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Reunión política en la fábrica Putilov, Petrogrado.

Al mismo tiempo que la entrada en guerra de los Estados Unidos constituía para la Entente una promesa de victoria, estallaba en Petrogrado una revolución que venía a comprometer la situación de los aliados al determinar el derrumbamiento del frente ruso. A fines de 1916, la situación en Rusia se había puesto tan tensa que los aliados temían que el zar negociase una paz por separado. A la oposición de la burguesía liberal, de la Duma y de los zemstvos, y a la actitud revolucionaria del Partido Socialista, vino a añadirse una efervescencia popular provocada por la escasez de alimentos. En marzo de 1917 se produjeron disturbios en Petrogrado. El pueblo pedía pan y bajo el influjo socialista la revuelta degeneró en revolución. El presidente de la Duma telegrafió al zar pidiéndole un gobierno que gozase de la confianza del país. El 12 de marzo, los insurrectos se apoderaron del arsenal y las tropas se negaron a intervenir. El gobierno dimitió.

Nicolás II abdica y Rusia se convierte en república

Inmediatamente se constituyeron, independientemente del zar, dos poderes: el Comité ejecutivo de la Duma y el Soviet de obreros y soldados. El primero era el órgano de una revolución liberal; el segundo, de una revolución social de carácter marxista. El 14 de marzo, los dos poderes, tan opuestos en sus concepciones políticas, se unieron para formar un gobierno presidido por un liberal, el príncipe Lvov; el Soviet de obreros y soldados estaba representado por Alexander Kerensky, diputado socialista. Se llegó a un acuerdo consistente en la abdicación del zar en favor de un miembro de la familia imperial, pero Nicolás II, persistiendo en su rígida actitud, encargó al general Ivanov de marchar sobre Petrogrado y restablecer su autoridad. Mientras, el emperador salió para el palacio imperial de Detskoie Selo, pero su tren fue detenido por soldados insurrectos. Marchó entonces a Pskov, consultó a sus generales y bruscamente abdicó en favor de su hermano el Gran duque Miguel (16 de marzo). Pero el gran duque renunció a la corona y, vacante el trono, Rusia se convirtió en una república.

EL Gobierno provisional continúa la guerra

Los aliados, que temían una paz por separado, acogieron la revolución rusa con esperanza, como si fuera posible que el imperio, lanzado a una revolución política y social, pudiese encontrar nuevas fuerzas para sostener una guerra que ya le estaba resultando difícil de sobrellevar.

Los primeros actos del gobierno provisional fueron de un liberalismo magnánimo. Se convocó una asamblea finesa para dar a Finlandia una Constitución que le concediese la autonomía dentro del imperio; se proclamó la independencia polaca a reserva de una alianza militar con Rusia y el gobierno se pronunció en favor de las nacionalidades de Austria-Hungria, declarándose dispuesto a la creación de un estado checoslovaco y a la unidad de los eslavos del Sur. La revolución rusa, como todas las revoluciones, se proyectaba fuera de las fronteras del imperio poniendo los cimientos de un plan de agrupación de todos los pueblos eslavos en torno a la madre Rusia. Sin embargo, empezaban los desacuerdos en el gobierno: Miliukov quería realizar los objetivos de guerra rusos anexionándose Constantinopla, en tanto que Kerensky era contrario a todo lo referente a anexiones.

Lenin entra en escena

Entonces, desde Suiza, Lenin declaró que se pronunciaba en contra de la alianza de los liberales y socialistas, con lo que virtualmente se iniciaba la lucha entre las dos revoluciones cuyas tendencias ya se mostraban contradictorias. En el seno del gobierno provisional, los liberales sólo representaban una idea política, en tanto que los soviets disponían de las tropas de Petrogrado.

En las ciudades, la opinión estaba dividida y en las aldeas los campesinos eran indiferentes a la forma que pudiera tomar la revolución; sólo querían la tierra para ellos. El ejército, desorganizado por la dimisión de los oficiales zaristas y desquiciado en pocas semanas por las ideas de la revolución social, dejó prácticamente de existir. La paz inmediata que exigían los soviets iba a imponerse por la fuerza de los acontecimientos.

Los alemanes dejan que Lenin se traslade a Rusia

Con objeto de apresurar la revolución y, si esta triunfaba, la capitulación de Rusia, los alemanes trasladaron a Lenin y a sus principales colaboradores a Rusia en un coche blindado (abril 1917). Al llegar, Lenin reunió en torno suyo a todos los grupos socialistas y Kerensky organizó la oposición contra Milinkov, que se vio obligado a renunciar a la idea de anexionarse territorios extranjeros. Lenin, adversario del individualismo y de la autocracia zariata, lanzó un llamamiento al pueblo invitándole a derrocar al gobierno provisional. La revuelta estalló el 4 de mayo, pero fracasó, a pesar de lo cual Kerensky provocó la dimisión de Pável Nikoláievich Miliukov y la modificación del gobierno provisional. De la cartera de Asuntos Exteriores se encargó el progresista Terechenko, quien hizo saber a los aliados que su gobierno rechazaba toda idea de paz por separado, pero que su gobierno deseaba se llegase cuanto antes a una paz general (19 de mayo).

Derrumbamiento del frente ruso y graves descalabros aliados

Al estallar la revolución rusa, los mandos inglés y francés, tras muchas discusiones, llegaron a establecer el mando único para la ofensiva de primavera. En abril, el general Nivelle lanzó una gran ofensiva franco-inglesa, pero el derrumbamiento del frente ruso había permitido al Estado Mayor alemán transportar la casi totalidad de sus fuerzas al frente Oeste y la operación fracasó por completo. Y como se produjeran sediciones en el ejército francés, Nivelle fue relevado de su mando y reemplazado por Petain, militar sumamente popular -era considerado como el vencedor de Verdún- que levantó la moral de las tropas. Foch fue nombrado jefe del Estado Mayor general y se adoptó la consigna de resistir hasta que llegaran los americanos. Los fracasos se sucedieron: en mayo, los italianos fueron vencidos en Carso y el general Sarrail ante Salónica; en agosto, otra ofensiva italiana fue desarticulada en el Isonzo; en octubre, la contraofensiva austroalemana en Caporetto terminó con un desastre para el ejército italiano, que se retiró hacia el Piave, y en noviembre fue detenida ante Cambrai una ofensiva que, por primera vez, se hacía con carros de asalto. Sólo un éxito pudieron apuntarse: en junio de 1917, habiendo exigido los aliados la abdicación del rey de Grecia en su segundo hijo Alejandro, Venizelos, partidario de la Entente, formó gobierno y rompió con los Imperios centrales.

Se aleja la amenaza de la guerra submarina

Entretanto, la Entente, aunque vencida en tierra, conservaba el dominio de los mares. En abril de 1917, la guerra submarina había hecho perder a los aliados 874.000 toneladas, pero oponiéndole nuevos medios de defensa las pérdidas fueron decreciendo. El bloqueo de Inglaterra había fracasado, en cambio, los aliados iban a cuadruplicar su flota mercante. A fines de 1917 dispondrían de las cinco sextas partes de la marina mercante del mundo, con un total de 30 millones de toneladas.

Repercusiones de la revolución rusa

La revolución rusa, no sólo modificó las condiciones de la guerra al suprimir el frente del Este, sino que planteó en todas las naciones de ambos bandos graves problemas internos. En respuesta a su llamamiento, en todas partes se agitaron las minorías revolucionarias. Los soviets hicieron que, en mayo de 1917, los holandeses convocasen en Estocolmo una conferencia socialista internacional, a la que acudieron delegados de varios países beligerantes con la aprobación secreta de los gobiernos aliados, que no deseaban abandonar por completo la conferencia a la influencia de los delegados rusos.

En Francia, la Federación de Obreros Metalúrgicos lanzó la consigna de la revolución y la situación adquirió verdadera gravedad, desencadenándose en mayo y junio importantes huelgas. También se produjeron motines en el ejército. En agosto, los socialistas se separaron del gobierno Ribot, que se vió obligado a dimitir, y se negaron a participar en el gabinete Painlevé. Esto, que fue la ruptura de la unión sagrada, coincidió con la divulgación de grandes escándalos financieros. Painlevé no pudo hacer frente a todo ello y fue derribado por la extrema derecha y los socialistas.

En Gran Bretaña, importantes huelgas de obreros metalúrgicos -pretextando que el gobierno, para enviar hombres al frente, intentaba contratar mujeres- ganaban la partida mientras los soldados iban al continente a exponer su vida por una paga mísera.

En Italia, la oposición ejercida por los socialistas adquirió caracteres tan graves que el gobierno tuvo que declarar en septiembre el estado de sitio. Entonces es cuando los partidarios de la continuación de la lucha fundaron el Fascio, grupo de unión nacional.

En , más de 125.000 obreros se declararon en huelga en las fábricas de municiones, que el gobierno tuvo que militarizar para evitar un paro que hubiese sido desastroso.

En Austria-Hungría, los checos y los eslavos del Sur, incitados por las declaraciones de los revolucionarios rusos, afirmaron en el Reichsrat sus aspiraciones nacionales, que según dálmatas y servios no podían realizarse más que por la constitución de un estado yugoslavo.

El emperador Carlos, en lugar de oponérseles por la violencia, proyectaba formar un ministerio con representación de todas las nacionalidades del imperio. También deseaba ampliar el derecho de sufragio en Hungría. Tisza, que se oponía a ello, presentó la dimisión, siendo reemplazado por Esterhazy y, más tarde, por Wekerle, partidario de una política de compromiso.

Los tumultos no perdonaron tampoco a los estados neutrales: en Dinamarca provocaron la escisión de la unión nacional; en Suecia, la caída del gobierno; en Suiza, una viva agitación social, y en España huelgas revolucionarias que en Madrid y en Bilbao hicieron necesarias la intervención del ejército.

El temor a la revolución provoca un movimiento en pro de la paz

Estos trastornos sociales en todos los países vinieron a apoyar el movimiento de aquellos que querían poner fin a la guerra mediante una paz por transacción. Al estallar en 1917 la revolución rusa, Carlos I, comprendiendo que el único medio de salvar el Imperio austrohúngaro era hacer la paz lo antes posible, envió a su cuñado el príncipe Sixto de Borbón-Parma, oficial del Ejército belga, para que se pusiera secretamente en contacto con el gobierno francés. Como bases de paz, sugería la rehabilitación de Bélgica y Servia en su soberanía -concediéndose a la última una salida al Adriático- y la restitución de Alsacia y Lorena a Francia.

Hindenburg

El conde Czernin fue el encargado de conseguir que aceptase restituir Alsacia y Lorena a cambio de la cesión de toda la Polonia rusa. El canciller, que se daba cuenta de la gravedad que representaba para la entrada en guerra de los Estados Unidos, acogió favorablemente la proposición de Czernin. En abril de 1917 se iniciaron conversaciones entre el canciller Von Beth-mann-Hollweg, Ludendorff y Hindenburg para la fijación de las condiciones de paz, que por influencia de los militares fueron que se anexionase por el Este las regiones que sus tropas estaban ocupando en Curlandia y Lituania, hasta cerca de Riga, y tuviese libertad de acción en Polonia; Austria-Hungría recibiría mejoras en Servia y se anexionaría la mayor parte de Rumania, Rusia había de recibir la Galitzia oriental en compensación de Polonia. Por el Oeste, Bélgica quedaría bajo una intervención alemana, Lieja y la costa belga serían ocupadas militarmente y no se pretendería la devolución de Alsacia y Lorena, aparte de una estrecha faja al sudoeste de Mulhouse; en cambio, había de anexionarse la cuenca de Briey-Longwy.

Se hicieron sondeos en Francia, pero Briand se negó a examinar ninguna proposición que no implicase antes la restitución de Alsacia y Lorena.

La paz victoriosa que deseaba el Gran Cuartel General alemán solo podría ser dictada por las armas. Ahora bien, en el Reichstag, los socialistas y los católicos se orientaban hacia una paz sin anexiones ni indemnizaciones y el canciller había adoptado este punto de vista. El Cuartel General exigió su dimisión y fue sustituido por Michaelis, que había de ser un instrumento en manos de los militares. El 19 de julio, el Reichstag votó una moción dando a conocer «su deseo de una paz por transacciones y de reconciliación entre los pueblos».

Al mismo tiempo, Benedicto XV, a instancias del conde Czernin, encargaba al nuncio en Munich, monseñor Pacelli, algunas gestiones de sondeo en y Austria y días después (9 de agosto) publicaba una nota en la que aconsejaba una paz basada en el arbitraje, limitación de armamentos, libertad de los mares, renuncia a indemnizaciones de guerra, statu quo ante por la evacuación de los territorios ocupados y, por último, restauración de la soberanía de Bélgica. La nota no mencionaba a Polonia.

Como el papa no se había puesto al habla con los países de la Entente, su nota fue considerada como de inspiración alemana y no obtuvo respuesta. Solo Inglaterra hizo saber al papa que -sin mencionar Alsacia y Lorena- (en lo concerniente a Bélgica, no tenía conocimiento de ninguna declaración alemana acerca de su restauración e indemnización), gestión que hizo temer en Francia que, por intermedio del Vaticano, se llegase a un acuerdo entre Londres y Berlín referente a la cuestión belga. Además, también Carlos I quería inducir a Guillermo II a un acuerdo parecido, pero Ludendorff quería conservar Lieja y el Almirantazgo exigía la costa belga.

Entretanto, entre Roma y Viena se habían iniciado negociaciones, pero la derrota italiana en Caporetto vino a interrumpirlas. Después, no volvió a hablarse de paz separada con Austria-Hungría y Carlos I comunicó al papa que no admitía ninguna concesión territorial a Italia (noviembre). Roma había dejado escapar la ocasión que parecía presentarse de una defección austrohúngara.

Por lo tanto, se rechazó la sugestión del Vaticano, aunque parece ser que Berlín intentó aún entablar conversaciones secretas con Londres.

Los bolcheviques triunfan sobre los liberales

Mientras en Europa se desarrollaban estas negociaciones, ocurrían en Rusia acontecimientos de incalculable alcance histórico. Se planteaba la cuestión de saber si Rusia, y con ella parte del mundo, se orientarían hacia el liberalismo occidental o hacia una revolución marxista. No cabe duda de que las revoluciones suelen ser obra de minorías, pero de minorías que representan, concretándolas, las confusas aspiraciones del pueblo, y el pueblo ruso, por razón de su evolución histórica en el transcurso de los siglos, era totalmente ajeno al individualismo y al humanismo de Occidente. La inmensa masa campesina, que carecía de tierras y a quien los deficientes métodos de cultivo reducían a la miseria, no se preocupaba poco ni mucho de reformas políticas: quería la tierra y la supresión de las cargas territoriales. Y para canalizar esta profunda corriente, no existía más solución que la que pudiese proporcionar una reforma agraria.

Una revolución liberal realizada solo en un plano político no podía hacer frente al marxismo, y esto los liberales no lo comprendieron. Frente a ellos, también los socialistas constituían una pequeña minoría, pero esta se hallaba bien organizada en las ciudades y había tenido la habilidad de realizar en el campo y en el ejército una intensa propaganda cuyo objetivo era el reparto de las tierras.

Vladímir Ilich Uliánov, alias Lenin

Lenin se había dado cuenta de que para hacer la revolución comunista tenía que proceder por etapas: primero, destruir la clase media apoyándose en la campesina, a la que serían entregadas las tierras; después, constituir con su ayuda una dictadura sostenida por los soviets de obreros y de soldados y, finalmente, una vez eliminada la clase media mediante expropiación, deportación o matanza, imponer a la masa campesina una organización colectivista que suprimiría la propiedad individual.

En julio de 1917, a raíz de la última ofensiva del general Brossilov, la fracción bolchevique que dirigía Lenin intentó en Petrogrado un golpe de mano que fue dominado por los cosacos, huyendo Lenin a Finlandia. Sin embargo, el resultado fue entregar la presidencia del gobierno provisional que ejercía el príncipe liberal Lvov al socialista Kerensky, quien se encontró en seguida en oposición con el general Kornilov, que quería restablecer la disciplina en el Ejército. Y Kerensky lo destituyó, con cuyo acto el gobierno provisional rompía con el mando militar. Kornilov intentó marchar sobre Petrogrado, pero los soldados no le siguieron y fracasó. Este conflicto provocó la dimisión de los miembros demócratas del gobierno provisional (octubre) y Kerensky reformó su grupo, que en lo sucesivo estuvo dominado por los socialistas.

Con todo, Rusia iba hacia la anarquía. El brusco desmoronamiento en plena guerra del régimen autocrático la sumía en una crisis de autoridad, agravada por el serio problema económico de la falta de víveres y la depreciación de la moneda. Y la propaganda revolucionaria, que no podía desear mejor terreno, provocó graves disturbios en el campo y motines en el ejército, durante los que fueron asesinados muchos generales.

En medio de esta anarquía, Kerensky no pareció darse cuenta de que su gobierno -que él mismo privó del apoyo del ejército y no había sabido captarse a la clase campesina- carecía por completo de apoyo. Mientras, Lenin, que había regresado secretamente a Petrogrado, ponía en marcha los dispositivos del plan que, apoyándose en los soldados por la promesa de una paz inmediata y en los campesinos por el anuncio del reparto de las tierras, había de conducir a la dictadura del proletariado. El 1 de noviembre, Lenin lanzó el llamamiento para el golpe de estado y el día 5 la guarnición de Petrogrado se unió a los soviets.

Entonces, dándose cuenta Kerensky del vacío sobre el que había intentado edificar su revolución reformista, se apresuró a retirar del frente a la caballería y a los alumnos de las escuelas militares para castigar a los miembros del comité militar de la guarnición, pero era demasiado tarde. En la noche del 6 al 7 de noviembre, la insurrección, apenas iniciada, triunfó en Petrogrado. Y mientras Kerensky intentaba reunirse con las tropas, el Soviet de Petrogrado derrocó al gobierno provisional. Al día siguiente, el congreso de los soviets otorgó el poder a un Consejo de comisarios del pueblo presidido por Lenin.

Kerensky trató todavía de organizar con el general Krassnov un cuerpo de caballería cosaca, mientras que en Petrogrado el municipio formaba un Comité de salvación pública para hacer frente a los bolcheviques. Pero al destituir a Kornilov, Kerensky había roto el instrumento que ahora intentaba en vano emplear. El cuartel general proclamó su neutralidad y el ejército permaneció pasivo. En vano ofreció Kerensky a los bolcheviques la suspensión de la guerra civil que acababa de iniciarse; rehusaron. Los cosacos abandonaron una lucha que prometía ser estéril y Kerensky huyó al extranjero.

Así terminó la primera etapa de una revolución que los aliados de Rusia acogieron con tan inconsciente alegría.

La revolución rusa

El Congreso de los soviets tomó el poder el 8 de noviembre; el 9, el Consejo de comisarios del pueblo decretó la confiscación de las tierras de los grandes propietarios y de la Iglesia y su entrega a comisarios agrarios cantonales. Mientras tanto, se constituían soviets compuestos por diputados designados por los campesinos y el Consejo de comisarios del pueblo anunciaba la paz sin anexiones ni indemnizaciones. El 14 de noviembre, otro decreto entregó a los obreros la intervención de las fábricas.

Los aliados, lejos de comprender la situación y resistiéndose a reconocer la autoridad de los comisarios del pueblo, protestaron ante el Cuartel General de la eventualidad de una paz por separado. El Consejo de comisarios respondió destituyendo al general Dukonin -que fue asesinado- y lo reemplazó por el alférez Krylenko, que inmediatamente dirigió al Cuartel General alemán una petición de armisticio.

El conde Czernin, que temía el contagio de la revolución rusa, preconizaba que las tropas alemanas y austrohúngaras marchasen sobre Petrogrado, pero los mandos no deseaban inmovilizar tropas en el Este y el armisticio fue aceptado.

Rusia firma la paz de Brest-Litoysk
Trotski

El 3 de diciembre de 1917 comenzó en Brest-Litovsk la conferencia del armisticio y el 15 se acordó la suspensión de hostilidades. Durante dos meses, los ministros de Asuntos Exteriores Kühlmann y Czernin discutieron las condiciones de paz con Kamenev y Joffé, sustituído después por Trotsky. Los delegados rusos se negaban a aceptar anexiones, mas como Rusia se encontraba sin defensa frente a los Imperios centrales, Trotsky propuso desmovilizar el ejército sin firmar la paz.

Esto produjo el efecto previsto por los revolucionarios rusos. En Berlín y Viena estallaron grandes huelgas para imponer una paz sin anexiones con Rusia y en Bohemia se produjeron disturbios reclamando la independencia.

En junio de 1917, la asamblea nacional ucraniana, constituída en Kiev después de la abdicación del zar, había instaurado la autonomía de Ucrania y en noviembre se negó a reconocer la autoridad del gobierno provincial establecido por los bolcheviques y proclamó a Ucrania como república independiente. El 10 de enero de 1918, los delegados ucranianos se presentaron en Brest-Litovsk y fueron admitidos por los Imperios centrales a participar en la conferencia del armisticio, pero las fuerzas bolcheviques invadieron Ucrania y constituyeron un gobierno ucraniano bolchevique en Jarkov.

El 9 de febrero fue firmada la paz entre los Imperios centrales y Ucrania. Pero el mismo día, Kiev fue tomado por los bolcheviques y los ucranianos no pudieron hacer otra cosa que llamar en su ayuda a y Austria.

Al mismo tiempo, Finlandia, con el apoyo de Alemania, se constituía en estado independiente. Trotsky, negándose a reconocer el tratado de paz con Ucrania, rompió las negociaciones y poco después las tropas alemanas penetraban en Ucrania sin encontrar resistencia. Lenin, para salvar la revolución, se declaró dispuesto a firmar la paz. Las condiciones de los Imperios centrales eran duras: , que tenía Polonia en su poder, exigía la cesión de Curlandia, Lituania, Livonia y Estonia, la evacuación de Ucrania por las tropas bolcheviques y, además, el trato de nación más favorecida durante siete años. En espera de la aceptación por el gobierno revolucionario, las tropas alemanas continuaron su avance. Cuando el 26 de febrero la delegación rusa presidida por Sokolnikov volvió a Brest-Litovsk, los alemanes habían llegado a Narva, a 150 kilómetros de Petrogrado. El tratado se firmó el 3 de marzo y en él Rusia renunciaba a los estados bálticos y a Polonia, reconocía la paz con Ucrania y aceptaba las cláusulas económicas exigidas por los plenipotenciarios alemanes.

El gobierno de los soviets había sacrificado a Rusia en aras de la revolución bolchevique, «en espera del levantamiento del proletariado internacional»..

La revolución rusa se organiza

La dictadura terrorista

Después de la paz de Brest-Litovsk, y mientras las potencias europeas utilizaban sus fuerzas para combatirse, la revolución rusa disfrutó de un largo respiro que le permitió organizarse, instaurándose sobre cuatro decretos de un alcance incalculable. El decreto sobre la paz (9 de noviembre de 1917) puso fin a la guerra, sacrificando momentáneamente el país a la revolución; el mismo día fue publicado un decreto que disponía la confiscación de las grandes propiedades y su entrega a comités agrarios cantonales y a los soviets de diputados campesinos; pocos días después, el 14 de noviembre, otro decreto puso las empresas industriales bajo la intervención de los obreros, y por último, un decreto sobre las nacionalidades acabó con la política de rusificación, proclamando la igualdad y soberanía de los pueblos de Rusia.

La Asamblea constituyente que convocó el gobierno provisional fue disuelta por decreto del 19 de enero de 1918 y el poder asumió la forma de una dictadura del proletariado. En realidad, a partir del mes de marzo de 1918 esa dictadura del proletariado se convirtió ya en dictadura del Partido Comunista y todos los soviets, desde el de aldea hasta el Soviet Supremo del Estado, se transformaron en órganos transmisores. Sucesivamente, y para lograr imponerse, la dictadura había creado la Cheka (diciembre de 1917) -que no era sino la antigua policía del gobierno zarista- e instituido el Ejército y la Marina rojos. Luego, repudiando los empréstitos del gobierno del zar y del gobierno provisional, instauró el sistema de economía dirigida, nacionalizó la banca, los ferrocarriles, el comercio exterior, las grandes empresas y, por último, el comercio interior (noviembre de 1918).

Lenin, que ejercía la dictadura en nombre del partido, era un discípulo integral de Carlos Marx a quien la democracia y el sufragio universal inspiraban el más profundo desprecio. Hasta la destrucción del antiguo régimen, la revolución y el terror fueron erigidos en procedimiento de gobierno y así pudo lograrse de la población una sumisión absoluta, sin el menor respeto a los intereses individuales.

Al borde de la guerra civil, a la república se le planteaban algunos problemas: el más urgente era asegurar el abastecimiento de las ciudades y del ejército, del que dependía la suerte de la revolución. Además, era imprescindible luchar contra la anarquía que el hundimiento del poder zarista había extendido por todo el antiguo imperio; reorganizar la industria, aunque fuese pagando a precio de oro la colaboración de especialistas burgueses; quitar a los obreros la intervención de las fábricas para ponerlas bajo la dirección estrictamente unificada de personas competentes y, por último, hacer volver a los obreros al trabajo, imponiéndoles una producción determinada. Para asegurar el abastecimiento se procedió a la requisa del trigo producido por los kulaks -campesinos ricos-, y por aquellos que disponían de granjas medianas, requisa que fue confiada a destacamentos obreros y a campesinos pobres, encargados de fusilar en el acto a los kulaks recalcitrantes. Esta política encontraba la oposición del Partido Socialista ruso, el cual fue desautorizado por el V Congreso Panruso de los soviets, que sancionó la Constitución de la República Socialista Federativa de los Soviets de Rusia el día 10 de julio de 1918.

La Constitución de julio de 1918

Tal Constitución fue precedida de una Declaración de los derechos del pueblo explotado y trabajador, que abolía la explotación del hombre por el hombre para instituir un régimen socialista, sin distinción de estado, ni clases sociales. La Constitución ponía a disposición del pueblo los medios de producción, establecía el trabajo y el servicio militar obligatorios, instituía el sufragio universal, pero excluyendo de él a aquellos que explotasen el trabajo ajeno, a los que tuviesen ingresos aparte de los obtenidos mediante su trabajo, a los miembros del clero, a los antiguos policías y a las personas de la familia imperial. El poder pertenecía al Congreso Panruso de los Soviets, constituido por los delegados de los soviets locales. Este congreso, que había de reunirse a lo menos dos veces al año, designaría el Comité ejecutivo panruso responsable ante el Congreso, pero asumiendo sus poderes entre sesión y sesión, y el Comité ejecutivo designaría el Consejo de los Comisarios del pueblo, es decir, el gobierno.

Mientras se celebraban las sesiones del V Congreso Panruso, el zar y los miembros de la familia real fueron asesinados en Ekaterinburgo, donde los tenían prisioneros (17 de julio 1918). Un atentado dirigido poco después contra Lenin inició un régimen de terror dirigido por el polaco Dzerjinsky. Centenares de miles de oficiales, nobles, burgueses, miembros del clero, industriales y capataces fueron asesinados y saqueadas sus propiedades. Fue una verdadera cacería de todo aquello que representaba a la clase dirigente, de la que solo se preservaron los tesoros históricos, a pesar de pertenecer al antiguo régimen, gracias a Lunacharsky, comisario de Instrucción.

Los soviets triunfan en la guerra civil

Los aliados sostienen la guerra civil contra los soviets
Teatro de operaciones europeo durante la Guerra civil rusa

Los bolcheviques que imponían su dictadura no representaban más que a una ínfima minoría de la población, pero la reforma agraria les valió la adhesión de la masa campesina. Frente a ellos, la oposición estaba dividida. Unos se inclinaban hacia los aliados, otros hacia los alemanes; unos querían mantener la monarquía absoluta y la gran propiedad territorial, otros eran partidarios de la monarquía constitucional y de las reformas democráticas. Los mismos republicanos se hallaban divididos en partidarios de una república burguesa y partidarios de una república socialista. La oposición más activa fue la dirigida por la oficialidad del Ejército, cuyo fanatismo reaccionario contribuyó a que los campesinos se adhirieran a la revolución. Pero el nuevo régimen, no sólo tenía adversarios dentro de Rusia. Los aliados le eran unánimemente hostiles. Clemenceau pensó en organizar una expedición militar que entrase por Arkangel, pero Lloyd George se opuso a ella, a pesar del temor que le inspiraba el comunismo. Desde este momento, la intervención aliada contra los soviets tomó un carácter vacilante, contentándose con apoyar los movimientos «blancos» y contribuyendo de este modo a agrupar estrechamente las fuerzas en torno al gobierno revolucionario.

Además, la acción de los aliados en Rusia adquirió en seguida un carácter imperialista. Desde fines de 1918, los aliados se reservaron zonas de intervención: los ingleses el Cáucaso -con sus reservas de petróleo-, la región del Don y el litoral del Báltico, esto es las zonas marítimas; Francia, toda Ucrania -donde se encontraban invertidos grandes capitales franceses-, Polonia y Crimea, y el Japón, la parte extremooriental de Siberia.

Después del triunfo de la revolución bolchevique, la mayor parte de Rusia estaba en manos de los enemigos de los soviets. En el Norte, los franceses y los ingleses tenían Arkangel y Murmansk, donde organizaron un gobierno. En el Don, los generales Krassnov y Mamontov lograron que los cosacos se sublevasen. En Siberia, una legión checoslovaca constituída por prisioneros liberados se puso en cabeza de una contrarrevolución, manteniendo contacto con los socialistas revolucionarios que habían formado en el Volga el llamado Frente de la Asamblea Constituyente. Se formaron dos gobiernos, uno en Samara, en el Volga medio, y el otro en Omsk, en Siberia, que en septiembre de 1918 se fusionaron para constituir un gobierno provisional ruso presidido por el almirante Koltchak.

En el Oeste, Ucrania, bajo el cosaco Skoropadski, estaba ocupada por los alemanes, quienes estaban también en la Transcaucasia, con Bakú y Tiflis, donde se habían constituido las tres repúblicas independientes y hostiles entre sí de Georgia, Armenia y Azerbaiyán.

En el extremo Este, los japoneses ocupaban Vladivostok.

La Rusia de los soviets estaba totalmente cercada. Para defenderse, recurrió primero a formar un ejército de voluntarios, pero en el mes de agosto de 1918, Trotsky, al hacerse cargo de la defensa, implantó de nuevo el servicio obligatorio y formó dieciséis regimientos revolucionarios. Los cosacos blancos de Krassnov fueron derrotados por Voroshilov y Stalin en Tsaritsin, que para conmemorar esta victoria tomó el nombre de Stalingrado. Y la legión checoslovaca, rechazada, tuvo que abandonar Kazán, Simbirsk y Samara.

Tal era la situación cuando pidió el armisticio. Inmediatamente, el comité ejecutivo panruso anuló la paz de Brest-Litovsk y el ejército ruso, avanzando a la zaga de los alemanes en retirada, llegó hasta Narva, Pskov, Vilna, Kovno y Riga, adonde llegó en enero de 1919. En Ucrania se formó, al marcharse los alemanes, un directorio nacionalista presidido por Petliura, que se puso bajo la protección de Francia, aunque no pudo impedir que los rojos se apoderasen de Jarkov y Kiev.

Sin embargo, pronto aparecieron en Rusia los aliados, en lugar de los alemanes. En diciembre de 1918, una flota francesa ocupó Odesa y organizó el bloqueo de las costas del mar Negro. En el Norte, los ingleses recibían refuerzos y en Siberia destacamentos japoneses y americanos acudían en ayuda de los checos.

A pesar de la resistencia con que tropezaban en el interior, los soviets concibieron entonces la esperanza de que la revolución comunista se extendiese a Europa entera. Y al mismo tiempo que, por su influjo, se constituían repúblicas soviéticas en Estonia, Letonia y Lituania, en y Hungría estallaban revoluciones comunistas orientadas hacia Moscú. Se hacía evidente que sería necesario un inmenso esfuerzo militar para combatir a la RSFSR. Clemenceau seguía siendo partidario de realizar este esfuerzo, pero el Consejo Supremo Interaliado se negó a ello, prefiriendo entablar negociaciones. Con este fin, en enero de 1919 invitó a los gobiernos que de hecho se repartían el territorio ruso a que enviasen delegados a la isla de los Príncipes, cerca de Constantinopla. Lenin estaba dispuesto a aceptar la invitación, pero los blancos la rechazaron. A partir de entonces, los aliados redujeron su acción contra los soviets, en tanto que en marzo de 1919 se fundaba en el Kremlin la Internacional comunista, destinada a organizar y dirigir la revolución mundial. El ejército rojo contaba con un millón y medio de hombres, pero precisamente entonces los movimientos comunistas fracasaron en toda Europa. La esperanza de una revolución mundial se desvanecía. Los soviets tenían que empezar por conquistar Rusia.

Los soviets reconquistan Rusia

Frente al gobierno de Moscú, poderosamente armado, no había más que fuerzas improvisadas. Solo constituían un peligro las de Ioudenitch, que dominaban los países bálticos. Estas amenazaron Petrogrado dos veces, que consiguió salvarse (octubre de 1919), pero los países bálticos se les escaparon a los soviets. Para contener el ataque del ejército rojo, el gobierno de Koltchak, que ocupaba Siberia y las regiones asiáticas de Rusia hasta Persia, sólo disponía de unos 200.000 hombres; vencido en abril de 1919, en diciembre fue hecho prisionero en Irkutsk e inmediatamente fusilado. Ya no quedaba en Siberia más que una base antisoviética, la que el barón Ungern Sternberg había organizado en Urga (Mongolia) y sobre la que se apoyaban las tropas checas.

Antes de internarse en Siberia, los soviets se volvieron hacia el sur, donde Denikin, que ocupaba el Don y Ucrania, estaba siendo abastecido por los aliados. Para someterlo, Stalin organizó una ofensiva a través de las regiones más pobladas con objeto de tener el apoyo de la población campesina, que temía que la victoria de Denikin condujese a la restauración de los grandes propietarios. En octubre de 1919, Denikin fue vencido y su derrota provocó motines en la flota y en el ejército franceses en Odesa. A las fuerzas francesas no les quedaba más solución que salir de Rusia, lo que hicieron en enero de 1920.

Polonia ataca a la URSS

En diciembre de 1919, Moscú, después de haber derrotado a las tropas blancas del general Denikin y de haberlas hecho retroceder hasta el mar, ofreció la paz a Polonia, cuyo ejército, adentrándose en territorio soviético, había ocupado Brest-Litovsk y Minsk, al mismo tiempo que conquistaba Vilna, en Lituania.

El Consejo Superior Interaliado, deseoso de sofocar la hoguera que ardía en los confines polacos rusos, propuso establecer la frontera polaca en una línea, la llamada línea Curzon, que pasaba por Suwalki, Grodno, Brest-Litovsk y al este de Przemysl.

Entretanto, para los soviets la situación mejoraba sensiblemente; la derrota de Denikin había tenido por consecuencia el abandono de Odesa por las fuerzas francesas, ciudad que los rusos ocuparon en febrero. Seguidamente, y por decisión del Consejo Supremo Interaliado, se levantó el bloqueo de la costa rusa del mar Negro y el gobierno francés, entrando oficialmente en contacto con los soviets, firmó con Litvinov un convenio relativo a la repatriación de militares rusos, mientras en Londres se entablaban conversaciones con Krassin para el restablecimiento del comercio internacional. Poco después, en abril de 1920, las tropas soviéticas entraban en Bakú, evacuada meses antes por los ingleses.

Pero la guerra civil aún no había terminado en Rusia. En febrero de 1920, después de la ocupación de Odesa por los soviets, Denikin cedió el mando de las fuerzas blancas de la Rusia del Sur al general Wrangel, el cual en abril emprendió una ofensiva dirigida hacia el Donetz, operación que los polacos aprovecharon para marchar sobre Kiev y que ocuparon en mayo. Pero en aquel momento una contraofensiva del ejército rojo arrolló al ejército polaco obligándolo a retroceder y llegando a amenazar Varsovia.

, Austria y Checoslovaquia, que eran hostiles a la restauración de Polonia como estado independiente, proclamaron su neutralidad y negaron el paso a las municiones enviadas a Polonia.

Weygand salva a Polonia de la sovietización

Moscú propuso la paz. Esta implicaba la sovietización de Polonia y el que se convirtiese en enlace de Rusia con los elementos revolucionarios de Alemania. Lloyd George aconsejó a Varsovia que aceptase las condiciones soviéticas, pero Francia le concedió créditos y envió al general Weygand, que en la batalla de Varsovia (agosto de 1920) derrotó al ejército ruso y le hizo retroceder 400 kilómetros.

Meses después (octubre 1920), la URSS firmaba con Polonia el Tratado de Riga, que establecía la frontera a 150 kilómetros al este de la línea Curzon e incorporaba a Polonia la Galitzia y parte de Bielorrusia.

Triunfo de la revolución en Rusia

Para los soviets, esto era una grave derrota, pero fue compensada por la victoria definitiva que lograron por entonces sobre las fuerzas blancas que ocupaban el sur de Rusia. Wrangel tuvo que volver a embarcar con rumbo a Constantinopla y las repúblicas de Georgia, Armenia y Azerbaiyán fueron ocupadas por los soviets. En el norte, los ingleses ya habían abandonado Arkángel.

Faltaba Siberia. En enero de 1920, se formó en Vladivostok -que seguía ocupado por los japoneses- un gobierno socialista que inmediatamente se orientó hacia Moscú. Entretanto, Rusia estaba incomunicada con la Provincia del Litoral, en Siberia, por persistir aún la zona antirrevolucionaria establecida en Urga (Mongolia) por el barón Ungern Sternberg, y desde la cual los checos continuaban ocupando el Transiberiano. Después de derrotar a Wrangel, Moscú emprendió la tarea de liberar a Siberia y en junio de 1920 Sternberg fue vencido y fusilado. Ante esto, los checos retrocedieron y el ejército soviético llegaba al Pacífico (mayo de 1922).

Como los japoneses querían evitar conflictos con los soviets, evacuaron Vladivostok en octubre del mismo año, retirada que permitió que la URSS ocupara la Provincia del Litoral, en Siberia. Al mismo tiempo, Turquestán -desde donde los ingleses habían sostenido contra los soviets a los mencheviques en Asjabad, al kan en Jiva y al emir en Bujara- caía en poder de los rojos (octubre de 1922), que ahogaron en sangre las resistencias nacionales.

Para recobrar los antiguos territorios asiáticos del imperio ruso, solo les faltaba a los soviets el norte de la isla de Sajalín, y lo obtuvieron mediante un acuerdo concertado con el Japón en 1925.

La revolución, estabilizada

En 1922, la revolución soviética estaba definitivamente estabilizada. Le había costado 770.000 kilómetros cuadrados de territorio y 28 millones y medio de habitantes, siendo la pérdida más sensible la de los países bálticos, que privaba a la URSS de sus puertos sobre el mar libre en el Báltico. A pesar de todo, Rusia salía triunfante de la prueba, que es probable le hubiera sido fatal si los generales blancos y los aliados no hubieran actuado tan desordenadamente. Su victoria, empero, le salía cara, pues la guerra civil aumentó la miseria y el caos en que le había hundido la revolución. En todas partes los campesinos se apoderaron de las tierras, por lo que fue preciso derogar el latifundio, sin pensar, de momento, en implantar el sistema de la explotación colectiva; la industria, los bancos y el comercio, nacionalizados, estaban por completo faltos de organización; la moneda, reducida por la inflación, se había hundido y el país volvía ahora a un sistema de trueques y bonos de circulación obligatoria que anulaba toda posibilidad de comercio. Según frase del presidente checo Masaryk, la dictadura del proletariado había pasado a ser una dictadura sobre el proletariado.

De 1918 a 1920, las matanzas, la miseria y las enfermedades causaron más de 7 millones de víctimas, pero el ex imperio se había estabilizado y dos años después la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas era un hecho consumado. Comprendía entonces cuatro repúblicas: Rusia, Ucrania, Bielorrusia y Transcaucasia.

La diplomacia soviética había conseguido el reconocimiento de la URSS por varios estados extranjeros. Estonia, Letonia, Lituania y Finlandia habían firmado la paz con Rusia en 1920. En febrero de 1921, Persia y Afganistán le firmaron tratados de amistad. Turquía lo hizo en marzo y, el mismo día, un acuerdo comercial valía a la URSS su reconocimiento de facto por Inglaterra. Acuerdos equivalentes se firmaron en 1921 con , Noruega e Italia. Rusia iba recuperando su puesto en el concierto internacional. .

PIRENNE, Jacques, Historia Universal, Ed. Éxito, 1961, t. 7 págs. 180-194

El periodo de la NEP (1922-1927)

La destrucción del antiguo régimen amenaza la revolución

En 1921, Rusia, estabilizada en el terreno internacional, se encontraba en una situación económica difícil. Toda su clase dirigente -única de la población que conocía la influencia occidental- había sido asesinada o eliminada, la producción agrícola estaba reducida a las dos terceras partes, la industria, lamentablemente desorganizada, parecía arruinada y el tráfico ferroviario quedó reducido a la décima parte. La miseria era espantosa y multitud de niños desamparados merodeaban por las ciudades y por el campo. La población carecía de víveres. Incluso entre el proletariado, considerado como el beneficiario de la revolución, reinaba vivísimo descontento y los mismos revolucionarios tenían la impresión de haber sido traicionados por sus jefes.

En aquellos momentos la crisis revestía caracteres trágicos. Los campesinos, para protestar de las requisas de que eran víctimas, no sembraban los campos ni atendían al ganado. Casi todas las fábricas tenían cerradas sus puertas y los trenes no circulaban por falta de combustible. La miseria provocaba levantamientos en el campo, el bandolerismo se extendía por el país y en todas partes estallaban motines militares. Se iniciaba una época de hambre espantosa que iba a costar la vida a millones de personas. En Leningrado faltaba el pan. Los marinos de Cronstadt se sublevaron pidiendo elecciones libres, libertad de prensa y el establecimiento de la libertad de comercio. Su grito de «Abajo los bolcheviques! ¡Vivan los soviets!» proporcionó su consigna a la oposición que se vislumbraba en contra de la dictadura estatal: «Los soviets, sin los bolcheviques». Se planteaba la cuestión de saber si la revolución crearía una dictadura estatal, dirigida por un partido omnipotente, o si organizaría un régimen democrático en el cual el poder perteneciera a los consejos emanados del pueblo obrero.

El X Congreso del Partido (marzo de 1921) organizó la lucha contra los desórdenes. El 17 de marzo, Trotsky mandó atacar Cronstadt y la represión fue espantosa. Los marinos sublevados -entre los que figuraban algunos dirigentes de la revolución de 1917- fueron diezmados sin compasión.

Lenin había comprendido la lección. La instauración del comunismo no tendría éxito si no contaba con la adhesión de una gran parte del pueblo. Por lo tanto, era preciso establecer un régimen transitorio, durante el cual se empezaría por organizar la producción.

Régimen transitorio de la Nueva Economía Política
Moda femenina durante la NEP

Lenin había comprendido que no era posible hacer la revolución en contra de los campesinos; por lo tanto era necesario terminar con su resistencia. Se suprimieron las requisas de productos agrícolas y se dio a los campesinos la garantía de que se respetarían sus bienes. Se devolvió la libertad al comercio interior y en la industria se suprimió el pago con bonos de abastecimiento, volviéndose al procedimiento de salarios. Pero se necesitaba una moneda estable y para ello había que renunciar a la inflación y establecer un presupuesto equilibrado. De este modo se volvió a la propiedad privada, continuando estatizados únicamente los medios de producción. Y aquellos bolcheviques que, fieles al comunismo, pretendían oponerse a la reforma fueron pasados por las armas.

El hambre que desolaba a Rusia era tan espantoso que el mundo entero se conmovió y el capitalismo extranjero acudió en socorro de la población de la Rusia socialista. Hoover, que durante la guerra había abastecido a la Bélgica ocupada, organizó un plan de ayuda en el que se gastaron 60 millones de dólares. A pesar de todo, el hambre había causado cinco millones de víctimas.

Una vez superada la crisis, el gobierno lanzó la consigna de «todo por la producción». Y el restablecimiento, hasta cierto punto, del capital privado estimuló la producción, que era lo único que podía servir de base al régimen. La revolución no renunciaba a sus objetivos, pero los aplazaba. Para poner de nuevo en marcha la industria se necesitaban técnicos, y como la revolución había reducido considerablemente su número, se contrataron ingenieros americanos, alemanas y franceses, que montaron empresas ultramodernas y ejercieron el profesorado en escuelas técnicas. Fue entonces cuando se inició la electrificación del país.

Muerte de Lenin y crisis del régimen

La NEP había conseguido establecer una situación económica más normal y el comercio libre reanudó el intercambio de bienes. La agricultura, una vez obtuvo cierta libertad, también aumentó su producción, aunque sin volver al nivel de antes de la guerra; sin embargo, había gran desequilibrio entre la agricultura, cuyos productos apenas aumentaban de precio, y la industria estatal, que producía a precios que subieron un 40 por ciento aproximadamente. Los campesinos ya no compraban y el paro volvía a presentarse.

Este estado de cosas creó una doble oposición: la menchevique moderada, dirigida por los sindicatos que pretendían la vuelta a una mayor libertad en la industria, y la de izquierdas, que acaudillada por Trotsky reclamaba el fin de la NEP y la revolución permanente y universal del comunismo ortodoxo.

Grigori Zinóviev

Lenin, que en 1922 sufrió un ataque de hemiplejía y había abandonado prácticamente la jefatura de la revolución, murió en enero de 1924. Entonces se inició la lucha por el poder. Los jefes, por aquel entonces, eran: Trotsky, comisario de Guerra; Stalin, secretario general del partido; Zinoviev -Apfelbaum- y Kamenev -Rosenfeld- presidentes, respectivamente, de los soviets de Leningrado y de Moscú; Kalinin, presidente del Comité Ejecutivo Central de la Unión; Bujarin, que tenía la dirección de la prensa, y por último Dzerzhinski, jefe de la GPU, cuerpo de policía que en febrero de 1922 había reemplazado a la Checa y se estaba transformando en un organismo casi autónomo.

En 1923 se realizó una seria «depuración» del partido para eliminar a los oponentes, que fueron enviados a Siberia y Mongolia. Mientras tanto, Trotsky, considerando que el período transitorio de la NEP ya se prolongaba demasiado, mandó detener a los comerciantes enriquecidos.

Stalin se apodera de la dictadura
Iósif Stalin

Entonces comenzó la lucha entre Trotsky y Stalin, que apoyado por Kamenev y Zinoviev quería estabilizar primero el comunismo en Rusia. Trotsky, acusado de menchevique, de ser opuesto a la NEP y de menospreciar a los campesinos, fue destituido y el poder pasó a manos de un triunvirato formado por Stalin, Zinoviev y Kamenev. Después, el XIII Congreso del partido condenó el trotskismo y en Georgia fue sangrientamente sofocada la oposición menchevique. En el seno del partido se inició entonces una lucha a muerte. Después de eliminado Trotsky, Stalin se volvió contra sus colaboradores Zinoviev y Kamenev, que fueron eliminados del triunvirato y desposeídos de sus cargos. Entre sus partidarios se llevaron a cabo centenares de arrestos y deportaciones. Y desde entonces, Stalin ejerció una verdadera dictadura en nombre del partido, del cual era secretario general.

La URSS organiza su sistema financiero

El desequilibrio de precios que se manifestaba amenazaba con destruir todas las ventajas conseguidas de la NEP. El Estado intervino autoritariamente con el propósito de fijarlos y creó una nueva moneda, el chervonetz (1922), que valía 10 rublos oro. Fue prohibida la exportación de oro y el Estado protegió la entrada de divisas extranjeras estimulando la exportación por medio del dumping y organizando un turismo de Estado para los extranjeros.

En octubre de 1921 se había fundado el Banco de Estado de la URSS, el cual se convirtió en 1924 en institución central de emisión. Durante el período de la NEP se fundaron bancos de crédito autónomos, que en 1927 pasaron a depender del Banco de Estado y un año después fueron transformados en sucursales de aquél. También fue reorganizado el ahorro, y para fomentarlo el Estado distribuyó cartillas de ahorro. Y a partir de 1925-26, los presupuestos fueron equilibrados.

La industria, la organización obrera y la agricultura

Lo que ocasionaba el déficit más abrumador en las finanzas del Estado era la industria. Y como el saneamiento de la moneda exigía que los presupuestos fuesen equilibrados se procedió a una reorganización industrial mediante un decreto para aumentar la producción (1923). Los medios empleados fueron poner en relación los salarios con el trabajo realizado y devolver a las empresas la gestión autónoma bajo la intervención del Consejo Superior de Economía Nacional. Las empresas fueron agrupadas en monopolios que tenían cada una su capital y su consejo de administración y los obreros fueron agrupados en sindicatos, unidos a su vez en consejos de sindicatos profesionales. Pero estos sindicatos estaban muy lejos de disfrutar de las libertades que se les reconocían en los países capitalistas. Los jefes de empresa disponían del derecho, e incluso del deber, de sancionar cualquier falta en el trabajo, sin que los sindicatos pudiesen intervenir; fue prohibida la huelga bajo las más graves sanciones y la jornada de trabajo se fijó en siete horas, con descanso, por equipos, cada cinco días. En 1927, la industria había recuperado su nivel de antes de la guerra.

Lo mismo ocurrió con la producción agrícola, pero en este terreno la intervención del Estado no fue tan intensa. Se limitó a favorecer las cooperativas, que representaban un acercamiento a la colectivización de las tierras, y a proporcionar al campesino herramientas y máquinas agrícolas. Los campesinos más hábiles y más trabajadores se enriquecieron y así se formó una clase de campesinos ricos y capaces: los kulaks.

La Constitución de 1924

Las instituciones del régimen se iban organizando al mismo tiempo que la economía. En 1923, el Comité ejecutivo de los soviets implantó una Constitución nueva para reemplazar a la de 1918, que había sido rebasada por los acontecimientos. Esta fue ratificada por el II Congreso de los Soviets en enero de 1924 y puesta en vigor en mayo de 1925. La Constitución declaraba el carácter federativo de la URSS, que quedaba integrada por seis repúblicas soviéticas: Rusia, Ucrania, Transcaucasia, Rusia Blanca, Uzbekia, Turkmenia, además de «repúblicas autónomas» y «territorios». En 1929, además de las repúblicas soviéticas, había trece regiones, once repúblicas autónomas y quince territorios.

Son electores todos los trabajadores; los no trabajadores, tales como los comerciantes, sacerdotes, agentes de la antigua policía, alienados y criminales, no son electores, ni elegibles. Una vez aprobada la candidatura oficial, los trabajadores designan por escrutinio público a sus delegados para el Soviet local del municipio, los miembros de estos eligen los diputados para el Soviet del cantón o distrito, y estos mandan diputados al Congreso de los Soviets de la Unión, órgano supremo que ejerce el poder constitucional legislativo, ejecutivo y judicial. El Congreso de los Soviets de la Unión elige el Comité central ejecutivo. En Moscú, capital de la Unión, el Comité central ejecutivo consta de dos cámaras: el Soviet de la Unión y el Soviet de las Nacionalidades.

El Comité central nombra el presidium del Comité Central Ejecutivo y el Consejo de Comisarios del Pueblo, con un presidente, un vicepresidente y diez comisarios. No existe la separación de poderes.

La policía política también es la misma para toda la Unión.

El Partido Comunista

La unidad de dirección está garantizada por el Partido Comunista, compuesto por células establecidas en todos los organismos administrativos y empresas. Las células de un territorio forman un sector; los sectores están agrupados por regiones, cuyo conjunto constituye en cada estado el partido. El conjunto de los diferentes partidos forma el Partido Comunista de la URSS, cuyo organismo supremo es el Congreso, que designa al Comité Central, encargado de dirigir el partido. A su vez, el Comité central del partido elige un Buró Político -Politburó-, que tiene la responsabilidad de la dirección del partido.

De hecho, la Constitución no fue aplicada. Toda la actividad pasó a manos del Politburó, bajo la dirección de Stalin. Los organismos constitucionales no ejercerían más función que la de intervenir en las decisiones tomadas por el Politburó. De este modo, el partido se convertía en un estado dentro del Estado. En realidad, el partido dominó al Estado.

El Código Civil soviético

La Constitución está completada por un Código Civil que concede al orden público y a la defensa del Estado un lugar preponderante. Frente al omnipotente Estado, la familia no tiene ninguna importancia: se proclama la absoluta igualdad de los cónyuges y las formalidades para casarse y para divorciarse se simplifican hasta el máximo. Teóricamente. la mujer tiene acceso a todos los cargos.

Este Código suprime casi por completo las herencias y la familia misma desaparece ante el Estado.

Separación de la Iglesia y el Estado

En cuanto a la Iglesia, que bajo el régimen zarista tan asociada estuvo al Estado, desde 1918 quedó separada de él. Las iglesias de todos los cultos se han convertido en simples asociaciones de fieles y la religión ortodoxa no tiene, con respecto a las demás, privilegio alguno. De hecho, la revolución comunista es materialista y antirreligiosa. El clero fue diezmado y el arzobispo Tikhon estuvo detenido hasta 1923, fecha en que se le dejó en libertad vigilada hasta su muerte en 1925.

La mayor parte de las iglesias fueron derribadas o cerradas y se emprendió una intensa propaganda antirreligiosa, organizando congresos y museos. Se propagó el ateísmo entre la juventud y se creó una Liga de los Sin Dios.

La URSS se esfuerza por regularizar sus relaciones exteriores

Al mismo tiempo, la URSS, que en 1923 había sido reconocida -al menos de facto- por todas las potencias, intentaba hacer oír su voz en las conversaciones internacionales. La primera conferencia a la que asistió invitada fue a la de Génova (abril de 1922). Entre Rusia y las potencias occidentales quedaban por solucionar dos cuestiones muy importantes: la de las deudas del régimen zarista y del gobierno Kerensky, y la de los bienes particulares extranjeros nacionalizados.

Rusia no tenía intención de retractarse de tales decisiones, lo cual hubiera sido comprometer la revolución. Pero la NEP le proporcionaba la ocasión de proponer a los países perjudicados una compensación.Las concesiones petrolíferas del Cáucaso, que desde 1912 estaban en manos de sociedades extranjeras, habían sido nacionalizadas, pero la URSS no tenía los capitales ni los técnicos necesarios para volverlas a poner en funcionamiento. Ofreciendo una concesión general de los petróleos del Cáucaso a las grandes compañías capitalistas, intentaría conseguir la cancelación de sus deudas, el reconocimiento de la nacionalización de los bienes confiscados y el que se le concediesen créditos.

Negociaciones con el gran capitalismo internacional

Con estos propósitos, se presentó en Génova una delegación rusa presidida por Chicherin. La conferencia discutió las deudas y la nacionalización de los bienes particulares, pero entre bastidores se negoció la concesión de los petróleos. Inglaterra, después del fracaso de sus aspiraciones sobre el Cáucaso, se afanaba por instalar allí a la Royal Dutch y a la Shell.

El plan ruso consistía en otorgar la concesión a una compañía mixta, de la cual formaría parte el gobierno de Moscú. A cambio de esta concesión, los aliados renunciarían a los capitales que tenían en Rusia y esta se abstendría de reclamar ninguna indemnización por los daños ocasionados en su territorio por los ejércitos aliados y rusos blancos.

Inglaterra, que nunca había concedido empréstitos a Rusia, estaba dispuesta a aceptar a condición de que una sociedad formada por la Royal Dutch y la Shell fuese la única beneficiaria de la concesión. Francia, cuyos préstamos a Rusia ascendían a 12.000 millones oro y tenía invertidos otros capitales en la industria rusa, y Bélgica, con idéntico motivo, reclamaban su restitución o el pago de indemnizaciones. Y otra potencia, la compañía americana Standard Oil, exigía figurar en el reparto de concesiones en igualdad con Inglaterra.

No había acuerdo posible. Y mientras los alemanes -que no tenían intereses en Rusia firmaban un tratado de amistad con la URSS, la conferencia terminó con una declaración de insolvencia. Pero antes de separarse, rusos y aliados decidieron volverse a reunir en La Haya.

En la conferencia de La Haya sólo estuvieron presentes personajes secundarios. Los verdaderos negociadores fueron sir Henry Deterding, por la Royal Dutch, y sir Walter Samuel, por la Shell; por parte de Rusia, Litvinov. Todas las partes mantuvieron los mismos puntos de vista que en Génova y la conferencia fracasó. Antes de separarse, las delegaciones aliadas hicieron un llamamiento a sus connacionales para que no adquirieran propiedades confiscadas en Rusia, lo que equivalía a impedir a la Shell que reanudase las negociaciones con el fin de conseguir para ella la concesión general. Esta resolución iniciaba también el bloqueo de los petróleos rusos para intentar que los soviets devolviesen las concesiones a sus antiguos propietarios. Pero pronto se vio que el cálculo hecho por las sociedades petrolíferas era equivocado. Leningrado apeló a técnicos extranjeros para reorganizar las explotaciones y desde 1923 la URSS no sólo produjo el petróleo que necesitaba, sino que incluso exportó unas 300.000 toneladas.

Sin embargo, Rusia no renunció a otorgar concesiones a las sociedades capitalistas extranjeras. En 1925, al ser nombrado Trotsky presidente del Comité de Concesiones, Rusia otorgó la explotación de manganeso a compañías angloamericanas, así como el derecho de buscar petróleo en Siberia a un grupo italobelga y el mismo derecho en el Caspio a una compañía noruega.

El petróleo en las relaciones entre la URSS, Japón y los Estados Unidos

Mientras Inglaterra se interesaba por los petróleos del Cáucaso, el Japón se apoderaba de los de la isla de Sajalín. Intentando hacer una jugada al Japón, la república soviética del Extremo Oriente cedió las riquezas petrolíferas de Sajalín a la sociedad americana Sinclair (1921), que no pudo explotarlas por hallarse aquélla en poder de los japoneses.

En 1925, los japoneses consintieron en evacuar el norte de Sajalín a condición de obtener la concesión de los petróleos que ya estaban explotando, a lo que Moscú accedió mediante la entrega a los soviets del 5 por ciento de la producción y la condición de que importase del Cáucaso el resto del consumo nipón.

De este modo, Rusia se aseguraba una importación regular de capitales y el Japón se independizaba de América e Inglaterra para sus necesidades de petróleo.

La URSS abandona, con respecto a Occidente, su actitud revolucionaria

Aunque las conferencias de Génova y La Haya fracasaron, a veces el fracaso de una conferencia resulta más constructivo que un éxito. En realidad, Rusia consiguió ventajas apreciables. Por un lado, había aprovechado la ocasión para aproximarse a y obtener su reconocimiento de jure; por otro, hizo comprender a las potencias occidentales el porqué no reconocía las deudas de los gobiernos zaristas y había creado entre los intereses capitalistas extranjeros divergencias de miras de las que podía aprovecharse.

En mayo de 1923 fue invitada a la conferencia de Lausana para discutir la cuestión de los Estrechos, saliendo beneficiada de ella por el hecho de que Inglaterra exigió su desmilitarización con objeto de debilitar el poderío turco. Esta conferencia se caracterizó por un grave incidente: el plenipotenciario ruso Vorovski fue asesinado por un ruso blanco que fue absuelto por la justicia suiza, lo que dio lugar a una tensión vivísima entre Berna y Moscú.

Después de esta conferencia, la URSS se apuntó más éxitos. Inglaterra la reconoció en enero de 1924, Italia en febrero y Francia en octubre, sin que Moscú hubiese cedido en lo referente a reconocer las deudas del régimen zarista. En 1925, la reconoció el Japón, en 1926, con el presidente Hoover, los Estados Unidos, y en 1927 la URSS enviaba una delegación a la Comisión preparatoria de la Conferencia del Desarme.

La Rusia soviética había dejado de ser considerada en el mundo como un peligroso foco de revolución social, volviendo a ocupar su puesto en la vida internacional.

Sin embargo, en 1927 sobrevino un incidente entre Londres y Moscú. La III Internacional, manejada por los rusos, sostuvo financieramente las grandes huelgas que se declararon en Inglaterra y fueron descubiertas organizaciones de espionaje de cuyo mantenimiento acusó el gobierno británico a la embajada soviética.

Y en mayo de 1927, el gabinete Baldwin rompió con la URSS. Fue el primero de los continuos incidentes que el Komintern había de provocar incesantemente en los países occidentales por medio de los partidos comunistas. Pero en 1929, Mac Donald reanudó las relaciones con arreglo a la actitud socialista: hostil al comunismo a causa de sus métodos autoritarios, pero simpatizante con el programa marxista implantado por los soviets.

En Oriente, los soviets siguen una política de imperialismo

En Occidente, la URSS aspiraba a conseguir el reconocimiento de su posición; en Oriente, no dejó de ser imperialista. Después de la ocupación de Bakú por las tropas soviéticas (abril de 1920), Moscú convocó un congreso de los Pueblos de Oriente en el que Zinoviev exhortó a la sublevación contra los imperialismos, principalmente contra el británico, y se creó en Moscú una universidad comunista de trabajadores orientales para dar a los pueblos de Asia una clase dirigente orientada hacia Rusia y no hacia Occidente. Continuando la política zarista, los soviets concertaron (febrero de 1921) una alianza con Afganistán y entraban en contacto con Teherán, renunciando a las concesiones petrolíferas y firmando un tratado de amistad (febrero de 1921). Con Mustafa Kemal, que entonces se encontraba en guerra con los griegos, Moscú entabló cordiales relaciones y, sin preocuparse de la encarnizada persecución de Mustafa Kemal contra los comunistas turcos, le envió armas y víveres.

De este modo, mientras Inglaterra se esforzaba por unir bajo su influencia a todos los pueblos árabes, Moscú formaba una red de alianzas con objeto de proteger el Asia Central del imperialismo inglés y entregarla al imperialismo ruso. En 1921, el gobierno soviético se ganó para el Turquestán los banatos de Jiva y Bujara. En Mongolia se constituyó un gobierno revolucionario que firmó con Moscú una alianza equivalente a un protectorado (noviembre de 1921). Luego, reanudó su política de expansión en China ayudando a los generales rebeldes y extendiendo su influencia en el Sin-Kiang. De este modo, los soviets reanudaban la política de los zares, poniendo sus miras en aquellos lugares en que encontraban poca resistencia. Con respecto a Europa empleaban como medio de penetración la ideología marxista, que la III Internacional iba propagando por mediación de los partidos comunistas.

Stalin superpone al colectivismo un estatismo autoritario

Rusia adopta un colectivismo constructivo

En 1927, alcanzados los resultados que de la NEP se esperaban, el nivel de la producción era el de antes de la guerra. Desde entonces, sin declarar la abolición de la NEP, se reanudó la política de colectivismo. Pero antes de iniciarla, Stalin emprendió la destrucción de todo lo que se le oponía y en primer lugar la de su implacable enemigo Trotsky. En enero de 1928 lo relegó a 4.000 kilómetros de Moscú, y como intentara mantener la oposición por correspondencia, en enero de 1929 fue desterrado y conducido a Constantinopla. Después de viajar por diversos países fijó su residencia en Méjico, en donde fue asesinado en 1940.

Todos los amigos de Trotsky fueron perseguidos. Joffé, que había negociado la paz en 1917, se suicidó, y Rakovski fue deportado a Siberia. En su lucha contra el trotskismo, Stalin contaba con el apoyo de la opinión pública. Él traía un plan constructivo y el pueblo, acostumbrado a la autocracia, aceptó su dictadura con la misma facilidad con que aceptara antaño la autocracia de los zares.

La revolución había terminado. Empezaba la gran aventura de la construcción de un estado colectivista.

Desde 1925 venía preparándose un «plan quinquenal» que en 1928 fue puesto en aplicación. La URSS se arriesgaba a una experiencia que nunca había sido intentada: la industrialización a ultranza de un país que no disponía de capital, sin recurrir al capitalismo extranjero, ni a la iniciativa individual. Siendo su población la única riqueza de la URSS, su plan iba a consistir en utilizarla como instrumento de producción.

Estatización del comercio

La colectivización no podía compaginarse con el comercio libre. Y para salvar este obstáculo, el Estado se apoderó del comercio al por mayor y luego se dedicó a ir ganando terreno al comercio libre al detall. En todo el territorio se instalaron cooperativas y almacenes del Estado y a medida que se propagaba la cooperativa el comercio libre al por menor perdía terreno; en 1933 puede decirse que ya no existía. Desde ese momento, las cooperativas fueron perdiendo la semi autonomía que disfrutaban para ser absorbidas por la máquina comercial del Estado.

La industria, nacionalizada, es confiada a técnicos extranjeros

Con la pequeña industria de artesanía se siguió la misma táctica de retroceso. El instrumento de la industrialización fue el sistema de trusts. Y para desarrollarla, la URSS no disponía de técnicos ni de máquinas y unos y otras fueron importados en masa. Ingenieros norteamericanos construyeron la presa de Dnipropetrovsk y el centro siderúrgico de Magnitogorsk; Henry Ford y los técnicos de la Austin Company crearon las fábricas de automóviles de Nijni-Novgorod (Gorki); ingenieros de Detroit construyeron la fábrica de tractores de Stalingrado, y los estudios cinematográficos de la URSS fueron obra de ingenieros franceses. Otros se encargaron de organizar la enseñanza técnica y científica.

Los soviets imponen a su pueblo abrumadores sacrificios

Para financiar el plan quinquenal Se necesitaba 85.000 millones de rublos oro, lo que significaba imponer salarios bajos, descuentos en los mismos y horas suplementarias de trabajo miseramente pagadas. Además, la producción habría de orientarse, no hacia el consumo, sino hacia el equipo industrial. Fue preciso volver a implantar el racionamiento y, sobre todo, pedir a la población obrera el máximo rendimiento con el mínimo de remuneración. Sólo existen dos marcas de producir: pagar bien la mano de obra o el trabajo forzado. Y este último medio tuvo que ser el recurso del colectivismo, ya que Rusia no tenía capitales para el trabajo. Por lo tanto, en algunos lugares la población fue tratada como si se hubiese vuelto a implantar la esclavitud, efectuandose traslados en masa de obreros hacia regiones poco habitadas y muchas veces inhabitables.

El trabajo debía proporcionar, no solo lo necesario para la industrialización del país, sino también para la exportación. Además, había que obtener las divisas para pagar a los técnicos llamados a Rusia.

De 1929 a 1932, la crisis mundial dificultó la exportación extraordinariamente. Sin embargo, se pudo mantener por el trabajo obligatorio y la depreciación del rublo.

Pero la imposición no bastaba para someter a todo un pueblo a una semejante. El gobierno lo comprendió y por eso procuró crear con propaganda intensísima el entusiasmo por el trabajo. Se formaron brigadas de “choque” de trabajadores que fueron presentadas como ejemplo de heroísmo y se creó una atmósfera de batalla económica. Los que se negaban al trabajo a destajo fueron considerados como traidores y sometidos a castigos ejemplares. Como ejemplo fueron sacrificados Tomski, presidente de la Unión de Sindicatos obreros, y Rykov, ex presidente de los comisarios del pueblo, entre otros muchos jerarcas.

Instalación de campos de trabajo forzado

Se instalaron campos de trabajo donde se amontonaban, no sólo los sospechosos -viejos burgueses, mencheviques, enemigos del régimen-, sino también obreros acusados de «sabotear» el trabajo. Esos trabajadores forzados, reducidos a la esclavitud, fueron dedicados a labores penosas, en donde morían a millares. Trescientos mil de estos hombres construyeron, en el clima inexorable del Norte, el canal que une el mar Báltico al mar Blanco. Estos campos de trabajo forzado habían de adquirir enorme amplitud. Se ha calculado que en 1942 había en ellos unos 15 millones de hombres.

Sin conseguir un éxito total, el plan quinquenal dio resultados estimables y fue seguido con un segundo plan, al término del cual la producción de metales y petróleo se había triplicado con respecto a la de 1913. Tan sólo el centro de Magnitogorsk produjo más hierro colado que toda Rusia antes de la guerra. La producción de carbón y acero se cuadriplicó; en el Ural, en Siberia e incluso en las regiones polares se establecieron centros industriales con ciudades que fueron levantadas desde los cimientos. En 1936, la producción eléctrica equivalía a dieciséis veces la de 1913; la enorme central eléctrica construída en el Dnieper igualaba en potencia a la del Niágara. Grandes extensiones desérticas del Turquestán fueron irrigadas. La producción de oro aumentó en gran escala. Se construyeron canales y carreteras y al ferrocarril transiberiano se le dotó de doble vía en la mayor parte de su recorrido. En cinco años se había duplicado el número de obreros.

En lo referente a la enseñanza, los resultados fueron también importantes. Se abrieron gran número de colegios en los que la enseñanza se daba en setenta lenguas, y veinte de ellas que carecían de alfabeto se convirtieron en escritas. En todo el país se instalaron bibliotecas, teatros, cines y campos de deportes.

El ejército fue modernizado y la Aviación, la Armada y la flota mercante se desarrollaron ampliamente.

Sovietización de la agricultura

La colectivización de la agricultura constituía el problema más difícil. Desde 1914, la población rusa había aumentado y la producción era bastante menor. Los únicos grandes productores de trigo eran los kulaks. Y Stalin decidió «liquidarlos» y entregar las tierras a los koljoses y sovjoses. El sovjos, empresa estatal en la que el agricultor se convierte en un obrero asalariado, era el objetivo a conseguir y el koljos era considerado como una etapa para llegar a ello. En el sistema de koljos, la tierra, el ganado y el material agrícola son aportados en común y los campesinos están remunerados proporcionalmente a su trabajo.

Nikolái Bujarin

La colectivización de la tierra encontró viva oposición. siendo Bujarin el más destacado detractor. Se le excluyó del partido y seguidamente más de un millón de kulaks fueron detenidos, ejecutados o deportados. En pocos meses, la clase fue aniquilada y los bienes confiscados sirvieron para organizar koljoses. El rendimiento agrícola, que era ya bajo por la obstrucción campesina, disminuyó aún más; por otra parte, la colectivización había sido demasiado rápida para que el Estado pudiese proporcionar a los koljoses las máquinas necesarias. Se anunciaba un nuevo período de hambre.

El régimen cooperativo de los koljoses

La colectivización de la tierra resultaba un fracaso porque los campesinos se negaban a trabajar para la comunidad sin obtener ningún beneficio personal. Por lo tanto, no había otro medio para desarrollar la producción agrícola que admitir el beneficio individual. Esto significaba renunciar a los principios de la revolución comunista, pero Stalin no vaciló. En junio de 1931 anunció la reinstauración de la ganancia personal como palanca de la actividad económica. Fue un momento esencial en la evolución de la revolución rusa.

La NEP había sido un medio temporal para superar la crisis creada por la colectivización. Stalin iba ahora a crear un régimen nuevo que conservando la fraseología revolucionaria, esto es, sin dejar de invocar el comunismo, el colectivismo y el marxismo, constituiría en realidad un estatismo autoritario, suavizado por el retorno, tanto en la industria como en la agricultura, a la ganancia individual, que constituye el elemento básico de la economía liberal. La revolución ideológica había terminado. Empezaba una nueva revolución movida exclusivamente por objetivos realistas. Adaptándose a las tradiciones históricas del pueblo ruso, el comunismo iba a convertirse en el autoritarismo de Estado destinado a reemplazar el colectivismo soviético que Lenin pretendió implantar.

Se estableció una nueva forma de colectivización de la tierra cuya base sería el koljos, que se iría transformando paulatinamente en una cooperativa de pequeños propietarios a la que el Estado cedería la propiedad de las tierras que cultivaba. Esta reforma, de importancia fundamental, volvió a establecer la modesta propiedad campesina.

Los campesinos fueron autorizados a tener casa propia, un jardín, algo de ganado y aves de corral, de todo lo cual podían disponer libremente, se aumentó la parte correspondiente al beneficio personal y se redujo el impuesto a los koljosianos. Por otra parte, el Estado activó la motorización -continuando de su propiedad las máquinas agrícolas- e implantó la selección de simientes. Poco a poco, el sovjos solo sería puesto en práctica para restaurar tierras en barbecho.

De esta forma, la colectivización de las tierras, combinada con la vuelta a la pequeña propiedad privada, pudo llevarse a término en las grandes regiones productoras de cereales.

En 1935, después del II Congreso de «koljosianos de choque), se concedió a los koljoses el disfrute de las tierras que ocupaban a título perpetuo.

El segundo Plan Quinquenal

El principio del "beneficio individual", cuya implantación fue anunciada por Stalin en junio de 1931, iba a ser aplicado también a la industria. El primer plan quinquenal dio lugar a un extraordinario progreso industrial y agrícola, cuyo principal objetivo fue el de dotar a Rusia de una industria pesada. En 1933 se inició otro plan quinquenal con la finalidad de organizar las nuevas empresas y desarrollar la industria ligera, merced a la cual podría mejorarse el nivel de vida de la población, muy sacrificada con el primer plan.

El primer plan quinquenal hizo evidente que, aunque la técnica es la base de toda industrialización, esta no podía dar todo su rendimiento sin una buena dirección. Para esto era preciso, por una parte, garantizar a la dirección una autoridad efectiva, capaz de imponerse a los obreros sin resistencia posible, y por otra restablecer el beneficio individual como estimulante. El trabajo a destajo había establecido ya la remuneración proporcional a la producción del obrero; ahora, iba a ser introducido el beneficio individual en favor de los dirigentes.

Y la consigna del segundo plan quinquenal, lanzada por el mismo Stalin, fue: «Los mandos deciden». Estos mandos iban a ser constituidos basándose en dos principios: el de autoridad y el de beneficio personal. La igualdad teórica que había presidido la revolución quedaba deshecha al introducir el nuevo principio de que los dirigentes constituían una clase social privilegiada. A partir de entonces, la sociedad soviética iba a dividirse lo mismo que antes. Por encima de los obreros se constituiría otra clase, dotada de pingües recursos y formada por los que tuviesen mando, ya fuese político, militar, administrativo o económico.

Calma y terrorismo

Aunque con la vuelta al beneficio individual en la agricultura y en la industria se consiguió cierta tranquilidad, no por eso se renunció al terrorismo. En el nuevo sistema, el autoritarismo sustituía definitivamente al “colectivismo”, y para imponerse no se vaciló en emplear -como antes- los procedimientos más duros.

Efectivamente, si el trabajo bien hecho debía ser recompensado con espléndidas remuneraciones, en cambio toda deficiencia era implacablemente castigada. Funcionarios y técnicos, lo mismo que empleados y obreros, fueron sometidos a una vigilancia severísima, perseguidos por sabotaje o traición por la denuncia del más insignificante descuido y condenados a deportación e incluso a muerte.

El beneficio particular creó entre los dirigentes una competencia que, favorecida por el régimen policíaco y autoritario, fue evolucionando cada vez más hacia un sistema de delación y corrupción que iba a convertirse en una plaga para el régimen.

La clase rural fue sometida, como la obrera, a una disciplina de las más estrictas. El trigo producido por los koljoses era requisado por el Estado. Ahora bien, como los campesinos no recibieran a cambio los productos prometidos, limitaron los cultivos a sus propias necesidades y en 1932-33 apareció la amenaza de un nuevo período de hambre. La autoridad respondió poniendo en vigor la pena de muerte para los campesinos que ocultaran sus cosechas o hicieran declaraciones falsas al fisco y se ordenaron investigaciones y detenciones que causaron millares de víctimas.

Un nuevo estatuto prohibió a todo trabajador cambiar de residencia sin autorización, permitió destinar a los trabajadores donde hiciesen falta, sin consideración de origen, profesión, ni familia, y autorizaba el castigo de todo acto de indisciplina incluso con la pena de muerte. Un día de ausencia injustificada se castigaba con la retirada del carnet para comprar en las cooperativas y se estableció el pasaporte interior obligatorio para la población ciudadana o vecina de aglomeraciones urbanas. De este modo, la clase obrera se encontró sometida a una autoridad patronal mucho más dura que lo había sido nunca en la industria capitalista.

En diciembre de 1934, Kirov, jefe del Soviet de Leningrado, fue asesinado por un comunista expulsado del partido. Desde 1918 no había ocurrido ningún atentado. Stalin decidió sofocar por el terrorismo cualquier tentativa de rebelión e inició un primer proceso contra todos los miembros del partido que en algún momento se habían opuesto a su autoridad. La propaganda denunció a Trotsky, Zinoviev y Kamenev -los únicos colaboradores de Lenin que podían hacer sombra a Stalin- como organizadores de un vasto complot. Trotsky estaba desterrado, pero Zinoviev y Kamenev fueron detenidos y deportados a Siberia y más de cien «cómplices» ejecutados.

Al mismo tiempo que “depuraba” el partido, Stalin inició la anunciada política de blandura. La pequeña propiedad campesina fue ampliada y en la industria la violencia cedió ante el nuevo método del estajanovismo, que consiste en conceder primas por el trabajo que sobrepase el rendimiento medio. De este modo, el comunismo llegaba a utilizar los procedimientos que antaño condenara como los más indignantes abusos del capitalismo: trabajo a destajo, primas a la sobre producción y autoridad omnipotente del patrón.

El régimen abandona su carácter revolucionario

Con el restablecimiento del beneficio personal, el retorno a la pequeña propiedad campesina, el estajanovismo y la creación de una clase industrial dirigente y de funcionarios bien retribuidos, resucitaron las desigualdades sociales que Lenin quiso anular. Se vio reaparecer la preocupación por el vestir y se instalaron cafés. El gobierno abandonó la igualdad en las escuelas y en el ejército se restableció la disciplina, así como las distinciones jerárquicas en los uniformes y en otros aspectos. La familia, que el comunismo pretendió destruir, volvió a ocupar un puesto de honor. Se publicaron decretos ordenando la investigación de la paternidad y castigando el aborto; se concedieron premios a las familias numerosas y el divorcio ya no fue tan fácil. Las universidades recuperaron sus antiguas tradiciones científicas y se volvieron a organizar las facultades, que de nuevo admitieron a los hijos de los kulaks, de los popes y de los «blancos». La mayoría de los condenados políticos fueron amnistiados, se autorizó a los que no estaban inscritos en el partido a desempeñar cargos importantes y se suavizó la propaganda antirreligiosa.

Esta nueva tendencia, impuesta por Stalin para consolidar al régimen y al mismo tiempo quitarle su carácter revolucionario, fue consagrada por la nueva Constitución ratificada por unanimidad en el Congreso soviético reunido el día 5 de diciembre del año 1936.

La Constitución de 1936, basada en los principios democráticos

La Constitución promulgada en 1936 mantiene el federalismo de la Unión, pero modifica el régimen de los estados miembros: reconoce las once repúblicas federales de Rusia, Ucrania, Rusia blanca, Azerbaiyán, Georgia, Armenia, Turkmenia, Uzbekistán, Tayikistán, Kazajstán y Kirguistán, 22 repúblicas autónomas, 9 territorios autónomos y 12 distritos nacionales. Sólo las repúblicas federales poseen autonomía política. La lengua rusa es el idioma oficial de la Unión, en el que tendrá forma de expresión el patriotismo de las 185 nacionalidades que forman la URSS.

De este modo, la Constitución confirma la declaración hecha por Lenin: «Nosotros queremos una unión de pueblos libres. Por eso, nos vemos obligados a reconocer a los pueblos el derecho a disponer libremente de sí mismos hasta su completa separación del pueblo ruso. Nosotros quisiéramos que la república del pueblo ruso -le llamará pueblo gran-ruso, para ser más explícito- atraiga hacia ella a las demás nacionalidades, no por la fuerza, sino por un acuerdo libremente adoptado».

Todas las lenguas nacionales son reconocidas en plan de igualdad; se imprime en 111 lenguas, y 90 cuentan con manuales escolares.

El espíritu de las instituciones está profundamente modificado. La cláusula de la Constitución de 1924 que negaba a los «explotadores» el derecho a formar parte de ningún órgano del poder queda suprimida; ya no hay «explotadores». La Constitución renuncia a erigirse en expresión de la dictadura del proletariado; restablece la idea del estado y a la antigua acepción de «clases» sustituye la del trabajo. El ciudadano sólo tiene valor por su trabajo. Los dos principios considerados como base de la sociedad son: «El que no trabaja, no come»; pero también -y esto es la repudiación de la igualdad preconizada por Lenin-: «A cada uno según su trabajo».

El Estado se basa en la soberanía de los trabajadores, que eligen el Consejo supremo por sufragio directo, secreto e igual de todos los ciudadanos de ambos sexos y que hayan cumplido los dieciocho años. El Consejo supremo detenta el poder legislativo y está compuesto de dos cámaras: el Consejo de la Unión y el Consejo de las Nacionalidades.

El Consejo de la Unión consta de 596 diputados, elegidos a razón de uno por cada 300.000 habitantes, lo que suprime el privilegio que la Constitución de 1924 concedía a los obreros. El Consejo de las Nacionalidades está formado por 574 miembros; cada república federal envía a este consejo 25 diputados, 11 cada república autónoma, 5 cada territorio autónomo, y 1 cada distrito electoral. La creación de los «distritos nacionales» tiene por objeto estimular el despertar de las nacionalidades. El Consejo supremo, elegido por cuatro años, nombra el Presidium de 37 miembros que puede proclamar el estado de guerra, pero no declarar la guerra, y el Consejo de Comisarios del Pueblo, que ostenta el poder ejecutivo y constituye un consejo de ministros. El Consejo supremo vota las leyes, el Presidium dicta ukases, el Consejo de Comisarios publica ordenanzas reglamentarias y cada comisario pronuncia sentencias.

La Constitución dispone la inmunidad parlamentaria para los diputados, la elección de jueces por sufragio universal cada tres años, la inviolabilidad de la persona y el domicilio, y el secreto postal. Declara también que todos los ciudadanos tienen iguales derechos cualesquiera que sean su origen, su nacionalidad o su raza. Garantiza la libertad de palabra, de prensa, de reunión y de manifestación. Declara enemigo del pueblo a todo el que atacare la propiedad socialista o no se erigiera en su defensor. Se reconoce la libertad de cultos, así como la de propaganda antirreligiosa -más tarde, Stalin prohibió las mascaradas antirreligiosas-. El servicio militar es obligatorio. Se considera como un deber sagrado la defensa de la patria, ya no la de la revolución.

Se restablece la propiedad privada y el derecho de sucesión

La revolución había establecido la propiedad del Estado sobre la tierra y los medios de producción. El disfrute perpetuo de esta propiedad se había entregado a las cooperativas y a los koljoses. Por decreto del 27 de abril de 1918 quedó suprimida la sucesión legal, y por otro del 11 de marzo de 1919 la sucesión testamentaria. Pero, ya en 1922, el Código civil había restablecido el derecho de sucesión en favor de los descendientes directos y de la esposa hasta una cantidad máxima de 10.000 rublos. Un decreto del 19 de marzo de 1926 suprimió ese máximo. La Constitución de 1936 va mucho más lejos, pues restablece la propiedad individual y la herencia sin límites, sea quien sea el heredero y para todos los bienes, excepto la tierra o los instrumentos y medios de producción.

La soberanía nacional anula todas las libertades

En realidad, esa Constitución se basa en los mismos principios de los regímenes democráticos de Occidente. Ahora bien, en el sistema soviético interviene un elemento que altera su espíritu: se trata de la función que en las instituciones desempeña el Partido Comunista. La Constitución considera al partido como la «vanguardia de los trabajadores en la lucha para instaurar el régimen socialista» y como «el núcleo dirigente de todas las organizaciones de trabajadores, tanto sociales como las que forman parte del Estado» y determina que los candidatos para las elecciones son designados por los organismos obreros, las asociaciones de juventudes y las sociedades culturales del partido. Por lo tanto, el partido ejerce una dictadura, ya que todos los órganos del Estado están casi exclusivamente integrados por miembros suyos.

Si a esto añadimos que la Constitución de 1936 solo reconoce al Partido Comunista y prohíbe la formación de cualquier otro, hay que reconocer que las libertades que proclama no existen más que para sus miembros, minoría privilegiada frente a la masa de población que no tiene más derechos que el de ratificar las decisiones del partido.

De hecho, esta dictadura del partido ya se ejercía antes de 1931, pero después se convirtió en legal y las actas legislativas tuvieron que llevar, además de la firma del presidente del Consejo de Comisarios del Pueblo, la del secretario general del Partido Comunista –Stalin-, quien de este modo ejercía su autoridad sobre el poder legislativo y sobre el ejecutivo.

La función «dogmática» del Partido

El partido constituye la base misma del régimen. No podemos perder nunca de vista que el régimen ruso está establecido sobre un dogma. Primeramente, dicho dogma fue el marxismo; más adelante -paralelamente a la sustitución del colectivismo por el estatismo- se convirtió en la estricta observancia de la política del Estado. El partido está encargado de velar por la pureza de este dogma, incluso en sus variaciones sucesivas. Por lo tanto, es preciso que los futuros miembros del partido se sometan a una formación muy completa. De los seis a los nueve años forman parte de los «octubristas», de los nueve a los catorce de los «pioneros», y de los catorce a los veinte de las organizaciones juveniles. La libertad individual de los miembros del partido es más reducida que la de los sin partido. El objetivo de esta política no consiste en formar místicos, sino en armarlos con un fervor frío y seguro. Están obligados a una obediencia estricta con respecto a la autoridad y al respeto más absoluto al «dogma». Cualquier desviación a las consignas no sólo provoca su expulsión del partido, sino que los convierte en apóstatas, considerados por los comunistas como los excomulgados lo eran en la Edad Media por los fieles.

El estado comunista, fundado sobre una doctrina rigurosamente materialista, se acerca así a la organización de un estado teocrático, con sus mandos jerarquizados y bajo la omnipotencia de Stalin.

La composición social y el régimen de la propiedad

Sometida al partido, que la domina y la encuadra, la población de la URSS, aunque solamente está compuesta de «trabajadores», no por eso deja de comprender, como hemos visto, diferentes clases sociales: autoridades, funcionarios oficiales, dirigentes de la industria, del comercio y de la agricultura, obreros, miembros de las granjas colectivas, campesinos -muy pocos-, propietarios independientes, artesanos agrupados en cooperativas y artesanos individuales. La igualdad de remuneración que fue instaurada al principio de la revolución ha desaparecido. Siguiendo el principio de «a cada uno según su trabajo, los funcionarios y los agentes del partido que desempeñan alguna autoridad, ya sea en la organización política o en el terreno económico, tienen sueldos espléndidos y disfrutan de ventajas considerables. El Estado les proporciona hotel particular, automóvil y servidores. Pues aunque nadie puede disponer de asalariados, el Estado tiene empleados cuya misión es servir a los miembros de la clase dirigente. De modo que el funcionarismo ha creado, por encima de los trabajadores manuales, una nueva clase acomodada e incluso rica, espléndidamente remunerada y dotada de todas las comodidades.

El derecho de propiedad sobre los medios de producción y transporte, así como sobre la tierra, los bosques, el subsuelo y las aguas, pertenece al Estado, Pero este cede a las asociaciones de trabajadores, cooperativas y koljoses, el disfrute perpetuo de los bienes que explotan. al lado la propiedad estatal -considerada además teóricamente como propiedad colectiva de todos los trabajadores- subsiste el derecho de la propiedad privada. En las granjas colectivas cada campesino posee su casa, su ganado (excepto caballos), y una tierra que, ya en 1936, según las regiones, puede tener hasta una hectárea. La ley también autoriza el establecimiento de explotaciones campesinas -cuya tierra es propiedad del Estado- y empresas individuales de artesanía, pero les está prohibido servirse de asalariados. En 1936, la URSS contaba aproximadamente con un millón de granjas individuales. Todo ciudadano tiene derecho de propiedad sobre los ingresos de su trabajo, de los que puede servirse para comprar títulos del Estado o adquirir muebles e incluso una casa, pues aunque la tierra es del Estado, la casa que se edifica puede ser propiedad privada, con arreglo a un concepto jurídico parecido al de la enfiteusis. Todos los bienes que forman parte de la propiedad privada son transmisibles en virtud del derecho de herencia garantizado por la Constitución. Así se ha formado rápidamente, al margen del proletariado, una clase acomodada que dispone, además de la remuneración de su trabajo, de las rentas de bienes privados, constituidas principalmente por los intereses de los empréstitos del Estado, cuyas obligaciones suelen estar dotadas de bonificaciones como en los países capitalistas.

El régimen de trabajo

El trabajo es obligatorio para todos. Ahora bien, el porcentaje de remuneraciones -sin contar las primas, a veces muy elevadas, sobre todo para los dirigentes- se extiende en la proporción de 1 a 17. La diferencia entre el salario medio del trabajador y el de los dirigentes de industria o de los funcionarios es mayor, en lo que concierne a salarios y sueldos pagados por el Estado, que en los países capitalistas, en los que no se extiende más que de 1 a 8. Es decir, que en el régimen capitalista la remuneración de los obreros es proporcionalmente más elevada que en Rusia, donde el trabajo se paga según su rendimiento. En 1936, el salario podía variar de 150 a 2.500 rublos al mes.

Las leyes sociales son aproximadamente las mismas que existen en los regímenes capitalistas. Sin embargo, conviene observar que en el régimen comunista la libertad del obrero está mucho más restringida; no se permiten las huelgas, y el obrero no puede ausentarse de su trabajo sin exponerse a las penas más graves.

Los trabajadores rusos reivindican más libertad

Es interesante observar que si los trabajadores de los países occidentales, cuyo nivel de vida es mucho más alto que en Rusia, reivindican la nacionalización de las industrias y la socialización de los medios de producción, en cambio en la URSS las reivindicaciones obreras van en sentido opuesto: allí tienden a conseguir mayor libertad y menos intervención del Estado.

En cuanto a los artesanos, reivindican la transformación de las asociaciones de artesanía en organizaciones libres y piden el derecho de elegir sus jefes y el de vender y comprar en el mercado libre. Así, pues, se inicia un movimiento que tiende a restaurar la iniciativa privada en la agricultura, el artesanado, la pequeña industria y el comercio local.

La política agrícola soviética se vió obligada a adaptarse a esta tendencia de la opinión hacia una mayor libertad. Aunque, por lo demás, los hechos contribuyeron a ello, ya que el rendimiento de los koljoses resultó ser mucho más elevado que el de los sovjoses y todas las repúblicas federales se vieron impulsadas a transformar los sovjoses y koljoses.

Enorme impulso de la URSS en Siberia

De un alcance histórico enorme es el extraordinario impulso que se dio a Siberia, hecho que domina indiscutiblemente la evolución económica de la URSS. En 1926, Siberia era un enorme territorio casi desierto y su población no excedía los 11 millones de habitantes, la mayoría asiáticos; en 1940, contaba 30 millones de habitantes, casi todos rusos o rusificados. Las antiguas aldeas que jalonaban los inmensos espacios vacíos se habían convertido en grandes ciudades modernas, a las que hay que sumar las que fueron levantadas desde los cimientos: la gigantesca Magnitogorsk, edificada por ingenieros americanos para convertirse en uno de los centros del acero más importantes del mundo; Stalinski, en medio de la cuenca hullera de Kuznetsk, recientemente descubierta y puesta en explotación; Karkara Links, en la cuenca carbonífera de Karaganda; Igarka, gran puerto construído en el río Yenisei; Tiksi, puerto central en el océano Glacial Ártico; Kirovsk, en la península de Kola, al norte del círculo polar, capital metalúrgica con más de 40.000 almas; en la Provincia del Litoral, Komsomolsk, levantada desde los cimientos por 60.000 colonos llegados de Rusia para roturar bosques hasta entonces inexplorados, y por último Vladivostok, fundada por los zares como ciudadela avanzada del eslavismo en el océano Pacífico y que pasó de 106.000 habitantes (1926) a 200.000 en 1936. Dos millones de rusos se instalaron en la Provincia del Litoral, centro de estacionamiento de un ejército siberiano entrenado y equipado a la moderna.

Siberia se nos muestra de repente como el verdadero centro de la potencia económica de la URSS, hasta el extremo de que el tercer plan quinquenal habrá de calcular, para una producción total de 73 millones de toneladas de carbón, 19 millones procedentes del Ural, 28 de la Siberia occidental, 13 de la Siberia oriental y 13 del Extremo Oriente. Esta riqueza carbonífera de Siberia fue lo que sentó las bases para tal industrialización, y por tanto desde el primer mometo su extracción adquirió grandes proporciones en las cuencas mineras de Karaganda y de Kutznesk.

El río Amur, que atravesaba grandes espacios sin vida, se convierte en el eje de una actividad económica intensísima, cuyos polos son las ciudades hongo de Khabarovsk y Komsomolsk. Desde 1930 se han establecido en el Ural y en Siberia occidental grandes plantas siderúrgicas, de las que sobresalen las gigantescas fábricas de hierro de Magnitogorsk, en las que trabajan 250.000 obreros.

En la región del Ural, Kutznesk se ha transformado en un enorme centro industrial, en el que desde 1933 hasta 1938 el número de altos hornos asciende de cuarenta y siete a setenta. En Khabarovsk e Irkutsk se levantan grandes fábricas de aviones. Varias líneas aéreas unen ya Moscú con estos nuevos centros del poderío ruso, teniendo como eje la línea Moscú-Vladivostok, de la que parten líneas hacia otros puntos de Siberia y de la costa del océano Glacial Ártico.

A esta obra gigantesca ha de añadirse la colosal organización de los transportes árticos, que en 1942 fue confiada a un organismo autónomo, el Glavsevmorput, que dispone de presupuesto propio y 40.000 funcionarios y obreros y cuyo programa consiste en hacer navegable el océano Ártico durante cuatro meses del año, desde Murmansk hasta el estrecho de Bering, valiéndose de una flota de rompehielos.

El desarrollo agrícola de Siberia no ha sido tan intenso como su industrialización. En las ricas tierras que se extienden desde el lago Baikal hasta el Ural, la colonización progresa lentamente; también se extiende por el valle del Usuri y por el extremo oriente siberiano, a pesar de los grandes fríos.

Siberia, punto de partida del imperialismo hacia Asia

La costa siberiana del Pacífico, desde el estrecho de Bering hasta Nikolaievsk, está completamente organizada y defendida. En el mismo estrecho se instaló una base importante en Uelen y más al sur el puerto de Anadyr, que está unido a Tommot, en Yakutia, por una vía férrea. Más abajo aún, Petropavlovsk, en Kamchatka, se ha convertido en un puerto de guerra, mientras que Ayan, en el mar de Okhotsk, ha sido habilitado para base de submarinos. Más adelante, escalonadas hacia el sur, encontramos las bases de la bahía de Castries y de Sovietskaya, que comunican con la región fortificada de Vladivostok. Toda esa costa siberiana del océano Pacífico fue transformada en una gran base para un eventual ataque contra el Japón.

Al mismo tiempo que por mar amenazaba al archipiélago nipón, la URSS organizaba bases de expansión hacia China. La Mongolia exterior, que cayó bajo el protectorado ruso antes de 1914, es ahora una república soviética federada. En este territorio —tres veces y media la extensión de Francia—, no viven más que 1,5 millones de habitantes, pero 150.000 hombres del ejército están acuartelados en torno al antiguo centro caravanero de Urga, eventual punto de partida de una ofensiva contra la Mongolia interior, el norte de China y Pekín.

Por último, una vía terminada en 1929 une Siberia con Sin-Kiang (Turquestán chino), cuya capital, Urumtchi, se ha convertido en un importante centro comercial, de donde parte la gran ruta de caravanas que se dirige hacia Turfán y Lant cheu, en el río Amarillo, otra vía de penetración que apunta a China.

El auge de Siberia proporciona a rusia un gran prestigio en Asia

La gigantesca obra realizada en Siberia va orientando cada vez más a Rusia hacia las vastas extensiones asiáticas. La URSS ha dejado de ser una potencia europea para convertirse en un imperio euroasiático cuyas miras imperialistas se fijan más en Asia que en Europa. El extraordinario auge de Siberia ha hecho de Rusia el más poderoso estado asiático. Desde 1905, la atención de Asia era atraída por el Japón, pero su agresivo imperialismo suscitó temores en todo el continente. Por el contrario, las inmensas realizaciones técnicas de la URSS, hechas sin la ayuda de Occidente, contra el que se erige en rival, han ido acompañadas de una política que se dice favorable a la independencia y emancipación de Asia. Y así, al mismo tiempo que se preparaba para una posible invasión de China, la URSS ha tenido cuidado de no excitar en su contra el nacionalismo chino, y en lugar de aprovecharse de la agresión del Japón a China para hacer en este país conquistas territoriales, se aproximó momentáneamente al gobierno nacionalista e impuso a los comunistas chinos la colaboración con Chang Kai Chek, en espera de convertirlos en instrumentos de su política.

El prodigioso impulso dado a Siberia le ha valido a la Unión Soviética un prestigio incomparable en toda Asia, prestigio que influirá sobremanera en el curso de la Historia.

Formación de una nueva clase dirigente

El inmenso e impresionante desarrollo adquirido por Rusia solo ha podido realizarse paralelamente a la formación de una nueva clase dirigente, salida de los centros culturales creados por el nuevo régimen. Para triunfar, la revolución eliminó a cuantos sectores de población estaban influenciados por las ideas occidentales. Nobleza, clero, clase media, funcionarios, técnicos e industriales -aproximadamente un 15 por ciento de la población- han sido en su mayor parte asesinados, deportados, internados en campos de trabajo o inhabilitados para actuar. Jamás revolución alguna fue tan sangrienta como la que se llevó a cabo conforme a los principios de Carlos Marx. Por lo tanto, era preciso formar una nueva clase dirigente constituída según las doctrinas marxistas, pero capacitada para introducir en Rusia los más modernos métodos de la técnica.

Para organizar la enseñanza secundaria, profesional, técnica y superior, el gobierno recurrió especialmente a extranjeros y al cabo de veinte años Rusia pudo prescindir de la ayuda de estos técnicos. No cabe duda de que esta clase dirigente no posee una cultura basada en ideas generales, pero es que en la URSS la enseñanza no estriba en la formación del individuo, sino en proporcionar técnicos y obreros destinados a desempeñar un papel definido. O sea, puede decirse que el individuo ha sido asimilado a una máquina.

No importa, por lo tanto, darle una formación intelectual basada en la libertad del pensamiento; al contrario, el régimen exige que toda la sociedad piense según una ideología erigida en una especie de religión y que tiende a integrar completamente al individuo. La unidad no es la personalidad individual, sino la sociedad. En la Edad Media, la ortodoxia religiosa estaba garantizada por la Inquisición, que condenaba a muerte a los herejes. El régimen comunista ha adoptado el mismo sistema: aquel que pretende sustraerse a la ideologia del régimen, debe ser suprimido del cuerpo social.

En esta atmósfera autoritaria, que no prohíbe cierta libertad de crítica, pero que la obliga a no salirse de unas normas muy limitadas, ha sido organizada asimismo la enseñanza.

Pero sea como fuere, existe un hecho innegable. En pocos años la URSS se ha dado una clase dirigente que necesitaba, y aunque está formada en una atmósfera dogmática y no tiene cultura general alguna, es apta para desempeñar las funciones técnicas que reclama la industrialización del país.

Así se ha formado un mundo que se extiende desde el mar Báltico hasta el océano Pacífico, que no tiene relación alguna con la civilización occidental y que opone al humanismo individualista el totalitarismo más riguroso.

La literatura y el arte frente a la revolución

El dogmatismo de la revolución se impuso de buenas a primeras a toda expresión del pensamiento. En 1918 fue creada la Academia «comunista» para encauzar la ciencia, el arte y la literatura al servicio del régimen. En vísperas de la guerra y de la revolución, la literatura rusa estaba inspirada por tendencias opuestas. El movimiento social era representado, principalmente, por Gorki, obrero manual que durante mucho tiempo llevó la vida de un vagabundo ignorante. Su fe socialista, expresada con un realismo fogoso, brusco y arrebatador, ejerció considerable influencia y sus obras se tradujeron a varios idiomas. En el mismo terreno, pero en un plano más inferior, Rozanov, apenas conocido en el extranjero, intentaba adaptar la literatura a la jerga popular empleando un vocabulario grosero.

Desde 1905, y frente a esa corriente dominada por las preocupaciones revolucionarias, la poesía rusa, por influjo de Baudelaire, Verlaine, Maeterlinck y Verhaeren, reaccionó contra las tendencias sociales para consagrarse al arte puro. Briussov fue el maestro de este simbolismo, de evidente mérito literario.

El más grande de los poetas de la escuela simbolista fue Alejandro Blok, lírico que en 1917 se sintió arrebatado de entusiasmo por la revolución y la cantó en una obra de grandes vuelos titulada Los Doce. Pero la desilusión llegó pronto y murió desesperado en 1921.

Esta explosión de entusiasmo lírico por la revolución, seguido por el desengaño más completo, fue la curva que siguieron los principales poetas rusos de entonces: Bely, simbolista que escribió en vísperas de la revolución sus grandes y caóticos San Petersburgo y Moscú; Maiakovski, nombrado poeta oficial del nuevo régimen; Essenin, arrebatado por una especie de mesianismo revolucionario. Todos cayeron en tan espantosa desesperación, que incluso les llevó al suicidio, como les sucedió a Essenin y Maiakovski.

La prosa tuvo una abundante producción revolucionaria. A partir de 1921, toda la literatura narrativa se veía forzada a ensalzar la revolución y la guerra civil. Del fárrago de esta literatura de encargo, cínica, cruel y desprovista de arte, surgieron algunos grandes nombres, como el de Gorki, de quien la revolución hizo un dios, Ehremburg, cuya sátira en forma de novelas de aventuras obtuvo un éxito enorme, el poeta Essenin, que en su Confesión de un granuja hace gala de un lirismo sin freno, y Zochtchenko, que sustituyó el cinismo por un género humorístico que hizo escuela.

Después de 1924, el simbolismo se vió eclipsado por un realismo en el que sobresale Gorki. Los escritores siguen la evolución de la URSS. Durante los años de la NEP, Zamiatin hace el juicio del colectivismo integral; después, Gladkov, en El cemento, expone en un estilo realista la revolución industrial; Fedin describe la evolución social conseguida por la revolución; Pilniak, en El Volga desemboca en el mar Caspio, se inspira en el plan quinquenal; Remizov, al que siguen una pléyade de escritores jóvenes, en su libro Tres familias reúne hechos y datos con los que pretende hacer el expediente de la revolución; sólo Leonov, inspirado en Dostoievski, es el único que hace oír, en Los tejones, la voz de una piedad ya desaparecida. Dejando a un lado las novelas de Gorki, puede decirse que la obra maestra de la época fue la novela El rapto de Europa (1934), de Fedin, que lanzada cuando el comunismo tendía a abandonar su carácter revolucionario reanudó la gran tradición de la novelística rusa, es decir la tradición occidental.

En medio de este torrente desordenado, la obra Caminos etéreos, de Boris Pasternak, discípulo de Rilke, aparece como una especie de espejismo poético sin el menor contacto con la dura realidad.

En un clima dominado por un dogma social en el que el individuo se ve anulado por la sociedad, la literatura, que constituye esencialmente un arte individualista, limitada en su libertad y forzada a un conformismo que la somete a directrices implacables, no puede aspirar a realizar obras maestras. No ocurre lo mismo con el baile y la música, que libres de la censura ideológica conservan la plenitud de su inspiración.

Por lo demás, la tradición jamás desapareció del arte folklórico. La música y la danza populares siguieron siendo íntimamente rusos. Si la literatura no ha producido en Rusia obras teatrales de mérito, en cambio la danza ha seguido siendo un arte de primera magnitud, como lo demuestra el cuerpo de baile de Moscú. El cine ha realizado –entre un fárrago de obras de propaganda- unas pocas películas de alcance artístico, y la música ha continuado produciendo obras maestras. Pero la gran escuela de música rusa ha continuado su labor fuera de Rusia. Después de Igor Stravinsky, cuyo extraño dinamismo, un poco bárbaro tal vez, revela un talento y una admirable inspiración apasionada, Prokovief se ha expresado con sonoridades nuevas y un lirismo que en la marcha del Amor de las tres naranjas alcanza su mayor brillantez. La adhesión de Prokofiev al comunismo debía señalar el final de su carrera artística. De regreso a Rusia en 1932, fue censurado por Stalin y desde entonces se dedicó a componer, para glorificación del régimen, obras insulsas y vulgares.

La revolución -hagámosle esta justicia- no ha destruído las riquezas artísticas que el pasado acumuló en la tierra rusa, sino que ha evitado el absurdo fanatismo de otras revoluciones, que consistió en destruir las reliquias del pasado bajo pretexto de que representaban un ideal anacrónico o aborrecido. Y al mismo tiempo que dejaba subsistir los recuerdos del pasado —de los que, por lo demás el pueblo, falto de cultura, se desentiende- la URSS se ha lanzado por el camino de la arquitectura moderna. No ha dado muestras de gran originalidad, pero se ha inspirado en dos principios: hacer obra racional o erigir a la gloria del régimen monumentos espectaculares, como la Universidad, el Comisariado de Asuntos Exteriores y el «metro» de Moscú.

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