.
  18. Chon. Sur de Argentina. Pertenecen a ella dos lenguas importantes, las de los patagones y alakalufes (Tierra del Fuego).
Escritura

En general puede decirse que los indios estuvieron atrasados en este aspecto, ya que únicamente los mayas tuvieron un sistema de escritura perfeccionado, cuyos jeroglíficos no han sido todavía descifrados, excepto los relativos al calendario. No se sabe, sin embargo, si era ya un sistema fonético. Los aztecas llegaron a una escritura pictográfica con algunos caracteres fonéticos y los peruanos carecieron en absoluto de ella. Muchos pueblos americanos, más de América del Norte que del Sur, utilizaron sistemas pictográficos. En otros pueblos se han querido ver sistemas de escritura por medio de figuritas de cerámica, etc., pero no se ha comprobado nada.

Caracteres etnográficos

Los caracteres culturales comunes a todos los pueblos indígenas americanos están determinados unos por su ausencia y otros por su existencia, Las materias, utensilios y técnicas desconocidos en América Precolombina fueron: el hierro, el bronce (salvo en el Perú), el vidrio, la vela de navegar (apenas conocida), la rueda, el empleo del arco en arquitectura, la ganadería (salvo la llama y la alpaca en el Perú), el telar sin pedal, etc. A su vez, los caracteres propios existentes, unos son derivados de los carenciales y otros son independientes de estos.

Entre los caracteres derivados de los carenciales, pueden mencionarse: la arquitectura sin arcos ni bóvedas, que sustituyeron con falsos arcos y falsas bóvedas. La arquitectura, la ingeniería, la escultura y la lapidaria son hechas con herramientas de piedra: el uso del palo cavador, que es el instrumento agrícola más primitivo, anterior a la azada, solo conocida en los mexicanos, a pesar de esto crearon, en muy reducidas zonas una agricultura adelantada; el empleo de barnices vegetales, el ahumado y pulido de los vasos con que sustituyen el vidriado de la cerámica; la extraordinaria habilidad manual que suple, por una parte de modo increíble, la falta del torno en la fabricación cerámica y, por otro, da lugar a la más variada cerámica escultórica que haya habido en el mundo; sin velas, con naves de tronco de árbol, y a remo, pueblos como los oidas, los tupis, los arahuacos y los caribes, recorren las costas y mares de aquel continente; con telar sin pedal hacen todas las técnicas textiles conocidas, etc.

Los caracteres reales comunes. independientes de los carenciales de las culturas americanas pueden ser: el uso del montículo como base de oratorios, templos y palacios; el culto a la serpiente, al águila y al tigre; el uso del tabaco; una teogonía mágica de dioses horripilantes con ciertas formas iconográficas similares; el vaso trípode, el vaso en forma de zapato, ciertas formas de arte arcaico, etc. En cuanto a la habitación, son tantas y tan grandes las diferencias que es imposible deducir unos caracteres generales, ya que el clima, el género de vida, etc., dan como resultados tipos de vivienda absolutamente distintos: diversos tipos de tiendas transportables, chozas de pieles o de productos vegetales, viviendas de adobe, los iglús o casas de hielo de los esquimales, etc.

Otro tanto puede decirse del vestido, ya que ciertos pueblos van absolutamente cubiertos, mientras que otros practican la casi absoluta desnudez, siendo curioso notar que estas diferencias no siempre están en relación con el clima. (Los fueguinos, por ejemplo, viven en un clima frío y van prácticamente desnudos. ) En general, todos los indios eran aficionados al adorno corporal como lo son todos los pueblos primitivos. Estos adornos son igualmente variados: tatuajes, pinturas, adornos colgantes (algunos deformantes, como las orejeras, narigueras, etcétera). Característico de la América Precolombina son los adornos de plumas extendidas por todo el continente y en cuyo trabajo fueron los indios muy diestros. Merece igualmente destacarse la práctica de la deformación craneana, que puede ser periférica, tubular, y esta de dos tipos, erecta u oblicua.

La alimentación es también variada, aunque puede decirse que los indios tuvieron una alimentación mixta, ya que practicaron la caza, la pesca y algunos la agricultura o, cuando menos, la recolección. En épocas de escasez se alimentaban de los productos más repugnantes, ya que algunos pueblos de bajo nivel cultural comían huevos de mosca, los granos no digeridos de los excrementos, las hierbas a medio digerir de los estómagos de los roedores. Otros, en cuya alimentación faltan los productos nitrogenados, practican la geofagia, es decir, comen figuritas de arcilla, tierras blancas, etc.

Fueron aficionados a las bebidas embriagantes y a los excitantes, así como al tabaco, que fumaban y mascaban mezclado con cenizas.

Un gran número de plantas cultivadas y un pequeño número de animales domesticados caracterizan la agricultura y la ganadería indígenas de América. Una gran sabiduría botánica les hizo no solo cultivar el 17 por 100 de las plantas cultivadas del mundo, sino conocer la virtud de muchas plantas silvestres usando una gran cantidad de ellas como plantas medicinales, aromáticas y mágicas.

Practicaron el comercio, y en los pueblos más civilizados, como los aztecas, existieron los mercaderes, con expediciones organizadas y ferias. Los transportes fueron rudimentarios y primitivos, siendo el más general el realizado por los propios hombres, ya que desconocieron la rueda o, por lo menos, sus aplicaciones, y los animales de carga, si se exceptúa la llama de los peruanos y los perros, sobre todo en el Norte. El medio de transporte más perfecto fue la navegación, en donde esta era posible. Merecen citarse las canoas esquimales, las de los algonquinos, muy ligeras y fáciles de transportar, las piraguas de los caribes, en las que cabían hasta 100 hombres. A pesar de que algunos pueblos fueron hábiles tejedores, no llegaron a usar la vela, salvo en algunas excepciones.

En cuanto a la técnica, todos conocieron el fuego, que obtenían por medios diversos, aunque casi todos por frotamiento, pero no todos conocieron el tejido. Es, sin embargo, admirable que las civilizaciones más avanzadas de América, a pesar de los primitivos telares de que dispusieron, consiguieran tejidos de singular belleza, tanto por su dibujo como por su colorido. Entre los pueblos tejedores hay que destacar a los peruanos, los navajos y los mexicanos. Las materias tejidas fueron cortezas y fibras vegetales, lana de vicuña y alpaca en los Andes; pelo de bisonte, de cabra y de perro en el Norte; algodón y tendones. Tampoco todos conocieron la cerámica, pero, como para el tejido, algunos alcanzaron un alto grado artístico.

Los indios fueron hábiles en el trabajo de la piedra, algunos puliéndola y otros solamente tallándola, y sus trabajos son comparables a los de la Edad de Piedra europea. Aunque sobre base neolítica, el indígena americano conoció el uso de los metales que fundía, aleaba y soldaba; los metales utilizados fueron el oro, la plata, el cobre, el estaño y,. probablemente, el plomo. Es conocida la habilidad de los peruanos, quienes para obtener las grandes temperaturas necesarias para fundir los metales disponían en los montes muy azotados por los vientos, grandes hogueras. Los pueblos americanos sobresalieron sobre todo en el trabajo del oro, que mezclaban con plata y con cobre y que acaso llegaron a tratar con ácidos vegetales. Sobresalen especialmente en la fabricación de finas láminas con las que cubrían figuras de madera. Hábiles trabajadores de los metales fueron, además de los peruanos, los mayas, aztecas, chibchas y diaguitas.

Las máquinas propiamente dichas fueron desconocidas en América, como consecuencia de desconocimiento de la rueda.

Como armas ofensivas utilizaron sobre todo el arco, de muy diversos tipos, con flechas envenenadas algunas veces (pueblos del Ecuador); cerbatanas, una especie de bumerang, pero que no volvía; las boleadoras, hachas y cuchillos de bambú, etc.

En cuanto a la vida social y política, existieron varios tipos de asociación, siendo de los más típicos el clan para el régimen de matriarcado y la gens para una organización parecida, pero en régimen de patriarcado. La reunión de estos clanes da lugar a otros tipos de organización. Un fenómeno común a toda América fue el totemismo. Fue estudiado por los jesuitas en el siglo XVII. Según Frazer, el totemismo es la íntima relación que se supone existir entre un grupo de hombres del mismo origen y una especie de objetos naturales o artificiales que reciben el nombre de totem del grupo humano respectivo.

Los indígenas americanos tenían un sentido animístico de la Naturaleza, según el cual todo tenía espíritu. Ante esto, un grupo toma como aliado a uno de estos espíritus. Dentro de estas líneas generales hay variantes, según los pueblos. En América está unido al sistema de clanes y se supone que está en relación con la exogamia. Se ofrecían sacrificios al totem y era tabú. En general todos los pueblos americanos creyeron en el más allá, pero la idea de un Dios superior no llegó a cristalizar para la mayoría de los indígenas. En cuanto a las ciencias, solamente habían empezado a desarrollarse en las altas culturas. Los más científicos fueron los mayas, que llegaron a grandes adelantos en matemáticas, astronomía, arquitectura y otras.

Las culturas americanas

Se han hecho muchas clasificaciones de estas culturas indígenas; nosotros, apoyándonos en la de Krickeber Etnografía de América, introducimos entre sus dos únicos grupos de pueblos en estado de naturaleza o primitivos y pueblos civilizados, otro grado de transición de pueblos semicivilizados añadiendo a cada uno de los grupos su característica etnográfica.

Pueblos americanos del Continente Norte
  1. Primitivos. Árticos (técnica adelantada). Cazadores canadienses (cazadores superiores). Atlánticos del Este y Sudeste (cultura de los montículos).—De las praderas (cazadores superiores).—Noroeste (civilización de la madera).- Oregón y California (recolectores superiores).
  2. Semicivilizados. Pueblos (arquitectura doméstica y urbanización).-Ístmicos (cruce de culturas intercontinentales).
  3. Civilizados. Mexicanos y mayas (con escrituras jeroglíficas. Arquitecturas estructuradas y ornamentadas. Escultura y artes decorativas de gran valor artístico. Instituciones muy sistematizadas).
Pueblos americanos de Sudamérica
  1. Primitivos. Amazonia, Orinoquía y Antillas (base de alimentación la mandioca. Técnicas específicas. Agricultura primitiva).- Chaco y nómadas del Sur (depredadores). Fueguinos (depredadores muy primitivos).
  2. Semicivilizados. Chibchas (arquitectura megalítica. Arquitectura de templos y tumbas, orfebrería perfecta de oro y cobre). Diaguitas y Calchaquíes secuencias de la cultura incaica).
  3. Civilizados. Gran Perú Altiplano y Costa (instituciones político-sociales muy perfeccionadas Arquitectura megalítica. Metalurgia adelantada. Artes decorativas de gran valor técnico y artístico). Por su importancia tanto las culturas más antiguas como las más perfeccionadas de México y Perú se detallan en los artículos Aztecas, México Precolombino, Mayas, Incas y Perú Precolombino.

Kroeber, por su parte, divide la América indígena en quince áreas culturales, en todas cuales se dan como elementos comunes en la base (primera etapa) el perro, arco, barrena para encender, cestería, grupos familiares, casas de hombres, ceremonias de crisis especiales para muchachas, flagelación de los muchachos; en la segunda etapa, el propulsor (menos en las áreas 4, 5, 6, 7, 12 y 13), y en la tercera etapa, el tabaco (menos en las áreas 1, 5 y 15). Las áreas son:

  1. Artica Máscaras, cerámica, calendario solsticial; elementos exclusivos: cestería de enrollado en espiral, arco completo, ropa cortada de pieles, botes de pieles; común al área y a Asia: lámpara para cocinar, trineo. Los elementos exclusivos aquí y en las demás áreas no son generales de toda el área; los elementos que van entre comillas son hipotéticos. )
  2. Noroeste (costa del Pacífico) Clanes patrilineales, urdimbre suspendida, sociedades de iniciación, máscaras; elementos exclusivos: calendario solsticial, cajas para guisar arco compuesto, sombreros, torcido cubierto, clanes matrilineales, aristocracia de riqueza, postes totémicos, potlatch (obligación de la viuda de regalar).
  3. California (con parte del Far West) Clanes patrilineales, sociedades de iniciación; exclusivos: cestería en espiral, arco compuesto .
  4. Meseta (de Oregón y Columbia) Elementos exclusivos. cestería en espiral, arco compuesto, ropa cortada de pieles.
  5. Mackenzie-Yukon Cestería en espiral, ropa cortada de pieles, vasijas de corteza de abedul.
  6. Praderas (oeste del Mississipi) Clanes patrilineales, urdimbre suspendida (telar incompleto), sociedades de iniciación; elementos exclusivos: tipis (tienda cónica), campamento circular, cuenta de golpes de gracia.
  7. Nordeste (de los Estados Unidos y centro y este del Canadá) Clanes patrilineales, urdimbre suspendida, sociedades de iniciación, maíz, fréjol y calabaza, cerámica, cerbatana; exclusivos: «ropa cortada de pieles, vasijas de abedul.
  8. Sudeste (de los Estados Unidos, hasta Pánuco) Clanes patrilineales, urdimbre suspendida, sociedades de iniciación, maíz, fréjol, calabaza, cerámica, cerbatana, ciudades, clanes matrilineales, confederación.
  9. Sudoeste Clanes patrilineales, urdimbre suspendida, sociedades de iniciación, maíz, fréjol, calabaza, calendario solsticial, cerámica, edificios de piedra, ciudades, algodón y tejido en telar, clanes matrilineales, ropa de textiles y sandalias, sacerdocio; exclusivos: pintura del suelo.
  10. México (aztecas y mayas) Clanes patrilineales, urdimbre suspendida, máscaras, maíz, fréjol, calabaza, cerámica, calendario solsticial, edificios de piedra, ciudades, algodón y tejido en telar, clanes matrilineales, ropa, sandalias, sacerdocio, escultura, confederación, agricultura variada, metalurgia, mercados, sacrificios, templos, imperio; elementos exclusivos: cómputo de días, matemáticas, astronomía, ciclo calendárico, escritura, mosaicos de plumas, libros.
  11. Colombia Elementos comunes con los enumerados en el área de México hasta sacrificios inclusive (hipotéticos los elementos de los clanes y las máscaras), más cerbatana y sin construcciones de piedra; exclusivos: coca, taburetes.
  12. Andina (inca) Elementos comunes con el área de México hasta el imperio (hipotéticos clanes y máscaras); en la metalurgia, soldadura; elementos exclusivos: caminos, flauta de pan, llama, coca, bronce.
  13. Selvas tropicales. Clanes patrilineales (?), urdimbre suspendida, máscaras, maíz, fréjol, calabaza, cerámica, cerbatana, algodón y telar, clanes matrilineales; exclusivos: cazabe, flauta de pan, hamaca, bezotes, taburetes.
  14. Antillana Es la primera que desapareció, poco conocida, quizá análoga al área de las selvas.
  15. Patagonia (y Pampas) Igual a la etapa primera, máscaras ; exclusivos: cestería en espiral, bolas para cazar.

Corresponden a regiones de bosque las áreas 5 (en parte), 7, 8, 11, 13 (con tres subregiones: Guayana, Meseta del Brasil, Chaco) y 14; las demás son regiones áridas o de pradera. En general, la arqueología americana está en periodo de formación y aún más la del Perú que las de América Central; por eso las cronologías son inseguras y solo muy pocas comprobadas.

Pocos pueblos Precolombinos tienen historia basada en documentos o inscripciones jeroglíficas precortesianas o en tradiciones orales escritas después de la conquista, como los aztecas, mayas, toltecas, tarascos, incas y aun estos solo la poseen de los tiempos más recientes próximos a la conquista. Se han comparado las más altas civilizaciones de la América Precolombina a las protohistóricas del Asia Anterior; pero es cierto que en su técnica fueron inferiores a aquellas. Atraso en este aspecto que, junto con otros factores sociales, políticos y coyunturales, ayuda a explicar el fácil derrumbamiento de las viejas civilizaciones americanas al choque con la conquista y con lo que a esta correspondía de la civilización europea coetánea.

TUDELA DE LA ORDEN, José - MONTERO, Pilar, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, T. F-M, págs. 212-218.

El Descubrimiento y conquista

De todas las hipótesis o fantasías acerca de posibles arribadas de europeos a las costas americanas (precedentes del Descubrimiento de América) con anterioridad a Colón, solo quedan en pie como noticias seguras, las de los normandos o vikingos a Groenlandia (Erico el Rojo, año 982 d. J. C.), cuyo conocimiento se conservó, pero sin dársele importancia especial, y al Vinland (Leif Eriksson año 1000), en el nordeste de los Estados Unidos, al que siguieron otros viajes en años inmediatos, cuyo recuerdo se perdió, sin que influyeran en la idea de un continente nuevo.

Este era completamente desconocido y ajeno a la geografía teórica de la época, cuando Colón lo halló, camino del Oriente de Asia, aunque sin darse cuenta de que lo era y confundiéndolo con las Indias orientales; sus dos primeros viajes (1492-93 y 1493-94 revelaron las Antillas (Bahamas, Cuba, Haití; Antillas Menores, Puerto Rico, Jamaica, respectivamente); las Antillas fueron el primer foco de descubrimientos. Juan Caboto (1497-98) redescubrió lo visto por los normandos: costa canadiense, Terranova, nordeste de los Estados Unidos. En 1498 Colón halló el continente sudamericano, en la costa de Paria (Venezuela) descubrimiento prolongado considerablemente entre 1499 1500 por Hojeda, Vespucio, Niño, Pinzón y Lepe desde el cabo de San Agustín (Brasil) al de Vela, con la boca del Amazonas: Álvarez Cabral descubría la costa brasileña más al Sur (1500), ya que de los supuestos viajes portugueses anteriores no queda constancia.

Se ha afirmado que el descubrimiento de América fue consecuencia de los viajes portugueses, pues encaja en el ambiente que crearon, en el que se formó Colón, cuyo proyecto era una reacción contra el objetivo oriental de ellos; el Brasil habría sido hallado —y lo fue— como consecuencia de los viajes hacia el sur de África, por su relativa proximidad a la ruta. Bastidas prolongó el conocimiento de la costa sudamericana en Colombia y América Central (Panamá) (1500-1501), Vespucio hacia el Sur, quizá hasta el Río de la Plata o la Patagonia (1501-1502), y fue el primero en llamar —en sus obras— Mundus Novus y Quarta pars a las tierras americanas.

Los Corte Real (1500 y 1502) llegaron a Terranova Labrador y Groenlandia, y en 1502 ya era conocida Florida. Colón, en su cuarto viaje prolongó el conocimiento del litoral centroamericano de Panamá a Honduras (1502-1503) y Pinzón y Díaz de Solís, en 1508, al Yucatán. Desde el viaje de Vespucio se buscaba un paso o estrecho —ya lo buscó Colón por sí en su cuarto viaje—, pues se impuso la idea de que si no un continente nuevo, como ya percibían algunos geógrafos, por lo menos las Indias eran una masa continental separada en gran parte de Asia por un mar, que fue hallado por Balboa en el istmo de Panamá (1513), el mismo año en que Ponce de León hallaba de nuevo Florida; la el istmo fue la segunda base de los descubrimientos.

En 1516 Díaz de Solís revelaba definitivamente el Río de la Plata y en 1517 Hernández de Córdoba el Yucatán; en 1518 Grijalva llegaba a las costas de México; en 1519 se iniciaba la primera penetración continental, por Hernán Cortés, en la meseta mexicana; Pineda recorría la Costa del golfo de México. También salía ese año Magallanes y en 1520 descubría, con el estrecho de su nombre, la parte meridional del continente, al atravesar el Pacífico; demostraba que América era diferente de Asia En 1920 quedaba descubierto el litoral del Atlántico en su casi totalidad, pero faltaba el del Pacífico, salvo en las regiones próximas al istmo.

En la década del 1520 al 30, se conoció México por la conquista de Cortés y se convirtió en otra base de expediciones; América Central por Alvarado (1524) y González Dávila (1522-23); se reconoció el litoral colombiano por Andagoya (1522) y el del actual Ecuador y Perú por Pizarro (1524-27) y se penetró en el Río de la Plata hasta el Paraguay por Sebastián Caboto (1527-28); la costa atlántica norteamericana acabó de ser explorada por Verrazano (1524) y Esteban Gómez (1525). En la década del 1530 al 40 se verificó el descubrimiento del interior en gran parte: Federmann (1530-1531) llegó a los Llanos del Orinoco, y a la par de Allinger (idem), realizó las primeras ascensiones andinas, y en 1537-39 llegó hasta los confines de las selvas ecuatoriales; en 1531 Ordás remontó el Orinoco.

Pizarro llevó a cabo la conquista, y con ella el descubrimiento del Perú (1532-33) y de los Andes centrales; el Perú fue un nuevo foco de exploraciones y descubrimientos, desde donde se realizaron los de Almagro a la meseta boliviana (1535), la Puna y Chile (1536) y desierto de Atacama (1537); de Belalcázar a la meseta de Quito (1533), a la par que Alvarado cruzaba los Andes ecuatorianos (1534); de Gonzalo Pizarro a las selvas al este de los mismos Andes (1540) y Orellana recorría la mayor parte del Amazonas (1541-42). Jiménez de Quesada remontó el Magdalena y descubrió y conquistó la meseta de Bogotá (1536); Belalcázar y Jorge Robledo exploraron la región occidental de Colombia (1535-40).

Los portugueses se establecían en el Brasil desde 1530 y comenzaban el descubrimiento del interior. En América del Norte se descubrió el golfo y la península de California (1532-33); Cabeza de Vaca recorrió parte del sur de los Estados Unidos (1528-36) y fray Marcos de Niza y Vázquez Coronado entraron en el Oeste norteamericano (1539 y 1540-42); el francés Cartier penetró en el Canadá remontando el río San Lorenzo (1534-35). El mito del Dorado ocasionó gran cantidad de expediciones a los Llanos del Orinoco y a las selvas amazónicas, pero sin descubrimientos trascendentales.

La década del 1540 al 1550 marca el fin de la gran época de los descubrimientos: además de Coronado, Rodríguez Cabrillo llegó a California (1542); Hernando de Soto recorrió las praderas norteamericanas y descubrió efectivamente el Mississipí (1539 1542). Desde el Perú, además del viaje de Orellana, la expedición de Valdivia (1540) y siguientes acabó el reconocimiento de Chile, y Pasténe (1544-45), Francisco de Ulloa (1553-54) y Ladrillero (1557-59) lo continuaron hasta el estrecho de Magallanes; Diego de Rojas y Francisco de Mendoza penetraron en el Tucumán y atravesaron de noroeste a sudeste el territorio argentino (1543-46). Ayolas (1538) y Martínez de Irala (1547-48) entraron en el Chaco, y el segundo llegó hasta los Andes.

A mediados del siglo XVI era conocida América en sus rasgos generales y se había explorado la mayor parte, quedando solo desconocidos el noroeste de Norteamérica, las regiones polares y las zonas más internas, como el interior de América del Norte (la porción menos explorada), el corazón del actual Brasil y el interior de Patagonia. Los mapas de Juan de la Cosa (1500), Cantino y Caverio (1502), Waldseemüller (1507), Schöner (esfera, 1520), Diego Ribero (1527-29), Münster (1540), Mercator (1541 y 1569), Ortelius (1570), Vaz Dourado (1580) y otros, jalonan la sucesiva aparición de las tierras americanas. Sin embargo, hubo cierto retroceso en el conocimiento científico de América fuera de España, cuando a pesar de los descubrimientos hubo geógrafos que volvieron a suponer que América era parte de Asia, a la que estaba unida por el Norte o incluso se confundía con ella, retrocediendo a las ideas de Colón (así Franciscus Monachus, 1526; Schöner, 1533; Oronce Finée, 1531, y otros hasta fines del siglo XVI).

Con posterioridad a las fechas indicadas, los principales descubrimientos en América consistieron en el de las tierras árticas (Frobisher, 1576-78; Davis, 1585-87; Hudson, 1610, que halló el mar de su nombre; Baffin, 1615-16); del interior del Canadá y de los Grandes Lagos (Champlain, desde 1608; los lagos Ontario y Hurón, 1615), el curso del Mississipí (Marquette y Joliet, 1673; La Salle, 1681-82); las Montañas Rocosas (La Vérendrye, 1743); el estrecho de Bering (Deshnev, 1648, y Bering, 1728); Alaska (Bering y Chirikov, 1741); el litoral noroeste (siglo XVIII, América del Norte); el noroeste del Canadá (Hearne, 1769-72; Mackenzie, 1789, que halló el río de su nombre); el Far-West (Garcés, 1770-76; Domínguez y Escalante, 1776, a Utah; Lewis y Clarke, curso del Missouri y del Columbia hasta el Pacífico, 1804-1805); Patagonia (Quiroga y Cardiel, 1745-46).

La actividad española, casi única en el siglo XVI y a la que se debió el conocimiento de la mayoría del continente, quedó atenuada y al fin sustituida por la de otras naciones, salvo cierto resurgimiento en el siglo XVIII. Excepto las exploraciones en las regiones polares, el XIX ha sido el s. de la exploración científica del estudio detallado, geográfico o etnográfico, de países ya más o menos conocidos, iniciada ya en el XVIII, y que culmina con la gran figura de Humboldt (1799-1804), precedida por los académicos franceses y los marinos españoles Jorge Juan y Antonio de Ulloa (1735-1745).

EZQUERRA, Ramón, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, T. F-M, págs. 221-226.

El Nombre de América

El primer nombre que tuvo el nuevo continente fue el de Indias, que le aplicó Colón por confusión con la India oriental que buscaba y adonde creyó haber llegado. Prevaleció de tal manera el nombre en los primeros tiempos, especialmente en España, que se mantuvo cuando años después se comprobó que las nuevas tierras no formaban parte de Asia. Para distinguirlas de las Indias Orientales se les denominó Occidentales, nombre restringido luego a las Antillas y aún usado en las lenguas germánicas.

En España el nombre clásico durante siglos fue el de Indias, empleado oficialmente durante toda la época colonial, aunque en el siglo XVIII triunfo en el uso corriente, y también en el oficial en concurrencia con aquel, el de América. Notorio es que este nombre deriva del de Américo Vespucio, careciendo totalmente de fundamento algunas hipótesis raras que han pretendido derivarlo de algún nombre indígena, habiendo adquirido cierto renombre, aunque muy efímero, la tesis de Jules Marcotta fines del XIX, que quería buscar su etimología en una casi desconocida sierra de Amerique, en Nicaragua.

De su viaje a la costa sudamericana en 1501-1502, en el que recorrió una gran porción del litoral brasileño y argentino, dio cuenta Vespucio a Lorenzo di Pier Francesco de Medici, en carta desde Lisboa en 1502 (no publicada hasta 1789) de la que procede el Mundus Novus, folleto impreso por primera vez en latín, hacia 1504, siendo la primera edición segura la de Augusta (Augsburgo) (para Harrisse la primera es de París, de 1503 ó 1504); en el primer año aparecieron ya doce ediciones, cuyo número llegó a 50 hasta 1550, indicio de su grandísima difusión, habiéndose traducido inmediatamente a varias lenguas. Allí se llama mundus novus a las tierras sudamericanas descubiertas, como diferentes de Asia e imposibles de encajar en las viejas concepciones geográficas de Ptolomeo, ya que no cabía asimilarlas a las que mencionó ni al Catay revelado por Marco Polo.

Con el relato de sus cuatro viajes —reales o supuestos— existe otra carta al gonfaloniero de la República Florentina, Piero Soderini, fechada en Lisboa el 4 de septiembre de 1504, publicada en 1505 ó 1506, probablemente en Florencia, con el título de Lettera di Americo Vespucci delle isole nuovamente trovate in quattro suoi viaggi, de la que solo se hizo una edición italiana. En 1507 traducida al latín por Jean Basin de Sendacourt y con el título de Quatuor Americi Vesputii Navigationes, fue incluido en la Cosmographiae Introductio, que como preliminar a una edición de Ptolomeo escribió y publicó Martín Waltzemüller o Waldseemüller ( Hylacomylus, según la moda humanista, natural de Friburgo de Brisgovia) en Saint-Dié, en 1507.

En esa pequeña ciudad del ducado de Lorena —donde escribió Ailly la Imago Mundi — protegía el duque Renato II, rey titular de Sicilia y Jerusalén (1473-1508), vencedor de Carlos el Temerario, un colegio, una imprenta y un foco de humanistas dedicados a estudios geográficos, compuesto por su secretario Walter Lud, el helenista alsaciano Matías Ringmann (Philesius) († 1511) y los dos citados. En varios lugares de la Cosmographiae Introductio elogia Waldseemüller a Vespucio como descubridor de un nuevo mundo, no conocido por Ptolomeo y los antiguos y acaba proponiendo en el capítulo IX que esta cuarta parte se llame, según su descubridor, Amerigen quasi Americi terram sive Americam, y consecuente con tal idea consigna el nombre de America en el mapa que hizo grabar para la edición de Ptolomeo, en ese mismo año, y que ha permanecido desconocido varios siglos hasta que fue descubierto y revelado en 1903 por el padre Fischer y FR von Wieser; sin embargo, en la edición de Ptolomeo de Estrasburgo, 1513, la preparada por Ringmann y dada a luz por Waldseemüller, este omite su insinuación y nombre propuesto, y en una nota del mapa recalca que el descubrimiento se debía a Colón.

Pero el pulso estaba dado y fue irresistible. Flotaba en el ambiente la idea de una cuarta parte del mundo, ya lanzada por Ptolomeo, con su imaginaria tierra austral (Australia) y Pomponio Mela con su Antichhonia y asociado a la teoría de los antípodas. En los años inmediatos al descubrimiento se creyó que Colón había hallado islas asiáticas, próximas a Catay y a la India; aunque él mismo percibió la tierra firme sudamericana en 1498 y ampliaron en seguida este descubrimiento Hojeda y Vespucio, Pinzón, Lepe y Cabral, no adquirió el hecho notoriedad hasta que la publicidad del viaje de Vespucio de 1501-02 por cuenta de Portugal y con un capitán portugués desconocido, difundió la idea mencionada de que aquella inmensa tierra no era parte de Asia y se trataba de un nuevo mundo, expresión usada en los textos de Vespucio y que indujo a suponer que era este su descubridor. Por lo menos fue el revelador del carácter separado del nuevo mundo. Existía injusticia, pero no parece probado que Vespucio quisiera arrebatar a Colón una gloria que no podía percibirse todavía, dado lo incierto de la localización de los descubrimientos, ni que estuviera el florentino en relación con los humanistas de Saint-Dié.

El nombre de América en la intención de Waldseemüller recaía sobre el Brasil, cuyo extenso litoral había explorado por primera vez en gran parte Vespucio, país al que Cabral había bautizado tierra de la Vera Cruz, cambiado en seguida por Tierra de Santa Cruz, y llamado también tierra de los Papagayos. En los mapas extranjeros de comienzos del siglo XVI alternan todos estos nombres con el de Brasil o Brasilia, Mundus Novus y América, que rápidamente se abrió camino, al considerarse que el Mundus Novus era una nueva parte del mundo y requería un nombre nuevo, pasando a designar no solo el Brasil, sino el resto de Sudamérica que en general aparece como una gran isla, llamada asimismo con aquellos nombres y los de Terra Incógnita y Paria, por abusiva extensión de este.

Contribuyeron a su difusión las dos o tres nuevas ediciones de la Cosmographiae hechas el mismo año 1507 en Saint Dié (al parecer siete en total en este año) y la de Estrasburgo de 1509 —unas nueve en latín o alemán en el resto del s. —; la Epistola de Vadianus (Joaquín Wate) a Rodolfo Agrícola, publicada en Viena, 1515, e inserta en la edición de Mela del mismo Vadianus (1518), en la que propone el nombre de América para la meridional; el Cosmographicus liber de Petrus Apiarus Benewitz) (1.° edición, Landshut, 1524; traducida al español, Amberes, 1548; su resumen con el mismo título que la obra de Waldseemüller; las numerosas ediciones quinientistas de Apiano y de Mela; el Ptolomeo de Frisius, 1522, Novus Orbis de Grynaeus y Sebastián Münster (1532), etc.

En la cartografía aparece Mundus Novus en el mapa de la biblioteca de Pesaro (1502) y América en el citado mapa de Waldseemüller de 1507; pero se vuelve atrás y la suprime en el mapa de su Ptolomeo de 1513 y en su gran carta marina de 1516; consta también en el globo de Boulenger (1514); en el mapa atribuido erróneamente a Leonardo de Vinci hacia 1515, en el Globo Verde alemán (en París) entre 1515 y 1520, que extiende el nombre a América del Norte (antes y después confundida con el Catay o llamada Florida): e globo de Schöner (1515 o 1520); los mapas de Ptolomeo de Frisius (1522), aunque proceden del de Waldseemüller de 1513; los de la edición de Miguel Servet (1535), aunque este en el texto defendió la primacía de Colón contra la de Vespucio; el mapa cordiforme de Apiano que aparece ya en el Mela de Vadianus y el Solino de Camers (1520); el de Münsler (1532), etc.

Quien consolidó el nombre de América, extendiéndolo definitivamente a todo el continente y por primera vez en un mapa impreso fue el célebre cartógrafo y geógrafo Mercator en 1541, separando completamente América de Asia. América era, por lo tanto, el Hemisferio Occidental, después de haber sido el Meridional, al sur del Ecuador. Consolidó el nombre el atlas de Ortelius (1570). Fue Schöner mismo quien en 1533 culpó a Vespucio de promover tal aplicación de su nombre, y Las Casas (h. 1552) le acusó de usurpar intencionadamente a Colón el descubrimiento, lo que difundió Herrera, contribuyendo al descrédito que sobre él cayó en los siglos siguientes.

Es de advertir que Fernando Colón, tan celoso defensor de su padre y que poseyó un ejemplar de la Cosmographiae Introductio, no dijo una palabra de este asunto, ni se invocó la prioridad de Vespucio en los pleitos de Colón, cuando había gran interés en rebajar a este. Humboldt defendió a Vespucio de la inculpación, afirmando que el bautizo de América se debió a accidente y no a fraude, lo que han continuado los numerosos defensores modernos del florentino.

Levillier ( América la bien llamada, I, prólogo) explica el éxito del nombre de América así: el bautismo improvisado no estuvo en manos del navegante ni la justicia en las del cartógrafo… . Para que hubiera prosperado el nombre varias veces propuesto de Colombia (a todo el continente) hubiera sido necesario proponerlo desde fuera de España con prestigio, oportunidad, y sobre todo que cayera en gracia. Se impuso América por la seducción de ese nombre de mujer corto, atrayente, musical, exento desde su origen de toda aleación impura . Américo es un nombre germánico amal-rich, interpretado como fuerte en el trabajo

EZQUERRA, Ramón, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, T. F-M, págs. 220-221.

América Colonial

Después de los siglos de luchas de la Reconquista, no se halló España —y concretamente Castilla— fatigada. sino por el contrario, llena de vigor y dispuesta a nuevas empresas. América fue el campo adonde se encauzaron las energías españolas, impulsadas por un afán de mejora y riqueza, un ideal religioso, espíritu de aventura e inquietud y carácter guerrero, deseoso de expresarse en nuevas hazañas y contiendas.

Se ha discutido si España se encontraba preparada para la empresa americana: podrá examinarse y enjuiciar con diversos criterios la cuestión de los métodos, de los aciertos parciales de los sistemas empleados, de conductas individuales o colectivas, de las directrices seguidas, del mayor o menor rendimiento o provecho obtenido, de las posibilidades frustradas, pero creemos que es ocioso vacilar sobre la respuesta definitiva; la incorporación de un nuevo continente en pleno a la cultura europea y cristiana —hecho no repetido con los demás—; la importancia que ha adquirido América en los destinos del mundo, la existencia de numerosas nacionalidades fundadas por el esfuerzo español, en pleno desarrollo y de incalculable porvenir, son hechos que dictan por sí solos la respuesta e inclinan la balanza en sentido positivo, pese a las faltas, a los errores, a los desmanes inherentes a toda obra humana.

Se ha dicho repetidas veces que españoles e ingleses han sido los mayores fundadores de imperios en la Edad Moderna, y los primeros han ofrecido las mismas características que los romanos, los creadores máximos de imperios sólidos en la antigüedad: igual valor y espíritu de iniciativa, cualidades militares semejantes, sufrimiento de las privaciones y hondo espíritu jurídico, que les hizo crear pronto un minucioso sistema administrativo.

Predominaron en la conquista americana los tipos del guerrero, el sacerdote y el jurista, y menos el del comerciante y el del hombre económico Haring, The Spanish Empire in America, 1947. Señala Miguel Espinosa, Las grandes etapas de la Historia americana, Madrid, 1957, al indicar las diferencias de la colonización española y la inglesa en América que España llevó allí el edificio burocrático, hierático, teológico y sacro de la España de los Austrias ; ajena al mercantilismo aprovechó el territorio como tesoro, no comercialmente, fueron los españoles los primeros europeos que construyeron en América monumentos, puentes de piedra, obras hidráulicas y catedrales, lo que aún admiró a los norteamericanos al tomar México en 1848.

España trasplantó su vieja civilización sin ensayar nuevas formas de convivencia, al contrario del experimento norteamericano, por el espíritu innovador de las colonias inglesas; así la sociedad hispanoamericana resultó aristocrática y burocrática, de tendencia señorial y teocrática frente a la de tipo democrático, basada en la lectura de la Biblia, la salvación por el trabajo, la libertad, el mercantilismo y el provecho individual, y carente de unidad ecuménica e instinto de misión al revés de la preocupación trascendente y misional de España. Fue la conquista una empresa nacional y popular, y aunque encauzada y vigilada por el Estado, se debió fundamentalmente a la iniciativa y esfuerzo privado en todos los órdenes, al individualismo español llevado a su mayor rendimiento. La psicología del autor de la conquista y de las características de esta, ha acuñado el término conquistador

Aquí nos limitaremos a indicar principalmente su proceso cronológico y su desarrollo progresivo. Antes de descubrirse las Indias ya se pensaba en su incorporación a la corona castellana, pues el mismo Colón exigió como condición el cargo de virrey y el gobierno de las tierras que se descubriesen; es posible que pensara, como se ha supuesto solo en islas o tierras reducidas, pero el hallazgo de lo que se creyó el Extremo Oriente, no hizo retroceder ni a él ni a los Reyes Católicos en el propósito de anexionar los nuevos países, y así la segunda expedición, la de 1493, fue ya colonizadora, enviándose un conglomerado de soldados, funcionarios gentes ávidas de aventuras, labradores y artesanos.

La conquista, para España, no consistía solo en someter pueblos de inferior cultura, sino también en establecer españoles allá para poblar, palabra exclusivamente usada entonces por la más moderna de colonizar, y que indica ya el carácter que tomaría la conquista, a diferencia de la expansión portuguesa, de tipo mercantil y de factoría en aquel tiempo todavía, y que había de ser característica de la colonización de otros pueblos, Holanda principalmente; aún se tardaría un s. en que Francia e Inglaterra fundasen, asimismo, colonias de población o arraigo.

Tal tendencia no era nueva, pues la Reconquista fue al mismo tiempo repoblación, en territorios como en el valle del Duero, o abandonados en parte por los musulmanes o superponiéndose a estos. Ha dicho Pereyra : Se exploraba y se peleaba únicamente para poblar. El que no hacía esto era un fracasado ; y cita a varios conquistadores célebres de heroicas hazañas, pero que ven su tiempo eran censurados, si no es que condenados como culpables de actividad indisciplina, estéril y dañosa Las huellas de los Conquistadores cap. Los pobladores . Por ello, generalmente la conquista va acompañada de la fundación de ciudades, signo el més visible y eficiente de la toma de posesión, y que se asientan los conquistadores como vecinos estables y definitivos, sin propósito corrientemente de retornar a la patria, captados por el ambiente y convertidos ya en los primeros criollos.

Inmediatamente de consolidada la dominación llegaban nuevos vecinos, que ya no eran soldados o aventureros, sino funcionarios, encomenderos, labradores, comerciantes, religiosos o que ejercían profesiones liberales, que daban a la nueva sociedad tono semejante al de la metrópoli, descontando las variantes y fuertes matices impuestos por las circunstancias americanas: se huía, por lo general, de la simple factoría y del poblamiento de aire provisional: la ciudad americana debía reproducir en su vida y aspecto la peninsular.

Contra un error muy difundido, recalca Pereyra —y los historiadores recientes más exactos— que la base de la colonización no fue la minería de metales preciosos —aunque no se niegue su poderoso atractivo—, sino la agricultura y la ganadería; la falta de esta en América y la insuficiencia de aquella por sus métodos, obligaban al poblador a hacerse inmediatamente estanciero y ganadero si quería subsistir, si bien a base del trabajo indio; la minería no ocupó tanta población como se ha creído, y los focos mineros contribuían a desarrollar la agricultura en las regiones próximas para su alimentación.

Se puede admitir, como hace Haring, la clásica división en colonias de población o arraigo y de explotación, incluyendo en las primeras las de clima templado, en las que halla características algo análogas a las colonias inglesas de Norteamérica, en la formación de una sociedad más igualitaria, pobre, menos culta, amiga de la independencia, más rebelde y provinciana, mientras que las últimas, semejantes a las colonias extranjeras de las Antillas, son más aristocráticas, leales, jerarquizadas, cultas y brillantes en las clases superiores, y a base del trabajo servil de hecho o derecho. La comparación no es plenamente exacta, pues todas las colonias tropicales, como se ha dicho, incluso las de más celebridad minera, fueron tan colonias de poblamiento como las otras.

No se dio el caso de establecerse los pobladores en países vacíos: todos estaban ya habitados por los indios, y junto con su sumisión, se dio la superposición a él, unida al mestizaje, como aconteció en la mayoría de los países continentales; su desaparición, como en las Antillas y más tarde, en parte, en el Río de la Plata (con su suplantación en el primer caso por los negros), y un mero dominio con imposición de religión y formas culturales, como en Filipinas. En todas partes hay un intenso fenómeno de transculturación.

La primera tentativa colonizadora es el fuerte de Navidad, que dejó Colón en Haití o La Española y destruido pronto por los indios; al regresar el descubridor funda la primera ciudad, la Isabela (1494), abandonada al poco tiempo y sustituida por Santo Domingo (1496). El mismo Colón fue primer conquistador, al iniciar campañas para la sumisión de los haitianos, que prosiguió su hermano Bartolomé y terminó su sucesor Ovando (1502-09).

La Española fue de primer foco irradiador de conquistas, desde donde parten las expediciones que efectuaron las de Puerto Rico por Ponce de León (desde 1508). Jamaica, por Esquivel (1509) y Cuba, por Diego Velázquez (1511), fundándose en todas ellas nuevas ciudades (Caparra, luego San Juan, en la primera. Baracoa, en Cuba (1512), a la que siguieron otras varias (Santiago, 1514, La Habana, 1515). En 1510 fundó Balboa la villa de Santa María de la Antigua en el Darién —istmo de Panamá— primera ciudad definitiva de Tierra Firme, que se convirtió en el segundo foco de conquista y colonización, de donde se extendieron estas, en concurrencia con el foco antillano, a la parte sur de la América Central y a las costas del Pacífico hasta el Perú.

Balboa sometió istmo Castilla del Oro, empresa que con carácter de violencia prosiguió Pedrarias Dávila con sus capitanes; la expedición organizada en España con destino al Darién (1513), fue la más numerosa y preparada mayor minuciosidad, aunque los resultados no correspondieran a lo proyectado; fundó Pedrarias Panamá a orillas del Pacífico (1519), mejor emplazada que Santa María. Desde Cuba —nueva base complementaria de la de Haití— se emprendió la conquista de México por Hernán Cortés (1519 ss ) que fue la primera gran conquista realizada en América, y que abre la era de ellas, cuya duración se puede fijar hasta cerca de mediados de s. ; las riquezas y superior cultura de México atrajeron la población española en gran cantidad y ocasionaron la decadencia de las Antillas.

Allí se fundaron Veracruz (1519), el Nuevo México (1522), Coatzacoalcos (1522), Oajaca (1527), Puebla (1531), etc. México fue el nuevo foco de expansión, ampliándose la conquista y población por prolongación, al someter los territorios adyacentes: Michoacán (1522), donde se fundaron Pátzcuaro y Zacatula (1523), Pánuco (1522), Colima (1524), Guatemala por Alvarado (1524), donde se fundan las ciudades de Guatemala (1524), San Salvador (1525), Honduras, por Olid y Casas; ciudad de Trujillo (1525), Valladolid o Comayagua (1540); Yucatán, por Montejo (1527 ss); fundación de Mérida (1542) Campeche, Valladolid; Jalisco y Nueva Galicia, por Nuño de Guzmán (1529 ss. ); fundación de Culiacán (1531), Guadalajara (1530).

Simultáneamente del foco de Panamá se extendía la conquista al resto de A. Central: Nicaragua, González Dávila (1522) y Hernández de Córdoba (1523); ciudades de Leon (1523 ó 24) y Granada (1524) y Costa Rica: fundación de Bruselas (1524), por Hernández de Córdoba; conquista no consolidada hasta más tarde por Juan de Caballón (1561) y Juan Vázquez Coronado; fundación de Castillo de Garci-Muñoz, luego Cartagena (1562).

A su vez la base antillana sirvió de punto de partida para la penetración en Tierra Firme, parte septentrional de la América del Sur: fundación de Cumaná (actualmente en Venezuela), hacia 1520, por Gonzalo de Ocampo; de Margarita (1525), de Coro (1527), por Juan de Ampies, y finalmente por Alfinger; de Santa Marta (1525), por Bastidas; de Cartagena, por Pedro de Heredia (1533); centros desde donde partió la conquista del interior: de Venezuela, por los gobernadores alemanes, Alfinger (1529); Federmann (1530), Spira (1535), Hutten (1540), con la fundación de las primeras ciudades venezolanas de tierra adentro: la primera Maracaibo (1530), Tocuyo (1545), Nueva Segovia de Barquisimeto (1552), por Juan de Villegas. Jiménez de Quesada, desde Santa Marta, emprendió la conquista de Nueva Granada (1536-39) y fundó Santa Fe de Bogotá (11538), a la que siguieron Vélez y Tunja (1539), esta por Gonzalo Suárez Rendón.

Desde Panamá, en dirección al Sur, por la costa del Pacífico, llevó a cabo Pizarro la conquista del Perú (1530-34), donde surgieron Piura (1931), Lima (1535), Trujillo (1535). Huamanga y Huánuco (1539) y Arequipa (1540). El Perú fue un nuevo foco de irradiación conquistadora y colonizadora: hacia Charcas (meseta boliviana), donde se fundaron Chuquisaca o la Plata (1538), por Pedro Anzures; Potosí (1545); La Paz (1548), por Alonso de Mendoza; hacia el Sur, a Chile: intento de conquista de Almagro (1535-37) y definitivamente por Valdivia (1540-53), que echó los cimientos de Santiago (1541), Serena (1544), Concepción (1550), La Imperial (1551) y Valdivia (1552); hacia el Sudeste, a Tucumán, donde Juan Núñez de Prado fundó la ciudad del Barco (1549), que Francisco de Villagra trasladó a Santiago del Estero; hacia el Norte, al reino de Quito —la actual República del Ecuador— conquistado por Belalcázar (1533), que fundó Quito (1534), a la que siguió Guayaquil (1537), por Orellana.

El impulso procedente del Perú se prolongó más al Norte aún, refluyendo en la dirección de donde vino, pues Belalcázar y Jorge Robledo conquistaron el oeste de la actual Colombia (Pasto, Popayán, valle del Cauca, Antioquia), de 1535 a 1551; fundación de Cali y Popayán (1536), Pasto (1539), por Lorenzo de Aldana; Anserma (1539) y Cartago (1540), por Robledo. Un nuevo foco de conquista, implantado directamente desde España, surgió en el Río de la Plata, con la fundación de la primera Buenos Aires (1536), por Pedro de Mendoza, centro trasladado al Paraguay con la fundación de La Asunción, por Salazar (1537); Martínez de Irala sometió el Paraguay, que durante casi medio s. fue el centro de la colonización en las regiones del Plata.

Como se habrá observado, geográficamente, la conquista, después de los primeros intentos y establecimientos isleños y costeros tomó un carácter predominantemente continental, alejándose la colonización de las costas cálidas e insalubres, y prefirió las mesetas elevadas, en que la actitud reproducía el clima de España, tendencia en que le había precedido en muchos sitios el poblamiento indio, sin temer la lejanía y el aislamiento. No quedaron abandonadas las islas, sin embargo, y el español se habituó, mejor que los otros pueblos europeos, y junto con los portugueses, al clima tropical; ni tampoco se desatendieron las costas, donde radicaban los puertos de comunicación y focos comerciales, pero la técnica fue la fundación de sociedades continentales, carácter que sigue prevaleciendo en general en las naciones hispanoamericanas.

Después de las primeras bases antillanas, fundadas desde España y otras, asimismo, como Buenos Aires, se habrá visto igualmente que las nuevas se hallaban en América y ha podido decir con certeza Pereyra que el Conquistador es un hombre de Europa formado en América, pues las diversas condiciones imponían unas normas y una táctica que hacían inútiles las aprendidas en el Viejo Mundo. Por ello triunfaron las empresas organizadas en América, más que las salidas directamente de la Península; factor al que hay que añadir la ayuda indígena, sin la cual muchas veces habría sido imposible la conquista, como es patente en el caso de Cortés. En esta enumeración hemos prescindido de las empresas fracasadas o que no produjeron la formación de un nuevo centro de colonización.

Desde 1550 se atenúa el movimiento conquistador, pues ingente labor era consolidar y rellenar de colonización el inmenso territorio subyugado en los treinta años anteriores; sin embargo, el impulso no se detuvo, aunque procedió en lo sucesivo más lentamente, y en movimiento de prolongación o de mancha de aceite desde los países citados; contribuyó a moderarlo, e incluso anularlo, un cambio que se experimentó en las directrices del Gobierno español, opuesto a nuevas conquistas, palabra que fue sustituida por la de pacificación: Las Ordenanzas de Felipe II de 1573 prohíben toda conquista, reemplazada por la penetración pacífica y el poblamiento; a esta tendencia responde la norma de procurar ampliar el territorio sometido por la labor misionera previa a la llegada del colono o quedándose en tal estadio, como ocurrió en el Paraguay con las reducciones jesuíticas (iniciadas en 1610).

En 1550 ya se había organizado gran parte de América, y más o menos pronto había comenzado la época colonial; la creación de las Audiencias puede ser considerada en cierto modo como índice del inicio de la vida colonial y término de la etapa conquistadora: así, la de Santo Domingo (1511), México (1527), Panamá (1535-38); de muy breve duración; Lima (1542), inaugurada en 1544; Confines, luego en Guatemala (1542 y 1544 ): Nueva Galicia (1548), Bogotá (1549 y 50), acompañadas de la creación de los primeros virreinatos: México o Nueva España (1529), en funcionamiento desde 1535, y Perú (1532), restaurado en 1549, de los que dependían las gobernaciones o capitanías generales, según los casos, que arrancaban en general de los conquistadores mencionados.

Hacia 1550 la etapa colonial estaba ya en pleno funcionamiento y desarrollo y organizados la mayoría de los territorios que constituyeron el imperio hispanoamericano con sus correspondientes organismos gubernativos. La expansión, en adelante, fue menor y consistió principalmente en ampliación y alejamiento de las fronteras, sometiendo a los indios insumisos, en general, por medio de la acción misionera. Sin embargo, aún se dan en segunda mitad del siglo XVI casos de conquista y de organización de nuevos países, desde los focos ya consolidados. Así, desde el de Nueva España se extiende la colonización a Nueva Vizcaya, por Francisco de Ibarra (desde 1554), fundación de Durango, 1563), a la zona minera de Zacatecas (1548) y Guanajuato (1554); San Luis Potosí (1550), a Coahuila (1575), a Nuevo León (por Luis de Carvajal, 1583 ss), y por fin a Nuevo México, conquistado por Juan de Oñate (1598 ss, fundación de Santa Fe, 1609).

También fue México la base para la conquista y colonización de las islas Filipinas (por Legazpi); fundación de Cebú (1565) y Manila (1571). Desde las Antillas se realizó otra expansión en Norteamérica: en la Florida, por Menéndez de Avilés (1565, fundación de San Agustín). En América del Sur se conquistó y colonizó definitivamente el resto de Venezuela: fundación de Valencia (1555), Mérida (1558), Maracaibo (1571), Caracas (1576), por Diego de Losada; Cumaná (definitivamente en 1569), y colonización de la isla de Trinidad y de la Guayana por Antonio de Berrio (1593-94). En las regiones del Plata, el impulso peruano determinó la colonización del Tucumán (fundación de la ciudad de este nombre, 1565), de Córdoba (1582), Rioja y Jujuy (1591), y desde Chile partió la colonización de Cuyo (fundación de Mendoza 1561, San Juan, 1562).

El foco paraguayo volvió a poblar las regiones del litoral argentino: fundación de Santa Fe (1573) y repoblación de Buenos Aires (1520), ambas por Juan de Garay, y de Corrientes (1588); e irradió al Chaco (Santa Cruz de la Sierra, por Nufrio de Chaves, 1561). Nuevas Audiencias ponen el sello a estos epílogos de la conquista: Charcas (1559), Quito (1563) Chile (1565), de breve duración entonces, por prolongarse el estado de guerra en este país más que en ningún otro; de Manila (1584).

No faltaron algunas expansiones tardías en plena época colonial: así, la colonización de la baja California, a fines del siglo XVII (1697); de las islas Marianas, hacia la misma época (1668), las misiones de Mainas (1668), Mojos (1668), Chiquitos (1692), en los Llanos; Pimería (1687) y Guale (Georgia) (1612); también se conquistó el Itza (Petén, Guatemala, 1688), y todavía en el siglo XVIII no se había agotado la energía de España, y de la América española, base y verdadera creadora de las nuevas colonias: Texas (1716), Uruguay (fundación de Montevideo por Bruno Mauricio de Zavala en 1729), Nuevo Santander (por Escandón, 1749) y California, última realización española (fray Junípero Serra y Portolá, 1769).

Aunque posterior en veinte años a la mitad del siglo XVI, López de Velasco en su Geografía y descripción de las Indias (escrita en 1574), presenta un cuadro de lo realizado por España en la primera media centuria de la conquista: 200 pueblos de españoles, 32.000 casas de sus vecinos, 8.000 o 9.000 poblados, naciones o parcialidades de indios encomendados, dos virreinatos, diez audiencias, 29 gobiernos, cuatro arzobispados y 24 obispados. Rosenblat calcula que los vecinos españoles corresponden a 140.000 seres (1,25 % de la población, que fija en 11.229.650 habitantes). Tal síntesis indica la rapidez con que se efectuó la conquista y aún más el inmediato arraigo y desarrollo que adquirió la colonización.

EZQUERRA, Ramón, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, T. F-M, págs. 221-226.

Las encomiendas

Los repartimientos de indios en las tierras descubiertas del Nuevo Mundo empezaron en los primeros momentos de la dominación y colonización de la Española, extendiéndose sucesivamente a los demás territorios indianos. El fracaso de la aplicación rigurosa del principio de libertad a favor de los indios representado por la negativa de estos a trabajar voluntaria y asalariadamente en servicio de los españoles obligó a una rectificación de la primitiva orientación, adoptada por la reina Isabel, y en consecuencia, se autorizaron, desde los primeros años del siglo XVI, en un principio de modo velado, los repartos o distribuciones de indios que ya algún gobernador había efectuado por su cuenta, entre los colonizadores de la Española.

Se insistía, sin embargo, en el mantenimiento del principio de la libertad del indio, el cual se conjugaba con el de la compulsión estatal para el trabajo, en sustitución del régimen contractual del libre asalariado. La finalidad del nuevo sistema era llenar las necesidades de mano de obra de las empresas agrícolas, mineras, etcétera. Sucesivas instrucciones reales fueron regulando las condiciones y forma de realizar estos repartimientos con ocasión de autorizar nuevas operaciones de repartos, los cuales no podían ser vitalicios, sino solo temporales, por plazos renovables de uno a tres años, por naborias.

Tales repartimientos se entendieron hechos en encomienda, y así dieron lugar a la configuración y desarrollo de tal institución. Pero, aparte de tales repartos en encomienda, continuaron efectuándose otros para servicios personales, de mita, en el trabajo de las minas, cría de ganados, labor de los campos, etc. La función de repartir indios era confiada a los respectivos gobernadores o a especiales repartidores, los cuales se atenían a las instrucciones recibidas del soberano, en orden a número y proporción de naturales a repartir, personas favorecidas, etc. La utilización de esclavos —la mayoría de importación—, fue desplazando los repartos de indios para las labores serviles.

La encomienda indiana

Cristiano encomendero de indios de este Reyno, hacia 1600 Según dibujo de Felipe Guamán Poma de Ayala

Representan en esencia las encomiendas una relación especial de dependencia en que se hallaban grupos de indios con respecto a los colonos o encomenderos. La encomienda constituye una institución capital en el desarrollo de la colonización americana, y fue la modalidad a través de la cual se encauzó la utilización de los indígenas en la explotación de los territorios descubiertos y el adoctrinamiento religioso de los mismos, dejando a salvo su libertad jurídica, y la suprema soberanía de la corona. El proceso formativo de esta institución fue largo y laborioso, enlazándose con los grandes problemas cruciales de la empresa colonizadora, y dando lugar a resonantes campañas en el orden doctrinal, y no menos ruidosas conmociones en su aplicación y práctica. el origen de la encomienda se vincula a los repartimientos de indios hechos por los primeros descubridores, desde el tiempo del mismo Colón, reduciéndolos a una efectiva esclavitud.

La originaria condena de este tratamiento por la misma reina Isabel y los organismos de la Corte, reiterando la condición de vasallos libres de Castilla a favor de los indios y como tales sujetos tan solo a un tributo a favor de la corona, tuvo que atemperarse a la realidad de los hechos, ante la negativa de los indios a dedicarse al trabajo y hacer posible su adoctrinamiento en la fe. Y desde principios del siglo XVI, se autorizaron repartimientos de indios entre los descubridores y colonos, con carácter temporal, para que estuvieran en encomienda de los mismos, si bien como personas libres.

En una autorización de 1509, la institución adquiría sus primeros contornos fijos, al darse algunas normas sobre estas encomiendas. Los repartos en encomienda se harían a proporción del rango del colono, no pudiendo pasar de 300 los indios encomendados a una persona. La encomienda duraría un plazo determinado: dos o tres años — naborías o tapias —, o a lo más por toda la vida del encomendero. Los colonos podían servirse de los indios en el trabajo, pero debían instruirles e informarles en las cosas de la fe, y debían satisfacer a la Cámara un peso de oro anual por cada cabeza de indio. Se advierte desde buen principio un triple interés en la constitución de la encomienda: económico, utilización del trabajo de los indios; fiscal percepción de un ingreso por el Erario, y, sobre todo, espiritual y político, adoctrinamiento y educación.

Los abusos de los encomenderos de la Española en el trabajo de los indios llevaron por este tiempo a las primeras campañas de los dominicos en favor de los indígenas, iniciadas por el sermón del padre Antonio Montesinos en Santo Domingo en 1511, logrando la promulgación de las leyes de Burgos (1512-1513), en las que se establecían una serie de disposiciones altamente humanitarias en pro de aquellos moradores, pero se admitían formalmente las encomiendas.

Continuó la campaña en vista de la inutilidad de las anteriores leyes, el padre Las Casas, que acudió a Cisneros. De igual modo, Cisneros, a pesar de sus nobles deseos de organizar la colonización a base de comunidades libres de indios, se vio obligado a autorizar a los jerónimos la práctica de los repartimientos en encomiendas, como único modo de asegurar la normal explotación de las nuevas tierras conquistadas y lo mismo hicieron los jefes de diversas expediciones llegadas a las Antillas.

El sistema tanto de repartimientos como de encomiendas, había resultado en la realidad, una verdadera esclavitud y causado un trato inhumano y explotador del indio, ocasionando una rápida disminución de la población indígena antillana, no acostumbrada al duro trabajo al que se le había sometido, sin realizarse ninguno de los fines de cristianización y asimilación que se habían señalado. Desaparición que obligó a sustituir al indio con el esclavo negro.

Los colonos sostenían que no podían subsistir ellos ni la colonia sin el trabajo forzoso del indio. Entre aquellas disposiciones figuraban la de que los indios encomendados trabajarían cinco meses seguidos para el encomendero, en especial en sacar oro, a lo que se destinaría un tercio de cada lote; después tendrían cuarenta días de permiso, pero para que recogieran las cosechas; se les daría un peso de oro al año; las mujeres deberían trabajar también en las minas y las casadas y embarazadas, en labores domésticas en las haciendas y los niños ayudar a sus padres; en 1513 se acordó que trabajasen los indios nueve meses en las minas y los otros tres en sus campos o en los de los españoles a jornal

Grave mal fue el repartimiento, en cantidades crecidas, a personajes ausentes, como Fonseca, Conchillos, Fernando Colón, Cabrero, o altos funcionarios de la colonia. La conquista de México y más tarde la del Perú dieron lugar a nuevos repartimientos condenados en un principio en la metrópoli (1523), pero pronto tolerados ante las circunstancias del país y sus pobladores, análogas a las de las islas.

El mismo Cortés ya percibió la diferencia entre los indios antillanos y los de México y estableció, a pesar de las prohibiciones, el deber para el encomendero de tener armas para la defensa del país, sostener misioneros, acudir a la justicia si los indios no cumplían y cobrar un tributo, pero en oro forzosamente, y servicios personales, pero en trabajos mineros; las instrucciones de 1525 dejaban opción entre esa forma de feudo con pago de tributos al rey, quien daría parte a los encomenderos, o señorío como en Castilla. La penúltima forma prejuzgaba la definitiva.

Pero en una provisión de 1526 se facultaba el repartimiento a perpetuidad y con jurisdicción, lo que no predominó en adelante. Los abusos cometidos con el pretexto de estas disposiciones motivaron una serie de medidas para evitarlos, en 1528 y sobre todo en 1529, en que se propuso plena libertad y sustituir la encomienda por un tributo, supresión de las encomiendas otorgadas por la primera Audiencia y la sustitución del encomendero por el corregidor de indios, que ejercería las funciones de protección al indígena antes atribuidas al encomendero.

El presidente de la Audiencia, Ramírez de Fuenleal se inclinó a la perpetuidad de las encomiendas; se asignaron pueblos al monarca con criterio político y económico; se permitió la convivencia del servicio personal o del pago de tributos, que fueron tasados, y se conservaron los servicios y tributos que percibían los caciques, la tasación se extendió al resto de la Indias. Pero las instrucciones al primer virrey Mendoza agudizaban la sujeción al establecer feudos y dar jurisdicción al encomendero, al imponer el pago del tributo en metales preciosos, aumentando su cuantía, o si no en servicios personales y el trabajo en las minas, con objeto de aumentar las rentas reales.

La práctica de las encomiendas en estos territorios continentales había ido modelando los perfiles de la institución, que en año 1536 era resueltamente sancionada con la innovación de que pudiera disfrutarse de dos vidas, es decir, la del primer titular y la de su sucesor, como ya de hecho venía ocurriendo desde hacía tiempo, por vía de disimulación, en Nueva España.

Las disposiciones de 1536 suavizaban las normas anteriores, tasaban los tributos y suprimían el aspecto señorial de las encomiendas. El establecimiento de la ley de sucesión en las encomiendas iniciaba una nueva etapa en la vida de las mismas, y dio pie a la elaboración de amplias construcciones doctrinales por parte de los juristas.

Las Leyes Nuevas
Leyes Nuevas

Francisco Hernández Girón, encomendero español que se rebeló en el Perú en 1553 contra la autoridad real a causa de las Leyes Nuevas.

Pero al mismo tiempo, una fuerte corriente de adversión a las encomiendas y, en general a la conducta de los colonos y encomenderos para con los indios, cuyo paladín era el padre Bartolomé de las Casas, lograba en 1542 la promulgación de las famosas Leyes Nuevas, en las que, aparte de la reiteración de medidas humanitarias en favor de los aborígenes, se suprimía lisa y llanamente el sistema de encomiendas, prohibiendo hacer nuevas al vacar las existentes debiendo ponerse los indios en la Corona. La imposibilidad de llevar a la práctica estas reformas —puestas de manifiesto por las sangrientas conmociones acaecidas, sobre todo en el Perú— obligaron en 1545, a la derogación de las leyes anteriores en lo relativo a las encomiendas, que fueron nuevamente autorizadas, pero sustituyendo los servicios personales de los indios por tributos tasados moderadamente. Sin embargo, se confirmaba la abolición de la esclavitud del indio y del servicio personal, aunque este continuó por la imposibilidad de castigar al indio con penas pecunarias por su insolvencia.

También en la práctica continuó con menor intensidad el servicio dentro de las encomiendas. Se renovó en 1601 la prohibición del servicio en el tributo de las encomiendas, pero se admitieron excepciones en algunos países de América del Sur. En Nueva España se concedía una tercera vida por disimulación, pero no en el Perú, aunque al extinguirse el derecho podía otorgarse la misma encomienda a otra persona con méritos, pues los virreyes de México no podían concederlas por sí y los de Perú tenían esa facultad.

Según el cosmógrafo López de Velasco, en 1574 había en Indias 32.000 casas de vecinos españoles, de ello 3.900 ó 4.000 encomenderos, y 1.500.000 indios tributarios, repartidos en 3.700 repartimientos del rey de particulares. En 1631, según León Pinelo, rentaban las encomiendas de las Indias, 966.228 ducados. A principios de siglo XVII (1629), se concedió, por Real Cédula, una vida más a todos los poseedores de encomiendas, mediante el pago de una composición, y en 1704, se concedía una nueva vida cuarta vida, en el disfrute de las encomiendas.

No podían pasar las prórrogas de una cuarta vida, aunque algunas veces se llegó a una quinta, declarándose oficialmente que las prórrogas solo podían concederse a quienes tuvieran encomiendas en primera y segundas vidas. Diversos intentos realizados en tiempos de Felipe II y Felipe III para convertir en perpetuas todas las encomiendas, enajenando los soberanos su derecho supremo sobre los indios, a cambio de elevadas sumas a pagar por los encomendados, no llegaron a tener éxito.

La abolición definitiva de las encomiendas tuvo lugar al advenimiento de la dinastía borbónica, por decretos de 1718, 1720 y 1721. Sin embrago, parece que en algunos lugares persistieron encomiendas a lo largo del s. , pero se extinguieron totalmente antes de la independencia. Además, la hostilidad permanente del Estado hacia ellas, por lo que tenían de señorial o de cierta mediatización de su autoridad fiscal, las necesidades de este último orden hicieron que aumentara su participación en los rendimientos, como se exigió a fines del siglo XVII, y se retuvo la tercera parte de las que vacasen, haciéndolas así menos deseables económicamente.

Para conocer íntimamente la encomienda hacen falta monografías sobre su funcionamiento efectivo en cada país y según las épocas o el de las opiniones y tendencias expresadas sobre las mismas. Autores antiguos y modernos has disertado sobre la naturaleza jurídica de la encomienda y sus posibles precedentes hispanos.

Respecto a estos, se ha señalado a las behetrías —antiguamente, población cuyos vecinos, como dueños absolutos de ella, podían recibir por señor a quien quisiesen— personales, a los señoríos territoriales de las reconquista, a los feudos y mayorazgos, etcétera, como modelos tomados para la configuración de la encomienda indiana. Pero no puede olvidarse, como señala Ots, que esta constituye una realidad institucional nueva en el cuadro de las instituciones jurídicas del derecho castellano proyectada sobre los territorios descubiertos, que tuvo que presentar rasgos diferenciales importantes en las distintas comarcas del vasto mundo hispanoamericano.

Para Solárzano —seguido en este punto por la generalidad de autores— las encomiendas de indios eran consideradas, desde el punto de vista netamente jurídico, como un derecho concedido por merced real a los beneméritos de las Indias para percibir y cobrar para sí los tributos (anteriormente, aprovechar los servicios personales) de los indios que se les encomendasen por su vida y las de un heredero (posteriormente la de tres herederos), conforme a la ley de sucesión, con cargo a cuidar del bien de los indios en lo espiritual y temporal y de habitar y defender las provincias donde fueren encomenderos.

El propio autor, así como otros tratadistas indianos Pinelo, Matienzo, formularon una teoría muy completa de la encomienda, extendiéndose a enumerar las incapacidades para ser titular de ellas, las facultades dominicales de los mismos, sus obligaciones, etc.

El proceso histórico de la encomienda indiana es un exponente —tal vez el más palpable— del fenómeno de aguda divergencia entre las aspiraciones doctrinales y propósitos legislativos, por una parte, y las obligadas exigencias de la realidad, por otra, tan características del derecho e instituciones indianas

En el complejo problema de la encomienda indiana se entremezclaron factores muy diversos:

  1. Económico, que tiende a utilizar el trabajo indio como base de la colonización e indispensable para la supervivencia de la población española en Indias, de dónde la tenaz resistencia a su supresión.
  2. Espiritual, la necesidad de evangelizar al indio, junto con su asimilación a la cultura europea, que se creía difícil de conseguir dejándole vivir a su guisa.
  3. Político, la recompensa a los conquistadores y sus descendientes o a quienes prestaran servicios valiosos —o no—, como se ha visto, y la necesidad de la defensa de la tierra y su población.
  4. Fiscal, la participación del Estado en los tributos impuestos a los indios como vasallos de los reyes.

Pero actuaron en contra otros factores: uno asimismo espiritual, opuesto a la encomienda, como fuente de real esclavitud y de abusos y opresión; otro igualmente político, la aversión a un régimen que trataba de reproducir en Indias un régimen señorial, que la Corona permitía en España, pero que intentaba evitar en América. Otros sistemas de trabajo para los indios y la esclavitud del negro reemplazaron el régimen encomendero, dada su progresiva limitación y su cambio de signo.

Obra fundamental sobre el tema es la de Silvio Zavala, La encomienda indiana, Madrid, 1935; sobre algunos países, Lesley Byrd Simpson, The encomienda in New Spain, Berkeley, 1929; Domingo Amunátegui, Las encomiendas de indígenas en Chile, 2 volúmenes, Santiago, 1910; Guillermo Feliú Cruz y Carlos Monge Alfaro, Las encomiendas según tasas y ordenanzas, referente a Chile, Buenos Aires, 1941; Eduardo Arcilla Farias, El régimen de la encomienda en Venezuela, Sevilla, 1957; Alfonso García Gallo, el encomendero indiano, Revista de Estudios Políticos, núm. 55, M., 1951.

El abuso de los encomenderos
Part of the Codex Kingsborough, an indigenous Mexican complaint against an abusive encomendero.

La posición jurídica del encomendero fue estructurada legal y doctrinariamente, al igual que la encomienda, como resultado de la evolución sufrida por esta institución y que cristaliza, entrado el siglo XVII, en unas formas muy caracterizadas. El encomendero no podía considerarse como un señor natural de los indios, sino solo titular de los derechos que la corona le otorgaba con relación a los mismos (cesión de tributos a percibir de los indios), de modo que se vedaba incluso utilizar la expresión de mis indios, sustituible por la de los indios de mi encomienda . El encomendero debía, en cambio, cuidar del adoctrinamiento y educación de los indios que tenía encomendados, obligándose a darles un buen trato. Esta protección y la contribución a la defensa armada del territorio constituían las obligaciones fundamentales del encomendero.

Entre las causas de incapacidad para tener encomiendas figuraban la condición de miembro del Consejo de Indias, virrey, presidente, oidor, y, en general, el ejercicio de cualquier cargo en los dominios coloniales, alcanzando aquella a sus parientes y criados. Tampoco podían ser encomenderos los prelados, clérigos y casas religiosas, mulatos y mestizos, mujeres y extranjeros (aunque se contravenía en la práctica), menores de edad y los ausentes, incapacidades recogidas en la Recopilación de 1690.

Las facultades dominicales del encomendero eran rigurosamente inalienables, no pudiendo salir de sus manos por título alguno, salvo el de sucesión, en los grados autorizados, y sin poder perderlos por delito que no acarreara pérdida de bienes y aun tras el debido juicio. Por disposiciones particulares en algunos territorios estaban obligados los encomenderos a tener casa poblada en la región y a residir en la misma durante cierto plazo, como también a invertir en casas y edificios la décima parte de las rentas obtenidas de los indios encomendados.

FONT, José María, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, T. A-E, págs. 1251-1252.

La Emancipación americana

Se considera en América, en general, como antecedentes de la independencia, a todos los movimientos insurreccionales, de cualquier clase, ocurridos a partir del mismo momento de la conquista, y a sus autores y participantes, cual precursores de aquella. Criterio exagerado y poco histórico, pues tales movimientos responden a diversas causas, que no coinciden siempre con las que ocasionaron definitivamente la emancipación, aunque sí puedan ofrecer algunos rasgos comunes. La emancipación fue un fenómeno que se dio en determinada época y coyuntura, impulsado por factores que venían, unos de lejos, y se acumularon otros en los tiempos próximos a ella, y posee caracteres típicos que no se hubieran dado en sublevaciones anteriores en el caso de triunfar. El fundamental es el haber sido obra del elemento criollo, auxiliado por el mestizo, y no del indio.

Colonias europeas (siglos XVI-XVII)
Colonias europeas (siglos XVI-XVII)

Aunque se incluyan aquí los movimientos insurreccionales de diversas clases, no consideramos como verdaderos precedentes más que a algunos, eliminando de tal categoría los de los indios, que, generalmente, son epílogos de la conquista o resistencias a la colonia y a la nueva nacionalidad en formación; no son tampoco precedentes estrictamente las rebeliones motivadas por abusos fiscales; o los simples estallidos de antipatía de los criollos y mestizos contra los peninsulares, aunque esta sea una de las causas más importantes de la independencia. Dominó habitualmente en la época colonial un tono de tranquilidad y de lealtad, sin que las diversas rebeldías pusieran seriamente en peligro la soberanía española, salvo unas pocas graves y siempre de alcance local. Realmente, hasta fines del siglo XVIII no se dio plenamente el conjunto de factores que originaron directamente la emancipación.

A raíz de la conquista hubo ya pensamientos o tentativas separatistas de algunos conquistadores, descontentos por no haber sido recompensados suficientemente o por reacción contra las Leyes Nuevas (1542), que tendían a favorecer al indio frente al encomendero. Así brotaron las últimas guerras civiles del Perú y, en especial, la sublevación de Gonzalo Pizarro, quien no se atrevió a seguir los consejos de Francisco de Carvajal en el sentido de declararse independiente y crear una monarquía en provecho propio (1545-1548), que no habría sido viable, como tampoco cualquiera otra fundada por aquellos tiempos, en que el elemento criollo era escaso, frente a la masa india, fuerte el poder de la metrópoli y arraigado el sentimiento de fidelidad.

La insurrección de Pizarro agitó por bastante tiempo América, dejando un sedimento de rebeldía en viejos soldados, que se levantaron, a su vez, en sacudidas esporádicas, como las de Sebastián de Castilla y Vasco Godínez y la de Francisco Hernández Girón, en Charcas (1553-54); la de Álvaro de Oyón, en Nueva Granada (1553); la de los hijos de Rodrigo de Contreras, en Nicaragua (1550), y la más célebre de todas, la de Lope de Aguirre, abiertamente opuesta a la soberanía de Felipe II (1561). Al mismo espíritu vino a responder la frustrada conspiración de Martín Cortés, en México (1566), cuyos objetivos y métodos se asemejan bastante a los de otros conspiradores del siglo XVIII. La ejecución de Tupac Amaru en el Perú, último soberano inca (1572) es, en realidad, un acto póstumo de la conquista.

Un motín de origen fiscal ocurrió en Quito, en 1592, contra el presidente de la Audiencia, Barros de San Millán, reprimido duramente por tropas enviadas desde el Perú, en el que hubo propuesta de separación, pero no fue este su móvil. Movimientos criollos contra el predominio de los peninsulares en los cabildos hubo ya en el siglo XVI en Santa Fe (Río de la Plata, 1580), y varias agitaciones contra gobernadores, en el Paraguay, de turbulenta vida y vivo deseo de desarrollo autonómico. El criollismo informa motines, como el que derribó al Virrey de México, conde de Gelves (1624), a pretexto de sus disensiones con el arzobispo; renovado en 1692 contra el conde de Galvez, a causa de hambre y carestía, aunque obra del elemento popular indio y mestizo de la capital, con inhibición de los criollos, tanto ante la rebeldía como ante la defensa.

También hay carácter criollo en algunas de las revueltas de Potosí, sobre todo en el bando de los Vicuñas, y en la más grave de mestizos de La Paz (1661), dirigida por Antonio Gallardo, que proclamaba libertad para los americanos, y que pereció al intentar extenderla al Perú. En 1642, un aventurero irlandés, residente en México, Gabriel de Lámport, soñador, audaz y poeta, imaginó una conjuración para proclamar la independencia bajo su cetro, por un golpe de mano, apoyándose en las diversas clases sociales y en las potencias enemigas de España (1642). No tuvo trascendencia alguna, y, preso del Santo Oficio por hereje, pereció en un auto de fe de 1659. Tampoco estalló la conjura de mestizos y mulatos, de tipo plebeyo, en México, organizada por el tabernero José Valor (1665).

Los movimientos del siglo XVII fueron, por tanto, aislados y de escasa importancia, sin que hubiera ninguno serio en pro de la emancipación. Aparte quedan las sublevaciones de indios y negros, de distinto carácter, motivadas por malos tratamientos o inadaptación a la nueva vida colonial, o, en realidad, verdaderas luchas fronterizas, prolongación de la conquista a lugares marginales. En esta categoría cabe incluir la tenaz resistencia araucana en Chile, que duró todo el siglo XVII, y que, no obstante, un falso criterio con que se la enfoca corrientemente, viene a ser una lucha del indio por la libertad de su tribu y de seguir dentro de su barbarie, fuera del verdadero pueblo chileno, criollo y mestizo.

Rebeliones indias importantes fueron las de los tepehuanes, de Nueva Vizcaya (México), en 1616. contra todos los blancos, aplastada en la batalla de Cacaria; las de Tehuantepec y Oajaca, a causa de abusos (1660-61); la de los indios pueblos, de Nuevo México, que sacudieron la dominación española y el cristianismo, volviendo a su anterior cultura, y permanecieron libres doce años (1680-1692); la de los calchaquíes, de Tucumán. renovada por el falso inca Pedro Bohorques, que logró ser reconocido teniente gobernador; hasta que, sublevado, pereció en 1667. De sublevaciones negras fue la más importante la ocurrida en el Brasil, donde se formó un quilombo o especie de república, la de Palmares, que no fue subyugada hasta fines de s. .

En el siglo XVIII aumentan en intensidad los movimientos y las conspiraciones, y se va formando un ambiente difuso, favorable a la separación, bien concreto y con aspiraciones determinadas en algunos ambientes criollos, en general cultos y de elevada categoría social. Tres de las sublevaciones fueron bastante fuertes y de gravedad, pero respondieron a orígenes distintos. La primera fue la llamada de los Comuneros del Paraguay, dirigida por José Antequera y luego por Fernando Mompó, y que duró, en su período álgido, de 1723 a 1735, con un intervalo de 1725 a 1730; tuvo carácter criollo, municipal —por la dirección del cabildo de La Asunción— , de hostilidad a los jesuitas y de inequívoco carácter autonomista, democrático y propugnador de la soberanía popular, según las direcciones ideológicas de ambos caudillos citados. Aunque no se proclamó la independencia del país, se actuó de hecho como si existiera.

Siguió, con mucha menor gravedad, la de mestizos o cholos, en Cochabamba (Bolivia), en 1730, encabezada por Alejo Calatayud, en pro de los criollos y contra los peninsulares, que, triunfante brevemente, concluyó con la muerte del jefe. Contra lo que se ha dicho a veces, no ofreció carácter separatista, ni es un verdadero precedente, la sublevación del canario Juan Francisco de León, en Venezuela, contra los privilegios de la Real Compañía Guipuzcoana (1749-52), aunque encubriera la antipatía de la oligarquía criolla contra el elemento peninsular.

Más gravedad ofrecieron continuas rebeliones indias, que culminaron en la de Tupac Amaru, precedida por una serie de ellas. Ya en México, como la de Pedro de Soria Villarroel, combinada con otras de indios, con el pretexto de protestar contra la expulsión de los jesuitas y, en realidad, contra el blanco y su cultura; en ella aparece ya un cura guerrillero, Juan Eduardo García Jove, y fue reprimida duramente por José de Gálvez (1765-67); o la del panadero maya Jacinto Canek, en el Yucatán, que se proclamó rey de los indios (1761), siendo ejecutado; y en el Perú, donde la cantidad de rebeldías fue bastante numerosa, debido a la dureza de la condición del indio y a la opresión de que era víctima, como revelaron Jorge Juan y Antonio de Ulloa, en sus Noticias secretas.

Una rebelión de los chunchos, indios fronterizos superficialmente conversos, se complicó con la jefatura de un supuesto inca del Cuzco, Juan Santos, que se hacía llamar Apu Inca e hizo creer a las autoridades españolas que poseía un amplio reino en las selvas, durante algunos años, donde se sostuvo independiente (1742 ss. ). Al avanzar el s. cundieron las sublevaciones locales de indios y el asesinato de corregidores, como en Huarochirí (1748), en Chumbivilcas (1776) y Huamalíes, motivados por los abusos fiscales, extremados bajo el visitador José Antonio Areche, por el mal trato a los indios y también por excitaciones ocultas de otras clases sociales, como percibían las autoridades, que más de una vez acudieron a la moderación para calmar el descontento, como hizo el virrey Guirior.

También indicaron una dirección secreta los motines de Arequipa (1780) y el conato de Lorenzo Farfán, en Cuzco (1780). Todas ellas desembocaron en una formidable rebelión india, la última de carácter exclusivamente indígena y para sacudir el estado social impuesto por el blanco: fue la simultánea y combinada de Tupac Amaru (José Gabriel Condorcanqui) y de los Catarí (Tomás Catarí y sus hermanos, Pedro Vilcapasa, Alejandro Calisaya y Julián Apasa ), en Perú y Charcas, respectivamente; de carácter exterminador y estallido del odio al blanco, tanto criollo como europeo, aunque los jefes intentaron atraerse al primero y dar tono americanista a la insurrección. Tuvo un carácter marcadamente racial y social, de reivindicación del antiguo estado anterior a la conquista, y de conseguir la independencia de un Perú indígena; repeliendo al fin a criollos y mestizos, que habían de ser, no mucho después, los autores de la emancipación, y no el indio. Esta sublevación (1780-81) fue la más sangrienta y peligrosa ocurrida en la época colonial.

La tercera insurrección grave del siglo XVIII ofreció rasgos menos terribles: fue la de los Comuneros del Socorro en Nueva Granada (1780) asimismo provocada por los gravámenes fiscales del visitador Gutiérrez de Piñeres, y encabezada por Juan Francisco Berbeo y José Antonio Galán, que triunfaron fácil y efímeramente, acabando por ser ejecutado el segundo. Repercutió tal movimiento en Mérida de Venezuela, y sufrió la influencia del de Tupac Amaru, como ocurrió en Casanare; no pretendió abiertamente la separación, aunque ocultamente fue atizada por altos elementos criollos a ella inclinados.

Existieron en este s. , además de las sublevaciones referidas, conjuras con más o menos fundamento conocidas casi solo por las peticiones de ayuda a Inglaterra, interesada en destruir el monopolio mercantil español y abrir libremente el continente americano a su comercio. Tras la era de la piratería y a la par de intenso contrabando, pensó Inglaterra en la conquista de territorios americanos, pero también desde 1740 —guerra de Sucesión de Austria— en ayudar a la separación, como ya concibieron Walpole y Vernon. En 1742 un grupo mexicano pedía auxilio a Oglethorpe, gobernador de Georgia; en 1765 reiteraba la petición al Gobierno inglés el aventurero marqués d’Aubarède en nombre, según decía, de unos patriotas mexicanos, y la repetía en 1782-83 otro aventurero, La Tour o Juan Antonio de Prado, que pretendía la independencia de Chile, Perú y Río de la Plata; el de Francisco de Mendiola (1785), que se decía comisionado por otro grupo de nobles mexicanos; el ex jesuita mendocino Juan José Godoy, que alegó en Londres tener una representación de Chile para tratar de la separación (1781-85), y asimismo otro insolvente, Luis Vidal (1784), catalán que fingió actuar en nombre de los comuneros de Nueva Granada; todos estos individuos y otros más análogos ofrecían magníficas condiciones a Inglaterra por la ayuda a la emancipación o incluso por colocarse bajo su soberanía, pero se ignora qué grado de veracidad o de posible efectividad merecían.

A partir de 1783 comienza la que puede designarse era de Miranda, pues el célebre revolucionario toma sobre sí la tarea de la independencia y le consagró tenaz y constantemente todos sus esfuerzos, esperando siempre la ayuda inglesa, salvo la etapa de su intervención en la Revolución francesa. Aparte de los hechos inspirados por él, hubo repercusiones de la ideología francesa y la conspiración de los machetes (1779) en México, con algunos procesos inquisitoriales, en el Plata (1795) y otros países. En Chile, los franceses Antonio Berney y Antonio Gramusset con José Antonio de Rojas conspiraron utópicamente por implantar la república (1780), pereciendo presos los franceses y salvándose el prócer chileno, que desempeñó papel de relieve cuando la independencia.

A fin de s. , también reflejó ideas de la Revolución francesa la tentativa de los desterrados españoles Juan Bautista Picornell, Sebastián Andrés y Manuel Cortés Campomanes, que ya habían conspirado en la Península (Republicana, primera conjuración), en connivencia con los venezolanos Manuel Gual y José María España y otros de menos relieve, en La Guaira (1797), intento no realizado, pero que costó la vida a España (1799). Asimismo fracasó en Maracaibo el intento también republicano de negros y mulatos, dirigidos por Francisco Javier Pirela (1800). En Nueva Granada, el precursor de la independencia fue Antonio Nariño, procesado en 1794 por haber traducido los Derechos del Hombre.

Reunía Miranda en París, en 1797, lo que llamó pomposamente Junta de las ciudades y provincias de la América Meridional, con los supuestos ex jesuitas Manuel José de Salas y José del Pozo y Sucre —militar este e ignorado el primero, pero no jesuitas—, delegados de otros conjurados, para impresionar con sus conclusiones al Gobierno inglés; también divulgó la encendida proclama antiespañola de otro jesuita expulso (el peruano Juan Pablo Viscardo y Guzmán (†1798), que llamaba a los americanos a la independencia. En los primeros años del siglo XIX el ambiente era ya propicio a una subversión, pero no estallaron tentativas serias antes de 1808.

Las más importantes fueron la conspiración del mineralogista peruano José Gabriel Aguilar, en el Cuzco, con el abogado Manuel Ubalde (1805) para restablecer la monarquía inca, siendo ambos ejecutados; y la expedición de Miranda a Venezuela, en dos tentativas ante Ocumare (28 de abril) y Coro (agosto de 1806), fracasadas por no secundarle los criollos, a quienes desagradaba la ayuda que le prestaba Inglaterra, temiendo cambiar de dominación.

Un plan de Miranda recogido por el Gobierno inglés ocasionó los ataques a Buenos Aires y Montevideo (1806 y 1807), rechazados por los criollos, que tampoco querían recibir la independencia del extranjero; pero tal hecho influyó en preparar los ánimos, por la propaganda realizada en favor de la separación por los ingleses, durante su ocupación de Montevideo, y por el general Beresford, caído prisionero, ayudado por Saturnino Rodríguez Peña; también repercutió por la destitución del inepto virrey Sobremonte llevada a cabo por los criollos, en plena conciencia ya de su fuerza y de sus posibilidades.

En síntesis, ninguna de las tentativas referidas tuvo éxito ni produjo resultados duraderos, y solo ofrecieron verdadera gravedad los del Paraguay y Tupac Amaru, pero son síntomas de malestar o de algunas de las causas que engendraron la independencia. Fue necesario la acumulación de factores indicados en otra parte y las circunstancias por que atravesó España a comienzos del siglo XIX para que llegase a madurez la emancipación.

Causas y circunstancias

Causas alegadas

La emancipación de la América española de la soberanía de la metrópoli es un hecho desarrollado1810 a 1824, mediante el cual las antiguas posesiones de España en el continente americano conquistaron su independencia, se constituyeron en Estados y remplazaron la anterior unidad colonial por una diversidad de naciones con personalidad propia. Se trata de un complejo fenómeno histórico de variado desenvolvimiento, con pluralidad de causas y confluencia de múltiples factores; ofrece una fisonomía bien marcada, la cual origina que no pueda confundirse con movimientos anteriores en América, señalados en los precedentes de la independencia, que, en general, no tienen de común con el movimiento definitivo más que la aspiración a segregarse de España, pero con otros rasgos y sin el típico conjunto de caracteres que dan tono especialísimo a este grandioso acontecimiento histórico.

Indicados los principales antecedentes, hay que exponer las causas de la emancipación, las cuales son muy numerosas, y cuya apreciación ha variado mucho, al punto de que no coinciden todavía los historiadores en la estimación de todas ellas. Durante mucho tiempo ha sido en cierto modo clásica la enumeración que, por ejemplo, en 1817 hizo el patriota venezolano Manuel Palacio Fajardo, para justificar la revolución ante el extranjero —común a otros próceres y manifiestos— y que podría calificarse de visión liberal y nacionalista de las causas, generalizando a toda América, hechos que tenían más importancia en algunos países que en otros: la tiranía de las altas autoridades, la injusta administración de justicia, el monopolio económico, el aislamiento en que se mantenía a las colonias, el desdén por los criollos, con la consiguiente desconfianza hacia ellos y su apartamiento de los cargos de gobierno y administración y la ignorancia en que trataba España de mantener a aquellos países. En resumen, se ha considerado como principal causa la tiranía ejercida por España, y la emancipación habría sido un movimiento contra una usurpadora e injusta dominación extranjera.

En lo expuesto hay generalización y exageración de hechos reales o una tergiversación de otros, omitiendo sus motivos y matices; por ejemplo, la ignorancia alegada está en contradicción con la labor cultural desenvuelta por España desde los días de la conquista, con el nivel cultural de las altas clases americanas y, en especial, el de los próceres; pero alude concretamente a los obstáculos puestos para evitar la difusión de las ideas enciclopedistas y de todo lo que atacara a la reli gión, a la autoridad regia y a la soberanía española.

El monopolio económico era general en todas las colonias de las demás naciones, e Inglaterra que lo venía atacando violentamente en el Imperio español, lo practicaba celosamente en las suyas, y notorio es que constituyó precisamente una de las causas más importantes de la revolución norteamericana. Cierta es la postergación de los criollos de los cargos, la cual no era, por otra parte, legal ni tampoco sistemática, procedía de buscar gente de confianza que creían encontrar los monarcas en los peninsulares o en personas más próximas a la fuente del Poder; en los últimos tiempos coloniales había aumentado el número de americanos admitidos a funciones públicas. El concepto de tiranía era bastante vago, y con él tanto se visaba a efectivos abusos de autoridades como al criterio autoritario propio del régimen absoluto que había informado toda la actuación española e inherente a su legislación, como incluso a la opresión ejercida con los indios, en la que eran responsables tanto peninsulares como principalmente la sociedad criolla, beneficiaria de la propiedad y de la mayor parte de la economía, cual señalaron ya Jorge Juan y Antonio de Ulloa en sus Noticias secretas.

A estas causas se ha añadido el influjo de la ideología del siglo XVIII con el ejemplo a la par de las revoluciones norteamericana y francesa. El último se ha exagerado al punto de considerar la revolución hispanoamericana como repercusión o derivación de la revolución de 1789, en forma exclusiva. (Se pueden señalar como típicos representantes de esta tendencia a Hugo D. Barbagelata y Luis Alberto de Herrera, entre otros muchos. )

Causas reales

Ya desde el siglo XIX se empezó a rectificar el criterio unilateral con que se enjuiciaba la emancipación, y a estudiarla a la luz de nuevos documentos o con otros puntos de vista, hasta llegar a una gran diversidad de ellos, incluso antitéticos. Así, José León Suárez veía unilateralmente la revolución americana como un aspecto de la efectuada por el liberalismo español contra el absolutismo como enemigo común a ambas, mientras que el escritor monárquico francés Marius André, en una discutida obra, La fin de l'empire espagnol d'Amérique (1922), atribuía la emancipación a reacción conservadora contra el triunfo del régimen liberal en la Península y contra la Revolución francesa, desquiciando hechos y generalizando en exceso otros, pero contribuyó a atenuar el excesivo influjo supuesto en la Revolución francesa.

En la imposibilidad de indicar tanto criterio contrapuesto, nos limitaremos a señalar las principales causas y factores de la indepen dencia, que, con un criterio más histórico, se puede juzgar han influido más en ella y como las exponen recientemente historiadores americanos (como Parra-Pérez y Encina ).

La formación de un pueblo nuevo

Las causas fundamentales, de las que derivan las otras, se concretan en la madurez y desarrollo adquirido por las naciones hispanoamericanas y en la rivalidad del criollo con el peninsular. El primer concepto, aunque parezca un tópico, es la realidad básica sobre la que se asienta la independencia: lo que no habría sido viable en el siglo XVI —a raíz de las rebeldías de los conquistadores o de la resistencia india— lo era a comienzos del XIX, debido a la labor realizada por España, gracias a la cual sus posesiones americanas no eran colonias en la realidad geográfica y sociológica, aparte del concepto legal, sino países de cultura cristiana y europea y prolongación en todos los aspectos del Viejo Mundo.

Por su organización política y administrativa, por su desarrollo social, económico y cultural, las provincias americanas, en la conciencia de los criollos y de sus elementos más capaces, se sentían con plenitud histórica aptas para la vida independiente y para constituir Estados autónomos, susceptibles de proseguir dentro de la órbita cultural europea y de no ser meras colonias de carácter indígena segregadas de la metrópoli. Tal conciencia se daba principalmente en el elemento criollo y en el mestizo, con varia matización, y con un tono diferente a como podía sentirla el indio, nostálgico más bien de su antigua cultura e ideología y hostil al blanco y a todo lo que representaba y había aportado.

Relacionada con esta causa estaba otra primordial, y era la formación de pueblos americanos distintos del peninsular, modelados por un medio geográfico diferente, otro clima, diversa adaptación, economía peculiar, necesidades de todo orden satisfechas de otro modo, costumbres nuevas, influjo poderoso del elemento indio y de su antigua cultura alimentado por el fuerte mestizaje, en mayor o menor grado según los países; en resumen, una vida diferente de la de España, y que forzosamente había de influir sobre la comunidad de sangre, religión, cultura, ciudadanía e intereses; gradualmente los elementos diferenciadores adquirirían primacía sobre los conexivos; fundamental era la diferencia surgida de carácter y temperamento entre peninsulares y criollos.

Rivalidad de criollos y peninsulares

La rivalidad del criollo hacia el europeo procedía ya de la primera generación de ellos —manifestado incluso en forma separatista como en la conjura de Martín Cortés —; la tierra acabó por prevalecer sobre la sangre aunque conservando siempre la primacía sobre el indio y las castas y el criollo se sentía americano y distinto del peninsular, aunque fuera su padre, ganado por el amor al terruño, que acabó por ser la patria, y se llenó de contenido sentimental, con solidaridad por todo lo referente a ella: su geografía, sus costumbres y su pasado indio, aunque el indígena contemporáneo estuviera menospreciado y oprimido por el mismo criollo.

Desde muy pronto existió esta conciencia y, por tanto, rivalidad y envidia con el peninsular, que acaparaba la mayoría de los cargos o por su esfuerzo se encumbraba a la riqueza, menospreciando cada elemento al otro con ponderación de los respectivos defectos; la rivalidad penetró incluso en los claustros, obligando a una medida que no satisfacía: la alternativa en la dirección. Tal estado de ánimo hacía ver con recelo o desafecto las medidas del Gobierno español y tomar muchas de ellas a mala parte, exagerando las faltas o no queriendo comprender sus razones, como en el caso de la política comercial, aparte de los desaciertos o trabas absurdas de ella. No significa tal situación psicológica que se estuviera pensando siempre en la emancipación, pues se daba habitualmente, junto con una honda lealtad al monarca, e incluso en los primeros tiempos del movimiento revolucionario muchos americanos habrían deseado compatibilidad entre la autonomía y el rey.

La unión con España se había debilitado en los espíritus, y en muchos de los criollos no había otro lazo con la metrópoli que la persona del monarca, argumento que con más o menos razón jurídica fue invocado —y poseyó bastante fuerza—, a raíz del movimiento emancipador. Ha podido decir Alemparte que la revolución no fue el alzamiento de los criollos contra una insoportable tiranía, sino la toma del poder por una clase que se creía con derecho a mayor injerencia en el gobierno. J. C. Chaves añade un sentido patriótico criollo, que impulsaba a desear para su país lo mejor, cifrado en la independencia: Para s. Zavala, por optimismo en el porvenir. Era general el afán de elevación y grandeza de América.

Motivos de descontento

Además de lo dicho antes, existían realmente factores de descontento con el régimen dominante en América, y se podría aducir como ejemplo, por su moderación y no corresponder a una exposición separatista de causas, las peticiones elevadas por los representantes americanos en las llamadas Cortes de Bayona en 1808 . Pedían igualdad de americanos y españoles, libertad de agricultura, industria y comercio, con supresión de monopolios y privilegios; igualdad de clases sociales, con abolición de la nota de infamia sobre mestizos y mulatos y del tributo de los indios, de su servicio personal y del trabajo forzoso y de sus limitaciones legales, supresión de la ceremonia del paseo del pendón real, emblema de la conquista; representación en Cortes, que fiscalizase las cuentas de Indias, separación de funciones administrativas y judiciales en virreyes y gobernadores; creación de tribunales de apelación, que evitasen el recurso al Consejo de Indias; incluso abolición de la trata. Se acusa a España por historiadores americanos de no saber regir con acierto un país en pleno ascenso.

Sentido de libertad

Influyeron asimismo sobre la independencia ideologías, ejemplos y estímulos. Anterior a las ideas venidas de Francia y del mundo anglosajón es un sentimiento de libertad, traído por los conquistadores y primeros colonos, y cuyo alcance no se puede fijar aún con exactitud. Para diversos historiadores americanos —o no—, el amor medieval a la libertad —en realidad a libertades y privilegios— propio de Castilla, expresado en sus ayuntamientos y vencido con las Comunidades, se conservó y se transmitió en América, donde se hizo patente en las rebeldías de los conquistadores contra la autoridad real —así la de Gonzalo Pizarro — y se refugió en los municipios o cabildos, en los que se habría perpetuado hasta el mismo momento de la emancipación.

Los cabildos fueron la institución más asequible a los criollos, donde pudieron ejercer predominio e incluso adquirir cierta experiencia política. No cabe duda de que los cabildos estuvieron en manos de la aristocracia y de la burguesía criollas, de la que fueron sus órganos oligárquicos, burguesía orgullosa y turbulenta e indisciplinada, de la que es un relevante ejemplar la del Paraguay. Cierto es que la legislación metropolitana halló frecuente resistencia en ella, por lo que se ha considerado que los cabildos eran el órgano atenuador del absolutismo en la práctica y hasta una escuela de libertad.

El papel de los cabildos ha sido puesto de relieve debidamente —por ejemplo, por Julio Alemparte —, pero se ha exagerado asimismo su significación, generalizando casos. Además de su carácter oligárquico y nada democrático, sus atribuciones estaban muy limitadas, y salvo sucesos concretos o actitudes, como la de los Comuneros del Paraguay, su intervención en la independencia consistió en haber servido de instrumento para el chispazo inicial, más que en haberla preparado.

Nuevas ideologías

Anteriormente a la ideología de la Enciclopedia existió en América otra, coincidente con ella, de tipo democrático, propugnadora de la soberanía popular, denominada populista por Giménez Fernández, que la ha señalado, procedente de los escolásticos y que fue enseñada en las aulas, llegando su influjo hasta los próceres de la independencia: es la de Antequera y Mompó y en la que han insistido el padre Furlongs Chaves y otros. Confluyó con la proveniente de Francia, y en realidad fue absorbida por esta, cuyo influjo fue indudablemente muy poderoso, como se manifiesta a lo largo del movimiento de la Ilustración americana.

La influencia de la ideología revolucionaria del siglo XVIII ha sido exagerada, hasta atribuirle la paternidad de la emancipación. Ciertamente que las ideas de los teorizantes franceses son patentes en muchos próceres, como en Miranda, Nariño, Bolívar, Hidalgo, Moreno, Castelli, Martínez de Rozas, Zea, Rivadavia y otros más, como también que las formas constitucionales adoptadas al estallar la revolución y organizar los nuevos Estados proceden de Francia y de los Estados Unidos principalmente, además de los influjos del naciente liberalismo español manifestados en las Cortes de Cádiz; puesto que, en realidad, eran las corrientes de la época y difícilmente se habrían hallado otras que respondiesen al sentido de oposición a las instituciones dominantes hasta entonces en América.

No obstante, cabe insistir en que la ideología enciclopedista no fue la causa exclusiva ni aún la fundamental de la independencia, puesto que esta tuvo otras varias, venidas de lejos y aun ideas anteriores; pero se desarrolló a lo largo del proceso revolucionario, le vistió con sus formas y su mística, sirvió para encender el fervor y concluyó por informar las nuevas instituciones, moldeada la organización de los nuevos Estados por el liberalismo, por lo que la revolución hispanoamericana ingresó en el grupo de las revoluciones liberales, lo que ha hecho perder de vista sus orígenes, que se podrían calificar más bien de nacionalistas: de lucha por la independencia más que por la libertad en dos momentos, como señaló García Gallo.

Es de advertir que influyó más la ideología del XVIII que la propia Revolución francesa, a causa de los excesos del Terror, que la desacreditaron ante muchos próceres, incluso Miranda, actor de ella. Indica García Samudio que, en general, influyó más el ejemplo norteamericano, cuyas instituciones, democracia, federalismo, presidencialismo, fueron adoptadas, unas u otras, en muchos países hispanoamericanos, aunque se expresó más en los elementos dirigentes, mientras que al pueblo le eran más comprensibles las fórmulas revolucionarias francesas.

El ejemplo de la triunfante emancipación norteamericana —ayudada por España— fue potentísimo en Hispanoamérica, como ya advertía el conde de Aranda; impresionó a los criollos, quienes volvieron sus miradas a la nueva nación; les fascinó su fulminante desarrollo y enorme prosperidad, que atribuyeron simplemente a efecto de sus instituciones libres y democráticas, sin advertir los factores geográficos, el carácter de los anglosajones, su energía y amor al trabajo y otros elementos ajenos a la política, y olvidando las condiciones peculiares de los países hispanoamericanos: la pobreza de muchos, la diferencia de condiciones sociales y el lastre de las razas de color; creían ingenuamente como señala Pereyra que bastaba la independencia para remover todos los obstáculos a la prosperidad. Los Estados Unidos, por su carácter y la ideología dominante, y por la rivalidad que desde el primer momento ostentaron con España, miraban con simpatía la separación de sus vecinos y la excitaban cuanto era posible, como hacían sus marinos y comerciantes en los puertos de Chile y otros países.

Las reformas del siglo XVIII

Las reformas borbónicas y especialmente las de Carlos III y los ministros del Despotismo Ilustrado tuvieron consecuencias de vario orden sobre la tendencia emancipatoria. Es visible el aumento de bienestar y de cultura aportado por las reformas —aludidas en la Ilustración—, pero no aumentaron la adhesión, pues por un lado hicieron más intolerable la soberanía de la metrópoli, acrecieron la conciencia de la propia personalidad y el deseo de libre determinación, al aumentar las posibilidades de las futuras nacionesiglo Incluso las mejoras desagradaban por el hábito de orden, regularidad y rigidez fiscal introducidos, contrapuestos a los vicios y corruptelas arraigados, o irritaban los halagos, o se interpretaban en sentido hostil los móviles de las reformas.

Los ministros de la Ilustración carecieron de finura psicológica en su política americana y creyeron satisfacer las aspiraciones criollas con las mejoras exteriores —indudables, al punto de que es mero tópico el atraso de América en vísperas de la independencia, pues es innegable su situación de progreso en muchos aspectos, como observó Humboldt. Pero su política antitradicional resultó contraproducente y distanció a muchos espíritus, por la anulación de las tendencias que habían informado el Imperio español y la obra de España en el Nuevo Mundo, por la disminución de su carácter espiritual y su concreción en intereses materiales, y por ser consideradas las provincias americanas como colonias y moneda de cambio en los conflictos internacionales, en mayor grado que hubieran podido serlo antes, y sin los rasgos que justificaban la acción de España.

Donde se expresó el error del Despotismo Ilustrado con mayor crudeza y peores consecuencias fue en la expulsión de la Compañía de Jesús; son unánimes los testimonios y opiniones de los historiadores acerca del quebranto producido en el ánimo de la burguesía criolla por tal hecho, pues eran los jesuitas sus educadores y guías, gozaban de profunda veneración y por su saber, cultura y conducta superaban en este respecto a otras órdenes, de modo que la expulsión era notoriamente violenta e injusta. El respeto al rey se resquebrajó y perdió este el apoyo de los más celosos defensores de su autoridad, cuyo poderoso influjo faltó al sobrevenir la crisis de la soberanía. Además, algunos de los jesuitas americanos expulsos, indignados por lo hecho con ellos, se adhirieron a los elementos independizantes; con ellos entró en relación Miranda, y Viscardo y Guzmán lanzó una ardiente proclama en pro de la independencia, ponderando el ejemplo norteamericano. Otros —Molina, Clavijero, Cavo — nutrieron con sus obras históricas el sentimiento patriótico americano. Importante fue la renovación cultural y el cambio de ideario filosófico y científico y la difusión de los medios de enseñanza, estudio e investigación

Actitudes extranjeras

Otro factor que influyó en la independencia fue la política extranjera hostil a España, y con más fuerza la de Inglaterra. Siempre había combatido al Imperio español, para romper principalmente el monopolio comercial y la pretensión de cerrar América a la colonización extranjera. Después de la etapa pirática de los siglos XVI y XVII, en el siguiente predominó el contrabando en auge, y simultáneamente, con el afán de conquistar posesiones españolas, se fue abriendo paso el criterio de favorecer su independencia, convertido en tenaz e implacable objetivo, aunque las pretensiones conquistadoras se habían de manifestar todavía en 1806 y 1807, con los ataques a Buenos Aires y otros planes no ejecutados.

Los separatistas americanos durante todo el siglo XVIII pusieron sus esperanzas en Inglaterra, y a ella acudieron incesantemente en solicitud de auxilio . Miranda preside toda una época de esfuerzos en este sentido, y constantemente procuró a todo trance obtener el apoyo inglés. Pero la opinión criolla, aunque anhelaba la ayuda británica, desconfiaba de sus intenciones, y rechazó tanto los ataques al Río de la Plata como dejó solo a Miranda, pues se prefería en último caso el amo viejo . Los ataques a Buenos Aires tuvieron otra consecuencia: el triunfo obtenido por los criollos sobre los ingleses les dio plena conciencia de su fuerza y de la debilidad de las autoridades españolas, y la destitución del inepto virrey Sobremonte sentó un grave precedente.

La actitud francesa fue menos decisiva, salvo por repercusión, pues carecieron de importancia los proyectos y tentativas de los revolucionarios y de Napoleón; pero la guerra de la Independencia española había de proporcionar a los partidarios de la emancipación una ocasión excepcional para implantarla.

En último término, la separación de América es fruto de la evolución histórica española, en una ruta que se alejaba de su pasada grandeza. Como ha dicho Eyzaguirre, fue la etapa culminante de un proceso de disgregación cultural, alentada por los rivales. Coincide con la desintegración espiritual de España (Puente Candamo ). Remata el proceso disgregativo que arranca del siglo XVII, y que solo aparentemente contuvo el XVIII. Como se ha dicho, hubo impaciencia en América y falta de decisión y de flexibilidad en España.

La circunstancia histórica

Todo este ambiente y esta acumulación de causas y factores necesitaba una coyuntura propia, que ya no dependía de América, y que le fue otorgada por la inepta política de Carlos IV y Godoy en relación con Francia y a la zaga de Napoleón. Trafalgar dejó a España sin flota y aislada de América. La caída de Carlos IV, la proclamación de Fernando VII, las abdicaciones de Bayona y el levantamiento del pueblo español depararon la ocasión buscada por la minoría que veía próximo el momento de la insurrección. Sin embargo, 1808 cogió desprevenidos a los conspiradores y partidarios de la independencia, a pesar de los esfuerzos y manejos de Miranda y de la logia que para la separación de América fundó en Londres (poco conocida es la actuación de la masonería americana con anterioridad; por procesos inquisitoriales se sabe de su existencia, en México, por ejemplo, y de sus tendencias revolucionarias.

La Logia Lautaro, filial de la de Miranda, centralizó luego en Cádiz los trabajos por la emancipación. A la masonería pertenecieron muchos de los caudillos de la independencia, empezando por Bolívar y San Martín). América, ante la invasión de España, reaccionó en sentido leal y de reconocimiento inequívoco de Fernando VII, proclamado en todas partes, a impulso en varios sitios —Caracas, Buenos Aires— de los elementos criollos contra la indecisión de las autoridades, y fracasaron los emisarios napoleónicos que intentaban el reconocimiento de José Bonaparte. Se enviaron grandes cantidades de dinero y fue acatada la autoridad de la Junta Suprema Central como legítimo Gobierno, manteniéndose intacta la armazón española en América y las autoridades existentes.

EZQUERRA, Ramón, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, T. A-E, págs. 1231-1239.

Transición de 1808 a 1810

Durante los años siguientes maduró el propósito libertador en la mente de los futuros dirigentes, - los próceres de la independencia - y tuvieron tiempo de preparar el movimiento, cuya simultaneidad e identidad de métodos y de conducta no pueden ser casuales, sino premeditados, y de suponer que debidos en gran parte a la labor de Miranda que manejaba los hilos desde Londres. Durante este tiempo se agitó en América la cuestión de formar juntas de gobierno análogas a las formadas en la Península; las deseaban los criollos para equipararse a la metrópoli, no ser inferiores a ella y poseer un Gobierno nacional y como camino para el logro de la independencia, pero las autoridades coloniales se opusieron y continuaron virreyes y capitanes generales con sus atribuciones anteriores.

La Junta Suprema de España reconoció la igualdad de los americanos (1809) y acordó admitir en su seno a sus representantes, sin llegar a efectuarse. En la reunión convocada en Bayona por Napoleón asistieron unos pocos americanos residentes en España, y en la constitución que allí se promulgó se otorgó asimismo representación a las provincias americanas en los organismos de gobierno y en las Cortes.

De 1808 a 1810 fue en aumento la agitación, preludio del movimiento revolucionario, y se manifestó en la creciente tensión en el Río de la Plata, en la oposición entre Liniers y Elio, apoyado el primero —y después su sucesor Hidalgo de Cisneros— por los patriotas argentinos, mientras el segundo convertía Montevideo en foco españolista. La infanta Carlota Joaquina, esposa de Juan VI de Portugal, pretendía la regencia y hallaba eco en algunos patriotas argentinos como Rodriguez Pena, deseosos de llegar así más pronto a sus fines. (Juan VI, regente aún, trasladó al Brasil la corte y Gobierno de Portugal huyendo de la invasión napoleónica).

Fue recuperada Santo Domingo de la dominación francesa (1809). En México, el virrey Iturrigaray se inclinó a los criollos y a la convocación de un congreso nacional, encaminado a la independencia, lo que estorbaron los españoles deponiendo a aquel (IX-1808) y prendiendo a los instigadores del movimiento. En 1809 y 1810 menudearon las conspiraciones separatistas en México. En dos países estallaron ya insurrecciones por la formación de juntas nacionales: en Quito y en Charcas, ambas en 1809, y reprimidas sangrientamente, anticipo de lo que iba a ser general en 1810.

El movimiento de 1810

El momento señalado para el estallido revolucionario fue la caída de la Junta Suprema Central, previsible ante el mal cariz de la guerra; el argumento: la inexistencia de gobierno en España y su caída en poder de Napoleón, por lo que los países americanos debían atender a su propia salvación y recabar su soberanía, recaída en el pueblo. Sin embargo, en todas partes, por disimulo —que no engañó a los leales— se proclamaron los nuevos gobiernos en nombre de Fernando VII. Sin embargo, no faltan historiadores que creen que su reconocimiento era sincero y que la actitud intransigente de la metrópoli y su hostilidad a las Juntas condujeron al separatismo.

Pero hay casos en que la evolución es tan rápida a la conducta seguida por las Juntas americanas, que se advierte que la independencia era el objetivo perseguido. El método fue casi igual en todas partes: convocatoria de un cabildo abierto en la capital, instrumento de los patriotas que deponen a las autoridades superiores y constituyen una junta, la cual actúa como un gobierno soberano en la práctica (Juntas americanas), formando un ejército, entablando relaciones diplomáticas con Inglaterra y Estados Unidos, en solicitud de su apoyo, y convocando un congreso, según el modelo francés o norteamericano, del que sale una constitución liberal y, en general, la proclamación de la independencia y la adopción del régimen republicano.

España reacciona desde el primer momento contra estas tentativas, cuyo alcance no se le escapaba, y se enciende la guerra, que ha de durar quince años. Así sucedió en 1810 en Caracas (19-IV), Buenos Aires (25-V), Bogotá (20-VII), Santiago de Chile (18-1X) y Quito de nuevo (19-IX). Virreyes y capitanes generales se dejaron deponer sin resistencia. Fallado en México procedimiento semejante, por lo dicho, estalló una rebelión violenta encabezada por Hidalgo (16-IX). No se movió el Perú, regido por la férrea mano del virrey Abascal, que lo convirtió, por el contrario, en el foco de la resistencia españolista, y con sus tropas atendió a combatir la insurrección en el Río de la Plata, en Charcas, en Quito y en Chile. A fines de 1810 ya ardía la guerra en México y en Charcas, donde se formó una Junta en Cochabamba (septiembre).

Periodos de la lucha

Al hablar de país americano se detallan los principales hechos de la lucha por la independencia y a ellos nos remitimos, limitándonos aquí a los rasgos generales. Tres períodos se pueden marcar en esta época, sin una estricta separación cronológica, pues caracteres de unos se anticipan o retrasan en otros países. En el primero, de 1810 a 1814, triunfan en general los movimientos revolucionarios que se hacen generales. En el segundo, de 1815 a 1820, España vence en varios países, favorecida moralmente por el regreso del rey, y restaura el régimen colonial, salvo en el Río de la Plata; a fines de este periodo alcanzan su independencia algunos países (Chile, Nueva Granada, Venezuela). En el tercer período la independencia triunfa en todas partes a partir de 1821, año del derrumbamiento de la soberanía española, a consecuencia de la sublevación liberal en 1820 en la Península, aunque la resistencia se prolonga hasta la batalla de Ayacucho en el Perú (1824), y en lugares aislados hasta comienzos de 1826. La soberanía española solo se mantuvo después en Cuba y Puerto Rico.

Primer período

En 1811 el movimiento insurreccional se propagó al Paraguay (Junta, 15-V) y al actual Uruguay (sublevación de Artigas, 28-II), fracasando una tentativa centroamericana. Se reunieron congresos en Nueva Granada, Venezuela, Chile y Paraguay; se promulgaron constituciones en Venezuela y Cundinamarca (Nueva Granada), y se proclamó oficialmente la independencia de Venezuela (5-VII), Cartagena de Indias (11-XI) y Quito (11-XII). Pero Hidalgo fue derrotado y pereció; la invasión argentina en Charcas fue vencida en Guaqui por Goyeneche, y se inició la guerra en Venezuela. Mil ochocientos doce fue año de guerra por doquier: en Quito, donde fue aplastada la insurrección; en México, en que se puso Morelos al frente de los independientes; en Venezuela, donde el triunfo de Monteverde sobre Miranda marca el fin de la primera revolución venezolana; en el Río de la Plata, donde Belgrano contiene en Tucumán la invasión realista.

La situación fue análoga en 1813: Bolívar se puso al frente de la segunda revolución de Venezuela y proclamó la guerra a muerte; Abascal envió tropas contra Chile, y una nueva invasión argentina en Charcas fue derrotada por Pezuela, luchándose también en los confines de Nueva Granada. En el Río de la Plata se reunió la Asamblea Constituyente, y Morelos convocó el congreso de Chilpancingo que proclamó la independencia de México (6-XI); asimismo fue proclamada la independencia de Nueva Granada (16-VII), constituida federalmente desde 1811; asimismo se declaró independiente el Paraguay (12-X), de España y del Plata. En 1814 decayó la revolución en muchos países, mientras Fernando VII regresaba de su cautiverio: Bobes acabó con la segunda república de Venezuela; Morelos fue vencido y pereció al año siguiente, decayendo rápidamente la revolución mexicana; en Chile concluyó el primer período autonómico (la Patria Vieja), por la derrota de O'Higgins en Rancagua. Pero Montevideo, baluarte español, cayó en poder de los argentinos y uruguayos, y estalló un sublevación en el Perú, pronto vencida.

Segundo período

En 1815 la soberanía española parecía restablecida en la mayor parte de América, menos en el Río de la Plata, pues llegó a Costa Firme la expedición de Morillo, único ejército importante enviado desde la Península, que tomó Cartagena, y en 1816 conquistó Nueva Granada, poniendo fin a su anarquía federal y al período de la Patria Boba. La derrota de Viluma (XI-1815) contenía la tercera invasión argentina en el Alto Perú. Sin embargo, en 1816, Bolívar encendía la tercera revolución de Venezuela; el Río de la Plata proclamó por primera vez oficialmente la independencia (Congreso de Tucumán, 9-VII), siendo el único país que de hecho era independiente desde 1810; pero tropas brasileñas invadieron el Uruguay.

La reconquista española quedó perturbada en 1817 por la guerra venezolana y por la invasión de Chile por San Martín, vencedor en Chacabuco, quien consolidó en Maipú, al año siguiente, la independencia chilena, proclamada, también por primera vez, el 12-11-1818. Asimismo cesó la soberanía española en Nueva Granada en 1819 por el triunfo de Bolívar en Boyacá. Bolívar, en el congreso de Angostura (17-XII-1819) constituía la república de Colombia, con Venezuela y Nueva Granada por entonces. En ese mismo año se vio obligada España a ceder la Florida a los Estados Unidos.

Tercer período. Triunfo de la Emancipación

La sublevación de Riego y la implantación del régimen liberal en España, en 1820, suspendieron el envío de una nueva expedición y paralizaron la resistencia española. Aún estaban sometidos México, América Central, las Antillas, parte de Venezuela y de Nueva Granada, Perú y Quito. San Martín invadió por mar el Perú para dar un golpe decisivo al baluarte realista más importante. En Guayaquil se proclamó la independencia (9-X). Las consecuencias del nuevo estado de cosas se manifestaron en 1821, que representó de hecho el fin de la dominación española en la mayoría de lo que conservaba; por reacción contra el nuevo régimen peninsular, el Plan de Iguala, promovido por Iturbide, condujo a la proclamación de la independencia de México (28-IX); asimismo se declararon independientes la capitanía de Guatemala (15. IX), Panamá (28-XI), unido a Colombia, Santo Domingo (30-XI), y San Martín proclamó la libertad del Perú (28-VII), pero continuó aquí la guerra por más tiempo que en el resto de América.

La Batalla de Carabobo consolidó la independencia venezolana. El congreso de Cúcuta reorganizó Colombia. Pero el Uruguay fue anexionado al Brasil (31-VII), y Santo Domingo cayó inmediatamente bajo el yugo de los negros de Haití, no conquistando su independencia definitiva de este hasta 1844. También se separó el Brasil de Portugal (7-1X-1822), por obra del príncipe don Pedro, que se proclamó emperador.

En 1822 la batalla de Pichincha, ganada por Sucre, emancipó Quito, que se unió a Colombia, y se efectuó la célebre entrevista de Guayaquil entre los libertadores, Bolívar y San Martín. América Central se unió al imperio mexicano proclamado por Iturbide, pero en 1823 desaparecieron la unión y el imperio. Retirado San Martín del Perú, se encargó Bolívar de concluir su emancipación, ante la fuerza del ejército realista, y la actitud internacional se inclinó decisivamente al reconocimiento de la independencia americana, anulando las últimas ilusiones españolas, por el Memorándum Canning-Polignac (9-X) y el mensaje de Monroe (2-XII). En 1824, las batallas de Junín (6-VIII) y Ayacucho (9-XII) en el Perú dieron el golpe final a los restos de la soberanía española.

En 1825 se proclamó la independencia de Charcas con el nombre de Bolivia (6-VIII), tanto de España como del Perú y la Argentina. Al mismo tiempo, se sublevó el Uruguay contra el Brasil y fue reconocida su independencia del Brasil y de la Argentina en 1828. La rendición de Chiloé (19-I-1826) y la del Callao (22-I-1826) indican el final de las últimas resistencias españolas. Las rivalidades entre Inglaterra y Estados Unidos, manifestadas a raíz del congreso de Panamá, convocado por Bolívar (1826) y que fue un fracaso en su intento de unir a las nuevas nacionalidades, contribuyeron a impedir que la emancipación se extendiese a Cuba y Puerto Rico., como quería Bolívar.

Caracteres de la lucha

Aspecto social

Citaremos brevemente algunos rasgos de este épico período. La revolución fue en todas partes inicialmente obra de una minoría patriota, audaz, tenaz, constante en sus objetivos inquebrantable ante los reveses y que impuso inflexiblemente sus ideales a las masas leales, remisas u hostiles, y que sostuvo la guerra hasta llegar a la independencia, aunque al principio y por más o menos tiempo mantuviese la ficción de la fidelidad a Fernando VII.

La guerra, con sus horrores y excesos, fue haciendo penetrar en la masa la idea de la separación y volviéndola popular. A ello contribuyeron las represiones impuestas y la implantación de un régimen de conquista, al ser recuperados países —como Nueva Granada, Venezuela, Chile— en lugar de la fuerza moral que había sostenido la soberanía española durante la etapa colonial.

Fue la revolución obra de los criollos, y solo en México levantó Hidalgo a la masa india, pero tomó la rebelión un tono racial y social que le enajenó el elemento criollo y retrasó considerablemente el triunfo hasta el momento en que se le sumó aquel, guiado por Itúrbide, aunque ya Morelos había dado a la insurgencia carácter más nacional. Al comienzo, la mayoría de la población no compartió el ideal separatista por la arraigada lealtad al rey o por la hostilidad de la masa de color a la aristocracia criolla, como sucedió en Venezuela, y ello explica la larga prolongación de la resistencia española y sus éxitos, que pudieron incluso parecer decisivos.

Carácter de guerra civil

España hizo la guerra con americanos, pues no envió a América más que unos 43.000 hombres; las masas de color de Bobes, los ejércitos de La Serna y Valdés en el Perú, las tropas que combatieron a los insurgentes mexicanos, estaban compuestas por americanos, y se ha dicho con toda justeza que aquella contienda fue una guerra civil entre americanos, entre patriotas y realistas. De los ejércitos realistas salieron futuros caudillos y presidentes de las nuevas naciones, como Iturbide, La Mar, Santa Cruz, Gamarra, Santa Anna, Bustamante, y peninsulares combatieron en las filas insurgentes, como Cortés Campomanes, Campo Elías, Mina.

El indio tuvo un papel pasivo en manos de unos u otros, pero salvo en México, luchó en general en las huestes realistas. Hubo regiones que se señalaron por su lealtad a España o que fueron permanentes focos realistas, como el Perú durante diez años, Coro y Maracaibo en Venezuela, Panamá, Santa Marta y, sobre todo, Pasto, acérrimamente enemigo de los independientes, en Nueva Granada, Chiloé en Chile.

La guerra de emancipación se hizo con tremenda crueldad y dejó asolados varios países; en Venezuela, la guerra a muerte y los horrores de Bobes ocasionaron unos 300.000 muertos y en 600.000 se calculan las pérdidas de la población de la Gran Colombia. En largos períodos no se dio cuartel, y muchas figuras destacadas, especialmente del campo patriota, perecieron ejecutadas. El primer Gobierno argentino implantó una política de terror y otra muy dura Morillo en Nueva Granada. Hasta 1820 no acordaron Morillo y Bolívar la humanización de la guerra.

Dureza y estrategia

La guerra de emancipación ofreció proporciones gigantescas, por su duración, por su amplitud continental, las enormes masas movilizadas, las larguísimas marchas; por los grandes talentos militares exhibidos, las grandiosas operaciones que se efectuaron: como el paso de los Andes por San Martín, la marcha de Bolívar de Guayana a Bogotá en 1819, las últimas campañas del Perú. Se dieron muchísimas batallas (472 hechos de armas corresponden a las campañas de Bolívar; 844 a la guerra en México); abundaron los hechos heroicos por parte de ambos bandos, y se revelaron caudillos de primer orden, que brillan honrosamente en plena época napoleónica por sus cualidades de estrategas, con Bolívar, San Martín y Sucre al frente. En el campo realista destacarían a su vez Calleja, Morillo, Bobes, La Serna y Canterac. Ofreció la guerra condiciones distintas de las de Europa: por los componentes de los ejércitos, el ambiente geográfico, el tono popular que llevaba impreso y el gran papel de las guerrillas.

El régimen político

La guerra y su excesiva duración hicieron pasar la dirección de nuevas naciones a los jefes militares, y los hombres civiles tipo —Rivadavia, Moreno, Martínez de Rozas, etc.— fueron anulados o eliminados por los generales, y así surgieron como instituciones americanas reales y permanentes el caudillismo y la dictadura, y los pronunciamientos como método usual de gobierno, a la par de la anarquía y de la permanente inestabilidad política, superpuestos aquellos a la estructura democrática y republicana que el elemento liberal impuso sin excepción en todos los países, triunfando hábil y audazmente de los grupos conservadores que hicieron o se adhirieron a la revolución.

Se luchó fundamentalmente por la independencia, pero después de la etapa de Juntas y gobiernos que actuaban en nombre del rey cautivo, todas las declaraciones de emancipación fueron acompañadas de la implantación de repúblicas. Había una fuerte opinión monárquica, cuyos más inteligentes representantes figuraron en el grupo unitario y liberal argentino: San Martín, Belgrano, Rivadavia, partidarios de monarquías bajo príncipes europeos, preferentemente españoles o de la casa de Borbón; en México el imperio se destinaba a Fernando VII. Este nunca quiso acceder a que sus parientes ocuparan los nuevos tronos, y triunfaron los republicanos por todas partes, excepto en el Brasil, donde el regente se adelantó a proclamar la independencia, y así fundó la única monarquía de cierta duración.

El imperio de Iturbide en México fracasó en seguida y a su fundador le costó luego la vida. No hubieran sido viables las monarquías, como preveía Bolívar, opuesto a ellas y adverso a los planes de San Martín en este sentido, por la falta de tradición local, carencia de aristocracia, insuficiencia de medios para sostenerla dignamente y el predominio del caudillismo.

La desunión

No se pudo rehacer la vieja unidad colonial, como soñó Bolívar, ya desde su carta de Jamaica (1815) y que creyó conseguir en el congreso de Panamá (1826); él unificó lo que pudo: creó la Gran Colombia, federal según la constitución de Angostura (1819), y unitaria por la de Cúcuta (1821); en 1825 era presidente, además, de Perú y Bolivia, es decir, de seis de las actuales repúblicas (con Panamá). En dicho congreso aspiraba a aliar y confederar permanentemente las nuevas naciones y crear un organismo supraestatal; fracasó plenamente, pues careció de continuidad y consecuencias dicho congreso y muy pronto se le depuso de las dos últimas presidencias, y a su muerte (1830) estaba la Gran Colombia en disolución, dividiéndose en las tres repúblicas que han perdurado.

También fracasaron las aspiraciones argentinas a continuar la unidad del antiguo virreinato: segregados quedaron Charcas (Bolivia), Uruguay y Paraguay, donde prevalecieron los particularismos, encarnados en Artigas y el doctor Francia. Incluso sobrevendría años después la absurda fragmentación de la América Central. Por lo general, virreinatos, capitanías o audiencias fueron el marco de los nuevos Estados, que prolongaron así las divisiones y la vida aislada de la época colonial.

El federalismo

Consecuencia de la emancipación fue el federalismo, con dos principales raíces: el propio particularismo de cada país y aun de cada región dentro de él, y el ejemplo norteamericano, imitado sin discreción. El ideal federal de Bolívar, que abarcaba todo el continente, o por lo menos grupos de países, como su Colombia, fracasó, y cada antigua entidad colonial asumió vida separada, constituyéndose los Estados desunidos de Hispanoamérica frente al Estado único y grande norteamericano.

Pero mala imitación y espíritu provinciano tendieron a disgregar las nuevas naciones en repúblicas federales débiles; así ocurrió en Nueva Granada, repartida en pequeños Estados, entregados a la guerra civil; en Venezuela, donde la primera constitución creó unos Estados raquíticos y sin medios, a lo que puso fin Bolívar cuando tuvo los destinos de su patria en las manos; en México y Chile, donde, triunfante la independencia, se adoptó el sistema federal, aunque en Chile por breve tiempo. Donde ofreció el hecho caracteres más trascendentes fue en el Río de la Plata: no solo acabaron por segregarse el Paraguay y el Uruguay, sino que el problema de la personalidad de las provincias se planteó agudamente desde el mismo momento de la revolución de Mayo, se agravó por la aparición de caudillos locales, dividió a los patriotas en dos partidos irreconciliables y pesó sobre la nación argentina, durante casi todo el siglo XIX, por la rivalidad entre Buenos Aires y las provincias.

Colaboración interamericana

El movimiento revolucionario fue común a toda América, y aunque cada país lo desarrolló en forma propia, pronto hubo relaciones mutuas entre unos y otros, y en ambos campos. Así, Abascal interviene en las jurisdicciones próximas, mientras que se aliaban las juntas de Buenos Aires y Santiago o los Gobiernos de Venezuela y Nueva Granada; más tarde, Bolívar imponía la alianza a los países que fue libertando, y lo mismo San Martín. De este modo, tropas de unos territorios intervinieron en otros para ayudar a la emancipación o chocaron con otros ejércitos americanos realistas y hasta insurgentes: el Alto Perú fue el campo de batalla entre argentinos y peruanos; el Paraguay rechazó, en nombre de su propia autonomía, a los argentinos, y en varias ocasiones hizo lo mismo Artigas.

Con tropas chilenas y argentinas invadió San Martín el Perú, y a estas y a los granadinos y venezolanos de Bolívar opusieron La Serna y Valdés huestes peruanas y altoperuanas. Con granadinos reanudó Bolívar la segunda revolución venezolana, y con venezolanos libertó Nueva Granada, topando enfrente reclutas del otro país. Así, la guerra de liberación ofreció este nuevo aspecto de guerras interamericanas, aparte de los personajes que actuaron fuera de su patria en elevados cargos, sin contar a los principales libertadores (Monteagudo, La Mar, en el Perú: Sucre en Bolivia; Urdaneta en Nueva Granada; Flores en el Ecuador; Irisarri en Chile; Cortés Madariaga en Venezuela, etc.). Blanco-White defendió la insurgencia en Londres.

La actitud de España

La actitud de España fue siempre hostil a reconocer lo inevitable de la secesión americana y no transigió con ella. La regencia reconoció el derecho de América de estar representada en las Cortes de Cádiz, y el 14 de febrero de 1810 lanzó un célebre mensaje —obra, quizá, de Quintana—, que era una verdadera invitación a la insurgencia. Se asignó a América una reducida representación, para la inauguración se le concedieron treinta diputados, todos suplentes menos uno, por la premura del tiempo; luego hubo en las Cortes, entre propietarios y suplentes 64 diputados (más tres por Filipinas) —la mayoría eran suplentes al abrirse las Cortes, designados entre americanos residentes en España—, y descontentó la falta de proporción con los 236 entre propietarios y suplentes, de la Península y Canarias, siendo las respectivas poblaciones de 13 a 10 millones; pero hubiera sido imposible exigir que se hubiera invertido el papel de la metrópoli.

Para halagar a los americanos se procuró que hubiera siempre uno en las regencias, que se sucedieron en Cádiz, y que figuraran en la presidencia y en las comisiones de las Cortes. Los diputados americanos —muchos países no los enviaron por estar ya sublevados, pero, no obstante, se les asignaron también— formaron una especie de partido propio que procuró obtener ventajas para América, aunque la mayoría se alistó en el bando liberal; los más famosos fueron los ecuatorianos Mejía Lequerica y Olmedo y el peruano Morales Duárez.

Por iniciativa de los diputados americanos se acordó reconocer la igualdad a los naturales de América procedentes de los dominios europeos y ultramarinos, es decir, de origen blanco e indio; uno de los problemas que suscitó más polémicas fue el de la proporción de la representación en Cortes y la ciudadanía de negros y castas, que podía alterar la base de aquella: tras enconadas discusiones se aprobó el 10-IX-1811 abrir a la ciudadanía a negros y mulatos indudables —no absorbidos— que reunieran ciertos méritos; en cuanto a la representación se otorgó la misma proporción a América que a España (un diputado para 70.000 habitantes), pero no fue nunca efectiva.

La constitución de 1812 cerró los ojos a la realidad, y fue de tipo absolutamente unitario y centralista, haciendo tabla rasa de las grandes divisiones y organismos coloniales y de las peculiaridades de cada provincia; su aplicación hubiera sido imposible. Aunque se promulgó en América, realmente no llegó a estar vigente plenamente. El artículo 1º afirmaba que la Nación española es la reunión de los españoles de ambos hemisferios . Ante la sublevación hubo solo hostilidad y resistencia, y ni absolutistas ni liberales quisieron reconocer nunca la independencia, no obstante que intrigas y sobornos del Río de la Plata y connivencias masónicas coadyuvaron a la sublevación de Riego, y el nuevo Gobierno entró en negociaciones con Bolívar y con el Río de la Plata, que resultaron inútiles por dicho motivo, los liberales tendían a creer, sin base, que con el régimen constitucional vendría la reconciliación.

El tratado de Córdoba, por el que el último virrey de México, O'Donojú, reconoció el plan de Iguala, fue rechazado, y todavía desembarcaba en 1829 una insensata expedición de reconquista. Esa opinión española —estudiada por Fernández Almagro — se refleja en la Prensa coetánea —como ha estudiado J. Delgado—, y solo apoyó la independencia Blanco-White en el Español publicado en Londres.

Ni en los momentos postreros, cuando toda esperanza estaba perdida, se renunció a la ilusión de recuperar aquellos países, o se quiso proceder a su reconocimiento, esterilizando ocasiones de una paz honrosa o de instalar infantes españoles en los tronos que querían levantar algunos de los jefes americanos. Aumentaron las esperanzas con el restablecimiento del régimen absoluto en 1823, confiándose en el apoyo de la Santa Alianza —ya gestionado en 1818— para reconquistar América, casi totalmente perdida; pero no se decidieron sus potencias, en especial Francia, en quien se confiaba más, y vino el veto de las naciones anglosajonas.

Actitud de Inglaterra y de Estados Unidos

Por sus precedentes políticos e ideológicos, vieron Inglaterra y Estados Unidos con simpatía la revolución americana. A ellas pidieron inmediatamente auxilio los insurgentes, abriéndoles sus puertos: Norteamérica envió cónsules, pero adoptó una actitud de neutralidad oficial, aunque benévola, que favoreció mucho menos a los independientes que la postura inglesa; aceptó Inglaterra la libertad de comercio ofrecida, que colmaba sus aspiraciones; ofreció en 1811 su mediación que al fin no fue admitida por España pues no quería debilitar la resistencia española contra Napoleón, y adoptó una especie de neutralidad, que, en el fondo, fue de franco apoyo, más intenso y visible desde 1817, en que afluyeron a Venezuela miles de voluntarios y cuantiosos recursos económicos.

La actitud oficial inglesa fue la de impedir una intervención europea en favor de España, alegando que el problema debía resolverse solo entre ella y sus posesiones, lo que equivalía a imposibilitar su triunfo, que no podía alcanzar sola. Se agudizó esta posición a raíz de la intervención de la Santa Alianza , y desembocó en el memorándum Canning Polignac (9-X-1823), que acordaba no permitir la intervención de otra potencia en América y admitía su independencia de hecho. El mensaje de Monroe (2-XII-1823), inspirado en gran parte por los roces con Rusia acerca del noroeste del continente, y con ideas de Quincy, Adams, Jefferson y Madison, negaba que América pudiera ser objeto de colonización en adelante, y rechazaba toda intervención europea contra la independencia de los nuevos Estados, que ya habían reconocido los Estados Unidos en 1822, y que Inglaterra realizó oficialmente a partir de 1825. España, encastillada en su actitud, no efectuó el primer reconocimiento, el de México, hasta 1836, tardándose muchísimos años en otros.

Efectos para España

La separación de América representó para España la pérdida de su categoría de gran potencia —mantenida ya con dificultad— y la anulación de los recursos que de allí obtenía, hechos cuyas consecuencias han sido poco estudiadas, pero que han ejercido hondo influjo en la depresión por que ha atravesado España a lo largo del siglo XIX. También estableció la emancipación un foso entre España y América, la cual buscó otras directrices culturales ajenas a la tradición hispánica e hizo juzgar la llamada época colonial como una etapa condenable, a lo que contribuyó la ideología liberal sumándose a la exaltación de la independencia en la hostilidad al período anterior. Por otra parte, la época de la emancipación, magnificada épicamente, se ha convertido en la base de la conciencia nacional de los países hispanoamericanos en forma concluyente y en detrimento de una consideración más objetiva de la acción de España.

EZQUERRA, Ramón, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, T. A-E, págs. 1239-1245.

Hispanoamérica Independiente

La emancipación de la América española se consiguió después de una larga y dura lucha, de 1810 a 1825. En fechas diversas fueron obteniendo su independencia las antiguas entidades coloniales —virreinatos, capitanías generales y audiencias— que dieron origen a las entidades nacionales posteriores, aunque no del todo exactamente. En 1821, año decisivo, se había proclamado la independencia de México, Guatemala y Santo Domingo y la Batalla de Carabobo había consumado la independencia de Venezuela y con ella de la llamada Gran Colombia, fundación de Bolívar; Nueva Granada, otra de sus partes componentes, se había emancipado en buena parte en 1819, y Quito lo sería en 1822, agregándose a dicha Colombia. Igualmente en 1822 se separó el Brasil de Portugal, Chile era oficialmente independiente desde 1818 y la Argentina, de hecho desde 1810 y oficialmente desde el Congreso de Tucumán (1816). El Paraguay había proclamado su separación absoluta en 1813. Aunque el Perú fue declarado independiente por San Martín en 1821 asimismo, no triunfó plenamente la separación hasta la batalla de Ayacucho en 1824, y al año siguiente Sucre emancipó el Alto Perú, que tomó el nombre de Bolivia.

Con anterioridad a la emancipación de la América española y portuguesa, solo había dos Estados soberanos en América: los Estados Unidos —desde la proclamación hecha en Filadelfia en 1776— y la república negra de Haití, cuya independencia —aún no reconocida— se había declarado en 1804 (el 1° de enero).

No fue definitiva tal distribución, pues ya en 1824, en esa fecha simbólica de Ayacucho, habían sobrevenido algunos cambios: Santo Domingo había sido sometido por Haití en 1822, y la América Central se había unido en este mismo año al Imperio mexicano de Iturbide, pero se había vuelto a separar en 1823.

La división política existente en 1825 no fue tampoco definitiva, pues aparecerían nuevas unidades estatales: en 1828 fue declarado independiente el Uruguay, separándose tanto de la Argentina como del Brasil al que había pertenecido últimamente. En 1830 la Colombia de Bolívar se fragmentó en las tres repúblicas de Nueva Granada —más tarde Colombia—, Venezuela y Ecuador. En 1844 se emancipó la República Dominicana de Haití; volvió a unirse a España de 1861 a 1865 recobró en este año su independencia.

La Federación de la América Central se disolvió entre 1838 y 1839, repartiéndose en las cinco repúblicas de Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua y Costa Rica. Hubo dos Estados de efímera existencia: la Confederación Perú boliviana, de 1836 a 1839, disuelta por un ataque chileno, y una república de Texas, segregada de México en 1836 e incorporada a los Estados Unidos en 1845. No hubo más creaciones de nuevos Estados en el siglo XIX. Al comenzar el siglo XX aparecieron Cuba, que entró definitivamente en la vida independiente en 1902, emancipada de España y al cesar la ocupación norteamericana, y Panamá, segregado de Colombia en 1903. Puerto Rico no consiguió una total independencia, pero su autonomía, respecto de los Estados Unidos, se transformó en el estatuto de Estado libre y asociado en 1952.

Fuera de la América española, el Canadá evolucionó hacia una independencia de hecho dentro de la Commonwealth británica completándose por los principios de la Conferencia Imperial de 1926 y por el Estatuto de Westminster en 1931. Recientemente han obtenido su independencia dentro de la Commonwealth Jamaica y Trinidad en 1962, con la categoría de Dominios, y en 1966 la Guayana británica y Barbados. Amplia autonomía se ha concedido a las antiguas posesiones holandesas, pero aún no una plena independencia. Quedan así ahora muy pocas posesiones europeas en el continente americano, primero que salió en su casi totalidad de la situación llamada colonial.

Cuestiones internacionales. Nuevas colonias

A pesar de lo dicho, no han faltado nuevas implantaciones de régimen colonial en América. El presidente Monroe promulgó en 1823 su famosa doctrina, según la cual, los continentes americanos, dada la libre e independiente condición que han asumido y que mantienen, no deberán ser considerados ya como susceptibles de futura colonización por cualquiera de las potencias europeas . Sin embargo, no faltaron nuevas colonizaciones; en primer término el texto citado iba dirigido contra Rusia, que pretendía extender sus posesiones en Alaska hasta 51° Norte; un acuerdo de 1824 puso el límite sur de las posesiones rusas en 54° 40'. En 1867 los Estados Unidos compraron Alaska a Rusia.

El territorio ribereño del Pacífico entre 42° límite con las posesiones españolas según el tratado de 1819 y el referido confín sur de Alaska fue disputado entre Inglaterra y los Estados hasta que el acuerdo de 1846 señaló la frontera, prolongando hasta el Pacífico el paralelo 49, y así la Gran Bretaña extendió hasta el Pacífico el que sería definitivo Canadá. Coincidiendo con la emancipación hispanoamericana aseguró Inglaterra su dominación sobre Belice u Honduras británica, lo que vinieron a confirmar el tratado con México de 1826 y el de los límites con Guatemala de 1859.

También trató de afirmar su soberanía sobre la costa atlántica de Nicaragua mediante un protectorado sobre un reino de Mosquitia, lo que ya venía del siglo XVIII y que aseguró hacia 1840, habiendo ocupado también las islas de la Bahía (Honduras) en 1830; pero la oposición de los Estados Unidos condujo al tratado Clayton-Bulwer (1850) por el que ambas potencias renunciaban a expansiones en América Central; Inglaterra devolvió la Mosquitia a Nicaragua en 1860. En 1833 la Gran Bretaña ocupó las islas Malvinas, reteniéndolas a pesar de las reclamaciones argentinas.

Conflictos con Europa

No han faltado algunas cuestiones con potencias europeas además de las tentativas coloniales dichas, aunque pasajeras. La falta de atención a unas reclamaciones francesas contra México motivaron el bombardeo de Ulúa por la escuadra francesa y la ocupación de Veracruz (1838), obligando a México a abonar una fuerte indemnización.

También en 1838 unas reclamaciones contra el dictador argentino Rosas dieron pie al bloqueo del Río de la Plata por la escuadra francesa, que ayudó al político uruguayo Rivera a ocupar la isla de Martín García; se resolvió el conflicto por un tratado con el enviado francés Mackau (1840); de nuevo rebrotó el conflicto por la ayuda franco inglesa a Rivera, sitiado en Montevideo por Oribe, al que apoyaba Rosas (desde 1843); en 1845 las escuadras francesa e inglesa capturaron la argentina de Brown y anularon el bloqueo de Montevideo, desembarcando fuerzas en ayuda de los sitiados y bloquearon Buenos Aires; en el mismo año se riñó el combate de la Vuelta de Obligado en el Paraná para forzar el paso a la navegación que había cerrado Rosas; cesó el bloqueo por un acuerdo en 1850.

Un bloqueo de las Costas venezolanas se estableció por Inglaterra, Italia y por negarse el presidente Cipriano Castro a pagar deudas; se terminó con el pago rebajado de lo reclamado, por una intervención del Tribunal de La Haya, que aceptó la doctrina de Drago -formulada por el ministro de Relaciones Exteriores de la Argentina-, que negaba derecho al empleo de la fuerza y a la ocupación de territorios para hacer efectivo el abono de deudas a un país.

La intervención europea más importante fue la efectuada en México y que tuvo origen en la supresión del pago de la deuda extranjera por Juárez en 1861. Causó esto la firma del pacto de Londres por el cual Inglaterra, Francia y España acordaron llevar una expedición militar que obligara a México al reconocimiento de las deudas. Pero Napoleón III deseaba una intervención francesa en México, que aumentara su prestigio y permitiera una explotación económica, alentado por los conservadores mexicanos que querían derribar el régimen revolucionario y anticlerical de la Reforma.

Efectuada la expedición, se ocupó Veracruz (1861) y se realizaron negociaciones en Orizaba; el gobierno accedió a las reclamaciones y las tropas inglesas y las españolas, mandadas estas por Prim, se retiraron, considerando cumplida su misión; las francesas continuaron la campaña hasta tomar la capital (1863), donde un nuevo gobierno conservador restableció la monarquía y ofreció la corona a Maximiliano de Austria, que aceptó (1864), pero solo se sostuvo mientras contó con el apoyo del ejército francés; retirado este en 1867, no tardó en caer Maximiliano, fusilado por Juárez en Querétaro (1867).

Conflictos con España

Tardó mucho España en reconocer la independencia de sus antiguas provincias americanas, no efectuándose el primer reconocimiento hasta el reinado de Isabel II, siéndolo el llevado a cabo de México en 1836, prolongándose mucho los de otros países por las dificultades para llegar a un acuerdo —lo que promovió otro conflicto con el Perú, que ahora se mencionará— y el último reconocimiento fue el de Honduras, no verificado hasta 1894. En las cuestiones surgidas entre España y los países hispanoamericanos hay que distinguir dos clases: conflictos con naciones independientes y la sublevación de las posesiones que aún conservaba.

En la primera especie hubo la ya citada reincorporación de Santo Domingo, a petición de uno de sus partidos y para dar paz al país (1861), que ocasionó una lucha continua con los enemigos de tal acto hasta que se abandonó de nuevo en 1865, y la expedición a México mencionada, en la que Prim no quiso hacer el juego a Francia y retiró las tropas españolas.

El conflicto de más importancia fue el sobrevenido con el Perú y Chile , a causa de una serie de reclamaciones no satisfechas por el Perú, y por la política expansionista y de prestigio efectuada por O'Donnell; se envió una escuadra al Pacífico que ocupó las islas Chinchas (1864), alegando que España las poseía por no haber reconocido todavía la independencia peruana, hecho que alarmó a las demás repúblicas; nuevas negociaciones, en las que España procuro mostrar energía condujeron a un tratado entre los generales Pareja —español- y Vivanco, ventajoso para España (1865); antes de llevarse a cabo el definitivo cayó el presidente Pezet, se anuló lo tratado, y la flota española se encontró en guerra con el Perú, Chile y Ecuador (1866); los chilenos capturaron el buque Covadonga, por lo que se suicidó Pareja, y su sucesor Méndez Núñez bombardeó Valparaíso y luego el puerto fortificado del Callao (2 de mayo de 1866), retirándose a continuación.

El otro conflicto fue interno; España aún conservaba su soberanía en Cuba y Puerto Rico al emanciparse los demás países; Puerto Rico se mantuvo tranquilo todo el s. ; en Cuba actuaban diversos factores, pero fue creciendo el sentimiento, tanto autonomista como francamente separatista, complicado con el problema de la esclavitud y las aspiraciones de los Estados Unidos a la anexión de la isla, vistas con simpatía, ya por los elementos patriotas como por los partidarios de la esclavitud, mientras esta existió en aquellos. Hubo conspiraciones abortadas y tentativas terminadas en fracaso como la de Narciso López (1851) hasta que al fin estalló una gran insurrección, que duró diez años, de 1868 a 1878, concluida por la paz del Zanjón, negociada por Martínez Campos, que prometió reformas, igualdad con la Península y la abolición de la esclavitud.

La paz siguiente —con una breve insurrección, la Guerra chiquita— no evitó nuevas conspiraciones y propaganda, fomentadas por los Estados Unidos, deseosos de la anexión y que con el incumplimiento de las promesas hechas desembocaron en la nueva guerra comenzada en 1895 con el grito de Baire . España trató de acabar con la insurrección por la fuerza antes de negociar y hacer concesiones; el apoyo de los Estados Unidos a los insurgentes y sus continuas reclamaciones a España fueron enconando el conflicto, que al fin, se convirtió abiertamente en internacional, sirviendo de pretexto la voladura del acorazado yanqui Maine para llegar a una guerra entre los Estados Unidos y España (1898), lucha breve marcada por los desastres navales españoles en Santiago de Cuba y Cavite (Filipinas), que apresuraron la paz de París en el mismo año de 1898, por la que España renunció a sus últimas posesiones anexionándose los Estados Unidos, Puerto Rico y Filipinas y ocupando Cuba, declarada independiente y que asumió su soberanía en 1902.

Conflictos Interamericanos

Al emanciparse de España aceptaron los nuevos Estados el uti possidetis del comienzo de la etapa revolucionaria con extensión y límites suyos, lo cual no impidió fragmentaciones, conflictos fronterizos y contiendas militares. Prescindiendo de las cuestiones de límites, resueltas varias o intentadas resolver por arbitrajes de presidentes de los Estados Unidos o monarcas europeos, no siempre con fortuna o aceptación, y omitiendo guerras secundarias, como algunas entre los países centroamericanos, no han faltado guerras sangrientas o de consecuencias prolongadas entre las naciones emancipadas. Ya se ha aludido a la oposición chilena a la Confederación del Perú y Bolivia, que condujo a su disolución, y a la intervención de Rosas en el Uruguay, que duró hasta su caída. Ya en tiempos de Bolívar atacó el Perú a Colombia por la posesión de Guayaquil, sin lograrlo (1828-1829). Los principales conflictos han sido tres: la guerra del Paraguay, la del Pacífico y la del Chaco.

La guerra del Paraguay

Disensiones anteriores, la cuestión de la libre navegación por los ríos y la intervención del Brasil en el Uruguay en favor del partido colorado provocaron la guerra entre el Paraguay, gobernado por el dictador Francisco Solano López y el Brasil en 1864; al negarse la Argentina a dejar pasar por su territorio a los paraguayos, López lo invadió y se formó la triple alianza entre Argentina, Brasil y Uruguay (1865); algunos éxitos paraguayos iniciales resultaron estériles y la flota brasileña ayudó a la invasión del Paraguay; se dieron muchas batallas (Uruguayana, Curupayití, la rendición de Humaitá, Lomas Valentinas); cayó Asunción, pero López prosiguió la campaña, en la que había sido casi exterminada la población masculina capaz de combatir y solo quedaban en el ejército niños; concluyó la guerra en 1870 con la muerte de López en Aquidabán; habían perecido quizá medio millón de seres y el país quedaba totalmente arrasado, arruinado para mucho tiempo y perdidos amplios territorios.

La guerra del Pacífico

La guerra del Pacífico tuvo su origen en la explotación de los yacimientos de salitre o nitrato del desierto de Atacama, en aumento por las necesidades crecientes de la agricultura europea. El país, sin interés antes, pertenecía a Bolivia; en 1866, Chile, mejor administrado y más desarrollado que Bolivia, firmó con esta un acuerdo para la explotación conjunta del territorio entre 23° y 25° Sur; entre 24° y 25° Chile abonaría una participación en beneficios a Bolivia y esta a su vez a aquel entre 23° y 24°; en 1874 se fijó la frontera en los 24°, pero seguiría la explotación conjunta del nitrato, guano y metales; en 1878 Bolivia estableció un nuevo impuesto; a su vez mutuos temores entre Perú y Chile y un tratado secreto de aquel con Bolivia precipitaron la tensión y estalló la guerra en 1879, entre Perú y Bolivia de una parte, y Chile de otra. Chile , mejor armado, se apoderó de Antofagasta, Mejillones, Tacna y Arica; la victoria por mar sobre el Perú —definitiva cuando pereció el héroe peruano Grau — permitió la toma de Lima (1881).

Por el tratado de Ancón (1883) Chile se anexionó todo el desierto de Atacama y ocuparía Tacna y Arica durante diez años. Bolivia quedó privada de salida al mar. No se efectuó dicha devolución y el problema de aquellas provincias envenenó las relaciones entre Perú y Chile muchos años y amenazó la paz sudamericana. Por fin se llegó en 1929 a un acuerdo por el cual el Perú recibió Tacna y Chile se quedó con Arica.

La guerra del Chaco

Bolivia quedaba de nuevo sacrificada e intentó obtener una salida al río Paraguay a través del Chaco, país desértico, pero en el que el trazado de la frontera entre Bolivia y Paraguay había sido objeto de múltiples negociaciones y arbitrajes, sin resultado aceptable para uno u otro país. El incidente del fortín Vanguardia estuvo a punto de hacer estallar la guerra en 1928; al fin vino en 1932 y se combatió duramente en un país inhóspito, sin que las gestiones ajenas lograran establecer una paz provisional hasta 1935; el Paraguay había llevado la mejor parte y se quedó con los tres cuartos del territorio, duplicando el de la nación; Bolivia obtuvo el resto y una salida al río Paraguay. El acuerdo definitivo se firmó en 1938.

Conflicto de menor gravedad, fue el de Leticia, a orillas del Amazonas, disputada por peruanos y colombianos (1932); se resolvió por el protocolo de Río de Janeiro (1934) que adjudicó la zona a Colombia. La cuestión del oriente ecuatoriano ocasionó otro conato de conflicto armado entre Perú y Ecuador en 1941; otro protocolo en Río de Janeiro en 1942 estableció los límites, perdiendo Ecuador gran parte de la región amazónica (174.000 km) a lo que no se ha resignado.

Autor y obra: EZQUERRA, Ramón, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, T. F-M, págs. 226-229.