HISTORIA DE ESPAÑA

  1. Los Pueblos Germanos
    1. Conquista y germanización
    2. Los Reyes Suevos, su reino
    3. Los Reyes Visigodos, su reino
    4. Los Reyes Vándalos, su reino
  1. Conquista y Germanización
    1. El nombre de los germanos
    2. El origen de los germanos
    3. Movimientos de los germánicos
    4. Los grandes pueblos históricos
    5. Organización y cultura germánica
    6. Clases sociales
    7. El ejército
    8. El culto y las creencias
    9. La vida privada
    10. La mesa
    11. La «Sippe»
    12. Contacto germano con Roma
    13. Caída del mundo romano
El nombre de los germanos

"La entrada y el establecimiento en España de algunos de los pueblos conocidos con el nombre de germanos transforman, a partir del s. V, nuestra historia. La transcendencia de este hecho aconseja aquí dar una breve noticia del origen de los pueblos germánicos y de sus instituciones en la época inmediata a su intervención en nuestra vida. El mismo nombre, germano, plantea problemas que ni la ciencia histórica ni la filología han logrado resolver. Aparece claramente, y por primera vez en la literatura, pues en las Actas Capitolinas del año 222 a. C. fue interpolado muy posteriormente, en un fragmento de Posidonio, hacia el 80 a. C. Con él no se designaba, como suele decirse, a los cimbrios, sino probablemente a un pueblo renano vecino de los celtas.

La diferenciación entre celtas y germanos, iniciada por Posidonio, la realiza definitivamente, en la literatura, César. El capítulo II de la Germania, de Tácito, fundamental para el conocimiento del nombre germani, permite afirmar que se aplicó primeramente a un solo tronco germánico, los tungrios, sucesores de los eburones, llamados por César germani cirshenani, que vivían en la región de las Ardenas. Poco a poco el nombre se fue extendiendo a todos los demás troncos de iguales características raciales, lingüísticas y espirituales, es decir, al grupo conocido hoy con esta misma denominación.

Admitido este proceso, queda aún la gran duda de si esos tungrios, a quienes primeramente se llama germanos, eran propiamente germanos o más bien celtas. Todavía debe advertirse que, entre los romanos, el nombre de germano se aplica comúnmente solo a los occidentales, mientras que los orientales son designados con los nombres particulares de cada grupo o tronco; y los bizantinos, y en particular Procopio, suelen llamar germanos únicamente a los francos.

El origen de los germanos

Pertenecen los germanos al grupo lingüístico y racial de los indoeuropeos. Dentro del grupo, celtas e itálicos son los pueblos que más íntima relación tienen con los germanos. Aún no se ha resuelto el problema de la localización primitiva autóctona de los indoeuropeos, ni por tanto, el sentido de sus movimientos expansivos. Un grupo indoeuropeo muy importante se establece en las regiones del Schleswig-Holstein, Dinamarca y sur de Suecia, que han de ser la cuna geográfica del pueblo germánico. Circunstancia histórica muy interesante es que esta cuna, aunque llevemos sus límites, por el Oriente, hasta más allá del Oder, y por el Sur hasta Magdeburgo, fue marítima.

Pero aquellas regiones, cuando a ellas llegan los indoeuropeos, estaban ya habitadas por pueblos, acaso no racialmente unos, que se encontraban en la fase cultural llamada paleolítica. Se inicia entonces la cultura neolítica, y comienza la vida agraria, frente a la anterior vida de caza. Las influencias de los habitantes primitivos de aquellas tierras sobre los indoeuropeos dan lugar a la formación de otro pueblo con características lingüísticas propias: una nueva nación, la germánica, aparece entonces en la Historia, según la expresión de Schmidt.

Movimientos de los pueblos

Excede de nuestro propósito seguir paso a paso los movimientos de los germanos, que comienzan muy pronto. La expansión germánica sigue todos los rumbos, avanzando, ya por regiones deshabitadas, ya a costa de los celtas, de los itálicos o de los ilirios, que ocupaban las comarcas limítrofes. El contacto con los baltos, eslavos y tracios no había de tardar en ser alcanzado.

El comienzo de la Edad de Hierro determina una intensa emigración; a esta edad puede referirse la formación del grupo germano oriental, procedente de los emigrados de Escandinavia; y como también los germanos escandinavos se individualizan, puede hablarse ya de tres grupos con características lingüísticas propias; a saber: loa antiguos germanos u occidentales, los germanos del Norte y los germanos orientales. No debe pensarse que estos grupos tuviesen cada uno de por sí unidad política. Estaba integrados por civitates, estados diversos. En todos se descubre, sin embargo, un vestigio de conciencia de unidad, puesto de manifiesto en la saga sobre el origen de los alemanes, según la cual todos proceden de los tres hijos de Mannus, el hijo del dios Tuisto.

Los grandes pueblos históricos

En los grandes pueblos germánicos entran muchas civitates o naciones, cuya mención apenas tendría valor, porque las civitates cambiaban constantemente y los nombres recogidos corresponde a momentos históricos diversos. Ludwig Schmidt, poniendo en relación la división de los germanos que nos dejara Plinio (23-79 d. de J. C.) en su Historia natural con la de Tácito, hace cuatro grupos: ingväones, istväones, herminones y germanos del Norte o hilleviones.

De estos germanos del Norte procede, según se ha dicho, el grupo oriental. Siguiendo el plan de Schmidt, y prescindiendo ya de los pueblos que quedaron en el norte de Europa definitivamente, podrían mencionarse los pueblos pertenecientes a cada uno de esos cuatro grandes grupos germánicos. Pero el índice no tiene un pleno valor histórico, por la sencilla razón de que estos grupos de pueblos no aparecen en un mismo momento. Transcribiremos, sin embargo, algunos de esos nombres.

Los godos, con sus dos ramas de visigodos y ostrogodos. Los gépidos, rugios, lugios, burgundios y longobardos, pertenecientes al grupo oriental. De los germanos occidentales, pertenecen al grupo ingväon los cimbrios, teutones, ambrones, anglos, varnos, chaucos, sajones y frisones; al herminon, los queruscos, los suevos con sus fracciones diversas –marcomanos, cuados, bávaros, alamannos, turingios y bátavos–, y, finalmente, al grupo istväon, los sugambrios, marsios, francos, etc.

La formación de los que pueden llamarse grandes pueblos germánicos, fenómeno histórico de alto interés, puede ser el resultado de la asimilación por una civitas primitiva, de otras vecinas, o de la fusión de varias civitates, unidas por parentesco o vecindad, o compelidas a la unión por intereses comunes; o del dominio militar, sobre varias civitates, de otra que les impone su denominación. Los pueblos germánicos, cuyos nombres guardará eternamente la Historia como fundadores de grandes naciones, son los alamannos, turingios, sajones, frisones, bávaros, francos, ostrogodos, visigodos, vándalos, burgundios y longobardos, los que, o bien quedaron establecidos en la antigua Germania, o pasaron a crear estados sobre suelo romano.

La formación de estos pueblos se inicia en realidad, en el s. III, y es en gran parte contemporánea de las grandes emigraciones, de tal modo, que muchas veces esas formaciones determinan sus grandes movimientos, y otras son las emigraciones las que contribuyen a la integración de unidades que, política y militarmente, tendrán mayor valor. Así, no solo la época, sino el proceso de cristalización de los diversos pueblos son bien distintos, pudiendo decirse que, aparte de los orientales, aparecen sucesivamente los de los alamannos, francos (salios y ripuarios), sajones, frisones, turingios y bávaros.

También la rama sueva occidental que viene a España adquirió pronto personalidad. Paralela es la formación de los pueblos ostrogodo, visigodo, vandaloalano, burgundio y longobardo, todos ellos orientales. Debemos hacer aquí una observación: si hemos tratado de la formación de los grandes pueblos, antes de exponer las emigraciones germánicas y los contactos con Roma, es por conveniencia del sistema, ya que esos contactos son anteriores al proceso que culmina en la formación de esos pueblos y aun contribuyen al mismo.

Organización y cultura

Prescindiremos, al delinear las primitivas instituciones de los germanos, de las culturas prehistóricas. Las que a nosotros interesan son las de la época en que, iniciados los grandes contactos con Roma, se anuncia la caída del mundo romano. Y nos interesan, precisamente, porque poniendo en relación la cultura germánica, la organización social y política, con la forma externa de la ocupación de las provincias del Imperio por los germanos, de infiltración de la vida germánica en el mundo romano, podremos adquirir una visión exacta del fenómeno general del tránsito de la Edad Antigua a la Edad Media, visión que nos permitirá comprender la naturaleza de los estados bárbaros y, en concreto, del estado visigótico, para nosotros el de mayor interés.

Exponemos, en forma muy somera, las conclusiones últimas, las que predominan o son más exactas, a nuestro juicio, acerca de los problemas que en este momento debemos examinar. Las condiciones naturales de la Europa Central, en la época a que nos referimos, permiten asegurar la existencia de una muy desarrollada cultura agraria entre los germanos. No es exacta la afirmación tradicional que convertía a la Germania en una región exclusivamente cubierta de bosques y lagunas. Los germanos no son en modo alguno pueblos nómadas.

En tiempo de César, cuyos Comentarios, con la Germania, de Tácito, son, como se ha dicho, las únicas fuentes literarias para el estudio de estas cuestiones, entre los llamados germanos primitivos no existía propiedad privada agraria; pero en tiempo de Tácito la cosa es bien distinta. Se interpreta mal su Germania cuando se habla de comunismo agrario en su época. En tiempo de Tácito hay propiedad agraria privada, y aun se puede afirmar que también régimen señorial, es decir, explotaciones agrarias mediante colonos y siervos, a beneficio de un gran propietario, si bien este régimen no estaba muy desarrollado.

La explotación del campo estaba muy lejos de ser comunal, aunque es cierto que la situación de las diversas parcelas limitaba la libertad individual de trabajo y hasta imponía la cooperación o coactividad en los cultivos. Existían también, pero se ha exagerado su importancia, las asociaciones agrarias –Markgenossenschaften–, que disfrutaban en común de la tierra y la repartían entre sus miembros.

La medida agraria era la Hufe, unidad no continua, sino integrada por una serie de parcelas de campo, situadas cada una en cada uno de los Gewanne o sectores en que la tierra total de la asociación agraria se dividía, y tampoco en estos casos el cultivo era comunal. Cada asociación tenía su Allmende o tierras comunales de pastos y bosques, que no se dividían entre los miembros de la comunidad agraria. Cada poseedor de una Hufe tenía derecho a una participación en la Allmende

El sistema de cultivo –problema que se ha discutido mucho– llegó pronto a ser el de rotación de tres hojas. Las plantas cultivadas por los germanos son varias; puede, sin embargo, afirmarse que no estaban muy adelantados en los cultivos de huerta. Para el laboreo tenían utensilios muy variados y de uso constante. La casa germánica, que en su origen no se dividía en departamentos, se hacía, por lo general, de madera y de forma muy semejante a las que hoy se construyen en la Selva Negra. El mobiliario y los utensilios caseros eran harto reducidos.

La vida germánica no se basaba en una economía exclusivamente familiar y cerrada: existía la industria y el artesanado. Tampoco era desconocido el comercio, el cambio de productos. Hay datos suficientes que lo prueban. El mismo comercio marítimo tiene entre los germanos una antigua tradición. No es tampoco exacto que los germanos viviesen siempre en villas o casas rurales aisladas; es absolutamente evidente que existían las agrupaciones urbanas, sin que por ello deba creerse que faltasen las villas, sobre todo en determinadas comarcas.

Clases sociales

Había entre los germanos cuatro clases sociales; a saber: los nobles, que lo eran de sangre; los simples libres; los semilibres (laeti), y los siervos, procedentes principalmente de la guerra. La unidad política es la llamada civitas. Unas civitates son de tipo monárquico, otras no. Aquéllas tienen a su cabeza un rey; estas un consejo de príncipes de las diversas fracciones de la civitas.

Ni en esas ni en otras reside en el rey o en dicho consejo el supremo poder político, que es poseído por la asamblea general de la civitas, integrada por los hombres libres armados y reunida, ya en juntas prefijadas en el plenilunio, ya en otras extraordinarias, convocadas previamente. Los reyes eran elegidos entre los nobles en estas asambleas. En ellas residen, como se ha dicho, los supremos poderes en todos los órdenes: ellas crean el Derecho, administran la justicia, deciden la paz y la guerra, etc.

La civitas se divide en fracciones llamadas centenas; hoy no suele admitirse por los historiadores la división en pagi o Tausendschaftten (milenas). En cuanto a la naturaleza de la centena, hay profunda controversia, y no parece que tenga una significación numeral; su significación militar es, en cambio, evidente. La centena tiene también su asamblea propia, que es la judicial ordinaria, y un funcionario a su frente.

El ejército

El ejército es integrado por los hombres libres. La obligación militar es paralela a la obligación judicial y de policía, y constituye, al propio tiempo, un derecho. El ejército es el pueblo en armas. Entre los príncipes se elige un dux, que guía al pueblo en la guerra; para esta elección se atiende a la capacidad militar. Las divisiones del ejército son las mismas divisiones políticas, teniendo a este respecto la Sippe un significado paralelo al que tiene en la vida política. La Sippe –luego examinaremos su naturaleza más detenidamente– no puede, en Derecho germánico, quedar reducida al sentido jurídico privado de la familia. No creemos existiese en el ejército germánico la división en milenas

El arma principal es la lanza, que no fue igual en todas las épocas. En tiempo de Tácito la framea es una lanza que sirve tanto de arma de choque como arma arrojadiza. Tienen también los germanos otras armas, aunque menos extendidas entre ellos; tal la espada.

Como defensa usan el escudo, siendo raro el casco. Basándonos en su forma de lucha –el ataque directo en orden de formación en cuña–, se explica que no sean muchas sus armas defensivas, ya que solo les hubiesen quitado movilidad. No les eran desconocidas ni las construcciones defensivas, como setos, etc., ni la utilización de medios marítimos en las guerras, bien que éstos no los usan en proporciones considerables hasta la época de las grandes emigraciones fuera de la Germania.

El ejército germánico es principalmente ejército a pie; no obstante, tiene algunos soldados a caballo, fundamentalmente integrando el séquito del señor. Los miembros del séquito están unidos a él por un juramento de fidelidad especial; no solo en la guerra, sino en la paz rodean al señor que los alimenta a su mesa. No se crea, sin embargo, que este juramento fue la base política del Estado germánico, que se organiza sobre principios políticos generales. Es típica la pareja germánica formada por un soldado de a pie y otro montado.

El culto y las creencias

En tiempo de César no tienen los germanos sacerdotes. El culto, según su clase, era dirigido por el jefe de la civitas, de la demarcación territorial o de la familia. Esta situación no continuó inalterada en todos los pueblos; en el de Islandia es típica esa unión de funciones, pero en otros van surgiendo sacerdotes. Las ideas religiosas de los germanos radican principalmente en la creencia en el alma y en el culto a las fuerzas de la Naturaleza.

El alma, al abandonar el cuerpo, vuelve a la Naturaleza, animando árboles, montañas, ríos, etc. En las sepulturas colocaban los germanos objetos diversos de uso personal. Los dioses y demonios son personificación de las fuerzas naturales. Sus dioses eran varios, y no todos los pueblos germánicos les adoran con la misma jerarquía.

En general el más antiguo de los dioses es Ziu, el Marte latino, antiguo dios del cielo y luego de la guerra. Wodan, el Mercurio latino, es originariamente dios del viento y de los muertos, y luego de la guerra y de la victoria. Donar, el Hércules, y luego también el Júpiter clásico, es el dios de las tormentas y de la fecundidad. Freia es, finalmente, la diosa del matrimonio. Algunos pueblos tienen cultos especiales, como el de los hermanos Alkis, entre los vándalos; el de la diosa comparada por Tácito a Isis, entre los suevos, etc. César nos da noticia de una religión puramente naturalista, como adoración del Sol, la Luna, la Tierra, etc. Los germanos no tienen templos, es decir, edificios destinados especialmente al culto.

Dioses inferiores son los demonios; los gigantes, personificación del viento, de las estaciones y del hielo, etc.; los dragones, sílfides, enanos, espíritus de los campos y de la casa, walkyrias, etc. Se practican auspicios de diversas clases para conocer la voluntad de los dioses. Digamos, finalmente, que a veces, con motivos de culto, se realizaban verdaderas uniones de civitates diversas. Se sabe, por ejemplo, que el pueblo de los marsios (sugambrios) era el centro de una amplia agrupación cultural en honor a la diosa Tafana.

En íntima relación con la religión y el culto estaba la vida literaria, siendo la poesía esencialmente mitológica y religiosa. La forma poética estaba dominada por alteraciones fonéticas. La escritura llamada runas no es primitiva, y hay quien busca su origen en una forma especial de auspicios, consistente en arrojar sobre un lienzo blanco pequeñas ramas con fruto cortadas de un árbol, generalmente de una haya, diseñándolas luego de formas diversas.

Vida privada

El vestido de los hombres era una capa o abrigo de piel o lana; una guerrera o casaca, con o sin mangas, sobre la ropa interior; llevaban también pantalones, normalmente largos, aunque los de regiones marítimas los preferían cortos y llegaron a extenderlos por otros pueblos, hasta que su uso se hizo general a mediados del siglo V. Un cinturón ceñía los pantalones. Las piernas se cubrían con unas bandas que a veces se unían al calzado. No era constante el uso de gorra o sombrero para cubrir la cabeza.

La mujer se ponía sobre la ropa interior un vestido con un cinturón, del que pendían bolsillos, un manto para la cabeza y zapatos. Era signo de dolor llevar el pecho descubierto. El cabello y la barba eran cuidadosamente atendidos entre los germanos, y llevar el cabello cortado era señal de servidumbre. Los príncipes tenían su forma especial de cortárselo. Se tienen noticias de que se usaba cierta clase de jabón para teñir el cabello de un color rojizo, y se sabe también que eran los germanos muy cuidadosos de su aseo corporal, que procuraban con frecuentes baños, fríos o calientes.

La vida sexual se movía dentro de los instintos naturales, sin que conociesen los germanos los placeres antinaturales de los romanos. Tácito insiste en este punto marcadamente. Únicamente la mujer no podía cometer adulterio, pues el hombre era completamente libre a este respecto, aunque solo las personalidades elevadas tenían más de una mujer o concubina.

La mesa

Eran los germanos buenos bebedores y comían bien; pero es fantástico todo lo que se dice sobre su desmedida y general gula. La base de su alimentación eran los productos procedentes de la ganadería, y principalmente la carne de cerdo y las aves de corral, como gallinas y gansos. También comían huevos y queso y bebían leche de cabra y vaca. La manteca como alimento, solamente las clases altas la utilizaban.

En las regiones marítimas se aprovechaban los pescados. El jamón y los gansos resultan siempre los manjares preferidos y más frecuentes. Se completaba la alimentación con verduras, harinas y pan de diversas clases, los mejores de centeno, avena y cebada. Las bebidas fundamentales eran el hidromiel y la cerveza.

La «Sippe»

Los germanos distinguen perfectamente las ideas de propiedad y de munt, o poder del padre sobre los miembros libres de la comunidad doméstica. La familia es totalmente agnaticia (se dice del pariente por consanguinidad respecto de otro, cuando ambos descienden de un tronco común de varón en varón). El conjunto de todos los parientes de una persona se llama Sippe. Se distinguen con nombres peculiares los parientes paternos y, en general, los parientes por línea de varón y de hembra, contándose los grados de parentesco con voces tomadas de los miembros del cuerpo.

A veces se diferenciaban también en una Sippe los parientes procedentes de cada uno de los cuatro abuelos o de los ocho bisabuelos, formándose así los grupos que podemos llamar parentelas. Digamos aquí que la Sippe tiene, además, en Derecho germánico esta acepción: con esa palabra se designa igualmente el lazo de parentesco, el vínculo familiar. En ese sentido, la Sippe adquiere gran valor social y jurídico.

Originariamente la Sippe alcanzó considerable significación militar y agraria, que luego va perdiendo. En el orden penal y procesal conserva largo tiempo su importancia. Todos los individuos de una Sippe quedan obligados a la venganza de la sangre, y tenían derecho a percibir parte de las composiciones pecuniarias, u obligación de pagarla según los delitos fuesen sufridos o cometidos por un miembro de ella. La ayuda procesal de la Sippe a cualquiera de sus miembros es intensa. También es fundamental la tutela general de la Sippe sobre mujeres y menores. Se conoció en Derecho germánico tanto la expulsión como la separación voluntaria de la Sippe.

Aunque la importancia de esta institución es mucha, no debe pensarse que rompiese la idea política general del Estado, ni puede admitirse que el Estado germánico fuese un Estado de tipo familiar. La Sippe no llega a ser un Estado en el Estado; el Estado está siempre sobre ella. El supremo poder familiar reside en el padre: la personalidad se adquiere por el nacimiento y reconocimiento por el padre, y este puede obligar al matrimonio a las hijas. No acaba la patria potestad con la dación de las armas; este acto lo que produce es la capacidad política, la conversión en miembro del Estado, políticamente hablando; no la emancipación de la potestad paterna, que solo acaba con la salida del hijo de la casa del padre.

Las fórmulas de reconocimiento, dación de las armas. etc., eran simbólicas, como puede decirse de todos los actos del Derecho germánico. Las hijas salen del poder paterno solo por el matrimonio. No fue desconocido el matrimonio por rapto; pero la forma matrimonial era la contractual, realizándose el convenio entre el futuro marido y su Sippe y el padre de la prometida y la Sippe propia.

Es fundamental la aportación de la dote por el marido, como manifestación del precio de compra de la mujer, pero es erróneo suponer en dicho acto una compra en el sentido material del término jurídico. Junto a la dote está, en realidad, la Morgengabe, que también viene a recordar costumbres germánica, no solo del matrimonio, sino del acto de adopción en general.

La capacidad para el matrimonio se adquiere a los veinte años, y entre los impedimentos debe citarse la desigualdad de clases sociales o, mejor dicho, la no libertad. El matrimonio es, en general, monógamo, y está mal visto o prohibido el segundo matrimonio de las viudas. Muerto el marido, la viuda e hijos quedan bajo la tutela de la Sippe. En la mujer la tutela no acaba nunca sino con el matrimonio; en el hombre tenía fin a los doce años en muchos pueblos y, a veces, con la entrega de las armas.

Contacto germano con Roma

Conocidísimas son las palabras de Mommsen: «La última fase del Estado romano se caracteriza por su barbarización y, en especial, su germanización; los comienzos de esta se remontan hasta muy lejos.». No es posible comprender la Edad Media de la Europa occidental, y en concreto nuestra época visigótica, si tras la rápida visión de la vida del pueblo germánico no intentamos adquirir una idea exacta de como se produjo la caída del mundo romano.

En este párrafo vamos a examinar los contactos germanos y romanos anteriores a la fundación de los Estados bárbaros, para poder, en el siguiente, formular un juicio sobre el fenómeno que inicia la Edad Media. Los contactos de los germanos con Roma son de naturaleza varia. Los de carácter militar comenzaron en tiempos bien antiguos. Ya en el s. III a. de J. C. se habían establecido los germanos en el Medio y Bajo Rin, y aun había algunos grupos en la Galia.

Estos pueblos, aunque evidentemente germánicos, se dejaron influir profundamente por los celtas, y en tiempo de César y Tácito casi sus costumbres eran las de éstos. Contacto que se remonta a fines del s. II a. de J. C. es la guerra romano germana, que supone la destrucción de los cimbrios y teutones. Hacia el año 71 a. de J. C., Ariovisto se establece en la Galia, y con la derrota de este por César comienza el momento de más fuerte contacto y la creación de los llamados límites o fronteras entre los germanos y el imperio.

En estos contactos militares no debemos olvidar los intentos de Roma de conquistar la Germania y convertirla en una provincia romana, así como tampoco que Roma ocupó algunas regiones de la orilla derecha del Rin. Creemos que excede de nuestra finalidad la exposición de todas las luchas fronterizas desde César a Marco Aurelio. Citemos solamente las campañas de Tiberio y Calígula, y la actividad también invasora de Trajano, que se cambia bajo Adriano en una situación defensiva.

La completa dominación de los marcomanos y los cuados por Marco Aurelio dio lugar a una larga era de paz en las fronteras. Bajo Caracalla hay nuevas contiendas, y los emperadores sucesivos se esfuerzan en la defensa de los límites. Más que una detallada exposición de tales campañas, nos interesan los efectos que estas produjeron, en cuanto a la infiltración del germanismo en el mundo romano. Desde la destrucción de los cimbrios y teutones debemos suponer la existencia de esclavos germanos en Roma, aumentados constantemente.

En sus manos habían de estar las explotaciones agrarias y comerciales de muchos romanos y provinciales. De fundamental importancia para la germanización fue el establecimiento en suelo romano de gran número de germanos, en calidad de colonos, para la explotación de la tierra. Aunque no veamos el origen del colonato necesariamente en estos asentamientos de germanos, es lo cierto que su importancia es enorme.

Junto a los colonos aparecen, desde el fin del s. III, los laeti, que cultivaban las tierras laeticas y prestaban el servicio militar. Entre éstos, muchísimos eran germanos. Unidos a la laeti, hay que examinar a los gentiles, grupos de tropas bárbaras que, sobre todo desde la mitad del s. IV, aumentan más y más. Avanzando el Imperio nacieron los agri limitanei o campos fronterizos entregados a los veteranos, y luego los grupos de soldados limitanei o castellani, asentados en esos agri y que, al propio tiempo que los explotaban, estaban encargados de la defensa del limes.

La máxima infiltración del germanismo en el mundo romano se deriva, pues, del ejército, que se germaniza paulatina pero profundamente. Los detalles de esta germanización no nos interesan ahora especialmente. Este proceso culminó en la caída del imperio romano occidental y la fundación de los Estados bárbaros, caída y fundación que no fueron otra cosa que un efecto paulatinamente logrado, y no, en modo alguno, el fruto de una lucha consciente, de una campaña continuada de la raza germana contra Roma para su destrucción.

Caída del mundo romano

Examinados, de una parte, el grado de cultura y la civilización y organización política de los pueblos germánicos, y de otra, el proceso paulatino de infiltración del germanismo en el mundo romano, se puede enjuiciar la caída del mundo romano occidental. Tradicionalmente se ha venido hablando de destrucción del mundo romano, de aniquilación de su cultura, de invasiones de pueblos poco menos que salvajes y en consecuencia, de un retroceso en la historia de las regiones que ocuparon.

Esta es la teoría llamada por Dopsch catastrófica, que trata de explicar la caída del mundo romano como el derrumbamiento de toda una gran civilización, bajo el choque de un poder salvaje. La interpretación de este hecho histórico en tal sentido procede del humanismo italiano. Entre nosotros, y también entre los franceses, dicha teoría llega a tomar caracteres extremos. Del mismo modo que esas doctrinas llevaron la confusión a la interpretación de hecho histórico tan importante, muchos germanistas, con sus teorías erróneas sobre la libertad germánica, sobre las formas de asentamiento de los germanos, sobre su carencia de ideas de Derecho público, etc., han interpretado equivocadamente el tránsito de la Edad Antigua a la Edad Media.

Al estudiar las fuentes de la época se olvida constantemente quienes las escribieron; no se entienden sus palabras siempre con arreglo al sentido de su tiempo, y no se tiene en cuenta que los romanos, lo mismo que los altos dignatarios eclesiásticos y los grandes latifundistas, habían de sentirse personalmente muy separados de aquellos pueblos nuevos. El mundo romano occidental cayó sin una verdadera destrucción; más exacto: fue decayendo paulatinamente, y fueron precisamente los germanos quienes salvaron en gran parte su cultura.

Los pueblos que fundaron los Estados bárbaros alcanzaron un grado elevado de civilización, no eran en modo alguno salvajes, y el término barbari con que se les designaba no significó entonces sino extranjeros. Los germanos tomaron frente a la vida romana una posición conservadora, al mismo tiempo que aportaban elementos varios de su organización y su cultura. Ejemplo típico de esta unión fecunda es el Estado visigótico español."

R.B.: TORRES LÓPEZ, Manuel, Historia de España Menéndez Pidal, Editada por Espasa Calpe; 1994, Tomo III págs. 3-15

  1. Alarico I 396-410
    1. Introducción
    2. Alarico radicaliza sus posturas
    3. Metamorfosis visigoda
Introducción

"Rey visigodo [396-410]. Alarico pertenecía a la noble familia de los Baltos. Es muy probable que sus antepasados directos gozasen de una posición continuada de mando a lo largo del s. IV entre los tervingios del otro lado del Danubio. El mismo Alarico se había destacado en acciones bélicas en los años anteriores, con frecuencia en una posición de desafío frente al gobierno imperial. La elección como rey de Alarico por la inmensa mayoría de los grupos federados visigodos de Tracia ha sido considerada por la moderna historiografía como uno de los casos más claros de Realeza de funcionalidad militar –Heerkönigtum–.

Como consecuencia de ello, las fuentes de la época señalan una cada vez más estrecha unión entre los grupos góticos en armas y su rey Alarico; unión que se cimentaría en lazos de estructura clientelar, determinaría una drástica reducción de las clientelas de otros nobles godos, y se apropiaría de la exclusiva representación de la gens (Stamm) de los visigodos. Cimiento de tal unión debía ser la promesa de conseguir un asentamiento estable dentro del Imperio para su pueblo, así como la entrega regular de aprovisionamientos por parte del gobierno imperial.

A cambio de ello, Alarico ofrecería al Imperio, al emperador legítimo, su ayuda militar como tropas federadas contra cualquier enemigo. Personalmente Alarico deseaba el reconocimiento por el gobierno imperial de su estatuto de rex gothorum, lo que en la imprecisa teoría del Derecho público tardorromano significaba el reconocimiento de completa y exclusiva autonomía en el gobierno de sus súbditos gentiles.

Además, Alarico no renunciaba a reforzar su poder mediante la asunción de una alta dignidad castrense imperial, que le diese una cierta capacidad de gobierno sobre los provinciales romanos del área del estacionamiento de su pueblo, le asegurase el cumplimiento de las obligaciones imperiales de aprovisionamiento a su pueblo y le permitiese influir decisivamente en la movediza política de la corte imperial en pro del mantenimiento de su reconocimiento como rey gentil. Sin embargo, Alarico fracasó en su empeño principal de crear un reino gentil en suelo del Imperio y ser reconocido por este.

Posiblemente porque Alarico trató de hacerlo en zonas que eran demasiado vitales para el Imperio, desde un punto de vista estratégico y de los mismos intereses de la oligarquía dominante en Roma; tal era el caso de Ílirico, disputado por los gobiernos de Constantinopla y Rávena. Por eso, posiblemente, el último intento de Alarico de pasar con su pueblo al norte de África, una región separada por el mar de cualquier gobierno imperial, tan solo frustrado por la impericia marinera delos godos.

Alarico radicaliza sus posturas

Resulta evidente que Alarico intentó aprovecharse de las desavenencias entre los gobiernos de Rávena y de Constantinopla durante el periodo de preeminencia de Estilicón. La desaparición de este último, en agosto del 408, supuso el predominio en la corte de Honorio de los partidarios de una política radical de rechazo a cualquier exigencia bárbara; desechado el intento, grato a Estilicón, de integrar a unos godos y a un Alarico debilitados en la estructura militar del imperio.

Postura que el mismo Alarico ayudaría a radicalizar con sus medidas inmediatas: nombramiento de un antiemperador en la persona del senador romano Atalo en diciembre del 409; mantenimiento como rehén de Gala Placidia, la hermana de Honorio; y por último, el terrible saqueo de la Ciudad Eterna entre el 24 y el 27 de agosto del año 410. A partir de este momento lo que habían sido discrepancias en el seno del gobierno imperial, en lo relativo a la política a seguir con unos federados rebeldes y con exigencias desmesuradas, se transformó propagandísticamente en el dilema de elgir entre la salvación de la Res Publica, identificada en la suerte de su emperador legítimo, Honorio, o el triunfo de un rey y un pueblo presentados como la encarnación radical de la furia bárbara.

Porque la verdad es que el fracaso de Alarico también se debió a las dificultades de encontrar en la corte de Rávena a un interlocutor válido, con puntos de vista constantes, sobre todo tras la desaparición de Estilicón. Tal vez Alarico se equivocó en su táctica de presión sobre el gobierno de la Pars Occidentis. Su invasión del corazón del Imperio, Italia, le obligó a enfrentarse a ejércitos numerosos y bien avituallados. Cuando el gobierno de Rávena pudo reunir un ejército de maniobra para enfrentarse a los godos de Alarico, la victoria siempre estuvo de lado romano. Sin embargo, al gobierno de Honorio siempre le faltó la superioridad militar suficiente como para reducir a la impotencia a Alarico y sus godos. En unos casos, la razón de ello tal vez haya que buscarla en una falta de interés político por conseguirlo.

Estilicón, quien más cerca estuvo de la victoria militar completa, es posible que nunca haya desistido de utilizar en beneficio del ejército imperial, siempre falto de nuevos reclutas, a unos godos federados y a un Alarico capitidisminuido y resignado a completar una carrera militar más o menos brillante bajo la águilas de Roma. En otros momentos, el gobierno de Rávena habría tenido que utilizar su brazo militar en diversos escenarios bélicos y ante otros enemigos; invasión de Radagaiso y sus godos en Italia en el 406, invasión poliétnica de la Galia en el 406 y usurpación de Constantino III en el 407, afectando en tres años al conjunto de la prefectura gálica. Y en todo caso porque, no obstante las gravísimas pérdidas infligidas en las filas de Alarico por las armas romanas, este pudo equilibrarlas con creces al recibir en el curso de sus dos invasiones itálicas la unión de importantes contingentes humanos de procedencia étnica diversa. Hasta el punto que sería en Italia donde se produciría uno de lo últimos actos, y decisivo, en el largo proceso de la etnogénesis visigoda.

Metamorfosis visigoda

En su marcha sobre Italia en el 401 es posible que se unieran a Alarico grupos de ostrogodos (greutungos) establecidos por el gobierno imperial como federados en Panonia. Tras la desaparición de Estilicón, en verano del 408, se le pudieron unir hasta 30.000 bárbaros, entre ellos los 12.000 soldados de elite que Estilicón había escogido de entre el ejército vencido de Radagaiso, por lo que cabe suponer que en su mayoría fuesen de origen ostrogodo. Poco después, durante el primer asedio de Roma se uniría al ejército visigodo un número elevado, aunque indeterminado, de esclavos de las áreas itálicas circunvecinas a la capital.

Y, finalmente, en el 409 se le unió su cuñado Ataulfo al mando de una poderosa clientela de jinetes góticos y hunos procedentes de Panonia Superior. Con lo que el número total de efectivos de Alarico podría haber llegado a superar los cien mil hombres. Un hecho a destacar es el origen greutungo-ostrogodo de la mayor parte de estos refuerzos. Lo que significa una creciente supremacía de la caballería en el ejército visigodo; arma, precisamente, que más se había echado en falta cuando las derrotas de la primera campaña itálica frente a los soldados de Estilicón y sus hunos federados.

Esta ecuestrización de los godos de Alarico no dejaría de tener consecuencias sociopolíticas, tales como un refuerzo de la estructura nobiliaria y clientelar godas. En todo caso significaba como una vuelta a los orígenes, una nueva nomadización, y una igualación con sus hermanos ostrogodos-greutungos, de los en otro tiempo fundamentalmente campesinos e infantes tervingios. Con la llegada de Ataulfo culminaba el proceso de metamorfosis vésica visigoda."

R.B.: GARCÍA MORENO, Luis, Historia de España Menéndez Pidal, Editada por Espasa Calpe; 1994, Tomo III págs. 78-80.

  1. El Reino de los Visigodos
    1. Introducción al Reino Visigodo
  2. Reyes Godos Auxiliares de Roma
    1. Ataulfo, 410-415
    2. Sigerico, 415-415
    3. Walia, 415-418
    4. Teodorico I, 418-451
    5. Turismundo, 451-453
    6. Teodorico II, 453-466
  3. Reyes Godos Arrianos
    1. Eurico, 466 -484
    2. Alarico II, 484-507
    3. Gesaleico, 507-510
    4. Teodorico el Grande, 510-526
    5. Amalarico, 526-531
    6. Teudis, 531-548
    7. Teudiselo, 548-549
    8. Agila, 549-555
    9. Atanagildo, 555-567
    10. Liuba, 567-571
    11. Leovigildo, 572-586
  4. Reyes Godos Católicos
    1. Recaredo, 586-601
    2. Liuba II, 601-603
    3. Witerico, 603-610
    4. Gundemaro, 610-612
    5. Sisebuto, 612-621
    6. Recaredo II, 621-621
    7. Suintila, 621-631
    8. Sisenando, 631-636
    9. Chintila, 636-639
    10. Tulga, 639-642
    11. Chindasvinto, 642-649
    12. Recesvinto, 649-672
    13. Wamba, 672-680
    14. Ervigio, 680-687
    15. Egica, 687-700
    16. Witiza, 700-710
    17. Rodrigo, 710-711
  1. Introducción al Reino Visigodo
    1. Evolución histórica visigoda
    2. Economía y Sociedad
    3. Administración y Derecho
    4. Iglesia y religiosidad
    5. Arte y cultura
    6. El Arrianismo
    7. Los Ostrogodos
    8. Alarico I, rey de los godos
Evolución histórica visigoda

"Pueblo germánico que participó en las grandes invasiones o migraciones que afectaron a las tierras meridionales de Europa, controladas por el Imperio romano, en el tránsito entre la Antigüedad y el Medievo. Los visigodos constituían una de las dos ramas en que se había dividido el pueblo godo. Este a la sazón formaba parte de los germanos ósticos o del este, y su procedencia originaria eran los territorios escandinavos y el mundo báltico. Desde allí inició una lenta inmigración hacia el mar Negro y la región del Danubio donde ya fue conocido por los romanos. Continuó su avance hasta las tierras situadas entre los Cárpatos, el Don y el Vístula, donde se obró la división de la que surgieron los visigodos, ya en el siglo III d. C.

Los visigodos fundaron entonces, posiblemente, un primer estado que trabó por primera vez contacto directo con Roma. Un contacto con una triple vertiente: comercial, con el habitual intercambio de bienes y productos entre romanos y germanos; militar, por la penetración de los visigodos en el ejército romano; y religioso, materializado en las predicaciones del eclesiástico Ulfilas, quien logró la conversión de los visigodos al arrianismo, una de las primeras herejías del cristianismo.

A finales del s.IV, el avance de los hunos sobre las tierras pobladas por los visigodos impulsó a estos a avanzar hacia el oeste, previa solicitud de permiso a Roma para establecerse al sur del Danubio, esto es, dentro del limes. Obtenido el beneplácito, su instalación en Mesia (actualmente entre Bulgaria y Servia) pronto provocó ciertos conflictos, que los romanos trataron de saldar en el campo de batalla. El consiguiente enfrentamiento se produjo en Adrianápolis (cerca de la actual Edirne, Turquía) en el año 378, y la victoria cayó del lado de los visigodos, que desde entonces se convirtieron en un importante peligro para el Imperio.

La situación empeoró cuando Alarico I (396-410) pasó a ser caudillo de los visigodos. Bajo su liderazgo, pusieron primero en jaque al Imperio de Oriente, para más tarde centrar su objetivos en el de Occidente, donde protagonizaron el famoso saqueo de Roma (410). Muerto Alarico I, su sucesor Ataulfo (410-415) condujo a los visigodos hasta las tierras de la Galia (412), e inició una primera penetración en Hispania. Tras su asesinato y el breve reinado de Sigerico (415), la subida al poder de Walia (415-418) permitió reconducir las relaciones con Roma, de tal forma que los visigodos acabaron actuando como su brazo armado (desde 416), haciendo frente a los otros pueblos germánicos establecidos es Hispania (suevos, vándalos y alanos).

Si bien lograron desterrar de la península a los alanos y a los vándalos silingos, se les hizo regresar antes de que pudieran hacer lo propio con los vándalos asdingos y con los suevos. La recompensa por sus servicios fue la entrega de tierras en las que asentarse, concretamente en Aquitania (entre el río Garona, los Pirineos y el golfo de Gascuña), una región rica, hasta ese momento prácticamente al margen de las invasiones germánicas. Los visigodos recibieron importantes lotes de tierra y su monarca obtuvo amplias atribuciones, aunque se mantuvo en la zona la administración civil romana. La principal consecuencia de todo ello fue la creación del reino visigodo de Tolosa –articulado en torno a dicha ciudad, la actual de Touluse–, que surgió antes incluso de que se hubiera producido el derrumbe definitivo del Imperio de Occidente.

En efecto, desde el primer momento los visigodos actuaron con independencia frente al Imperio, como se hizo evidente ya durante el reinado de su primer soberano, Teodorico I (418-451), quien, a pesar de todo, cumplió con sus obligaciones militares para con el Imperio. Del mismo modo, fue entonces cuando los visigodos iniciaron un proceso de expansión, por tierras de la Galia primero, pero también por las de Hispania, sobre todo a partir del reinado de Teodorico II (453-466), quien supo aprovechar la extinción del iure del Imperio de Occidente.

Tras un cierto periodo de esplendor que coincidió con el reinado de Eurico (466-484), el de Alarico II (484-507) contempló el fin del reino visigodo de Tolosa, tras la derrota a manos de los francos en la batalla de Vouillé (507). Vencidos y carentes de liderazgo, pues el rey falleció en la contienda, los visigodos se vieron obligados a replegarse a Hispania, aunque conservaron al norte de los Pirineos una estrecha franja de terreno paralela al Mediterráneo, la Septimania, con ciudades como Narbona o Carcasona. Amparados durante algunos años (510-526) por el monarca ostrogodo Teodorico, que era suegro del monarca fallecido y abuelo del rey niño Amalarico (526-531), los visigodos lograron rehacerse y acabaron por crear otro reino, esta vez peninsular, del que Toledo acabó convirtiéndose en la capital durante el reinado de Atanagildo (554-567).

Los años iniciales de este reino fuero muy difíciles. Estuvieron marcados por la fricciones con la población de origen romano, cuyo catolicismo contrastaba con el arrianismo de los germanos, y los conflictos entre los propios visigodos, cuya principal consecuencia fue la sucesión de reinados breves, que, en muchos casos, acabaron con el asesinato del monarca reinante, Así mismo, estas disensiones internas permitieron la intervención en la zona de los bizantinos, quienes se apoderaron de algunas tierras en el sureste peninsular.

Con Liuba (567-572) se inició el momento de mayor esplendor del reino visigodo de Toledo, y en el que merece mención especial el reinado de Leovigildo (571, 572-586), protagonista de grandes éxitos militares –luchó contra los vascones, aniquiló el reino suevo asentado en el noroeste peninsular y redujo considerablemente la presencia bizantina, aunque esta no se eliminó hasta el reinado de Suintila (621-631)– y de un fracasado intento por cohesionar a las poblaciones visigoda y romana a través de la religión.

Su sucesor, Recaredo (586-601), retomó esta iniciativa y la culminó con éxito, pues en lugar de valerse del arrianismo se sirvió del catolicismo: en 589, el III concilio de Toledo sancionó la conversión de los visigodos a dicha religión, inaugurándose así una nueva etapa dentro de la historia del reino visigodo de Toledo. Tras la muerte de Recaredo se inició una fase de decadencia, marcada por los problemas entre la realeza y la nobleza, durante la cual se alternaron soberanos que desarrollaron políticas anti nobiliarias, con otros que favorecieron a la poderosa nobleza visigoda.

La crisis sucesoria tras la muerte de Witiza (702-710), que acabó con la elección de Rodrigo (710-711), aceleró la descomposición del reino y propició la intervención de los musulmanes, quienes, acaudillados por Tarik, vencieron al monarca visigodo en la batalla de Guadalete (711), con lo que se ponía punto y final a la soberanía visigoda en Hispania.

Economía y Sociedad

La evolución de la situación económica del reino visigodo de Toledo estuvo marcada por una condiciones de gran precariedad. Se trataba de un sistema económico puramente de subsistencia, al que afectaban crisis recurrentes, y caracterizado por el predominio de lo rural, en clara continuidad con el proceso de ruralización iniciado en el bajo Imperio a resultas de la crisis general del s. III.

La principal ocupación era la agricultura, cuya práctica estaba vinculada con las villas, fincas latifundistas cuyos propietarios eran, bien miembros de la nobleza, tanto de la visigoda como de la hispano romana, bien monasterios o sedes episcopales; así mismo, la realeza también poseía grandes explotaciones. Estos latifundios eran trabajados por campesinos (la mayor parte de la población visigoda) de condición diversa, pues entre ellos había esclavos, pero también semilibres y libres, aunque las diferencias jurídicas entre unos y otros quedaban atemperadas en la práctica: así, estaban adscritos a la tierra que trabajaban, y frecuentemente estaban vinculados a los propietarios de esas tierras por lazos de dependencia personal.

En las villas también se realizaban actividades ganaderas y artesanales, pues la gran propiedad tendía a la autarquía. No obstante, también existía la pequeña propiedad, en manos de hombres libres que habitualmente recibían la denominación de privati. Su situación era muy precaria, de manera que muchos pequeños propietarios se vieron obligados a ceder la titularidad de sus tierras a algún noble o monasterio, a cambio de ciertas garantías de seguridad material (encomendación).

En cuanto a las técnicas de explotación agrícolas y el tipo de cultivos hubo total continuidad con la herencia romana. La ganadería experimentó un cierto crecimiento con respecto a tiempos pasados, quizá por la tradición ganadera de los pueblos germanos, o porque se dedicaron a pastos tierras que anteriormente estaban cultivadas: en cualquier caso fue una actividad complementaria a la agricultura, y como tal estuvo presente tanto en las grandes como en las pequeñas propiedades. Se criaba ganado vacuno, ovino y porcino, y también ganado caballar, destinado al transporte de personas y a la actividad bélica.

No sucedía lo mismo con la artesanía, que disfrutó de un exiguo desarrollo en contraste con el mundo romano. Tampoco fueron siglos de esplendor para la minería, que experimentó un auténtico hundimiento, en comparación con la importancia que tuvo en tiempos romanos. Por otra parte, si cabe destacar la importancia de la actividad textil y de la metalurgia, esta última muy mediatizada por la tradición germana. En cuanto al comercio, se vio considerablemente reducido, entre otras razones como consecuencia de la caída del consumo, asociada con la precariedad económica que dominaba la vida de la mayor parte de la población del reino visigodo de Toledo.

Si bien el comercio interior era muy escaso, si se celebraban reuniones de mercaderes, el conventus mercantium, que por lo común tenían lugar en la plaza principal de una ciudad. En el interior del reino el tráfico comercial estaba sujeto a un impuesto especial, el teloneum, el único de carácter indirecto que existió en la Hispania visigoda. Ese comercio interior topaba con las arcaicas vías de comunicación terrestres, sin embargo, se trató de mantener la red viaria heredada de los tiempos romanos; en estas circunstancias, fue esencial el recurso a las vías de comunicación fluvial, así como a las de índole marítima.

Más relieve tuvo el comercio exterior, en manos de los mercatores, comerciantes habitualmente extranjeros, sobre todo judíos y sirios, suya actividad estuvo vinculada a ciudades como Mérida, Córdoba y Sevilla. Buena parte de los productos que se introducían en el reino (metales preciosos, sedas, artículos de lujo, etc.) eran de origen bizantino, aunque también existían lazos comerciales con otra tierras del occidente europeo; a cambio, se exportaban materias primas o productos vinculados con la vida agrícola, como trigo o aceite.

En relación con las necesidades del comercio exterior, se produjeron sucesivas acuñaciones de moneda (aunque debido a la escasa moneda en circulación se usó la romana, así como la de procedencia extranjera), que imitaron los modelos romanos; se acuñó exclusivamente moneda de oro, el triente o tremis, que seguía las características del sueldo constantiniano, aunque con menor peso y menor contenido del metal precioso. En la España visigoda, la acuñación de moneda siempre fue una regalía, pues solo los reyes podían acuñar moneda, en la que quedaba reflejada su efigie y su nombre en la correspondiente leyenda.

En los primeros tiempos del reino visigodo de Toledo, lo social estuvo relacionado con la oposición entre visigodos e hispano romanos, respectivamente una minoría dominante y una mayoría dominada. De manera paulatina, no obstante, se fueron limando diferencias entre unos y otros, un proceso que culminó cuando los visigodos se convirtieron al catolicismo; una vez desaparecidas las barreras religiosas, se inició la efectiva fusión entre las dos poblaciones, con frecuentes matrimonios mixtos.

Superada esta oposición, surgió entonces otra de nuevo cuño, mucho más duradera: la oposición entre poderosos y humildes. Los primeros, indistintamente de origen visigodo (seniores gentis gothorum o hispano romano senatores, constituyeron una minoría poderosa, que ejercía su dominio sobre el resto abrumador de la población con frecuentes abusos e injusticias. Constituían una verdadera aristocracia colmada de privilegios, formada tanto por latifundistas como por personajes que desempeñaban relevantes cargos en la administración civil y militar del Estado.

A este estrato superior se podía acceder bien a través de la continuidad familiar, bien por méritos propios, pues existía una cierta movilidad social. En cuanto a los humildes, unos tenían, al menos, la condición jurídica de hombres libres, lo que les confería ciertas ventajas sobre los esclavos, que formaban el último peldaño de la sociedad visigoda; aunque entre ellos predominaban los campesinos, los libres formaban el sector más copioso de la población urbana.

Los esclavos, muy numerosos, se dedicaban sobre todo al trabajo del campo, y entre ellos cabe destacar los esclavos reales, esto es, los que eran propiedad de la Corona: su situación era bastante paradójica, pues podían poseer tierras, e incluso esclavos, para su servicio, y en ocasiones llegaban a desempeñar importantes funciones políticas o administrativas.

Desde comienzos del s.VII, la sociedad visigoda experimentó un paulatino proceso de protofeudalización. Así, se hizo habitual que los miembros de la aristocracia se vincularan a los reyes por medio de especiales lazos de unión, formando clientelas cuyos miembros recibían habitualmente el nombre de gardingos o fideles regis, mientras que los miembros de las clientelas que rodeaban a los propios aristócratas recibían, habitualmente, el nombre de bucelarios.

Administración y Derecho

Al frente del reino visigodo de Toledo se situaba un monarca plenamente enraizado en lo que era el concepto de realeza vigente entre los germanos: un jefe guerrero y juez supremo, dotado de poderes carismáticos, y especialmente vinculado con Dios, tal como se ponía de manifiesto a través de ciertas ceremonias, como era el caso de la unción regia, atestiguada desde la coronación de Wamba (672-680), aunque es posible que se efectuara desde tiempos anteriores. La sucesión al trono planteó importantes problemas, pues se alternó el sistema sucesorio con el electivo, sin que ninguno de los dos demostrara la necesaria eficacia.

El rey residía en Toledo, la capital del reino, que se beneficiaba de su ubicación geográfica y de una buena situación dentro de la red viaria. Allí radicaba también el aparato de la administración central, tosca imitación de la correspondiente imitación de la realidad romana. Junto al rey, residía el oficio palatino, formado por los fideles regis, que era el órgano permanente de la autoridad administrativa de carácter ordinario. Estaba dividido en varias secciones, en relación con los diversos servicios sociales de la administración, cada una con su conde a la cabeza. A su vez, los miembros del oficio palatino se integraba en otra institución más amplia, el palatium o aula regia, asamblea política formada por los personajes más destacados del reino, que asesoraban al monarca.

En cuanto a la administración territorial se mantuvo la división provincial heredada de tiempos romanos, con cinco provincias en Hispania (Cartaginense, Lusitania, Bética, Tarraconense y Gallecia), más la que englobaba las tierras situadas al norte de los Pirineos (Narbonense). Al frente de cada una de ellas se colocaba un dux, siempre un personaje de gran relieve, que gozaba de la confianza del rey y de amplios poderes en las tierras que gobernaba. Al frente de cada ciudad importante, que caracterizaba entre otras cosas, por ser el lugar de asentamiento preeminente de la población visigoda, se encontraba, desde el s. VI, un comes civitatis, mientras que en la de menor importancia su lugar lo ocupaba un iudex, dotado, igualmente, de amplias atribuciones.

El aparato judicial fue muy importante para los visigodos, que mostraron una evidente tendencia a la codificación de sus leyes, lo que se materializó en una abundancia de códigos jurídicos. Ya en tiempos del reino visigodo de Tolosa, el rey Eurico publicó promulgó el código que lleva su nombre (470), la más antigua compilación de derecho germánico conocida, que estaba destinado a ser aplicado a los visigodos, en función del principio de personalidad del derecho (existía una legislación para el pueblo visigodo y otra para el hispano romano).

Años después, en las postrimerías del reino de Tolosa, su último soberano, Alarico II, promulgó un nuevo código jurídico, conocido en su honor como Breviario de Alarico, o también denominado Lex Romana Visigothorum. Esta nueva compilación jurídica estaba conformada por normas de derecho romano teodosiano, y afectaba también a los hispano romanos. Posteriormente, durante los tiempos de Leovigildo se procedió a la reforma del Breviario de Alarico Codex revisus, en el contexto de un reinado caracterizado, entre otras cosas, por la importante producción legislativa. Mas adelante, Recesvinto (653-672) promulgó en 654 un nuevo código jurídico, el Liber Iudicum o Liber Iudiciorum, que iban a tener en el futuro gran repercusión.

En primer lugar, porque estaba destinado a ser aplicado por igual a visigodos y a hispano romanos (en virtud del principio de territorialidad del derecho: todos los habitantes de un mismo territorio quedan sujetos a la misma ley).quienes a partir de ese momento tuvieron un mismo ordenamiento jurídico; en segundo lugar, porque ejerció una notable influencia en la vida jurídica de la Península Ibérica a lo largo de la Alta Edad Media.

Iglesia y religiosidad

Durante los primeros tiempos del reino de Toledo existía una situación un tanto peculiar, debido a la coexistencia de do iglesias, la católica y la arriana, vinculada la primera con la población hispano romana y al segunda con la población visigoda. Cada una de estas dos iglesias tenía su propia organización y su propia jerarquía; en líneas generales, el clero católico gozaba de una mayor formación intelectual y teológica, y su nivel ético también superaba al del clero arriano.

Una vez obrada la conversión de los visigodos al catolicismo, ambas iglesias se fundieron en una sola, con escasa resistencia del clero arriano, que en general aceptó bien la nueva situación. Desde entonces, la Iglesia jugó un papel de primer orden en la historia del reino de Toledo. Una Iglesia caracterizada, entre otras cosas, por la posesión de un extenso patrimonio, cimentado sobre la frecuentes y generosas donaciones de los fieles, la protección que le dispensó la realeza y también por su destacado papel político.

Este último aspecto hizo que la Iglesia se implicara a veces excesivamente en los avatares políticos del reino, en ocasiones de forma decisiva, como cuando, durante el IV concilio de Toledo (633), San Isidoro de Sevilla impulsó la fijación de reglas de acceso al trono, con el objeto de evitar los conflictos que provocaban las sucesiones regias, que hasta ese momento habían alternado el sistema sucesorio con el electivo.

El papel político de la Iglesia queda reflejado también en la profusa actividad de los numerosos concilios. En efecto, la Iglesia visigoda fue muy proclive a la celebración de sínodos (asambleas de carácter provincial) y concilios (asambleas de carácter nacional), y estos últimos adquirieron connotaciones particulares, pues iban más allá de lo eclesiástico para tratar asuntos políticos en principio ajenos a la Iglesia. Convocados y presididos habitualmente por los propios reyes, los concilios servían para apoyar a los monarcas reinantes, convirtiéndose. por tanto, en instrumentos de gobierno.

Por otra parte, cabe destacar así mismo la importancia que alcanzó el fenómeno del monacato, cuya amplia difusión sirvió de vivero a las jerarquías eclesiásticas, con cenobios de la importancia del de Algalí de Toledo o el de Dumio de Braga, fundado por San Martín de Tours. Se dieron también diversos movimientos ascéticos que contribuyeron a la renovación de la vida monástica visigoda –entre los que destaca el promovido por San Fructuoso de Braga a mediados del s. VII–, que presentaban algunos rasgos muy originales, Entre ellos, el carácter pactual que marcaba las relaciones entre el abad y los monjes que se encontraban bajo su autoridad; la frecuencia con que se producían federaciones de monasterios; la costumbre de recibir a familias enteras en los cenobios, o la creación del monacato dúplice.

Finalmente, en relación con la sociedad cabe referirse al problema planteado por los judíos, que formaban una minoría étnico religiosa importante en términos cuantitativos y cualitativos. Su presencia empezó a hacerse gravosa para el reino de Toledo una vez que tuvo lugar la conversión al catolicismo, pues desde ese tiempo los judíos eran los únicos que rompían con la uniformidad religiosa del reino. A partir del reinado de Sisebuto (612-621) se inició una política de persecuciones y conversiones forzosas, que no tuvo un carácter sistemático ni continuado, y que no logró los objetivos buscados, pues no se terminó con la presencia de los judíos en la Hispania Visigoda; si provocó no obstante, la aparición de una bolsa de cripto judaísmo, motivado por la conversiones forzosas.

Arte y cultura

La vida cultural del reino visigodo de Toledo se desarrollo en el marco de una evidente decadencia, heredera de la situación cultural que había estado vigente durante los últimos tiempos de la dominación romana, Pese a ello, cabe reconocer que, en el contexto de la Europa bárbara, la Hispania visigoda gozó de un especial predicamento intelectual, que hay que relacionar con el hecho de que los visigodos fueran el único pueblo germano capaz de crear una cultura intelectual de carácter autónomo.

La vida intelectual se dio sobre todo en las grandes ciudades, y quedó estrechamente vinculada a la Iglesia, de modo que los principales focos de irradiación cultural estaban en las ciudades que eran cabeza de las diócesis episcopales más importantes: Zaragoza, Toledo, Sevilla, entre otras. Así mismo, algunos monasterios realizaron también una importante labor cultural. Como no podía ser de otra forma, los más destacados intelectuales fueron, sin excepción, eclesiásticos. El más importante fue, sin duda, San San Isidoro de Sevilla, autor de obras como De Natura Rerum (tratado de astronomía e historia natural), Historia Regibus Gothorum (crónica histórica que se inicia con el famoso Laus Spaniae, encendida alabanza de las tierras hispánicas) o la Etimologías, su obra maestra.

De carácter enciclopédico, es esta, un resumen, adaptación y sistematización de la cultura de la Antigüedad, elaborado con clara actitud pedagógica, por cuyos contenidos y características se convirtió en uno de los textos más usados, citados y conocidos de toda la Edad Media.En cuanto a la práctica puramente artística, fue esta también depositaria directa de las tradiciones romana y paleo cristiana, a las que añadió importantes influencias bizantinas, a la par que, en gran medida, ajena a la tradición germana, que prácticamente solo se dejó sentir en relación con las artes decorativas.

Por tanto, es el visigodo un arte poco original, que además experimentó una escasa evolución, difícil, por otra parte, de estudiar, pues se conservan escasas manifestaciones, localizadas sobre todo al oeste del Sistema Ibérico y al norte del Sistema Central, con frecuencia zonas rurales. Entre las obras conservadas destacan, especialmente las de carácter arquitectónico, como la Iglesias de San Juan de Baños (Palencia), Santa Comba de Bande (Orense), Quintanilla de las Viñas (Burgos) y San Pedro de la Nave (Zamora). También alcanzaron cierta relevancia las artes decorativas, en concreto la orfebrería, que ha dejado muestras tan bellas como las piezas que integran el llamado Tesoro de Guarrazar (Museo del Prado), un conjunto orfebre compuesto por donaciones de carácter votivo (cruces y coronas para ser colgadas del techo) ofrecidas por reyes como Suintila y Recesvinto a la Iglesia de Toledo."

R.B.: RÁBADE OBRADÓ, Mª Pilar, Gran Enciclopedia de España, Ed. Enciclopedia de España, 2003, tomo XXII págs. 10888-10890

El Arrianismo

Herejía cristológica que giró en torno al problema de la naturaleza de Cristo. Predicada por Arrio en Constantinopla hacia el año 320, negaba la divinidad de Jesucristo al afirmar que era de distinta naturaleza que Dios (heterousios), idea próxima a la de los filósofos paganos. Sus principios arraigaron fuertemente en Antioquía y estuvieron a punto de dividir al cristianismo, por lo que fueron condenados en el primer Concilio Ecuménico de la Iglesia, en Nicea (325), donde se proclamó que Cristo es de la misma naturaleza que el Padre (homousios). A pesar de todo no se acabó con el arrianismo; de él se conocieron tres corrientes: los anomeanos, fieles a las ideas de Arrio; los homeanos, más conciliadores al aceptar que el Hijo era de semejante sustancia que el Padre; y, por último, los semiarrianos, que postulaban que el "Hijo era de semejante sustancia que el Padre".

Aunque se llegó a adoptar fórmulas ambiguas entre el arrianismo y los postulados niceanos, la herejía entró en decadencia a la muerte de Valente (378) y desapareció prácticamente del mundo romano con el Edicto de Teodosio de 380, por el que se reservó el título de cristianos católicos a todos aquellos que creyeran en la trinidad del padre, del Hijo y del Espíritu Santo. El arrianismo conoció un éxito considerable en las fronteras del Imperio.

Fue divulgado entre los godos por el obispo Ulfila, su embajador ante Constantino II y asistente al concilio arriano de Antioquía. Tradujo la Biblia al gótico, para lo que uso un alfabeto propio, en el que combinó caracteres rúnicos, griegos y latinos. La conversión en masa de los visigodos parece que tuvo lugar cuando atravesaron el Danubio (376) al ser empujados por los hunos. El arrianismo fue adoptado por todos los pueblos germanos a excepción de los francos, que se hicieron católicos. Dicho éxito se explica por la simplicidad de su dogma, fácilmente asimilable por gentes de costumbres sencillas.

Lo utilizaron como medio para salvaguardar su cohesión de grupo frente a la población del Imperio, lo que explica su actitud tolerante hacia los católicos (e excepción de los vándalos), su falta de proselitismo (debido más que nada a la pobre preparación del clero arriano) y la coexistencia de ambos credos autorizada por los pueblos germanos, algo impensable entre los católicos desde la promulgación del Edicto de Teodosio. El arrianismo declinó a medida de que fueron fusionándose los germanos con la población autóctona de sus reinos".

R.B.: TORREBLANCA LÓPEZ, Agustín, Enciclopedia de Historia de España, dirigida por Miguel Artola, Ed. Alianza Editorial, 1991, tomo V Diccionario temático, págs. 82-83.

Los Ostrogodos

"Godos brillantes; se organizaron en el siglo IV en un poderoso reino que se extendía a ambos lados del Dniéper. Hacia 370 se vieron sometidos a los ataques de los hunos. Una pequeña parte de los ostrogodos huyó hacia el Oeste hasta el Danubio, se adentró en el imperio romano, participó victoriosamente en la batalla de Adrianápolis y, finalmente se estableció en Panonia (380). De ahí partieron los que, acaudillados por Radagaiso, realizaron una incursión devastadora en Italia, en 405-406. Otro grupo sobrevivió en Crimea hasta 1475.

Pero la mayoría de los ostrogodos se sometieron a los hunos y les siguieron en su impetuoso avance hacia occidente, participando en la batalla de los campos Cataláunicos (451). Hacia 455 suministraron al imperio un nuevo contingente de federados. Invadieron hacia 470-475 la Mesia inferior y los Balcanes, asolándolos. Amenazaron de hecho la seguridad del imperio.

El joven rey Teodorico, educado en la ciudad de Constantinopla como rehén, fue invitado por el emperador Zenón a llevar a los ostrogodos a Italia para reconquistar el país, entonces en manos de Odoacro (493). Vencido y muerto Odoacro (493), se estableció la dominación ostrogoda en Italia y sus dependencias bajo la soberanía teórica de Constantino. Teodorico, al revés que los demás bárbaros, se esforzó en salvaguardar lo que subsistía de las instituciones romanas. Gobernó como romano, se rodeó de romanos (Casiodoro), respetando sus títulos y su jerarquía, pero los limitó a sus funciones civiles, mientras que el ejército quedaba en la exclusiva competencia de los godos; éstos siguieron instalados como en país conquistado.

La originalidad lingüística (latín), religiosa (catolicismo desde 395) y cultural de los italianos fue respetada. El edicto de Teodorico (c. 500) era casi exclusivamente de inspiración romana. Teodorico contribuyó grandemente a la edificación de esta Italia ostrogoda, donde renacía la afición por las letras, con Boecio, Casiodoro, Enodio. La política exterior siguió siendo nacional y bárbara; Teodorico concertó alianzas con otros soberanos bárbaros. Sin embargo, la herejía arriana, a la que los ostrogodos estaban ligados desde antiguo, les valió la hostilidad de los pueblos italianos, lo cual impidió toda fusión o arraigo, e hizo difíciles las relaciones con Constantinopla.

En 535, Justiniano aprovechó la crisis que siguió al asesinato de la reina Amalasunta por su primo Teodato para atacar al reino ostrogodo (expedición de Belisario). Vitigio, proclamado rey tras el derrocamiento y el asesinato de Teodato, capituló en Rávena en 540. Italia quedó de nuevo bajo la autoridad imperial, pero los ostrogodos, conducidos por Totila, reanudaron la lucha hasta que fueron aplastados en Tadinae (Gualdo Tadino) y en Umbría (552) por Narsés. Las últimas guarniciones ostrogodas prolongaron su resistencia hasta 555 (capitulación de Compia. Los supervivientes, poco numerosos, fueron deportados a oriente o acabaron fundiéndose en la población romana sin dejar huella."

R.B.: Varios colaboradores, Enciclopedia Larousse, Ed. Planeta, 1993, tomo 17 pág. 8121.

  1. Ataulfo
    1. Predecesor: Alarico I
    2. Sucesor: Sigerico
    3. Títulos: Rey visigodo 410-415
    4. Comprende:
    1. Datos biográficos
    2. Gala Placidia, su esposa
Datos biográficos

"Ataulfo pertenecía a la más alta nobleza de los godos tervingios. Las fuentes contemporáneas afirman que tenía un parentesco de sangre con su antecesor el rey Alarico I († 410), además de que este contrajera matrimonio con una hermana de aquél. Por ello parece conveniente considerar a Ataulfo miembro del gran linaje de los Baltos, para lo que conviene también su propio nombre, pues la aliteración en a– resulta un rasgo típico de los llamados Baltos antiguos. A partir del liderazgo que Ataulfo tuvo sobre los godos asentados en Panonia, se ha supuesto que pudiera ser padre de Ataulfo el godo Alateo. Este fue uno de los jefes godos de la famosa batalla de Adrianápolis (378) y posteriormente lideró a los godos asentados en la Panonia Superior en virtud de la alianza (foedus) hecha con el Imperio romano en 380.

Lo que desde luego es cierto es que tanto el posible balto Alateo como el seguro Ataulfo lideraron no solo a godos tervingios, sino también a godos greutungos, que se habían negado a vivir subordinados a sus vencedores hunos, y también a algunos de estos últimos; y es casi seguro que entres esos greutungos liderados por Ataulfo se encontrara algún miembro del linaje de los Amalos. En 408 Ataulfo, al frente de un numeroso grupo de godos y también hunos se unió en Italia a su pariente Alarico.

Un nuevo aporte popular que habría sido muy importante en la definitiva culminación de la etnogénesis de los godos baltos o visigodos. De especial significación sería el aporte de guerreros a caballo al ejército godo de Alarico, hasta entonces formado principalmente por infantes. En razón de ello, sería nombrado "conde de los domésticos a caballo" por Prisco Atalo, en los meses del 409-410 en que vistió ilegítimamente la púrpura imperial.

Con esas credenciales sería lógico que, cuando Alarico murió en Cosenza a finales del 410, Ataulfo le sucediera como rey de los godos. El reinado de Ataulfo sería una continuación del de su cuñado y pariente. Alarico I desgraciadamente había dejado a su pueblo sin resolver ninguno de los problemas fundamentales: la integración en el seno del Imperio o la constitución de un reino godo en su interior, en definitiva la adquisición de una patria que asegurase al pueblo godo su subsistencia con un cierto nivel de vida y dignidad. Alarico I dejaba a Ataulfo ese dilema para resolver el problema fundamental. Lo que Ataulfo no volvió a repetir fue el error de Alarico I de presionar al gobierno imperial deHonorio directamente en su corazón, en Italia; lo que se había mostrado siempre frustrante y a la larga siempre contraproducente para los auténticos interese godos.

La usurpación imperial de Jovino en las Galias en 411 puso a Ataulfo en disposición de ofrecer a este y al gobierno legítimo de Honorio sus servicios militares. Al principio Ataulfo se puso al lado de Jovino, entre otras cosas porque Honorio había depositado su confianza en el godo Saro, un miembro del linaje greutungo de los Rosomones con los que los Amalos del heroico rey Ermanerico (fallecido en 375) mantenían una vieja y sangrienta venganza de sangre (faida), que también alcanzó ahora al Baltos Ataulfo. Precisamente la traición de Saro a Honorio en 412, también por una vendetta, y su paso al bando de Jovino ofreció a Ataulfo la oportunidad de vengarse de Saro y servir al bando que parecía más fuerte.

En efecto, ese mismo año Ataulfo impedía ya en las Galias, la unión de Saro con las fuerzas de Jovino, haciéndole prisionero y decapitándole de inmediato. Y unos meses después, ya en 413, Ataulfo pactaba con Honorio una alianza en virtud de la cual el godo prestaría su servicio militar a cambio de raciones de rancho para quince mil soldados godos. Además, Ataulfo se esforzó en persuadir al emperador Honorio que lo admita como aliado, contando con que Gala Placidia, hija de Teodosio el Grande y hermana de aquél, había sido hecha cautiva cuando los godos asolaron Roma en 410, cuando solo contaba 16 años. Ataulfo condicionó la libertad de la bella princesa romana a la firma de un tratado de paz.

Tras derrotar a Jovino, Ataulfo se encontró de nuevo cerrada su promoción en el Imperio por la oposición del emergente Constancio († 421). Por ello, como en otro tiempo Alarico I, Ataulfo hizo un nuevo y último esfuerzo de sustituir a Honorio por un emperador dócil a sus designios, como era el antiguo usurpador Prisco Atalo, que había acompañado al ejército godo desde el fracaso de su primera asunción de la púrpura imperial en 410. Es más, en enero del 414 en Narbona, Ataulfo contrajo matrimonio con la princesa Gala Placidia (fallecida en 450) –los regalos hechos a la desposada eran 100 joyeros repletos de piedras preciosas y piezas de oro que fueron presentadas por 50 jóvenes envueltas en espléndidas túnicas de seda–, hija de Teodosio el Grande († 395) y hermana Honorio, que había sido tomada rehén por los godos en el saqueo de Roma del 410.

La famosa frase supuestamente dicha por Ataulfo y recordada por San Jerónimo, de abandonar la idea que había tenido por un momento de "sustituir el Imperio romano por una Gothia", en caso de ser cierta debe interpretarse en el sentido de que con su matrimonio Ataulfo optaba decididamente por su integración plena en el Imperio, emparentado con su aristocracia militar, lo que a medio plazo habría supuesto olvidarse de su realeza étnica y de su mismo pueblo godo. Sin embargo, tal objetivo fracasó por la firme intransigencia de Honorio y del poderoso generalísimo Constancio que abrigaba la idea de hacer a Placidia su propia esposa, así como por la muerte prematura del fruto de la unión de Ataulfo y Gala, al que se le impuso el significativo nombre de Teodosio (muerto 414-415).

Presionado y perseguido de lejos por el ejército de Constancio –que con un gran ejército logró apoderarse de todas las remesas de grano en los puertos de la Galia e impidió el abastecimiento de los godos, que incapaces aún de labrar la tierra, necesitaban de suministros para subsistir–, Ataulfo y sus godos se vieron obligados a abandonar el mediodía galo y penetrar en la Península Ibérica a finales del 414, tratando de vivir sobre el terreno, luchando incluso contra los invasores vándalos. En Barcelona sufrió la muerte de su joven hijo –enterrado con gran pompa en un sarcófago de plata–, lo que arruinaba definitivamente la opción de la integración en el Imperio.

Unos meses después, en agosto o septiembre, Ataulfo era mortalmente herido mientras inspeccionaba sus cuadras por un cliente suyo de nombre Eberwulfo –Ataulfo lo había tomado a su servicio y ridiculizado por lo pequeño de su estatura–, que se vengaba así de la muerte de su antiguo patrono, tal vez el Rosomón Saro –sin embargo, parece ser que la causa de este asesinato fue el sentimiento demasiado filorromano del rey que disgustaba bastante a la alta nobleza visigoda–. Su sucesor Sigerico (fallecido en 415), precisamente hermano de Saro, que mató a los hijos de Ataulfo de corta edad tenidos de otras mujeres y humilló a la viuda Gala Placidia."

R.B.: GARCÍA MORENO, Luis Agustín, Diccionario Biográfico Español, Real Academia de la Historia, 2010, Vol. VI, págs. 34-35

Gala Placidia

Princesa romana, n. en 388-389 o 392 y m. en Roma en 450, hija de Teodosio y de su segunda mujer, Gala. Cayó en manos de los visigodos al entrar éstos en Roma (25-VIII-410). El 1-I-414 contrajo matrimonio, al uso romano, con Ataulfo, en la ciudad de Narbona. El rey visigodo y sus huestes, al verse obligado a abandonar la Narbonense, atravesaron los Pirineos y penetraron en la Tarraconense, estableciendo su residencia en Barcelona, donde Gala Placidia dio a luz un hijo).

Ataulfo fue asesinado, junto con sus hijos (septiembre de 415), y su viuda fue entregada a su hermano, el emperador Honorio). Al cabo de poco tiempo contrajo segundas nupcias con el futuro Constancio III. El 8-II-421 los dos esposos fueron proclamados augustos, y el hijo de ambos, Valentiniano III, fue designado sucesor). Pero Constancio murió prematuramente (septiembre de 421), y Gala Placidia acusada de conspirar con los visigodos contra Honorio, se vio obligada a refugiarse en Constantinopla).

En 425 logró que su hijo fuera reconocido emperador de Occidente por Constantinopla. Tanto como regente, durante la minoridad de su hijo, como posteriormente, Gala Placidia tuvo una influencia determinante en el reinado de Valentiniano III, si bien desde 434 tanto el emperador como su madre se vieron obligados a pasar a segundo plano por Aecio. Su mausoleo se conserva en Rávena."

R.B.: Varios colaboradores, Enciclopedia Larousse, Ed. Planeta, 1993, tomo 10 pág. 4686.

  1. Sigerico
    1. Predecesor: Ataulfo
    2. Sucesor: Walia
    3. Títulos: Rey visigodo 415-415

"Sigerico pertenecía a un linaje de gran nobleza, el de los Rosomones, que junto a loa Amalos y los Baltos y algún otro había ostentado la realeza entre los pueblos godos antes de su entrada en el Imperio romano. A mediados del siglo IV los Rosomones formaban parte del reino godo greutungo del famoso Ermanerico (fallecido en 375), del linaje de los Amalos. La epopeya teutona posterior explicaría la trágica muerte de Ermanerico, en batalla contra los hunos, como el resultado de una venganza de sangre (faida) que enfrentaba al Amalo con los Rosomones.

Una generación posterior otro famoso Rosomón y hermano de Sigerico, Saro, protagonizó una fuerte rivalidad y enfrentamiento con Alarico († 410) y Ataulfo (fallecido en 415). Calificado de "rey de los godos", desde muy pronto, Saro se puso al servicio del Imperio, llegando a ser promocionado a general en jefe del Ejército imperial en las Galias, y aspirar a sustituir a Estilicón († 408) como generalísimo de los Ejércitos de Occidente. La rivalidad de Saro con Ataulfo es calificada en las fuentes de auténtica faida.

En 412 Ataulfo capturó y asesinó a Saro cuando marchaba a unirse al usurpador imperial Jovino (fallecido en 413). Aunque es bastante probable que Ataulfo fuera un balto por la sangre, y no solo porque una hermana suya fuera la esposa de Alarico, también lo es que mantenía fuertes lazos con los godos greutungos huidos en Panonia, y por lo tanto con el linaje de los amalos.

En agosto o septiembre de 415 Ataulfo caía asesinado en Barcelona, víctima de la venganza de un antiguo miembro del séquito armado (Gegolfe) de un rey godo que Ataulfo había matado, que bien pudo ser Saro. Y lo cierto es que ante la inesperada desaparición de Ataulfo logró ser reconocido rey por su Ejército este Sigerico, hermano de Saro, en lugar de algún otro miembro, agnado o cognado, del linaje Balto. Significativamente las primeras decisiones de Sigerico como rey denotan también el origen de su promoción en una venganza de sangre.

Tras matar cruelmente a los jóvenes hijos de Ataulfo, al cuidado del obispo godo arriano Sigisaro, tal vez pariente suyo, Sigerico humilló públicamente a la viuda de Ataulfo, la princesa Gala Placidia, hermana del emperador Honorio, obligándola a marchar a pie junto a su caballo durante más de quince kilómetros. Por todo ello es lógico que se produjera una reacción violenta por parte de los miembros del ejército godo vinculados a los baltos y a los amalos. A los siete días de su promoción real Sigerico era asesinado, y en su lugar Walia era constituido rey, posiblemente un amalo casado con una princesa balta. Eso mismo ocurría en Barcelona o en sus proximidades."

R.B.: GARCÍA MORENO, Luis Agustín, Diccionario Biográfico Español, Real Academia de la Historia, 2010, Vol. XLVI, págs. 788-789

  1. Walia
    1. Predecesor: Sigerico
    2. Sucesor: Teodorico I
    3. Títulos: Rey visigodo 415-418

"También Valia. Rey de los visigodos (415-418). Sucedió a Sigerico (415), quien pudo reinar únicamente siete días antes de que una conjura de una facción visigoda rival, partidaria de la cooperación o el acercamiento de la monarquía visigoda a Roma, lo asesinara. En este sentido, elegido rey Walia, su primera acción fue poner en libertad a Gala Placidia, hermana del emperadorHonorio (384-423) y viuda del rey visigodo Ataulfo (410-415), a quien Sigerico había dado muerte, al igual que a los hijos de ambos. Siguiendo la voluntad de sus antecesores, Walia intentó de nuevo pasar con su pueblo a África, con la intención de abastecerse del grano que necesitaban para no depender de Roma.

No obstante, el fracaso de este propósito le abocó a concluir un primer tratado con Honorio, quien se comprometía a donarle 600.000 medidas de trigo a cambio de que entablara combate con los godos de la Península: vándalos asdingos y silingos, alanos y suevos. Así, en los dos años siguientes consiguió aniquilar o expulsar de la Península a los silingos de la Bética y los alanos instalados en la Lusitania. Cuando se aprestaba a dirigir sus tropas al NO. peninsular, tierras donde se habían asentado suevos y asdingos, fue llamado a la Galia por el general Constancio, con quien renovaría el antiguo pacto de foedus (418) que dio paso, de iure, a la creación del reino visigodo de Tolosa.

En virtud de ese foedus, concluido según la base tradicional de la hospitalitas, los visigodos recibirían dos terceras partes de las tierras (en realidad, concentradas en los numerosos y amplios latifundios de la zona) en la región del Mediodía francés, que comprendía las siete ciudades (Burdeos, Agen, Saintes, Poitiers, Algulema, Périgueux y Toulouse) que, en adelante, darían nombre, prescindiendo de su primera localización geográfica, al dominio visigodo en la Galia: la Septimania. Al mismo tiempo, Walia reiteró la capitalidad en la última de esta lista, Tolosa, lo que dará nombre así mismo al reino visigodo de la Galia.

A cambio, los visigodos se comprometían a gobernar esas tierras en nombre del Imperio y a protegerlas de las incursiones de otros pueblos germanos. También aceptaron disgregar sus fuerzas para proteger la frontera del Rhin, reducir a los germanos que todavía quedaban en la Península (vándalos asdingos y suevos en NO. peninsular) y hacer frente a las recurrentes revueltas bagaudas tan propias de la región donde se asentaron. A la muerte de Walia, ese mismo año, le sucedió en el trono Teodorico I (418-451), nieto a la sazón de Alarico I (395-410)."

R.B.: Varios colaboradores, Gran Enciclopedia de España, Ed. Enciclopedia de España, 2003, tomo XXII pág. 10920

  1. Teodorico I
    1. Predecesor: Walia
    2. Sucesor: Turismundo
    3. Títulos: Rey visigodo 418-451

"Baldingo, con parentesco no definido con Walia y con Alarico I, es elegido rey por los visigodos, se conquista el afecto y la obediencia de su pueblo por espacio de 32 años. Todavía es un jefe militar que carece de autoridad legal sobre los galorromanos, pero es durante su gobierno cuando su jefatura toma con más precisión el carácter de una monarquía territorial. Luchó en la Bética en 421, contra los vándalos asdingos en virtud de "foedus" o pacto con Roma, pero su concepto de las obligaciones como federado de Roma era tan amplio que le consintió abandonar a las tropas romanas de Castino, originando con su defección la derrota de los imperiales en esta batalla. El reino de Tolosa tendió a expansionarse hacia el Mediterráneo, mientras que la presión de los francos los empujaba hacia la península Ibérica.

A la muerte del emperadorHonorio, Teodorico rompe el pacto e intenta capitalizar la guerra civil entre Valentiniano III y el pretendiente usurpador Juan. Valentiniano III era hijo de Constancio III y de Gala Placidia, esta, viuda de Ataulfo, hija de Teodosio y hermana de Honorio. Durante la minoridad de su hijo, Placidia fue regente del emperador de Occidente por Constantinopla e influenció su reinado. Esto permitió a los visigodos intervenir una vez más en los asuntos de Roma y obtener mediante la devolución de sus conquistas, el dominio independiente del territorio que ocupaban entonces en las Galias. Teodorico invadió la Narbonense, sitió Arlés, pero fue derrotado por el general romano Aecio. La campaña terminó con una transacción mediante la cual Roma reconoció la independencia de Teodorico a cambio de la renuncia a la conquista de la Narbonense en 426. En 435 nuevamente asedió Narbona, pero, a su vez, posteriormente Teodorico fue sitiado por el general Litorio en Tolosa.

La expedición culminó con el retorno al "statu quo" anterior, merced a la indecisa batalla de Tolosa (439). Después se alió con suevos y vándalos, en detrimento de Roma; desposó a una hija suya con Hunerico, hijo del fiero y cruel Genserico, rey de los vándalos. Este sospechó que su nuera trataba de envenenar a su marido. La desorejó y la envió a su padre. En 449 casó a otra de las hijas con el suevo Requiario, a quien ayudo en la conquista de Lérida y Zaragoza, invasión, que tenía como último objetivo el frenar las sublevaciones de los bagaudas, hombres de la Tarraconense, afligidos por cuantiosos impuestos. Un pueblo oriental, los hunos, de raza uraloaltaica, se desplazó hacia el oeste al mando del caudillo Rua, consiguiendo trato de federado de los imperios de Oriente y Occidente.

Su sobrino y sucesor Atila, fue aumentando sus exigencias contra el débil Valentiniano III, hasta llegar a pedir al emperador la mitad de sus provincias y la mano de su hermana. La negativa fue el motivo de la invasión de las Galias por un ejército enorme. Los hunos se unieron a ostrogodos y gépidos; el general Aecio, en situación desesperada pide ayuda a Teodorico I, el cual acepta y combate con sus godos al lado del ejército galorromano, no como auxiliar del imperio, sino como jefe de un pueblo aliado.

La gran batalla de Chalons se verificó cerca de Troyes, en el Campus Mauriacus, en julio de 451, y decidió la suerte de Europa. Los cronistas españoles llaman a esta batalla "de los Campos Catalaúnicos". Atila tuvo que retirarse con una pérdida de 160.000 hombres. Teodorico muere en la batalla victima de un dardo disparado por el ostrogodo Andagis. En el mismo campo de batalla fue proclamado rey-caudillo su hijo Turismundo con grandes ceremonias descritas por Jordanes."

R.B.: BRADLEY, Enrique, Historia de los Godos, Ed. El Progreso Editorial, 1890)"

  1. Turismundo
    1. Predecesor: Teodorico I
    2. Sucesor: Teodorico II
    3. Títulos: Rey visigodo 451-453

"Hijo y sucesor de Teodorico I. Participó con su padre en la batalla de Campus Cataláunicos (llanos de Troyes, Francia 20-VI-451), en la que una coalición de visigodos, francos burgundios y romanos bajo el mando del general Aecio se enfrentó victoriosamente a los hunos de Atila. No obstante, en el transcurso de la batalla Teodorico I encontró la muerte (en el llamado Campus Mauriacus), por lo que al finalizar el combate, Turismundo fue proclamado rey de los visigodos. Sin embargo, su nombramiento no fue aceptado de manera unánime entre los nobles visigodos, algunos de los cuales apoyaban al hermano de Turismundo, de nombre también Teodorico, por lo que se desencadenó una querella sucesoria.

Durante su corto reinado, Turismundo se propuso aumentar los límites del reino visigodo de Tolosa interviniendo en la Septimania, en detrimento de la provincias que estaban bajo control romano. Con el propósito de controlar el litoral mediterráneo, sometió la ciudad de Arlés (Provenza) a un asedio infructuoso (453). Tras haber restablecido la autoridad romana en gran parte de la Galia meridional, el general Aecio recibió del Imperio la misión de eliminar a Turismundo, aunque fue su hermano Teodorico quien orquestó el asesinato (453). Proclamado rey de los visigodos, Teodorico II (453-466) emprendió con éxito la expansión del reino de Tolosa por la Narbonense."

R.B.: Varios colaboradores, Gran Enciclopedia de España, Ed. Enciclopedia de España, 2003, tomo XXI pág. 10396

  1. Teodorico II
    1. Predecesor: Turismundo
    2. Sucesor: Eurico
    3. Títulos: Rey visigodo 453-466

"La monarquía visigoda de Tolosa, federada al Imperio romano de Occidente, halló en la persona de Teodorico un motivo de sólido afianzamiento en el sur de la Galia y en la Península Hispánica. Bajo su gobierno, caracterizado por la amistad a Roma y las tendencias expansivas, los visigodos se convirtieron en el poder más fuerte en las provincias occidentales del Imperio, preparando el terreno a la tentativa imperial que debía consumarse bajo Eurico. Teodorico era hijo del rey Teodoredo, el caudillo que murió en la batalla dada a los hunos en los Campos Mauriacos (451).

En aquella ocasión fue proclamado rey el hermano mayor, Turismundo, el cual practicó una política notoriamente anti romana y nacionalista. Probablemente a fines de 453, Turismundo murió estrangulado por Teodorico y Federico –otro hermano–, quienes le habían combatido bien por su tiranía o por su oposición a Roma. Este acto –habitual en aquellas sucesiones– daba el poder a un hombre tan enérgico y guerrero como sus predecesores, pero al mismo tiempo de cierta cultura que debía a su maestro Avito. Entre la aproximación a Roma y la expansión del reino visigodo –tendencias firmes y contradictorias en el espíritu de Teodorico–, los mismos hechos históricos facilitaron la resolución de la aparente disyuntiva.

En 453 0 454 Teodorico renovó el pacto federal con el Imperio, lo que muy pronto le obligó a combatir contra los bagaudas que se hallaban en la Tarraconense. Por aquellos mismos años intervino en la sucesión a la corona imperial de Valentiniano III, reconociendo como emperador a Petronio Máximo (455), y a la muerte de este, a su entrañable amigo Avito (9-VII-455). Pero tampoco el nuevo emperador duró en el cargo, ya que fue depuesto por el ejército de Italia, al mando del suevo Recimero, quien exaltó a Mayoriano (456).

Este hecho quebrantó la fidelidad de Teodorico a Roma y le incitó a aprovechar para sí las conquistas efectuadas en España sobre los suevos y las que obtendría en el futuro en la Galia al amparo de aquellas anómalas circunstancias. La primera expedición de Teodorico a España fue como federado romano. El ejército visigodo cruzó los Pirineos en el verano de 456, y el 5 de octubre del mismo año derrotó al rey suevo Requiario en la llanura del Páramo, cerca de Astorga y a orillas del Órbigo.

Poco después Teodorico asaltaba Braga y se apoderaba de la persona del rey suevo. Pero fracasaron sus propósitos de anexionarse aquellos territorios. Cuando verificaba una incursión por Lusitania, hallándose en Mérida recibió la noticia de la muerte de Avito. Regresó a las Galias y corrió en apoyo de los galorromanos que resistían a las tropas de Mayoriano. El triunfo de este el Lyón y el fracaso del sitio de Arlés por Teodorico (primavera de 459), aseguraron el reconocimiento de Mayoriano. El rey visigodo pactó con el emperador en 459 e incluso permitió que este pasase a España para intentar ir al África del Norte, donde los vándalos estaban apropiándose de aquellas provincias.

Mientras tanto, sus generales mantenían a raya a los suevos de Agiulfo y Maldra y procuraban establecer su dominio en la Bética Una serie de golpes afortunados permitieron a Teodorico la considerable ampliación de sus dominios en la Galia. Aprovechando las luchas para la corona imperial y las constantes revueltas de los condes y de los gobernadores provinciales, los visigodos se adueñaron de la Novem populania y de la parte de la Narbonense I.

En 462 cayó en su poder Narbona. En cambio, al año siguiente, las tropas de Federico, el hermano del rey visigodo, fueron derrotadas en las cernías de Orleáns , lo que impidió la expansión del reino más allá del Loira. En España, el reino suevo volvió a cobrar fuerza bajo Remismundo, quien mantuvo la lucha contra Teodorico desde 461. En este periodo el rey visigodo se presenta como defensor de la causa de los hispano romanos. En 466 moría asesinado por su hermano Eurico."

R.B.: VICENS VIVES, Jaime, Mil Figuras de la Historia, Ed. Instituto Gallach, 1944, Tomo I, págs. 93-94

  1. Eurico
    1. Predecesor: Teodorico II
    2. Sucesor: Alarico II
    3. Títulos: Rey visigodo 466-484
    4. Comprende:
    1. Datos Biográficos
    2. Eurico sustituye al poder de Roma
    3. Emisión de normas legales
Datos Biográficos

"Cuarto hijo del rey Teodorico I (418-451) y hermano de los igualmente reyes Turismundo (451-453) y Teodorico II (453-466), Eurico había nacido en torno al 440. Nada se sabe de su infancia y juventud, salvo que no participó con su padre en la batalla de los Campos Catalaúnicos en el 451, las fuentes le recuerdan por primera vez cuando en el año 466, tras asesinar a su hermano Teodorico II en Tolouse se proclamó rey de los visigodos. Los motivos parecen haber sido el mero deseo de hacerse con el poder, sin influir un carácter más o menos pro-romano del nuevo rey.

En los casi cincuenta años transcurridos desde la firma del foedus con Roma los visigodos habían superado ampliamente los territorios que se les habían asignado, pero su expansión se había producido, al menos teóricamente, dentro de una sumisión formal al emperador romano. Eurico envió de manera inmediata embajadas a sus vecinos para notificar su nueva condición y probablemente sus pretensiones de gobierno, entre ellos al rey de los suevos, Remismundo, quien había consolidado una posición de cierta fuerza en el noroeste de Hispania con el visto bueno de Teodorico II.

A pesar de que Remismundo, el rey suevo, la despachó rápidamente, parece que de alguna manera los suevos llegaron a un acuerdo con Eurico. En los años siguientes, Eurico se iba a esforzar en ampliar sus bases en Hispania, pero eso exigía un proceso lento y evitar al máximo los conflictos bélicos, especialmente cuando los francos empezaron a ser algo más que una amenaza para él. Los visigodos habían intervenido en los asuntos de la Península Ibérica incluso antes que el foedus con el imperio en el 418.

En virtud de ese acuerdo les correspondió combatir en Hispania a suevos, vándalos y alanos, así como a grupos de bagaudas que saqueaban el valle del Ebro; a partir de mediados de siglo tuvieron que limitar la actuación sueva fuera de los territorios teóricamente asignados por el imperio. Como resultado de esta intervención un contingente godo se había instalado en Mérida ya en el 456. Se sabe que las murallas de la ciudad y el puente sobre el Guadiana fueron reparados en el 483, a iniciativa del godo Salla, que estaría al frente del contingente militar que ocupaba la ciudad, de acuerdo con Zenón, el obispo católico de la sede metropolitana de Lusitania.

Es posible que con motivo de estas actuaciones bélicas algunos grupos de visigodos se asentasen también en la zona central del valle del Guadalquivir. Se trataría esencialmente de pequeñas guarniciones de control militar que llevarían a cabo correrías ocasionales. Por la crónica de Hidacio se sabe que estas intervenciones continuaron cuando Eurico ocupó el trono, sus tropas saquearon a suevos y romanos en la Lusitania en el 468, y probablemente no se interrumpieron cuando el cronista dejó de escribir en el 469.

Eurico sustituye a Roma

Tras la muerte de Antemio, en el año 472, Eurico de alguna manera, se había visto liberado ya de los compromisos adquiridos por sus predecesores con el poder romano. Entonces no solo procedió a la consolidación de sus posiciones en el sur de la Galia, sino que inició la sustitución del poder romano en Hispania. En el 472 procedió a ocupar la Tarraconense, probablemente la única provincia hispana en la cual los romanos contaban aún con algún tipo de autoridad, en la forma de funcionarios de carácter administrativo y mando militar, incluso con algún pequeño contingente de tropas.

Esta expansión hacia el sur era el resultado lógico de la ambiciosa política de Eurico, y no necesariamente aún la necesidad de buscar nuevos espacios ante la presión de los francos desde el norte. Responde a la nueva lógica de quien no se encuentra ya atrapado por compromisos institucionales con el Imperio y de quien, una vez lograda una aceptable consolidación institucional interna, quiere construir un reino territorialmente poderoso. Con Eurico, la expansión del reino de Tolouse, incluso en la Galia, donde fijó las fronteras naturales en los ríos Loira y Ródano, adquirió su máxima amplitud. Hispania era el espacio inmediato donde la competencia de otros poderes bárbaros era más débil.

Los suevos habían sido encerrados en unos límites que no se verán alterados hasta la desaparición del reino más de una centuria después. En la práctica, habían quedado convertidos en un reino tutelado por los visigodos, primero como supervisores de los intereses de la corte de Rávena en los territorios hispanos, ahora preparando su propia anexión del espacio peninsular. La Crónica de Zaragoza coloca la toma de Pamplona y Zaragoza en el año 476, fecha que indicaría el momento de culminación de la conquista de la provincia.

La ocupación de la Tarraconense se habría iniciado al tiempo que Eurico conquistaba la Auvernia gala y tomaba Marsella, llevando sus territorios hasta el mar y enlazando sus posesiones con Italia. La toma de la Tarraconense se hizo mediante una táctica envolvente: una expedición dirigida por Gauterico entró por Roncesvalles ocupando la zona alta del Ebro; otra entró por la ruta paralela a la costa mediterránea, en este caso comandada por el godo Heldefredo y por un hispano romano, Vicentius, al que las fuentes historiográficas denominan ahora dux Hispaniarum, que se dirigió directamente hacia Tarragona, la capital provincial. Los cuatro años que llevó esta ocupación son indicativos de una resistencia, según Isidoro de Sevilla protagonizada por la nobleza imperial, que se prolongaría al menos durante los veinte años siguientes.

No es casualidad que Sidonio fije en estos mismos años la ruptura por parte de Eurico de los antiguos acuerdos con Roma, sin duda en referencia al foedus que les dio tierras en el sur de la Galia, en la práctica ignorados unos años antes, y que se refiera ya a los visigodos con el término regnum. Un acuerdo de Eurico con el emperador Nepote en el 475 o 476 parece incluir ya la soberanía sobre Hispania. Lo que era parte de un proceso "natural" de expansión, adquiriría un matiz de necesidad poco después de la muerte de Eurico, en el 484, cuando alamanes, burgundios y, especialmente, francos empezaron a presionar seriamente desde el norte.

Entonces se iniciaría un proceso efectivo de desplazamiento de poblaciones godas, que culminarían con la ocupación de los parajes centro orientales de la meseta castellana y zonas limítrofes por parte de grupos que no incluían ya solo partidas guerreras, sino contingentes familiares al completo. A partir del 494 las fuentes reconocen ya un proceso sistemático de ocupación, sintetizado por la Crónica de Zaragoza en la lacónica expresión: gotthi in Hispanias ingressi sunt, o en la entrada igualmente expresiva que registra tres años después: Gothi intra Hispanias sedes acceperunt.

Con Eurico la monarquía es ya una institución plenamente establecida y concebida con independencia respecto del imperio, aunque carece aún de una teoría política que la legitime. Se ha convertido en una monarquía rodeada de atributos guerreros heredados de la tradición germana y de la legitimidad administrativa de tradición imperial, de la cual parece tomar usos de corte, quizás a imitación de Constantinopla. Tras la paz firmada por Odoacro, probablemente en el 477, Eurico se apresuró a consolidar su poder. Medidas de control territorial y marítimo apuntan en este sentido, en especial la búsqueda de acuerdo pacíficos con sus vecinos, con la excepción quizás de los francos; iniciativas que merecieron los elogios de Sidonio Apolinar que consideró que eran propias de un Monarca universal.

Desde una óptica interna, Eurico pretendió que las instituciones eclesiásticas se sometiesen a su criterio; cuando estas se mostraron contrarias a sus designios, él actuó en función de sus intereses y, por ello pudo ser visto como anticatólico por parte del episcopado galo. Su percepción política no estaba mediatizada por la religión y no estaba interesado en un conflicto religioso, lo que no impide que en su corte se mantuvieran debates de carácter religioso.

Algunos obispos sufrieron el exilio. Sidonio tuvo que ausentarse de su sede de Clermont y marcharse a Burdeos, y se sabe que sedes importantes permanecían vacías porque el rey se negaba a aprobar nuevas elecciones, probablemente a la espera de candidatos dispuestos a colaborar con sus planes políticos. En algún momento del reinado de Eurico, la cuarta parte de los obispados estaba sin ocupar. Aun así, su política no fue anti católica y los acontecimientos interpretados como tales por el clero, especialmente por el mismo Sidonio o por Gregorio de Tours algo después, tienen más connotaciones políticas que religiosas.

Emisión de normas legales

Se ha hecho notar que la emisión de normas legales por parte de Eurico debe verse como una continuación de la emisión de edictos que era propia del prefecto del pretorio; así, el código de Eurico, proclamado en torno al 475, debería llamarse edictum Eurici regis y, al proclamarlo, el rey Eurico no pretendía suplantar al Emperador sino al prefecto de Arlés, y construir un reino limitado a los territorios meridionales de la Galia e Hispania, la antigua diócesis bajoimperial, tarea en la que probablemente contaba con el apoyo de algunos representantes oficiales del poder romano, caso del mencionado Vicentius Arvandus, dux romano de la Tarraconense.

El código ahora elaborado es un derecho romano, construido con fundamentos de derecho vulgar romano, por juristas romanos y con el lenguaje de ese mismo derecho. Las fuentes mencionan el nombre de su esposa, Ragnahilda, aparentemente una princesa, aunque se discute si sueva o burgundia. Los datos sobre los años finales de su reinado son muy escasos. Murió de muerte natural en Arlés, antes del 2-XII-484, fecha en la que su hijo Alarico II le sucedió en el trono."

R.B.: DE LA CRUZ DÍAZ MARTÍNEZ, Pablo, Diccionario Biográfico Español, Real Academia de la Historia, 2010, Vol. XVIII, págs. 166-168

  1. Alarico II
    1. Predecesor: Eurico
    2. Sucesor: Gesaleico
    3. Títulos: Rey visigodo 484-507

"Alarico era hijo de su antecesor en el reino godo, Eurico. Por lo que pertenecía al prestigioso linaje de los Baltos, protagonista de la etnogénesis visigoda mediante la monarquía "militar" de Alarico I († 410). Probablemente su madre fue la reina Ragnahilda, una princesa de sangre real según Sidonio Apolinar. Se ha pensado con escaso fundamento, que Ragnahilda pudiera pertenecer al linaje real de los suevos hispanos, y con mejor que fuera hija del rey burgundio Chilperico, al que unía una estrecha unidad, y hasta una relación de parentesco, con los Baltos de Tolosa. Una tercera hipótesis sería convertirla en hermana del rey franco Ragnachario († 508) de Cambrai, víctima y a la vez pariente del gran Clodoveo (fallecido en 511), sobre la base de la constante aliteración en r- de los nombres conocidos de esta familia.

Alarico es el único hijo conocido del rey Eurico, y si no hubiera sido el único legítimo o el mayor lo cierto es que su sucesión real se produjo sin dificultad el 28-XII-484, cuando aquél murió en Arlés. Heredero del reino visigodo en el momento de su mayor esplendor y extensión territorial el reinado de Alarico II trató de conservar los límites del dominio godo en las Galias y consolidar y extender su hegemonía en la Península Ibérica, en la que era reciente la ocupación militar goda independiente del Imperio romano, producto de la descomposición final de este en la provincias más occidentales tras la muerte de emperador Antemio († 472). Alarico II ha sido víctima de una historiografía muy negativa como consecuencia de su derrota y muerte en Vouillé, que significó el fin del reino godo en Tolosa.

Sin embargo, no parece que su política se apartara mucho de la de su padre y antecesor, alabada por esta misma historiografía. Objetivo principal de su acción de gobierno sería el fortalecimiento del poder regio, buscando el apoyo y la alianza de la aristocracia provincial galo e hispano romana. En especial trató de mostrarse legítimo heredero del Imperio Romano, pero ya sin ningún tipo de dependencia más o menos nominal.

En este sentido hay que comprender la publicación del 2 de febrero de 506 bajo su autoridad de una versión refundida y reinterpretada del Código de Teodosio, la llamada vulgarmente Ley romana de los visigodos o Breviario de Alarico, con un carácter de exclusividad para las causas de las que se tratara en el mismo. Y un mismo sentido habría tenido su política religiosa, con la que Alarico buscó un acuerdo estable con la jerarquía católica, superando la época de conflictos de tiempos de Eurico, y tratando de constituir con esta una iglesia coincidente geográficamente y en objetivos políticos con el reino godo.

En este contexto debe entenderse el que se pueda llamar primer concilio de la Iglesia católica del reino godo, reunido en Agde en septiembre de 506, bajo la presidencia del prestigioso Cesáreo de Arlés, convertido en leal colaborador del poder godo, que debiera haberse completado con un segundo a celebrar en la Península Ibérica

Esta segunda reunión conciliar no llegó a celebrarse. Pues unos meses antes, en la primavera de 507, Alarico fracasó estrepitosamente al tratar de detener la ofensiva franca de Clodoveo en Vouillé. A esta situación no se había llegado de improviso. La derrota y muerte del romano Siagrio en 486 en Soisson pusieron frente a frente al reino godo y al emergente poder de un reino franco en vías de unificación bajo el merovingio Clodoveo. Tan solo el fracaso franco en la guerra civil burgundia supuso un freno a su peligrosa progresión hacia el sur. En vano Alarico II trató de contrapesar la situación con una alianza con los burgundios y con el poderoso Teodorico el Grande. A este último fin Alarico contraería matrimonio poco después del 501 con la jovencísima Tiudigoto, hija de Teodorico (fallecido en 526).

Lo que de momento condujo a una esperanza de acuerdo pacífico con la famosa entrevista entre Alarico II y Clodoveo en Amboise, en una isla sobre el Loira. Pero desgraciadamente el primer y único fruto del enlace Baltos-Amalos nacería no mucho antes del trágico fin de Alarico. El nombre que se puso al pequeño, Amalarico, denotaba el deseo desesperado del balto de buscar la ayuda de su poderoso suegro Amalo, aunque ello significara un reconocimiento humillante de la inferioridad de su linaje. Todo habría sido en vano. Cuando en el 507 inició la que sería ofensiva definitiva pudo contar también con la alianza suicida del rey burgundio Gondobaldo (fallecido en 516).

Mientras Teodorico se veía imposibilitado en acudir en socorro de su yerno ante un ataque naval bizantino, sin duda combinado con el merovingio. La derrota de Vouillé fue total, el ejército real godo sufrió graves pérdidas y se perdió parte del tesoro real, hasta el rey murió en la batalla. Alarico II dejaba además a la nobleza goda dividida entre los partidarios del pequeño Amalarico († 531), con el riesgo cierto de la hegemonía de su abuelo Teodorico y los de Gesaleico (fallecido en 511), un bastardo. Con la muerte de Alarico terminaba el brillante reino godo de Tolosa, creado por la estirpe de los Baltos."

R.B.: GARCÍA MORENO, Luis Agustín, Diccionario Biográfico Español, Real Academia de la Historia, 2010, Vol II págs. 161-162

  1. Gesaleico
    1. Predecesor: Alarico II
    2. Sucesor: Teodorico el Grande
    3. Títulos: Rey visigodo 507-511

"Gesaleico era hijo del rey Alarico II (fallecido en 507), de modo que por línea paterna pertenecía a uno de los más nobles y prestigiosos linajes godos, el de los Baltos, protagonista de la etnogénesis visigoda y de la fundación del reino godo de Tolosa. Sin embargo, su madre era una concubina al decir del posterior Isidoro de Sevilla, que deduce también de ello el carácter inferior (vilissimus) de su linaje. Sin embargo, parece razonable pensar que tales expresiones no sean sino muestras de la incapacidad de los eclesiásticos de la época de comprender la verdadera naturaleza del Friedlehe germánico.

Si al igual que en el caso de las concubinas romanas no era infrecuente que estas esposas de segundo rango fuesen de status social inferior, incluso servil, se diferenciaban de aquellas en tener una consideración social mucho más elevada, pudiendo alcanzar la posición de auténticas consortes, y sus hijos estar plenamente habilitados para recibir la herencia de sus padres, incluso hasta la sucesión real, en igualdad de derechos que sus hermanastros "legítimos".

Y tal fue el caso de Gesaleico. Muerto Alarico II en la desastrosa batalla de Vouillé, a principios del verano de 507, el ejército y los nobles godos perseguidos reconocieron por Rey a Gesaleico, marginando a Amalarico, hijo de Alarico II y de Tiudigoto, hija de Teodoricoel Amalo, que debía contar con muy pocos años de edad. Las circunstancias extremas, con peligro de desaparición del reino y la etnia visigodos, exigían alguno de la estirpe Balta con demostradas capacidades militares. Y Gesaleico demostró que las tenía, aunque el resultado final sería trágico para él.

Perdido una parte del tesoro real visigodo y la capital, Tolosa, ocupada por los francos, al igual que la Auvernia, Gesaleico con los restos del ejército y tesoro real trató de impedir el avance del burgundio Gundobado († 516) por Provenza, pero sería derrotado, no pudiendo así impedir la toma de Narbona, quedando tan solo en poder godo las plazas fuertes de Carcasona y Arlés, además de los dominios periféricos hispánicos.

Sería entonces, cuando temiendo por sus intereses itálicos, Teodoricoel Amalo (fallecido en 526) se decidiera a intervenir militarmente, pretextando defender los derechos de su nieto Amalarico. La acción ostrogoda, bajo el mando de Ibbas salvó la Septimania y la Provenza godas, pero supuso considerar a Gesaleico usurpador. Este había huido a la Península Ibérica, tratando de hacerse fuerte en Barcelona. Con el vital tesoro real, que estaba en Carcasona, y el Balto-Amalo en manos ostrogodas, Gesaleico trató desesperadamente de aliarse con los francos y burgundios, a cambio posiblemente de ceder todos los antiguos dominios godos en la Galias. Una cesión que necesariamente tuvo que enemistarle con los sectores de la nobleza visigoda más vinculada a la corte de Alarico, como sería el conde Goerico, que Gesaleico asesinó en Barcelona.

Las guerra contra los ostrogodos resultó casi inevitable. En 510 el general ostrogodo Ibbas derrotaba en España a Gesaleico que, falto de apoyos en la nobleza visigoda, tuvo que huir a África. Sin encontrar apoyo alguno en la corte vándala, el animoso Gesaleico regresó de incógnito al sur galo, donde trató de reclutar una tropa con antiguos soldados godos dispersos, y posiblemente con alguna ayuda económica merovingia o burgundia. Pero derrotado de nuevo por Ibbas, Gesaleico se vio nuevamente obligado a huir, en busca de refugio entre los burgundios. En ese trance, sus perseguidores ostrogodos lo hicieron prisionero cuando de disponía a atravesar el río Durance, ejecutándole de inmediato."

R.B.: GARCÍA MORENO, Luis Agustín, Diccionario Biográfico Español, Real Academia de la Historia, 2011, Vol. XXII, págs. 725-726

  1. Teodorico el Grande
    1. Predecesor: Gesaleico
    2. Sucesor: Amalarico
    3. Títulos: Rey visigodo 511-526

"En los anales de las invasiones y del establecimiento de los pueblos germánicos en el Imperio romano, pródigos en nombres de caudillos de fortuna, ningún soberano alcanza un valor tan personal, y al mismo tiempo tan paradójico, como el de Teodorico, jefe de los ostrogodos y conquistador de Italia. Otros reyes bárbaros, (visigodos, francos, burgundios, suevos, vándalos, etc.) actuaron como simples conquistadores, y establecieron un régimen de casta entre la población propia y la dominada.

En cambio, Teodorico no desconoció la obra de Roma, e incluso pretendió amoldarse a las directrices políticas, legislativas y culturales recibidas del Bajo imperio. En consecuencia, su reinado destaca con vivos destellos entre los contemporáneos, como continuador del mundo imperial. Esta actitud le indujo a adoptar una política muchas veces contradictoria y nunca del completo agrado de los ostrogodos o de los italo romanos. Sus vacilaciones determinaron, en definitiva, el rápido hundimiento de su obra.

Nació en 454, hijo de Teodemiro, uno de los tres hermanos de la estirpe de los Amalos que gobernaban entonces a los ostrogodos. En aquella época éstos se hallaban establecidos en el norte de Panonia, como federados del Imperio. En 462 fue llevado a Constantinopla en calidad de rehén para garantizar la ejecución de un tratado. En la corte imperial aprendió a conocer las costumbres y la cultura romanas, aunque se mantuvo alejado de su cultura, pues nunca llegó a escribir ni aprendió el latín.

A los dieciocho años regresó entre los suyos; derrotó al rey de los sármatas, enemigo de Bizancio, pero retuvo en su poder Belgrado, que aquel príncipe había conquistado. Elegido rey a la muerte de su padre, en 474, condujo a los godos a la Mesia inferior, cuya ocupación les había sido concedida por el Imperio. Inmediatamente intervino en los asuntos públicos de Bizancio. Apoyó la entronización del emperador Zenón (477), y cuando este se opuso a sus exigencias, lanzó sus huestes contra Macedonia, Telia y Tracia.

En 487 amenazó la capital del Imperio, pese al título de cónsul que le había sido concedido en 484. Para librarse de tan temido huésped, Zenón dio su conformidad a los proyectos alimentados por Teodorico de pasar a Italia para someter a Odoacro y «libertar» el Imperio de Occidente. De este modo se inició la paradoja en el reinado de Teodorico, pues la invasión ostrogoda la acaudilló como magister militum y patricio romano, es decir, con autorización oficial del emperador de Oriente.

La conquista de Italia ofreció ciertas dificultades. Aunque el ejército de Odoacro fue derrotado el 28-VIII-489 en el Isonzo, y un año más tarde en el Adda, el caudillo ostrogodo necesitó tres años más para poner término a la resistencia de Odoacro en Rávena. La ciudad se rindió el 5-III-494, y una semana más tarde Odoacro fue acuchillado a traición. Poco después los ostrogodos le conferían el título de rex y él se hizo llamar dominus.

En 497 el emperador reconoció su nuevo título, aunque subordinándolo a su jerarquía suprema. Otra paradoja histórica: el flamante «rey de los godos y de los romanos» aspiró realmente a su dominio general sobre los pueblos germánicos. En 504 anexionó a su territorio las provincias bizantinas del Save hasta Sírmium. lo que motivó una guerra de larga duración. En 509, después de la derrota del visigodo Alarico II en Vouillé (507), impidió la conquista de Provenza por los francos, se adueñó de este territorio y estableció un auténtico protectorado sobre el reino visigodo en España, del que asumió el gobierno en 511.

Por otra parte, como mantuvo relaciones de familia, mediante enlaces matrimoniales, con todos los reyes bárbaros de Occidente, Teodorico pudo creerse restaurador de la unidad imperial. Pero este sueño era engañoso, ya que en 515 ni en la misma Italia podía considerar asegurada su dinastía. Su arrianismo feroz le separó de Bizancio (523) y de los intelectuales italianos. entre los cuales Boecio. Su reinado acabó con una serie de crímenes de Estado: la ejecución de Boecio y el martirio del papa Juan I (526), al que había enviado a Constantinopla para obtener del emperador la revocación de ciertas órdenes contra el arrianismo.

En el mismo año, 30-VIII-526, moría el rey Teodorico, el hombre incomprensible que acabada de favorecer la restauración de la romanidad en sus monumentos arquitectónicos, en su obra cultural (Boecio y Casiodoro), en su legislación e incluso en la organización política, social y administrativa del estado ostrogodo."

R.B.: VICENS VIVES, Jaime, Mil Figuras de la Historia, Ed. Instituto Gallach, 1944, Tomo I, págs. 94-95

  1. Amalarico
    1. Predecesor: Teodorico el Grande
    2. Sucesor: Teudis
    3. Títulos: Rey visigodo 526-531

"Amalarico unía en su venas sangre de los dos linajes godos más nobles y gloriosos a decir del historiador ostrogodo Jordanes. Su padre era el rey tolosano Alarico II († 507), que pertenecía a la estirpe de los Baltos, como su famoso antepasado Alarico I (fallecido en 410), creador de la etnogénesis –especifidad identitaria– visigoda. Su madre era Tiudigoto, hija de Teodorico († 526), del linaje greutungo de los Amalos y fundador del reino ostrogodo de Italia.

Tiudigoto, hija del primer matrimonio de Teodorico el Amalo, había nacido en Mesia, no mucho antes de 488. Su matrimonio con el balto Alarico II se produjo poco después de 501. Momento en que el rey visigodo se encontraba amenazado directamente por el expansionismo del merovingio Clodoveo, y consideró oportuno sellar una alianza matrimonial con el poderoso y triunfante Teodorico.

Una alianza que se realizó no sin el reconocimiento por Alarico II de su inferioridad frente al Amalo, con una renuncia a cualquier aspiración sobre toda la gens gothica. Lo que se plasmó en el nombre dado al primer fruto de esa unión: Amalarico. Pues tomar un nombre propio del acervo onomástico del linaje materno en lugar del paterno significaba la adopción por aquel linaje, (Versippung), con un explícito reconocimiento de su superioridad.

La inesperada muerte de Alarico II en la batalla de Vouillé a comienzos del verano de 507 supuso el final del reino Godo-Balto de Tolosa. La manifiesta incapacidad de Gesaleico, hijo y sucesor de Alarico II, para detener el avance y la conquista franca y burgundia, dio la oportunidad en 508 a Teodorico el Amalo de intervenir militarmente, salvando para el imperio godo la Provenza y la Septimania, algo también exigido para evitar cualquier futuro ataque franco-burgundio sobre sus dominios itálicos.

La intervención militar de Teodorico el Amalo se debió más para legitimar su reconocido carácter de cabeza de toda la "nación goda" que en defensa de su jovencísimo nieto Amalarico. Pues lo cierto es que en los años sucesivos, hasta su muerte el 30-VIII-526, Teodorico fue oficialmente Rey de todos los godos. Y si es cierto que el gobierno que quedaba del antiguo reino visigodo de Tolosa, fundamentalmente en la Península Ibérica, se desarrolló preservando su identidad, también lo es que estaba previsto que el Amalo visigodo Eutarico, casado con Amalasvinta, hija de Teodorico, reinara como soberano de los dos pueblos godos ya unificados.

La prematura muerte de Eutarico (519) desbarató ese plan, y la misma nobleza militar ostrogoda asentada en territorios del antiguo reino visigodo, optaron decididamente por la continuidad independiente de un reino visigodo tras la muerte del gran Teodorico. De esta forma a la muerte de su abuelo, Amalarico, cuando su edad frisaba los veinte años, pasó a ser reconocido como rey (526). Sin embargo el grado de autonomía del nuevo soberano no debía de ser muy grande. Pues en tiempos de Teodorico el Amalo había ejercido el poder el futuro rey Teudis (531-548). Este miembro de la aristocracia militar visigoda, posiblemente un Amalo, había sido tutor del joven Amalarico y había casado con una riquísima dama hispano romana.

No extraña así que el primer objetivo de Amalarico rey fuera sacudirse esa tutela. En ese contexto debe entenderse en nombramiento de un tal Esteban, seguramente un importante hispano romano, para la prefectura de las Españas, un cargo creado en tiempos de Teodorico, y sobre todo su política para con los merovingios. Amalarico cedió Provenza a su hermano, el rey de Italia, el ostrogodo Atalarico, a cambio de la restitución del tesoro real visigodo. Para contrarrestar el engrandecimiento de los ostrogodos cisalpinos el nuevo rey buscó alianza con Clodoveo, rey de los francos. Amalarico se propuso consolidar su dominio en la Septimania.

Para ello se estableció en Narbona y trató de servirse de su matrimonio, concertado hacía tiempo, con la merovingia Clotilde, hija del gran Clodoveo († 511) y de santa Clotilde, católica ferviente. Sin embargo las cosas sucedieron al revés. La muerte de Teodorico y la debilidad de Amalarico habían incitado a Hildeberto I (fallecido en 558) a apoderarse de la Septimania goda. Es posible que la ofensiva franca se basara en una propaganda religiosa buscando las simpatías de la población galorromana católica frente al reino godo arriano, que pudo fundamentarse en una pésima relación entre Amalarico y su esposa merovingia y católica.

Amalarico la permitió el libre ejercicio de su religión; más quebrantó esta promesa, obligando a su esposa a convertirse al arrianismo, primero con halagos para rendir su conciencia y luego con maltratos físicos, que la reina sufrió mucho tiempo con paciencia; más al final avisó de ellos a su familia, enviando a su hermano un pañuelo empapado en sangre de sus heridas –aunque la verdad es que no hay prueba alguna de persecución de Amalarico contra la iglesia católica–. Ante ello, y tratando de desquitarse de la derrota sufrida en la Auvernia a manos de su hermano Teodorico († 533), Quildeberto I, con un ejército, invadió Septimania en 531, derrotando al ejército godo mandado imprudentemente por el propio Amalarico.

El rey godo logró huir por mar a Barcelona con parte del tesoro real. Perseguido de cerca por los francos, y a lo que parece falto del apoyo de Teudis, es posible que Amalarico pensase marchar por mar a Italia. Pero antes de lograr embarcar, a finales de 531, Amalarico fue detenido y muerto en el foro barcelonés por un soldado franco de nombre Bessón, posiblemente con el beneplácito de Hildeberto I y la pasividad del mismo ejército godo."

R.B.: GARCÍA MORENO, Luis Agustín, Diccionario Biográfico Español, Real Academia de la Historia, 2010, Vol IV, págs. 20-21

  1. Teudis
    1. Predecesor: Amalarico
    2. Sucesor: Teudiselo
    3. Títulos: Rey visigodo 531-548
    4. Comprende:
    1. Datos Biográficos
    2. Guerras de francos y visigodos
    3. Expedición a África
    4. Libertad religiosa y legislación
    5. El asesinato de Teudis
Datos Biográficos

"En la fecha del comienzo del reinado de Teudis no hay verdadera discrepancia. Dahn la colocó ya en diciembre de 531; Fita, en los últimos días de diciembre. Es exacto que hubo de ser después del 4-XII-1531 y antes del 20-II-532, como dice Zeumer; y como Amalarico murió en 531, es, desde luego lo normal que se aproxime a la fecha que señala Fita. Tal vez entre el 5 y el 18 de diciembre. Teudis no era visigodo. Alto funcionario de Teodorico en España, su relación con Amalarico era tan estrecha, que Jordanes le llama tutor eodem regno; frase que interpretada por algunos erróneamente, ha hecho suponer que Teudis fuese tutor de Amalarico.

Teudis había casado con una opulentísima hispano romana. Procopio transmite noticias sobre las extensas propiedades agrarias de esta española y sobre el número de colonos y clientes que podía poner en armas, noticias que no están testimoniadas por ninguna otra fuente. Teudis fue rey por elección, según los principios constitucionales visigóticos de la época. Así consta por el testimonio de San Isidoro y de Gregorio de Tours. En el orden político militar encontramos en el reinado de Teudis dos hechos interesantes: sus contiendas contra los francos invasores de las regiones del norte de España y su expedición al África, tan desdichadamente concluida en Ceuta.

Guerras de francos y visigodos

Como la cronología de las campañas de los francos no es la misma en todas las fuentes las diferencias se reflejan en los autores modernos. parece que en los comienzos del reinado de Teudis, en el año 532, los francos atacaron la Narbonense y ocuparon Béziers. En realidad esta campaña no debe unirse a la posterior, que una tiene amplitud mucho mayor: la ocupación de Béziers es una manifestación de la constante incertidumbre e intranquilidad en las fronteras.

De la segunda campaña verdaderamente importante, Jordanes dice bien poco. Los datos más exactos provienen de la Chronica Caesaraugustana, según la cual en el año 541 los reyes de los francos, en número de cinco, que habían entrado en las Españas por Pamplona, llegaron a Zaragoza, y después de haber tenido sitiada esta ciudad durante cuarenta y nueve días, saquearon casi toda la Tarraconense.

Por la época y por las noticias de Gregorio de Tours sabemos que los reyes francos fueron Clotario y Childeberto I. No está claro por qué hablan la Chronica Caesaraugustana y San Isidoro de cinco reyes francos. Gregorio de Tours nos da noticias de la defensa heroica de Zaragoza: según él no fue ocupada, y los francos levantaron el cerco al saber que los zaragozanos poseían como fuente de protección la túnica de San Vicente. El relato de Gregorio está lleno de colorido. A partir de este punto, la coincidencia es menor. San Isidoro dice «que enviado el duque Teudisclo –en nuestras historias Teudiselo–, combatió enérgicamente hasta obligar a los francos a salir de su reino por la acción de las armas, no por negociaciones».

Desde luego, puede ser verdadera la noticia del levantamiento voluntario del sitio se Zaragoza que nos da el Turonense, y aun tal vez este quisiese ocultar con sus últimas palabras las derrotas posteriores de los francos, no dándonos noticia sino de su vuelta a las Galias cargados de botín. Que estas derrotas existieron es bien claro, no solo por el texto transcrito de San Isidoro, sino de acuerdo con este otro: Gothi duce Theudisclo obicius Spaniae interclusis francorum exercitum multa cum admiratione victoriae postraverunt.

Debemos, sin embargo tener muy presente que la narración de San Isidoro supera en datos a su fuente, lo cual es muy sospechoso. Lo que en ningún texto vemos es la pretendida existencia de dos ejércitos, uno mandado por Teudis y otro por Teudisclo, de que Fernández Guerra nos habla. Según San Isidoro, finalmente, los francos no fueron aniquilados en absoluto, porque Teudisclo los dejó un día y una noche de plazo para que pudiesen huir, movido por los ruegos y por la gran cantidad de dinero que le fue ofrecida. Parece un tanto improbable este hecho, sobre todo si se tiene en cuenta que, según el propio San Isidoro, aquellos francos que en dicho espacio de tiempo no lograron pasar los Pirineos, la restante turba de infelices, cetera infelicium turba, cayó bajo la espada goda.

Expedición a África

La expedición de Teudis a África, de que nos dan noticia Procopio y San Isidoro, debió hacerse después del año 542. Es posible que esta expedición la dispusiera Teudis para ayudar al ostrogodo Ildibaldo, aunque no deja de ser extraña esta ayuda indirecta, y peregrino el parentesco que, según Procopio, unía a Teudis con Ildibaldo.

Bastan para explicar esta expedición los motivos públicos, el interés de los visigodos: Ceuta era, con Tánger, la ciudad indicada para toda posible invasión de nuestra península desde África. Teudis hubo de temer a Belisario, el gran general bizantino, que podía intentar hacer con su reino lo que hizo con el de los vándalos, y para prevenirse quiso poseer Ceuta. Desembarcando en África, tomó, en efecto, la ciudad, que después de su regreso fue de nuevo ocupada por tropas imperiales. los visigodos la sitiaron otra vez; pero sorprendidos un domingo, mientras se dedicaban a las prácticas religiosas –y este sería el segundo caso en la historia visigoda–, fueron aniquilados mediante un ataque combinado de fuerzas imperiales del interior y el exterior de la ciudad. Tal fue el desastroso fin de la expedición al África.

Don Aureliano Fernández Guerra sostuvo, apoyándose en unas constituciones de Justiniano del año 534, que la campaña de Teudis se hizo entre los años 531 y 533; pero es indudable que la conquista de Ceuta por los visigodos y su pérdida son posteriores a tales constituciones. En ellas se alude a la organización dada por los bizantinos a la ciudad cuando Belisario se la arrebató a los vándalos, no después de recobrada de las manos de los visigodos. La aventurada hipótesis del señor Fernández Guerra y su anticipación de la campaña africana es una consecuencia de su empeño de ponerla en relación con el término de la expedición franca a la Tarraconense.

Actividad legislativa

Del reinado de Teudis se tienen también algunas noticias que ya no pertenecen al orden político militar. San Isidoro, por ejemplo, acentúa intensamente la libertad concedida a la Iglesia católica. Si en este reinado no pudo celebrarse el concilio II de Toledo, de fecha discutida, pero que debe corresponder a l reinado de Amalarico, ya se reuniera en el año 527, ya en el 531, si debieron celebrarse los de Valencia y Lérida del año 546 A Teudis se debe también una importantísima ley, conservada en el códice Palimpsesto de la catedral de León, que contiene fragmentos de la Lex romana visigothorum. La ley se dio el 24 de noviembre del 546, y es famosa por muchos motivos.

El asesinato de Teudis

No es fácil determinar el alcance de otra noticia de la Chronica Caesaraugustana. De ella parece inducirse la existencia, al principio del reinado de un grupo visigótico contrario a Teudis. El rey castigaría, acaso, a sus principales enemigos, y con aquellos castigos tal vez pueda relacionarse el asesinato de Teudis, y su petición, recogida por San Isidoro, de que no se condenase a su asesino, ya que él mismo tenía merecido aquel fin. Teudis murió en efecto, asesinado en su palacio por un sujeto que se había fingido loco; pero la fecha de su muerte es incierta, ya que los textos no la determinan y nos dan plazos diversos de duración de su reinado.

Reino desde luego, Teudis más de dieciséis años. Alguna fuente dice que diecisiete años, seis meses y trece días. Según el cómputo de Zeumer, lo más pronto que este rey pudo morir fue el 5-VI-548; pero no está tampoco exactamente determinada la fecha del comienzo de su reinado, la de la muerte pudiera tal vez retrasarse cuantos días se retrase, con relación al 5-XII-531, el de la elección real."

R.B.: TORRES LÓPEZ, Manuel, Historia de España Menéndez Pidal, Editada por Espasa Calpe; 1994, Tomo III págs. 91-94

  1. Teudiselo
    1. Predecesor: Teudis
    2. Sucesor: Agila
    3. Títulos: Rey visigodo 548-549

"También Theudisclo, Teudisclo o Teudigiselo. Rey visigodo (548-549), muerto en Sevilla en 549. Sucesor de Teudis (531-548), era, como él, de origen ostrogodo. General del ejército visigodo bajo el reinado de su predecesor, destacó en su enfrentamiento victorioso, en 541, contra los francos, que atacaron la Tarraconenese descendiendo por el valle del Ebro. Teudiselo fue elegido rey de los godos en junio de 548 con el apoyo de la nobleza visigoda que había sido partidaria de Teudis.

Su breve reinado estuvo marcado por una inestabilidad creciente que el monarca no fue capaz de controlar; en este sentido intentó reforzar sin éxito el dominio visigodo de la Bética y la autoridad real sobre la aristocracia. Víctima de un asesinato orquestado por magnates conjurados durante un banquete en su palacio en Sevilla, San Isidoro lo acusó de seguir una conducta libidinosa y justificó su muerte como castigo por los actos de adulterio con hijas de nobles de la corte. Sucedido por el visigodo Agila (549-555), su muerte marcó el final del llamado –intermedio ostrogodo–."

R.B.: Varios colaboradores, Gran Enciclopedia de España, Ed. Enciclopedia de España, 2003, tomo XXI pág. 10185

  1. Agila
    1. Predecesor: Teudiselo
    2. Sucesor: Atanagildo
    3. Títulos: Rey visigodo 549-555

"Agila sucedió en la realeza goda a Teudiselo en los últimos días de diciembre del 549. Desgraciadamente nada se sabe de sus orígenes familiares, ni siquiera resulta factible una hipótesis verosímil a partir del análisis onomástico, como en el caso de otros reyes godos. Elegido rey por las ciudades del Norte no fue reconocido por las de Mediodía y las arbitrariedades de su gobierno llegaron a disgustar a los mismos que lo apoyaban. Tuvo gran anhelo en lograr la unidad, pero con el error de querer imponerla con el signo arriano, con lo cual se enfrentó con los obispos, con la aristocracia y con el pueblo hispano romano, que contaban con el apoyo del poderoso imperio católico de Bizancio en un momento expansionista, y con el reino suevo de Galicia, convertido al catolicismo.

En la Bética, en el Mediodía de la Península Ibérica se añoraba el Imperio cuyas conquistas llegaban hasta Ceuta; ciudades y vastas comarcas de la región vivían en un estado de virtual independencia, con respecto a la autoridad visigoda. A los pocos meses de su promoción Agila tuvo que enfrentarse a la rebelión en la antigua colonia Patricia –Córdoba–. Aunque tradicionalmente se ha interpretado este conflicto en términos de oposición a la dominación goda, lo cierto es que existen decisivos testimonios epigráficos del establecimiento de nobles godos en las tierras cordobesas desde antes del 507, de tal forma que en la rebelión e intento autonomista de Córdoba sería posible ver la confluencia de los intereses entra la poderosa aristocracia municipal hispano romana y la nobleza visigoda allí asentada frente a la continuidad de la prepotencia Amalo-ostrogoda.

En todo caso lo seguro es que el ataque de Agila a Córdoba se saldó con una sonora derrota. En la lucha murió el mismo hijo del rey y todo el tesoro real con las insignias propias de la realeza visigoda, cayó en poder del enemigo. Esto último suponía la imposibilidad de reclutar nuevas tropas en un futuro inmediato. Además la derrota se interpretó en términos religiosos por la profanación del gran santuario cordobés, el sepulcro de San Acisclo, situado extramuros de la ciudad.

La derrota cordobesa supuso también para Agila la pérdida del rico valle bético, teniendo que marchar a refugiarse a la más segura Mérida, territorio donde estarían enraizados nobles godos más seguramente vinculados a su persona y causa, algunos de ellos tal vez pertenecientes al linaje Amalo, como sería el caso de la familia del posterior rey Witerico (603-610). Y lo cierto es que al poco en Sevilla se proclamó rey Atanagildo, miembro de una nobilísima familia goda, muy posiblemente perteneciente al linaje de los Baltos.

¿Representaba la usurpación de Atanagildo la respuesta de la vieja nobleza visigoda a los últimos tiempos de prepotencia Amala y ostrogoda? No es posible dar una respuesta segura. Aunque favorece el sí la alianza del usurpador con los bizantinos que se encontraban inmersos en una lucha a muerte en Italia con unos reyes ostrogodos vinculados familiarmente al rey Teudis (fallecido en 548) y, por tanto, a esa aristocracia guerrera ostrogoda dominante en España. Esa alianza fue el resultado de que Atanagildo se sentía aislado en la Bética y en el terreno militar claramente inferior a su oponente; lo que concuerda muy bien con la idea de la prepotencia ostrogoda en el ejército godo en la Península desde el desastre de Vouillé (507).

Justiniano no perdió la nueva ocasión de sacar provecho de las disputas intestinas de un reino germánico occidental, como había hecho antes en el caso de los vándalos y los ostrogodos. El ejército expedicionario imperial, llegado a la Península a finales de la primavera de 552 impidió la derrota de Atanagildo, a pesar de lo limitado de sus fuerzas. Es más, con su ayuda Atanagildo desbarató una ofensiva de Agila sobre Sevilla. En los años sucesivos la situación se mantuvo estable, lo que no dejaba de ser beneficioso a la larga para los intereses finales bizantinos, que no podían ser otros que acabar con la existencia del reino del reino visigodo.

Por eso, cuando con la guerra de Italia prácticamente acabada arribara a la Península un nuevo cuerpo expedicionario bizantino a principios de 555 decidido a establecer un dominio permanente, los nobles godos que apoyaban a Agila optaron por asesinarle en su cuartel general de Mérida en marzo de 555, reconociendo como rey a Atanagildo y uniendo sus fuerzas en la común lucha contra los imperiales."

R.B.: GARCÍA MORENO, Luis Agustín, Diccionario Biográfico Español, Real Academia de la Historia, 2010, Vol. I, págs. 540-541

  1. Atanagildo
    1. Predecesor: Agila
    2. Sucesor: Liuba
    3. Títulos: Rey visigodo 555-567

"Atanagildo pertenecía a uno de los linajes más famosos y nobles de los godos: al de los Baltos. Un conclusión bastante segura que se basa no solo en el análisis onomástico, sino también en la especial relación que unía a su célebre hija Bruniquilda con la nobleza del segundo reino burgundio, y al hecho de que la familia fuera poseedora del gran missoriun de plata regalado por el patricio Ecio al balto Turismundo por su valeroso combate en la batalla de los Campos Cataláunicos en 451.

Este glorioso abolengo, íntimamente ligado a la etnogénesis visigoda, fue determinante en su promoción real. Esta última se produjo en 549 encabezando una rebelión en Sevilla contra el rey Agila, que había sido gravemente derrotado frente a los muros de Córdoba, y se vio obligado a huir a Mérida. Las circunstancias de la rebelión y el análisis de los apoyos que contaban ambos rivales apuntan a la idea de que Atanagildo representaba la reacción de la humillada y capitidisminuida vieja nobleza visigoda tras casi medio siglo de predominio de miembros de la aristocracia militar ostrogoda y del linaje Amalo, también de origen ostrogodo.

Ello explica que Atanagildo, aunque lograra expulsar del rico valle a Agila, fuera incapaz de realizar una ofensiva sobre su antagonista. Encerrado en la Bética e incomunicado del resto de los territorios del reino godo, Atanagildo se vio obligado a solicitar muy pronto la ayuda de los bizantinos, que se encontraban precisamente inmersos en una lucha a muerte en Italia con unos reyes ostrogodos vinculados familiarmente al rey Teudis (fallecido en 548) y, por tanto, a esa aristocracia guerrera ostrogoda dominante en España.

Justiniano no perdió la nueva ocasión de sacar provecho de las disputas intestinas de un reino germánico occidental, como había hecho antes en el caso de los vándalos y los ostrogodos. El ejército expedicionario imperial, llegado a la Península a finales de la primavera de 552 impidió la derrota de Atanagildo, a pesar de lo limitado de sus fuerzas. Es más, con su ayuda Atanagildo desbarató una ofensiva de Agila sobre Sevilla. En los años sucesivos la situación se mantuvo estable, lo que no dejaba de ser beneficioso a la larga para los intereses finales bizantinos, que no podían ser otros que acabar con la existencia del reino del reino visigodo.

Por eso, cuando con la guerra en Italia prácticamente acabada arribó a la Península un nuevo cuerpo expedicionario bizantino a principios de 555 decidido a establecer un dominio permanente, los nobles godos que apoyaban a Agila optaron por asesinarle en su cuartel general de Mérida en marzo de 555, reconociendo como rey a Atanagildo y uniendo sus fuerzas en la común lucha contra los imperiales. Solicitada la ayuda imperial en unas circunstancias tan angustiosas para Atanagildo no cabe duda de que el godo debió realizar importantes concesiones territoriales al Imperio.

La eliminación de Agila y la unión de su ejército con el de Atanagildo permitió a este una cierta reacción. Sin duda esta habría impedido la aniquilación del reino godo hispano y que la reconquista bizantina se extendiera por la mayor parte de la Península. Mediante la firma posiblemente de un segundo tratado entre Atanagildo y el Imperio, la provincia bizantina de Spania debió quedar limitada a una franja costera que iba desde unos kilómetros al sur de Valencia hasta las proximidades de Cádiz, aunque por el interior no alcanzaría tierras allende los sistemas Sub-béticos y Penibéticos.

En todo caso, el rico valle del Guadalquivir quedaba para el reino godo y Constantinopla debía reconocer a este una plena soberanía e independencia. Sin embargo, la misma vecindad bizantina había favorecido movimientos independentistas por parte de las poderosas aristocracias municipales de la Bética, para lo que podían contar también con la alianza de algunos notables godos asentados en las mismas. Tan solo poco antes de su muerte, Atanagildo logró recuperar Sevilla, cuna de su rebelión. Pero sus varios intentos de dominar Córdoba habían terminado en un fracaso.

Los años de guerra entre Agila y Atanagildo y los esfuerzos de este por recuperar el valle del Guadalquivir pasaron su recibo a la monarquía goda. Las emisiones monetarias muestran las graves dificultades del tesoro real para sufragar el esfuerzo bélico, lo que fue aprovechado por poderes locales existentes en la periferia del dominio godo para independizarse: en las zonas fronterizas con el reino suevo, en el alto Ebro y en la Rioja. Si Atanagildo tenía que concentrar sus fuerzas, además del sur con la frontera bizantina, el otro foco de atención tenía que ser Septimania. Esta región era asiento de linajes de la antigua nobleza visigoda y de la nueva aristocracia militar ostrogoda, y además estaba la inquietante frontera con los ambiciosos reyes merovingios.

Para asegurar la neutralidad de los mismos concertó una alianza matrimonial (política que había sido funesta en tiempos de Amalarico) con los reyes de Neustria y Austrasia, que también debía incluir una alianza defensiva contra cualquier agresión imperial futura, interesada entonces en la Provenza y en le Nórico. En virtud de dichos pactos, las princesas godas, Bruniquilda y Geleswintha, hijas de Atanagildo y su esposa Goswintha, contrajeron matrimonio con Sigiberto de Austrasia y Chilperico de Neustria, respectivamente. A la primera el destino le tenía preparado un papel de primer orden en la política franca, e incluso goda, hasta su trágica muerte en 613.

La segunda desgraciadamente sucumbió pronto a la inquina de la ambiciosa Fredegunda, concubina de Chilperico. Geleswintha moría al poco envenenada, no sin antes haber exigido el divorcio y la devolución de la dote. El incidente enfriaría un tanto la relación godo-franca, impidiendo otros enlaces matrimoniales ya proyectados entre ambas casas reales. Atanagildo falleció en Toledo a mediados de 567. Es el primer monarca godo del que consta su muerte en la ciudad del Tajo. Sin duda se habría debido a él la definitiva consolidación de la misma como capital de la monarquía goda, una elección estratégica a la vista de los principales centros de poder godo: Sevilla, Mérida, Barcelona y Narbona."

R.B.: GARCÍA MORENO, Luis Agustín, Diccionario Biográfico Español, Real Academia de la Historia, 2010, Vol. VI, págs. 24-25

  1. Liuba 567-573
    1. Predecesor: Atanagildo
    2. Sucesor: Leovigildo
    3. Títulos: Rey visigodo 567-573

"Es absolutamente cierto que Liuba reinaba ya el 15-VII-568; pero los modernos investigadores, al tratar de determinar las fechas de la muerte de Atanagildo y de la elección de Liuba, llegan a conclusiones que, además de no ser satisfactorias, se contradicen. El padre Fita y K. Zeumer afirman que el reinado de Liva debió comenzar hacia el mes de noviembre del año 567. Admitida la duración mínima del interregno –cinco meses–, Atanagildo tendría que haber muerto en el mes de junio, y a esto se oponen las noticias referentes a la boda de la segunda de sus hijas, que no debió salir de Toledo sino en esa fecha precisamente y viviendo su padre.

Sin negar la posibilidad de las conclusiones de aquellos reputados historiadores, hemos de convenir en que la fecha que antes se daba como inicial del reinado de Liuba, los primeros meses del año 568, no presenta estas dificultades. El reinado de Liuba no puede estudiarse sino conjuntamente con el de Leovigildo, al cual transmitió la mayor parte de su reino en el año segundo de su reinado, en fecha comprendida entre el 2-VIII-568 y el 1-VIII-569 según una inscripción. Liuba hubo de morir hacia marzo de 572, y desde entonces Leovigildo fue rey único. Los motivos que Liuba tuviera para encomendar a Leovigildo el gobierno de una parte de su reino no aparecen claros, pero puede pensarse que, dadas las dificultades que para su elección hubo, tal vez desease, entregando a Leovigildo el gobierno de ciertas regiones hispanas, evitar posibles sublevaciones o acabar con ellas.

Si tenemos, además, en cuenta que Liuba –que era dux en Narbona– había sido, en realidad, elegido solo por los visigodos de la Narbonenese, según parece deducirse de los textos de San Isidoro, comprenderemos que asociase al trono a su hermano, que tal vez era dux de Toledo y que debía gozar de gran ascendiente en estas regiones, ascendiente que luego aumentó casándose con la viuda de Atanagildo, Goswintha. No creemos exacto que Liuba y Leovigildo fuesen hermanos de aquel rey, pese al pretendido testimonio de un códice de la Turonense; el rápido matrimonio de Leovigildo con la viuda de Atanagildo dice algo en contra del pretendido parentesco De Liuba I no sabemos sino su muerte en el año 573. Con ella volvieron a unirse ambos reinos visigóticos."

R.B.: TORRES LÓPEZ, Manuel, Historia de España Menéndez Pidal, Editada por Espasa Calpe; 1994, Tomo III págs. 97-98

  1. Leovigildo
    1. Predecesor: Liuba
    2. Sucesor: Recaredo
    3. Títulos: Rey visigodo 572-586
    4. Comprende:
    1. Datos Biográficos
    2. Reorganización del Estado
    3. Problemas familiares
    4. Campañas de Leovigildo
    5. Campañas contra los bizantinos
    6. Campañas contra los suevos
    7. La sublevación levantina
    8. Fundación de Recópolis
    9. Católicos y arrianos
    10. Hermenegildo e Ingunda
    11. Bautizo de Hermenegildo
    12. Concilio arriano en 580
    13. Guerra contra Hermenegildo
    14. Sitio de Sevilla
    15. Prisión y muerte de Hermenegildo
    16. Sublevación de la Septimania
    17. La muerte de Leovigildo
Datos Biográficos

"De Liuba I no sabemos sino su muerte en el año 573. Con ella volvieron a unirse ambos reinos visigóticos. De Leovigildo en cambio, desde el primer momento de su reinado tenemos muchas noticias. No en vano es un rey de una capacidad militar y política extraordinarias, bien que el problema religioso, cada vez más agudo en su reino, le llevase a cometer actos que –prescindiendo ahora de todo otro aspecto– fueron, políticamente desacertados. Los problemas con que Leovigildo tropieza en su reinado son diversos.

Problemas de tipo político exterior eran las amenazas constantes de los imperiales, suevos y francos –todos católicos–, que ponían en grave y continuo peligro al reino. La enemiga íntima de esos tres pueblos para el Estado visigótico explican muchos hechos del reinado de Leovigildo. Hondamente relacionada con estos problemas internacionales estaba la situación interior del reino.

La nobleza se oponía siempre a las reformas políticas de Leovigildo, que tendían a afianzar la monarquía. Los católicos, ante la hostilidad del rey arriano, lograron buscar en el exterior, en los pueblos enemigos vecinos, las fuerzas que necesitaban para oponerlas contra su rey. Como hemos de ver, el choque de Leovigildo contra estas fuerzas llegó a manifestarse en el seno de la propia familia real. Antes de exponer los hechos que pudiéramos llamar político militares–guerras exteriores, sublevaciones– queremos indicar ligeramente las características más importantes del reinado de Leovigildo en el orden político, administrativo y religioso que explican, en los más de los casos, aquellos hechos o son consecuencia de ellos.

Reorganización del Estado

Ningún rey, quizá, entre los visigodos hizo una labor más amplia en el orden a la reorganización política y administrativa del Estado. Como nos dice San Isidoro –y además se puede comprobar por las monedas–, Leovigildo revistió a la realeza de atributos externos que diferenciaban al rey de los demás súbditos: fue el primero que se presentó ante los suyos en el solio y cubierto de vestidura real; pues antes de él, hábito y asiento eran comunes para el pueblo y para los reyes. Otra novedad constitucional, implantada por Leovigildo en el año 573 y encaminada a transformar radicalmente las bases del Estado visigótico, fue la colocación al frente del gobierno de importantes regiones del Estado de sus dos hijos, Hermenegildo y Recaredo. No se trata, a nuestro juicio, de una verdadera división del reino.

El término consortes, aplicado por Juan Biclarense a los dos hijos del rey en relación con su padre, no puede tomarse como una prueba definitiva de la división; y Gregorio de Tours, cuando habla de ella, se dejó llevar de las ideas francas de división del reino entre los hijos. Los hechos prueban, por el contrario, que lo que Leovigildo hizo fue entregar el gobierno de algunas regiones a sus hijos, siguiendo él de rey único, y con el solo ánimo de asegurarles la sucesión.

Esta es precisamente la novedad que la nobleza y el pueblo godo habían de ver con desagrado, y el motivo, sin duda, de sublevaciones que dieron pie a que Leovigildo manifestara su energía. Pero de las consecuencias de hecho trataremos luego. Al mismo orden político administrativo corresponde la reforma del código de Eurico. Sin que creamos que en virtud de tal reforma el Derecho visigótico se convirtió en territorial, es indudable que la obra legislativa de Leovigildo debió ser muy importante.

El código que saliese de sus manos no se ha conservado en códice alguno; pero de él proceden las leyes que en el Liber iudiciorum, de Recesvinto, y en sus posteriores redacciones llevan el título Antiqua, conociéndose, además, las orientaciones de su labor legislativa por estas palabras de San Isidoro: «En materia legislativa –dice– corrigió todo aquello que parecía no haber quedado bien establecido por Eurico, agregando muchas leyes omitidas y quitando bastantes superfluas». Consignemos ya, y como fuerte nota para juzgar la obra de reorganización interior de Leovigildo, su constante energía, cruel y desproporcionada muchas veces, ante toda sublevación que se opusiera a cualquiera de sus reformas. Junto a esta energía hay que colocar su actitud ante el catolicismo, ya que, en realidad, los problemas confesionales y los políticos se enlazan mutuamente.

Este enlace aparece más claro en las palabras de San Isidoro que en las de Gregorio de Tours; pero en uno y otro la cruel energía de Leovigildo se destaca igualmente. Condenados a muerte o destierro los hombres más nobles y los más poderosos de su reino, todavía usó otro medio para debilitar a la nobleza: privarla de sus bienes. Al mismo fin político se encaminaban otras medidas, como el destierro de los obispos católicos y en general, la persecución de los católicos, mientras se facilitaba su conversión al arrianismo. Es cierto que las confiscaciones pudieron contribuir a mejorar la situación del tesoro público, al mismo tiempo que quitaban poder a los nobles al privarles de sus propiedades; pero la política financiera de Leovigildo tuvo otros recurso, como la regalía de la moneda, usada por este rey en gran cuantía.

Problemas familiares

El último punto que hemos de examinar, antes de tratar de las sublevaciones que la dura energía de Leovigildo y las diferencias religiosas explican suficientemente, es el de los problemas familiares de la corte. Se ha dicho que Leovigildo casó en primer matrimonio con Teodosia, hija de Severiano, gobernador de la Cartaginense, y hermana de San Leandro, Fulgencio, Isidoro de Sevilla y Santa Florentina. Tedosia era católica. Pero también se ha pretendido que la primera mujer de Leovigildo fue la franca Rigunta, hija de Chilperico y Fredegunda de Rouen, afirmación que nace de confundir a Leovigildo con Recaredo, que, en efecto, se desposó –aunque no llegó a casarse– con esta hija de los dichos reyes francos.

Creemos lo más probable aceptar la ascendencia romano bizantina de la primera mujer de Leovigildo y, sobre todo, debemos acentuar su catolicismo. Muerta esta reina, casó Leovigildo, como ya dijimos, con la viuda de Atanagildo, Goswintha, que era fervientemente arriana. Los hijos del primer matrimonio, Hermenegildo y Recaredo, eran igualmente arrianos cuando fueron puestos al frente de las regiones del sur y del norte del reino visigodo –sin duda como duces– y para asegurarles la sucesión al trono, según dijimos.

Campañas de Leovigildo

Teniendo ya estas ideas de la situación política exterior y de la marcha de la política interna en el reinado de Leovigildo, podemos exponer los hechos político militares, guerras exteriores, sublevaciones ocurridas en su reinado. Fernández Guerra describe de forma minuciosa una campaña emprendida ya en el año 569 por Leovigildo. Toda la fuente documental es el siguiente texto de la Biclarense: ... et provinciam Gothorum quae iam pro rebellione diversorun fuerat diminuta, mirabiliter ad pristinos revocat terminos; es decir: devolvió sus antiguos límites a la provincia de los godos que, por diversas rebeliones, había quedado disminuida.

Con solo esta palabras y una moneda con la inscripción Clarissimi Liuvigildi Regis tras la figura de una Nike, toscamente acuñada, Fernández Guerra da detalles de la ocupación de Zamora, Palencia y León, y de la valerosa defensa de Astorga, que permaneció fiel a los suevos –desde luego en 572 era sueva aquella ciudad– «sin dar oído a las sugestiones y ofertas del astuto, sagaz y hábil rey visigótico». Y tiene todavía datos suficientes para asegurar que los generales de Leovigildo continúan en el 570 esta campaña, avanzando hasta Salamanca, Alba de Tormes y la sierra de Gredos. Sorprende la capacidad de reconstitución. El breve texto del Bliclarense puede no referirse concretamente a una campaña por los Campi Gothorum, como Fernández Guerra pretende. El término provincia Gothorum alude al reino entero, y la noticia no es más que una síntesis del reinado de Leovigildo.

Campañas contra los bizantinos

La primera campaña de Leovigildo conocida por fuentes con algún detalle es la realizada en el año 570 contra algunas regiones bizantinas. El rey visigodo hizo una incursión por las regiones de la Bastetania y Málaga, y después de devastarlas se retiró a Toledo. En el año 571 se consiguió ya una conquista duradera, la de Medina Sidonia, ocupada de noche por la traición de un tal Framidáneo. Son, sin duda, caprichosos datos, como el de un golpe de esforzados jinetes, que Fernández Guerra aporta en este punto. Al año siguiente –572– ocupa Leovigildo la ciudad de Córdoba, según parece, por sorpresa. El éxito de Córdoba fue fecundo; tras él vino la ocupación de otros muchos poblados y castillos, previo el exterminio de una multitud de campesinos.

Campañas contra los suevos

La actual Andalucía occidental quedaba totalmente recuperada después de esta campaña, y Leovigildo pudo encaminar sus esfuerzos hacia la región noroeste de su reino, en donde igualmente los vecinos fronterizos, los suevos, alentaban un estado de sublevación y aun ocupaban regiones que excedían de su frontera. Así, por ejemplo, nos dice el Biclarense que Miro, en el año 572, hizo la guerra a los rucones. Como dijimos al estudiar la historia política sueva, no se ha llegado a determinar con exactitud la localización de este pueblo. La opinión de Fernández Guerra –los sitúa en las localidades de Trujillo, La Conquista, Logrosán y Guadalupe, junto al río Ruecas– nos parece más caprichosa que la tesis cántabra, ya que, al menos, sabemos que el año 574 había invasores en Cantabria –así nos lo dice el Biclarense–, invasores que no podían ser otros sino los suevos, quienes, tal vez, habiendo sometido a los rucones, se habían establecido allí.

La misma tesis de Fernández Guerra, que creemos exacta, sobre la región de Sabaria, mencionada por el Biclarense y San Isidoro, es un argumento contra su tesis de los rucones, ya que, si los suevos ocupaban la Lusitania hasta regiones tan inferiores, lógicamente a ellas hubiese atacado Leovigildo y no a la región de Sabaria, astur y limítrofe con las regiones galaica, vetona y vaccea. Lo exacto es que, como nos dice el Biclarense, en el 573 el rey Leovigildo entró por la Sabaria, devastó a los sappos y sujetó a su dominio aquella provincia. Pudo así realizar en el año 574 la expedición a Cantabria y conseguir su dominación después de conquistar Amaya. Así nos lo dice el Biclarense, y la Vida de San Millán, por San Braulio, agrega el detalle del anuncio profético de la destrucción de aquella ciudad atribuido a aquel santo.

Fernández Guerra, teniendo como fuentes algunas monedas, nos da noticia –por las inscripciones Salvania iustus, Elvora iustus y Toledo iustus– de la conquista y castigo de aquella ciudad (¿Saldaña?) y de las sublevaciones que las confiscaciones y otros atropellos provocaron en Ibor y Toledo, sublevaciones que hubieron de ser duramente castigadas por Leovigildo. También ahora induce excesivamente de tan minúsculos monumentos tan imaginativo historiador. En el año 575 acude Leovigildo a la región de los montes Aregenses, hacia Orense, en la frontera sueva, en donde un noble provincial, Aspidio, sin duda católico y posiblemente auxiliado por los suevos, se había sublevado. El éxito de Leovigildo fue completo, Como nos testimonia el Biclarense y San Isidoro, pues se apodera de la ciudad de Aregia, centro de la sublevación, y aun de la persona, familia y bienes de Aspidio, que fueron conducidos a Toledo.

En relación tal vez con esta posible ayuda de los suevos a Aspidio, emprende Leovigildo en el año 576 una campaña contra aquellos, campaña que terminó, como ya dijimos al estudiar la historia política sueva, por la petición de paz por parte de Miro, el rey suevo, y su concesión por Leovigildo, aunque por escaso tiempo, como nos dice el Biclarense. Quizá el motivo de la cesación de la campaña contra los suevos fuera sencillamente la necesidad en que se vio Leovigildo de acudir a la región de Orospeda –sin duda situada en el sur de la Península y que Aureliano Fernández Guerra concreta a las comarcas de Guadix y Baza–, en donde igualmente había prendido fuego la rebelión, acaso con ayuda bizantina. Después de la expedición de Leovigildo, de éxito tan afortunado, se produjo una nueva sublevación de aldeanos, que igualmente sofocó. Todos estos sucesos corresponden al año 577.

La sublevación levantina

Basándose en algunas monedas, Fernández Guerra expone con gran lujo de detalles una sublevación posterior en todo el litoral levantino y la Narbonense, así como también la magnanimidad de Leovigildo perdonando a los sublevados, quienes, sin duda, respondían a instigaciones de los bizantinos, que con su armada recorrieron las costas desde «el Júcar hasta el golfo de Lyón». Estas sublevaciones debieron ocurrir en el año 578. No creemos suficientemente probadas las afirmaciones de Fernández Guerra, que parte de la tesis, no exacta, de considerar necesariamente conmemorativas las monedas visigodas.

Fundación de Recópolis

Del año 578 solo se halla en el Biclarense una noticia, pero muy interesante: el rey Leovigildo, exterminados por doquier los tiranos y vencidos los invasores de España, consiguió la tranquilidad para él y para su pueblo y fundó entonces en la Celtiberia una ciudad que, del nombre de su hijo, Recaredo, se llamó Recópolis, a la cual dotó de admirables murallas y servicios, concediendo privilegios a los pobladores. La fundación de esta nueva ciudad por Leovigildo y Recaredo está también atestiguada por monedas que la conmemoran.

Católicos y arrianos

Con esto llegamos al más discutido y estudiado de los hechos del reinado de Leovigildo: a la cuestión político religiosa, que llegó a producir una fuerte persecución de los católicos, unida a la campaña de la Bética en los años 573 y 584, y, finalmente, a la prisión y muerte violenta del hijo del rey, Hermenegildo, venerado en la Iglesia católica como mártir desde el s. XVI y al que ya con anterioridad en España –al menos en algunos lugares– se daba culto. Nosotros no hemos de tratar aquí sino los hechos históricos, tal cual las fuentes nos los presentan, y desde luego creemos que la exposición escueta de ellos en nada afecta al juicio que la Iglesia católica dio sobre Hermenegildo al incluirlo en su santoral. Hermenegildo mereció con su martirio el honor católico de los altares, y este es el único aspecto teológico de un hecho que al historiador corresponde examinar en sus antecedentes.

Hermenegilgo e Ingunda

Hermenegildo, uno de los dos hijos de Leovigildo en su primer matrimonio, casó en 579 con Ingunda, princesa católica, hija de Sigiberto de Austrasia y de Brunequilda, hija esta de Atanagildo y Goswintha, el rey visigodo antecesor de Leovigildo. Ya se ha dicho que no creemos que estos dos reyes fuesen hermanos. Según Gregorio de Tours, en el mismo año 579 Goswintha, la viuda de Atanagildo, ahora segunda mujer de Leovigildo, que era, como se ve, abuela de Ingunda, quiso que su nieta se convirtiese al arrianismo. Y aun agrega el Turonense una viva descripción de los malos tratos de que la reina visigoda hacía víctima a su nieta por resistirse a sus deseos. Ni el Biclarense, en cambio, ni San Isidoro nos dan noticia de tales tratos, ni siquiera del intento de convertir a Ingunda al arrianismo. En el mimo año de la boda de Hermenegildo e Ingunda, Leovigildo entregó a su hijo, según el Biclarense, parte «de la provincia para reinar».

El rey dio a los príncipes, según el Turonense, una de las ciudades para que, residiendo en ellas, reinasen. De los textos hasta aquí examinados queremos hacer resaltar varios puntos. Debe tenerse en cuenta que la diversidad de religión no fue obstáculo para que Leovigildo aceptase la boda de Ingunda con Hermenegildo. Solo Goswintha deseó, según parece, que Ingunda se convirtiese al arrianismo. No hay motivo suficiente para afirmar que la decisión de Leovigildo enviando a Hermenegildo a una provincia tuviese como base desavenencias familiares. Creemos que hay datos bastantes para afirmar que la provincia a la que se le envió fue la Bética, y ello prueba que Leovigildo no podía presumir la posibilidad de la futura discordia religiosa, ya que en ese caso el envío a tal región, próxima a la ocupada por los bizantinos, hubiese sido políticamente imprudente.

Por último, creemos que puede decirse que el afirmar que la provincia que fue entregada a Hermenegildo lo fue a título distinto de su mero gobierno es desconocer en absoluto todas la bases de la organización política visigoda. No hay novedad alguna en la actitud de Leovigildo ni en el cargo de Hermenegildo, que hubo de quedar en situación análoga a la que ya desde 573, según el Biclarense, tenían tanto él como Recaredo.

Bautizo de Hermenegildo

Apenas llegados a Sevilla, los príncipes Ingunda y Hermenegildo, este se convierte y bautiza con el nombre de Juan. Se tienen pruebas documentales de la intervención de San Leandro en la conversión, aunque las fuentes narrativas hablan solo de los esfuerzos de Ingunda. Ni San Isidoro ni el Biclarense consignan la conversión de Hermenegildo. Tal acontecimiento fue para Leovigildo algo más que una cuestión religiosa y familiar; constituía un fuerte problema político. Nos confesamos absolutamente incapaces para descifrar el problema que la conversión de Hermenegildo al catolicismo representa en relación con la inmediata sublevación que, según el Biclarense, la sigue, y que también se deduce del texto de Gregorio de Tours.

El texto del Biclarense nos da toda la luz deseada. «Cuando Leovigildo –dice– reinaba en tranquila paz con sus enemigos, una rija doméstica vino a perturbar la seguridad, pues en aquel año su hijo Hermenegildo, asumiendo la tiranía a excitación de la reina Goswintha, declarada la rebelión, se encierra en la ciudad de Sevilla y hace que otras ciudades y castillos se subleven contra su padre. Por esta causa en la provincia de España se produjeron, tanto para godos como para romanos, calamidades mayores que las que podían venirles de sus enemigos.» Nos atrevemos a presentar como incuestionable que, en la ideología político religiosa de aquel tiempo, Hermenegildo, al convertirse a la Iglesia católica, se puso políticamente frente a su padre, y creemos que la historia no logrará nunca aclarar hasta que punto los motivos políticos pudieron influir en la conversión del luego mártir.

El texto del Biclarense no debe interpretarse como prueba de que ya en el 579 hubo abierta sublevación por parte de Hermenegildo. Leyendo dicho texto con atención se ve que es una especie de noticia general de aquella gravísima sublevación que se va desarrollando en años posteriores. Muy probablemente Leovigildo deseo encontrar un medio para que la conversión de su hijo –tengamos siempre presente que el Biclarense, al hablarnos en dicho texto de la sublevación de Hermenegildo, ni siquiera dice que fuese originada por su conversión al catolicismo– o quedase reducida a un mero accidente, o, a ser posible, perdiese su carácter político. Según Gregorio de Tours, Leovigildo llamó a Toledo a Hermenegildo, a lo que este contestó: Nim ibo qia infensus est mihi, pro eo quod sim catholicus (No iré; me está vedado porque soy católico).

Se plantea así el problema político religioso. Lo que también aprendemos del Turonenese es que Hermenegildo dio rápidamente carácter político a su actitud, aliándose con los bizantinos. Si a esto unimos que ni el Biclarense ni San Isidoro nos digan que Hermenegildo fue católico, ni pongan en relación su actitud con la persecución de los católicos, veremos que no es posible despojar de ese carácter político a los sucesos posteriores. El siguiente texto llamado por Mommsen Historia seudoisidoriana acentúa el carácter político de la conversión, al explicar de este modo la sublevación de Hermenegildo: quae [Ingunda] marito persuatit, ut in patrem insurgens pro co regnaret (Ingunda persuadió a su marido de que, levantándose contra su padre, reinaría él.

Concilio arriano en 580

Continuando paso a paso con los hechos nos encontramos con que el el año 580 Leovigildo reúne un concilio de los obispos arrianos para facilitar la solución del problema de la diferencia de religión, haciendo desaparecer la necesidad del bautismo arriano para los católicos. El paso –como nos dice la Biclarense y San Isidoro– fue fecundo, pues incluso algún obispo reconoció así el arrianismo.

Afirmar como suele hacerse, que este concilio o conciliábulo es manifestación de la persecución sistemática de los católicos después de la conversión de Hermenegildo, es dejarse llevar por la fantasía. Tampoco deben exagerarse los datos que se tienen sobre persecuciones de católicos por Leovigildo. Los textos de Gregorio de Tours y San Isidoro registran persecuciones de tipo general, que no creemos deben ponerse en relación con la actitud de Hermenegildo, ya que, en realidad, se refieren a hechos diversos del reinado de Leovigildo, anteriores y posteriores al año 579. Pocos detalles son conocidos sobre ese trato a los católicos en casos concretos.

Constantemente se aduce la actitud del rey frente a Masona de Mérida. Limitémonos a repetir que la persecución, como se la llama, fue concretamente en el año 580; que el trato a los católicos pendió durante todo el reinado de su conducta política y estuvo en relación con los sucesos de esa naturaleza, y que la actitud del rey frente a ellos se puede considerar como actitud frente a los provinciales o hispano romanos, sus enemigos políticos.

Como decimos, no creemos que Leovigildo desde el 579 viese en la conversión de su hijo –si es que en ese año se realizó– un problema político que hubiera de resolverse por las armas. La prueba la tenemos no solo en actos del rey, como la reunión del concilio citado en el año 580 –y aun antes, tal vez, si el Turonense narra con exactitud, llamando a su hijo–, sino también en el año 581, cuando después de realizar una afortunada campaña contra los vascones, funda la ciudad de Victoriaco (Vitoria).

Guerra contra Hermenegildo

Ya dijimos que Hermenegildo se había aliado con los bizantinos, según nos cuenta el Turonense; y no solo por este acto complicó su actitud en forma política, sino que hasta se consideró y proclamó rey. Así nos lo dice alguna inscripción –que al mismo tiempo nos da noticia de que ya la campaña estaba iniciada contra él– y también alguna moneda. Sería muy interesante poder determinar con exactitud la fecha en que Hermenegildo comenzó a titularse rey; desgraciadamente, la lápida aludida no dice sino que fue escrita el año segundo del reinado de Hermenegildo. Fernández Guerra supone que comenzó aquel corto reinado en el 582.

Reunido, como nos dice el Biclarense, un fuerte ejército, Leovigildo marcha en primer lugar sobre la Lusitania, en donde debió, según conjetura Fernández Guerra, atacar no solo a Mérida, sino también, y por dos veces, a Cáceres, logrando apoderarse de ambas ciudades, que habían tomado el partido de Hermenegildo. En ese mismo mes, y en aquella misma región, recibió Leovigildo a los embajadores del rey franco Chilperico, que acudieron a él para informarse de la cantidad con que había de ser dotada Rigunta, la hija del rey franco, con motivo de su boda con Recaredo. Estos embajadores refirieron al Turonense, según el mismo nos dice, el fervor de los católicos de España y los ardides de Leovigildo para atraérselos.

Sitio de Sevilla

Dominada la situación en la Lusitania, se dirige Leovigildo a Sevilla, centro de la misma y residencia de Hermenegildo, habiendo logrado previamente que los bizantinos se desentiendan de su anterior alianza con su hijo. Según el Turonense, para lograr esta defección dio Leovigildo una fuerte suma. En el año 583 ataca el rey a Sevilla misma, comenzando por conquistar el castillo de Osset (San Juan de Aznalfarache), en donde un grupo de partidarios de Hermenegildo hizo tenaz resistencia.

No solo conquista Leovigildo a Osset, sino que logra que Miro, el rey suevo aliado de Hermenegildo, sin haber cumplido sus propósitos de protección militar a los sublevados, se retirase a Galicia, acaso porque ya se sentía enfermo. Sitia Leovigildo estrechamente Sevilla, empleando, como nos dice el Biclarense, toda suerte de medios para debilitar a los sitiados: el hambre, el hierro, el cierre del Betis y aun restaurando las murallas de la antigua Itálica. En el año 584, después de que Hermenegildo había puesto en salvo a su mujer –que murió camino de Constantinopla– y a su hijo Atanagildo, de quien luego se oye hablar en la corte bizantina, y sin haber recibido auxilios de fuera, la ciudad fue conquistada.

Muerte de Hermenegildo

Hermenegildo pudo refugiarse en Córdoba, que igualmente fue tomada por Leovigildo. En esta ocasión es apresado Hermenegildo, y después de haberse acogido al asilo de una iglesia, y a su perdón, de que nos habla el Turonense, fue enviado desterrado a Valencia. El mismo Gregorio de Tours adorna el hecho con especiosos detalles. En Tarragona, y en el año 585, según el Biclarense, –y no creemos que se hayan dado aun argumentos suficientes para rectificar su categórica afirmación–, fue muerto Hermenegildo por Sisberto.

No esperamos que se sepa nunca con fijeza hasta que punto Leovigildo autorizó u ordenó por sí mismo la muerte de su hijo; desde luego, el relato de San Gregorio el Magno en sus Dialogi (lib. III, cap. 31) no es como fuente histórica irreprochable, bien que tiene alto valor. Según el Biclarense, el matador fue sencillamente Sisberto, a quien dos años después se hacía sufrir muerte torpísima. En el mismo 585, mientras ocurría la muerte de Hermenegildo, Leovigildo acababa definitivamente con el agonizante reino suevo, según vimos antes, después de devastar Galaecia y vencer en Oporto y Braga.

A partir de este año, la región sueva fue una provincia visigótica. El intento de restauración, ya en aquel mismo año, dirigido por Malarico, fue sofocado por los generales de Leovigildo, que apresaron al usurpador y lo entregaron al rey visigodo.

Sublevación de la Septimania

Una nueva y última campaña había de registrarse aún en el reinado de Leovigildo, y fue en la Septimania contra Gotrán de Borgoña y Childeberto de Metz, los cuales, tal vez en parte para vengar la muerte de Hermenegildo, como dice el Turonense, pero sin duda por enemistad con Chilperico –cuya hija estaba desposada con Recaredo, el otro hijo de Leovigildo– y por el deseo de apoderarse de la Septimania, se alzaron en armas contra el reino visigodo.

El Turonense y Juan de Bíclaro nos dan noticias de la guerra, y claramente, de los deseos de expansión territorial de ambos monarcas. La armada franca fracasó en un intento de desembarco en las costas suevas con ánimo quizá de alentar la sublevación del recién sometido reino. En la propia Septimania –Narbonense– la campaña fue dirigida por Recaredo, quien no solo logró recuperar el territorio visigótico, ocupando de nuevo Carcasona y haciendo que los invasores se retirasen de Nimes, sino que llegó a penetrar en territorio franco, tomando algunos castillos fronterizos.

En Carcasona, los mismos habitantes de la ciudad, indignados ante la conducta durísima de los francos, contribuyen a su expulsión. La información del Turonense es minuciosa, y por ella se sabe que Leovigildo había intentado previamente, por medios pacíficos, evitar la campaña. Habiendo conseguido Recaredo librar completamente de enemigos la Septimania, regresa a España. La repetición de la campaña no es clara. Acaso se trata de una misma y continuada lucha en el curso de 585 y en los comienzos del 586. Todavía, antes de la muerte de Leovigildo, ocurrió un hecho importante para el Estado visigótico: fue la muerte de Chilperico de París, padre de la prometida de Recaredo, y la ruptura del proyecto de matrimonio, sin duda a consecuencia de dicha muerte.

La muerte de Leovigildo

En Toledo, en el 586, murió Leovigildo, uno de los más grandes reyes visigóticos, militar y políticamente considerado, aunque la historia le juzga de formas bien diversas, a través de las tinieblas del asunto desdichado de su hijo Hermenegildo. Se pretende por algunos, apoyándose en un texto de San Gregorio Magno, «que antes de morir reconoció como fe verdadera la católica y que encomendó a San Leandro inculcase a Recaredo los principios de la fe apostólica». Aunque los textos suelen atribuir a Leovigildo dieciocho años exactos de reinado, es lo más seguro que no los llenase, ya que Recaredo hubo de comenzar a reinar entre el 13 de abril y el ocho de mayo del 586."

R.B.: TORRES LÓPEZ, Manuel, Historia de España Menéndez Pidal, Editada por Espasa Calpe; 1994, Tomo III págs. 98-106

  1. Recaredo
    1. Predecesor: Leovigildo
    2. Sucesor: Liuba II
    3. Títulos: Rey visigodo 586-601
    4. Comprende:
    1. Datos Biográficos
    2. Recaredo se convierte al catolicismo
    3. Sublevaciones arrianas
    4. Paces de Recaredo y Gontrán
    5. Conspiraciones palatinas
Datos Biográficos

"Recaredo I, hijo de Leovigildo y ya adiestrado en los asuntos de gobierno, ocupa el trono entre los días 24-IV y 7-V del año 586. Ni el Biclarense ni San Isidoro nos hablan de elección; pero tampoco emplean términos que permitan afirmar una verdadera sucesión hereditaria. Juan Biclarense, después de consignar la muerte de Leovigildo, añade: «y su hijo Recaredo tranquilamente recoge el cetro de su reino, cum tranquilitate regni eius sumit spectra». San Isidoro dice simplemente que muerto Leovigildo, fue coronado Recaredo, y hace de él este retrato moral: «Estaba dotado de un gran respeto a la religión y era muy distinto de su padre en las costumbres; pues, mientras el padre era irreligioso y muy inclinado a la guerra, este era piadoso por la fe y preclaro por la paz; aquel dilataba su imperio por el empleo de las armas; este elevó a la misma nación con los trofeos de la fe».

Conversión de Recaredo

Hecho fundamental en el reinado de Recaredo fue su conversión al catolicismo, que inició un nuevo periodo en la historia visigótica, ya que no debe en modo alguno considerarse como mera conversión personal, sino como manifestación y, al propio tiempo, medio de intensificar la conversión de todo su pueblo. Como motivos de esta conversión pueden considerarse varios y diversos.

Sin duda, fue fundamental la convicción íntima; esta debió iniciarse por los consejos de su madre, acentuarse con los sucesos a que la conversión de su hermano dio lugar y completarse tal vez por la intervención de San Leandro, con o sin la recomendación final de Leovigildo de que San Gregorio nos habla. Sin duda influyó en esta conversión –como en las muy frecuentes de entonces– la actitud bien distinta del episcopado arriano –vacilante, falto de convicción dogmática, permitiendo en todo momento concesiones contra su doctrina– y la del episcopado católico, firme y decidida.

Como motivos que en otro orden hubieron de influir en el ánimo de Recaredo, se puede citar la visión de los progresos del catolicismo en el mismo pueblo godo; la conveniencia de acabar con la discrepancia religiosa, conveniencia aumentada desde la incorporación al Estado visigótico de los suevos, de nuevo católicos; la fuerza extraordinaria que tenía el clero católico, fuerza que, naturalmente, el rey desearía atraerse como un excelente medio para robustecer su autoridad frente a la nobleza laica, y, finalmente, el interés que había de tener en hacer desaparecer, con la conversión, las bases de posibles apoyos del interior a los intereses de bizantinos y francos, contrarios a los visigodos. Tal vez deba todavía establecerse alguna relación entre el bautismo del rey y el desgraciado fin de Sisberto, el autor de la muerte de Hermenegildo.

En el décimo mes de su reinado se convirtió Recaredo y, según nos dice el Biclarense, se celebró una especie de asamblea de obispos católicos y arrianos, que dio como resultado la conversión paulatina de clero y pueblo. En este mismo año de 587, y como consecuencia de la conversión, hubo de restituir Recaredo a sus antiguos propietarios los bienes que en tiempos de sus predecesores habían pasado al fisco; y para conmemorarla, funda y dota iglesias y monasterios. No solo nos lo dice el Biclarense, sino que se han conservado algunas lápidas que lo testimonian. El complemento y la manifestación solemne de las conversiones del rey y de los obispos, así como de la masa del pueblo, fue el Concilio III de Toledo, que celebró si primera sesión el 8-V-589, y fue saludado por el romano pontífice, San Gregorio, con el más grande de los júbilos.

Sublevaciones arrianas

La conversión no pudo pasar sin producir descontento en algunos sectores arrianos, poniéndose aquél de manifiesto mediante sublevaciones, que, a veces –la de Septimania, sin duda, y acaso la de Uldida y Goswintha–, encontraron el apoyo de Gontrán, el único rey franco que en modo alguno quería concertar con Recaredo una alianza, pese a los esfuerzos hechos por el rey visigodo enviando embajadores que no fueron recibidos por aquel rey, como nos dice el Turonense. Gontrán se escudaba siempre en la venganza de Ingunda, la mujer de Hermenegildo, pero, en realidad, todo su odio contra los visigodos tenía como base el deseo de adquirir la Septimania.

De las sublevaciones arrianas nos dan noticia, además del Biclarense, Gregorio de Tours y las Vidas de los Padres Emeritenses. Sin duda, influyó en las sublevaciones la conducta de Recaredo devolviendo a los obispos católicos perseguidos sus iglesias y patrimonios, lo que hizo que ciertos obispos arrianos tomasen una actitud de rebeldía, tal vez, en algún caso, también con bases religiosas. Sin embargo, hemos de ver en dichas sublevaciones –tres en total– maniobras políticas. La primera y más peligrosa de estas sublevaciones fue la de la Septimania, que estalló en el año 587, y cuyas figuras principales son el obispo arriano Ataloco y los condes Granista y Vildigerno.

Las noticias que de ella tenemos proceden de Gregorio de Tours y de las Vidas de los Padres Emeritenses. Los francos de Gontrán debieron ayudar a los sublevados, y a este hecho se refiere la primera campaña victoriosa que contra aquellos, mandados por Desiderio, sostuvieron los duces de Recaredo. La segunda sublevación fue la de la Lusitania, dirigida por el obispo Sunna y los condes Segga y Witerico. Fue descubierta por Masona y rápidamente vencida. Sunna fue desterrado, y a Segga se le amputaron las manos y se le desterró también, enviándole a la Galecia. No vemos claramente que esta sublevación, aunque así lo afirma Dahn, se realizase en connivencia con los suevos, descontentos de su sumisión.

Paces de Recaredo y Gontrán

En el mismo año 589, en que se preparaba la tercera de estas sublevaciones, se dio también el nuevo ataque de Gontrán a la Septimania, con poderosísimo ejército al mando de Boso. Los francos, que habían establecido su campamento frente a Carcasona, fueron sorprendidos por los godos al mando del dux de Lusitania, Claudio, y sufrieron una terrible derrota. Todavía los godos persiguieron a los francos, que huían desordenadamente, y su derrota se convirtió en desastre. Este fue el último intento de Gontrán contra los visigodos.

Después llegó a autorizar los desposorios de Recaredo con Clodosvinta, hija de Childeberto, cuya mano pidiera una embajada goda, en 587, en prenda de paz, aunque no debieron celebrarse, pues el rey visigodo casó por ese tiempo, o muy poco antes, con una goda de nombre Bada. El triunfo de los visigodos, el mayor que jamás alcanzaran por el número de enemigos muertos o prisioneros y por la importancia del botín, se atribuyó por los cronistas a un milagro obrado por Dios para premiar a Recaredo y a su pueblo por su conversión a la ortodoxia.

Conspiraciones palatinas

En el año 590 se descubrió una conspiración en la que estaban comprometidos muchos palatinos, dirigidos por uno de ellos, el dux de la provincia Argimundo, quien de tal modo ambicionaba alzarse con el poder, que si hubiera podido, no hubiera vacilado en quitar al rey con el reino la vida. Descubiertas sus maquinaciones, el dux fue detenido, y él y sus compañeros de intriga sufrieron la última pena. Al que pretendía la corona se ele impusieron castigos terribles: se le arrancaron las declaraciones aplicándole hierros candentes; después se le decalvó y, con la diestra amputada, se le paseó por Toledo montado en un asno, para escarmiento de los criados que se ensoberbecen ante sus señores.

Desgraciadamente, termina aquí el cronicón del abad de Bíclaro. San Isidoro nos da, además, noticia de alguna sublevación de los vascones, dominada con éxito, y de encuentros con los bizantinos en la Bética. Para regular la situación de éstos acudió Recaredo al papa San Gregorio, a fin de que le diese a conocer el convenio por el cual se establecieron en el litoral; y al saber que se había perdido su texto, insistió para que se formulara uno nuevo que hiciese imposible a los bizantinos penetrar en el interior.

Se cruzaron con este motivo cartas entre el pontífice y el rey. No nos testimonian las crónicas otros hechos del reinado de Recaredo. De su labor legislativa se conservan en el Liber iudiciorum algunas leyes. Pero debe hacerse resaltar la importancia de su reinado desde el punto de vista de la intensificación de la unión nacional y de la romanización o bizantinización del Estado. Murió Recaredo en Toledo, de muerte natural, en diciembre del año 601. San Isidoro hace de él un brillante panegírico en su Historia de los godos."

R.B.: TORRES LÓPEZ, Manuel, Historia de España Menéndez Pidal, Editada por Espasa Calpe; 1994, Tomo III págs. 109-112

  1. Liuba II
    1. Predecesor: Recaredo
    2. Sucesor: Witerico
    3. Títulos: Rey visigodo 601-603

"Liuva II. Flavius Liuba Rex. ¡Toledo?, 584-?, VIII-603 post. Rey de España (601-603). Por parte de su padre, el rey Recaredo (fallecido en 601), Liuva pertenecía a un muy noble linaje godo, posiblemente de origen ostrogodo y tal vez emparentado lejanamente nada menos que la gran estirpe de los Amalos. Sin embargo, su madre era de origen humilde, tal vez servil. El que al recién nacido se le asignara un nombre propio del acervo onomástico de la familia de su ilustre padre sería un indicio de reconocimiento de su paternidad y hasta legitimidad conforma a la estructura de parentesco germánicas, aunque no precisamente de la Iglesia. Ello hace suponer que su humilde madre en realidad había contraído con Recaredo un lazo de unión propio de una Freidlehe de tradición germánica, que, además de reconocer a la mujer bastantes derechos, convertía a los hijos nacidos de su unión en aptos para heredar la fortuna y posición paternas.

El nacimiento de Luiva II se produjo en 584, año en cuyo mes de septiembre la princesa Rigunta, hija mayor del Merovingio Chilperico de Neustria († 584) y Fredegunda, había viajado a Toledo para contraer matrimonio canónico con Recaredo, todavía corregente con su padre Leovigildo († 586), matrimonio que se había concertado varios años antes, posiblemente en el 579, pero para cuya consumación se esperó a que los dos contrayentes tuvieran la edad apropiada.

Lo que podía ser indicio de que la ignota madre de Liuva II fue el primer amor en la vida de Recaredo, explicando así el interés que demostraría su padre por él. El rey Recaredo celebró como mínimo otros dos matrimonios canónicos, además del señalado con la princesa Rigunta. Sin embargo, todos ellos o fueron de muy corta relación, muriendo sus madres posiblemente de parto, o en todo caso no debieron engendrar hijos varones. Pues de otra forma no se entendería fácilmente la facilidad con la que el joven Liuva II pudo suceder en el trono a su padre.

Máxime si se tiene en cuenta que la tercera de las esposas legítimas de Recaredo, la reina Baddo, muy probablemente pertenecía a una noble y poderosa estirpe goda, cuya alianza el soberano había considerado muy necesaria para el decisivo giro en su política que significó su conversión al catolicismo. Muerto en diciembre de 601 Recaredo, su hijo Liuva II le sucedió en el trono. Sin embargo, la falta de una familia materna noble e influyente y su misma juventud no constituían el mejor bagaje para mantener unido a su persona el complicado juego de alianzas que su padre y abuelo paterno habían sabido entretejer entre la nobleza goda. Y lo cierto es que al año y medio de reinado, en el verano del 603 (entre el 12 de junio y el 6 o 7 de julio), un miembro de la alta nobleza, Witerico, encabezó una incruenta rebelión que contaría con el apoyo de gran parte de los nobles unidos a la casa de Recaredo.

Este hecho permitiría respetar en un primer momento la vida del joven Liuva, al que tan solo se le inhabilitó para reinar cortándole la mano derecha. Sin embargo, el temor al surgimiento de una oposición nobiliaria, especialmente en tierras septimanas donde la familia de Leovigildo tenía sus raíces, que pudiera utilizar al derrocado para legitimar una nueva rebelión, aconsejó al resuelto Witerico mandar asesinar al desgraciado Liuva."

R.B.: GARCÍA MORENO, Luis Agustín, Diccionario Biográfico Español, Real Academia de la Historia, 2012, Vol. XXIX, págs. 704-705

  1. Witerico 603-610
    1. Predecesor: Liuba II
    2. Sucesor: Gundemaro
    3. Títulos: Rey visigodo 603-610

"Rey de los visigodos (603-610). Todavía bajo el reinado de Recaredo I (596-601), participó en una sublevación arriana que tuvo lugar en la Lusitania (588), donde un grupo de nobles opuestos al rey, aglutinado en trono al obispo arriano de Mérida, Sunna, asesinó al dux de Lusitania, Claudio, y al obispo Massona. La rebelión no triunfó por falta de apoyo y, precisamente por la delación del propio Witerico. En diciembre de 601 subió al trono un hijo natural de Recaredo, Liuba II (601-603). En verano de 603, Witerico encabezó una sublevación, al parecer incruenta, que acabó con la captura de Liuba II, su destronamiento y la proclamación como rey de Witerico.

Este mutiló a su predecesor cortándole la mano derecha con el fin de impedirle volver a reinar, pero poco después, tal vez temiendo intentos de restauración del monarca derrocado por sectores aristocráticos que le eran contrarios, ordenó su ejecución. Witerico desarrolló entonces una enérgica política tanto exterior como interior. En cuanto a la primera, encabezó diversas ofensivas militares, algunas con éxito, contra los bizantinos del sur peninsular; en este sentido cabe mencionar la toma de Saguntia (Cádiz), situada en la importante calzada de Sevilla a Baesippo (Barbate, Cádiz), inscrita en la campaña por el control del Estrecho de Gibraltar.

También intentó reforzar frente a los merovingios la frontera septentrional de la Septimania, objetivo el que se inscribe el proyecto de enlace matrimonial de su hija, Ermenberga, con Teodorico II de Borgoña (595-613; en Austrasia desde 612). La oposición de la poderosa reina madre Bruniquilda –bisabuela, a la sazón, de Teodorico II y de Teodoberto II de Austrasia (595-612)– regente del reino merovingio tras la muerte de su esposo (575), Sigeberto I de Austrasia (561-575), y de su hijo (595) Childeberto II de Austrasia (575-595; en Borgoña desde 592), desbarató el enlace.

Witerico intentó entonces orquestar una gran alianza con Clotario II de Neustria (584-629), el citado Teodoberto II de Austrasia y el lombardo Agilulfo (590-616), aunque tampoco fue más allá de un proyecto. En cuanto a política interior, llevó a cabo una inmensa afirmación del poder real y de su familia frente a la nobleza, especialmente la de la Narbonense, lo que al final redundaría en la conspiración que le llevó a la muerte. En abril de 610, un complot tramado en el seno de su propia facción (no por miembros de la facción proclive al catolicismo, como venía proponiendo la historiografía clásica) desembocó en su asesinato durante un banquete en la ciudad de Toledo. Le sucedió Gundemaro (610-612), elegido probablemente entre los nobles que urdieron en complot."

R.B.: Varios colaboradores, Gran Enciclopedia de España, Ed. Enciclopedia de España, 2003, tomo XXII pág. 10927

  1. Gundemaro
    1. Predecesor: Witerico
    2. Sucesor: Sisebuto
    3. Títulos: Rey visigodo 610-612

"Rey visigodo (610-612) tras su elección por los que habían protagonizado la conjuración (IV-610) contra su antecesor. Se desconocen los datos previos de su acceso al trono y es probable que perteneciera a la facción nobiliaria que anteriormente había apoyado el gobierno de Witerico. La administración central siguió regentada por la misma oligarquía nobiliaria que había detentado el poder hasta entonces, como el conde Bulgar, que fue nombrado Dux de la Narbonense. Hacia 910 tuvo que hacer frente –al igual que su antecesor–, a las continuas incursiones de cántabros y vascones en las tierras de los valles del Duero y del Ebro.

Su política exterior –continuación de la iniciada por su antecesor– se centró en el acercamiento a Austrasia, a través del mantenimiento de su amistad con Teodoberto II de Austrasia (595-612) y con el rey franco Clotario II de Neustria (584-629) y de su hostilidad hacia la regente de Austrasia Brunequilda o Brunhilda y hacia el rey de Borgoña (595-613) y de Austrasia (612-613) Teodorico II, y su oposición al Imperio bizantino. Ante la posibilidad de una acción coordinada entre borgoñones y ávaros en Austrasia, concedió una ayuda monetaria a Teodoberto II a través de Bulgar.

En el transcurso de estas negociaciones Teodorico II apresó a algunos enviados visigodos, ante lo cual Bulgar se apoderó de Iuviniacum (Juvignac) y Cornelianum (Corneilhan), ciudades que habían sido entregadas por Recaredo I (586-601) a Brunequilda y que el dux retuvo hasta que los nobles godos fueron puestos en libertad. Con el propósito de poner fin a la presencia bizantina en la Península y aprovechando la crisis interna que padecía Bizancio debido a los avances de la tropas del rey persa Cosroes II (590-628) en la península de Anatolia, organizó una expedición contra una importante plaza en poder bizantino, que, según algunos hallazgos, podría localizarse en Levante.

Al contrario que su antecesor mostró un gran interés por los problemas de la Iglesia y para poner solución a los mismos y reafirmar la primacía de Toledo como sede metropolitana el 23-X-610 convocó un concilio de los obispos de la provincia cartaginense de Toledo, primero celebrado desde el reinado de Recaredo I y que contó con la asistencia de quince de ellos. Los obispos publicaron una declaración en la que se establencía que Toledo era la metrópoli de toda la provincia Cartaginense, que fue corroborada por el monarca mediante decreto (decretum Gundemari).

En esta declaración conjunta, que posiblemente fue redactada por San Isidoro de Sevilla, fue ratificada la indivisibilidad de la provincia Cartaginense, en la que primaba como sede metropolitana la ciudad de Toledo. Mientras que la primera declaración se oponía a la creación –por Leovigildo (568-586) o Recaredo I– de la provincia de Carpetania sobre los territorios de la Cartaginense, con lo que se reconocía la dominación bizantina de la Península, la segunda sostenía la preeminencia de Toledo, visigoda, sobre Cartagena, bizantina, es decir, se reafirmaba que el dominio de Bizancio era temporal y que carecía de derecho histórico. Su política interior se caracterizó por una limitación de los Cartaginense. Favoreció a la aristocracia fundiaria, lo que le permitió concluir el reinado de forma pacífica. Murió en Toledo en febrero o marzo de 612. A su muerte le sucedió Sisebuto."

R.B.: Varios colaboradores, Gran Enciclopedia de España, Ed. Enciclopedia de España, 2003, tomo X pág. 4979

  1. Sisebuto
    1. Predecesor: Gundemaro
    2. Sucesor: Recaredo II
    3. Títulos: Rey visigodo 612-621

"Sucede por elección legal a Gundemaro en el año 612. Fue el primer rey germano, siglo y medio antes que Carlomagno, que promovió la cultura entre su pueblo, alentando uno de tantos efímeros renacimientos que se vislumbran a lo largo de la Edad Media. Por primera vez, esta cultura tiene ya un sentido claramente español, aún cuando su principal adalid, San Isidoro, fuese de la estirpe goda. San Isidoro, que en 599 sucede en la silla hispalense a su hermano San Leandro, es el esplendor de su siglo, que con razón se ha llamado época isidoriana. San Isidoro es el creador de una cultura de fuerte carácter nacional, que prevalece a través de las vicisitudes de la dominación musulmana y de la Reconquista.

El reinado de Sisebuto quedó configurado por las características de la época isidoriana, es decir, auge de la cultura oficial en versión romanizante, persecución del arrianismo y protección para la iglesia católica. Fue un hombre culto y erudito, versado en letras latinas, amante de las ciencias y autor de una obra hagiográfica, Vida de San Desiderio del Astronomicon, poema de sesenta hexámetros, dedicado a la incidencia de los astros en el hombre. A estas cualidades intelectuales se le unían otras de carácter moral: el temor de Dios, el espíritu misericordioso y el temple de ánimo.

Prosiguió el rey la expansión territorial iniciada con Leovigildo, basada en el principio de la unidad; venció a los bizantinos (imperiales), obligándolos a una paz que reducía las posesiones bizantinas en la península a los Algarves (616), mostrando en esta guerra tal clemencia que no solo cuidó esmeradamente a los enemigos heridos, sino que puso en libertad a los prisioneros, pagando el rescate de su propio peculio. El emperador Heraclio parece que puso como condición, para firmar esta paz, que se expulsase de España a los judíos, movido, de un lado, por el hecho de haber éstos comprado a Cosroes 80.000 cautivos cristianos, a los que degollaron sin piedad, y de otra a una predicción que le habían hecho de que sería destronado y arruinado por el imperio de una nación errante y circuncisa.

En 616 Sisebuto no ordenó la expulsión sino de los que no se convirtieron al cristianismo en el plazo de un año, por lo que se convirtieron 90.000, siendo los restantes severamente perseguidos (se promulgaron una serie de leyes que castigaban con azotes, mutilación y confiscación de bienes, a los judíos no conversos). San Isidoro y el IV Concilio Toledano criticaron duramente estas medidas legislativas, y estas, desgraciadamente se volvieron contra los intereses del reino visigodo. Los judíos, convertidos o no, se hicieron enemigos de los Godos, y cuando el reino fue atacado por los árabes, prestaron gustosos su apoyo a los invasores. Es de tener en cuenta que los judíos debían de constituir ya por entonces en España un elemento de discordia y de desunión.

El emperador Adriano, tras la segunda Guerra Judía (132-135), hizo transportar a España 50.000 familias judías, llegando a ser los hebreos centenares de miles en tiempo de los godos. Muchos judíos se vieron obligados a huir al reino de los francos. Su ejército mandado por los generales Requila y Suintila, sofocó las rebeliones de astures, rucones, pueblo de situación no bien determinada y de vascones. Se distinguió por su generosidad con los vencidos. El rey interesado por las cuestiones marítimas creó una escuadra y parece que restableció la dominación visigoda en algunas plazas del norte de África. Se cree que Sisebuto murió envenenado. Le sucede en el trono su hijo Recaredo II."

R.B.: BRADLEY, Enrique, Historia de los Godos, Ed. El Progreso Editorial, 1890

  1. Recaredo II
    1. Predecesor: Sisebuto
    2. Sucesor: Suintila
    3. Títulos: Rey visigodo 621-621

"Recaredo II, hijo de Sisebuto y de corta edad. Según fuentes posteriores –Lucas de Tuy–, ya con anterioridad a la muerte de Sisebuto estuvo asociado al trono dos años. San Isidoro no nos dice tal cosa, ni es posible si Recaredo era un párvulo. La única noticia que nos transmite es su muerte pocos días después de la de su padre. Otras fuentes asignan a Recaredo II tres meses de reinado. Nos parece la más exacta la noticia de San Isidoro, pues Suintila, el sucesor de Recaredo II, debió ocupar el trono ya en marzo del 621."

R.B.: TORRES LÓPEZ, Manuel, Historia de España Menéndez Pidal, Editada por Espasa Calpe; 1994, Tomo III pág. 115

  1. Suintila
    1. Predecesor: Recaredo II
    2. Sucesor: Sisenando
    3. Títulos: Rey visigodo 621-631

"Durante el reinado de Sisebuto, dirigió como general, la campaña contra los vascones y tuvo la fortuna de arrebatar a los bizantinos las últimas posiciones occidentales, con lo cual fue el primer rey godo que poseyó en su integridad la Península. Demostró su astucia política al lograr que los bizantinos, después de derrotarlos, evacuasen sus posesiones en el litoral levantino de la península, con lo cual completó la formación del estado hispano godo, ideal perseguido desde los tiempos de Leovigildo.

Suintila dio el paso decisivo en la unidad política del conjunto peninsular. Elegido a la muerte de Recaredo II, sometió a los vascones, a quienes con sus tributos y prestaciones, obligó a construir la ciudad de Oligito, actual Olite como baluarte contra las incursiones futuras de los mismos. Los monarcas visigodos, que en un principio habían adoptado el título de "reges gottorum", pasaron a llamarse "reges Hispaniae", pues su soberanía se extendía sobre todo el territorio de la antigua Hispania romana.

En un intento de convertir la monarquía en una institución hereditaria, asoció el trono a su esposa Teodora, a su hermano Geila y a su hijo Recimiro. Fue nominado con el título de Padre de los Pobres y aspiró a limitar el poder del clero y nobleza. Estos hechos, junto con algunas arbitrariedades, soliviantó a la nobleza y al alto clero, clases que se polarizaron en torno al duque de la Septimania, Sisenando, quien cerca de Zaragoza derrotó a Suintila en 631, con el apoyo de Dagoberto, rey de Borgoña y de la Neustria.

El ejercito franco godo invadió la Península y Suintila, abandonado de todos, hubo de entregarse con su hijo a la precaria clemencia del vencedor, cuya conducta aprobó por debilidad o por justicia el IV concilio de Toledo (633). Conservó la vida merced a la confesión que realizó de sus delitos y a su renuncia a la dignidad regia. Expulsado de la Península, fue excomulgado y confiscados todos sus bienes patrimoniales, según dictámenes del propio concilio."

R.B.: BRADLEY, Enrique, Historia de los Godos, Ed. El Progreso Editorial, 1890

  1. Sisenando
    1. Predecesor: Suintila
    2. Sucesor: Chintila
    3. Títulos: Rey visigodo 631-636

"Era un noble visigodo que poniéndose al frente, sin duda, de un movimiento de próceres y eclesiásticos descontentos con la política de Suintila y con su intento de hacer hereditaria la corona en su hijo Ricimero, al que había asociado al trono, consiguió derrotarle después de haber comprado el auxilio militar de los francos.

De sus hechos apenas sabemos más que la reunión el 5 de diciembre de 633, del Concilio IV toledano, en el que se acusó un predominante influjo eclesiástico en la gobernación del Estado, precio que hubo de pagar Sisenando al reconocimiento de su accesión violenta al trono y al apoyo de las altas jerarquías eclesiásticas, que decretan la exoneración de Suintila y la confiscación de sus bienes y de los de sus familiares, formulando el anatema contra el que, en adelante, conjure contra el rey, y se da a los grandes la garantía de que, en lo sucesivo, han de ser ellos, con los obispos, los que elijan al sucesor al trono.

También se aprobaron nuevas medidas persecutorias contra los judíos. Sometido al clero, y habiendo ganado con ello la fama de paciente y ortodoxo, Sisenando murió pacíficamente en Toledo el 12 de marzo de 636."

R.B.: VÁZQUEZ DE PARGA, Luis, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg, Ed. Alianza Editorial, 1979, tomo A-E pág. 669

  1. Chintila
    1. Predecesor: Sisenando
    2. Sucesor: Tulga
    3. Títulos: Rey visigodo 636-639

"Sisenando murió en el quinto año de su reinado, siendo elegido para sucederle Chintila. Este solo fue un instrumento en manos de los obispos. Durante su reinado se reunieron los concilios V y VI de Toledo, que ratificaron los decretos del IV y se acrecentó la influencia de los obispos en el gobierno del reino. Los únicos sucesos de su reinado, dignos de recordarse, son los decretos de los concilios, referentes a que no se eligiese rey sino entre los individuos de la nobleza, y que ninguno que hubiese vestido el hábito monacal pudiera ceñir la corona. También dispuso que los monarcas antes de su coronación debían jurar no tolerar en su reino ni a herejes ni a judíos. Chintila renovó el edicto de expulsión de los judíos, el que recibió nueva confirmación en el VI Concilio de Toledo (638). Chintila murió en el año 640 y la asamblea de obispos y nobles eligió a su hijo Tulga."

R.B.: BRADLEY, Enrique, Historia de los Godos, Ed. El Progreso Editorial, 1890

  1. Tulga
    1. Predecesor: Chintila
    2. Sucesor: Chindasvinto
    3. Títulos: Rey visigodo 639-642

"Tulga pertenecía a una poderosa familia goda. Su padre fue el rey Chintila (636-639), al que sucedió en el trono. El uso del mismo formante antroponímico, su posición de poder y su comportamiento con el derrocado Tulga podrían inducir a pensar que el rey Chindasvinto (642-649) también formara parte de este mismo linaje nobiliario godo. Un linaje que descollaba por la amplitud de sus posesiones fundiarias. Con seguridad estas habían aumentado considerablemente en el reinado de Chintila. Además este último rey había procedido a repartir un gran número de posesiones entre los nobles adictos a su causa. Estas medidas –a las que trató de reforzar con la sanción eclesiástica de los concilios quinto y Sexto de Toledo, de junio de 636 y enero de 638 respectivamente– permitieron que a la muerte de Chintila la corona goda pasara a su hijo Tulga. Un hecho que tuvo lugar el 20-I-639.

El escaso carácter de Tulga, en parte también debido a tratarse todavía de un adolescente, no hizo más que aumentar las apetencias de miembros de la nobleza a suplantarle en el trono. Más de un conato de rebelión se produciría en los dos años y poco más de cuatro meses que duró el reinado de Tulga. El riesgo para la coalición nobiliaria en el poder de que triunfara alguna protagonizada por alguien ajeno a la misma, con la ayuda del exterior probablemente, propiciaría el final alzamiento del miembro más experimentado y prestigioso de aquélla: el anciano Chindasvinto que tenía a sus espaldas setenta y nueve años de edad y un turbulento pasado como partícipe en numerosas conspiraciones nobiliarias.

La pertenencia a la misma coalición nobiliaria en que se había apoyado Chintila, e incluso al mismo linaje de este, explican tanto el fácil éxito de la usurpación así como el respeto de la vida del depuesto Tulga. Inhabilitado para reinar al joven Tulga mediante la tonsura eclesiástica el 17-IV-642. la lógica permite suponer que ingresara entonces en un monasterio donde acabaría sus días en fecha y condiciones que se ignoran."

R.B.: GARCÍA MORENO, Luis Agustín, Diccionario Biográfico Español, Real Academia de la Historia, 2010, Vol XLVIII, págs. 498-499

  1. Chindasvinto
    1. Predecesor: Tulga
    2. Sucesor: Recesvinto
    3. Títulos: Rey visigodo 642-649

"Los obispos tuvieron que someterse a la usurpación de Chindasvinto. Hombre de gran energía y fuerte carácter, su subida al trono fue seguida del terror que hizo sentir al clero y a la nobleza. Por conspirar contra el trono fueron condenados a muerte 200 godos de las familias más nobles y 500 de rango inferior, siendo desterrados otros muchos cuyos bienes, o se confiscaron o de cedieron a los defensores del rey. Los jefes de la Iglesia tuvieron la suficiente cordura para doblar la cabeza frente a la tempestad, y para buscar el favor real, decretando la pena de degradación y de excomunión contra el sacerdote que prestase apoyo a cualquiera conspiración contra el trono.

Consiguió por estos medios sofocar toda oposición, dando al reino un estado de orden y tranquilidad como antes nunca había sido conocido. ¡Cosa rara! Este terrible y enérgico soberano ya tenía casi ochenta años cuando subió al trono, y después de reinar siete, los obispos, instigados sin duda por él mismo en secreto, le presentaron una solicitud para que abdicase en su hijo Recesvinto, con el fin de impedir los tumultos que pudieran tener lugar a su muerte.

Habiendo accedido gustoso Chindasvinto a aquella petición, fue coronado en el año 649 su hijo, con el consentimiento del clero y la nobleza. Se dice que el rey dimisionario empleó el resto de sus días en actos de piedad y de beneficencia, hasta que cumplidos los 90, murió en el 652. Convocó en el año 646 el séptimo concilio de Toledo. Parece que fundó el monasterio de San Román de la Hornija, en las riberas del Duero (provincia hoy de Valladolid), donde se mandó enterrar, juntamente con su compañera la reina Riciberga. El epitafio que se puso en el sepulcro de esta reina, se atribuye a San Eugenio de Toledo; pero debe de ser del rey Chindasvinto, quien también compuso otro para su mismo sepulcro.

"Si dare pro mortem gemmas licuisset, el aurum, Nula mala poterant Regum dissolvere vitam. Sed quia fors una, cuncta mortalia quassat.

R.B.: BRADLEY, Enrique, Historia de los Godos, Ed. El Progreso Editorial, 1890

  1. Recesvinto
    1. Predecesor: Chindasvinto
    2. Sucesor: Wamba
    3. Títulos: Rey visigodo 649-672

"Recesvinto heredó mucho de la energía de su padre; pero nada de su austeridad. El juramento prestado en su coronación contenía una cláusula que le obligaba a no perdonar nunca a quien conspirase contra el trono. Uno de los primeros hechos del rey, fue, a la muerte de su padre, reunir una asamblea de los nobles y del alto clero, para que esta le desligase del cumplimiento de tan cruel promesa. El concilio decidió que el juramento no era obligatorio, y por consiguiente el rey tenía la prerrogativa de perdonar. La misma asamblea aprobó otras leyes para el gobierno de la nación, y en la más importante ordena que la propiedad adquirida por un rey durante su gobierno, no pasase a su propia familia, sino al sucesor elegido por el concilio de nobles y prelados. A excepción de una pequeña rebelión de los Vascos acaudillados por un noble godo llamado Froya, que fue hecho prisionero y condenado a muerte, Recesvinto gobernó a su pueblo durante veintitrés años, con tal éxito, que el reino disfrutó inquebrantable paz.

Debe advertirse, que sofocada aquella insurrección, los Vascos fueron perdonados, y en los sucesivo aceptaron contentos el gobierno del rey godo. Pero el motivo principal que hizo memorable el reinado de Recesvinto consiste en haber hecho dar un nuevo paso a la obra comenzada por Leovigildo y Recaredo; o sea; a la fusión en un solo pueblo de Godos y Españoles. Hasta entonces estuvieron vedados por la ley los matrimonios entre ambos pueblos.

Recesvinto abolió semejante prohibición, y siguiendo las huellas de su padre, condenó con graves penas el uso de la ley romana, sustituyéndola por el código de los visigodos, que en adelante debía de ser aplicado por igual a Godos y Romanos. Murió Recesvinto en el año 672, siendo muy llorado por sus súbditos. La historia de los visigodos ni registró ni había de registrar en lo sucesivo, un reinado de veintitrés años de paz, como el que con este rey terminaba."

R.B.: BRADLEY, Enrique, Historia de los Godos, Ed. El Progreso Editorial, 1890

  1. Wamba
    1. Predecesor: Recesvinto
    2. Sucesor: Ervigio
    3. Títulos: Rey visigodo 672-680
    4. Comprende:
    1. La elección y unción del rey
    2. Levantamientos en la Vasconia
    3. El conde Paulo, antirrey
    4. Sitio y toma de Nimes
    5. Intento de desembarco musulmán
    6. Política religiosa
    7. Llamada militar de Wamba
    8. Retiro al monasterio de Pampliega
La elección y unción del rey

"Wamba era uno de los altos dignatarios de la corte de Recesvinto. Los detalles de su elección y su actitud después de ser elegido, así como la amenaza que, al fin logró inclinar su voluntad al trono, noticias todas ellas de la Historia de San Julián, son considerados por Dahn, a mi juicio exactamente, como datos que nunca faltan en los panegíricos de los reyes. Hay que tener en cuenta que la obra de San Julián es de tal tipo. Llegados a Toledo, el nuevo rey y los personajes que le otorgaron la corona –según San Julián, dieciocho días después de la elección–, Wamba fue ungido en la iglesia de San Pedro y San Pablo por el obispo Quírico. Con anterioridad Wamba había prestado el juramento acostumbrado, es decir, –como se expresa San Julián–, ex more fidem populis reddidit. La fecha de la unción fue el 19 de septiembre.

Levantamientos en la Vasconia

La tan repetida unanimidad y aun empeño de los nobles todos en entregar la corona a Wamba se nubla un poco cuando vemos que, inmediatamente después de su unción, se produce no solo un levantamiento en la Vasconia, cosa constantemente repetida, y una sublevación en la Septimania, sino también la traición de Paulo, precisamente uno de los nobles en quienes Wamba debía tener puesta su confianza. Estos sucesos se desarrollaron en la siguiente forma: Sublevados los vascones, acude Wamba a dominar el levantamiento, y aun en curso esta campaña, tiene que enviar al duque Paulo a la Septimania para reprimir la sublevación de Hilderico, que hasta se había proclamado rey.

Era Hilderico conde de Nimes, y pronto logró que secundase sus planes el obispo Gunildo de Magalona –la actual Villeneuve–le–Maguelonne (en el cantón de Frontignan, departamento de Hérault, Montpellier)–. Se opuso a su intento Aregio, el obispo de Nimes, y fue apresado por Hildeberto e internado en el reino de los francos, los que probablemente, como tantas otras veces, veían con gusto la rebelión de la Septimania y aun la fomentaban, pensando siempre en incorporarla a su reino. Hilderico nombró obispo a un abad partidario suyo llamado Ranimiro. Los rebeldes lograron dominar en absoluto una parte de la Septimania y realizar incursiones por la Galia visigótica toda.

El conde Paulo, antirrey

Ocupado, como hemos dicho, Wamba en dominar la sublevación de los vascones, envía a Paulo contra Hilderico. Paulo preparaba, según parece, una rebelión contra Wamba, y encaminándose contra Hilderico, en apariencia en nombre del rey, pero en realidad por cuenta propia, logra que Ranosindo, duque de la Tarraconense, y un gardingo llamado Hildiguiso se unan a su empresa. Al mismo tiempo se pone de acuerdo con los francos, y en su marcha logra reunir un numeroso ejército. Atravesados los Pirineos, siempre en apariencia en nombre del rey, se apoderó de Narbona, a pesar de que su obispo, Argebaudo, fiel a Wamba, enterado de los planes de Paulo, quiso cerrarle el paso.

Ocupada la ciudad, capital de la Septimania, Paulo declara nula la elección de Wamba y, a propuesta de Ranosindo, es elegido rey. Toda Septimania lo reconoce, y también gran parte de la Tarraconense hasta el Ebro. Llegadas al rey las noticias de la sublevación, reúne en Aula Regia, y a pesar de que en el primer momento la opinión de los primates regni fue la de reorganizar el ejército antes de atacar a Paulo, convencidos por el rey se dirigen contra los rebeldes –después de lograr en siete días la sumisión de los vascones–, pasando por Calahorra y Huesca y ocupando Barcelona y Gerona.

Para entrar en la Septimania divide Wamba el ejército en tres partes y penetra por tres caminos en las Galias, logrando romper la resistencia de Ranosindo y de Hildiguiso, que fueron vencidos y apresados al intentar defender el paso en algunos castillos de los Pirineos. Ocupada Puigcerdá (Julia Livia), capital de la Cerdaña, se reunieron los tres ejércitos frente a Narbona, ciudad que, defendida por Witemiro a nombre de Paulo, no pudo resistir más de tres horas de ataque, siendo apresado el propio caudillo. Se apoderan sobre la marcha de Agde y Béziers y, con ayuda naval, de Maguelonne, huyendo su obispo Gunildo a Nimes.

Sitio y toma de Nimes

En esta ciudad organiza Paulo la resistencia, en espera de los refuerzos de un poderoso ejército franco que hacia allí se dirigía por el valle del Garona. Parte del ejército visigodo, al mando de Wamba, se fortifica, retirándose de Nimes para guardar las espaldas, y la otra, al mando de cuatro duques, unos treinta mil hombres, a los que luego se unen otros diez mil mandados por Vandimerio, sitian el refugio del usurpador, es decir, del tirano según el lenguaje de la época.

Solo al segundo día de ataque logran apoderarse de la ciudad las fuerzas de Wamba. Paulo se refugia en lugar seguro, y por mediación del obispo Argebando pide al rey el perdón, concediéndole este la vida, aunque no total amnistía. La toma de Nimes coincidió con el aniversario de la elección de Wamba. Apresado el 2-IX-673, y después de entregar las armas y leérsele las disposiciones según las cuales merecía la pena de muerte, fue condenado –con los demás jefes de la rebelión– a prisión y decalvación.

Wamba dispuso la restauración de la ciudad de Nimes, fortificó sus murallas, dio a las iglesias los bienes confiscados a los sublevados, devolvió la libertad, sin rescate, a muchos francos y sajones apresados entre los rebeldes, y que eran los rehenes entregados a Paulo al celebrarse el convenio de ayuda con los francos, y se dispuso a atacar al ejército franco que, al mando del dux Lupo, había penetrado en la Septimania y devastaba la región de Béziers. Sin batalla alguna, pero dejando importante botín, repasaron los francos su frontera huyendo de un encuentro con el ejército visigodo. Wamba regresó a Toledo. Los vencidos jefes de la sublevación fueron paseados con grotescos atavíos por las calles de esta ciudad y luego encerrados en prisiones. En el año 684 recobraron su libertad.

La sublevación de la Septimania había tenido un fuerte apoyo judaico, si bien Paulo era de origen bizantino, y nada más se sabe de su ascendencia; y a consecuencia de ello, Wamba, por motivos político económicos, no religiosos, dio normas muy duras sobre el trato de los judíos en aquella región. Dahn, con manifiesto mal gusto, afirma, sin explicar el hecho, que la persecución a los judíos no podía faltar, queriendo afirmar algo históricamente insostenible. Wamba reorganizó la burocracia septimana por completo. En el Iudicium in tyrannorum perfidia promulgatum, que sigue con la Insultatio vilis storici in tyrannidem Galliae a la Historiae Wambae regis de San Julián, se dan más detalles de la sublevación que en la misma historia de Wamba, especialmente en cuanto a nombres de los sublevados.

Intento de desembarco musulmán

Incluso conocemos de la época de Wamba otro hecho político militar de especial importancia, bien que no se nos ha transmitido ni con detalles ni siquiera con garantías de absoluta veracidad, ya que solo aparece en fuentes posteriores, como la Crónica de Alfonso III. Tal vez es una gran victoria naval de la flota visigoda sobre la armada árabe, que, con poderosísimo esfuerzo y gran aparato guerrero, intentó hacer un desembarco en nuestra península. Como decimos, las fuentes más próximas no dan noticias de este hecho, y ello hace que solo con precauciones se pueda aceptar.

Sin embargo, es muy probable, pues precisamente en los últimos años de Recesvinto y primeros del reinado de Wamba habían logrado los árabes ocupar las regiones del N. de África, arrancando al Imperio occidental bizantino incluso la ciudad de Tánger. No es, por consiguiente, cosa extraña que intentasen continuar su expansión penetrando en nuestra península. Lo importante de este encuentro es que sería la primera vez que chocaban los árabes con el Estado visigodo, que había de arruinarse bajo su ímpetu pocos años más tarde. Según las fuentes posteriores a las que aludimos la victoria de Wamba debió ser completa, destruyendo doscientas sesenta naves enemigas.

Política religiosa

En este reinado se reúne el XI concilio de Toledo, meramente provincial y sin importancia desde el punto de vista de organización del Estado. La pretendida nueva distribución de los obispados, que desde luego parece no ser auténtica, en la forma, al menos, en que se nos ha transmitido, es otra cuestión discutidísima en la historia del reinado de Wamba. Su examen corresponde plenamente al capítulo dedicado a la historia de la Iglesia.

La Continuatio Hispana nos da detalles varios sobre el embellecimiento de la ciudad de Toledo ya en el año 674, y aun transcribe dos inscripciones que nos dan noticia, la una, de las obras de renovación de la ciudad bajo Wamba, y la otra, de una invocación de patrocinio, para la ciudad y sus habitantes, a los mártires toledanos. Diremos que Toledo en el curso del s. VII se había ido convirtiendo en verdadera corte, titulándose con frecuencia urbe regia.

La llamada militar de Wamba

Hemos dejado para el último punto el análisis de las leyes de Wamba que se nos han transmitido, por ser una de ellas especialmente interesante en relación con la cuestión fundamental a examinar en los postreros años del Estado visigodo: su rápida ruina bajo el poder árabe. Prescindiendo de la leyes IV, 2, 13 y VI, 5, 21, del Liber iudiciorum, cuya atribución a Wamba es discutible, y cuyo contenido de derecho privado y penal escapa ahora a nuestro propósito, así como también las dos leyes dadas el 23-XII-675, tratando de rebus manumussis eclesiarum, de que nos habla Zeumer, es de gran interés la ley IX, 2, 8 del Liber iudiciorum en su forma ervigiana.

Suele decirse que esta ley viene a representar una especie de servicio militar obligatorio. No creemos ni medianamente afortunada la expresión. En último extremo, la ley no aporta una novedad esencial a la organización militar, sino que viene a luchar contra la constante pérdida de toda disciplina y el olvido de las obligaciones de defensa del Estado. Wamba, en definitiva, no se propone establecer una obligación militar nueva, sino recordar el tradicional deber germánico del servicio militar. Esta ley no se debe poner en relación exclusivamente, como suele hacerse, con la sublevación de Paulo, sino también y fundamentalmente con el peligro de una invasión exterior y, en concreto, de los árabes, que ya habían ocupado el norte de África y tal vez preparaban el desembarco de que antes hablamos, pues no debe olvidarse que la ley es de 1-IX-673.

La novedad de incluir en las disposiciones de la ley a todos los súbditos, laicos y eclesiásticos, no debe sorprender ni tampoco considerarse en manera alguna como algo anormal y violento. Solo juzgada la ley bajo el prisma de ideas modernas pudiera parecer tal. Dahn se equivoca totalmente al ver en ella una prueba de la desaparición de los simples libres en el Estado visigótico. Sus palabras al estudiar la historia de Wamba son, a este respecto, caprichosas, y es extraordinariamente peregrino que atribuya a la ley de Wamba el haber establecido la obligación de acudir a la defensa del Estado con los siervos, salvo una décima parte que podían quedar cultivando los campos. Tal cosa no existe.

En realidad, los siervos formaban parte del ejército con anterioridad, como se prueba por la ley, que luego examinaremos, de Ervigio. Nosotros creemos que, en definitiva, la ley de Wamba no es sino fruto de la absoluta falta de espíritu público en el Estado visigótico, falta que hacía que, tanto en caso de invasiones de enemigos exteriores como de sublevaciones internas –casos ambos perfectamente diferenciados en la ley–, no acudiesen los más de los súbditos a la defensa del Estado. La ley de Wamba no quiere sino evitar, mediante penas muy estrechas, la falta de cumplimiento de las obligaciones militares, que, en realidad, existían teórica y legalmente antes de su reinado. Igualmente quiere impedir las deserciones, y viene a acentuar las obligaciones de todos y cada uno de los súbditos con relación a la seguridad del Estado.

Hemos insistido en este punto porque precisamente creemos que en esa falta de espíritu público, con olvido de los deberes de defensa del Estado, unida al carácter electivo de la monarquía y las consecuentes contiendas entre los nobles, hemos de ver la ruina del Estado visigótico al chocar con un poder militar más fuerte y más unido. Al estudiar la reforma militar de Ervigio y las disposiciones conciliares con ella relacionadas insistiremos en nuestro punto de vista sobre la caída de la monarquía visigótica.

Retiro a Pampliega

Wamba termina su reinado a consecuencia de una intriga palatina que en todas las historias se describe. Un palaciego, casi seguramente conde, llamado Ervigio, le da una bebida que le adormeció, aunque acaso los propósitos del ambicioso Ervigio fueran causar la muerte del rey. Considerado como muerto, Wamba es tonsurado y vestido de monje, según costumbre entonces existente. Vuelto el rey al conocimiento, no quiere, según parece, disputar la corona al que aspiraba a sucederle, y se retira en efecto, al convento de Pampliega, junto a Burgos. Ocurrieron estos hechos el 14-X-680."

R.B.: PÉREZ DE TUDELA Y VELASCO, Mª Isabel, Enciclopedia de Historia de España, dirigida por Miguel Artola, Ed. Alianza Editorial, 1991, tomo IV Diccionario biográfico, págs. 258-259

  1. Ervigio
    1. Predecesor: Wamba
    2. Sucesor: Egica
    3. Títulos: Rey visigodo 680-687
    4. Comprende:
    1. Datos biográficos
    2. Labor legislativa de Ervigio
    3. Politica de atracción
    4. La reforma de la ley Wamba
    5. ¿Acelera Ervigio la ruina?
Datos biográficos

"Ervigio, el principal autor de la conspiración pacífica que privó de la corona de Wamba, fue elegido rey. el día de los idus de octubre del año 680, Ervigio recibió el cetro del reino; pero, aunque el 15 de octubre fuera el primer día de su reinado, no fue ungido hasta el domingo siguiente, que fue el 21. Dahn insiste repetidamente, a mi juicio, sin base, en la participación de Juan de Toledo en la conjura que trajo a Ervigio al trono. No se cansa tampoco de insistir en el apoyo que la Iglesia prestó a Ervigio.

Las fuentes no autorizan a hacer tales comentarios, pues la actitud de San Julián, ungiendo al nuevo rey, como la del concilio XII de Toledo, no fueron sino las legales y lógicas de la época. Ciertamente, como veremos, Ervigio procuró atraerse a la Iglesia; pero esa es ya otra cuestión. Ervigio era, según la Crónica de Alfonso III –fuente principal, con las actas del concilio XII de Toledo, para el conocimiento de este reinado–, de origen bizantino y pariente, por su madre, de Chindasvinto y Recesvinto. Por esto habíase educado en palacio y se vio elevado a la dignidad de conde. Una hija de Ervigio, llamada Cixilona, casó con Egica, el futuro rey, que era sobrino de Wamba.

Son especialmente interesantes unas palabras de la Crónica de Alfonso III que preceden a los datos sobre la ascendencia de Ervigio: «Exponemos el origen de este rey –dice– para que sea plenamente conocida la causa de la entrada de los sarracenos en España». Las noticias que pueden recogerse en las fuentes narrativas acerca del reinado de Ervigio son muy escasas. Se caracteriza este reinado por los esfuerzos del rey para afianzarse en el trono que de forma tan poco airosa había escalado. El citado matrimonio de su hija y muchas de sus disposiciones legales respondían a este fin.

Labor legislativa

Los hechos más salientes del reinado de Ervigio son, en definitiva, la celebración de los concilios XII, XIII y XIV, en los años 681, 683 y 684, y la reforma del Liber iudiciorum de Recesvinto, mediante la corrección y modificación de algunas leyes y la dación de otras nuevas, así como la inclusión en él de algunas de Wamba. El cuerpo legal salido de manos de Ervigio es el que se llama hoy forma ervigiana del Liber iudiciorum. También debe citarse el importantísimo Edictum de tributis relaxatis, dado por Ervigio el 1-IX-683, y, desde luego, los tomos regios presentados a los concilios XII y XIII, así como las leyes dadas en su confirmación.

La del concilio XIII se incluyó después –tal vez por orden del rey– en el Liber iudiciorum, que ya en 681 se había promulgado. En estas disposiciones legales y conciliares variadas que hemos citado se contienen múltiples cuestiones que exceden de lo que ahora, en la historia política, nos interesa; pero también se encierran algunos puntos de interés al respecto.

Politica de atracción

En los primeros meses de su reinado dio sus famosas leyes de judíos, que en otro lugar estudiamos, llenas de espíritu intolerante. Solo después de dictadas fueron sometidas a la aprobación de la Iglesia en un concilio, el XII de Toledo. Las leyes pasaron al Liber iudiciorum. Estas leyes judaicas pueden interpretarse en el sentido señalado de querer afianzarse en el trono, pues tanto la Iglesia como el pueblo no veían con buenos ojos a la raza hebrea. Más típicamente orientadas en ese sentido son las disposiciones contenidas en los tomos y en algunos cánones de los concilios XII y XIII, encaminadas, en definitiva, a la legalización de su situación jurídica y a la protección de la persona y familia del rey.

Manifiestamente encaminado también a la atracción de partidarios es el Edictum de tributis relaxatis, ya citado, del año 683, por el cual condonó todas las deudas al fisco anteriores a su subida al trono y dispuso que fueran restituidos honor, familia y bienes a los condenados por las sublevaciones de tiempos de Wamba y Chintila. El tomo y los cánones 1º y 3º del concilio XIII nos dan noticias de estas disposiciones. El canon 2º del concilio XIII es igualmente manifestación del afán del rey de atraerse a la nobleza eclesiástica y laica, y es interesantísimo en la historia de las limitaciones de la monarquía y de la conquista de jurisdicción por la que posteriormente se llama Curia regia.

La reforma de la ley Wamba

Un último punto nos queda por examinar en las disposiciones legales de la época de Ervigio que, según dijimos, tuvieron importancia inmediata para la vida política: la reforma de la ley militar de Wamba. Creo que no se interpreta siempre certeramente la orientación de la reforma de Ervigio. No es, en definitiva, exacto que debamos ver en la reforma militar de este rey una importante disminución de la sana energía de Wamba para castigar el incumplimiento de la obligación de defensa del Estado.

En realidad, estudiando la ley de Ervigio y el tomo y canon 7º del concilio XII de Toledo solo vemos la desaparición de una de las penalidades establecidas por Wamba; a saber: la pérdida de la capacidad de testimoniar en juicio y negocios jurídicos. Verdaderamente, lo que se hace es devolver dicha capacidad a los que, en parte, sin duda por efectos retroactivos, la habían perdido durante el reinado de Wamba, y ello recibiendo en cuenta las dificultades que la pérdida de tal capacidad suponía para la vida jurídica.

No creemos exacta, y aun nos parece tendenciosa, la afirmación de Dahn –moneda corriente a este respecto y difícilmente desplazable de la circulación, según ley económica, por ser de baja ley– de haberse modificado la ley Wamba en beneficio de los clérigos. Precisamente la incapacidad de testimoniar, ahora derogada, era pena que la ley de Wamba solo imponía a los laicos, los cuales, dicho sea también de paso, resultan en ella más castigados, equiparándose a ellos solamente los clérigos inferiores. Igualmente es falsa la atribución de consecuencias políticas a esta lenidad de Ervigio.

La ley de Ervigio tiene, en definitiva, la misma orientación que la de Wamba, responde a iguales fines, pone de manifiesto la existencia del mismo grave problema la pérdida del espíritu público y viene impuesta por la misma preocupación, ante las posibles consecuencias de dicha pérdida. Hasta podría decirse que la ley de Ervigio es, el algunos puntos, más concreta y estricta que la de Wamba. Así, por ejemplo, al ordenar –no estableciendo una costumbre nueva, sino tal vez regulando legalmente una ya existente y fijando el alcance de la obligación– que el propietario debiese, al menos, acudir a la defensa del Estado con la décima parte de sus siervos.

Punto importante a señalar es la posible influencia de esta medida en la pérdida, mayor aún, de eficacia del ejército visigodo, y con ello en la ruina del Estado. En la ley de Wamba solo se establecía, en general, que hubiese de acudir todo individuo a la defensa cum omne virtute sua qua valuerit (con toda la fuerza que pudiera disponer); pero no se especifica el sentido vago de estas palabras.

Por la ley Ervigio se deduce que alude simplemente al armamento. En suma: la ley Ervigio responde a la misma orientación de la de Wamba: fortificar la disciplina y suplir con penas la falta de espíritu público. Así se deduce del proemio, mucho más duro y claro que el de Wamba. La ley de Ervigio, además, no excluye a los clérigos, sino que taxativamente dice: «... Unde cunctis populis regni nostri sub generali et omnimoda constitutione precipimus».

Visto claramente que ambas leyes tiene orientación análoga, se explica que Ervigio recogiese integra en su cuerpo legal la ley de Wamba, que solo fue, en realidad, modificada por el perdón de una de las penas que había impuesto, perdón que había de declararse expresamente, para evitar –como dice el canon 7º del concilio XII de Toledo– que cualquiera, por solo ese motivo, rechazase el testimonio de alguno. La inclusión, pues, de la ley de Wamba en el cuerpo legal de Ervigio, que admiraba el propio Zeumer, está explicada.

¿Acelera Ervigio la ruina?

Examinado, en definitiva, el reinado de Ervigio, no vemos que se haya dado paso alguno hacia la ruina del estado visigótico. Las mismas causas internas de pérdida del espíritu público y falta de unidad en la poderosa nobleza siguen latentes. Solo, tal vez, su falta de más energía deba criticársele. La Crónica de Alfonso III dice que, según voz general, fue apocado con sus súbditos (utfertur erga subditos modestus fuit). Con relación a la situación del Estado visigótico en los tiempos inmediatamente anteriores a la caída, es interesante que en los años de Ervigio, probablemente por malas cosechas, se extendió por España hambre intensa, según nos dice Continuatio Hispana.

Dahn, para redondear su arbitraria concepción del reinado de Ervigio, en la que coincide con Rosseeuw, del cual, con gran regocijo, cita algunas palabras, a mi juicio caprichosas, termina de esta forma sus noticias sobre el mismo: «Finalmente, atormentado el rey por una enfermedad, por supersticiones y, según parece, por remordimientos de conciencia, renunció al cetro que de forma tan reprobable había obtenido y manejado, encerrándose en un convento, en el que murió muy pronto». Para poner de manifiesto la falta de crítica de estas palabras, baste decir que el testimonio que aporta Dahn sobre las supersticiones de Ervigio no es otro sino una ley del Liber.

O la cita de Dahn está equivocada –cosa en él frecuente–, o la ley no es de Ervigio, sino de Chindasvinto. De Ervigio no hay en el libro y título que cita Dahn (L, V., VI, 2) mas que una ley, la segunda, y en ella se condenan precisamente las supersticiones. Todo el apoyo que da a la afirmación de los remordimientos es decir, sobre la Continuatio Hispana (19), que en su reinado hubo hambre en la Península. Según la inscripción del puente de Mérida, aquella magna obra fue restaurada reinando Ervigio: mas la fecha de la lápida hace confusa la cuestión."

R.B.: TORRES LÓPEZ, Manuel, Historia de España Menéndez Pidal, Editada por Espasa Calpe; 1994, Tomo III págs. 128-131

  1. Egica
    1. Predecesor: Ervigio
    2. Sucesor: Witiza
    3. Títulos: Rey visigodo 687-700
    4. Comprende:
    1. Datos Biográficos
    2. Dispensa del concilio XV
    3. La peste del año 693
    4. La conspiración de Sisberto
    5. Anarquía interior
    6. Labor legislativa de Egica
    7. Egica asocia al trono a Witiza
Datos Biográficos

"No es exacto que Ervigio durante su reinado, nombre heredero a Egica. Según el Latérculo de los reyes visigodos, solo la víspera de su muerte, acaecida el 15-XI-687, lo designó como su sucesor. En realidad, Egica fue elegido rey, siendo ungido el 24-XI de dicho año en la iglesia de San Pedro y San Pablo, de Toledo.

Dispensa del concilio XV

Ya en mayo de 688, el día 11, se reunió el concilio XV de Toledo. El rey presentó un peregrino tomo pidiendo le eximiesen los padres del juramento prestado a Ervigio de defender a su familia. El motivo de la exención era la contradicción de dicho juramento con el general de proteger a los súbditos, que hubo de prestar al subir al trono. Los padres del concilio le liberaron del juramento hecho a Ervigio, con lo cual, sin duda, pudo obrar a capricho contra su propia mujer y su familia. La actitud de Egica nos parece de sobremanera extraña, y, desde luego, no creemos que pueda considerarse como seria. Un dato de interés encierra esta exposición del rey, y es la afirmación de que Ervigio confiscó bienes y redujo a servidumbre a muchas personas indebidamente. Dice así el texto:

"Añádase a esto, según se dice, la acritud de sus depredaciones, de las que hizo víctima a muchos nobles, a los que redujo a servidumbre, sometió a tormentos y oprimió en juicios violentos".

Sin duda se abrían de referir estas palabra a la actitud de Ervigio para con los partidarios de Wamba. De ser exactas –nosotros no les damos gran valor, dada la falacia que suponemos en Egica–, nos ofrecerían un dato, no siempre apreciado, sobre Ervigio y su reinado. De la actitud de Egica y el XV concilio de Toledo nos interesa sacar únicamente una conclusión, de que ya hemos hablado. El Estado visigodo, en los reinado posteriores a la segunda mitad del s. VII, no solo ha perdido todo el espíritu público, sino que la nobleza está plenamente indisciplinada y los reyes cada vez con más claridad se consideran reyes solo del grupo que los elige.

La peste del año 693

Aparte de estas noticias del concilio XV de Toledo, las crónicas y los concilios XVI y XVII nos dan idea de otros hechos del reinado de Egica, la Continuatio Hispana recuerda que durante el reinado de Egica hubo una grave epidemia de peste. Debió ser esta anterior a 693, pues en la epístola dirigida por el rey al concilio XVII, reunido ese año, se habla de la no concurrencia de los obispos de la Septimania precisamente por los estragos de la peste.

En aquella región debieron ser extraordinarios los daños, pues en el concilio se exime a los judíos allí establecidos de las medidas tomadas contra los demás del estado visigótico. Las medidas que ya en el año 694 adopta el concilio XVII contra los judíos tuvieron una base exclusivamente política, y encuentran su motivación en los manejos a que se dedicaban los judíos visigóticos, de acuerdo con los que se habían refugiado en el N. de África, para facilitar a los árabes la invasión de nuestra Península.

No creemos que se pueda dudar de la existencia de esta conjura; pues, en otro caso, quedaría sin explicación ninguna el cambio de actitud de Egica para con los judíos, ya que en los primeros años de su reinado se caracterizó precisamente por su tolerancia. Creemos que no hay necesidad alguna de hablar de fanatismo para comprender la actitud de Egica.

La conspiración de Sisberto

Esta conspiración de los judíos no fue la única que durante el reinado de Egica se produjo. El año anterior se descubrió una importantísima, cuya cabeza era Sisberto, el arzobispo de Toledo, sucesor de San Julián. Precisamente el hecho de esta conspiración y la actitud del concilio XVI de Toledo prueban de que no es exacta la calificación corriente de teocracia aplicada a la monarquía visigoda. Creemos que no es siempre apropiado hablar del partido eclesiástico, política eclesiástica, etc., en el Estado visigodo.

Este hecho nos indica más bien que actitudes de la Iglesia eran actitudes personales de algunos obispos que aparecen durante el s. VII influyendo sobre los reyes. Igualmente aquel hecho pone de manifiesto que es inexacto suponer que los obispos todos estaban unidos siempre, ya en favor, ya en contra de los monarcas. El concilio XVI, en su canon 9.º, confirma las medidas que ya se habían tomado contra Sisberto.

No es unánime la interpretación de este canon, pues, en opinión de algunos, los nombres que en él se citan son los de las personas que, con el rey, habían de ser muertas, mientras que otros creen que eran los que con Sisberto tramaron la conspiración. Lo que en definitiva nos interesa es acentuar la ya dicha posibilidad de hablar, con motivo de esta conspiración, del partido eclesiástico como enemigo del rey, según dice Dahn.

Anarquía interior

Las conspiraciones continuas, y esto es lo importante, son manifestaciones de la situación interna del Estado visigótico, sin unidad alguna. Creemos que en dichas conspiraciones debe verse fundamentalmente el interés personal mas bien que la manifestación de ideales políticos distintos a los que dominasen en el momento de iniciarse las conspiraciones diversas. En relación con estas conspiraciones pueden ponerse los textos siguientes de la Continuatio Hispana y la Crónica de Alfonso III, respectivamente:

"Este rey [Egica], castiga a los godos a dura muerte", y "dentro de su reino sujetó a las gentes orgullosas"

Ambos textos nos vienen a dar idea de una fuerte energía de Egica frente a las constantes revueltas. Como en todos estos últimos reinados vamos repitiendo, debemos ver en esta situación interna de absoluta falta de disciplina la causa más honda de ruina del Estado visigótico. Apoyándonos en dichos textos, y teniendo en cuenta, sobre todo, el sentido íntimo del Edictum de tributis relaxatis de Ervigio perdonando los tributos atrasados, debemos pensar que la falta de disciplina pública se manifestaba entre los próceres mediante esas sublevaciones, y entre los simples libres desconociendo más y más el poder público, por ejemplo, incumpliendo los deberes fiscales. A producir este estado de descomposición contribuyeron, sin duda, las malas cosechas del reinado de Ervigio y la epidemia del de Egica. Son todos estos factores que creemos esenciales en el gran problema de la ruina de la ruina del Estado visigótico.

Tampoco nos falta para el reinado de Egica un dato que confirme la situación de descomposición del estado y de impotencia militar por el olvido de las obligaciones de defensa. Tal dato nos lo da la Crónica de Alfonso III al transmitirnos noticias de los encuentros con los francos en tres ocasiones distintas: «Contra los francos que irrumpen en las Galias, tres veces peleó este rey, pero no alcanzó –dice– ninguna victoria». El ejército visigodo había perdido toda eficacia y todo poder. De los encuentros con los francos en la Septimania creemos no puede dudarse, no solo por la noticia de la crónica citada, sino porque el tomo del concilio XVII de Toledo encierra una palabras que pueden referirse a ellos.

Labor legislativa de Egica

La labor legislativa de Egica –sin que aceptemos nosotros la teoría de Ureña de existencia de una redacción egicana del Liber– fue, ciertamente, muy grande. En los códices de la Lex visigothorum se encuentran hasta trece leyes de Egica, y dos que se atribuyen unas veces a Egica y Witiza conjuntamente y otras a Egica y Witiza de manera independientemente. De estas leyes nos interesan en especial dos, por ocuparse precisamente de detalles de reorganización del ejército (L.V., V, 7, 19), completando las leyes de Wamba y Ervigio, y de lo que era problema capital entonces en el Estado visigótico; a saber, la obediencia y juramento de los nuevos reyes (L.V., II, I, 7). Estas dos leyes ponen de manifiesto precisamente lo que nosotros hemos repetido ya varias veces sobre las causas internas que preparan la caída del Estado de los visigodos.

Egica asocia al trono a Witiza

Egica asoció al trono a su hijo Witiza: La fecha de esta asociación no es exactamente conocida. La Continuatio Hispana da una, el año 698, que no es, sin embargo, exacta. En el Latérculo de los reyes visigodos, o, mejor, en su continuación, se dice que Witiza fue ungido rey el 14-XI-700. Muy probablemente es esta la fecha exacta de la asociación, aunque pudiera haberse realizado antes. Debemos tener en cuenta que la propia Continuatio Hispana, en el año 700 nos dice: Witiza y su padre reinaron juntos, por ser el padre ya viejo (Witiza decrepito iam patre pariter regnant). Nos parece, pues, la fecha más probable de la asociación al trono la de unción en el año 700.

Tal vez lo que hizo con anterioridad Egica fue señalar al príncipe como presunto heredero, y aun ponerlo al frente de la provincia de Galecia como dux, con residencia en Tuy. Así deben interpretarse las frases de la Crónica de Alfonso III que nos hablan de la entrega a Witiza del reino de los suevos. La muerte de Egica no acaeció, como suele decirse, en el año 701, sino en el 702. La ley IX, I, 21 del Liber fue dada por él en Córdoba después del 14-XI-este año. Según Zeumer, no hay motivos suficientes para considerar equivocada dicha fecha. La Continuatio Hispana nos dice también que Egica murió en el año 702, y, por tanto, debemos pensar que fue entre el 14 de noviembre y el 31-XII-este año."

R.B.: TORRES LÓPEZ, Manuel, Historia de España Menéndez Pidal, Editada por Espasa Calpe; 1994, Tomo III págs. 131-133

  1. Witiza
    1. Predecesor: Egica
    2. Sucesor: Rodrigo
    3. Títulos: Rey visigodo 700-710
    4. Comprende:
    1. El reinado de Witiza
    2. Las leyendas de los últimos godos
    3. La política interior de Witiza
    4. La sucesión de Witiza
El reinado de Witiza

"La figura de Witiza ha sido profundamente falseada. Difícilmente logrará la crítica histórica dar una visión que sea aceptada unánimemente de este rey, quien la Historia, durante largos siglos, ha hecho responsable principal de la caída del Estado visigótico. No es propia de este lugar al exposición minuciosa de la profunda controversia que este reinado suscita.

Leyendas de los últimos godos

Antes de exponer escuetamente las pocas noticias que sobre el reinado de Witiza pueden hoy conjeturarse, diremos únicamente que los estudios, recientemente publicados, de Ramón Menéndez Pidal acerca del origen de las leyendas de los últimos reyes godos, han venido a renovar todas estas controversias, planteadas por él con su claro dominio y maestría. La más interesante de las aludidas leyendas es la que da por causa de la pérdida de España y su dominación por los árabes el ultraje del conde Julián y sus deseos de venganza. La hija del conde don Julián se educaba en la corte visigoda y fue violada por el rey.

El conde, para vengar la ofensa, incitó a los árabes a la conquista de España y les prestó ayuda. La elaboración de esta leyenda ha de ser obra de los cristianos, vencidos e interesados en disculpar su derrota. Pero tiene tres formas principales, en cada una de las cuales pueden estudiarse curiosas variantes: la leyenda mozárabe, que atribuye el estupro de la hija del conde a Witiza, la leyenda entre los witizianos y entre los historiadores árabes, que culpa al rey Rodrigo, y la leyenda entre los cristianos del N., que destierra la de Rodrigo y hereda la de Witiza.

La política interior de Witiza

Antes de examinar, siguiendo a Ramón Menéndez Pidal, la elaboración de estas leyendas y sus formas, expuestas sintéticamente, intentaremos un diseño puramente histórico del reinado de Witiza. Este rey inicia su reinado –y la Continuatio Hispana no deja sobre ello lugar a duda– perdonando a todos los que, con motivo de las sublevaciones, habían sufrido castigos y confiscaciones en vida de su padre Egica, y no excluye de su perdón, en gran parte, a los judíos.

La falta de energía es, desde luego, característica fundamental del gobierno de Witiza. La aludida fuente le llama clementissimus. Estos hechos pueden darse como evidentes, y ya tenemos con ellos no poco logrado para hacer una crítica de la orientación política de Witiza. Creemos que, en este sentido, debe atribuírsele buena responsabilidad en la ruina definitiva del Estado visigótico.

Su política de lenidad, sinónima de política de debilidad, fue causa, sin duda, de que la descomposición interna del Estado se aumentase con nuevas sublevaciones. ¿Cuáles pudieran se las causas de estas? Aun admitiendo la unión al trono de su hijo Aquila, del cual hemos de hablar a continuación, no creemos que haya que relacionar con ella la existencia, a nuestro juicio indiscutible, de nuevas sublevaciones. Witiza debió querer atraerse a la nobleza reorganizando los cargos palatinos, como nos dice la Continuatio Hispana, y ante alguna o algunas sublevaciones hubo de tomar medidas enérgicas, que dieron luego base para hablar de su crueldad.

Es verosímil que en alguna de estas conspiraciones estuviese comprometida la familia de Pelayo, y hasta puede admitirse como causa una bien humana: Witiza, teniendo todavía su corte en Tuy, anduvo enamorado de la mujer del duque Favila, padre de Pelayo; por esta cuestión el príncipe hirió con el bastón en la cabeza al duque, y tan grave fue la herida, que Favila murió de las resultas. Luego, cuando Witiza subió al trono, desterró de Toledo al hijo de su víctima, Pelayo, que era espatario o guardia real.

La persecución de la Iglesia que se ha atribuido a Witiza, es acaso otro rasgo de la leyenda desfavorable a este rey. Se apoya en unas palabras de la Crónica de Alfonso III, concilia dissolvit, de difícil interpretación. Don Eduardo Saavedra, que no admitía la realidad de tal persecución, trató de armonizar esta palabras de la Crónica con su teoría, suponiendo que Witiza debió disolver alguna asamblea de nobles. No parece necesaria tal interpretación, que, además, no se adecua con la organización del Estado visigótico ni con las noticias de la Continuatio Hispana, que hemos citado, sobre el Officiun Palatinum. Acaso sea más exacto suponer que no se celebraron concilios.

Hablar del concilio XVIII de Toledo con la seguridad que lo hace Dahn es fantasear. Y si este texto no tuviese otra traducción que la literal, disuelve los concilios, no debería olvidarse que tal vez no es más que uno de tantos rasgos del retrato adulterado de Witiza, pues que se sabe por fuentes fidedignas que la Iglesia, en el momento de la invasión, conservaba su vigor y organización, y las relaciones del mismo Witiza con el arzobispo Félix de Toledo nos son testimoniadas por la Continuatio Hispana. El elogio que la tan repetida Continuatio Hispana hace de Witiza no es realmente absoluto: quamquam petulanter, clementissimus tamen, dice de él. Ese término petulanter, cuyo exacto sentido no es fácil determinar, ha servido para tener a Witiza por insolente y libidinoso, las cualidades que luego desarrolla la leyenda.

En definitiva: no encontramos en el reinado de Witiza dato nuevo alguno que permita asegurar que se dio durante él un paso más hacia la ruina del estado visigótico. Las causas internas, repetidamente examinadas, terminaron su labor de descomposición y llegaron al colmo al morir Witiza, de muerte natural, según unánime noticia de las fuentes, hasta que Ximénez de Rada inventa una peregrina conseja, y en fecha no exactamente conocida. Desde luego, la muerte hubo de ocurrir en 710, según las mayores probabilidades; pues consideramos que el pretendido interregno de año y medio que Saavedra admite, apoyándose sobre todo en la Crónica de Rasis, no sería tan duradero.

La sucesión de Witiza

La muerte de Witiza produce en el Estado visigótico una auténtica guerra civil. No creemos que puedan rechazarse las noticias de la Crónica de Rasis, pues la Continuatio Hispana, aunque muy parcamente, nos informa también de las luchas surgidas para ocupar el trono al morir el rey, diciendo que Rodrigo se apoderó tunultuosamente de él a excitación del Senado: Rodericus tumultuose regnum, ortante senatu, invadit.

Los hechos han de reconstruirse de esta forma: Witiza había nombrado arzobispo de Sevilla a un hermano suyo llamado Oppas, a quien podemos ver como cabeza de lo que puede llamarse partido witiziano, que consideraba a Rodrigo como usurpador. La viuda de Witiza apoyaba las pretensiones a la corona de Aquila, uno de los tres hijos del rey difunto. Aquila había sido nombrado dux en la Tarraconense, según Rasis, bajo la guarda y dirección de un noble llamado Requesindo, en vida de su padre, quien pretendía así preparar la sucesión.

Buena parte de los nobles –costumbre acentuada constantemente– no aceptan como rey a Aquila y eligen a Rodrigo. La elección está probada por las fuentes. Aunque el propio Aquila hubiera ya obrado como rey y hasta acuñado moneda, constitucionalmente hablando, los derechos que alegaba no eran válidos. La subida de Rodrigo al trono es, a nuestro juicio, y aunque más legítima, comparable a la de Chindasvinto, que por violenta elección de los nobles despoja de la corona a Tulga, el hijo de Chintila.

No se conoce exactamente la fecha de la elección de Rodrigo, pero desde luego, fue en el año 710. La Continuatio Hispana le asigna un año de reinado, año que, naturalmente, no había de ser exacto. Es difícil saber si se redondeó el año añadiendo algún mes o suprimiéndolo; y por tanto, no es fácil afirmar con bases suficientes si fue elegido antes o después de julio, fecha en que debió de darse la batalla que hundió al Estado visigótico."

R.B.: TORRES LÓPEZ, Manuel, Historia de España Menéndez Pidal, Editada por Espasa Calpe; 1994, Tomo III págs. 134-136

  1. Rodrigo
    1. Predecesor: Witiza
    2. Sucesor: Rodrigo fue el último rey de los visigodos
    3. Títulos: Rey visigodo 710-711
    4. Comprende:
    1. Situación del reino
    2. La batalla de Guadalete
Situación del reino

"Al subir Rodrigo al trono se encuentra, de una parte, con la sublevación de los partidarios de Aquila y con una revuelta de los vascones, probablemente ambas relacionadas, y de otra, con un reino en el que la disciplina política y militar estaban reducidas a la nada y cuyo fisco estaba completamente exhausto. Así lo comprenderemos sin duda, si recordamos que ya de veintisiete años antes se sabe positivamente, por el decreto de Ervigio de perdón de los tributos, que las obligaciones fiscales no se cumplían por los súbditos, y que la indisciplina política y la desorganización del Estado continuaban y aun se habían agravado en esta última época. Aquila y Oppas, su tío, debieron bien pronto comprender que no tenían fuerzas suficientes para lograr sus pretensiones frente a Rodrigo, y tal vez huyendo se refugiaron en Ceuta junto a Olbán (Julián), quien, como se ha dicho, había reconocido ya a Muza. Rodrigo pudo entonces acudir libremente a dominar la rebelión de los vascones, llegando a sitiar la ciudad de Pamplona. Había de suceder esto ya durante los primeros meses de 711.

La batalla de Guadalete

Oppas, entretanto, no había perdido la esperanza de adquirir el trono visigótico para su sobrino, y en el N. de África logró ponerse de acuerdo con don Julián y Tarik, lugarteniente de Muza, para lograr con el auxilio de éstos sus propósitos. Los árabes habían ya realizado una expedición a nuestra península dirigidos por el berberisco Tarif, que en julio del 710 desembarcó en la punta luego llamada Tarifa e hizo una correría por Algeciras; y como desde luego habían de ver en España la tierra apropiada para su expansión natural, después de la conquista del N. de África, se decidieron rápidamente a una ayuda que les facilitaba la realización de lo que acaso estaba ya en su mente. No desconocemos que este llamamiento de Oppas y don Julián a los árabes no es unánimemente aceptado, pues en las fuentes no aparece siempre con claridad.

Sin embargo, que es esa la sola explicación satisfactoria que puede tener la cierta, sin duda, actuación de Oppas y don Julián junto a Tarik contra los visigodos de Rodrigo. Aun los términos de la Continuatio Hispana nos permiten suponer que la venida de los árabes no fue desde el primer momento en tono de conquista. En ella se lee, en efecto, que Rodrigo «reunió un gran ejército para oponerse a los árabes y moros enviados popr Muza», esto es, a los que habían invadido la provincia a él confiada y devastaban muchas ciudades. Muza, en efecto, después de consultar al califa al Walid, envió a Tarif en exploración, como ya se ha dicho, y al año siguiente a Tarik ibn Ziyad, con un ejército más considerable, siete mil guerreros, en su mayor parte berberiscos de los gomeres de Olbán (conde don Julián), que pasaron secretamente el Estrecho en naves de mercaderes el 28-IV-711 y se atrincheraron en el lugar que desde entonces se llamó monte de Tarik (Gebel-al-Tarik o Gibraltar).

El rey Rodrigo se hallaba combatiendo en Pamplona, como se ha dicho, y envió contra los invasores a su sobrino Sancho, que fue derrotado y muerto, por lo cual el rey se apresuró de acudir a la Bética. Al saber la venida de Rodrigo, Tarik pidió refuerzos, y Muza le envió cinco mil hombres, entre los cuales estaba don Julián, que indicaba los puntos indefensos y servía en el espionaje. En el ejército de Rodrigo, fuerte de cien mil hombres, según afirman los historiadores árabes, aunque la cifra nos parece fantástica, estaban los hijos de Witiza, llenos de rencor contra el rey.

Creían éstos que los invasores no venían a establecerse en el país, sino a ganar botín para después marcharse, y decidieron abandonar a Rodrigo, usurpador de la corona, para que así fuese derrotado, anunciando en secreto su propósito a Tarik y pidiéndole que les ayudase a recobrar el patrimonio real, compuesto por tres mil alquerías que Witiza había poseído, lo cual Tarik les prometió solemnemente.

Rodrigo tan confiado estaba, que dio el mando de las alas de su ejército a los dos hermanos de Witiza, Sisberto y Oppas, los cuales, trabada la batalla decisiva, abandonaron su puesto. Duraron los encuentros del 19 al 26 de julio del año 711. Después de la defección de los witizianos, el centro del ejército, mandado por Rodrigo en persona, resistió bastante; pero al cabo fue destruido, y el rey, si no murió allí, buscó su salvación en la fuga. Varios son los puntos oscuros en lo que a esta famosa batalla se refiere, sobre los que conviene insistir para darles, si es posible alguna luz. El primero es del campo de la lucha. Tradicionalmente se la llama Batalla de Guadalete, por suponer que se había dado junto al río Guadalete, cerca de Jerez de la Frontera.

Nosotros tenemos por más probable que se dio junto a Medina-Sidonia, entre esta ciudad y el lago de la Janda, aunque la tesis tradicional siga teniendo defensores, que la apoyan hasta con razones estratégicas. Otro punto nos interesa comentar ligeramente, y es la existencia o falta de caballería árabe. Creemos que se equivocan Saavedra y los que le siguen afirmando que la caballería visigoda era superior a la árabe.

No creemos que pueda hablarse en modo alguno de caballería como fuerza militar predominante en el ejército de los visigodos. Precisamente una ley tan próxima ya ala fin del estado visigótico como la de la reforma militar de Ervigio permite confirmar la falta de caballería, falta que, desde el punto de vista táctico militar, puede decirse absoluta. Los árabes por el contrario, lucharon siempre con masas de caballería; es tal hecho como una categoría de la historia milita árabe, y los que se aducen en contra de la participación de la caballería musulmana en esta batalla no son suficientes.

La existencia de fuerte caballería árabe en Poitiers, solo unos veinte años más tarde, está probada. El resultado de la batalla fue la total derrota de los partidarios de Rodrigo. Victoria tan completa, acaso no esperada, decidió a Tarik, resuelto ya a no abandonar España, a perseguir a los visigodos, aprovechando su desconcierto. Avanzó y conquistó Écija; y dejando tropas que sitiasen a Córdoba, que no tardó en rendirse, corrió, guiado por Olián, sobre la corte, Toledo, que cayó en su poder.

Tarik recogió en la urbe regia inmensas riquezas. Después de la batalla del lago de la Janda, el rey Rodrigo desaparece de la Historia, y todo lo que después se dice de él pertenece a los dominios de la leyenda. Los más antiguos testimonios, como la Crónica mozárabe del 754 y el historiador egipcio Abderrhamán ibn Abdelhákem, del s. IX, le dan por muerto en aquel memorable combate; y aunque algunos modernos historiadores españoles –Aureliano Fernández Guerra, Eduardo Saavedra– lo nieguen, los más prudentes –Juan y Ramón Menéndez Pidal– tienen como más probable la muerte.

Cayó allí también el Estado visigótico; y así lo afirmamos, no por suponer, error manifiesto, que la Península sin resistencia alguna pasó a poder de los árabes, sino porque la resistencia que se les opuso no fue la de un Estado que lucha por su vida, sino la defensa fraccionada de ciudades y regiones aisladas. Con Rodrigo desaparece el Estado visigótico, pues que, muerto o no en la batalla, ni se le nombra sucesor, no actúa más como rey; y al propio tiempo los árabes desconocen todo derecho a los witizianos.

El Estado visigótico murió, diremos para terminar, de muerte natural, no víctima de una traición. Le aquejaba hacía años una grave enfermedad: las divisiones internas por el trono y la pérdida de espíritu político y de toda idea de obligación para con el Estado, y ella fue la que hubo de llevarle a la muerte. Más que traición, llamaríamos error político a la causa de la venida de los árabes; y añadiríamos que, en nuestra opinión, aun sin ese error, los árabes hubieran aparecido en nuestra historia."

R.B.: TORRES LÓPEZ, Manuel, Historia de España Menéndez Pidal, Editada por Espasa Calpe; 1994, Tomo III págs. 18-20